La historia del derecho, esa que se teje en medio de tribunales y expedientes, está arrebujada de anécdotas, de incidentes memorables, de intervenciones inesperadas y de teatralidades disparatadas donde el demandante o el demandado, el fiscal o el acusado, terminan convertidos en el centro de atención. Las redes sociales se han transformado, en nuestros días, en la gran pizarra pública de esos sucesos: el mural parroquial donde se anuncian los divorcios entre el interrogatorio y la respuesta imprevista.
Basta buscar algún caso mediático y descender a la ciénaga de los comentarios para llegar a esa espumosa orilla donde naufragan las pretensiones académicas de quienes se quemaron las pestañas leyendo jurisprudencias y extensos tratados para entender la culpabilidad o distinguirla de cualquier otro elemento personal del delito. Allí, en ese algarrobal de opiniones, aparecerán las dudas más preclaras: “¿Cuánto le habrán pagado al fiscal para que haga mal su trabajo?”; o los epitafios instantáneos: “Estamos en el Perú, cualquier cosa puede pasar”.
Esas expresiones de desengaño no son más que formas de desentendimiento: maneras cómodas de mantenerse lejos de la realidad procesal, de ignorar los vericuetos del expediente y la complejidad de una investigación penal. Se pretende una justicia infantil, hecha con la simpleza del “corta y pega”, como si el derecho pudiera reducirse a una tarea escolar. En ese mundo vivimos y allí toca administrar justicia. A los fiscales, particularmente, les corresponde levantar los muros de esa construcción.
Los tribunales norteamericanos, por supuesto, también han ofrecido historias memorables. Ahí está el célebre guante del caso de O. J. Simpson, episodio sobre el que más de un crítico sostiene que la acusación perdió el juicio al exigir que el acusado probara un mitón recogido en la escena del crimen sin haber previsto si realmente su mano cabría con facilidad en él. O aquella otra historia del mediático abogado F. Lee Bailey, quien, intentando convencer al jurado de que la cadena de fierro usada para golpear al agraviado no podía causar daños mayores, tomó el arma y decidió golpearse el muslo durante el contrainterrogatorio. No calculó, sin embargo, que el último eslabón impactaría de lleno sobre la rótula. El grito se le quedó anudado en la garganta; la palidez y la cojera hicieron el resto del alegato.
En ese pequeño universo de historias de historieta, bien vale celebrar a quienes hoy conmemoran su día: los fiscales. Y para acompañar la ocasión conviene volver, una vez más, a los anales de la jurisprudencia norteamericana, esa que no solo nos ha dejado películas para ilustrar clases universitarias, sino también episodios capaces de mostrar las formas extrañas y risueñas en que la justicia suele hamaquearse.
Corría 1974. Era la época dorada de los asesinos seriales. Los nombres de Ted Bundy, John Wayne Gacy, Jeffrey Dahmer o Harvey Carignan todavía no habitaban el imaginario colectivo con la claridad de nuestros días; se temía, más bien, a sus actos y a la posibilidad de que aparecieran frente a cualquier mujer —vecina o familiar— para convertirla en objeto de sus insanias.
Una bicicleta volcada junto a un camino apartado podía anunciar una tragedia. Un vestido desgarrado en medio de un maizal se convertía, demasiadas veces, en el prefacio de una noticia policial. Un zapato perdido entre los árboles o una mancha de sangre sobre un tronco seco bastaban para anticipar escenas de dolor. Mientras tanto, policías y fiscales trabajaban apenas con descripciones borrosas que poco ayudaban a identificar a esos desequilibrados.
Dentro de ese panorama, Harvey Carignan era un sujeto poco confiable. La policía desconfiaba de él porque siempre llevaba un diario bajo el brazo y porque ya había pasado por la célebre prisión de Alcatraz Federal Penitentiary. Ese solo antecedente parecía delinear su perfil. Sus ingresos a prisión habían sido por robos, asaltos y homicidios. A inicios de los años setenta recuperó la libertad; para mediados de 1974 ya existían denuncias de sobrevivientes que describían un mismo patrón: respondían a anuncios de trabajo dirigidos a mujeres jóvenes, subían a un vehículo verde oscuro y, en medio de lugares apartados, eran atacadas.
Algunas reconocían a Carignan en los álbumes policiales, aunque sin demasiada seguridad. Finalmente fue detenido. En su vehículo encontraron revistas pornográficas, mapas de distintos estados —especialmente de Minnesota y Washington—, ubicaciones de restaurantes de menú, gasolineras y anotaciones de kilometraje en caminos alternos. Varios espacios boscosos aparecían marcados con círculos.
Los noticieros de sábado por la noche todavía recordaban el caso de Kathy Miller, desaparecida desde el 1 de mayo de 1973. Interrogado sobre ella, Carignan negó conocerla. Sin embargo, las primeras noticias habían señalado que la joven salió de casa rumbo a una entrevista de trabajo en una estación de gasolina. Algunas sobrevivientes ya habían relatado una historia semejante.
El fiscal tenía poco entre manos. La madre de Kathy insistía diariamente, pero no existía un cuerpo, ni prendas, ni evidencia material que vinculara directamente al sospechoso con la desaparición. La posibilidad de una fuga voluntaria seguía siendo tan plausible como la de un homicidio.
Entonces apareció una mujer llamada Rita Wright. Se presentó en casa del fiscal y aseguró que podía ayudarlo a encontrar a Kathy. Hablaron un momento; luego, la mujer hizo referencia a ciertas habilidades especiales. El fiscal, agotado y sin mayores alternativas, decidió escucharla. Rita extendió un pañuelo sobre el suelo de la sala y se sentó en el centro. En medio de la noche, encendió varios cigarros sobre pequeños cuencos de cerámica y empezó a observar las volutas de humo que ascendían lentamente. Movía las manos como si quisiera apartarlas para mirar detrás de ellas. De pronto comenzó a describir una carretera, un desvío, un cartel con la inscripción “Swinomish Village” y un bosque espeso. Incluso pronunció algunas palabras en lushootseed, la lengua de ciertos pueblos indígenas de la zona. Con esos datos, días después, en julio de ese año, apareció el cuerpo abandonado de Kathy Miller.
El fiscal jamás incorporó oficialmente aquella información a la investigación. Nunca se reconoció que una médium hubiera proporcionado información decisiva para hallar a la desaparecida. La versión formal sostuvo que dos adolescentes encontraron casualmente el cadáver mientras caminaban por el bosque. Sin embargo, la crónica negra —esa que circula por debajo de las mesas judiciales— siempre supo otra cosa. Lo sabían los vecinos, las comadres y los curiosos apostados tras las ventanas: la justicia, muchas veces, se alimenta de fuentes que el discurso oficial no está dispuesto a admitir.
Aunque Harvey Carignan nunca fue procesado por la muerte de Kathy Miller, las sospechas sobre su responsabilidad persistieron durante años. El Estado prefirió concentrarse en aquellos casos donde las víctimas sobrevivieron y pudieron reconocerlo como agresor. Las condenas fueron suficientes para sepultarlo en prisión: cadena perpetua y penas adicionales por otros homicidios. Al final, la suma de castigos alcanzó cifras absurdas. Sus huesos, después de todo, no eran suficientes para cumplir los ciento cincuenta años de cárcel que la justicia decidió imponerle.