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viernes, 27 de octubre de 2017

Trelles

¿Alguien recuerda al profe Trelles? Hay razones para no recordarlo. La primera, el tiempo transcurrido; la segunda, el hecho de habernos ofrecido solo dos o tres clases; la tercera, las limitaciones de nuestra memoria.

Eran los primeros días del año escolar de 1985 y, ingresábamos a un espacio nuevo, el de la secundaria, allí donde nos habían recomendado con rigor mayor esfuerzo por el asunto de la polidocencia. Conocíamos en esos días y, de a pocos, a los que nos enseñarían alguna materia a lo largo de la secundaria: los hermanos Pedro y Benito López, dados a materias opuestas: matemática y lengua, respectivamente; Gustavo López y Dñ. Olda Olaya de Gallo en sus clases de historia, Benjamín Medina estrenándose como docente en las clases de religión; Víctor Hidalgo López, cuyas sesiones de psicología eran un espectáculo, Dña Bertha Céspedes y el “Negro” Martínez nos enseñaron algunas cosas de la gramática de la lengua de Shakespeare, “Margarito” era el encargado de la formación física y la Sra. Herlinda Herrera asumía la materia de educación laboral. La buenamoza Emérita Marchan bienhadada al dictado de frases cortas y al análisis literario de obras universales, “Bimbo” era el especialista en las fórmulas químicas y físicas, Armando Peña y los cursos de educación cívica.

Ese año, nos recibió en ese salón del lado suroeste el “profe” de Educación para el arte. En la primera clase, luego de las presentaciones de rigor, indicó que necesitaría algunas cosas para aprender a pintar, si así lo queríamos. Probablemente, explicaría el asunto desde la perspectiva de las escasas economías familiares, por lo que, la petición de implementos se efectuaría conforme avanzaramos en el curso y cumpliéramos con los objetivos trazados. Pidió por adelantado cartulinas, simples o dúplex, para con ella formar nuestros primeros “lienzos” y algún pincel. Quien no tuviera para comprarlos, podía elaborarlos –dijo- con sus propios cabellos. Claro, creo era una broma. Un par de clases más: una de tonalidades de color y, la otra destinada lograr parte de un bodegón en grises, y se fue del colegio. Se despidió indicando que había logrado su cambio a otra institución educativa.

Para esos días, el asunto nos fue desapercibido y han trascurrido treinta y dos años. ¿Quién podría recordar a alguien con quien solo ha tenido muy breve contacto? Dicen, los especializados en la psicología del testimonio que, el contacto con una persona desconocida de muy escaso tiempo es también insuficiente para un reconocimiento posterior y, por ello se postula que los reconocimientos en rueda de personas son insuficientes para atribuir alguna acción. Eramos chiquillos y, nuestra mejor pretensión era la de no tener clases o que si éstas eran irremediables, que fueran de educación física. No importaba quien fuera el profesor: el anuncio de alguna enfermedad del docente, aunque suene duro, nos llenaba de alegría, pues era siempre mejor no tener clases. Y si se iba para no volver, mejor todavía.

Hace unas horas, un hombre moreno, de cabellos lacios, flaco, entrado en años hacía cola en una entidad bancaria. Iba adelante. En el zigzag de la cola pude advertirlo y al tenerlo cara a cara le pregunté: ¿Es Ud. el profesor Trelles? Sí, me dijo, con cara de desconcierto… ¿y Ud.? Fui su alumno en el año 85, en Máncora. Se quedó pensando… Quizá del 84. El 85 ya no estuve en el Alberto Pallete. Le repliqué: “Estuvo un mes o algo más?” y luego, de pensar un poco, contestó: “Es verdad, tienes razón”. Nos sonreímos. El breve espacio del zigzag, nos invitó a despedirnos. Un fuerte apretón de manos y, un generoso “gracias”, nos despidió.

Él nunca recordará mi nombre, ni mis orejas grandes, ni ninguna de mis otras características personales y, yo, ahora, aún sigo preguntándome como es que mi memoria se devolvió en el tiempo, retornó treinta y dos años atrás para rememorar aquella vez que me dijo: “Con un lápiz de carbón, Ud. puede hace cosas interesantes. El trazo hay que perfeccionarlo. Ud. puede mejorar los detalles”. Nunca me ha interesado ni el dibujo ni la pintura, pero quizá la dedicación que le puso a sus últimas clases se convirtió en el condimento indispensable para que se guarde en mi memoria esa breve escena ocurrida debajo de un techo de eternit de onda corta, en un salón de clase, en cuyo extremo faltaba parte de la cubierta y, permitía que, al medio día, el calor se hiciera sentir.

No obstante, siendo la memoria extraña y también esquiva, no alcanza para su nombre completo. ¿Alguien recuerda al profe Trelles?

lunes, 21 de agosto de 2017

Confesión

“Bendígame padre, porque he pecado”, suplicó el penitente. Del otro lado de la rejilla del confesionario, una voz cavernosa, replicó con reparo: “¿Que has hecho buen hombre?” Y aquel, empezó a narrar las circunstancias que le envolvían: varón y honorífico de la Asociación de Profesionales Cristianos, casado y con un pequeño que ya tenía siete años… Confesó pecados contra la Iglesia: dudaba largamente de los dogmas de la fe y se regodeaba en las prácticas espiritistas a las que acudía con cierta frecuencia con un viejo chamán tambograndino. Había acudido, desde su última confesión –realizada ya casi un año atrás- en tres oportunidades.

Luego, de exponer los detalles de aquellas sesiones chamánicas, de las que se sentía muy inclinado desde pequeño y. a las que prestaba devoción porque le permitían liberarse de muchas de sus dudas relativas a la vida en la Iglesia, porque justamente, eran la oportunidad donde desaparecía su aridez espiritual, sintiendo, en cada vez, la presencia del mismísimo Cristo, que lo hacía copartícipe de su pasión como testigo ocular de los hechos del Gólgota, pero también de episodios aislados del futuro. Por a través de esas visiones, ya hacía muchos años, pudo conocer de anticipado que su padre moriría como producto de un accidente de trabajo… Nada pudo impedirlo, pero el conocimiento adelantado, le había permitido estar preparado para la ocurrencia.

Aun a sabiendas, de la posibilidad de la repetición, pedía perdón por haber faltado a las enseñanzas de la Iglesia, sin mucha confianza de que fuera pecado la participación en estas formas de acercamiento a la Divinidad… Aún con ello, en la duda, era siempre mejor pedir perdón. El asunto vital de su presencia por detrás del anonimato en ese pequeño espacio de la confesión, sin embargo, eran sus pecados contra el sexto mandamiento. Se acusaba de no tener relaciones con su esposa –desde hacía casi cinco años- pero a la vez se acusaba de prácticas sexuales por fuera del matrimonio… hecho que le procuraba la mayor de las vergüenzas, al punto que a ese momento aún no delataba la completitud de su pecado.

¿Dónde trabajas? Preguntó el confesor. “Soy docente universitario e investigador”, contestó el interpelado y continuó ofreciendo detalles de los cursos que se le habían encargado: “Comunicación digital” y “Deontología de las comunicaciones”. Y luego de algunas otras preguntas relacionadas a su relación de pareja, a insistencia del eclesiástico, declaró con mucho miedo: “No es con una mujer con la que tengo relaciones… padre. Soy gay… Soy homosexual y tengo una relación –digamos constituida- con un colega, con él nos debemos fidelidad –si cabe la expresión- a pesar de nuestras complicadas posiciones: Yo soy casado desde hace ocho años y, él, pues, aunque tenemos edades similares, está en la misma situación que yo a los días de previos de mi matrimonio: decidir si asume su homosexualidad frente al mundo o sí casarse para evitar las sospechas de sus padres y de sus hermanos… que por lo demás, es una familia de la “gran sociedad” de nuestra pequeña ciudad… “¿Padre… está allí?” Con una voz, ahora cansina: “si muchacho…” Respiró profundo y, sentenció con desgano: “Sé que no debo darte la absolución, pero tampoco tengo respuestas a tan grave problema… La Iglesia, nuestra Santa Madre, no mira a todos hijos con la misma compasión en estos temas: los varones tienen derecho a pecar, las mujeres sólo si no motivan escándalo y, ustedes están condenados al ostracismo, a la nada, a la inexistencia”.

Y continuó: “¿Eres feliz? ¿Te sientes realizado?” El hombre contestó: “Si no fuera porque me casé, todo lo demás: él, mi hijo, la mujer que es mi esposa y mi trabajo son lo mejor que la vida me ha dado”. Un nuevo silencio rebotó en la nave de la Catedral. Un par de murciélagos rompían el espacio con su vuelo, mientras los yesos de las imágenes sagradas se mantenían firmes ante las expresiones de esa infelicidad con nombre propio. “Ella sabe quién soy yo y de mi vida… y yo sé la de ella: de su pareja, de sus éxitos profesionales, de sus encuentros a escondidas” Y remató: “Yo no tengo nada que reclamar, pero si mucho que agradecer”.

El hombre de Dios, siguió preguntando y, preguntando mientras pedía al mismo Dios, iluminación, para tan difícil momento. Nunca había tenido una confesión de tal naturaleza, pero se daba cuenta de que alrededor del penitente se habían construido cinco vidas: la suya propia y cuatro ajenas, que entrelazadas unas con otras, eran parte de las del millón y medio que ofrecen vida a este terruño de la patria. Sentía no tenía derecho a condenar, solo porque esas vidas no calzaran con lo que su organización eclesial espera. Le ofreció su compasión por el dolor padecido y por la felicidad no alcanzada.

Ya con más de una hora de confesión, el religioso salió de su cubil, dio la vuelta hacia el hombre y le dio un abrazo que solo materializaba compasión y ternura. Los ojos de aquel, ante la acogida, se convirtieron en un pozo acuoso de felicidad: de saberse comprendido, de sentirse perdonado. En ese momento, volvió a ver a Dios.

La esterilidad del alma había terminado.

lunes, 2 de enero de 2017

Chilalo

Esa tarde la conversación versaba sobre los nidos de los pájaros, en particular de uno que estaba muy cerca de donde nos sentabamos. La formación del mismo es peculiar: todo hecho de arcilla y; contaban las dos mujeres mayores que nos acompañaban, que por dentro, el nido tiene un par de habitaciones, con la puerta alta para que las crías no se caigan del hogar pajaril. Los piuranos sí que sabemos de qué se trata: es la casa de los chilalos, esos pajaritos, relojes de la naturaleza, que con su canto señalan las horas de inicio y de término del día y, además, por su comportamiento se exponen como indicador certero de las lluvias veraniegas.

La mayor de las mujeres refirió el nombre de los citados pajarillos como el sobrenombre de una persona, de la que ella recordaba desde su inicial chiquititud, identificándolo como un médico naturista que vivía en las montañas. “Bueno”, le dijo a la otra, “probablemente no habías nacido, pero en aquella vez, yo tendría quizá seis años, ese médico le dio una receta muy simple a mi papi y con eso se curó. Ya tenía varios días en cama, muy malito, pero el señor, al que le decían “El chilalo”, le recomendó a mi mamá le hiciera un tecito que debía tomar dos veces por día y, en tres días consecutivos. Le dio unas ramitas –quien sabe de qué planta- que debía repartirlo en medidas iguales para cada toma, y le mandó que lo endulzara con azúcar blanca –y solo con azúcar blanca- y para disolverla tenía que darle vueltas con otra ramita que el mismo señor le entregó. Dos días después mi papi, ya estaba trabajando”.

Mientras comíamos nuestro primer almuerzo del primer día año que motivaba nuestra reunión, aletargado por el calor y, desubicado en el tiempo, se me ocurrió sugerir que el autor del seudónimo podría haber sido mi tio Emilio, uno de los más palomillas que conozco, pero no… “No. Para esos tiempos ni Emilio ni los que le sigue estaban, no habían nacido…”, sentenció la mayor. La otra replicó: “Yo no lo conocí , pero si sabía que algunas veces, mi papá fue a consultarle cosas cuando ya vivía en Lobitos… luego de vivir en El Cardo, se fue a Lobitos… allí le perdimos el rastro, pero nunca lo conocí” Y continúo contando de aquella vez en que ese hombre, que visitaba –guiado por el destino o por el Dios mismo- a una familia, encontró a una mujer con una hemorragia, que no tenía cuando detenerse… el hombre luego de escuchar los síntomas, y auscultar a la enferma pidió que le trajeran botellas de vino, vacías. Desacostumbrados a fiestas en aquel lugar, el mismo médico indicó que en la casa de “fulano”, una que se encontraba a casi una hora de camino, a mula, allí se había realizado una fiesta dos o tres días antes. Pidió que le llevaran todas las botellas que encontraran. Cumplida la tarea, el hombre, con la ayuda de los hijos de la mujer, empezó a raspar con la punta del cuchillo –y lo mismo harían su ocasionales ayudantes- los restos resecos de vino que se encontraban en las comisuras de boca de la botella y, lo mismo en las esquinas del fondo de la botella, aunque ahora utilizaría –para alcanzar el mismo- algún alambre, probablemente, aquellos que se utilizan en el campo para colgar la carne, enderezados para la finalidad. Al enjuague de esas botellas, le echó las raspaduras de los picos y, le dio a beber a la mujer: “En nombre de Dios, mujer. Esto será suficiente”. La mujer, contaba nuestra narradora, le hacía ascos a la bebida –probablemente por la agriedad o quizá porque había visto de donde provenía-, pero aquel insistió: “Vamos mujer, es de los sabores más feos, pero ten fe, aquí se acaba tu mal”. Unas horas después, la hemorragia había cesado.

El hombre a quien le decía “El chilalo”, no era uno cualquiera. Tampoco era médico. Era un vidente, un hombre particular. Los descreídos le llamarían “brujo”, los “estudiaus” preferirían nombrarlo “chamán”, pero para mi abuelo era un “curioso” y tenía un don particular: en sus sueños podía “ver cosas”. Contaba mi abuelo, el padre de aquellas dos a las que ahora escuchaba, que en una ocasión, un par de criaturas del señor, varón y mujer, se disponían a acudir a un velorio, pero entre que se aseaban y cambiaban de ropas, a la mujer se le antojó tener relaciones… se acercó por detrás y acarició a su marido, tomando con sus manos el objeto de sus deseos; empero, el marido más pensaba en que el difunto al que debían acompañar, probablemente, a ese tiempo, ya se encontraba de camino de su última morada, por lo que en sus pensamientos era necesario estar allí, “antes de que se pierda bajo la tierra”. Con el ánimo de entender el apuro, la mujer con algo de vergüenza se retiró para continuar con su propio cuidado; pero la vergüenza fue tanta que le empezaron unos dolores abdominales… bastante fuertes, parecidos a los de un chucaque.

“¿Tanto va a ser?”, dijo el descreído marido, mientras, minutos después, le alcanzaba una tacita de agüita de orégano a la sufriente… Luego de unos minutos, la mujer, sometida aún a los dolores, le decía al culpable de los mismos: “Que te hubiera costado, si ni se desgasta… se me viene la criatura”, mientras con una mano sobaba su abultado abdomen que mostraba un embarazo de probablemente cinco meses. Con la otra mano, intentaba sostenerlo desde la parte más baja… El Chilalo, aquel señor del que hablamos, en la “lejura” atravesaba el camino real y, fue advertido por una de las cuñadas del inmisericordioso y, con un sombrero le hacía indicaciones de aproximarse. Consultado este, mientras acomodaba a la adolorida mujer en su propia cama, sacó del lugar al marido, para que le diera su versión de los hechos… con ambas explicaciones, el citado, anunció: “Uno dispone, pero el dueño nuestras voluntades, tiene mejores designios para nosotros. Ninguno de los que estamos aquí llegará al entierro… Así que me echaré una cabeceadita”. Lo decía mientras abría una hamaca en la que se disponía a dormir. Cerró sus ojos… y en los interiores de la casa se escuchaban los gemidos de la adolorida mujer, que aún con todo, mantenía la atribución de culpabilidad en su marido… 

No habían pasado ni quince minutos y, hombre despertó… bostezaba. Salió de la casa y miraba, desde cierta distancia, el tejado de la misma. Miró entre los chiquillos curiosos del lugar y, escogió al más esmirriado. No tendría ni los doce cumplidos, lo subió a sus hombros y, le pidió que se trepara en el techo. Desde abajo, le preguntó ¿Qué hay en el techo? El chiquillo desconcertado, le dijo que no había nada. “¡Ay muchacho…” se aproximó, y con una vara de overal golpeó filo de una canaleta. “¿Qué hay aquí? Mira bien”, el chiquillo caminó tembloroso y recorrió con los ojos toda la onda y, le dijo: “Hay un poquito de agua de la lluvia de anoche”. Un momento después le alcanza un jarro de aluminio y una cuchara y le ordenaba “recoge toda la que puedas, no importa si tiene tierra”. 

Unos minutos después, el hombre le daba de beber de esa agüita, reposada, a la mujer de los dolores, reprochándole cariñosamente: “que tus antojos no sea tantos que pongan en riesgo a tu criatura. Nacerá… adelantadito, pero nacerá bien”, le decía a modo de despedida. Mientras montaba en su mula, le decía al agradecido marido, “En la noche paso por aquí para irnos a acompañar un rato a los deudos. Buenas tardes”. Decía mi abuelo, que mientras se alejaba, “se sonreía”. 

Unas semanas después, el mismo Manuel Hidalgo, verdadero nombre del apodado Chilalo, ayudaba a la mujer a bien parir. Las mujeres del almuerzo no recuerdan el segundo apellido… Si alguien sabe más de él, gustoso recibiré la información. Sus últimos recuerdos, afirman, es que se fue a vivir a Lobitos.

martes, 1 de noviembre de 2016

Cadenas

"Solo veré llamas en mi vida sempiterna… solo llamas!" La angustia le desbordaba el alma. Caminaba sin ton ni son por los jardines del psiquiátrico… “Solo el infierno merezco. El demonio será mi compañía. El infierno está desierto”. Caminaba sin ton ni son.

Julio, educado por su abuela, una beata de mantilla dominical como pocas quedan ya, padecía una enfermedad mental adquirida en los pocos años vividos. Apenas llegaba al par de docenas de años. La estricta rigidez de su formación contribuía gravemente a su estado. Su abuela le contaba, a la hora de dormir, aquellas historias de mártires y victimas que padeciendo los más inenarrables dolores en sus carnes, preferían éstos a que los padecimientos eternos en una caldera de inmundicias ahogándose en un dantesco infierno. Su alma valía más que las pesadillas que nunca denunció como consecuencia de tantas horrendas historias de supuestos martirios en nombre de la sangre de su sacratísimo Redentor.

Entre esos cuentos y las tareas escolares se hallaban las clases de música. Su abuela juraba que un día su nieto cantaría, a una sola voz, en el coro de la Catedral de la ciudad… que sería llamado para edulcorar las pompas sacramentales de los matrimonios de los hijos de las familias notables de la región. Esperaba la mujer que, por la gracia de la voz de su nieto, ofrendado desde la pila bautismal al Señor de los Milagros, ella ganaría indulgencias suficientes para ingresar al reino celestial, pero mientras que su vida dure en este valle de lágrimas, le habría de permitir relacionarse con aquellas gentes a las que miraba con envidia por su posición social, pero sobre todo, en mérito a su condición económica, que les había permitido –a aquellos- viajar por donde mejor les placía, mientras ella, sin merecerlo, sufría penurias derivadas de pronta viudedad. Por esos malos pensamientos, cada día flagelaba su cuerpo con muy poca comida y, lo castigaba por las noches imponiéndose baños de agua helada, con los que además, apagaba los calores de su todavía formada silueta, a la que le negaba los placeres de la sensibilidad.

Ese sábado, Julio –como en las oportunidades anteriores- llegó muy temprano a la iglesia. Sólo un par de mujeres rezaban en la primera banca. Otras gentes, entre sacristanes y acólitos caminaban por los pasillos de la nave principal llevando y trayendo ornamentos y vestiduras sagradas. Lo hacían sin mayor reparo, salvo el del mismo Julio, que le parecían actitudes de poco respeto a lo que dichos ojetos representaban. Prontamente sus pensamientos se despreocuparon de las tareas ajenas. En su pequeño breviario de oraciones púsole atención a una frase sacada del Eclesiastés: “Y apliqué mi corazón a conocer la sabiduría y a conocer la locura y la insensatez; me di cuenta de que esto también es correr tras el viento. Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor”. Y prefirió no saber que significaba justamente para evitarse aflicciones desconocidas… era mejor no saber.

Su abuela había dibujado en el alma del muchacho un rigorismo de conciencia, logrado a partir de los padecimientos de quienes traicionaban la fe. De hecho, el primero de los condenados y el más atormentado de todos era Judas, ese que comió y bebió con Jesús, que prefirió el gozo alcanzado por 30 monedas a que la gracia de las palabras del Maestro que bien podían permitir solaz tranquilidad; la del ladrón malo; pero por sobre ellos, la de aquellos que pudiendo alcanzar la amistad con Cristo, prefirieron confiar en su conocimiento. Lutero, Nietzche, Marx, Enrique VIII, eran los nombres de quienes ya se sabía su condena… Eran la encarnación de los enemigos de cristiano: mundo, demonio y carne.

En busca de un alivio a sus atormentados pensamientos, Julio se fijó en un pequeño fajo de cuartillas que se escondían en la pequeña esquina de su asiento. Cogió una de ellas y leyó: “Profecía de Fátima” y, a continuación se anuncia un extraño suceso: “Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” Le dio mucho miedo y, prefirió no seguir leyendo, justamente para el dolor que produce el conocimiento. No obstante, sus ojos se fijaron en unas letras en negrita de la parte final, en la que se ordenaba rezar cinco rosarios cada día por un lapso de quince días, además de imprimir quinientas copias del manuscrito y dejarlo en espacios públicos para el compromiso de los demás.

"¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!" Eran las palabras que su abuela le repetía cada que le quitaba el postre a mitad de su disfrute. “Veo que lo gozas sin reparo. Es hora de ofrecer este pequeño sacrificio por las benditas almas de purgatorio” le decía mientras que lanzaba al tacho de basura lo que aún quedaba por comer y, luego de ello le llenaba el alma de oraciones. Y mientras las rezaba, pensaba en aquella otra que sin ser tan grave, igual le martirizaba: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte”. Prefería que su abuela no se entere que intentaba no temerle al infierno y que prefería dibujarse a sí mismo un dios capaz de conmiserarse con la humanidad, un dios que tenga capacidad de juzgar los actos de los hombres, amándolos antes a ellos. Un dios amante a que justiciero.

El incumplimiento del rezo de los misterios del rosario cada día y la desatención a la escondida contribución a la cadena oracional anunciaba graves desgracias como las ocurridas al presidente del Brasil que al descuidarlo tuvo que, días después, padecer la muerte de su hijo o la de aquella mujer que por no cumplir con el encargo murió ahogándose en su propia sangre en un accidente de tránsito o, la de un tal Ezequiel Cortes que por considerarlo una broma perdió su trabajo y su casa a los trece días de la inobservancia del mandamiento.

Le parecía absurda la tarea y, a lo mucho le dedicaría las oraciones del rosario, pero también le daba miedo se cumplieran las amenazas. Nunca realizó las impresiones porque le avergonzaba la idea de que lo vieran en tan impertinente labor, pero su alma, escrupulosa en demasía, le generó una psicosis con delirio religioso en el que de ordinario su desestructurado pensamiento le hacía visionar escenas celestiales en las que se encontraba ausente o, de aquellas otras de total y constante sufrimiento en una hoguera alimentada por cuartillas de papel en las que se anunciaba una cadena oracional. Siempre, siempre, siempre, terminaba, perdiéndose entre el fuego, las palabras ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!

Los médicos anuncian una muy lenta recuperación puesto que, advierten, las medicinas no podrán hacer en poco tiempo lo que el rigorismo realizó en casi dos décadas de existencia… Ya ha ganado peso y, come algo más que el par de papitas sancochadas a las que se había acostumbrado su penitente estómago.

A veces pienso que Julio se perdió de místico. En realidad solo estaba loco.


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lunes, 24 de octubre de 2016

Destino

"Muchacho fascinero, caracho...” dijo la mujer, mientras con las manos hacía un lento ademán de sacarse la sandalia. En su rostro una expresión de molestia fingida se confundía con el halago. Así me recibió aquella viejecita, sentada en una silla de ruedas padeciendo ya sus 97 calendarios. Su memoria era lucida, aunque sus ojos apenas me distinguían. Una de sus hijas, le anunció previamente al oído: “El hijo de la Sra. Blanca ha venido a verte”. Luego de su expresión me acerqué para saludarla. Su rostro y manos rugosas eran fiel expresión de sus años, no obstante guardaba las características fundamentales de sus años mozos, aquellos cuando la conocí… quizá ya 35 años. 

Me preguntó por mis hijos y sus edades y, yo por los suyos y de algunos de sus nietos, a los que recordaba. Hablamos de la dura vida y de sus achaques por la edad, de sus dificultades para oir y, de lo difícil que es no poder hacer sus cosas por sí sola. Más todavía, si sus nietos, -en su expresión- son “medios marrajos, y en veces se niegan a obedecer, contimás si se trata dar el maíz a las gallinas o de cambiar el agua de los puercos.” Finalmente llegamos al punto neurálgico: “Bala, no?” dijo con sentido reproche… “Pensé que nadie conocía esa historia, o que se habría olvidado en los almanaques idos de los tiempos”. Me sonreí. “Pero de seguro que esa historia te la contó tu abuelo” y al no asentir, insistió “Tu abuelo tuvo que haber sido… Doña Delma (y lo decía por mi abuela), no era de contar esas historias. Luego de una pausa, me atacó “so bandido, pero no fue así como ocurrió”. Entre recuerdos y lágrimas finalmente me contó una versión que sin desteñir la ya contada, exponía detalles que a una mujer no se le podían escapar… 

Estaba enamorada. Su corazón tenía dueño… Una tarde de aquellas a la vuelta del “mandau” del agua, en el camino se encontró al tal Rumualdo, a quien sólo conocía de vista, dada las diferencias de edad. Lo saludó anteponiéndole una señal de autoridad: “Buenas tardes, señor”, le dijo. El muchacho detuvo su mula, y sonriéndole, le sugirió “Mi nombre es Rumualdo” y, para más señal le dijo donde vivía, por sí la desconfianza le aleteara en el corazón. También le refirió conocer a sus padres y, algunas circunstancias, como el tipo de señales en las orejas de sus cabras y la forma de su marca en los ganados mayores. Para despedirse le agregó: “He visto en El Alto a Felipe. Te manda saludos”. Ella no dijo nada, pero su corazón se alborotó. Quizá un breve rubor abundó en sus mejillas, pero su interlocutor no lo advirtió porque ya se había despedido… y ella, enamorada, se llenó de intranquilidad por saber algo más de aquel muchacho, que, ya hacía varios meses, susurrándole unas palabras, solo logró escucharle: “espérame”. 

Ese fue su afán de aguatera: encontrarse con el Rumualdo, para ver si este le daba alguna noticia del muchacho con el que soñaba en aquellas noches. Aquel, no volvió a mencionarle el asunto, pero si le hacía conversación refiriéndose a algún animal perdido, a la enfermedad de una tal Faustina, a pequeñas vivencias de la vida militar. Ella no preguntaba para no delatarse, así que solo esperaba. En la tercera semana, volvió a mencionarle a “su” Felipe, para darle una mala noticia: “La ha de estar pasando mal. Este es su año de “perro”, asi que hasta de mandadero ha de estar… jajajaja”. Y sin darle tiempo a preguntar, arreó su mula hacia el monte en busca de una vacas demoronas. 

Requiebros en su corazón y, quizá el Romualdo advirtió ese dolor en sus ojos. Y le ofreció encontrarse en los días siguientes. “Que buenamoza que has venido hoy”, le dijo en uno de esos días y, a ella le gustó el dicho, pero esquivó su mirada… “Un día de estos hablaré con tu apá, para casarnos. Lo aceptará?” Volvió a sonreir para ocultar su miedo. Jaló los pelitos del anca de su burro y lo apuró dando besos al aire. A esos días, quizá faltaban otros tres para las velaciones. Y, por supuesto, no sabía nada, más que chismes del Felipe. “Y ni se me ocurrió que el hombre ese –refiriéndose a Romualdo- me tuviera algún afecto”. Uno de los perros domésticos, el Bronco, era su fiel guardián, así, pese a su miedo, confiaba en que éste no permitiría que nada malo le pasara. El perro, advirtiendo el miedo, dejó advertir su presencia: le ladró a la mula del oyente. 

Aquel día, el de los hechos aciagos, fue determinante para su vida. Sabía ya desde el día anterior que Felipe había llegado. Ella lo había distinguido, por su modo de andar, en la lejanía del camino real. Su prima Maruja también le llegó con la noticia, es más, le advirtió que él quería conversar con ella esa noche y que estuviera atenta a su silbido. Ella lo confirmó cuando el mismo día, en horas de la mañana, el muchacho se acercó a saludar a su madre. Así, que cuando dormitaba junto a su madre, en realidad simulaba hacerlo: esperaba pacientemente el silbido del Felipe; con lo que ante su ausencia, con el pretexto de ver a su abuela, salió a buscarlo en las inmediaciones. No lo encontró… ni siquiera en las cercanías de las tumbas donde los suyos se apostaban con sus velas. Malhumorada, decidió dormirse en brazos de su abuela. 

Mas de pronto escuchó una tonada popular en forma de silbido… era un sanjuanito ecuatoriano. Intentó silbarla, pero su falta de dientes se lo impidió: “Era la música de esos tiempos, tan insistente que, decidí levantarme y seguirlo, bajo la confianza de que era el Felipe. A los días, me enteré que éste le había contado a sus amigazos cual era la señal y, como fuera Romualdo también se enteró. Así que aprovechó el asunto y me engañó. Como buena sonsa caí redondita… bueno era chiquilla”. Fue tarde cuando advirtió que no era Felipe. Soñaba con que éste la cogiera entre sus brazos, pero la decepción fue grande y su fuerza poca frente la ebriedad de Romualdo. “Era cierto… que te entendías con el chiquillo ese… pero no te has de burlar de mí”, le increpó el grandullón, mientras pretendía poner sus manos por debajo de su falda. Lo insultó, intentó liberarse, pero aquel insistía en que se casaría, así fuera contra su voluntad. La resistencia de la mujer intentaba ser callada, silenciosa. Si la descubrían por detrás de las ramadas de las vivanderas, su padre la rajaría con el “cabresto de la mula”. Tenía que evitar un daño real y presente y evadir otro, posible y futuro. Recuerda que le mordió a la altura de la tetilla y, eso fue suficiente para que sea liberada, momento en el que además, el fulano sacó el arma que escondía debajo de la bota del pantalón, mientras le decía: “Me has mordida pendeja… pero igual te irás conmigo”. Lo empujó y, con ello un fogonazo destelló, solo recuerda hasta haber gritado y caído como producto de la fuerza del impacto del proyectil… incluso afirma parecerle haber sentido como se desangraba, pero en esta parte, la memoria le es muy tenue. Le parece haber escuchado que éste, antes de huir, le decía: “Juana, perdóname, se me escapó la bala… perdóname, no era mi intención”. 

Finalmente concluye: “El cojudo se mandó a mudar en un caballo... y ajeno todavia”, y con una sonrisa de  cansada complacencia, prosigue: “pero no fue el único jinete de esa noche”. Y remata, sin ánimo de continuar: “No puedo negar que esa bala escribió mi destino”.  Se despidió para ir a darle de comer a sus gallinas... "Donde está el maiz", preguntaba mientras uno de sus nietos empujaba su carrito por el largo pasillo de su casa.

Buenas tardes Dñ. Juana. Le prometo regresar para gozar del estofado de gallina que me ofreció.

Si te gustó, puedes revisar: Bala

lunes, 10 de octubre de 2016

Preso

Era agosto de 2008, tres hombres conversaban en las afueras de una casa en uno de los tantos caseríos tambograndinos… Era de madrugada y, acompañaban el féretro de un muy querido vecino… Otros tres, ebrios a causa del cañazo con el que se enfrentaban a la noche fría, roncaban sentados en sus respetivas sillas. Uno de los que aún se mantenían despiertos, advirtió en la lejanía el movimiento de una luz que prontamente reconoció como el de una linterna. Encendida hizo movimientos y, se apagó. El hombre, pese a notarlo, no le tomó importancia. Eran ya casi las tres de la madrugada y quizá algún vecino se habría despertado y se encontraba de camino hacía algún otro lugar… Quizá se dirigía a su parcela para regar... quizá.

Pasaron unos minutos y, la linterna volvió a encenderse y, repitió los mismos movimientos en medio de la obscuridad nocturna. Estaba en el mismo lugar. El hombre, como dicen mis paisanos, “entró en sospechas”; es decir, le pareció extraño que el caminante no se moviera del lugar. Muy quedamente, le indicó a su compañero la ocurrencia y ambos decidieron enfrentarse a la noche, a su negrura, a su miedo. El valor que te ofrece un cuerpo “licoreado” y un par de chicotes en la mano derecha de cada quien, les permitieron decidirse por verificar de que iba el asunto. “Si son maleantes, no vale ir directamente… si están ‹armaus›, puede que nos pringuen y hasta nos pueden joder”, dijo uno. Así que, con la advertencia, hicieron como que ingresaron a la casa y, dieron una larga vuelta para sorprender al luminoso y desconocido acompañante, que desde una distancia aproximada de 800 metros se alumbraba a sí mismo, o quizá le hacía señales a algún otro lejano. 

Los cálculos de los avenidos investigadores, les permitían inferir que el sujeto se encontraba muy cercano a una via carrozable. Muy silenciosos se aproximaron por el lado opuesto y advirtieron unos bultos –quizá una sacas que contenían probablemente sogas- muy pesados. Mientras se acercaban las señales se volvieron a repetir hasta tres veces… No era uno, el que estaba con los bultos, eran dos. A pesar de la noche y advirtiendo que alguien se acercaba, decidieron huir… “vamos carajo, viene gente”, dijo uno de los forajidos y, se oyeron las fuertes pisadas de dos gentes que corrían. En el silencio de la noche, hasta el quiebre de las ramas producidos por las pisadas se escuchaban; la obscuridad solo les permitía imaginarse la polvareda que levantó con la huida. Los hombres, temerosos todavía, aunque con menos riesgo por el abandono, revisaron el contenido... Era una cantidad considerable de cables de tendido eléctrico, de esos que se usan para la alta tensión. Descubrieron a pocos metros de lugar, ya muy cercanos a la trocha, dos sacos adicionales, de mayor tamaño y, de considerable peso. Era un hurto… Un hurto, a este tiempo, frustrado. 

Se sentaron cada quien sobre uno de ellos y, mientras conversan muy calladito sobre qué hacer… escucharon en el silencio de la noche el ruido de una moto… “Carajo. Es el mototaxista que esperaban para llevar el cargamento”. Se escondieron aunque sin necesidad de mucho por la obscuridad… No traía luces. Se apagó el motor. Silencio total. Unos minutos después, el conductor encendía una linterna y hacía las mismas señales que delataron a los autores… Esperaron. Luego de escaso tiempo adicional, se acercaron, diciendo “aquí vamos, aquí vamos”. Usaron voces susurrantes para no permitir las sospechas del tercero. Al advertir que no eran quienes esperaban, el conductor intentó huir. Era un vecino del caserío aledaño. “No te vayas carajo…” dijeron mientras le cruzaban un par de fuetazos por las costillas… “¿Qué haces por aquí?”, le inquirieron. Nervioso no supo que decir y, luego de algunos balbuceos, contestó: “Se me ha quitado el sueño y, salí a orinar, pero me acordé que a la oracioncita estuve por aquí y, se me dio por zurrar por este descampado. No hallo mi billetera y quizás se me “haiga” caído por aquí. He venido a buscarla”. Le refutaron: “No seas cojudo hombre, tú estás con los abigeos de cables… so zamarro… pendenciero, carajo”. Negó y hasta se puso a buscar en las proximidades unas heces inexistentes y una billetera que, quizá guardaba en su casa. “Vamos hombre… no insistas”. Le hicieron arrancar el vehículo, y conducirse unos metros más adelante… Ya había otras personas. 

Al fuetazo, el hombre expuso fuertemente su dolor y, eso permitió la alerta a otros. Los silbidos de los incipientes investigadores, alertaron a los demás acompañantes del duelo y, ya había gente suficiente para acomodar las sacas encontradas…. El hombre suplicaba “no me lleven a la comisaría… que me castigue la ronda… no quiero tener antecedentes… por favor”. El fiscal, meses después, acusó por hurto agravado y aunque el muchacho siempre mantuvo su inverosímil versión: la de ir a buscar una billetera perdida; una regla de experiencia: nadie sale a buscar lo perdido en medio de la noche, la declaración de dos valientes vecinos y, la presentación –unos días después- del DNI por propio acusado, que supuestamente se encontraba dentro del billetera olvidada en el descampado, hicieron que se condenara al mentiroso. Nunca se pudo saber quiénes fueron los otros facinerosos, pero la empresa de energía eléctrica señaló que, aún faltaban dos paquetes de cables. Tampoco se sabrá si esa información era cierta, pero permitió que la condena se impusiera por delito consumado. 

Han pasado ya ocho años y, hace unas horas le abrieron las puertas del penal por cumplimiento total de la pena de privativa de libertad. Ha aprendido un nuevo oficio: la carpintería, labor que realizaba para matar el aburrimiento, pero mantiene su declaración de inocencia: no sabe quiénes eran los ladrones y añade que él no estaba con ellos. Añade que no le debe nada a nadie. En protesta, prefirió no pedir nunca ningún beneficio penitenciario, ninguno. Ni siquiera el de redención por el trabajo. No le parecía justo pedir nada a nadie y menos al Estado, que injustamente lo encarcelaba. 

Hoy alcanzó su libertad. Y lleva mucho resentimiento en el alma.

jueves, 3 de marzo de 2016

Convites

"¿Quién me acompaña mañana?" Preguntó el padre formador. Era el rector en ese centro de estudios religiosos y, su pedido parecía un convite a lo desconocido. Era el anochecer de un sábado de junio. ¿Acompañarlo a alguna misa dominical? ¿Visitar algún enfermo? ¿Alguna excursión playera? ¿A desayunar con sus papás? Cuatro levantaron sus manos. – "Solo dos", refutó, mientras señalaba con el índice a los elegidos. “A las seis de la mañana, en el garaje”. Le lanzó la llave de la vieja Datsun a uno de ellos, mientras al otro le indicaba su obligación de abrir el portón. “A las seis de la mañana. Avisados”.

“Ta mare, quien me manda de acomedido” dijo uno. Levantarse temprano en domingo no era una opción fácil. Chema, el campanero, ya atormentaba cada día a a las mitad de la quinta hora del amanecer, como para tener que repetir la tarea en el Día del Señor, justo cuando era posible dormir unas horas más. Alguno, impiadoso, oía misa en el atardecer sabatino para evitarse la fatiga de una nueva, en el domingo, día en que se aprovecha para comprar los útiles de aseo, lavar la ropa, limpiar habitaciones, hacer lectura de recreo, o simplemente dormir. Levantarse tan temprano sería un castigo. “Quien carajo me manda a levantar la mano”, refunfuño. Corrió, tras la gente que se alejaba del comedor y preguntó: “¿Misa, verdad?” “Misa”, respondió el padre, mientras se acomodaba el peinado con la mano.

Ese amanecer fue distinto. Hacía frío. La misa se realizó en una casa acondicionada como templo. Una pintura de un Cristo sufriente y crucificado, se extendía por toda la amplia pared que daba el fondo al altar. Las pocas gentes que podían estar en esa mañana, agradecieron el gesto del sacerdote de acompañarlos ese día. “La amistad obliga”, dijo a uno de los feligreses que al final del sacramento se acercó a saludar. Una mujer, blanca ella, acompañada de su esposo, moreno él, se le acercó y, ambos le saludaron entrañablemente. “Padre… que gusto tenerlo por acá”. Se notó se conocían. Se hablaban con cariño. Presentó a sus acompañantes, el par de jovencitos, que ahora, miraban a esas gentes nuevas en un espacio sagrado tan pequeño.

Unos minutos más tarde, se condujeron hacia la casa de aquellos. Luego de los saludos respectivos a otras personas que les esperaban, los tres recién llegados fueron invitados al comedor habitual. “Hoy van a desayunar rico” le anunció a los muchachos, mientras el religioso –que conocía de la sazón de la mujer- sonreía complacido. “A ver… ¿quien renegó de levantarse temprano?” dijo a modo de pregunta a los acompañantes… Solo sonrieron, mientras se codeaban entre sí. El primer par de humeantes platos se aproximaban en sus manos blancas llenos de una deliciosa patasca. Luego llegaron los restantes. Su esposo acomodaba unos tenedores a los lados de cada quien. “Cucharas, hombre”, le indicó con cierto reparo al descuido. Cada quien se preparó su café, y luego de unos minutos, una muchacha trigueña, de vivaces ojos y cabellos ondeados, se acercó con una fuente gigante llena de tamales… “Sírvanse”. Saludó al sacerdote y, a los nuevos comensales "¿Qué tal? ¿También son seminaristas?" "Si", dijo el mayor de ellos. "¿Entonces conocen a mi hermano?", retrucó. Esa mañana la generosidad de Dios tuvo forma de mujer. Nos dio de comer hasta el hartazgo, con repetición de otro plato de esa muy agradable sopa de maíz mote, adimentada de diminutos trozo de orejas de cerdo… Los tamales eran otro deleite, digna de un día de descanso.

Nos volvimos a ver un par de veces más en esa misma cocina, para gozar de esos mismos platos, pero también varias otras en las celebraciones seminarísticas. Ella, y en conjunto con su esposo, tenían una deliciosa manera de bailar el vals criollo. Tanto, que era un espectáculo verlos moverse acompasados por la música y sincronizados entre sí. En el inicio del año académico y en la fiesta de San Juan María Vianney se hacían pequeños convites antecedidos de la misa de agradecimiento. En la primera –fundamentalmente- para dar la bienvenida a los recién ingresantes y sus familias y, en la segunda, a modo de celebración de aniversario institucional. En ellas, los dueños de casa: los padres formadores y los seminaristas, ofrecían pequeños espectáculos de teatro, algún frustrado mago hacía su aparición, había quienes declamaban y, para el final, las guitarras y algún viejo cajón se apuntaban para invitar a los comensales a bailar a la voz un seminarista que en otros tiempos quiso ser cantante criollo. Allí, entre tantos otros, animados por los taconeos del cajón y la delicia de la primera guitarra, no faltaba doña Blanca y su esposo, mostrándonos que hacer con una alegre jaranita.

Aquellos que más años teníamos y que conocíamos a ese par de buenos cristianos hacíamos vivas por verlos bailar. Hoy, ya no será posible, la luz de aquella se ha ido a brillar en el espacio de la cubierta celeste. ¿Será que otros podrán gozar de las delicias de sus manos? Provecho por el convite.

Hasta pronto doña Blanca. Delantera que nos lleva.

jueves, 7 de enero de 2016

Independencia piurana I (*)

Hacia los finales de la primera década del XIX, España era un caos. Mientras América despertaba a la independencia, en marzo de 1820, el rey Fernando VII se veía obligado a promulgar y jurar nuevamente la Constitución de Cadiz ya antes aborrecida por el mismo: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». Esas fueron las palabras con las que selló su compromiso.

Ese mismo año, Guayaquil, Cuenca y Loja proclamaron su independencia, pero las reyertas y desencuentros no pararon, al punto que el coronel realista Vicente Gonzáles generó bajas en las huestes patrióticas, que a su vez motivó zozobra y desesperanza en las fuerzas libertarias, lo que se hizo conocido en Piura y hasta Lambayeque. A finales de ese año, el Callao y toda la costa estaban bloqueados por la escuadra de Lord Cochrane que impedía toda libertad de movimiento a los realistas, mientras en la sierra, los indígenas se sublevaron con el general Álvarez de Arenales, así los abastecimientos para Lima se habían cortado lo que encarecía la vida en la capital.

En 02 de enero de 1821, en las calles de Piura las gentes murmuraban sobre la proclama independentista de algunas ciudades costeñas, en particular las de Guayaquil y Trujillo. Se notaba el temor, en particular por lo que ocurriera con la ciudad ecuatoriana: “Dicen que Los realistas tienen tomada la ciudad pero las fuerzas de Bolivar ya llegaron. Hay conversaciones para que esa ciudad se anexe a la Gran Colombia”, otros decían que “El Intendente Torre Tagle se ha visto obligado a proclamar la independencia a pesar de la oposición del obispo José Carrión, que se declara fiel a la Corona…”. Otros daban cuenta del apresamiento del religioso y de su remisión a la ciudad de Lima. La pregunta fundamental era sobre lo que pasaría en esta calurosa ciudad.

Don Clemente Merino, el subdelegado de la ciudad, en el año anterior apresó a los insurgentes de la sierra, en particular de Chalaco y sus anexos, empero, para estos días, se comentaba entre las gentes, que ya se pasado a las filas sanmartianas. Nuestro famoso pintor Ignacio Merino, hijo de aquel, apenas era un niño. En el otro bando, el Comandante José María Casariego había dicho que se mantenía firme, y que hará valer la ley… que apresaría a todos los que se sumen a las fuerzas insurgentes. La situación era un hervidero, cualquier noticia era buena: la gente del cuartel de Amotape estaba en estado de alerta, de intranquilidad y zozobra. Nadie podía predecir que deparaba el futuro inmediato. El Marqués Fernández de Paredes arengó a sus tropas para hacer frente al enemigo, bajo el temor de que lleguen por Paita alguna nave patriota… las cosas están que queman…

El día tres de enero, las gentes importantes de la ciudad, como quienes no quieren la cosa, coincidieron en la plaza de Armas. Don Fernando Torcuato Seminario y Jaime hacía referencia a su fidelidad real, incluso habría dicho que conversó con su vecino Joaquín Helguero y Gorgoña sobre el tema y también estaba de acuerdo. En realidad, había necesidad de asegurar los negocios y las propiedades. El nuevo orden no aseguraba nada. De la misma idea era el Tnte. Coronel Manuel Carrasco: “nuevas formas de gobierno pueden perjudicarnos”. En otro grupo la conversa era distinta, Manuel Rejón Trilles reconocía ser español de nacimiento, pero estaba cansado de tributar a favor del Rey y, no se veía ningún cambio ni progreso, indicaba que Paita apenas era un pequeño muelle mentras El Callao y Guayaquil eran ciudades importantes. Paita, apenas tenía una sola calle. “¿Así es como el rey pretende nuestra fidelidad? Ya es tiempo de ser libres…”

Minutos más tarde, Pedro León y Valdez ponía en la balanza la situación: “Fíjense señores que Clemente Merino y su mujer Micaela Cañete ya se han proclamado independentistas, Fernando y su hermano Miguel Gerónimo anda en las mismas”, pero también reconocía que había otros, en el bando opuesto. Se reconocían vecinos, hijos de la misma tierra pero a la vez, divididos. Sabía que su autoridad de alcalde dependía de otras mayores: “Trujillo ya se independizó y el Intendente Torre Tagle ha enviado misivas a todos los partidos para que hagan lo mismo… Estamos a la espera de esas cartas…”

Al rato llega un hombre montado a caballo, con aires de agitado y hambriento. Era José María Arellano que preguntaba por la oficina de correos para remitir cartas a las distintas ciudades del partido y también por el cabildo y la persona que estaba a cargo de éste. Se presentó con el alcalde Pedro León y Valdez, ingresaron a las instalaciones y conversaron brevemente. Venía con noticias desde Trujillo y aseguró de la decisiones independentistas tanto en esa ciudad como en los distintos pueblos en esta franja costera: “Es una orden del intendente Bernardo Torre Tagle… se darán facilidades para todos. Es una promesa del General San Martín que se respetará los bienes y propiedades de todos”. El alcalde salió emocionado y la comentó con algunos que estaban a la espera de noticias… parecía convencido.

NO bastó su palabra. Dn Manuel Rejón vecino importante, presente circunstancialmente en las proximidades de la plaza mayor, exponía la necesidad del pronunciamiento de las demás autoridades: juez, cabildantes, el santo cura, las autoridades militares, incluso con los líderes reconocidos. Así, que luego de meter su cuchara convenció a todos de la necesidad de reunirse para decidir qué hacer. Se hacía saber que muchos de los vecinos de la actual calle Lima no estaban en la ciudad, sino que había salido a sus haciendas para continuar con su vida misma, algún jefe militar se encontraba en el valle del Chira; sin embargo, el tiempo era vital. Apremiaba. Convinieron en una reunión para las primeras horas de la noche en la casa del Sr. Alcalde Pedro León.

La cosa ardía…

(*) Exposición libre de las ocurrencias en los días de nuestra independencia local. Los personajes son reales, sus posiciones políticas también; en cambio, los parlamentos de cada quien son licencias permitidas por el autor.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Regalo

Regalar es un asunto complicado. La pregunta más difícil es ¿le gustará? Pero también aparecen otras, menos peliagudas: ¿Si ya tiene lo que le llevo? ¿Si no lo necesita? ¿Será de su medida? Esa mañana era navidad. No se celebraba con cena de media noche, sino con algarabía en la mañana del siguiente. No era costumbre, cenar. Las gentes del campo no tienen tiempo para semejantes trivialidades y ceremonias de nada, pero además, tampoco importaba mucho, salvo los regalos, las cartas que venían de lejos y las tarjetas que podían acompañar el nacimiento o el arbolito que de luces se adornaba.

Las tarjetas de navidad eran cuartillas de cartón con una ilustración de ocasión por uno de los lados, mientras que del otro se anunciaba un mensaje personalizado del remitente para su navideño y lejano acompañante. Se escribían desde cualquier parte del mundo, incluso podría venir desde un par de casas de distancia como desde algún distante lugar imposible de cruzar en pocos minutos. Nos gustaba recibirlas y leerlas, saber que aquel que no estaba, en realidad si había llegado, que sus pensamientos, en esos momentos de tranquilidad, se habían posesionado del pariente foráneo y, ofrecía un caritativo mensaje y otro de esperanza ante la proximidad del fin de año. La abuela apenas sabía leer y, se contentaba, a veces hasta las lágrimas, oyendo una y otra vez esas tres o cuatro líneas, en las que el hijo o el nieto le hacían saber sus nobles y agradecidos sentimientos. A estos tiempos, las tarjetas han caído en desuso y, de existir, hasta el mensaje mismo viene con letra de imprenta que no necesariamente expone lo que el remitente desea.

La sala era de madera. Si, esa que ya he descrito tantas veces. Maderas dispuestas unas después de otras de modo horizontal que daban espacio a una sala bastante amplia para las pocas cosas que le acompañaban. Ni siquiera había cuadros. Apenas un par de fotos, no más grandes que un cuaderno simple colgaban sobre la pared de triplay que rompía la extensión de la sala, para dar paso a una habitación. Ese par de fotos eran de dos pequeñas –o grandes, quien sabe- embarcaciones, sobre las que se podía distinguir a dos o tres personas. Una de ellas era uno de los tíos, un hermano de su madre. Le gustaba mirarla de vez en cuando y preguntar ¿Y cómo saben si ese es mi tío si no se distingue su cara? Unos muebles grandes, plastificados, verdes; no tan oscuros como el piso de aquella habitación eran suficientes para acompañar una pequeña credenza, en la que se guardaban los pocos libros de la casa. También habían frente a la pared de las fotos, en la otra pared, un mueble obscuro y gigante, donde se guardaba unos diccionarios y otros libros enciclopédicos, mientras en la parte inferior, cerrado a llave, se escondía parte del menaje doméstico y, quizá alguna otra cosa de la que no se quería fácil exposición.

“Ya estás grande”, dijo su tía. “Ya no hay juguetes para ti. Una pelota habría estado bien, pero de seguro que no podrás jugar porque tu madre no te deja salir a la calle. Pero, aquí está mi regalo”. Le alcanzó, en un papel verdoso un par de… no sé cómo llamarlos… Un par de pantalones cortos… shorts… bermudas. Eran de lo más extrañas y, por último, no eran lo esperado. “Lo supuse”, dijo ella. “No te gustan” y, sonrió con cierta melancolía que, luego se convirtió en concentración en sus propios pensamientos.

La sala aquella estaba, ahora, adornada por luces, guirnaldas, un pesebre de yeso que se acompañaba de ovejas, gallos, perros, tres individuos montados en camellos con turbantes y ropas extrañas y, un bebe rubicundo, sonriente y con expresión apacible como para ser un recién nacido… pero no importaba eso. Interesaba más, los regalos que traía, que motivaba de los adultos para los pequeños de la casa. Las luces chillonas, adosadas a un cable verde, y desde ese año, venían con música incluida. Simulaban ser el sonido de campanas, que en distintas notas, permitían distinguir la melodía de la conocida “Noche de paz”… A los más pequeños los hicieron cantarla, pretendiendo que sus voces se amoldaran a la luminosa melodía ofrecida por el muy breve parlantito que se escondía junto al enchufe por uno de los lados al cable de luces multicolores. Cantaron, intentaron hacerlo, por un juguete que se escondía en papeles de regalo…

La mujer volvió en sí. “Mira lo que te he regalado. Lo hice de un retazo de tela que me quedó de una costura del mes pasado”. El chiquillo miró el par de prendas y, ahora su desagrado era mayor, porque no era de tienda. Sin darse cuenta de la desazón adolescente, ella continuó: “Lo hice con mis propias manos y, porque nadie saber mejor que yo tus medidas, así que está hecho para ti, solo para ti. Nadie tendrá un regalo como el tuyo, no le encontrarás en ninguno de tus amigos…” Mientras escuchaba esas palabras, el gesto del muchacho se modificaba…

Los otros chiquillos, los más pequeños, entre primos y hermanos, desatentos a la conversación, ya jugaban con sus pistolitas de vaqueros, sus camiones marca Basa “con B de bueno”, sus muñecas durmientes y caminantes, sus tamborcitos de hojalata. Jugaban por ese pasillo oscuro que comunicaba la sala antes anunciada con el salón de todos los días, allí estaban las hamacas, el lugar donde se hacía la vida cotidiana. Los chiquillos correteaban por todos los ambientes, con la consigna expresa de “no jugar en las camas”.

“Pero hay más”, dijo la caritativa mujer. “Le he acondicionado un bolsillo secreto, mientras le mostraba en el lado derecho, el bolsillo habitual, mientras que detrás de su cobertor, se visualizaba un pequeño broche que, al abrirse dada lugar a una nueva cavidad. “Este te servirá para que pongas el dinero de las comprar y, así corras, saltes brinques, o lo que hagas, ese brochecito te evitará problemas con tu madre. Asegúrate de cerrarlo no más…” El chiquillo miró las manos de su tía con gesto agradecido y quiso darle un abrazo, pero ésta se lo impidió: “Espera, hay una cosa más. Fíjate en la tela… el muchacho miró los detalles y advirtió que eran muy delgadas y apretadas líneas negras sobre un fondo gris. “Intenta seguir una línea desde su origen hasta el final… intenta fijar tu visión sobre este otro pequeño botón…” En uno de los lados, la mujer había sobre puesto un par de retazos y generaba una ilusión óptica, que impedía cumplir las consignas porque parecía que la tela se movía. El chiquillo le gustó mucho el detalle y con un abrazo que nació del alma, le decía “gracias”. La mujer le replicó: “Lo hice para ti y con el corazón. También con mi cansancio”. Ambos sonrieron.

martes, 3 de noviembre de 2015

Oración

Era una mañana cualquiera… Un día de aquellos en los que doña Camucha, la vieja beata de la calle Junin se aproximó a su adoratorio preferido. La Iglesia de San Francisco, aquella que en otros tiempos albergó a los independentistas en la proclama liberal, era ahora su espacio preferido. Sus techos altos y la amplitud de sus ventanales, permitían luminosidad, que a su vez, hacían nacer en su pecho una desasosegada paz y tranquilidad que no encontraba ni siquiera en la Iglesia Matriz.

Esa mañana se hizo tarde. Su nieto había estado en una fiesta la noche anterior y, por esperarlo, se quedó dormida… “para el Señor no hay horario que valga, jummm” se dijo en tanto advertía que el reloj de su muñeca le indicaba que tenía veinte minutos de retraso. El sacristán, seguía en sus labores de regar los jardines y, a su ingreso por la puerta lateral pudo ver que una muchacha, en posición compungida le rezaba a la venerada imagen de San Francisco. Le pareció que lloraba, por el modo como se cogía la cara y el pecho, pero no se oía ningún lamento… Ella la quedó mirando y, la chica escondió su cara mientras que con el dorso de las manos se limpiaba, con disimulo, las mejillas… Ésta se alejó un poco, cogió el pequeño bulto que llevaba en una bolsa de papel y se paró frente a la imagen de María Egipciaca… allí lloró, expuso su alma ante el pequeño altar de esa vieja pintura, que yacía olvidada y de la que muy pocos saben a quién representa.

Doña Camucha encogió sus adoloridas piernas y se arrodilló en la parte más dura de la tarima. Le ofreció ese dolor al Altísimo, por los pecados de las gentes y, en particular por el alma de aquella muchacha que le acompañaba. Después de la jaculatoria inicial, ofreció el primer salmo del salterio: “Misericordia, Dios mío por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”. Era, en su corazón, la voz de Dios que hablaba… Meditó cada uno de sus versos y, en ellos demoró. No obstante, siempre el Señor tiene cosas nuevas que ofrecer y, se alegró con Isaías cuando anunció: “Me has curado, me has hecho revivir, la amargura se me volvió paz cuando tuviste mi alma ante la tumba vacía, y volviste la espalda a todos mis pecados”.

La muchacha no sabía nada del oficio divino, nunca había tenido en sus manos siquiera una biblia. Su pobreza no le alcanzaba para tener una. Los textos sagrados, si alguna vez leyó alguno, los conoció por las clases de catequesis y, de eso, ya varios años. No obstante, su dolor era tan grande que sus lagrimas efectivamente eran de aquellas que suplicaban la mayor de las misericordias. El rostro demacrado, tristón de la muda imagen interlocutora, asi como la palidez que le acompañaba hacía compás con su adolorida alma… Tan sollozante y sentida estaba que la imagen que miraba, le parecía, era la suya propia. Miraba su dolor reflejado… Y no pudo aguantar más los sollozos. Doña Carmen, en contemplación, no advirtió de esos lamentos.

Santa María Egipciaca, es una santa que casi ha desaparecido del santoral pero que en un tiempo, por estas tierras calurosas tuvo muchos adeptos, por ser la patrona de las mujeres penitentes. Dice la hagiografía que, en sus días mozos se dedicó a las veleidades de la carne pero un encuentro espiritual con la Madre de Dios, la convirtió en una asceta, viviendo en el desierto, dedicada a la oración y alimentándose de lo que como alimento podía encontrar en la naturaleza. La muchacha le rezaba a aquella, sin saber siquiera su nombre. Solo le rezaba, mientras aprisionaba contra su pecho el pequeño frasco que se acomodaba en aquella bolsa de papel.

Para cuando Doña Carmencita recitaba el “Cantico de Zacarías”, en particular aquellos versos que hacen referencia a alumbramiento de los que viven en tinieblas por “el Sol que nace de lo alto”, quiso saber de su solitaria acompañante. Regresó a mirar con disimulo pero ya no estaba. Ni siquiera pudo advertir por cuál de las puertas salió. Ya no estaba simplemente. Siguió con sus oraciones y luego, de terminarlas, se acercó a los dos altares donde estuvo la muchacha. “Algo me decía que me acercara” confesó luego ante el cura del lugar. Efectivamente, se aproximó y, vio que junto al cuadro de la mujer penitente estaba la bolsa de papel y se advertía que dentro había algo, medianamente pesado. Salió hacia el jardín y preguntó al sacristán por la muchacha. Este no le supo dar razón de la desconocida. Volvió hacia la nave central de la Iglesia y, pidió perdón por lo que haría, pero era necesario saber que contenía esa bolsa, quizá, pudiera que allí encontrara “algo” que identifique a la olvidadiza.

Ya, desde antes de abrir, pudo darse cuenta por la forma y textura que se trataba de un pequeño frasco de vidrio, pero no sabía su contenido. Abrió la bolsa y sacó el bulto, que aún se mantenía envuelto en una hoja de un diario chicha. Una vedette de calendario envolvía con sus carnes el frio envase mencionado. Sacó el frasco y advirtió de un líquido, acuoso, sanguinolento, en el que se acomodaba una pequeña criatura… era un feto, un no nacido. La mujer se asustó… tanto, que casi se le cae el frasco de las manos y muy nerviosa, llamó al padre y le mostró su hallazgo: un niño que no vio la vida, quien sabe cuántos días le acompañó a su madre. Esa mañana, luego de revisar las normas eclesiales, sin dar más cuenta que solicitar silencio a la vieja feligresa y a su antiguo sacristán, en compañía de ambos, se hizo una sentida paraliturgia por esa pequeña alma rogando que haya sido alcanzada por el bautismo de deseo y, en la esperanza de que las lágrimas de su presunta y desconocida madre le sirvan de consuelo, y le alcancen el perdón, si algo hubiera que perdonarle, y al no nacido, le hayan permitido las puertas del cielo.

sábado, 24 de octubre de 2015

Noche

Era casi la media noche. Tocaron la puerta de madera y se oyó con claridad. Luego una voz: “Padre… padrecito”. El cura le dijo al muchacho, “ve quien es”. Se asomó por la ventana de la sala superior: “el padre… por favor”, dijo un hombre con cara de angustia. Una mujer de media edad, que le acompañaba, gimoteaba muy cerca de él. “Por favor… es urgente, necesitamos los santos oleos”. Regresó la cara hacia la sala y le dijo al cura: “Piden los santos oleos” y luego, casi de inmediato se giró a los visitantes: “Donde viven Uds.” El hombre dio su dirección y sonaba casi desconocida… Luego anunció que era una reciente asentamiento humano y, que tenía una mototaxi en la que llevar la sacerdote. Su voz era una oración, una súplica para ser oída… “por favor, es urgente…”
En la casa sacerdotal, estaba el párroco –de quien pedían su presencia- y dos muchachos más que le acompañaban en esos días y, al terminar de ver una película, se disponía cada uno a descansar. De hecho, las luces internas ya se habían apagado y, solo acompañaban a los postes públicos un par de fluorescentes que alumbraban una pared por la que había mayor riesgo de intrusos o de amigos de lo ajeno. El otro muchacho dijo: “¿será muy grave? o ¿podrá esperar?”. El cura sin necesidad de nada, exclamó: “No te arriesgues nunca con la muerte, que quizá por el santo oleo de alguno, tú mismo puede que ganes asiento de primera fila”. La frase, casi ininteligible, exponía la necesidad de atender siempre a los enfermos, sin importar distancias, sin contemplar cansancios, sin esquilmar horarios. Ingresó a su habitación y muy de prisa salió vestido de negro, con su alzacuello puesto y un pequeño neceser en mano. Unos minutos después, el ministro de Dios, sacaba su viejo Datsun. El hombre, sollozante le decía que su hija estaba mal, que convulsionaba… No se necesitaba más.
Luego de conducir por las afueras de la ciudad, se divisaron unas casitas hechas de tabiques, otras de esteras cubiertas con calaminas y plásticos. Llegaron al lugar… el hombre se acercó al cura y le dijo: “Por favor mi hija habla incoherencias, a veces pierde el sentido y tiene así ya tres días. Esta noche ha sido más difícil… Cómo que gruñe y dices cosas en idioma extranjero”. El muchacho puso cara de preocupación luego de la del propio cura, que preguntaba que enfermedad sufría, si la había atendido algún médico, si padecía de convulsiones, o si… bueno... pedía explicaciones que pudieran justificar su estado...
La luz de carro alumbraba una casita de triplay y, en su interior se hallaba muy bien acomodada y limpia. Varias personas, entre varones y mujeres, se acomodaban en el primer ambiente y rezaban el ave maría. Levantando unas cortinas, se llegó a un ambiente del que salía efectivamente unos gruñidos y, aun cuando ni siquiera tenían visión de la enferma, esta vociferó: “No te necesito. No te he llamado. Aléjate”. Unos gruñidos le acompañaban. El hombre de Dios y su acompañante pararon en seco. Preguntó el mayor: “Que tiene su hija, por favor”. El hombre, en suplica, dijo: “No se vaya… No sabemos que tiene, pero no parece cosa de Dios… ayúdenos. Todo el día está así. Nuestros vecinos rezan a la distancia porque le molesta, parece que “blasfemia”, no quiere que hablen de Dios en su delante… se pone agresiva. Ahora mismo la tenemos amarrada a su cama… Por favor, ayúdenos padrecito… ayúdenos…”
Casi que, parecía una trampa, una escena de película de terror que se filmaba en ese rato… La mujer seguía gruñendo y se pudo escuchar de lo que decía… “La iglesia se derrumba… no quedará piedra sobre piedra…” Una carcajada de ultratumba retumbó en los plásticos que hacían las divisorias de la casa. El hombre sacó un rosario de su bolsillo, mientras su ayudante descubría un par de frasquitos metálicos, un oracional y una estola del pequeño estuche de cuerina. “Reza, cojuu…” le dijo al ocasional acólito mientras el miedo se reflejaba en sus gestos.
En cuanto se levantó la sabana que separaba las habitaciones, la escena fue espectral: la mujer yacía sobre una pequeña cama de madera, amarrada a ella por el pecho, la cintura y las rodillas… manoteaba, gemía, guturaba… la bata que cubría su cuerpo se había levantado con los movimientos espasmódicos y las contorsiones que la mujer realizaba… Con su mano, ella misma levantó parte de ella… y mirando desafiante a los recién llegados, escupió: “Que quieres!? Vienes a comer carroña!?”. A los dos lados habían gentes: un muchacho, no mayor de 25, ayudaba a sostenerla, mientras que dos mujeres, de las que una de ellas, parecía su madre, pretendían cubrirle la boca, para que no gritara… “Por favor, hija… compórtate”, atinó a decir la más vieja.
“Juana, ¿me escuchas?” dijo el cura. “¿Sabes quién soy?” –“Claro que se quién eres… Llevas el mismo nombre que el maldito Angel que conduce los ejércitos del Altísimo”, rematado con un “jajaja” aterrador. “¿Cuál es mi segundo nombre?” No obtuvo respuesta… “Dime qué edad tengo”… y pese a la insistencia, solo dijo en medio de su estentórea respiración: “Lárgate. No te necesito…” Se acercó un poco más… “La mujer gritaba como si pariera... jadeaba e intentaba esconderse de la presencia de los desconocidos. “Aléjate…” Su voz, sonaba muy ronca… finalmente, el hombre se sentó en un cajón de madera al pie de la cama… “Desátenle las piernas, por favor…” La mujer seguía mascuyando palabras que no se entendían, pero con el trascurso de los minutos la fuerza que les imprimía se desaceleraba. El hombre le preguntó: “¿Que has hecho Juana? Cuéntame mujer... Confía", mientras le ponía un pequeño crucifijo sobre el pecho y, le daba sorbos de agua bendita a beber… "¿Quieres contarme lo que has hecho?"
La mujer después de más de media hora de aterrador jadeo, gimió, como cualquiera otro… lloraba sin guturar… Le desataron de las amarras de los brazos. Cogió la mano del cura y rezó por ella misma el Padrenuestro… El hombre la bendijo, pidió que desalojáramos la habitación y se quedó con ella, oyendo su confesión… Esa noche no dormimos. Fue una noche intensa.

martes, 20 de octubre de 2015

Profe

Lo he visto después de algún tiempo… Los años se dejan ver en su ajada piel. Esta sentado en un cómodo sillón con los pies levantados sobre el muro que sostiene las rejas de su casa. Leía, descansado, un par de diarios. Uno de ellos, deportivo. “Profe” le dije para llamar su atención. Me miró con sus ojos achinados y exclama: “Hooolaaa alumno Chunga. ¿Cómo estas mi cholo?” Nos dimos un abrazo y, conversamos un rato.

Tenía motivos para descansar, para dedicarse a leer con sus siempre cansados ojos. Sus lentes siempre simularon los fondos de las botellas y, su grosor hacía que sus ojos fueran siempre achinados. “Hoy tendremos un partido de fulbito de master… Vamos” me anuncia como invitación. Sonrei y, continuó: “¿No juegas, no?. Yo tengo operadas las dos vistas, asi que estoy impedido de hacer esfuerzo, además el sol fastidia… Pero igual voy… La hago de “Gareca” y sufro más que los que juegan… de algo hay que sufrir”. Reímos.

Estudió en El Alto, en el Coronel Zegarra y también en el Merino de Talara. Luego se fue a la “Normal” de Tumbes para aprender a ser profesor. Luego se dedicó a hacer buenos muchachos. Treinta años de su vida, entre tizas, pizarras y chiquillos de todo quehacer. Un chiquillo pasa por la calle y hace una palomillada a un vendedor y le llama la atención: “Oye”, le dice con voz tan potente que el muchacho se aquieta… “estos chiquillos…” remata. Las cosas han cambiado en mucho en los últimos veinte años. “¿Recuerdas que no había enrejado?” Me dice… “Ya no se puede… Un día, aquí en las escaleras, -y las señala- un par de muchachitos medio calatos y, en otra vez, debajo, un pichicatero que le entraba al humo… por eso, las rejas”.

Nos acordamos de algunos compañeros y, logra ubicarse en el tiempo. Anuncia con orgullo haber sido profesor de algunos otros, que no siendo mis compañeros son ciudadanos de bien. De otros o no sabe que fue de ellos, o simplemente ya no se acuerda. El profe tenía una máxima: tomar a los chiquillos desde el primer grado y llevarlos hasta el término de la primaria, para luego ver los frutos en el siguiente nivel. Dice, con orgullo, que sus promociones fueron siempre buenas: “pocos jalaban el primer año de la secundaria”. Vuelve al fútbol como si estuviera mozo, recuerda el último mundial al que llegamos y me habla de aquellos jugadores, aquellos a los que pretendía emular en mis días de niñez. Sonríe, casi con pesar: “Nos falta rigor, carajo… Ahora hay que tenerle miedo al alumno. Antes no. El profesor era la autoridad y, el padre de familia te respaldaba. Ahora te llega hasta la Defensoría del Pueblo…” La falta de autoridad nos tiene acorralados con tanta delincuencia.

Me cuenta de sus hijos. De sus cuatro nietos y, de su recién casada hija. Habla de ellos con alegría… y luego viene la soledad: ahora estoy aquí en mi casa como en los primeros días: “Mi señora y yo… Los muchachos cada quien tiene su propia casa. Vienen por aquí, a visitar… pero uno siempre termina como empezó”. Le preguntó, nuevamente, por algunos de sus alumnos primeros, para no darle pie a la melancolía, y me anuncia de nombres que no conozco, gentes que me llevan 6 o 12 años de ventaja. Me cuenta de su colegio, del Tupac Amaru II, ahora remodelado y, se alegra de las ventajas que la modernidad permite: computadoras, internet, impresiones, etc. No obstante, insiste en la necesidad del rigor en la instrucción: “mano firme para educar”.

Hablamos también de mis hijos y, da cuenta del paso del tiempo cuando le digo que ya están empezando la universidad. Se acuerda que conoce al primero y, eso ya varios años, porque le enseñó unos días en los meses de verano. Hablamos del trabajo, algunas cosas de política, de la interminable obra que no se entrega: el mercado, de algunos colegas, de otros que ya se fueron, de lo efímera que es la vida y, con ello a la inseguridad ciudadana, las drogas que abundan en las, antes tranquilas, calles de Máncora, en los estafadores de cada día y los políticos “que no hacen nada”.

Llegamos al bullyng… Sonrie. “Siempre ha habido, pero ahora tiene otro nombre. Y si no puedes defenderte, siempre habrá otro que te ayude… Así ha sido cuando yo era alumno, así, cuando profesor. Hay cosas que se resuelven de distinto modo y, hay que hacerles frente”. Luego, cambia su rostro a la seriedad absoluta. “Hay casos extremos, donde si, el profesor y el padre de familia tienen que intervenir, pero son excepcionales”. Conversamos de otros temas, y vuelve a su deporte preferido, mientras nos despedimos: “Si te animas, nos vemos a las tres en la canchita sintética…”

Esa mañana, recordamos de aquellos días cuando el antiguo mercado, que hace esquina con su casa, aunque añejo prestaba servicio a los pobladores, de su antiguos vendedores, del carnicero de toda la vida; del desorden ahora existente; de las fechorías de las que es testigo desde su butaca y, de la esperanza que supone ese edificio que ha demorado casi ocho años para construirse. De las gentes extrañas que habitan nuestras viejas calles, de los conocidos de siempre, de las costumbres de antaño, de la fiesta de San Pedrito y de los bailes sociales en el viejo coliseo municipal, de las madrecitas franciscanas y su consultorio médico al costado de la Iglesia Del Carmen, de la procesión del Señor de los Milagros y las desaparecidas arenas de nuestro mar, de los días en que mar moría en la misma Panamericana y de El Niño que se viene, con las esperanza de que no sea tan meón con el del 83.

Gracias profe. Gracias por habernos soportado tanto tiempo.

domingo, 19 de julio de 2015

Galeno

El hombre caminaba con el sol en la cara.  No era muy pesado, apenas había amanecido y, recorría la Panamericana de sur a norte. El sol le daba en la cara, pero apenas se inmutaba de él. Hablaba consigo mismo de sus proyectos comunes con el autor de sus días. Caminó, quizá una hora desde que se despidió del hombre que le entregó la soga que jalaba…

Sería quizá las ocho de la mañana... O quizá, el minutero ya habría sobrepasado la mitad de la esfera del reloj… quien sabe. Llevaba en la mano una soga de cabuya y, del otro lado de ésta, le acompañaba una yegua, vieja, percudida por los años, harto panzona y tambien muy huesosa. Salió de la pista y se metió unos metros en diagonal, hacia una vieja casucha. “Buenos días, papá”, dijo mientras sonreía con sus dientes grandes y sus largas patillas… “Le tengo un regalo”. El viejecito, que ya lo había visto venir, advertido por los alegres ladridos de los perros, lo esperaba en el quicio de la puerta, debajo de una breve extensión de calaminas… salió del breve corredor,  se acercó a la bestia, acarició sus crines, y sonreía… La felicidad le embargaba pero apenas se notaba. “Habrá que alimentarla porque está preñada y también muy flaca”.

Los dos hombres conversaron sobre el cuidado del animal, quien había sido el propietario anterior, las razones de la venta, el beneficio de la compra y hasta de algo de la biografía de su anterior dueño, incluidos el número de hijos y lo bien que le había ido en la vida...“Años que no lo veo a ese hombre, ha de estar viejo como yo”, remató el anciano. El año había sido bueno y, en ese espacio circundante al Cerro Pelao, todavía había pastos, secos pero suficientes para alimentar a otro animal más. Habría que conseguir algarroba para asegurar que la cría nazca en buen estado. Las algarroberas todavía guardaban algo de lo que se recogió en el verano.

Un chiquillo, nieto del mayor y sobrino de recién llegado, presente en la escena, recibió un mandado: “échale agua en la fuente –ha de estar de sed- y amarrala en la sombra”. Cumplida la tarea, dejó al animal bajo un pequeño bosque de algarrobos en las proximidades. También estaba muy alegre por el animal; al fin de cuentas, él también se sentía su dueño. Éste, pese a su pastoril oficio, nunca había tenido un “caballo” como herramienta de trabajo. No recordaba haber montado uno y, en todo caso, su memoria le llevaba a aquella vez en que el tío Augusto lo subió a las ancas del suyo para darle un paseo por la quebrada… también recordaba aquella foto en la que aparecía –muy pequeño todavía- montado en una mula del tío José Escobar… no recordaba la escena, pero tenía la foto. Le gustaba la idea de montar la yegua y ya soñaba con hacerlo, pero le advirtieron que, ya no era prudente porque faltaba pocas semanas para el parir…

Quién sabe si alguna vez el abuelo tuvo caballos entre sus recuas. Los que le habían oído contar la historia de su vida, sabían que vivió por muchos sitios, que su manada de cabras le había permitido vivir durante tantos años y criar a muchos hijos, incluso a los hijos de su padre, que cuando el abuelo era adulto, se le había dado por seguir preñando a mozas que podrían ser, muy bien, sus hijas o mujeres de sus hijos. Había arriado piaras de burros en las montañas llevando mercaderías de granos hacia el Ecuador, se había encargado de alguna mula de carga en esa labor, pero no había más… No se le había oído contar alguna hazaña montando algún caballo. Los chiquillos que le acompañábamos en aquellos días, a lo más, habíamos podido ver entre sus propiedades hasta tres burros a la vez, muchas cabras, algunas ovejas y varios perros. También había gallinas –para los huevos del desayuno- y un gallo, para asegurarse sonoros kikirikikies en las madrugadas.  Sería, para la gavilla de nietos y de bisnietos, el primer cuadrúpedo noble, entre tantos animales.

Minutos después, se abrió la puerta del corral y las cabras salieron en busca de alimento, sería llevadas primero hacia la quebrada –para que tomen agua- y luego las pastarían por los arenales cercanos… No quiso acompañar al viejo en la tarea. Se ofreció en hacer limpieza de los corrales de las cabras, pero la intención era otra: quedarse cerca del animal recién llegado, mirarlo, acercarle algo de alimento… mirarlo otra vez… soñar con el potrillo que nacería, con cabalgar encima de ella… Quién sabe si ese animal tuvo un nombre, pero esa tarde, tres o cuatro chiquillos llegaron animados por la curiosidad… se ofrecieron al abuelo en llegar todos los días para ayudar en la alimentación, llevarla a la quebrada para darle de tomar, juntarle paja seca o traer algarroba… en fin lo que fuera necesario. Hasta para la confección de los aperos… “Ah muchachitos estos… en quince días hablamos. A ver si les quedan ganas. La emoción les gana… jajajaja”.

Efectivamente, la contentura y la emoción se fue apagando con los días. El alimentar el animal se convirtió en carga y costó algunas lágrimas y reniegos. Pero una tarde, uno de los chiquillos le dijo al abuelo que el animal estaba intranquilo y, que tenía un líquido por entre las verijas… El abuelo, se acercó al animal pero minimizó la noticia y, mando al par de churres amarrar los burros hacia el otro extremo del pampón. No dijo más, y como ya se acercaba la noche, les invitó un poco de café y unos panes tiesos con un poco de chancaca. Luego les contó una historia de aquellas que siempre repetía y que a la vez, siempre gustaba, invitándolos a dormir, porque el día siguiente habría trabajo. Y efectivamente lo hubo… Antes del amanecer, los perros ladraban hacia el lado del animal… ladraban alborozados...

En la vida no todo es trabajo y, en todo caso, este siempre tiene sus recompensas. Las primeras luces del alba nos mostraron –y con la ayuda de una linterna- un pequeño y endeble potrillo, que aprendía a sostenerse por si mismo… caminaba apoyándose entre las patas de la madre, buscaba sus ubres y ésta la empujaba con la cabeza, invitándolo a caminar por si mismo… Había nacido el esperado…  El abuelo revisó que todo estuviera bien. Cogió al pequeño potrillo, examinó sus patas y la ruptura del cordón umbilical… le hecho un poco de grasa, para auyentar las moscas y, le dio una palmada obligándolo a correr. Sonreía. Sus dientes pequeños mostraban su alegría. “Todo está bien. Habrá que cuidarlo y en algunos días sabremos si tenemos un miembro nuevo en la familia". Horas después, el animal se atrevía a correr alborozado con el ladrido de los perros. Era el primer potrillo y decidimos que tenga un nombre.  No sé como ni porque, ni quien lo propuso pero convinimos -sin mayores requiebros- que “Galeno” sea su nombre. Una madrugada de junio nació.

sábado, 18 de julio de 2015

DesastrE

Era un poco menos del mediodía de ese día. El sol era tan ardiente que era mejor cobijarse bajo alguno de los algarrobos que adornan el campo universitario udepino… apenas habíamos empezado el año académico… quizá no se habría aún inaugurado, pero alli estábamos: sentados en ese par de algarrobos que se asentaban a pocos metros de la puerta de entrada a la biblioteca. Era el tercer lunes de marzo de 1998. Conversabamos sin mayores preocupaciones; casi, que todavía nos saludamos contando nuestras vivencias vacacionales… de pronto un murmullo que salía desde el interior de la biblioteca nos invadió… mirábamos desconcertados que un buen número de sus ocasionales inquilinos salían con caras de preocupación… la noticia llegó antes que la pequeña mancha juvenil: “El punte Bolognesi se ha caído” dijo uno… “Hablas huevadas” replicó alguno de los nuestros, mientras que otros incrédulos, lanzaban preguntas que pretendían desvirtuar la realidad: se sabía que era hora punta, que era tiempo de vuelta a casa de los escolares, del descanso de media jornada, de los colectivos línea roja en su mejor momento… Y la intranquilidad hizo de nuestros pechos su asiento… se tomó un poco de agua de lluvia y sonreía…

Una alumna de ingeniería, mientras caminaba hacia el estacionamiento, confirmó la noticia. Radio Programas del Perú lo había anunciado y, en el cielo un par de helicópteros militares se veían a lo lejos. Nos subimos en nuestra Honda CT-70, una pequeña motito, y enrumbamos hacia el punto central de la curiosidad, de la noticia. La gente, en medio del camino, en los semáforos no solo conversaba del hecho sino que mostraban su preocupación por sus familiares: aquellos que se dedican al mototaxi; por sus hijos, todavía escolares, que debían cruzar el río a esas horas. Los teléfonos públicos tenían colas de personas que deseosas e intranquilas esperaban su turno para llamar… Muy pocos, en esos días, tenían telefonía móvil. El tráfico era difícil, pero en una moto pequeña, mi amigo y yo, pronto pudimos atravesar con cierta rapidez la Sánchez Cerro, seguimos por la Cuzco, hasta llegar a la Plaza de Armas… La gente se miraba entre sí y conversaban con angustia, se les notaba en sus gestos, en sus movimientos de manos... pudimos estacionarnos al lado de Correos de Perú… y corrimos hacia la orilla del río veleidoso. La gente estaba adosada sobre el muro de contención y otros, como moscas, se adherían a las barandas de los extremos del llamado Puente Viejo… de lo que quedaba de ellas, pues días atrás también se había caído. También habían gentes en lo que había quedado del Bolognesi… la policía y los bomberos hacía lo imposible por sacar a la gente que aun trepada en el concreto, oteaba las aguas en busca de sobrevivientes. Desde las intesección Moquegua con Tacna las calles estaban cerrados, los ululares de las sirenas y el ruido de los helicópteros, así como unos botecitos a motor hacía las búsqueda por las inmediaciones, surcaban las aguas, varios hombres valerosos peleaban con las aguas, atados a cuerdas y en inflables –conseguidos en una llantería vecina… No había mucho que hacer… mirar y elevar plegarias por si hubiera un dios desocupado que se encargue de ellas.

Éramos alumnos de derecho y alguna vez habíamos entrado a las instalaciones del Poder Judicial. En esta oportunidad, conocimos el último piso. Allí sobre sillas viejas nos elevamos para mirar mejor las dolosas escenas: se había caído la parte media del puente, justo poco antes del medio día. Un hombre viejo, sentenció: “Y pensar que cuando tenía 20 años fui ayudante en la construcción de ese puente…” Relató que fue construido en el año 1968 y que ahora, a sus 51 años de vida, lo veía morir… A todos nos dolía su derrumbe pero más que se hubiera llevado consigo a una combi llena de pasajeros…Contó acongojado, aunque sin muchos oyentes, que la empresa constructora era “Woodman y Mohme Contratistas Asociados” y que trabajó para ellos, ya en la parte final “cuando se construían…” No terminó de decir lo que quiso… porque todos exclamábamos vivas de alegría, uno de los balseros había sacado a una niña… otros hombres jalaban una cuerda.

Las gentes que se habían quedado en el mismo puente, aun con el temor de que pudiera derrumbarse lo que de él quedaban, señalaban los lugares donde podían estar los vehículos caídos… De hecho, los curiosos tempraneros decían que un tico se había ido como botecito y que lograron sacar al chofer y dos pasajeros con vida… finalmente, luego de varios metros el vehículo fue tragado por las aguas. Con el transcurso de las horas, la esperanza se ahogaba en las turbias aguas del río loco… se llevaba 20 vidas y, las gentes empezaron a buscarlas en su orillas en las partes más bajas del cauce… algunos caminaron hasta el puente Independencia… la gentes volvieron a sus actividades, llegó la noche, el nuevo día amaneció…  Una mujer, acompañada de los suyos caminaba por las orillas, su hijo no había sido hallado… Un manto de luto cubría la ciudad.  La muerte le hizo compañia a la intranquilidad colectiva...

Un angel en la entrada norte del viaducto nos recuerda tan nefasto día.

Identidad

Se encontraron en su pueblo. Habían regresado a las casas maternas por el fin de semana largo. Cada quien por su lado, pero allí se encontraron. En realidad, no habría nada de extraño en ese casual encuentro si no fuera por los acontecimientos de esa noche. No obstante la fecha se ha perdido, quizá hayan pasado diecinueve, veinte o veintiún años… Lo único que se sabe es que sus protagonistas ya tenían documentos de identidad –libreta electoral, se llamaba en esos días- y también licencia de conducir -brevete, en el lenguaje de la época-.

Habían estudiado la educación básica en los mismos centros educativos, pero no tuvieron ocasión de hacerse amigos en sus días infantiles o de adolescencia. Se hicieron patas cuando uno de los dos hacía los primeros años de la universidad mientras que el otro egresaba de ella… Fue en los tiempos de la universidad cuando se hicieron amigos; quizá con ocasión de haber sido inquilinos de la misma mujer que arrendaba cuartos a jóvenes universitarios. Aún con todo, la diferencia cronológica entre ellos, apenas llega a algo más de once meses. Once meses y doce días, para ser exactos. Sobre eso, tan seguro como de que existe un Dios en los cielos…

 Si. Les une el mismo terruño originario, las mismas escuelas, la misma universidad ¿Qué hacía la diferencia del encuentro de ese día? Era un domingo. “Un domingo cualquiera” (parafraseando parte de una esperanzadora publicidad televisiva) en el que el atardecer apenas se había perdido en el horizonte donde el sol se había echado para descansar en medio de las aguas marinas. Allí se encontraron, en medio de la Panamericana, esa larga y extensa cinta vehicular que conduce a todos lados. Luego de saludarse, uno preguntó:  “¿Te vas a Piura? Umhh… sí, pero más tarde, en alguno de los buses de Tumbes… –Estoy en carro y salgo en media hora, aviso ahh. – Ah ya, vamos pe. Eso fue lo relevante de esa “conversa”.  Luego, de hacer lo necesario en el tiempo más breve, salieron en el auto del mayor de ellos. De alguna huevada conversarían, porque no hay recuerdos de nada de lo que pudiera haber sido el tema de conversación. Se han hecho las averiguaciones y nadie da información que sea útil… ¡Qué más da!  En uno de los siguientes poblados, el conductor ingresó por algunas de las calles que no eran necesarias para la ruta que pretendían hacer… “Vamos a ver que hay un baile”, dijo, como mejor justificación. Efectivamente, había una fiesta popular en la Plaza Mayor. Luego de buscar el mejor lugar para mirar, una chica se acercó y saludó al conductor nocturno. Miraron un rato el baile, mientras que los tres conversaban animadamente… No. En realidad, el interesado conversaba con ella y el otro hacía de campana. ¿Campana? Campana quien sabe de qué, pues finalmente estaban en medio de una plaza llena de gente, de personas de todas las layas, bailando gozosamente, entrados en copas, algunos… Un pata le invitó al “campana” un vaso de cerveza, diciéndole reconocerle de un concurso de matemática escolar que se había celebrado cuatro o cinco años antes. Así parecía ser: algunos años antes, los mejores alumnos de la provincia se habían reunido para ver quién era más rápido en resolver los problemas que un desconocido –en aquellos días- Coveñas Naquiche, proponía como necesarios para los alumnos del cuarto y quinto de secundaría.  El muchacho aceptó el convite, se tomó un vaso de cerveza y prontamente se escabulló apurado entre el gentío. No estaba para acompañar a quien ya llevaba varias cervezas en el buche… Quizá pasaron 20 minutos y decidieron partir. El destino final todavía estaba a dos horas de camino.

No se sabe cómo ni el por qué, pero la amiga de esa noche se convirtió también en pasajera.  – “¿Sabes manejar?” preguntó  el conductor. “Si”, le contestó el inquirido, y, sin más, cambiaron los asientos. Para ser honestos, dejó de ser el copiloto y se convirtió en “chofer de limosina”… Nunca antes había manejado, pero por el bien de todos, era mejor que así lo hiciera. Cruzaron varios otros poblados, cuando de pronto, en la distancia, desde una parte alta de la carretera, divisaron varias luces de colores: Dos o tres camionetas policiales tenían detenidos a dos o tres autos y a un enorme tráiler, cargado de cañas de Guayaquil.  “Puta madre… nos jodimos”  se dijeron entre sí. La distancia no era mucha y detener el auto -digo la limosina- para cambiar de conductor sería la mayor evidencia de la falta. El muchacho nunca en su corta existencia había manejado autos, por lo menos, no en carreteras abiertas y, en consecuencia, nunca un policía le había pedido documentos… ¡Carajo!.

Los amigos son los amigos… tampoco es que debían exponerse a que condujera el vehículo quien pretendía “juguetear” con la acompañante… Era preferible que se dedicara a una sola cosa, mientras que el otro tomaba el timón con las dos manos. Era lo mejor… cincuenta mil días después, cuenta uno de los protagonistas, era lo más conveniente. El inconveniente es que nadie pensó que un domingo a las diez de la noche, hubiera un operativo policial en medio de esa desolada carretera. Intentaron pasar a velocidad media, casi sin mirar a los costados. El silbato policial se dejó oír y un policía hizo señal para que estacionaran… “¿Huimos?” –“No huevón… para no más. Enciende los intermitentes de estacionamiento… El botón rojo.”, fue la breve conversación en los pocos segundos posibles y con voz entre dientes, mientras por encima del hombro le alcanzaba su identidad y su licencia de conducir… Medio temeroso, el aprendiz de conductor cogió los documentos y se estacionó delante del camión. Las luces altas del mismo les daban en la espalda e iluminaba lo que por delante del camino había, exponiendo contra la berma las siluetas de sus cabezas y de su propio vehículo.  El policía, mientras se sacaba el kepí, pidió, casi sin hablar, los documentos…  Bajó el vidrio y, con temor entregó los dos carnés y, mientras que, la autoridad miraba con detenimiento, dijo de modo imperativo: “tarjeta de propiedad”. Mientras el muchacho tembloroso la buscaba en la cajuela, el policía preguntó que a donde iban… “Un ratito”, le dieron como respuesta, mientras trémulo entregaba el documento solicitado: “Somos universitarios y mañana empiezan los exámenes finales…” El policía volvió a mirar los documentos con detenimiento… los golpeó contra su mano y dijo: “Son hermanos… bueno… sigan no más. Cuidado con la llovizna que puede empeorar”.

El novato –como pudo- puso “primera”  y salió con el motor medio tartamudeando, pero salió... Luego de unos metros, reían a carcajadas por el susto, era una risa nerviosa en la que se confundía también la felicidad… Las luces del carguero posterior impidieron que el policía viera con claridad si coincidían la cara del conductor con la foto de los documentos presentados y… “los hermanos” a los que hizo referencia,  no eran los que iban detrás (es más seguro de que se diera cuenta de que no…) Hacía mención a los datos consignados en la tarjeta del conductor y a la licencia de conducir del supuesto conductor. Rieron durante todo el tiempo que faltaba del camino. La llovizna les acompañó hasta sus casas.

La proximidad al destino era inminente. “Ya carajo, maneja tú” dijo el inexperto conductor.  Unos minutos después se apeaba en la casa donde era inquilino. “Nos vemos pata”, le dijeron como despedida... "Duerma que mañana hay exámenes", contestó… medio en broma, medio en serio. 

¿Dormiría el fulano? Esa es la interrogante.

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...