No sentía las piernas. Habíamos caminado de puro gusto, en medio de proyecciones luminosas y computadoras intentando entender el mundo, pretendiendo saber de qué estábamos hechos.
Y caminamos más. Ahora por obligación. Nos préstamos a la necesidad de subir en una nave espacial que nos llevó a las montañas y, vimos el mar oscurecer y la ciudad iluminarse. Y volvimos a imaginar el mar, allí donde las luces se apagaban.
Bailamos con una cerveza en la mano y, corrimos a la cola de comprar el pan, a la de volver a casa.
Sentí miedo cuando una voz dejó unas notas que se escribían en letras: "yo aquí me separo". El miedo me apresó. "Uy. ¿Y si te acompañamos?". Una distinta: "ella no nos quiera ahora. Jajaja... Si va a regresar". Esa sonrisa de malicia me volvió a la calma. Y nos despedimos en una mesa que tenía dos sillas de más.
Y caminé. Caminábamos... Yo, pensando en Eurídice me vi tentado a regresar para atrás. El mismo miedo me abordó. "Ella puede", me dije.
La voz de mi otra mano, en forma serena y con una sonrisa, me volvió a la caminata "¿Vamos bien papá?". Y caminamos hasta hartarnos de la calle, hasta la conciencia de la nocturnidad, hasta el dolor de nuestros pies. Y decidimos volver a casa para una taza de café.
El toctoc de la puerta me hizo sentir el alma... La mia propia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario