Corría el año 1520 y Martín Lutero ya había decidido incendiar —intelectualmente hablando— media cristiandad. Alejado de Roma y acompañado por el brillante filólogo Felipe Melanchthon, publicó La cautividad babilónica de la Iglesia, un texto escrito con la delicadeza de un martillo. Allí no solo atacaba al papa León X —o lo que, según él, quedaba de la autoridad papal—, sino también el corazón administrativo y espiritual del catolicismo: el sistema sacramental.
La pregunta era explosiva y aparentemente sencilla: ¿qué necesita realmente un ser humano para salvarse? Lutero ya había cuestionado las indulgencias en sus famosas 95 tesis; ahora iba mucho más lejos. A su juicio, Roma había convertido los sacramentos en una especie de peaje celestial: mecanismos para administrar la gracia de Dios… y, de paso, controlar conciencias, fidelidades y bolsillos.
La gracia divina —diría Lutero— no necesita sofisticadas arquitecturas teológicas ni tarifas eclesiásticas. Un sacramento solo puede llamarse así si cumple dos condiciones: haber sido instituido expresamente por Jesucristo y constituir un signo visible de una promesa divina de salvación. El matrimonio, sostenía, no cumplía ninguna de las dos. Existía desde muchísimo antes del cristianismo y prácticamente todas las civilizaciones le atribuían algún carácter sagrado. Además, en ningún evangelio aparece Cristo instituyéndolo como canal específico de salvación, perdón o pertenencia a la comunidad cristiana.
La discusión se volvió todavía más peligrosa cuando Lutero decidió hacer algo que rara vez termina bien para una institución antigua: volver a las fuentes originales. La Vulgata Latina —la Biblia oficial de Occidente— traducía un pasaje de la carta a los efesios en el que Pablo de Tarso parecía llamar “sacramento” a la unión entre marido y mujer, reflejo del vínculo entre Cristo y la Iglesia. Pero Lutero fue a los manuscritos griegos y encontró otra palabra: mysterion. No “sacramento”, sino “misterio”.
La diferencia parecía pequeña, pero tenía consecuencias gigantescas. Si el matrimonio era un misterio espiritual y no un sacramento instituido por Cristo, entonces podía volver a ser un asunto terreno. Y así lo dijo sin demasiados rodeos: “El matrimonio es un asunto secular y externo (ein weltlich Geschäft), igual que el vestido y la comida, la casa y el patio, sujeto a la autoridad civil”. En una sola frase, reyes, jueces y funcionarios públicos recuperaban un poder que durante siglos había estado bajo la vigilancia de Roma.
Lo curioso es que la historia del cristianismo temprano no contradice del todo a Lutero. Durante el primer milenio, el matrimonio ciertamente recibía bendiciones religiosas, pero no era considerado una autopista privilegiada hacia la gracia divina. De hecho, cuesta sostener que fuese plenamente “sacramental” en una época en la que todavía era posible repudiar a la esposa por motivos sorprendentemente triviales. Incluso el concepto técnico de “sacramento”, tal como hoy se entiende, estaba todavía en construcción.
En el viejo derecho romano bastaba la affectio maritalis: la voluntad de comportarse como marido y mujer. Nada de sacerdotes, registros civiles o expedientes canónicos. Era, esencialmente, un contrato privado. Los cristianos posteriores al Primer Concilio de Nicea conservaron muchas de las formas romanas —anillos, dotes, banquetes, vestidos ceremoniales—, pero añadieron un ingrediente decisivo: el matrimonio debía celebrarse “en el Señor”. Cristo aparecía como testigo moral de la unión y el obispo comenzaba lentamente a convertirse en árbitro de los conflictos matrimoniales. No era obligatorio acudir a él, pero cuando había problemas, todos terminaban mirando hacia la autoridad eclesiástica. O a lo mejor si. Ignacio de Antioquía dice, en su carta a Policarpo, que los esposos deben unirse “con el consentimiento del obispo, para que el matrimonio sea según el Señor”.
Agustín de Hipona intentó solidificar el sentido teológico del asunto. Para él, el matrimonio era una especie de medicina contra la concupiscencia: un remedio legítimo frente al desorden sexual heredado del pecado de Adán. Además, cumplía funciones nobles: garantizaba la procreación, simbolizaba la fidelidad de Cristo hacia la Iglesia y hacía visible la indisolubilidad del pacto divino.
Aunque, claro, había letra pequeña. El sexo dentro del matrimonio solo encontraba verdadera legitimidad si estaba orientado a la procreación. El placer sexual por sí mismo seguía despertando sospechas morales y podía requerir atención en el confesionario. Aun así, incluso en Agustín, el matrimonio no tenía exactamente la misma categoría que el Bautismo o la Eucaristía. Era importante, sí; santo, probablemente; pero seguía pareciéndose más a un sacramental que a uno de los grandes canales directos de la gracia divina.
Mientras tanto, Europa hervía. Los siglos avanzaban y los movimientos milenaristas descubrían que anunciar el fin del mundo daba malos resultados proféticos, pero excelentes resultados políticos. Muchos comenzaron a identificar a la Iglesia de Roma con la Gran Ramera del Apocalipsis: demasiado rica, demasiado poderosa y demasiado interesada en las cosas terrenales.
En ese clima aparecieron los cátaros, especialmente fuertes en el sur de Francia durante el siglo XII. Y ellos sí llevaron el problema del matrimonio hasta sus últimas consecuencias. Si la materia era intrínsecamente mala, entonces traer hijos al mundo equivalía poco menos que encarcelar almas espirituales dentro de cuerpos corruptibles. El matrimonio no era un sacramento: era una conspiración biológica del maligno. Paradójicamente, les parecía incluso peor que la relación sexual ocasional. En esta última todavía había culpa y arrepentimiento; en el matrimonio, en cambio, la lujuria quedaba institucionalizada y bendecida bajo apariencia religiosa. El matrimonio no tiene ningún valor espiritual.
La reacción de Roma fue tan teológica como política. En el Concilio de Verona (1184), mediante la bula Ad abolendam, la Iglesia, siguiendo la posición de Pedro Lombardo, respondió elevando explícitamente la unión matrimonial a una condición santificada por el Espíritu Santo. La sacramentalización del matrimonio servía para combatir a los cátaros, pero también resolvía otro problema muchísimo más terrenal: el caos de las dinastías europeas.
Los nobles medievales tenían una tendencia bastante incómoda a cambiar de esposa según las necesidades diplomáticas del momento. Al convertir el matrimonio en sacramento, el Papa adquiría autoridad sobre la legitimidad de las uniones, las anulaciones y, sobre todo, los herederos. Desde entonces, casarse dejó de ser solo una cuestión privada o familiar: pasó a convertirse en un asunto de equilibrio político continental. Los tribunales eclesiásticos empezaron a decidir no únicamente sobre pecados, sino también sobre coronas, herencias y alianzas entre reinos.
La historia terminaría de consolidarse en el Segundo Concilio de Lyon (1174), donde la sacramentalidad del matrimonio fue reafirmada ya con pretensiones universales y en diálogo con las iglesias orientales. El Concilio de Trento puso la cereza del pastel: le dio calidad de dogma de fe.
Esas ideas merecen otro texto.