Entre hamacas y algarrobos
domingo, 17 de mayo de 2026
Olvidos
martes, 12 de mayo de 2026
Investigación
La historia del derecho, esa que se teje en medio de tribunales y expedientes, está arrebujada de anécdotas, de incidentes memorables, de intervenciones inesperadas y de teatralidades disparatadas donde el demandante o el demandado, el fiscal o el acusado, terminan convertidos en el centro de atención. Las redes sociales se han transformado, en nuestros días, en la gran pizarra pública de esos sucesos: el mural parroquial donde se anuncian los divorcios entre el interrogatorio y la respuesta imprevista.
Basta buscar algún caso mediático y descender a la ciénaga de los comentarios para llegar a esa espumosa orilla donde naufragan las pretensiones académicas de quienes se quemaron las pestañas leyendo jurisprudencias y extensos tratados para entender la culpabilidad o distinguirla de cualquier otro elemento personal del delito. Allí, en ese algarrobal de opiniones, aparecerán las dudas más preclaras: “¿Cuánto le habrán pagado al fiscal para que haga mal su trabajo?”; o los epitafios instantáneos: “Estamos en el Perú, cualquier cosa puede pasar”.
Esas expresiones de desengaño no son más que formas de desentendimiento: maneras cómodas de mantenerse lejos de la realidad procesal, de ignorar los vericuetos del expediente y la complejidad de una investigación penal. Se pretende una justicia infantil, hecha con la simpleza del “corta y pega”, como si el derecho pudiera reducirse a una tarea escolar. En ese mundo vivimos y allí toca administrar justicia. A los fiscales, particularmente, les corresponde levantar los muros de esa construcción.
Los tribunales norteamericanos, por supuesto, también han ofrecido historias memorables. Ahí está el célebre guante del caso de O. J. Simpson, episodio sobre el que más de un crítico sostiene que la acusación perdió el juicio al exigir que el acusado probara un mitón recogido en la escena del crimen sin haber previsto si realmente su mano cabría con facilidad en él. O aquella otra historia del mediático abogado F. Lee Bailey, quien, intentando convencer al jurado de que la cadena de fierro usada para golpear al agraviado no podía causar daños mayores, tomó el arma y decidió golpearse el muslo durante el contrainterrogatorio. No calculó, sin embargo, que el último eslabón impactaría de lleno sobre la rótula. El grito se le quedó anudado en la garganta; la palidez y la cojera hicieron el resto del alegato.
En ese pequeño universo de historias de historieta, bien vale celebrar a quienes hoy conmemoran su día: los fiscales. Y para acompañar la ocasión conviene volver, una vez más, a los anales de la jurisprudencia norteamericana, esa que no solo nos ha dejado películas para ilustrar clases universitarias, sino también episodios capaces de mostrar las formas extrañas y risueñas en que la justicia suele hamaquearse.
Corría 1974. Era la época dorada de los asesinos seriales. Los nombres de Ted Bundy, John Wayne Gacy, Jeffrey Dahmer o Harvey Carignan todavía no habitaban el imaginario colectivo con la claridad de nuestros días; se temía, más bien, a sus actos y a la posibilidad de que aparecieran frente a cualquier mujer —vecina o familiar— para convertirla en objeto de sus insanias.
Una bicicleta volcada junto a un camino apartado podía anunciar una tragedia. Un vestido desgarrado en medio de un maizal se convertía, demasiadas veces, en el prefacio de una noticia policial. Un zapato perdido entre los árboles o una mancha de sangre sobre un tronco seco bastaban para anticipar escenas de dolor. Mientras tanto, policías y fiscales trabajaban apenas con descripciones borrosas que poco ayudaban a identificar a esos desequilibrados.
Dentro de ese panorama, Harvey Carignan era un sujeto poco confiable. La policía desconfiaba de él porque siempre llevaba un diario bajo el brazo y porque ya había pasado por la célebre prisión de Alcatraz Federal Penitentiary. Ese solo antecedente parecía delinear su perfil. Sus ingresos a prisión habían sido por robos, asaltos y homicidios. A inicios de los años setenta recuperó la libertad; para mediados de 1974 ya existían denuncias de sobrevivientes que describían un mismo patrón: respondían a anuncios de trabajo dirigidos a mujeres jóvenes, subían a un vehículo verde oscuro y, en medio de lugares apartados, eran atacadas.
Algunas reconocían a Carignan en los álbumes policiales, aunque sin demasiada seguridad. Finalmente fue detenido. En su vehículo encontraron revistas pornográficas, mapas de distintos estados —especialmente de Minnesota y Washington—, ubicaciones de restaurantes de menú, gasolineras y anotaciones de kilometraje en caminos alternos. Varios espacios boscosos aparecían marcados con círculos.
Los noticieros de sábado por la noche todavía recordaban el caso de Kathy Miller, desaparecida desde el 1 de mayo de 1973. Interrogado sobre ella, Carignan negó conocerla. Sin embargo, las primeras noticias habían señalado que la joven salió de casa rumbo a una entrevista de trabajo en una estación de gasolina. Algunas sobrevivientes ya habían relatado una historia semejante.
El fiscal tenía poco entre manos. La madre de Kathy insistía diariamente, pero no existía un cuerpo, ni prendas, ni evidencia material que vinculara directamente al sospechoso con la desaparición. La posibilidad de una fuga voluntaria seguía siendo tan plausible como la de un homicidio.
Entonces apareció una mujer llamada Rita Wright. Se presentó en casa del fiscal y aseguró que podía ayudarlo a encontrar a Kathy. Hablaron un momento; luego, la mujer hizo referencia a ciertas habilidades especiales. El fiscal, agotado y sin mayores alternativas, decidió escucharla. Rita extendió un pañuelo sobre el suelo de la sala y se sentó en el centro. En medio de la noche, encendió varios cigarros sobre pequeños cuencos de cerámica y empezó a observar las volutas de humo que ascendían lentamente. Movía las manos como si quisiera apartarlas para mirar detrás de ellas. De pronto comenzó a describir una carretera, un desvío, un cartel con la inscripción “Swinomish Village” y un bosque espeso. Incluso pronunció algunas palabras en lushootseed, la lengua de ciertos pueblos indígenas de la zona. Con esos datos, días después, en julio de ese año, apareció el cuerpo abandonado de Kathy Miller.
El fiscal jamás incorporó oficialmente aquella información a la investigación. Nunca se reconoció que una médium hubiera proporcionado información decisiva para hallar a la desaparecida. La versión formal sostuvo que dos adolescentes encontraron casualmente el cadáver mientras caminaban por el bosque. Sin embargo, la crónica negra —esa que circula por debajo de las mesas judiciales— siempre supo otra cosa. Lo sabían los vecinos, las comadres y los curiosos apostados tras las ventanas: la justicia, muchas veces, se alimenta de fuentes que el discurso oficial no está dispuesto a admitir.
Aunque Harvey Carignan nunca fue procesado por la muerte de Kathy Miller, las sospechas sobre su responsabilidad persistieron durante años. El Estado prefirió concentrarse en aquellos casos donde las víctimas sobrevivieron y pudieron reconocerlo como agresor. Las condenas fueron suficientes para sepultarlo en prisión: cadena perpetua y penas adicionales por otros homicidios. Al final, la suma de castigos alcanzó cifras absurdas. Sus huesos, después de todo, no eran suficientes para cumplir los ciento cincuenta años de cárcel que la justicia decidió imponerle.
viernes, 8 de mayo de 2026
Derrota
Los días de mayo
de 1945 fueron, para el Tercer Reich, una agonía de escombros y humo. Tras el
suicidio de Hitler en el subsuelo de una capital sitiada, la jefatura de un
Estado ya inexistente recayó en el Gran Almirante Karl Dönitz. Sin embargo, la
suya fue una autoridad espectral, un "mando de papel" ejercido desde
la periferia, mientras el suelo alemán era devorado por el avance aliado.
Para el 8 de
mayo, la soberanía alemana era un concepto abstracto. Con el Ejército Rojo
dictando su ley en Berlín, los norteamericanos presionando desde el suroeste y
los británicos consolidando el noroeste, no quedaba administración, solo restos
de un ejército que se negaba a morir. Por ello, los Aliados no buscaron a
Dönitz en su refugio de Flensburgo; les urgía una firma con peso militar, la de
Wilhelm Keitel, Jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas (OKW). Necesitaban
que el hombre que movía los mapas ordenara a cada soldado, desde los fiordos
noruegos hasta las montañas italianas, soltar el fusil.
El trayecto de
Keitel hacia la capitulación fue su propio vía crucis. Voló desde Flensburgo
hacia Berlín en un avión británico, custodiado por el mismo aire que antes
dominaba la Luftwaffe y que ahora le pertenecía al enemigo. Al aterrizar, el
paisaje fue una bofetada de realidad: la Berlín que él ayudó a soñar como
capital del mundo era hoy un laberinto de cráteres, fachadas calcinadas y un
silencio sepulcral interrumpido solo por el paso de los tanques soviéticos.
Fue conducido a
la Escuela de Ingeniería Militar de la Wehrmacht en Karlshorst. Allí, en lo que
fuera un centro de formación de oficiales alemanes, los soviéticos habían
instalado su cuartel general. Tras un breve y gélido intercambio con los mandos
aliados, Keitel fue escoltado a una habitación para una espera que se hizo
eterna. El cuarto era de una simplicidad insultante para un Mariscal de Campo:
una cama, una mesa de madera, una silla y un lavabo. No había espacio para la
pompa, solo para el encierro. Bajo una vigilancia asfixiante que no permitía
visitas ni salidas, Keitel pulió su uniforme y su monóculo, aguardando el
llamado de la historia en medio de la noche.
Cerca de las 23:50
horas, el silencio del pasillo se rompió. Dos militares lo escoltaron hacia el
antiguo comedor. Keitel apareció como un fantasma del pasado: vestía su
uniforme de gala gris, impecable y rígido, con las condecoraciones brillando
bajo las luces de los reporteros. En su mano, el bastón de Mariscal de Campo,
símbolo de una casta militar que se resistía a la humillación.
Frente a él, la
mesa de los vencedores: Zhúkov por la URSS, Tedder por el Reino Unido, Spaatz
por EE. UU. y De Lattre por Francia. Keitel caminó con el bastón bajo el brazo
izquierdo, siguiendo el manual prusiano hasta el último paso. Al llegar,
levantó el bastón verticalmente frente a su rostro. Fue un saludo de autoridad
dirigido a hombres que ya no le reconocían ninguna; un acto de soberbia final
que fue respondido con un silencio de granito y un gesto seco que le indicaba
dónde sentarse.
A las 23:43,
Keitel estampó su firma. En ese instante, el Alto Mando Alemán se entregaba incondicionalmente.
El documento no hablaba de clemencia ni del destino de los prisioneros; era un
cheque en blanco para los vencedores. Con ese trazo de pluma se cerraba el
capítulo de la guerra y se abría el de la justicia: apenas meses después, el
mundo se volvería a reunir en Núremberg para juzgar, bajo una nueva ley
internacional, a los hombres que, como Keitel, creyeron que la obediencia era
un escudo contra la infamia.
jueves, 23 de abril de 2026
Cerveza
¿Sabes por qué la cerveza, en la
mayoría de sus fórmulas, se elabora con cebada? De mis días de juventud, para
disimular nuestra ubicación y actividad, nos decíamos entre amigos a modo de
invitación: “¿Y si nos tomamos un par de cebadas?”. Una forma dulcificada de
invitarnos a beber unas cervezas. ¡Hasta nos inventábamos cumpleaños de
pretexto! Y aunque más de una vez le cambiamos el nombre solo por “el qué
dirán”, lo cierto es que la cerveza es sinónimo de civilidad… pero eso no se lo
cuentes a mi madre, ¡que puede que te devuelva un "pencazo" por tanta
insolencia! Igual, te cuento mis razones.
En los poemas sumerios, tablillas cuneiformes
de hace cuatro mil años, se narra que Enkidú —héroe legendario de la cultura
sumeria— fue creado por la diosa Ningursag y puesto en medio de la naturaleza.
Vivía en estado salvaje hasta que se encontró con una mujer, y esta le enseñó a
ser “hombre”. Y claro, podrías pensar que se trata de un apareamiento, ¡pero
no! La mujer no le ofrece sexo. En la tablilla II de la versión estándar de la
Epopeya de Gilgamesh, se lee: "Enkidu no sabía qué era el pan ni sabía beber
cerveza... Comió el pan hasta saciarse y bebió la cerveza, siete jarras de
ella. Su espíritu se liberó, se sintió alegre, su rostro brilló y se lavó con
agua. Entonces, se convirtió en un hombre". Y no diré más.
Pero sí. La cerveza era sagrada, un regalo de
los dioses. Y no es que hubiera un profeta, chamán o sacerdote que así lo
hubiera anunciado. Era un asunto de fenomenología: si dejas un poco de agua
estancada, poco tiempo después se pudre; pero si esa agua la complementas con
cereales, miel y dátiles y la expones a la naturaleza, entonces, unos días
después, tienes una cerveza muy nutritiva. En aquellos días, la consistencia de
la cerveza era equivalente a lo que nosotros servimos como la avena del desayuno,
algo grumosa, al punto que si no querías “comer” las harinas que flotaban en la
emulsión, usaban pajillas para filtrar el líquido directamente a sus gargantas…
Siento que no era muy agradable, o… ¿quién sabe? Cualquiera podía darse cuenta
de que ese proceso de días debía tener una explicación, pero ante el
desconocimiento de la existencia de bacterias o levaduras como causantes del
resultado, lo mejor que podía decirse como explicación era que, en medio de esa
sopa fermentosa de cereales, vivía la diosa Ninkasi, que les regalaba a los hombres
ese líquido para “no morir”. Si tomas agua estancada es probable que enfermes;
pero si es cerveza, no solo te alimentas, sino que hasta te produce alegría.
Regresemos a su insumo principal: la cebada.
¿Por qué la cebada? ¿Por qué no el arroz o el trigo, que también son cereales?
El Himno a Ninkasi, del 1800 a.C., siempre menciona el pan de cebada, el
bappir, como insumo fundamental. Y aunque no se dice nada en las tablillas
sumerias, hoy podemos afirmar que la cebada se presta excepcionalmente para la
elaboración cervecera. Cuentan los que saben que, mientras el trigo y el
centeno son fáciles de descascarar, la cebada es muy resistente. Esto, en el
tiempo de la fermentación, facilita que el líquido se mantenga separado de los
sólidos, posibilitando un tamizaje más eficiente. Además, y creo que esta es la
razón más importante, sus enzimas facilitan la fermentación: el almidón del
grano se marida perfectamente con las levaduras para un mejor alcohol. ¡Dichoso
maridaje, que nos ha regalado tan buenas aguas!
Pero no confundamos las cosas. En los tiempos
de Enkidú, la cerveza no era un producto superfluo: era pan líquido, era
alimento y, por tanto, requería regulación. Por eso Hammurabi la menciona en
distintas partes de su legislación. Textualmente, en alguna parte, dice:
"Si una tabernera no acepta grano por el pago de la cerveza, sino que
acepta dinero por el peso, o si la calidad de la cerveza es inferior a la del
grano, se la declarará culpable y se la arrojará al agua hasta morir". La
idea era asegurar las economías de las familias campesinas y que las
equivalencias de los trueques posibilitaran a todos el acceso a la cerveza,
incluso cuando no se tenía dinero en efectivo. ¿Cuántas veces has dejado
empeñado tu DNI en la cantina de la esquina? Mejor no me cuentes.
El sol le ha dado vueltas y más vueltas a la
Tierra, y llegamos a alguna centuria más nuestra. Tengo la fecha precisa: el 23
de abril de 1516, Guillermo IV de Baviera —territorios propios de la actual
Alemania— dicta la “Ley de Pureza de la Cerveza” y reconoce que sus componentes
son: agua, malta de cebada y lúpulo. Este es el fundamento de nuestra actual
cerveza, aunque para nuestros días también se reconoce como componente a la
“levadura”. Y se hace la precisión por razones de salubridad. ¿Recuerdas que los
sumerios agregaban miel y dátiles? Los alemanes le metían una mezcla de hierbas
para dar sabor, conservar la bebida y aportar efectos medicinales o eufóricos.
Había quienes le agregaban sustancias alucinógenas. Así, para mitigar estos
efectos, el lúpulo era el ingrediente adecuado: es un relajante de escasos
efectos, pero también tiene propiedades conservantes que posibilitaban el
transporte en trechos más largos.
Y para terminar, ¿por qué insisten con la
cebada? Bueno, como bien sabes, la Edad Media fue un tiempo de constantes
guerras entre señores feudales y demás, entonces había necesidad de poner orden
en la producción de bienes de consumo: mientras el trigo y el centeno se
dedicaban exclusivamente para el pan, la cebada seguiría siendo el insumo de la
bebida de la diosa Ninkasi. Era un asunto de seguridad alimentaria, pero
también de control de la producción agrícola.
En nuestros días, hay distintas
formas de preparar cerveza, pero la de cebada sigue siendo la más popular de
todas. ¡Salud por eso! Y a propósito, ¿Algún cumpleañero por aquí?
miércoles, 22 de abril de 2026
Quimera
viernes, 30 de enero de 2026
Compasión
viernes, 9 de enero de 2026
Abderramán III
Olvidos
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