domingo, 17 de mayo de 2026

Olvidos

Sus dolencias se apagaron con un par de tequilas. La noche se desdibujó en el bullicio de un bar, entre conversaciones ajenas y revelaciones que nadie quería saber.
 
Miró hacia el techo y se tomó un shot de tequila de un solo tirón. Mientras el calor alcohólico provocaba gestos de mal sabor, sus pensamientos dedicaron a la mujer que lo había dejado los más graves improperios que el amor de sus días pasados pudiera merecer: «por ti, perra».
 
El gesto de desagrado desapareció un par de minutos después. La música estaba a todo volumen y la camarera le dedicó una mueca de admiración mientras con la mano le ofrecía la segunda dosis. Respondió con un gesto de espera, girándose sobre su asiento para mirar al público que, entre las mesas del local, movía sus cuerpos intentando transmitir con fuerza la estridencia de las melodías.
 
Era el lugar perfecto para olvidar. Cualquier «te quiero» de cualquier canción se convertía en el resorte de los recuerdos, de los momentos mejores junto a «la perra esa» que había tenido el valor de dejarlo por sus excesos en las borracheras, por sus deshonestidades, por… por cualquier cosa que hubiera hecho mal. Su vicio de apostar la paga de la semana a los partidos de fútbol, por ejemplo. «Yo también tengo culpa», se dijo.
 
Se acercó a un mesero, pidió otra bebida y pagó con un billete de cincuenta soles.
 
Pero quería olvidar de verdad, y estaba seguro de que encontraría a alguien con quien hacerlo. Alguien que también quisiera dejar atrás sus propios errores… El extremo izquierdo de la barra, adornado con una escultura hecha con arcilla de Chulucanas, ocultaba a una mujer morena que ahogaba sus lágrimas en un vaso de cerveza. Ella lo miró, sin ser consciente de lo que reflejaban sus ojos, porque sus propios pensamientos la tenían atada a lo que quería desechar de su vida… «Esa cerveza seguro está llena de penas», le dijo mientras fingía una sonrisa agradable. Allí se encontraron dos rostros en los que dos penas, quizá semejantes, convirtieron esa noche en una oportunidad perfecta para el olvido.
 
—¿Ves a esa pareja que baila en medio de la pista? ¿Al muchacho con bermudas rosadas? ¿Te parece si cambiamos nuestros cuerpos por el movimiento? Vamos, bailemos. Que todo se vaya con un vaso de cerveza —le dijo, tomándole la mano.
 
Como respuesta, ella ya estaba bailando a su lado, mientras con un solo movimiento vaciaba el contenido de su vaso. «Que esta noche sea solo para mí…»pensó, levantó su índice hasta muy cerca de la boca de su nuevo acompañante y, en tono de advertencia, le susurró: «pero no quiero preguntas». Y bailaron y bebieron… Luego de un rato se ofrecieron sus respectivos nombres.
 
El local cerró a las tres de la madrugada, pero ellos continuaron juntos hasta que la luz del amanecer, entrometida, se abrió paso entre la ventana de la camioneta de la mujer.
 
Rodaron por las calles vacías, entre luces que se desvanecían como los recuerdos que querían dejar atrás. El motor zumbaba como una canción de fondo, y ni siquiera se dieron cuenta de cuándo dejaron de hablar; las palabras sobraban cuando lo que necesitaban era solo sentirse vivos de nuevo, lejos de las culpas, lejos de los adioses, lejos de todo lo que les había causado dolor.
 
La nave del olvido había alzado vuelo.

martes, 12 de mayo de 2026

Investigación

La historia del derecho, esa que se teje en medio de tribunales y expedientes, está arrebujada de anécdotas, de incidentes memorables, de intervenciones inesperadas y de teatralidades disparatadas donde el demandante o el demandado, el fiscal o el acusado, terminan convertidos en el centro de atención. Las redes sociales se han transformado, en nuestros días, en la gran pizarra pública de esos sucesos: el mural parroquial donde se anuncian los divorcios entre el interrogatorio y la respuesta imprevista.

Basta buscar algún caso mediático y descender a la ciénaga de los comentarios para llegar a esa espumosa orilla donde naufragan las pretensiones académicas de quienes se quemaron las pestañas leyendo jurisprudencias y extensos tratados para entender la culpabilidad o distinguirla de cualquier otro elemento personal del delito. Allí, en ese algarrobal de opiniones, aparecerán las dudas más preclaras: “¿Cuánto le habrán pagado al fiscal para que haga mal su trabajo?”; o los epitafios instantáneos: “Estamos en el Perú, cualquier cosa puede pasar”.

Esas expresiones de desengaño no son más que formas de desentendimiento: maneras cómodas de mantenerse lejos de la realidad procesal, de ignorar los vericuetos del expediente y la complejidad de una investigación penal. Se pretende una justicia infantil, hecha con la simpleza del “corta y pega”, como si el derecho pudiera reducirse a una tarea escolar. En ese mundo vivimos y allí toca administrar justicia. A los fiscales, particularmente, les corresponde levantar los muros de esa construcción.

Los tribunales norteamericanos, por supuesto, también han ofrecido historias memorables. Ahí está el célebre guante del caso de O. J. Simpson, episodio sobre el que más de un crítico sostiene que la acusación perdió el juicio al exigir que el acusado probara un mitón recogido en la escena del crimen sin haber previsto si realmente su mano cabría con facilidad en él. O aquella otra historia del mediático abogado F. Lee Bailey, quien, intentando convencer al jurado de que la cadena de fierro usada para golpear al agraviado no podía causar daños mayores, tomó el arma y decidió golpearse el muslo durante el contrainterrogatorio. No calculó, sin embargo, que el último eslabón impactaría de lleno sobre la rótula. El grito se le quedó anudado en la garganta; la palidez y la cojera hicieron el resto del alegato.

En ese pequeño universo de historias de historieta, bien vale celebrar a quienes hoy conmemoran su día: los fiscales. Y para acompañar la ocasión conviene volver, una vez más, a los anales de la jurisprudencia norteamericana, esa que no solo nos ha dejado películas para ilustrar clases universitarias, sino también episodios capaces de mostrar las formas extrañas y risueñas en que la justicia suele hamaquearse.

Corría 1974. Era la época dorada de los asesinos seriales. Los nombres de Ted Bundy, John Wayne Gacy, Jeffrey Dahmer o Harvey Carignan todavía no habitaban el imaginario colectivo con la claridad de nuestros días; se temía, más bien, a sus actos y a la posibilidad de que aparecieran frente a cualquier mujer —vecina o familiar— para convertirla en objeto de sus insanias.

Una bicicleta volcada junto a un camino apartado podía anunciar una tragedia. Un vestido desgarrado en medio de un maizal se convertía, demasiadas veces, en el prefacio de una noticia policial. Un zapato perdido entre los árboles o una mancha de sangre sobre un tronco seco bastaban para anticipar escenas de dolor. Mientras tanto, policías y fiscales trabajaban apenas con descripciones borrosas que poco ayudaban a identificar a esos desequilibrados.

Dentro de ese panorama, Harvey Carignan era un sujeto poco confiable. La policía desconfiaba de él porque siempre llevaba un diario bajo el brazo y porque ya había pasado por la célebre prisión de Alcatraz Federal Penitentiary. Ese solo antecedente parecía delinear su perfil. Sus ingresos a prisión habían sido por robos, asaltos y homicidios. A inicios de los años setenta recuperó la libertad; para mediados de 1974 ya existían denuncias de sobrevivientes que describían un mismo patrón: respondían a anuncios de trabajo dirigidos a mujeres jóvenes, subían a un vehículo verde oscuro y, en medio de lugares apartados, eran atacadas.

Algunas reconocían a Carignan en los álbumes policiales, aunque sin demasiada seguridad. Finalmente fue detenido. En su vehículo encontraron revistas pornográficas, mapas de distintos estados —especialmente de Minnesota y Washington—, ubicaciones de restaurantes de menú, gasolineras y anotaciones de kilometraje en caminos alternos. Varios espacios boscosos aparecían marcados con círculos.

Los noticieros de sábado por la noche todavía recordaban el caso de Kathy Miller, desaparecida desde el 1 de mayo de 1973. Interrogado sobre ella, Carignan negó conocerla. Sin embargo, las primeras noticias habían señalado que la joven salió de casa rumbo a una entrevista de trabajo en una estación de gasolina. Algunas sobrevivientes ya habían relatado una historia semejante.

El fiscal tenía poco entre manos. La madre de Kathy insistía diariamente, pero no existía un cuerpo, ni prendas, ni evidencia material que vinculara directamente al sospechoso con la desaparición. La posibilidad de una fuga voluntaria seguía siendo tan plausible como la de un homicidio.

Entonces apareció una mujer llamada Rita Wright. Se presentó en casa del fiscal y aseguró que podía ayudarlo a encontrar a Kathy. Hablaron un momento; luego, la mujer hizo referencia a ciertas habilidades especiales. El fiscal, agotado y sin mayores alternativas, decidió escucharla. Rita extendió un pañuelo sobre el suelo de la sala y se sentó en el centro. En medio de la noche, encendió varios cigarros sobre pequeños cuencos de cerámica y empezó a observar las volutas de humo que ascendían lentamente. Movía las manos como si quisiera apartarlas para mirar detrás de ellas. De pronto comenzó a describir una carretera, un desvío, un cartel con la inscripción “Swinomish Village” y un bosque espeso. Incluso pronunció algunas palabras en lushootseed, la lengua de ciertos pueblos indígenas de la zona. Con esos datos, días después, en julio de ese año, apareció el cuerpo abandonado de Kathy Miller.

El fiscal jamás incorporó oficialmente aquella información a la investigación. Nunca se reconoció que una médium hubiera proporcionado información decisiva para hallar a la desaparecida. La versión formal sostuvo que dos adolescentes encontraron casualmente el cadáver mientras caminaban por el bosque. Sin embargo, la crónica negra —esa que circula por debajo de las mesas judiciales— siempre supo otra cosa. Lo sabían los vecinos, las comadres y los curiosos apostados tras las ventanas: la justicia, muchas veces, se alimenta de fuentes que el discurso oficial no está dispuesto a admitir.

Aunque Harvey Carignan nunca fue procesado por la muerte de Kathy Miller, las sospechas sobre su responsabilidad persistieron durante años. El Estado prefirió concentrarse en aquellos casos donde las víctimas sobrevivieron y pudieron reconocerlo como agresor. Las condenas fueron suficientes para sepultarlo en prisión: cadena perpetua y penas adicionales por otros homicidios. Al final, la suma de castigos alcanzó cifras absurdas. Sus huesos, después de todo, no eran suficientes para cumplir los ciento cincuenta años de cárcel que la justicia decidió imponerle. 

viernes, 8 de mayo de 2026

Derrota

 

Los días de mayo de 1945 fueron, para el Tercer Reich, una agonía de escombros y humo. Tras el suicidio de Hitler en el subsuelo de una capital sitiada, la jefatura de un Estado ya inexistente recayó en el Gran Almirante Karl Dönitz. Sin embargo, la suya fue una autoridad espectral, un "mando de papel" ejercido desde la periferia, mientras el suelo alemán era devorado por el avance aliado.

Para el 8 de mayo, la soberanía alemana era un concepto abstracto. Con el Ejército Rojo dictando su ley en Berlín, los norteamericanos presionando desde el suroeste y los británicos consolidando el noroeste, no quedaba administración, solo restos de un ejército que se negaba a morir. Por ello, los Aliados no buscaron a Dönitz en su refugio de Flensburgo; les urgía una firma con peso militar, la de Wilhelm Keitel, Jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas (OKW). Necesitaban que el hombre que movía los mapas ordenara a cada soldado, desde los fiordos noruegos hasta las montañas italianas, soltar el fusil.

El trayecto de Keitel hacia la capitulación fue su propio vía crucis. Voló desde Flensburgo hacia Berlín en un avión británico, custodiado por el mismo aire que antes dominaba la Luftwaffe y que ahora le pertenecía al enemigo. Al aterrizar, el paisaje fue una bofetada de realidad: la Berlín que él ayudó a soñar como capital del mundo era hoy un laberinto de cráteres, fachadas calcinadas y un silencio sepulcral interrumpido solo por el paso de los tanques soviéticos.

Fue conducido a la Escuela de Ingeniería Militar de la Wehrmacht en Karlshorst. Allí, en lo que fuera un centro de formación de oficiales alemanes, los soviéticos habían instalado su cuartel general. Tras un breve y gélido intercambio con los mandos aliados, Keitel fue escoltado a una habitación para una espera que se hizo eterna. El cuarto era de una simplicidad insultante para un Mariscal de Campo: una cama, una mesa de madera, una silla y un lavabo. No había espacio para la pompa, solo para el encierro. Bajo una vigilancia asfixiante que no permitía visitas ni salidas, Keitel pulió su uniforme y su monóculo, aguardando el llamado de la historia en medio de la noche.

Cerca de las 23:50 horas, el silencio del pasillo se rompió. Dos militares lo escoltaron hacia el antiguo comedor. Keitel apareció como un fantasma del pasado: vestía su uniforme de gala gris, impecable y rígido, con las condecoraciones brillando bajo las luces de los reporteros. En su mano, el bastón de Mariscal de Campo, símbolo de una casta militar que se resistía a la humillación.

Frente a él, la mesa de los vencedores: Zhúkov por la URSS, Tedder por el Reino Unido, Spaatz por EE. UU. y De Lattre por Francia. Keitel caminó con el bastón bajo el brazo izquierdo, siguiendo el manual prusiano hasta el último paso. Al llegar, levantó el bastón verticalmente frente a su rostro. Fue un saludo de autoridad dirigido a hombres que ya no le reconocían ninguna; un acto de soberbia final que fue respondido con un silencio de granito y un gesto seco que le indicaba dónde sentarse.

A las 23:43, Keitel estampó su firma. En ese instante, el Alto Mando Alemán se entregaba incondicionalmente. El documento no hablaba de clemencia ni del destino de los prisioneros; era un cheque en blanco para los vencedores. Con ese trazo de pluma se cerraba el capítulo de la guerra y se abría el de la justicia: apenas meses después, el mundo se volvería a reunir en Núremberg para juzgar, bajo una nueva ley internacional, a los hombres que, como Keitel, creyeron que la obediencia era un escudo contra la infamia.

 

jueves, 23 de abril de 2026

Cerveza

 

¿Sabes por qué la cerveza, en la mayoría de sus fórmulas, se elabora con cebada? De mis días de juventud, para disimular nuestra ubicación y actividad, nos decíamos entre amigos a modo de invitación: “¿Y si nos tomamos un par de cebadas?”. Una forma dulcificada de invitarnos a beber unas cervezas. ¡Hasta nos inventábamos cumpleaños de pretexto! Y aunque más de una vez le cambiamos el nombre solo por “el qué dirán”, lo cierto es que la cerveza es sinónimo de civilidad… pero eso no se lo cuentes a mi madre, ¡que puede que te devuelva un "pencazo" por tanta insolencia! Igual, te cuento mis razones.

 En los poemas sumerios, tablillas cuneiformes de hace cuatro mil años, se narra que Enkidú —héroe legendario de la cultura sumeria— fue creado por la diosa Ningursag y puesto en medio de la naturaleza. Vivía en estado salvaje hasta que se encontró con una mujer, y esta le enseñó a ser “hombre”. Y claro, podrías pensar que se trata de un apareamiento, ¡pero no! La mujer no le ofrece sexo. En la tablilla II de la versión estándar de la Epopeya de Gilgamesh, se lee: "Enkidu no sabía qué era el pan ni sabía beber cerveza... Comió el pan hasta saciarse y bebió la cerveza, siete jarras de ella. Su espíritu se liberó, se sintió alegre, su rostro brilló y se lavó con agua. Entonces, se convirtió en un hombre". Y no diré más.

 Pero sí. La cerveza era sagrada, un regalo de los dioses. Y no es que hubiera un profeta, chamán o sacerdote que así lo hubiera anunciado. Era un asunto de fenomenología: si dejas un poco de agua estancada, poco tiempo después se pudre; pero si esa agua la complementas con cereales, miel y dátiles y la expones a la naturaleza, entonces, unos días después, tienes una cerveza muy nutritiva. En aquellos días, la consistencia de la cerveza era equivalente a lo que nosotros servimos como la avena del desayuno, algo grumosa, al punto que si no querías “comer” las harinas que flotaban en la emulsión, usaban pajillas para filtrar el líquido directamente a sus gargantas… Siento que no era muy agradable, o… ¿quién sabe? Cualquiera podía darse cuenta de que ese proceso de días debía tener una explicación, pero ante el desconocimiento de la existencia de bacterias o levaduras como causantes del resultado, lo mejor que podía decirse como explicación era que, en medio de esa sopa fermentosa de cereales, vivía la diosa Ninkasi, que les regalaba a los hombres ese líquido para “no morir”. Si tomas agua estancada es probable que enfermes; pero si es cerveza, no solo te alimentas, sino que hasta te produce alegría.

 Regresemos a su insumo principal: la cebada. ¿Por qué la cebada? ¿Por qué no el arroz o el trigo, que también son cereales? El Himno a Ninkasi, del 1800 a.C., siempre menciona el pan de cebada, el bappir, como insumo fundamental. Y aunque no se dice nada en las tablillas sumerias, hoy podemos afirmar que la cebada se presta excepcionalmente para la elaboración cervecera. Cuentan los que saben que, mientras el trigo y el centeno son fáciles de descascarar, la cebada es muy resistente. Esto, en el tiempo de la fermentación, facilita que el líquido se mantenga separado de los sólidos, posibilitando un tamizaje más eficiente. Además, y creo que esta es la razón más importante, sus enzimas facilitan la fermentación: el almidón del grano se marida perfectamente con las levaduras para un mejor alcohol. ¡Dichoso maridaje, que nos ha regalado tan buenas aguas!

 Pero no confundamos las cosas. En los tiempos de Enkidú, la cerveza no era un producto superfluo: era pan líquido, era alimento y, por tanto, requería regulación. Por eso Hammurabi la menciona en distintas partes de su legislación. Textualmente, en alguna parte, dice: "Si una tabernera no acepta grano por el pago de la cerveza, sino que acepta dinero por el peso, o si la calidad de la cerveza es inferior a la del grano, se la declarará culpable y se la arrojará al agua hasta morir". La idea era asegurar las economías de las familias campesinas y que las equivalencias de los trueques posibilitaran a todos el acceso a la cerveza, incluso cuando no se tenía dinero en efectivo. ¿Cuántas veces has dejado empeñado tu DNI en la cantina de la esquina? Mejor no me cuentes.

 El sol le ha dado vueltas y más vueltas a la Tierra, y llegamos a alguna centuria más nuestra. Tengo la fecha precisa: el 23 de abril de 1516, Guillermo IV de Baviera —territorios propios de la actual Alemania— dicta la “Ley de Pureza de la Cerveza” y reconoce que sus componentes son: agua, malta de cebada y lúpulo. Este es el fundamento de nuestra actual cerveza, aunque para nuestros días también se reconoce como componente a la “levadura”. Y se hace la precisión por razones de salubridad. ¿Recuerdas que los sumerios agregaban miel y dátiles? Los alemanes le metían una mezcla de hierbas para dar sabor, conservar la bebida y aportar efectos medicinales o eufóricos. Había quienes le agregaban sustancias alucinógenas. Así, para mitigar estos efectos, el lúpulo era el ingrediente adecuado: es un relajante de escasos efectos, pero también tiene propiedades conservantes que posibilitaban el transporte en trechos más largos.

 Y para terminar, ¿por qué insisten con la cebada? Bueno, como bien sabes, la Edad Media fue un tiempo de constantes guerras entre señores feudales y demás, entonces había necesidad de poner orden en la producción de bienes de consumo: mientras el trigo y el centeno se dedicaban exclusivamente para el pan, la cebada seguiría siendo el insumo de la bebida de la diosa Ninkasi. Era un asunto de seguridad alimentaria, pero también de control de la producción agrícola.

En nuestros días, hay distintas formas de preparar cerveza, pero la de cebada sigue siendo la más popular de todas. ¡Salud por eso! Y a propósito, ¿Algún cumpleañero por aquí?

miércoles, 22 de abril de 2026

Quimera

La negrura de la noche se confundió con los recuerdos. Y todos aparecían menos aquel que pudiera ofrecer una salida a la incertidumbre.
 
«¿Fuiste tú, el de aquella noche?». Y hubiera querido saber de qué noche hablaba; mas su alma tiritaba por querer ser aquel que sus ojos vieron... Pero no sabía más.
 
La memoria no le alcanzaba para saber de qué le hablaban, aunque el deseo de saber era mayor. Y, siguiendo los consejos de los mayores, vendría bien preguntar: «¿Dónde? ¿Cuándo?». Y no quiso hacerlo, solo por no salir de la escena en la que quería estar. La pregunta no fue pronunciada, salvo porque detrás del «depende» estaba la pretensión común de saber... De un lado, si era el recuerdo correcto; del otro, si efectivamente correspondía a un recuerdo verdadero.
 
La memoria tiene esos requiebros: olvidar en el momento justo, aquello que no asegura la supervivencia, pero también tejer los vacíos con retazos de historias vividas y olvidadas en algún altar del pasado. ¿Cómo es que la memoria me recuerda mis paseos por el Sena si ni siquiera he podido poner pie en el Atlántico? Y esa conversación con Asmodeo, en la que discutimos sobre los maridos de Sara y el olor de las entrañas quemadas del pescado ¿por qué viene tan seguida a sabiendas de que no es real?
 
Esa noche estabas en el bar, y llené tu copa de champán. Me regalaste el sorbo mejor para una imaginación desmejorada, en la que solo era yo el que caminaba en tus deseos a pesar de ti y en favor de tu alegría. Era yo desvaneciéndome en un chispazo del deseo y rememorándome intencionalmente para mi contento.
 
Era yo en recuerdos de vivencias no ocurridas.

viernes, 30 de enero de 2026

Compasión

Caminábamos esa tarde. Después de años, había encontrado un espacio en el que hablar de justicia, de derechos humanos, de leyes y de Constitución no era un ejercicio de verificación mecánica, sino una pregunta íntima y difícil: ¿sientes que haces bien las cosas? Ya no se trataba solo de comprobar el cumplimiento literal de la ley —“¿Ah… mataste? Bien, te corresponden tantos años de cárcel”—, sino de mirar el ordenamiento jurídico desde los ojos de la necesidad humana.
Conversaba con un abogado apurimeño que intentaba —con paciencia y algo de ironía— hacer que mi testa comprendiera que, en ciertos contextos, unos latigazos por las corvas, en medio de la comunidad reunida, podían resultar más eficaces que diez o veinte años de prisión. El parámetro de medición era otro. Intentaré ahora reproducir aquella conversación.
—Costeñito —me decía; había allí sarcasmo y algo más que compasión—. ¿Cómo se dice en la misa?
Lo miré con gesto de absurdo.
—¿Cómo se dice en la misa? —repitió, con una brevísima dosis de chanza—. Señor, ten piedad; Cristo, ten piedad; Señor, ten piedad.
Luego preguntó:
—¿Qué estás diciendo ahí?
—Le pido a Dios, al ser superior, su perdón —respondí, más por complacerlo que por convicción.
Entonces me explicó que ese perdón era, en realidad, una petición de reverencia. Hizo notar que esa misma forma de pedir perdón es la que propone un reo cuando está frente al fiscal o el juez que le impondrá una pena de cárcel. Se rio.
—O tú mismo —añadió—, frente al policía cuando te va a poner una multa.
—Pongo cara de perro reñido e intento justificarme —completé.
—Eso. Tal cual —concluyó.
En la misa de su pueblo, en las alturas de Apurímac, la expresión es distinta:
Taytaku khuyapayawayku; Cristo khuyapayawayku; Taytaku khuyapayawayku.
Yo seguía sin entender. Lo único que podía suponer era que taytaku guardaba relación con tayta, y lo asocié —desde mi prejuicio costeño— con el lenguaje carcelario: los taitas como líderes de pabellón, los fieros, los faites. Él no negó esas acepciones en el mundo penitenciario, pero hizo las precisiones necesarias.
Tayta equivale a “señor”, “padre”. Muchas veces se dice Tayta Dios. Recordé a mi abuelo, que en tiempos de crisis advertía: “Tayta Dios nos coja arrepentidos”.
Pero la clave estaba en la terminación -ku. Ese sufijo transforma el sentido y le añade una carga afectiva: Taytaku significa “mi papito”, “papito mío”.
El contenido de la expresión cambia radicalmente. Dios deja de ser una autoridad distante y se vuelve una presencia íntima. Esa cercanía se completa con kuyay: amar, proteger, querer con compasión. No se trata de una sola de esas acciones, sino de todas a la vez.
—Por eso los huaynos son tan sentidos —me dijo—. ¿Has oído el charango de Jaime Guardia o la guitarra de Raúl García Zarate? Por eso, esa música te estruja el corazón.
Los sufijos que conforman khuyapayawayku acentúan el carácter de la súplica compasiva: la necesidad del amor del padre a pesar de los defectos del hijo. Dicho de forma simple y literal, cuando en la misa se dice Taytaku khuyapayawayku, lo que realmente se expresa es: “Papito mío, mírame con compasión; no dejes de amarnos a pesar de lo que somos”.
Y se me estrujó el corazón.
Luego vino la lección de derecho vital. Ya no importaba tanto si se había cumplido estrictamente la literalidad de la ley; importaba que la ley cumpliera su finalidad. ¿El presupuesto asignado para la compra de medicamentos debe garantizar no solo la adquisición, sino tambien que la medicina llegue efectivamente a los pacientes? ¿Tiene sentido construir un puente donde no hay población que lo necesite?
Me lanzó otra imagen: si dos personas resultan heridas y una de ellas demora en sanar, ¿tiene lógica seguir aplicando ungüentos a la otra cuando su salud ya fue restablecida?
La reflexión final fue clara, sin solemnidad:
—No porque dos personas cometan el mismo delito corresponde aplicarles la misma pena. Es probable que una lo requiera; pero también es necesario advertir que, en algunos casos, antes que una sanción lo que se necesita son otras herramientas para lograr la rehabilitación. A veces basta con un trabajo digno. La oportunidad de demostrar talentos que cada quien lleva escondidos y que, muchas veces, ni siquiera sabe que posee.
La idea sigue siendo válida hoy. En la jurisprudencia contemporánea, el reo —una vez definida su culpabilidad— suele convertirse en un objeto imperturbable, descompuesto en circunstancias que, matematizadas en sumas y restas, permiten fijar una cifra traducida en años de carcelería.
Y sin perjuicio de ello, hay que reconocer que —en más ocasiones de las admisibles como excepción— los defensores no ayudan. La petición doble y contradictoria es frecuente: “Mi defendido es inocente; pero si usted lo encuentra culpable, póngale una pena pequeña”.
Si el procesado es culpable, corresponde trabajar para que la pena sea lo más benigna posible conforme a sus necesidades de resocialización. Y si es inocente, cabe preguntarse por qué presentarlo, siquiera retóricamente, como culpable.
Seguimos caminando un rato más. El sol ya se había inclinado y la conversación empezó a aflojar, como aflojan las cosas importantes cuando ya han dicho lo esencial. No hablamos más de penas ni de códigos. Tampoco de latigazos ni de cárceles. El tema se agotó solo.
Al despedirnos, me quedé pensando que quizá la justicia —esa que tanto defendemos en libros y tribunales— se nos ha vuelto sorda para ciertas palabras. No porque sean antiguas, sino porque son demasiado humanas. Compasión, por ejemplo. O padre. O comunidad.
Desde entonces, cada vez que escucho pedir perdón en un juzgado, no puedo evitar preguntarme si alguien está pidiendo absolución… o si, en el fondo, solo está diciendo lo mismo que en aquellas misas de Apurímac: papito mío, no me sueltes.
Y no sé —todavía— si nuestro derecho sabe escuchar eso.

viernes, 9 de enero de 2026

Abderramán III

¿Alguna vez oíste el nombre de Abderramán? Es probable que no. En la historia de la península ibérica se le reconoce como el último emir independiente (912–929) y el primer califa omeya de Córdoba (929–961). El Califato de Córdoba fue una forma de organización estatal instaurada por los musulmanes de la dinastía omeya, que abarcó toda la península —excepto la franja norte, desde el reino de León hasta el condado de Barcelona— y parte del norte de África.

Si algún día visitas España, detente en Córdoba. Recorre el complejo arquitectónico de Medina Azahara. Cuenta la leyenda que Abderramán, enamorado de una joven esclava, le prometió construir una ciudad solo para ella, en las afueras de la vieja Córdoba. Pero eso es solo una leyenda. Es más probable que la edificación de la ciudad respondiera a una necesidad política: una expresión arquitectónica fundacional del nuevo califato. Su construcción, iniciada hacia la década de 940, obedecía a fines funcionales de la nueva organización estatal. Los que saben más afirman —con pesar— que, hacia los años setenta del segundo milenio, la ciudad ya yacía en ruinas: la vegetación silvestre trepaba por sus muros, y los murales habían perdido su esplendor. Dicen que las lagartijas se perdían entre las piedras caídas que, en otro tiempo, formaron parte de una construcción magnífica.

Lo que viene a cuento ahora es que, si bien Abderramán se consideraba musulmán, desde la perspectiva racial era —como diríamos hoy— un mestizo. Por parte de padre pertenecía a la dinastía árabe de la tribu Quraysh —la misma del profeta Mahoma, según se dice—, mientras que su madre era una concubina de origen vasco. Aquellos que se dedican a medir proporciones en las formas del mestizaje aseguran que el linaje árabe apenas alcanzaba una cuarta parte de su herencia, pues una de sus bisabuelas paternas también era hispano-goda. Las descripciones prosopográficas lo retratan de estatura baja —al punto que prefería estar siempre montado a caballo—, de piel blanca, cabello rubio rojizo y ojos azul oscuro. Sus biógrafos y servidores personales afirman que se teñía cada día la barba de un negro azabache, con el afán de parecer más árabe que vasco. Su nombre, por si vale de algo, significa “el siervo de Alá, el Misericordioso”.

Quienes vivieron más allá de su corte y de su harén cuentan que fue un gran estratega militar, pero también un hombre de muy mal genio, capaz de estallar si se le miraba mal. El adagio “para mis amigos, todo; para mis enemigos, la ley” resulta una frase tibia frente a su carácter. Su humor era tan cambiante como los efectos del vino en la corteza cerebral de quien lo bebe con destemplanza. En su diario, hacia el final de sus días, escribió: “Y en todo este tiempo, he contado los días de pura y genuina felicidad que he vivido: montan un total de catorce… No cifréis, por tanto, vuestras esperanzas en las cosas de este mundo”. Parece que bebía de la infelicidad, y que su crueldad le llenaba el alma más que cualquier virtud.

De entre sus actos, rescato tres. En el año 920, atacó las cortes de León y Pamplona. Tras la batalla de Valdejunquera, entre los prisioneros se encontraba un joven llamado Pelayo. Su cautiverio duró cuatro años y terminó con su muerte bajo tortura, ordenada como castigo por su doble negativa: no quiso convertirse al islam ni someterse a la sodomización exigida por su captor. Su belleza era tal… Dejémoslo allí. Dicen que la frustración de Abderramán por no alcanzar sus fines le provocó una cólera tan grave que solo se calmó cuando mandó arrojar el cuerpo descuartizado del muchacho al río Guadalquivir.

En el año 939, tras la grave derrota en Simancas —batalla en la que casi pierde la vida al despeñarse por las montañas del actual Fresno Alhándiga, en Salamanca—, Abderramán regresó a Córdoba. Reunido con sus generales, su guardia personal y sus hombres de confianza, mandó izar treinta cruces y crucificar en ellas a treinta altos mandos militares, acusándolos de traición. Alegaba que, durante la batalla, algunos intentaron abandonarlo a su suerte. Más de uno quiso replicar la decisión; otros la reprocharon con insultos, llamándolo malagradecido. Para silenciar las voces disidentes, ordenó cortar la lengua y la boca a varios, de modo que murieran crucificados, desangrados o ahogados en sus propios fluidos. Lo que más le dolía al califa era haber perdido un pabellón auricular por el descuido de sus defensores.

La tercera historia ya la he contado antes. Se refiere al trato dado al cadáver de Omar Ibn Hafsún, un musulmán renegado que se rebeló durante años en las montañas de Málaga. A su muerte, sus hijos continuaron la resistencia, pero fueron vencidos. Abderramán quiso ir personalmente al lugar donde se había gestado la rebelión. Llevó consigo a los hijos capturados y mandó exhumar el cadáver de Omar. Dijo que quería asegurarse de que estuviera muerto, pero su verdadera intención era verificar si se había convertido al cristianismo. Los entierros cristianos y musulmanes difieren: los primeros entierran a sus muertos en decúbito dorsal, con los brazos sobre el pecho; los segundos, en decúbito lateral derecho, con la mirada hacia La Meca. Al advertir la traición religiosa, llevó el cuerpo en descomposición a Córdoba, junto con los hijos prisioneros, y los crucificó a la entrada de la ciudad como castigo por su apostasía. Algo similar hizo con Argentea, hija del rebelde, a quien degolló por traicionar el islam.

Como puedes ver, incluso en la muerte se puede ser cruel, aunque tu nombre diga otra cosa. Las apariencias, ya lo sabes, no siempre coinciden con la verdad.

Olvidos

Sus dolencias se apagaron con un par de tequilas. La noche se desdibujó en el bullicio de un bar, entre conversaciones ajenas y revelaciones...