miércoles, 15 de julio de 2026
Visiones
lunes, 13 de julio de 2026
Duelo
¿Has oído Las Cautivas? Es un
vals criollo de pausadísima musicalidad. Es una canción fúnebre en la que el
pueblo le canta a las insufribles pérdidas de la Guerra del Pacífico… Evoca el
viaje del crucero Lima por puertos chilenos, recogiendo los restos de
los combatientes peruanos para devolverlos a la patria. Un asunto que, aun
duele pero que esconde una historia jurídica que debe contarse en las aulas universitarias.
La canción hace referencia al lamento popular por el retorno al seno de la
patria de los restos de Elías Aguirre, Diego Ferré, Miguel Grau, entre otros.
El asunto empezó con la iniciativa de un político piurano, Pablo Seminario. Hizo una propuesta de ley,
en la que requería la construcción de un mausoleo nacional y la autorización
para gestionar diplomáticamente la entrega de los restos mortales de Miguel
Grau. Más tarde, apareció otra figura poco recordada: Carlos Elías, ministro
plenipotenciario del Perú en Santiago inicia conversaciones con el canciller
del país vecino y, luego de llegar a acuerdos se intercambiaron las notas
diplomáticas que exponían los acuerdos.
La guerra entre Perú y Chile
había terminado con la suscripción del Tratado de Ancón en octubre de 1883 y,
desde aquella vez, seis calendarios "habían pasado a mejor vida". Justo en las vísperas
del décimo aniversario del Combate de Angamos la propuesta legislativa fue alcanzada con el
aplauso de un buen grupo de parlamentarios. De hecho, la propuesta era muy
piuranera: requería la devolución de los restos de Grau; empero, el presidente
Avelino Cáceres amplió la propuesta a todos los héroes de la guerra, con el
detalle de repatriar a quienes habían combatido en Angamos, Tarapacá, Alto de
la Alianza y Arica.
A propósito de ciudades… en el
vals Las Cautivas se llora la pérdida de Tacna, Arica y Tarapacá. Ellas son las cautivas. El cantor muestra
su dolor y expone la esperanza del reencuentro. En esos días, en la última década
del siglo XIX, Tacna aún estaba bajo dominio chileno y por eso anuncia una
despedida: “Adiós Tacna, bella palma; adiós Arica laurel; mi Tarapacá querido,
pronto los volveré tener”. La patria canta su dolor y, sabe que, en parte, su esperanza
se desvanecía en las letras del Tratado de Ancón, que reconocía a Tarapacá como
territorio del país del sur. Definitivamente, el crucero Lima tenía una tarea
tristísima: recorrer territorios, que en otro tiempo fueron peruanos para devolver
los cuerpos de los nacionales que descansaban en un espacio donde no merecían
estar. Quizá esa sea la razón por la que la repatriación conmovió tanto al
país. Grau había dicho alguna vez: «Si el Huáscar no regresa, entonces yo
tampoco».
Y el derecho aun tiene más que decir. Carlos Elías
-ya mencionado- le hacía saber a su par del país sureño que Perú
solicitaba los restos de los combatientes nacionales. Se hacía mención de
Miguel Grau y de Ladislao Espinar y, a la vez peticionaba las facilidades
necesarias. La respuesta chilena llegó el 17 de junio de 1890 y reconocía la
misión especial del crucero Lima, ordenaba a las autoridades de Tacna y
Tarapacá colaborar con la misión y, exponía el compromiso de Chile de “allanar
todas las dificultades que hubieren de presentarse para el fiel cumplimiento de
ese patriótico encargo." Y, en la práctica, Chile hizo más: organizó
ceremonias oficiales para reconocer los honores militares a los caídos y dispuso acompañamiento naval al crucero peruano es su travesía de
regreso al territorio nacional.
El crucero Lima entró lentamente
al Callao. Venía acompañado por el Esmeralda, el antiguo adversario convertido,
por un instante, en escolta del duelo peruano. Las campanas doblaban en señal de duelo. Los
balcones estaban cubiertos de crespones negros. Las autoridades vestían de luto. Después de once años, la patria abrazaba a sus muertos. Quizá por eso el pueblo terminó cantando
aquello que ningún documento diplomático podía expresar: «Si en Lima por mí
preguntan, díganles que preso estoy; el que quiera rescatarme, en Santiago de
Chile estoy».
Era 15 de julio de 1890. Después de
once años, el Perú recibía a sus héroes. El derecho había logrado lo que la
guerra le había arrebatado a la patria: el regreso de sus muertos y, la memoria
colectiva aseguraba en un dolorido canto la juntura del derecho, la historia y la evocación popular.
viernes, 12 de junio de 2026
Tareas
Lucía caminaba por el barro. Le agradaba la frescura que le
regalaba. El sol del mediodía le provocaba pensamientos que su madre, quizá, no
aprobaría. Quería meterse —toda ella— por en medio de esa tierra mojada. Le
hacía gracia la idea de formar grumos de barro en medio de sus cabellos. A
corta distancia, un par de latas se acomodaban sobre una hechiza losa de
piedra. La voz de su madre, que venía de más allá, la desvió de sus propios
pensamientos:
—¿Ya está? ¿Ya cumpliste la tarea de llenar de agua esas
latas?
Con un movimiento afirmativo de cabeza cumplió con
responder.
Y ahora, sus pensamientos se llenaron de la canción que su
madre tarareaba: “Árbol, árbol, árbol frondoso y florido / Árbol, árbol, árbol
frondoso y florido / cuando te ven sin hojitas te miran desconocido / cuando te
ven sin hojitas, te miran desconocido”. Y deseó que ese árbol efectivamente
estuviera allí, para apaciguar el sol que le provocaba las ganas de enlodarse
como puerco. La madre, mientras tanto, ajena a sus lúdicos pensamientos, seguía
en su canturreo mientras no dejaba de restregar un buen puñado de ropas de los
suyos. Miró la esfera celeste…
—Ay, solcito, ¿no puedes alumbrar para otro lado?
Tomó una de las latas de agua y la vació sobre una tinaja de
aluminio, y pidió a la muchachita que la volviera a llenar. Un cuenco plástico,
hecho con un contenedor de pintura, sirvió para la tarea. Ahora con reniegos:
—¿Cuánto falta, má? ¿Me puedo bañar?
La mujer hizo oídos sordos.
Había terminado con las ropas pesadas: driles, pantalones de
colegio, ropas de trabajo; y las aguas descoloridas habían servido para
refrescar las calenturientas arenas que las circundaban. El río, este año, no
había crecido. Las lluvias habían sido pocas y las obras de alcantarillado no
tenían cuándo acabar. El agua potable era escasa y apenas caían chorritos que,
con las justas, permitían agua para la cocina, aseos personales y alguna otra
cosita dentro de la casa. Si había necesidad de agua para asuntos de mayor
calado —limpieza de la casa, baños, lavado de ropa— o la llevabas desde el río,
que estaba a quinientos metros de distancia, o es que ibas al río —a lo que
quedaba de él— para hacer esos menesteres. Pues ahora tocaba padecer el sol
sobre los propios pellejos, pero a la vez aprovecharlo para el secado pronto de
las ropas y de las sábanas. Hasta la rugosa arena servía para ahorrar algo de
jabón en el lavado de las zapatillas, de las medias, de las botas y de los
pantalones.
Lucía había encontrado un recodo —pequeño— de agua. Allí,
calladamente, se tiró sobre una pequeña laguna y aprovechaba un chope de
algarrobos para guarecerse del inclemente sol.
—¡Hija…! ¿Dónde estás? ¡Llena agua! ¡Las latas están secas!
Era ella, la niña, la que ahora quería hacerse la
desentendida. Ella seguía jugando con el agua entre sus pies. Extendida en el
acuífero, subía sus piececitos hasta por encima de la superficie, llevando
arena sacada desde el fondo. Jugaba a que buscaba pepitas de oro, y las
piedrecitas que lograban la luz del sol eran —en su imaginación— el preciado
metal. Un día, tendría mucho y llenaría ese arenoso cauce de árboles que le
permitieran lavar su ropa sin el molestoso sol.
—Hija, el agua… rápido… ayuda, hijita —apuró en forma de
súplica la madre, y ella, molesta con el sol, se echó a la tarea.
No era tanta, pero de tantas repeticiones ya se hacía
pesada. Sobre una cama hecha de ramas se extendían los cobertores de cama, los
pantalones, las camisas… Tres pares de zapatillas se secaban a punta de
revolcones sobre la arena caliente que les daban de rato en rato. Y las latas
se llenaron y se vaciaron, y así hasta que ya habían pasado algo más de cuatro
horas. De hecho, el sol ya se había movido de su ubicación inicial y parecía
que quemaba menos. Y ella preguntó:
—¿Y si le hacemos un caminito al río para que vaya a nuestra
casa?
Y la respuesta venía a su medida:
—No, porque él tiene su propio camino y hay que respetar su
destino. Tiene que llegar "hasta más allá" —y le señalaba el
horizonte con el dedo— para que se case con el mar.
Un hato de caballos llegó en busca de agua. Y Lucía, ahora
sobre los equinos lomos, jugaba a perseguir al sol para que no quemara tanto,
para echarle un poco de agua y jugar con él a los carnavales. Y también pensaba
que alguno de esos nobles animales le podría ayudar a llevar esas bateas que en
un rato se llenarían de ropas limpias, secas o húmedas, que harían que el
camino de vuelta a casa fuera pesado…
—¡Mamá, ¿quieres bañarte?! —gritó desde su acuífero refugio.
El "dame unos minutos" permitió que, en un rato
más, la niña insistiera en la invitación. Los caballos se estuvieron un rato
más, apacentándose en las cercanías, aprovechando la humedad de las orillas
para remojar sus cascos, para patear el agua y refrescarse sus panzas. Y ella
jugueteaba con la idea de tener una carreta en la que llevar sus trastos,
jalada por un par de potrillos.
Un poco de ropa ya había sido recogida. Estaba seca y se
acomodaba en una de las latas que hacía un rato eran el albergue de aguas de
reposición. Otras hacían el esfuerzo de secarse sobre la cama de ramas, y de
vez en cuando se volteaban con el afán de un pronto secado.
—Mamá… ¿y si hacemos una carreta y le presto las ruedas de
mi bicicleta?
La mujer se quedó pensando: "Un día no necesitaremos
venir tan lejos. Un día el agua caerá desde los caños y solo nos preocuparemos
por que la utilicemos bien". Y es que llevar agua desde ese punto requería
o de un yugo sobre los hombros de algún fornido muchacho —que demoraría unas
tres horas y harto esfuerzo para conseguir unos doscientos litros de agua—, o
de un par de cajones con sus bidones plásticos sobre un jumento para alcanzar,
en el mismo tiempo y ahora con esfuerzo ajeno, esa misma cantidad del líquido
elemento.
La mujer jugueteaba con su hija cuando advirtió que el sol
ya había perdido su amarillo color y había tomado unas tonalidades naranjas que
permitían mirarlo directamente. En forma de broma amenazante, dijo que se hacía
de noche y que las lechuzas aparecerían. Retó a su menor a secarse prontamente
y a cambiarse con algunas de las ropas secas…
—A la cuenta de diez —le dijo.
Y el mandato —formulado en lúdica letanía— logró pronto su finalidad. Con el sol perdiéndose en el horizonte, un par de mujeres —una mamá y una niña que no llegaba a los seis años— caminaban con tinas, latas, ropas y trastos, de vuelta hacia su casa, para seguir con las tareas escolares que, mañana lunes, debían presentarse en el colegio.
jueves, 28 de mayo de 2026
Orígenes
La noticia casi le provoca un síncope al obispo Demetrio. "¿Me estás diciendo que Orígenes es presbítero? ¿Con autorización de quién?" El hombre lanzó el báculo contra la pared y gritó: "¿Qué tanto se cree? El emisario retrocedió lentamente, procurando no convertirse en testigo de aquella cólera episcopal. "Me va a escuchar en cuanto vuelva…" —masculló Demetrio. Luego, tras recuperar el aliento, añadió con una frialdad aún más inquietante: "O mejor… que no vuelva". El mensajero, ya desde la puerta, se limitó a responder: "Le haré saber la orden".
Demetrio permaneció unos instantes en silencio. Intentó serenarse, aunque sin demasiado éxito. Finalmente abandonó sus aposentos y se dirigió al Didascalio, la célebre escuela catequética de Alejandría. Allí habló largamente con el taquígrafo mayor y anunció cambios drásticos en la dirección de la institución. No llegó a destituirlo formalmente, pero dejó clara una advertencia: la continuidad dependería de la obediencia a las nuevas disposiciones del obispado. Y en aire quedó una pregunta: ¿Y qué iba a pasar con Orígenes? En realidad, nadie parecía saberlo.
El siglo III apenas comenzaba. El cristianismo había iniciado ya su separación definitiva del judaísmo y buscaba consolidar una identidad doctrinal propia dentro del convulso universo cultural del Imperio romano. En aquel escenario, Alejandría hervía como pocas ciudades del mundo conocido. Su puerto era una puerta por donde ingresaban mercancías, credos e ideas provenientes de todos los rincones del Mediterráneo; su biblioteca y sus escuelas reunían filósofos, astrólogos, gramáticos, místicos y teólogos que disputaban el sentido último de la realidad.
Los movimientos gnósticos, los neoplatónicos y los primeros círculos teológicos cristianos mezclaban la vieja filosofía racionalista griega con los misterios egipcios, la astrología caldea y las intuiciones espirituales del naciente cristianismo. Todo parecía susceptible de reinterpretación: Dios, el alma, la materia, el tiempo y la salvación.
En medio de aquel torbellino intelectual surgió Orígenes Adamancio.
Era, sin duda, uno de los hombres más brillantes de su tiempo. Había sostenido ásperas disputas intelectuales con maestros paganos y cristianos, y casi siempre salía victorioso gracias a una capacidad argumentativa extraordinaria. Su lucidez impresionó profundamente a Demetrio de Alejandría, obispo de la ciudad y máxima autoridad de la sede de San Marcos, quien terminó confiándole la dirección del Didascalio cuando todavía era muy joven, casi un chiquillo.
Con el paso de los años, Orígenes se convirtió en una de las figuras más prestigiosas de la intelectualidad alejandrina. Gracias al apoyo económico de un rico benefactor llamado Ambrosio, pudo sostener dos aulas permanentes de enseñanza. Una estaba destinada a los iniciados y quedó bajo la dirección de Heraclas; la otra, reservada a los alumnos avanzados, era conducida por el propio Orígenes, que enseñaba teología, filosofía, matemáticas y astronomía con una naturalidad asombrosa.
Sin embargo, entre tanto prestigio comenzó a germinar un problema. Hacia el año 220, Orígenes solicitó a Demetrio la ordenación presbiteral. Consideraba que el sacerdocio fortalecería su tarea apologética y le otorgaría una legitimidad más sólida en las controversias doctrinales que libraba dentro y fuera de Egipto. Demetrio respondió con evasivas. Algunos días después lo llamó y le preguntó: "¿Crees que nuestra fe será mejor porque los fieles escuchen tus palabras?". La pregunta escondía mucho más que una simple duda pastoral. El conflicto era institucional. Mientras Orígenes adquiría fama en todo el Mediterráneo oriental, Demetrio comenzaba a percibir el riesgo de que aquel maestro laico terminara eclipsando la autoridad episcopal.
Era preferible conservarlo como un brillante intelectual subordinado antes que transformarlo en un presbítero con capacidad de intervenir en cuestiones doctrinales y administrativas del obispado. En el fondo, la disputa enfrentaba dos formas distintas de autoridad: la del cargo y la del genio. Para entonces, la fama de Orígenes ya se había extendido ampliamente. Eusebio de Cesarea cuenta que mantenía correspondencia con obispos, filósofos y teólogos de diversas regiones del Imperio. Viajó a Roma, Arabia, Antioquía, Palestina y Grecia, muchas veces convocado para resolver disputas doctrinales o participar en debates teológicos de enorme complejidad.
En algunos casos, las autoridades locales enviaban escoltas militares para garantizar su seguridad durante el trayecto. La celebridad intelectual de Orígenes comenzaba a parecerse a la de los grandes filósofos itinerantes de la Antigüedad tardía.
Y fueron precisamente esos viajes los que agravaron el conflicto.
Más de un obispo quedó maravillado con su talento exegético y con la profundidad de sus exposiciones. En Palestina, por ejemplo, Alejandro de Jerusalén y Teoctisto de Cesarea le permitieron predicar públicamente aun siendo laico. Aquello escandalizó a Demetrio. En su carta de protesta preguntaba con iracundia: "¿Cómo es posible permitir que un laico predique en una asamblea litúrgica? Sus razones no eran enteramente caprichosas. En una Iglesia que apenas comenzaba a estructurar sus jerarquías, la distinción entre obispo, presbítero y laico resultaba fundamental para preservar el orden institucional. Permitir que un intelectual carismático enseñara sin investidura sacerdotal parecía, para algunos, una amenaza al principio mismo de autoridad.
Los obispos palestinos respondieron con dureza. De todos los argumentos que se conservan, hay uno particularmente revelador. Decían, en esencia: “Si Dios ha concedido a Orígenes un don intelectual y una gracia exegética excepcionales, ¿no sería un pecado privar al pueblo de esa luz solo por defender un protocolo administrativo?” Algo se quebró definitivamente después de aquella carta.
Orígenes regresó a Alejandría y continuó dirigiendo la escuela catequética, pero la relación con Demetrio jamás volvió a ser la misma. Se refugió cada vez más en el estudio, rodeado de secretarios y escribanos que copiaban sus tratados y respondían la enorme cantidad de cartas que llegaban desde distintos lugares del Imperio. Las preguntas eran inagotables: la naturaleza de Cristo, la inmortalidad del alma, el sentido alegórico de las Escrituras, la resurrección, el destino final de la creación.
En el año 230 recibió nuevas invitaciones desde Grecia para intervenir en controversias relacionadas con el avance del gnosticismo. Antes de partir hacia Atenas hizo escala en Palestina. Allí, Alejandro y Teoctisto terminaron convenciéndolo de aceptar la ordenación sacerdotal. "La dignidad del sacerdocio te otorgará legitimidad espiritual y jurídica", le dijo uno. El otro remató: "Es un escudo institucional para tu misión". Probablemente ninguno de ellos imaginó que aquel gesto sellaría el nefasto destino de Orígenes. Demetrio reaccionó con furia. Consideró la ordenación una intromisión intolerable en la jurisdicción alejandrina y convocó sínodos para condenar la conducta del teólogo. Orígenes fue expulsado de Alejandría y terminó estableciéndose definitivamente en Cesarea.
La paradoja de su vida comenzaba entonces a tomar forma.
La posteridad lo reconocería como uno de los fundadores de la teología cristiana entendida como disciplina intelectual sistemática. Su influencia sobre la tradición oriental sería inmensa. Sin embargo, varios siglos después, parte de sus doctrinas serían condenadas durante el Segundo Concilio de Constantinopla, en el año 553. Las sospechas recaían principalmente sobre sus ideas acerca de la preexistencia de las almas, la restauración final de todas las criaturas —la célebre apocatástasis— y ciertas formulaciones subordinacionistas relativas a la Trinidad, elaboradas en una época en que el lenguaje teológico aún estaba lejos de alcanzar la precisión dogmática posterior.
Las actas conciliares conservan una sentencia demoledora: “Si alguno sostiene la mítica preexistencia de las almas y la consecuente apocatástasis, sea anatema”.
Sobre su figura también pesaron rumores persistentes, especialmente aquel que afirmaba que se había arrancado los genitales a sí mismo para evitar las tentaciones de la carne. La historia, transmitida principalmente por Eusebio, alimentó durante siglos la leyenda de un hombre dispuesto a llevar el ascetismo hasta extremos insoportables.
Quizá nunca sepamos cuánto hubo de verdad en ello. Pero hay algo indiscutible: Orígenes fue uno de esos hombres excepcionales a quienes la historia admira y castiga al mismo tiempo. "Padre de la Iglesia" le dicen algunos; "hereje" le llaman otros... Demasiado brillante para pasar inadvertido. Demasiado audaz para permanecer completamente dentro de los límites de su época.
lunes, 18 de mayo de 2026
Matrimonio
Corría el año 1520 y Martín Lutero ya había decidido incendiar —intelectualmente hablando— media cristiandad. Alejado de Roma y acompañado por el brillante filólogo Felipe Melanchthon, publicó La cautividad babilónica de la Iglesia, un texto escrito con la delicadeza de un martillo. Allí no solo atacaba al papa León X —o lo que, según él, quedaba de la autoridad papal—, sino también el corazón administrativo y espiritual del catolicismo: el sistema sacramental.
La pregunta era explosiva y aparentemente sencilla: ¿qué necesita realmente un ser humano para salvarse? Lutero ya había cuestionado las indulgencias en sus famosas 95 tesis; ahora iba mucho más lejos. A su juicio, Roma había convertido los sacramentos en una especie de peaje celestial: mecanismos para administrar la gracia de Dios… y, de paso, controlar conciencias, fidelidades y bolsillos.
La gracia divina —diría Lutero— no necesita sofisticadas arquitecturas teológicas ni tarifas eclesiásticas. Un sacramento solo puede llamarse así si cumple dos condiciones: haber sido instituido expresamente por Jesucristo y constituir un signo visible de una promesa divina de salvación. El matrimonio, sostenía, no cumplía ninguna de las dos. Existía desde muchísimo antes del cristianismo y prácticamente todas las civilizaciones le atribuían algún carácter sagrado. Además, en ningún evangelio aparece Cristo instituyéndolo como canal específico de salvación, perdón o pertenencia a la comunidad cristiana.
La discusión se volvió todavía más peligrosa cuando Lutero decidió hacer algo que rara vez termina bien para una institución antigua: volver a las fuentes originales. La Vulgata Latina —la Biblia oficial de Occidente— traducía un pasaje de la carta a los efesios en el que Pablo de Tarso parecía llamar “sacramento” a la unión entre marido y mujer, reflejo del vínculo entre Cristo y la Iglesia. Pero Lutero fue a los manuscritos griegos y encontró otra palabra: mysterion. No “sacramento”, sino “misterio”.
La diferencia parecía pequeña, pero tenía consecuencias gigantescas. Si el matrimonio era un misterio espiritual y no un sacramento instituido por Cristo, entonces podía volver a ser un asunto terreno. Y así lo dijo sin demasiados rodeos: “El matrimonio es un asunto secular y externo (ein weltlich Geschäft), igual que el vestido y la comida, la casa y el patio, sujeto a la autoridad civil”. En una sola frase, reyes, jueces y funcionarios públicos recuperaban un poder que durante siglos había estado bajo la vigilancia de Roma.
Lo curioso es que la historia del cristianismo temprano no contradice del todo a Lutero. Durante el primer milenio, el matrimonio ciertamente recibía bendiciones religiosas, pero no era considerado una autopista privilegiada hacia la gracia divina. De hecho, cuesta sostener que fuese plenamente “sacramental” en una época en la que todavía era posible repudiar a la esposa por motivos sorprendentemente triviales. Incluso el concepto técnico de “sacramento”, tal como hoy se entiende, estaba todavía en construcción.
En el viejo derecho romano bastaba la affectio maritalis: la voluntad de comportarse como marido y mujer. Nada de sacerdotes, registros civiles o expedientes canónicos. Era, esencialmente, un contrato privado. Los cristianos posteriores al Primer Concilio de Nicea conservaron muchas de las formas romanas —anillos, dotes, banquetes, vestidos ceremoniales—, pero añadieron un ingrediente decisivo: el matrimonio debía celebrarse “en el Señor”. Cristo aparecía como testigo moral de la unión y el obispo comenzaba lentamente a convertirse en árbitro de los conflictos matrimoniales. No era obligatorio acudir a él, pero cuando había problemas, todos terminaban mirando hacia la autoridad eclesiástica. O a lo mejor si. Ignacio de Antioquía dice, en su carta a Policarpo, que los esposos deben unirse “con el consentimiento del obispo, para que el matrimonio sea según el Señor”.
Agustín de Hipona intentó solidificar el sentido teológico del asunto. Para él, el matrimonio era una especie de medicina contra la concupiscencia: un remedio legítimo frente al desorden sexual heredado del pecado de Adán. Además, cumplía funciones nobles: garantizaba la procreación, simbolizaba la fidelidad de Cristo hacia la Iglesia y hacía visible la indisolubilidad del pacto divino.
Aunque, claro, había letra pequeña. El sexo dentro del matrimonio solo encontraba verdadera legitimidad si estaba orientado a la procreación. El placer sexual por sí mismo seguía despertando sospechas morales y podía requerir atención en el confesionario. Aun así, incluso en Agustín, el matrimonio no tenía exactamente la misma categoría que el Bautismo o la Eucaristía. Era importante, sí; santo, probablemente; pero seguía pareciéndose más a un sacramental que a uno de los grandes canales directos de la gracia divina.
Mientras tanto, Europa hervía. Los siglos avanzaban y los movimientos milenaristas descubrían que anunciar el fin del mundo daba malos resultados proféticos, pero excelentes resultados políticos. Muchos comenzaron a identificar a la Iglesia de Roma con la Gran Ramera del Apocalipsis: demasiado rica, demasiado poderosa y demasiado interesada en las cosas terrenales.
En ese clima aparecieron los cátaros, especialmente fuertes en el sur de Francia durante el siglo XII. Y ellos sí llevaron el problema del matrimonio hasta sus últimas consecuencias. Si la materia era intrínsecamente mala, entonces traer hijos al mundo equivalía poco menos que encarcelar almas espirituales dentro de cuerpos corruptibles. El matrimonio no era un sacramento: era una conspiración biológica del maligno. Paradójicamente, les parecía incluso peor que la relación sexual ocasional. En esta última todavía había culpa y arrepentimiento; en el matrimonio, en cambio, la lujuria quedaba institucionalizada y bendecida bajo apariencia religiosa. El matrimonio no tiene ningún valor espiritual.
La reacción de Roma fue tan teológica como política. En el Concilio de Verona (1184), mediante la bula Ad abolendam, la Iglesia, siguiendo la posición de Pedro Lombardo, respondió elevando explícitamente la unión matrimonial a una condición santificada por el Espíritu Santo. La sacramentalización del matrimonio servía para combatir a los cátaros, pero también resolvía otro problema muchísimo más terrenal: el caos de las dinastías europeas.
Los nobles medievales tenían una tendencia bastante incómoda a cambiar de esposa según las necesidades diplomáticas del momento. Al convertir el matrimonio en sacramento, el Papa adquiría autoridad sobre la legitimidad de las uniones, las anulaciones y, sobre todo, los herederos. Desde entonces, casarse dejó de ser solo una cuestión privada o familiar: pasó a convertirse en un asunto de equilibrio político continental. Los tribunales eclesiásticos empezaron a decidir no únicamente sobre pecados, sino también sobre coronas, herencias y alianzas entre reinos.
La historia terminaría de consolidarse en el Segundo Concilio de Lyon (1174), donde la sacramentalidad del matrimonio fue reafirmada ya con pretensiones universales y en diálogo con las iglesias orientales. El Concilio de Trento puso la cereza del pastel: le dio calidad de dogma de fe (1563). Fue una respuesta contundente a la posición privatista del cismático Martín Lutero.
Esas ideas merecen otro texto.
domingo, 17 de mayo de 2026
Olvidos
martes, 12 de mayo de 2026
Investigación
La historia del derecho, esa que se teje en medio de tribunales y expedientes, está arrebujada de anécdotas, de incidentes memorables, de intervenciones inesperadas y de teatralidades disparatadas donde el demandante o el demandado, el fiscal o el acusado, terminan convertidos en el centro de atención. Las redes sociales se han transformado, en nuestros días, en la gran pizarra pública de esos sucesos: el mural parroquial donde se anuncian los divorcios entre el interrogatorio y la respuesta imprevista.
Basta buscar algún caso mediático y descender a la ciénaga de los comentarios para llegar a esa espumosa orilla donde naufragan las pretensiones académicas de quienes se quemaron las pestañas leyendo jurisprudencias y extensos tratados para entender la culpabilidad o distinguirla de cualquier otro elemento personal del delito. Allí, en ese algarrobal de opiniones, aparecerán las dudas más preclaras: “¿Cuánto le habrán pagado al fiscal para que haga mal su trabajo?”; o los epitafios instantáneos: “Estamos en el Perú, cualquier cosa puede pasar”.
Esas expresiones de desengaño no son más que formas de desentendimiento: maneras cómodas de mantenerse lejos de la realidad procesal, de ignorar los vericuetos del expediente y la complejidad de una investigación penal. Se pretende una justicia infantil, hecha con la simpleza del “corta y pega”, como si el derecho pudiera reducirse a una tarea escolar. En ese mundo vivimos y allí toca administrar justicia. A los fiscales, particularmente, les corresponde levantar los muros de esa construcción.
Los tribunales norteamericanos, por supuesto, también han ofrecido historias memorables. Ahí está el célebre guante del caso de O. J. Simpson, episodio sobre el que más de un crítico sostiene que la acusación perdió el juicio al exigir que el acusado probara un mitón recogido en la escena del crimen sin haber previsto si realmente su mano cabría con facilidad en él. O aquella otra historia del mediático abogado F. Lee Bailey, quien, intentando convencer al jurado de que la cadena de fierro usada para golpear al agraviado no podía causar daños mayores, tomó el arma y decidió golpearse el muslo durante el contrainterrogatorio. No calculó, sin embargo, que el último eslabón impactaría de lleno sobre la rótula. El grito se le quedó anudado en la garganta; la palidez y la cojera hicieron el resto del alegato.
En ese pequeño universo de historias de historieta, bien vale celebrar a quienes hoy conmemoran su día: los fiscales. Y para acompañar la ocasión conviene volver, una vez más, a los anales de la jurisprudencia norteamericana, esa que no solo nos ha dejado películas para ilustrar clases universitarias, sino también episodios capaces de mostrar las formas extrañas y risueñas en que la justicia suele hamaquearse.
Corría 1974. Era la época dorada de los asesinos seriales. Los nombres de Ted Bundy, John Wayne Gacy, Jeffrey Dahmer o Harvey Carignan todavía no habitaban el imaginario colectivo con la claridad de nuestros días; se temía, más bien, a sus actos y a la posibilidad de que aparecieran frente a cualquier mujer —vecina o familiar— para convertirla en objeto de sus insanias.
Una bicicleta volcada junto a un camino apartado podía anunciar una tragedia. Un vestido desgarrado en medio de un maizal se convertía, demasiadas veces, en el prefacio de una noticia policial. Un zapato perdido entre los árboles o una mancha de sangre sobre un tronco seco bastaban para anticipar escenas de dolor. Mientras tanto, policías y fiscales trabajaban apenas con descripciones borrosas que poco ayudaban a identificar a esos desequilibrados.
Dentro de ese panorama, Harvey Carignan era un sujeto poco confiable. La policía desconfiaba de él porque siempre llevaba un diario bajo el brazo y porque ya había pasado por la célebre prisión de Alcatraz Federal Penitentiary. Ese solo antecedente parecía delinear su perfil. Sus ingresos a prisión habían sido por robos, asaltos y homicidios. A inicios de los años setenta recuperó la libertad; para mediados de 1974 ya existían denuncias de sobrevivientes que describían un mismo patrón: respondían a anuncios de trabajo dirigidos a mujeres jóvenes, subían a un vehículo verde oscuro y, en medio de lugares apartados, eran atacadas.
Algunas reconocían a Carignan en los álbumes policiales, aunque sin demasiada seguridad. Finalmente fue detenido. En su vehículo encontraron revistas pornográficas, mapas de distintos estados —especialmente de Minnesota y Washington—, ubicaciones de restaurantes de menú, gasolineras y anotaciones de kilometraje en caminos alternos. Varios espacios boscosos aparecían marcados con círculos.
Los noticieros de sábado por la noche todavía recordaban el caso de Kathy Miller, desaparecida desde el 1 de mayo de 1973. Interrogado sobre ella, Carignan negó conocerla. Sin embargo, las primeras noticias habían señalado que la joven salió de casa rumbo a una entrevista de trabajo en una estación de gasolina. Algunas sobrevivientes ya habían relatado una historia semejante.
El fiscal tenía poco entre manos. La madre de Kathy insistía diariamente, pero no existía un cuerpo, ni prendas, ni evidencia material que vinculara directamente al sospechoso con la desaparición. La posibilidad de una fuga voluntaria seguía siendo tan plausible como la de un homicidio.
Entonces apareció una mujer llamada Rita Wright. Se presentó en casa del fiscal y aseguró que podía ayudarlo a encontrar a Kathy. Hablaron un momento; luego, la mujer hizo referencia a ciertas habilidades especiales. El fiscal, agotado y sin mayores alternativas, decidió escucharla. Rita extendió un pañuelo sobre el suelo de la sala y se sentó en el centro. En medio de la noche, encendió varios cigarros sobre pequeños cuencos de cerámica y empezó a observar las volutas de humo que ascendían lentamente. Movía las manos como si quisiera apartarlas para mirar detrás de ellas. De pronto comenzó a describir una carretera, un desvío, un cartel con la inscripción “Swinomish Village” y un bosque espeso. Incluso pronunció algunas palabras en lushootseed, la lengua de ciertos pueblos indígenas de la zona. Con esos datos, días después, en julio de ese año, apareció el cuerpo abandonado de Kathy Miller.
El fiscal jamás incorporó oficialmente aquella información a la investigación. Nunca se reconoció que una médium hubiera proporcionado información decisiva para hallar a la desaparecida. La versión formal sostuvo que dos adolescentes encontraron casualmente el cadáver mientras caminaban por el bosque. Sin embargo, la crónica negra —esa que circula por debajo de las mesas judiciales— siempre supo otra cosa. Lo sabían los vecinos, las comadres y los curiosos apostados tras las ventanas: la justicia, muchas veces, se alimenta de fuentes que el discurso oficial no está dispuesto a admitir.
Aunque Harvey Carignan nunca fue procesado por la muerte de Kathy Miller, las sospechas sobre su responsabilidad persistieron durante años. El Estado prefirió concentrarse en aquellos casos donde las víctimas sobrevivieron y pudieron reconocerlo como agresor. Las condenas fueron suficientes para sepultarlo en prisión: cadena perpetua y penas adicionales por otros homicidios. Al final, la suma de castigos alcanzó cifras absurdas. Sus huesos, después de todo, no eran suficientes para cumplir los ciento cincuenta años de cárcel que la justicia decidió imponerle.
viernes, 8 de mayo de 2026
Derrota
Los días de mayo
de 1945 fueron, para el Tercer Reich, una agonía de escombros y humo. Tras el
suicidio de Hitler en el subsuelo de una capital sitiada, la jefatura de un
Estado ya inexistente recayó en el Gran Almirante Karl Dönitz. Sin embargo, la
suya fue una autoridad espectral, un "mando de papel" ejercido desde
la periferia, mientras el suelo alemán era devorado por el avance aliado.
Para el 8 de
mayo, la soberanía alemana era un concepto abstracto. Con el Ejército Rojo
dictando su ley en Berlín, los norteamericanos presionando desde el suroeste y
los británicos consolidando el noroeste, no quedaba administración, solo restos
de un ejército que se negaba a morir. Por ello, los Aliados no buscaron a
Dönitz en su refugio de Flensburgo; les urgía una firma con peso militar, la de
Wilhelm Keitel, Jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas (OKW). Necesitaban
que el hombre que movía los mapas ordenara a cada soldado, desde los fiordos
noruegos hasta las montañas italianas, soltar el fusil.
El trayecto de
Keitel hacia la capitulación fue su propio vía crucis. Voló desde Flensburgo
hacia Berlín en un avión británico, custodiado por el mismo aire que antes
dominaba la Luftwaffe y que ahora le pertenecía al enemigo. Al aterrizar, el
paisaje fue una bofetada de realidad: la Berlín que él ayudó a soñar como
capital del mundo era hoy un laberinto de cráteres, fachadas calcinadas y un
silencio sepulcral interrumpido solo por el paso de los tanques soviéticos.
Fue conducido a
la Escuela de Ingeniería Militar de la Wehrmacht en Karlshorst. Allí, en lo que
fuera un centro de formación de oficiales alemanes, los soviéticos habían
instalado su cuartel general. Tras un breve y gélido intercambio con los mandos
aliados, Keitel fue escoltado a una habitación para una espera que se hizo
eterna. El cuarto era de una simplicidad insultante para un Mariscal de Campo:
una cama, una mesa de madera, una silla y un lavabo. No había espacio para la
pompa, solo para el encierro. Bajo una vigilancia asfixiante que no permitía
visitas ni salidas, Keitel pulió su uniforme y su monóculo, aguardando el
llamado de la historia en medio de la noche.
Cerca de las 23:50
horas, el silencio del pasillo se rompió. Dos militares lo escoltaron hacia el
antiguo comedor. Keitel apareció como un fantasma del pasado: vestía su
uniforme de gala gris, impecable y rígido, con las condecoraciones brillando
bajo las luces de los reporteros. En su mano, el bastón de Mariscal de Campo,
símbolo de una casta militar que se resistía a la humillación.
Frente a él, la
mesa de los vencedores: Zhúkov por la URSS, Tedder por el Reino Unido, Spaatz
por EE. UU. y De Lattre por Francia. Keitel caminó con el bastón bajo el brazo
izquierdo, siguiendo el manual prusiano hasta el último paso. Al llegar,
levantó el bastón verticalmente frente a su rostro. Fue un saludo de autoridad
dirigido a hombres que ya no le reconocían ninguna; un acto de soberbia final
que fue respondido con un silencio de granito y un gesto seco que le indicaba
dónde sentarse.
A las 23:43,
Keitel estampó su firma. En ese instante, el Alto Mando Alemán se entregaba incondicionalmente.
El documento no hablaba de clemencia ni del destino de los prisioneros; era un
cheque en blanco para los vencedores. Con ese trazo de pluma se cerraba el
capítulo de la guerra y se abría el de la justicia: apenas meses después, el
mundo se volvería a reunir en Núremberg para juzgar, bajo una nueva ley
internacional, a los hombres que, como Keitel, creyeron que la obediencia era
un escudo contra la infamia.
jueves, 23 de abril de 2026
Cerveza
¿Sabes por qué la cerveza, en la
mayoría de sus fórmulas, se elabora con cebada? De mis días de juventud, para
disimular nuestra ubicación y actividad, nos decíamos entre amigos a modo de
invitación: “¿Y si nos tomamos un par de cebadas?”. Una forma dulcificada de
invitarnos a beber unas cervezas. ¡Hasta nos inventábamos cumpleaños de
pretexto! Y aunque más de una vez le cambiamos el nombre solo por “el qué
dirán”, lo cierto es que la cerveza es sinónimo de civilidad… pero eso no se lo
cuentes a mi madre, ¡que puede que te devuelva un "pencazo" por tanta
insolencia! Igual, te cuento mis razones.
En los poemas sumerios, tablillas cuneiformes
de hace cuatro mil años, se narra que Enkidú —héroe legendario de la cultura
sumeria— fue creado por la diosa Ningursag y puesto en medio de la naturaleza.
Vivía en estado salvaje hasta que se encontró con una mujer, y esta le enseñó a
ser “hombre”. Y claro, podrías pensar que se trata de un apareamiento, ¡pero
no! La mujer no le ofrece sexo. En la tablilla II de la versión estándar de la
Epopeya de Gilgamesh, se lee: "Enkidu no sabía qué era el pan ni sabía beber
cerveza... Comió el pan hasta saciarse y bebió la cerveza, siete jarras de
ella. Su espíritu se liberó, se sintió alegre, su rostro brilló y se lavó con
agua. Entonces, se convirtió en un hombre". Y no diré más.
Pero sí. La cerveza era sagrada, un regalo de
los dioses. Y no es que hubiera un profeta, chamán o sacerdote que así lo
hubiera anunciado. Era un asunto de fenomenología: si dejas un poco de agua
estancada, poco tiempo después se pudre; pero si esa agua la complementas con
cereales, miel y dátiles y la expones a la naturaleza, entonces, unos días
después, tienes una cerveza muy nutritiva. En aquellos días, la consistencia de
la cerveza era equivalente a lo que nosotros servimos como la avena del desayuno,
algo grumosa, al punto que si no querías “comer” las harinas que flotaban en la
emulsión, usaban pajillas para filtrar el líquido directamente a sus gargantas…
Siento que no era muy agradable, o… ¿quién sabe? Cualquiera podía darse cuenta
de que ese proceso de días debía tener una explicación, pero ante el
desconocimiento de la existencia de bacterias o levaduras como causantes del
resultado, lo mejor que podía decirse como explicación era que, en medio de esa
sopa fermentosa de cereales, vivía la diosa Ninkasi, que les regalaba a los hombres
ese líquido para “no morir”. Si tomas agua estancada es probable que enfermes;
pero si es cerveza, no solo te alimentas, sino que hasta te produce alegría.
Regresemos a su insumo principal: la cebada.
¿Por qué la cebada? ¿Por qué no el arroz o el trigo, que también son cereales?
El Himno a Ninkasi, del 1800 a.C., siempre menciona el pan de cebada, el
bappir, como insumo fundamental. Y aunque no se dice nada en las tablillas
sumerias, hoy podemos afirmar que la cebada se presta excepcionalmente para la
elaboración cervecera. Cuentan los que saben que, mientras el trigo y el
centeno son fáciles de descascarar, la cebada es muy resistente. Esto, en el
tiempo de la fermentación, facilita que el líquido se mantenga separado de los
sólidos, posibilitando un tamizaje más eficiente. Además, y creo que esta es la
razón más importante, sus enzimas facilitan la fermentación: el almidón del
grano se marida perfectamente con las levaduras para un mejor alcohol. ¡Dichoso
maridaje, que nos ha regalado tan buenas aguas!
Pero no confundamos las cosas. En los tiempos
de Enkidú, la cerveza no era un producto superfluo: era pan líquido, era
alimento y, por tanto, requería regulación. Por eso Hammurabi la menciona en
distintas partes de su legislación. Textualmente, en alguna parte, dice:
"Si una tabernera no acepta grano por el pago de la cerveza, sino que
acepta dinero por el peso, o si la calidad de la cerveza es inferior a la del
grano, se la declarará culpable y se la arrojará al agua hasta morir". La
idea era asegurar las economías de las familias campesinas y que las
equivalencias de los trueques posibilitaran a todos el acceso a la cerveza,
incluso cuando no se tenía dinero en efectivo. ¿Cuántas veces has dejado
empeñado tu DNI en la cantina de la esquina? Mejor no me cuentes.
El sol le ha dado vueltas y más vueltas a la
Tierra, y llegamos a alguna centuria más nuestra. Tengo la fecha precisa: el 23
de abril de 1516, Guillermo IV de Baviera —territorios propios de la actual
Alemania— dicta la “Ley de Pureza de la Cerveza” y reconoce que sus componentes
son: agua, malta de cebada y lúpulo. Este es el fundamento de nuestra actual
cerveza, aunque para nuestros días también se reconoce como componente a la
“levadura”. Y se hace la precisión por razones de salubridad. ¿Recuerdas que los
sumerios agregaban miel y dátiles? Los alemanes le metían una mezcla de hierbas
para dar sabor, conservar la bebida y aportar efectos medicinales o eufóricos.
Había quienes le agregaban sustancias alucinógenas. Así, para mitigar estos
efectos, el lúpulo era el ingrediente adecuado: es un relajante de escasos
efectos, pero también tiene propiedades conservantes que posibilitaban el
transporte en trechos más largos.
Y para terminar, ¿por qué insisten con la
cebada? Bueno, como bien sabes, la Edad Media fue un tiempo de constantes
guerras entre señores feudales y demás, entonces había necesidad de poner orden
en la producción de bienes de consumo: mientras el trigo y el centeno se
dedicaban exclusivamente para el pan, la cebada seguiría siendo el insumo de la
bebida de la diosa Ninkasi. Era un asunto de seguridad alimentaria, pero
también de control de la producción agrícola.
En nuestros días, hay distintas
formas de preparar cerveza, pero la de cebada sigue siendo la más popular de
todas. ¡Salud por eso! Y a propósito, ¿Algún cumpleañero por aquí?
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