martes, 21 de octubre de 2025

Victoria

Un enorme cartel aparece en la iglesia de San Juan Bautista. Señala que los predios en los que se asienta el colegio Champagnat (vecino de la iglesia) son propiedad del Arzobispado de Arequipa. En letras que el sol ha decolorado se lee: “No se deje sorprender”. A pesar de la palidez, el mensaje destaca por su contenido. Expone un litigio entre el ordinario del lugar y la congregación religiosa que regenta la institución educativa. ¿Será que los maristas pretenden vender el inmueble? ¿Es una forma velada de desacreditar la educación que ofrecen? ¡Quién sabe! La única certeza es que el hijo de De la Salle se enfrenta con los herederos de Marcelino Champagnat.

El chisme nos ganó, y le dimos la vuelta a la cuadra para tener una idea del valor del litigio. Entre esas callecitas caímos en cuenta de que el sol arequipeño quema como el de Piura... de modo distinto, pero igual de justificado para invocar la sed. Un letrero anunciaba un restaurante. Nos metimos, y la sencillez de sus ornamentos nos invitó a mirar el reloj... ¡Qué “mirabus” ni qué nada! Los platos anunciados en forma de fotografías nos recordaron que faltaba poco para la hora del almuerzo. Una cerveza arequipeña —fría, al menos— fue el hidratante que puso fin a la sed, el aperitivo que abría espacio para alguno de los platos ofrecidos en la carta.

Luego de varios “De tin marín de do pingüé”, creímos que el hambre moriría en manos de un costillar de cerdo y... pues sí. Corresponde reconocer que nos habíamos adelantado a varios comensales, y tuvimos la ocasión de ser atendidos por una mujer —entrada en años, ataviada con ropas blancas y un sombrero de ala ancha—. Le pedimos una cerveza arequipeña, y luego nos explicó la composición de los distintos platos. Los años dan experiencia, y se notaba que sabía de lo que hablaba. Al escuchar que nuestra elección fue el costillar, sonrió y sentenció: “No se va a arrepentir”, y se metió por entre una reja que daba a la cocina del restaurante.

Ese breve tiempo nos permitió regocijarnos con una estampa arequipeña pintada al óleo. También tuvimos oportunidad de ver una gigantografía que se esconde detrás de un mostrador rojo ocre, donde se aprecian vasijas gigantes acomodadas en la amplitud de una bodega que parece de vinos. En otras fotografías aparece la mujer que nos atiende —quizá con algunos años menos— jugueteando con la masa de los picarones, mientras unos comensales sonríen junto a ella. La mujer regresó para indicarnos que nuestro plato estaba a punto... que le diéramos un “tiempito”. Aprovechamos para preguntarle, solo por curiosidad, si ella era “Victoria Anco”, y haciendo un ademán con la mano para mostrarse a sí misma, replicó: “Así es. Desde hace más de sesenta y... años”. Con una sonrisa se negó a decirnos su edad. “Hago picarones desde que era muchachita”, y nos señaló las fotos donde aparece un sartén con picarones doraditos, de crujiente apariencia... una botella de miel está a un costadito. Le agradecimos por su arte, mientras uno de sus colaboradores se acercaba trayendo los platos solicitados. En realidad, eran dos: las costillas de cerdo y una ocopa arequipeña. Al ver nuestra cara de hambre, sonrió diciendo: “No tenga miedo de coger con la mano... Los cartílagos siempre son una delicia”. Sus pasos lentos la alejaron, y nosotros nos entregamos a la tarea de no dejar nada en los platos.

Las torrejas de papa se escondían bajo un manto de crema. El verde del huacatay se conjugaba con el amarillo de los ajíes, mientras que los sabores de ambos se fundían con la sapidez del maní molido. Un corte sagital revelaba un huevo sancochado partido en dos, mientras el choclo peleaba —en lo que podía— con las rodajas de papa por revolcarse en la crema de la ocopa. No les dimos tregua ni pie a discusión. Nos deleitamos con ese plato.

Las costillas de cerdo fueron una delicia distinta. La carne estaba perfectamente cocida, la piel del chancho molida entre los dientes provocaba crujidos que liberaban sabores que no requerían acompañamiento... pero sí, los había. Las papas grilladas, en conjunción con los jugos naturales de la carne, eran una canción de Dios... de cualquiera de las divinidades, de cualquier cielo. Esas cebollas finamente logradas y remojadas en jugo de limón con pimienta hicieron coro a dos voces, y nosotros solo gozamos del placer entero en nuestra boca. El frío de la cerveza nos pedía a gritos: “Yo también quiero”.

Doña Victoria se acercó: “¿Todo bien?”. Una frase hecha para la ocasión... ella era testigo de lo bien que la estábamos pasando. No quisimos ni hablar para no contaminar con aire los sabores de la carne, y nos limitamos a levantar el pulgar, mientras con la otra mano hacíamos señal de que esperara. En un lado del mostrador se leía las presentaciones de los buñuelos. En la tercera línea decía: “Buñuelos de lacayote”, y preguntamos para tener una idea. Nos explicó: “Es una especie de zapallo”, y se quedó pensando para  añadir: “Es una calabaza nativa de por acá”. Le agradecimos por la explicación ampliada a sus picarones de quinua y de maíz morado.

Nosotros ya no dábamos más. Apenas para otra cerveza y un vaso de chicha de jora a base de maíz morado. Su gentileza fue más. Cuando estábamos a punto de despedirnos, apareció doña Victoria con un plato: “Ustedes no se pueden ir sin el postre”. Cuatro buñuelos de distintos sabores fueron el punto final de nuestra glotonería. Nos faltaba boca para relamer la miel que se quedaba entre los dedos.

Al salir, nos despedimos como si nos conociéramos de toda la vida... Vida resumida en un par de platos de comida, muy bien preparados, que ameritan repetición. Nos fuimos caminando por las calles de Yanahuara, para reacomodar nuestros cuerpos a la realidad. Tanta beldad no puede durar para siempre... No obstante, nuestra curiosidad —que empezó como chisme por pleitos entre tonsurados— nos valió nuevos sabores que vinieron bien para conocer la culinaria del sur del país.

En el Perú se come bien por donde vayas. ¡Manos benditas las de Dñ Victoria!

sábado, 18 de octubre de 2025

Illapa

Era mediodía, pero el día parecía más avanzado. El reloj marcaba la una y algunos minutos, aunque mi reloj biológico insistía en que ya era más tarde. En la iglesia, una banda de músicos ofrecía un concierto de bienvenida a una pareja de recién casados. Un cura encabezaba la ceremonia. El silencio solemne del ritual vencía la luminosidad del día, y varios preferimos refugiarnos bajo las sombras de los árboles en la plaza de armas contigua.

Los músicos hacían sonar sus instrumentos sin ton ni son. A mi lado, en una banca de madera apoyada contra el barandal que protegía las áreas verdes, se sentaba un hombre mayor, sin intención de acompañarme. “¿Usted es foráneo? No parece de por aquí”, dijo, mientras su mirada recorría mis ropas de costeño entrometido en tierras ajenas.  A un lado, un grupo de doce muchachos risueños, entre risas y toqueteos, ensayaba el "wititi".

La tarde brillaba con intensidad. El hombre, tras desaprobar en silencio los juegos de los jóvenes, murmuró: “Mejor se pusieran a sembrar papas o a mejorar las terrazas”, y añadió unas palabras en quechua que sonaron como reproche. Luego me habló de la desidia de los jóvenes hacia el cultivo, de las más de cinco mil hectáreas abandonadas en los últimos cinco años, y de cómo la calidad de las papas se ha ido perdiendo. “Tanto que hicieron los antiguos... tantas variedades... y ahora se van a perder. La gente moza prefiere la ciudad”, concluyó con pesar, mientras su mirada se perdía en los cerros de la margen derecha. “Illapa se va a molestar”, dijo.

“No creo que llueva”, pensé para mis adentros. Él, en cambio, continuaba con su reprensión: “Illapa se esconde en los cerros”. Sobre la cadena montañosa se tejía una nube oscura. Le pregunté si eso que se veía era lluvia. “Es Illapa... Nada que Santiago Matamoros. Ese hombre montado en caballo con arcabuz no es más que Illapa”. El cielo, en ese momento, retumbó. Los rayos aparecieron como flashes de cámara fotográfica. Y así, durante varios minutos.

Los músicos se pusieron en forma. Mi acompañante se levantó y me despidió con una sentencia: “Si quiere llegar a Chivay, empiece ahora a correr. La lluvia no demora”. Luego se dirigió a la puerta lateral de la iglesia para acompañar a los recién casados. Recuerdo sus palabras: “Nada de derrumbes. Illapa cuida la tierra, siempre la cuida. Bendita sea la Mamapacha”.

Diez minutos después, el cielo se sacudía entre truenos y rayos. El agua caía en forma de granizo. Mis pensamientos se dirigieron a la sabiduría de los viejos y a la naturaleza trepidante. O quizá era yo el tembloroso, con tantos truenos y lluvias amenazantes sobre mi cabeza.

Mi alma apocada apenas alcanzó a susurrar: “Que Illapa nos cuide”.

jueves, 28 de agosto de 2025

Tacna

Tacna hoy está de fiesta. Se pone su chachá dominguero y nos regala una estampa llena de peruanidad. Conmemora su cautiverio y celebra su vuelta al seno del Perú. Y el mérito es suyo. Solo suyo. Suyo y de sus mujeres.

El tratado de Ancón, firmado por Perú y Chile, a poco tiempo de la guerra del Pacífico, obligaba a que Tacna y Arica se sujetaran a la administración chilena por el periodo de diez años. Los calendarios empezaron a correr en 1884... Y los chilenos jugaban de local: la idea era que, al final, en el último pitazo, la elección ciudadana prefiriera mantenerse bajo la soberanía chilena. Arica no pudo sujetarse, Tacna, en cambio, resistió hasta, prácticamente, obligar a los chilenos a abandonar ese pedazo de Perú.
Las mujeres volvieron a jugar a favor nuestro, aun cuando la cancha estaba inclinada hacia el sur. Eran ellas las que les inculcaban a los hijos a amar a una patria distante, las que se negaron a relacionarse con los jóvenes chilenos para no procrear nuevas gentes que pudieran confundir su nacionalidad. A la hora del "Padre nuestro" y también con el rosario de la aurora, un sentido "Viva el Perú" se rezaba calladito como corolario de una identidad que se resistía a morir.
Las hostilidades y hostigamientos no fueron pocos por parte de las autoridades chilenas, pero las valientes actuaciones de algunas que regalaban clases gratuitas de historia del Perú, que izaban las banderas en las fachadas de sus casas, que gritaban a media noche sin que se pudiera saber sus nombres: "Viva Tacna, viva el Perú", hicieron que la peruanidad cavara sus mejores raíces y motivara a algunas mujeres embarazadas, hacer un largo peregrinaje -a burro o a caballo- hacia el norte, con el afán de hacer nacer a sus hijos en alguna municipalidad peruana y, luego volver a escondidas, para regalarle -junto con la leche materna- el cariño a este país.
La sociedad de auxilios mutuos de la mujer tacneña se convirtió en la obra pía y patriótica más importante. Muchos varones habían muerto en la guerra: las viudas y huérfanas eran más y, requerían soporte material y espiritual. Era necesario hacerles saber que su dolor de pérdida les exigía más: ¿Sabes que ellas prefirieron ser maestras y tutoras de sus propios hijos antes que enviarlos a escuelas cuyo profesores eran chilenos? Algunas maestras peruanas se negaron a cerrar las poquitas escuelas que quedaban y hasta se enfrentaron a las autoridades políticas para asegurar que el curso de historia del Perú no se sacara de la currícula? ¿Te imaginas a los niños jugando a que eran Bolognesi o Ugarte? ¿O que se ufanaban de ser parientes de algún héroe desconocido?
Arengas, dichos, refranes, coplas populares se han perdido, pero queda claro, que la tarea de las mujeres -las madrinas de los huérfanos- al incentivarles a silenciosos "Viva el Perú" o recordarle el sacrificio de tantos que murieron, no hicieron más que señalarles el camino de vuelta, la vía de tránsito para que hoy todos nos sintamos tacneños.
Viva Tacna, Viva el Perú.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Suspicacias

 “Papá ¿Has leído «El Extranjero»? Me preguntó confundida Sofía. Y, a modo de referencia, indicó: “Es una historia extraña. El protagonista no parece normal. O, en todo caso, no tiene la «normalidad» que todos esperamos”. El Extranjero, ahora lo sé, es una obra ubicada en el cubículo del existencialismo filosófico, como explicación del sentido de la vida humana. Según Camus, el autor de la obra, el sentido de la vida no viene de una fuente exterior. A contrario, expone que la vida, en sí misma, no tiene sentido. Y si alguno hubiera, es el ser humano el que imprime una finalidad a sus acciones, es quien le ofrece un propósito a su propia existencia. Sin ese propósito, la vida es la expresión más cara del absurdo.

Sofía continuó ofreciéndome preguntas, como si yo tuviera todas las respuestas. “¿Y por qué, papá, el tal Meursault hace como si la muerte de su madre fuera una cosa sin importancia?” Ella misma, ofrecía respuestas a modo de preguntas “¿Será que hay personas que son insensibles ante la muerte? ¿Ante la muerte de sus propios seres queridos?”. Y seguíamos conversando sobre el particular, sobre el modo como parece vivir su propia vida el personaje principal. Finalmente, llegamos a aquello en la que la incomodidad tocó carne: ¿Los jueces aplican así la justicia? ¿Sin sensibilidad? Y es que, en el relato, el autor, expone al protagonista como un sujeto carente de emociones, que expone sus respuestas de buena fe, pero de forma tan apática, con flemático cariz, que finalmente, cierra el paso a la empatía de los otros, en especial del juzgador. De hecho, a modo de recriminación el juez –en el momento de sus elucubraciones previas a la decisión, o probablemente, en la búsqueda de razones para decidir- extrajo de un armario un crucifijo con el que recriminaba al procesado. Dejemos que el propio protagonista nos lo cuente “Extrajo (…) un crucifijo de plata que blandió volviendo hacia mí. Y con voz enteramente cambiada, casi trémula, gritó: «¿Conoce usted a Este?» Dije: «Sí, naturalmente.» Entonces me dijo muy de prisa y de un modo apasionado que él creía en Dios y que estaba convencido de que ningún hombre era tan culpable como para que Dios no lo perdonase, pero que para eso era necesario que el hombre, por su arrepentimiento, se volviese como un niño cuya alma está vacía y dispuesta a aceptarlo todo”. Luego de que, el acusado dijese que no creía en Dios y, de la recriminación universal, el juez concluyó: «Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor.»

El problema que se narra en El Extranjero, está más allá de los formularios de la justicia. En realidad, se expone las distintas formas con las que se manifiesta la condición humana: un imputado que parece no importarle su propia realidad, testigos que enmudecen ante el hieratismo de la justicia, mujeres que lloran a modo de convencimiento, funcionarios de la justicia que la revisten de sus propias creencias, testigos que no saben decir lo que saben y… jueces que juzgan con la medida de sus experiencias. Esa tarde conversamos sobre el que hacer de la justicia, pero al final fue insuficiente. Ella concluyó: “No sé porque lo condenaron… O siendo benevolente, no sé porque su pena fue tan drástica”. Y remató, casi en el crepúsculo vespertino: “Me quedo con la pregunta de su abogado: ¿se le acusa de haber enterrado a su madre o de haber matado a un hombre?”.

Yo solo me encogí de hombros. La justicia, a veces, parece irracional. Otras veces, no tanto.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Nocturnidad

No sentía las piernas. Habíamos caminado de puro gusto, en medio de proyecciones luminosas y computadoras intentando entender el mundo, pretendiendo saber de qué estábamos hechos. 
Y caminamos más. Ahora por obligación. Nos préstamos a la necesidad de subir en una nave espacial que nos llevó a las montañas y, vimos el mar oscurecer y la ciudad iluminarse. Y volvimos a imaginar el mar, allí donde las luces se apagaban.
Bailamos con una cerveza en la mano y, corrimos a la cola de comprar el pan, a la de volver a casa.
Sentí miedo cuando una voz dejó unas notas que se escribían en letras: "yo aquí me separo". El miedo me apresó. "Uy. ¿Y si te acompañamos?". Una distinta: "ella no nos quiera ahora. Jajaja... Si va a regresar". Esa sonrisa de malicia me volvió a la calma. Y nos despedimos en una mesa que tenía dos sillas de más. 
Y caminé. Caminábamos... Yo, pensando en Eurídice me vi tentado a regresar para atrás. El mismo miedo me abordó. "Ella puede", me dije.
La voz de mi otra mano, en forma serena y con una sonrisa, me volvió a la caminata "¿Vamos bien papá?". Y caminamos hasta hartarnos de la calle, hasta la conciencia de la nocturnidad, hasta el dolor de nuestros pies. Y decidimos volver a casa para una taza de café.
El toctoc de la puerta me hizo sentir el alma... La mia propia.

domingo, 10 de agosto de 2025

Trascendencia

La trascendencia es el negocio de las religiones. Cada una dice saber que va a pasar después de la muerte. El cristianismo nos ofrece la resurreccion en la carne después del juicio final que será efectuado en la segunda venida de Cristo. Los hijos de la Santa Madre Iglesia aseguran la resurrección, aunque nadie puede hacer una descripción de ella misma. Cada vez crece con fuerza la idea que no se trata de una "vuelta a la vida" en la materialidad carnal en la que vivimos.

En la edad media, el juicio a los disidentes, herejes y heterodoxos tenía como finalidad asegurar la fidelidad del Credo de los Apóstoles y el olvido de los anatema. El "anatema seas" es una maldición. Si la herejía quedaba confirmada, entonces la hoguera era el medio de purificación del alma. En las creencias populares, era una forma de evitar la resurrección después de la muerte. ¿Como es posible la resurrección si es que ya no existe cuerpo?

En el otro extremo ¿Era posible juzgar a los muertos? Si Cristo ofrecía venir a juzgar a vivos y a muertos ¿Como es que su Vicario no podría hacer lo mismo? El pretendido poder sobre la muerte se materializa de distintas formas. Ya he contado que el papa Esteban VI, a un año de la muerte de su antecesor, el Papa Formoso, lo hizo exhumar y lo sujetó a un proceso canónico... ¿El delito? Usurpación de la tiara papal. El derecho instrumentalizado por las consignas politicas. Politico-religiosas para ser precisos. La idea que estaba detrás era desaparecerlo, incluso de la historia.

El asunto no queda allí. Los herejes y excomulgados estaban condenados a la errancia como mejor posibilidad. El infierno les esperaba con las puertas abiertas. Los suicidas, estaban condenados a la desesperación perpetua y los criminales notorios, incapaces de perdón, eran a su vez, sujetos de condenación. El mismo destino para judíos y musulmanes. La fe de las gentes del pueblo posibilitaban argumentos ¿Vale la pena tener a un judio en el cielo? La respuesta era un "no" enérgico. La consecuencia, por tanto, era procurarles una muerte bajo las llamas. Las llamas eran la solución para todo mal. Corolario de Mt 16, 19.

Ahora te cuento otra historia. John Wyclife fue un sacerdote y teólogo del s. XV que cuestionó varios asuntos del catolicismo. Murió de muerte natural pero sus enseñanzas fueron condenadas por el Concilio de Constanza. El asunto es que sus discípulos se desperdigaron. La idea mejor para exponer su expulsión de la catolicidad fue sacar sus restos del campo santo de donde se encontraban para escarnio público. El mensaje era "así terminan los que desafían a la Iglesia". No se consiguió lo esperado. Su cuerpo fue separado de un campo santo eclesiástico pero su memoria aún se mantiene en la historia de la intelectualidad.

Los cementerios siguen siendo un asunto tabú. No sólo es un tema de salubridad pública, son también "aseguramiento de lo que tu fe promete". ¿Porque crees que los catolicisimos "Parques del Recuerdo" señalan: "La institución católica Parque del Recuerdo promueve el anuncio de la esperanza de la Resurrección" y siempre el concepto de "perpetuidad" aparece por todos lados? 
Ya contaremos la disputa sobreviviente a la disolución del Sodalicio de Vida Cristiana.

viernes, 30 de mayo de 2025

Miedo

Su agenda no tenía espacios... Cada año compraba en el pasaje de la calle Lima, -que está cerca a la sede de justicia- una agenda portafolio... Le gustan aquellas de empastado negro. En ella guarda sus quehaceres diarios. Desde las notas para sus clases universitarias hasta las líneas estructurales de sus argumentos ante los tribunales. Cada folio es un amasijo de cosas… citas jurídicas, ideas sobrevinientes, quehaceres domésticos, sumatorias de cuentas de quien sabe que cosas, libros por leer, pasajes bíblicos… mil cosas.
Lamentaba, cada vez, que muchas hojas de su agenda, de los días venideros, estuvieran a medio llenar y con cosas programadas a más de un mes… La razón fundamental de los vacíos -esos a los que les tenía fobia- era que “los jueces y los secretarios son ociosos… siempre patean para adelante las audiencias…” Se quejaba de dejar vanos para reacomodar su propia agenda... "¿Cómo es que tengo que depender de la vida de otros?", se preguntaba con tono de aflicción.
Sin perjuicio, en algunas de las páginas, puede leerse en algunos días cosas como “viene del día tal, del mes cual”. Y hace referencia a la necesidad de reacomodar sus actividades solo porque en un día específico y en una hora dada, donde se anota -por ejemplo- dar un paseo vespertino o visitar a menganito. Esta acción se modifica por el hecho de que recibió una retrasada notificación indicándole -para ese día y momento- una audiencia judicial. Se alegraba porque al fin tendría la audiencia que tanto se había demorado… se agriaba, porque… porque le modificaba una actividad que probablemente nunca haría… Su molestia, en realidad, era con la vida. No tenía amigos. En el edificio donde funciona su estudio, se ubican otros tantos y, en los pasillos siempre se saludan con deferencia, casi con afecto amical... A ella sin embargo, no pasaban del "doctora", con una levantada de de cejas, como mejor saludo. Es más, desde las puertas abiertas siempre podía ver -en momentos de ocio- a los otros abogados (y abogadas) departiendo risueñamente... Ella nunca estaría allí. No tenían afanes de invitarla. Era... algo como un "mala vibra" colectiva. A nadie le había hecho nada, pero todos la evitaban con denuedo. Cae mal... como esos chapuzones vespertinos inesperados, que te encuentran en la calle y sin nada con que cobijarse.
Su agenda, siempre iba bajo el brazo... o en su cartera. De encontrarla, podría verificarse que no tenía nombre ni datos de identificación. "Es mía, personal, yo la porto; por tanto no necesita que escriba mi nombre por que sé como me llamo", habría dicho alguna vez, como explicación, cuando regresó a una tienda de regalos luego de haberla olvidado. Conviene decir que, los folios de su agenda siempre dejaban un margen en los laterales de cada cara, para marcar -cada bendito día del año; en cada noche, antes de dormir, la cosas que efectivamente se cumplían y, aquellas otras que no. Al final, en la esquina inferior de cada folio, ponía una “p” o una “n”… positivo o negativo, según las sumas de “vistos” o de las “aspas” de cada actividad. Cuando los resaltadores se hicieron comunes, el verde era su preferido… resaltaba, fundamentalmente, las actividades logradas. En su mesita de noche, había un contenedor de vidrio -que en otros tiempos lo fue de café instantáneo- con tres o cuatro, para evitar su falta. Sin embargo, también odiaba al “puto” marcador: exponía la gran cantidad de tareas que realizaba al día, sin importar el involucramiento de otras personas para esos afanes… "Si en el mundo solo viviera yo... sería feliz".
Vivía en el mundo... para hacer la vida difícil a los otros. El asunto es fácil de explicar: Sentía un malestar en las encías… Llamaba al consultorio del odontólogo para una cita. Si la secretaria -o quien hiciera sus veces- dijera: “Sra. Gilaura… la agenda está llena. Le programo para mañana en la primera hora de la tarde ¿le parece?”. Fingía dolor, multiplicando su malestar por mil y haría lo imposible para que su atención se realice en el día. Si hubiera necesidad de llamar al mejor amigo del odontólogo para que lo convenza de una atención adicional, no dudaría de hacerlo… En una de tantas, llegó a la biblioteca municipal tres minutos antes de cerrar y, ante la cara de cansancio de quien atiende, ponía su mejor carita, una angelical, para “revisar el libro tal por tres minutos… En lo que vas acomodando tu escritorio, apagando la computadora y revisando tu monedero, te aseguro que termino…”. Se le dio pase solo porque sabían que no dejaría de insistir. Claro, "el Luis", el señor encargado de la limpieza, tenía una consigna: bajar la palanca de la electricidad. Y así fue… allí se acabó esa visita. Su compulsividad por hacer las cosas que ella misma programaba, era más que sus edulcoradas y falseadas formas de pedir la contribución de otros en sus asuntos personales. Le importaba poco los demás.... importaba que se cumpliera sus programaciones diarias.
Su agenda tenía vida propia y, ella era esclava de ésta. ¿Qué hoja será la que no tenga un renglón sin escribir? Si, quizá los sábados, pero ni tanto. Eran los días dedicados a la enseñanza universitaria y, al menos, algún diagrama había en la que diseñaba lo que sus alumnos tendrían que padecer… Eso, por las mañanas. Las tardes, tenían con rojo, una escritura que decía, “dormir” y, copaba dos líneas. El segundo y cuarto sábado del mes, en vez de "dormir", indicaba: "lavandería". Luego, habría una visita a las amigas, algún encuentro cinéfilo, ir de compras, o limpiar las hojas de sus plantas de maceta. La libreta de apuntes diaria no recogía los plañidos que suponía expresiones semejantes a “para que me comprometí…pero ya. Hay que cumplir”, o “Si yo cuido mis plantas, porque se les secan las hojas…” La mujer era de mil cosas, sin importar la importancia que merecieran… Tenía miedo al ocio… salvo cuando era horario de labores… Un alumno: “nos pone a leer separatas y nos remite a discusiones bizantinas, solo para quedarse pegada a su celular mirando videos… digo… porque suele reírse”. En el horario de labores, el miedo al ocio, el horror al vacío, se iba por un tacho…
En fin… toda su vida era un abanico de cosas actuadas y por hacer. La retahíla de agendas que se acumulan en el fondo del ultimo cajón de su escritorio es testigo colectivo de aquello que no le podía ocultar a la almohada cada noche: “¿Qué pasaría si Dios me encontrara sin hacer nada? La vida hay que vivirla sin desperdiciar ni un minuto. Cualquier vaciedad es una afrenta al amor infinito de Dios. Que la muerte no me encuentre dormida” y luego recitaba de memoria un pedazo del salmo 23: "Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento". Era su TOC.
El miedo al vacío llenaba su vida... Toc, toc, toc.
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Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...