martes, 18 de agosto de 2026

Yolanda

 Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… tenía un sabor ácido, de extrañeza en tierras hurañas… Esa canción, tarareada hacia 1985, en la voz de un niño huérfano, en cambio, sonaba a desafío, a necesidad de abrazar a quien ya no estaba: «si alguna vez me siento derrotado, renuncio a ver el sol cada mañana, rezando el credo que me has enseñado, miro tu cara y digo en la ventana: Yolanda, Yolanda». Y Yolanda ya no estaba.

Entre calles terrosas de gentes pobres, un par de años antes las gentes se sublevaban ante el poder del dictador. Esos campamentos —así se les llamaba en aquellos días a las invasiones populares de la periferia de Santiago de Chile— estaban conformados por migrantes, gentes de la ruralidad chilena que confluían en la capital del país sureño con el afán de un mañana mejor. Y, en aquellos días, el descontento era abrumador: el libre mercado pinochetista no había podido evitar la quiebra del sistema financiero, el desempleo masivo y la devaluación de la moneda. En las ollas de los pobladores —de aquellos que habitaban los innumerables campamentos— eso olía a precariedad, a hambre, a necesidades básicas insatisfechas. Los programas estatales de empleo de emergencia no aseguraban la subsistencia de nada… de nadie.

Desde el aciago 11 de agosto de un par de años atrás, el chiquillo se vio obligado a mendigar trabajo allí donde se lo permitieran. Ahora era a él a quien sus hermanos menores le lloraban, con ojos tristes, un pan. Más de una vez, en medio de su dolor, deseó haber sido él el blanco de las balas. «Ojalá hubiera sido yo». Y esa noche, cuando carabineros y militares disparaban a los bochincheros, tan pronto se sintió el ruido del bullicio y de la protesta, Yolanda les gritó: «Métanse en el ropero». Y por las rendijas de las tablas de madera que conformaban su casa podían ver los fogonazos de la calle y a la gente clamando y lanzando piedras. Algunas de estas dieron en su destartalado techo de calaminas viejas. Así se lo contaban sus pesadillas nocturnas. En sus horas de cansancio —en cambio—, esas en las que tenía que caminar de vuelta a casa, ni siquiera se atrevía a cantar; solo susurraba a modo de plegaria: «Yolanda, Yolaaandaa, mamáááá Yolanda».

Eran ocho guaguas a las que había que alimentar, vestir y educar. Al menos eso. La casucha de maderos y cañas les aliviaba el frío; pero tampoco tanto. El frío de los cuerpos se hacía hambre en las tripas y los plásticos apenas podían con tanto infortunio. Las marraquetas y los fideos eran escasos, y hasta las verduras de descarte se hacían esquivas. Eran más beneficiosas en los baldes de los porqueros, que ofrecían un regalito para el día en que beneficiaran a algún cerdo del mercado. Esa tarde sabían que lo que quedaba del día estaría «movido». Algunas patrullas ya habían pasado alertando desde un altavoz que el toque de queda era para todos y que los bullosos serían encerrados.

Había reunido a sus hijos y la consigna era no salir. «Que la curiosidad no nos gane. Estaremos seguros aquí», les dijo, a la vez que apagaba el televisor en blanco y negro. El miedo les hacía temblar el corazón… «No hay mucho que ver, y mañana de seguro seremos noticia… Ustedes son lo más importante para mí». Ellos no entendían el mensaje. Era consciente de que el gobierno no escucharía si faltaba una, y sentía que le fallaba a su comuna; pero esa noche, el «ustedes son más importantes para mí» se convertía en la renuncia a la colectividad mayor con el afán de salvar a los suyos. Luego de la orden del ropero, ella quiso asegurar su puerta y ventanas; pero una ráfaga le dio de lleno en el pecho y uno de los tiros le dio en la cabeza, provocando su muerte inmediata.

Han pasado 43 años de aquella tragedia; el chiquillo y sus hermanos se hicieron adultos; pero él, Patricio, con el cabello encanecido, algunas noches, en la oscuridad, canta en su memoria: «si he de morir quiero que sea contigo, mi soledad se siente acompañada, por eso a veces sé que necesito, tu mano, tu mano… eternamente tu mano». Y concluye: «Que la eternidad, un día, nos vuelva a juntar, mamá».

Yolanda Campos Pinilla era el nombre de aquella desventurada Yolanda.

miércoles, 15 de julio de 2026

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió. La pregunta merecía precisiones: "¿Acaso te refieres a seres celestiales o demoníacos que pueden alterar el curso de tu propia existencia o solo te preocupa la existencia de un ser superior? ¿Quizá estás pensando en las ninfas de los rios, o quién sabe si a los duendes nocturnos que te rozan la vida con sus enormes sombreros azules? Respondo para evitarte la pausa: Si. Dios existe. Y está más allá de esta vida, del aquí y ahora y de cualquier plano de las formas de geometría que nos rigen. De los demonios y de los ángeles ¿Qué puedo decir? En realidad nada. No sé si existen. A veces pienso que no. De existir y de su capacidad de influirnos dudo por el solo hecho de creer que soy un sujeto de libertad.... La mente maestra que está detrás de mi no creo que quiera regalarme una libertad ficticia..."

"No". Replicó el interrogador... "No... Dime otra cosa... Una que alivie lo que veo. Estos ojos míos la ven... Más de los dias... Y he confirmado que no estoy loco. Entiendo tu agnosticismo y la geometría euclidiana que me obliga a reconocer que la distancia más corta entre dos puntos es siempre una línea recta... Aunque los aviones prefieran volar en curva para llegar más rápido a sus destinos... Estos ojos míos la ven... Ven su lila figura en más de una mujer que claramente no es ella. Sé que murió hace meses y por eso sé que no es ella. Veo su sonrisa como una fuente que deja caer sus aguas transparentes... La veo y, aunque no creo, estoy convencido de que esa apariencia -que sé que no es cierta- es una forma de realidad que me niego a entender".

Esa tarde culminó cuando dejamos que nuestros ojos vieran más allá de los colores. El inquisidor solo se limitó a concluir " que nos haga reposar en verdes praderas", el otro, "que sea un pastizal de cabras".

lunes, 13 de julio de 2026

Duelo

 

¿Has oído Las Cautivas? Es un vals criollo de pausadísima musicalidad. Es una canción fúnebre en la que el pueblo le canta a las insufribles pérdidas de la Guerra del Pacífico… Evoca el viaje del crucero Lima por puertos chilenos, recogiendo los restos de los combatientes peruanos para devolverlos a la patria. Un asunto que, aun duele pero que esconde una historia jurídica que debe contarse en las aulas universitarias. La canción hace referencia al lamento popular por el retorno al seno de la patria de los restos de Elías Aguirre, Diego Ferré, Miguel Grau, entre otros.

El asunto empezó con la iniciativa de un político piurano, Pablo Seminario. Hizo una propuesta de ley, en la que requería la construcción de un mausoleo nacional y la autorización para gestionar diplomáticamente la entrega de los restos mortales de Miguel Grau. Más tarde, apareció otra figura poco recordada: Carlos Elías, ministro plenipotenciario del Perú en Santiago inicia conversaciones con el canciller del país vecino y, luego de llegar a acuerdos se intercambiaron las notas diplomáticas que exponían los acuerdos.

La guerra entre Perú y Chile había terminado con la suscripción del Tratado de Ancón en octubre de 1883 y, desde aquella vez, seis calendarios "habían pasado a mejor vida". Justo en las vísperas del décimo aniversario del Combate de Angamos la propuesta legislativa fue alcanzada con el aplauso de un buen grupo de parlamentarios. De hecho, la propuesta era muy piuranera: requería la devolución de los restos de Grau; empero, el presidente Avelino Cáceres amplió la propuesta a todos los héroes de la guerra, con el detalle de repatriar a quienes habían combatido en Angamos, Tarapacá, Alto de la Alianza y Arica.

A propósito de ciudades… en el vals Las Cautivas se llora la pérdida de Tacna, Arica y Tarapacá. Ellas son las cautivas. El cantor muestra su dolor y expone la esperanza del reencuentro. En esos días, en la última década del siglo XIX, Tacna aún estaba bajo dominio chileno y por eso anuncia una despedida: “Adiós Tacna, bella palma; adiós Arica laurel; mi Tarapacá querido, pronto los volveré tener”. La patria canta su dolor y, sabe que, en parte, su esperanza se desvanecía en las letras del Tratado de Ancón, que reconocía a Tarapacá como territorio del país del sur. Definitivamente, el crucero Lima tenía una tarea tristísima: recorrer territorios, que en otro tiempo fueron peruanos para devolver los cuerpos de los nacionales que descansaban en un espacio donde no merecían estar. Quizá esa sea la razón por la que la repatriación conmovió tanto al país. Grau había dicho alguna vez: «Si el Huáscar no regresa, entonces yo tampoco».

Y el derecho aun tiene más que decir. Carlos Elías -ya mencionado- le hacía saber a su par del país sureño que Perú solicitaba los restos de los combatientes nacionales. Se hacía mención de Miguel Grau y de Ladislao Espinar y, a la vez peticionaba las facilidades necesarias. La respuesta chilena llegó el 17 de junio de 1890 y reconocía la misión especial del crucero Lima, ordenaba a las autoridades de Tacna y Tarapacá colaborar con la misión y, exponía el compromiso de Chile de “allanar todas las dificultades que hubieren de presentarse para el fiel cumplimiento de ese patriótico encargo." Y, en la práctica, Chile hizo más: organizó ceremonias oficiales para reconocer los honores militares a los caídos y dispuso acompañamiento naval al crucero peruano es su travesía de regreso al territorio nacional.

El crucero Lima entró lentamente al Callao. Venía acompañado por el Esmeralda, el antiguo adversario convertido, por un instante, en escolta del duelo peruano. Las campanas doblaban en señal de duelo. Los balcones estaban cubiertos de crespones negros. Las autoridades vestían de luto. Después de once años, la patria abrazaba a sus muertos. Quizá por eso el pueblo terminó cantando aquello que ningún documento diplomático podía expresar: «Si en Lima por mí preguntan, díganles que preso estoy; el que quiera rescatarme, en Santiago de Chile estoy».

Era 15 de julio de 1890. Después de once años, el Perú recibía a sus héroes. El derecho había logrado lo que la guerra le había arrebatado a la patria: el regreso de sus muertos y, la memoria colectiva aseguraba en un dolorido canto la juntura del derecho, la historia y la evocación popular.

viernes, 12 de junio de 2026

Tareas

Lucía caminaba por el barro. Le agradaba la frescura que le regalaba. El sol del mediodía le provocaba pensamientos que su madre, quizá, no aprobaría. Quería meterse —toda ella— por en medio de esa tierra mojada. Le hacía gracia la idea de formar grumos de barro en medio de sus cabellos. A corta distancia, un par de latas se acomodaban sobre una hechiza losa de piedra. La voz de su madre, que venía de más allá, la desvió de sus propios pensamientos:

—¿Ya está? ¿Ya cumpliste la tarea de llenar de agua esas latas?

Con un movimiento afirmativo de cabeza cumplió con responder.

Y ahora, sus pensamientos se llenaron de la canción que su madre tarareaba: “Árbol, árbol, árbol frondoso y florido / Árbol, árbol, árbol frondoso y florido / cuando te ven sin hojitas te miran desconocido / cuando te ven sin hojitas, te miran desconocido”. Y deseó que ese árbol efectivamente estuviera allí, para apaciguar el sol que le provocaba las ganas de enlodarse como puerco. La madre, mientras tanto, ajena a sus lúdicos pensamientos, seguía en su canturreo mientras no dejaba de restregar un buen puñado de ropas de los suyos. Miró la esfera celeste…

—Ay, solcito, ¿no puedes alumbrar para otro lado?

Tomó una de las latas de agua y la vació sobre una tinaja de aluminio, y pidió a la muchachita que la volviera a llenar. Un cuenco plástico, hecho con un contenedor de pintura, sirvió para la tarea. Ahora con reniegos:

—¿Cuánto falta, má? ¿Me puedo bañar?

La mujer hizo oídos sordos.

Había terminado con las ropas pesadas: driles, pantalones de colegio, ropas de trabajo; y las aguas descoloridas habían servido para refrescar las calenturientas arenas que las circundaban. El río, este año, no había crecido. Las lluvias habían sido pocas y las obras de alcantarillado no tenían cuándo acabar. El agua potable era escasa y apenas caían chorritos que, con las justas, permitían agua para la cocina, aseos personales y alguna otra cosita dentro de la casa. Si había necesidad de agua para asuntos de mayor calado —limpieza de la casa, baños, lavado de ropa— o la llevabas desde el río, que estaba a quinientos metros de distancia, o es que ibas al río —a lo que quedaba de él— para hacer esos menesteres. Pues ahora tocaba padecer el sol sobre los propios pellejos, pero a la vez aprovecharlo para el secado pronto de las ropas y de las sábanas. Hasta la rugosa arena servía para ahorrar algo de jabón en el lavado de las zapatillas, de las medias, de las botas y de los pantalones.

Lucía había encontrado un recodo —pequeño— de agua. Allí, calladamente, se tiró sobre una pequeña laguna y aprovechaba un chope de algarrobos para guarecerse del inclemente sol.

—¡Hija…! ¿Dónde estás? ¡Llena agua! ¡Las latas están secas!

Era ella, la niña, la que ahora quería hacerse la desentendida. Ella seguía jugando con el agua entre sus pies. Extendida en el acuífero, subía sus piececitos hasta por encima de la superficie, llevando arena sacada desde el fondo. Jugaba a que buscaba pepitas de oro, y las piedrecitas que lograban la luz del sol eran —en su imaginación— el preciado metal. Un día, tendría mucho y llenaría ese arenoso cauce de árboles que le permitieran lavar su ropa sin el molestoso sol.

—Hija, el agua… rápido… ayuda, hijita —apuró en forma de súplica la madre, y ella, molesta con el sol, se echó a la tarea.

No era tanta, pero de tantas repeticiones ya se hacía pesada. Sobre una cama hecha de ramas se extendían los cobertores de cama, los pantalones, las camisas… Tres pares de zapatillas se secaban a punta de revolcones sobre la arena caliente que les daban de rato en rato. Y las latas se llenaron y se vaciaron, y así hasta que ya habían pasado algo más de cuatro horas. De hecho, el sol ya se había movido de su ubicación inicial y parecía que quemaba menos. Y ella preguntó:

—¿Y si le hacemos un caminito al río para que vaya a nuestra casa?

Y la respuesta venía a su medida:

—No, porque él tiene su propio camino y hay que respetar su destino. Tiene que llegar "hasta más allá" —y le señalaba el horizonte con el dedo— para que se case con el mar.

Un hato de caballos llegó en busca de agua. Y Lucía, ahora sobre los equinos lomos, jugaba a perseguir al sol para que no quemara tanto, para echarle un poco de agua y jugar con él a los carnavales. Y también pensaba que alguno de esos nobles animales le podría ayudar a llevar esas bateas que en un rato se llenarían de ropas limpias, secas o húmedas, que harían que el camino de vuelta a casa fuera pesado…

—¡Mamá, ¿quieres bañarte?! —gritó desde su acuífero refugio.

El "dame unos minutos" permitió que, en un rato más, la niña insistiera en la invitación. Los caballos se estuvieron un rato más, apacentándose en las cercanías, aprovechando la humedad de las orillas para remojar sus cascos, para patear el agua y refrescarse sus panzas. Y ella jugueteaba con la idea de tener una carreta en la que llevar sus trastos, jalada por un par de potrillos.

Un poco de ropa ya había sido recogida. Estaba seca y se acomodaba en una de las latas que hacía un rato eran el albergue de aguas de reposición. Otras hacían el esfuerzo de secarse sobre la cama de ramas, y de vez en cuando se volteaban con el afán de un pronto secado.

—Mamá… ¿y si hacemos una carreta y le presto las ruedas de mi bicicleta?

La mujer se quedó pensando: "Un día no necesitaremos venir tan lejos. Un día el agua caerá desde los caños y solo nos preocuparemos por que la utilicemos bien". Y es que llevar agua desde ese punto requería o de un yugo sobre los hombros de algún fornido muchacho —que demoraría unas tres horas y harto esfuerzo para conseguir unos doscientos litros de agua—, o de un par de cajones con sus bidones plásticos sobre un jumento para alcanzar, en el mismo tiempo y ahora con esfuerzo ajeno, esa misma cantidad del líquido elemento.

La mujer jugueteaba con su hija cuando advirtió que el sol ya había perdido su amarillo color y había tomado unas tonalidades naranjas que permitían mirarlo directamente. En forma de broma amenazante, dijo que se hacía de noche y que las lechuzas aparecerían. Retó a su menor a secarse prontamente y a cambiarse con algunas de las ropas secas…

—A la cuenta de diez —le dijo.

Y el mandato —formulado en lúdica letanía— logró pronto su finalidad. Con el sol perdiéndose en el horizonte, un par de mujeres —una mamá y una niña que no llegaba a los seis años— caminaban con tinas, latas, ropas y trastos, de vuelta hacia su casa, para seguir con las tareas escolares que, mañana lunes, debían presentarse en el colegio.

jueves, 28 de mayo de 2026

Orígenes

 La noticia casi le provoca un síncope al obispo Demetrio. "¿Me estás diciendo que Orígenes es presbítero? ¿Con autorización de quién?" El hombre lanzó el báculo contra la pared y gritó: "¿Qué tanto se cree? El emisario retrocedió lentamente, procurando no convertirse en testigo de aquella cólera episcopal. "Me va a escuchar en cuanto vuelva…" —masculló Demetrio. Luego, tras recuperar el aliento, añadió con una frialdad aún más inquietante: "O mejor… que no vuelva". El mensajero, ya desde la puerta, se limitó a responder: "Le haré saber la orden".

Demetrio permaneció unos instantes en silencio. Intentó serenarse, aunque sin demasiado éxito. Finalmente abandonó sus aposentos y se dirigió al Didascalio, la célebre escuela catequética de Alejandría. Allí habló largamente con el taquígrafo mayor y anunció cambios drásticos en la dirección de la institución. No llegó a destituirlo formalmente, pero dejó clara una advertencia: la continuidad dependería de la obediencia a las nuevas disposiciones del obispado. Y en aire quedó una pregunta: ¿Y qué iba a pasar con Orígenes? En realidad, nadie parecía saberlo.

El siglo III apenas comenzaba. El cristianismo había iniciado ya su separación definitiva del judaísmo y buscaba consolidar una identidad doctrinal propia dentro del convulso universo cultural del Imperio romano. En aquel escenario, Alejandría hervía como pocas ciudades del mundo conocido. Su puerto era una puerta por donde ingresaban mercancías, credos e ideas provenientes de todos los rincones del Mediterráneo; su biblioteca y sus escuelas reunían filósofos, astrólogos, gramáticos, místicos y teólogos que disputaban el sentido último de la realidad.

Los movimientos gnósticos, los neoplatónicos y los primeros círculos teológicos cristianos mezclaban la vieja filosofía racionalista griega con los misterios egipcios, la astrología caldea y las intuiciones espirituales del naciente cristianismo. Todo parecía susceptible de reinterpretación: Dios, el alma, la materia, el tiempo y la salvación. 

En medio de aquel torbellino intelectual surgió Orígenes Adamancio.

Era, sin duda, uno de los hombres más brillantes de su tiempo. Había sostenido ásperas disputas intelectuales con maestros paganos y cristianos, y casi siempre salía victorioso gracias a una capacidad argumentativa extraordinaria. Su lucidez impresionó profundamente a Demetrio de Alejandría, obispo de la ciudad y máxima autoridad de la sede de San Marcos, quien terminó confiándole la dirección del Didascalio cuando todavía era muy joven, casi un chiquillo.

Con el paso de los años, Orígenes se convirtió en una de las figuras más prestigiosas de la intelectualidad alejandrina. Gracias al apoyo económico de un rico benefactor llamado Ambrosio, pudo sostener dos aulas permanentes de enseñanza. Una estaba destinada a los iniciados y quedó bajo la dirección de Heraclas; la otra, reservada a los alumnos avanzados, era conducida por el propio Orígenes, que enseñaba teología, filosofía, matemáticas y astronomía con una naturalidad asombrosa.

Sin embargo, entre tanto prestigio comenzó a germinar un problema. Hacia el año 220, Orígenes solicitó a Demetrio la ordenación presbiteral. Consideraba que el sacerdocio fortalecería su tarea apologética y le otorgaría una legitimidad más sólida en las controversias doctrinales que libraba dentro y fuera de Egipto. Demetrio respondió con evasivas. Algunos días después lo llamó y le preguntó: "¿Crees que nuestra fe será mejor porque los fieles escuchen tus palabras?". La pregunta escondía mucho más que una simple duda pastoral. El conflicto era institucional. Mientras Orígenes adquiría fama en todo el Mediterráneo oriental, Demetrio comenzaba a percibir el riesgo de que aquel maestro laico terminara eclipsando la autoridad episcopal.

Era preferible conservarlo como un brillante intelectual subordinado antes que transformarlo en un presbítero con capacidad de intervenir en cuestiones doctrinales y administrativas del obispado. En el fondo, la disputa enfrentaba dos formas distintas de autoridad: la del cargo y la del genio. Para entonces, la fama de Orígenes ya se había extendido ampliamente. Eusebio de Cesarea cuenta que mantenía correspondencia con obispos, filósofos y teólogos de diversas regiones del Imperio. Viajó a Roma, Arabia, Antioquía, Palestina y Grecia, muchas veces convocado para resolver disputas doctrinales o participar en debates teológicos de enorme complejidad.

En algunos casos, las autoridades locales enviaban escoltas militares para garantizar su seguridad durante el trayecto. La celebridad intelectual de Orígenes comenzaba a parecerse a la de los grandes filósofos itinerantes de la Antigüedad tardía.

Y fueron precisamente esos viajes los que agravaron el conflicto.

Más de un obispo quedó maravillado con su talento exegético y con la profundidad de sus exposiciones. En Palestina, por ejemplo, Alejandro de Jerusalén y Teoctisto de Cesarea le permitieron predicar públicamente aun siendo laico. Aquello escandalizó a Demetrio. En su carta de protesta preguntaba con iracundia: "¿Cómo es posible permitir que un laico predique en una asamblea litúrgica? Sus razones no eran enteramente caprichosas. En una Iglesia que apenas comenzaba a estructurar sus jerarquías, la distinción entre obispo, presbítero y laico resultaba fundamental para preservar el orden institucional. Permitir que un intelectual carismático enseñara sin investidura sacerdotal parecía, para algunos, una amenaza al principio mismo de autoridad.

Los obispos palestinos respondieron con dureza. De todos los argumentos que se conservan, hay uno particularmente revelador. Decían, en esencia: “Si Dios ha concedido a Orígenes un don intelectual y una gracia exegética excepcionales, ¿no sería un pecado privar al pueblo de esa luz solo por defender un protocolo administrativo?” Algo se quebró definitivamente después de aquella carta.

Orígenes regresó a Alejandría y continuó dirigiendo la escuela catequética, pero la relación con Demetrio jamás volvió a ser la misma. Se refugió cada vez más en el estudio, rodeado de secretarios y escribanos que copiaban sus tratados y respondían la enorme cantidad de cartas que llegaban desde distintos lugares del Imperio. Las preguntas eran inagotables: la naturaleza de Cristo, la inmortalidad del alma, el sentido alegórico de las Escrituras, la resurrección, el destino final de la creación.

En el año 230 recibió nuevas invitaciones desde Grecia para intervenir en controversias relacionadas con el avance del gnosticismo. Antes de partir hacia Atenas hizo escala en Palestina. Allí, Alejandro y Teoctisto terminaron convenciéndolo de aceptar la ordenación sacerdotal. "La dignidad del sacerdocio te otorgará legitimidad espiritual y jurídica", le dijo uno. El otro remató: "Es un escudo institucional para tu misión". Probablemente ninguno de ellos imaginó que aquel gesto sellaría el nefasto destino de Orígenes. Demetrio reaccionó con furia. Consideró la ordenación una intromisión intolerable en la jurisdicción alejandrina y convocó sínodos para condenar la conducta del teólogo. Orígenes fue expulsado de Alejandría y terminó estableciéndose definitivamente en Cesarea.

La paradoja de su vida comenzaba entonces a tomar forma.

La posteridad lo reconocería como uno de los fundadores de la teología cristiana entendida como disciplina intelectual sistemática. Su influencia sobre la tradición oriental sería inmensa. Sin embargo, varios siglos después, parte de sus doctrinas serían condenadas durante el Segundo Concilio de Constantinopla, en el año 553. Las sospechas recaían principalmente sobre sus ideas acerca de la preexistencia de las almas, la restauración final de todas las criaturas —la célebre apocatástasis— y ciertas formulaciones subordinacionistas relativas a la Trinidad, elaboradas en una época en que el lenguaje teológico aún estaba lejos de alcanzar la precisión dogmática posterior.

Las actas conciliares conservan una sentencia demoledora: “Si alguno sostiene la mítica preexistencia de las almas y la consecuente apocatástasis, sea anatema”.

Sobre su figura también pesaron rumores persistentes, especialmente aquel que afirmaba que se había arrancado los genitales a sí mismo para evitar las tentaciones de la carne. La historia, transmitida principalmente por Eusebio, alimentó durante siglos la leyenda de un hombre dispuesto a llevar el ascetismo hasta extremos insoportables.

Quizá nunca sepamos cuánto hubo de verdad en ello. Pero hay algo indiscutible: Orígenes fue uno de esos hombres excepcionales a quienes la historia admira y castiga al mismo tiempo. "Padre de la Iglesia" le dicen algunos; "hereje" le llaman otros... Demasiado brillante para pasar inadvertido. Demasiado audaz para permanecer completamente dentro de los límites de su época.

lunes, 18 de mayo de 2026

Matrimonio

Corría el año 1520 y Martín Lutero ya había decidido incendiar —intelectualmente hablando— media cristiandad. Alejado de Roma y acompañado por el brillante filólogo Felipe Melanchthon, publicó La cautividad babilónica de la Iglesia, un texto escrito con la delicadeza de un martillo. Allí no solo atacaba al papa León X —o lo que, según él, quedaba de la autoridad papal—, sino también el corazón administrativo y espiritual del catolicismo: el sistema sacramental.

La pregunta era explosiva y aparentemente sencilla: ¿qué necesita realmente un ser humano para salvarse? Lutero ya había cuestionado las indulgencias en sus famosas 95 tesis; ahora iba mucho más lejos. A su juicio, Roma había convertido los sacramentos en una especie de peaje celestial: mecanismos para administrar la gracia de Dios… y, de paso, controlar conciencias, fidelidades y bolsillos.

La gracia divina —diría Lutero— no necesita sofisticadas arquitecturas teológicas ni tarifas eclesiásticas. Un sacramento solo puede llamarse así si cumple dos condiciones: haber sido instituido expresamente por Jesucristo y constituir un signo visible de una promesa divina de salvación. El matrimonio, sostenía, no cumplía ninguna de las dos. Existía desde muchísimo antes del cristianismo y prácticamente todas las civilizaciones le atribuían algún carácter sagrado. Además, en ningún evangelio aparece Cristo instituyéndolo como canal específico de salvación, perdón o pertenencia a la comunidad cristiana.

La discusión se volvió todavía más peligrosa cuando Lutero decidió hacer algo que rara vez termina bien para una institución antigua: volver a las fuentes originales. La Vulgata Latina —la Biblia oficial de Occidente— traducía un pasaje de la carta a los efesios en el que Pablo de Tarso parecía llamar “sacramento” a la unión entre marido y mujer, reflejo del vínculo entre Cristo y la Iglesia. Pero Lutero fue a los manuscritos griegos y encontró otra palabra: mysterion. No “sacramento”, sino “misterio”.

La diferencia parecía pequeña, pero tenía consecuencias gigantescas. Si el matrimonio era un misterio espiritual y no un sacramento instituido por Cristo, entonces podía volver a ser un asunto terreno. Y así lo dijo sin demasiados rodeos: “El matrimonio es un asunto secular y externo (ein weltlich Geschäft), igual que el vestido y la comida, la casa y el patio, sujeto a la autoridad civil”. En una sola frase, reyes, jueces y funcionarios públicos recuperaban un poder que durante siglos había estado bajo la vigilancia de Roma.

Lo curioso es que la historia del cristianismo temprano no contradice del todo a Lutero. Durante el primer milenio, el matrimonio ciertamente recibía bendiciones religiosas, pero no era considerado una autopista privilegiada hacia la gracia divina. De hecho, cuesta sostener que fuese plenamente “sacramental” en una época en la que todavía era posible repudiar a la esposa por motivos sorprendentemente triviales. Incluso el concepto técnico de “sacramento”, tal como hoy se entiende, estaba todavía en construcción.

En el viejo derecho romano bastaba la affectio maritalis: la voluntad de comportarse como marido y mujer. Nada de sacerdotes, registros civiles o expedientes canónicos. Era, esencialmente, un contrato privado. Los cristianos posteriores al Primer Concilio de Nicea conservaron muchas de las formas romanas —anillos, dotes, banquetes, vestidos ceremoniales—, pero añadieron un ingrediente decisivo: el matrimonio debía celebrarse “en el Señor”. Cristo aparecía como testigo moral de la unión y el obispo comenzaba lentamente a convertirse en árbitro de los conflictos matrimoniales. No era obligatorio acudir a él, pero cuando había problemas, todos terminaban mirando hacia la autoridad eclesiástica. O a lo mejor si. Ignacio de Antioquía dice, en su carta a Policarpo, que los esposos deben unirse “con el consentimiento del obispo, para que el matrimonio sea según el Señor”.

Agustín de Hipona intentó solidificar el sentido teológico del asunto. Para él, el matrimonio era una especie de medicina contra la concupiscencia: un remedio legítimo frente al desorden sexual heredado del pecado de Adán. Además, cumplía funciones nobles: garantizaba la procreación, simbolizaba la fidelidad de Cristo hacia la Iglesia y hacía visible la indisolubilidad del pacto divino.

Aunque, claro, había letra pequeña. El sexo dentro del matrimonio solo encontraba verdadera legitimidad si estaba orientado a la procreación. El placer sexual por sí mismo seguía despertando sospechas morales y podía requerir atención en el confesionario. Aun así, incluso en Agustín, el matrimonio no tenía exactamente la misma categoría que el Bautismo o la Eucaristía. Era importante, sí; santo, probablemente; pero seguía pareciéndose más a un sacramental que a uno de los grandes canales directos de la gracia divina.

Mientras tanto, Europa hervía. Los siglos avanzaban y los movimientos milenaristas descubrían que anunciar el fin del mundo daba malos resultados proféticos, pero excelentes resultados políticos. Muchos comenzaron a identificar a la Iglesia de Roma con la Gran Ramera del Apocalipsis: demasiado rica, demasiado poderosa y demasiado interesada en las cosas terrenales.

En ese clima aparecieron los cátaros, especialmente fuertes en el sur de Francia durante el siglo XII. Y ellos sí llevaron el problema del matrimonio hasta sus últimas consecuencias. Si la materia era intrínsecamente mala, entonces traer hijos al mundo equivalía poco menos que encarcelar almas espirituales dentro de cuerpos corruptibles. El matrimonio no era un sacramento: era una conspiración biológica del maligno. Paradójicamente, les parecía incluso peor que la relación sexual ocasional. En esta última todavía había culpa y arrepentimiento; en el matrimonio, en cambio, la lujuria quedaba institucionalizada y bendecida bajo apariencia religiosa. El matrimonio no tiene ningún valor espiritual.

La reacción de Roma fue tan teológica como política. En el Concilio de Verona (1184), mediante la bula Ad abolendam, la Iglesia, siguiendo la posición de Pedro Lombardo, respondió elevando explícitamente la unión matrimonial a una condición santificada por el Espíritu Santo. La sacramentalización del matrimonio servía para combatir a los cátaros, pero también resolvía otro problema muchísimo más terrenal: el caos de las dinastías europeas.

Los nobles medievales tenían una tendencia bastante incómoda a cambiar de esposa según las necesidades diplomáticas del momento. Al convertir el matrimonio en sacramento, el Papa adquiría autoridad sobre la legitimidad de las uniones, las anulaciones y, sobre todo, los herederos. Desde entonces, casarse dejó de ser solo una cuestión privada o familiar: pasó a convertirse en un asunto de equilibrio político continental. Los tribunales eclesiásticos empezaron a decidir no únicamente sobre pecados, sino también sobre coronas, herencias y alianzas entre reinos.

La historia terminaría de consolidarse en el Segundo Concilio de Lyon (1174), donde la sacramentalidad del matrimonio fue reafirmada ya con pretensiones universales y en diálogo con las iglesias orientales. El Concilio de Trento puso la cereza del pastel: le dio calidad de dogma de fe (1563). Fue una respuesta contundente a la posición privatista del cismático Martín Lutero.

Esas ideas merecen otro texto.

domingo, 17 de mayo de 2026

Olvidos

Sus dolencias se apagaron con un par de tequilas. La noche se desdibujó en el bullicio de un bar, entre conversaciones ajenas y revelaciones que nadie quería saber.
 
Miró hacia el techo y se tomó un shot de tequila de un solo tirón. Mientras el calor alcohólico provocaba gestos de mal sabor, sus pensamientos dedicaron a la mujer que lo había dejado los más graves improperios que el amor de sus días pasados pudiera merecer: «por ti, perra».
 
El gesto de desagrado desapareció un par de minutos después. La música estaba a todo volumen y la camarera le dedicó una mueca de admiración mientras con la mano le ofrecía la segunda dosis. Respondió con un gesto de espera, girándose sobre su asiento para mirar al público que, entre las mesas del local, movía sus cuerpos intentando transmitir con fuerza la estridencia de las melodías.
 
Era el lugar perfecto para olvidar. Cualquier «te quiero» de cualquier canción se convertía en el resorte de los recuerdos, de los momentos mejores junto a «la perra esa» que había tenido el valor de dejarlo por sus excesos en las borracheras, por sus deshonestidades, por… por cualquier cosa que hubiera hecho mal. Su vicio de apostar la paga de la semana a los partidos de fútbol, por ejemplo. «Yo también tengo culpa», se dijo.
 
Se acercó a un mesero, pidió otra bebida y pagó con un billete de cincuenta soles.
 
Pero quería olvidar de verdad, y estaba seguro de que encontraría a alguien con quien hacerlo. Alguien que también quisiera dejar atrás sus propios errores… El extremo izquierdo de la barra, adornado con una escultura hecha con arcilla de Chulucanas, ocultaba a una mujer morena que ahogaba sus lágrimas en un vaso de cerveza. Ella lo miró, sin ser consciente de lo que reflejaban sus ojos, porque sus propios pensamientos la tenían atada a lo que quería desechar de su vida… «Esa cerveza seguro está llena de penas», le dijo mientras fingía una sonrisa agradable. Allí se encontraron dos rostros en los que dos penas, quizá semejantes, convirtieron esa noche en una oportunidad perfecta para el olvido.
 
—¿Ves a esa pareja que baila en medio de la pista? ¿Al muchacho con bermudas rosadas? ¿Te parece si cambiamos nuestros cuerpos por el movimiento? Vamos, bailemos. Que todo se vaya con un vaso de cerveza —le dijo, tomándole la mano.
 
Como respuesta, ella ya estaba bailando a su lado, mientras con un solo movimiento vaciaba el contenido de su vaso. «Que esta noche sea solo para mí…»pensó, levantó su índice hasta muy cerca de la boca de su nuevo acompañante y, en tono de advertencia, le susurró: «pero no quiero preguntas». Y bailaron y bebieron… Luego de un rato se ofrecieron sus respectivos nombres.
 
El local cerró a las tres de la madrugada, pero ellos continuaron juntos hasta que la luz del amanecer, entrometida, se abrió paso entre la ventana de la camioneta de la mujer.
 
Rodaron por las calles vacías, entre luces que se desvanecían como los recuerdos que querían dejar atrás. El motor zumbaba como una canción de fondo, y ni siquiera se dieron cuenta de cuándo dejaron de hablar; las palabras sobraban cuando lo que necesitaban era solo sentirse vivos de nuevo, lejos de las culpas, lejos de los adioses, lejos de todo lo que les había causado dolor.
 
La nave del olvido había alzado vuelo.

Yolanda

 Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… tenía un sabor ácido, de extrañeza en tierras hurañas… Esa canción, tararead...