Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… tenía un sabor ácido, de extrañeza en tierras hurañas… Esa canción, tarareada hacia 1985, en la voz de un niño huérfano, en cambio, sonaba a desafío, a necesidad de abrazar a quien ya no estaba: «si alguna vez me siento derrotado, renuncio a ver el sol cada mañana, rezando el credo que me has enseñado, miro tu cara y digo en la ventana: Yolanda, Yolanda». Y Yolanda ya no estaba.
Entre calles terrosas de gentes pobres, un par de años antes
las gentes se sublevaban ante el poder del dictador. Esos campamentos —así se
les llamaba en aquellos días a las invasiones populares de la periferia de
Santiago de Chile— estaban conformados por migrantes, gentes de la ruralidad
chilena que confluían en la capital del país sureño con el afán de un mañana
mejor. Y, en aquellos días, el descontento era abrumador: el libre mercado
pinochetista no había podido evitar la quiebra del sistema financiero, el
desempleo masivo y la devaluación de la moneda. En las ollas de los pobladores
—de aquellos que habitaban los innumerables campamentos— eso olía a
precariedad, a hambre, a necesidades básicas insatisfechas. Los programas
estatales de empleo de emergencia no aseguraban la subsistencia de nada… de
nadie.
Desde el aciago 11 de agosto de un par de años atrás, el
chiquillo se vio obligado a mendigar trabajo allí donde se lo permitieran.
Ahora era a él a quien sus hermanos menores le lloraban, con ojos tristes, un
pan. Más de una vez, en medio de su dolor, deseó haber sido él el blanco de las
balas. «Ojalá hubiera sido yo». Y esa noche, cuando carabineros y militares
disparaban a los bochincheros, tan pronto se sintió el ruido del bullicio y de
la protesta, Yolanda les gritó: «Métanse en el ropero». Y por las rendijas de
las tablas de madera que conformaban su casa podían ver los fogonazos de la
calle y a la gente clamando y lanzando piedras. Algunas de estas dieron en su
destartalado techo de calaminas viejas. Así se lo contaban sus pesadillas
nocturnas. En sus horas de cansancio —en cambio—, esas en las que tenía que
caminar de vuelta a casa, ni siquiera se atrevía a cantar; solo susurraba a
modo de plegaria: «Yolanda, Yolaaandaa, mamáááá Yolanda».
Eran ocho guaguas a las que había que alimentar, vestir y
educar. Al menos eso. La casucha de maderos y cañas les aliviaba el frío; pero
tampoco tanto. El frío de los cuerpos se hacía hambre en las tripas y los
plásticos apenas podían con tanto infortunio. Las marraquetas y los fideos eran
escasos, y hasta las verduras de descarte se hacían esquivas. Eran más
beneficiosas en los baldes de los porqueros, que ofrecían un regalito para el
día en que beneficiaran a algún cerdo del mercado. Esa tarde sabían que lo que
quedaba del día estaría «movido». Algunas patrullas ya habían pasado alertando
desde un altavoz que el toque de queda era para todos y que los bullosos serían
encerrados.
Había reunido a sus hijos y la consigna era no salir. «Que
la curiosidad no nos gane. Estaremos seguros aquí», les dijo, a la vez que
apagaba el televisor en blanco y negro. El miedo les hacía temblar el corazón…
«No hay mucho que ver, y mañana de seguro seremos noticia… Ustedes son lo más
importante para mí». Ellos no entendían el mensaje. Era consciente de que el
gobierno no escucharía si faltaba una, y sentía que le fallaba a su comuna;
pero esa noche, el «ustedes son más importantes para mí» se convertía en la
renuncia a la colectividad mayor con el afán de salvar a los suyos. Luego de la
orden del ropero, ella quiso asegurar su puerta y ventanas; pero una ráfaga le
dio de lleno en el pecho y uno de los tiros le dio en la cabeza, provocando su
muerte inmediata.
Han pasado 43 años de aquella tragedia; el chiquillo y sus
hermanos se hicieron adultos; pero él, Patricio, con el cabello encanecido,
algunas noches, en la oscuridad, canta en su memoria: «si he de morir quiero
que sea contigo, mi soledad se siente acompañada, por eso a veces sé que
necesito, tu mano, tu mano… eternamente tu mano». Y concluye: «Que la
eternidad, un día, nos vuelva a juntar, mamá».
Yolanda Campos Pinilla era el nombre de aquella desventurada
Yolanda.
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