viernes, 30 de enero de 2026

Compasión

Caminábamos esa tarde. Después de años, había encontrado un espacio en el que hablar de justicia, de derechos humanos, de leyes y de Constitución no era un ejercicio de verificación mecánica, sino una pregunta íntima y difícil: ¿sientes que haces bien las cosas? Ya no se trataba solo de comprobar el cumplimiento literal de la ley —“¿Ah… mataste? Bien, te corresponden tantos años de cárcel”—, sino de mirar el ordenamiento jurídico desde los ojos de la necesidad humana.
Conversaba con un abogado apurimeño que intentaba —con paciencia y algo de ironía— hacer que mi testa comprendiera que, en ciertos contextos, unos latigazos por las corvas, en medio de la comunidad reunida, podían resultar más eficaces que diez o veinte años de prisión. El parámetro de medición era otro. Intentaré ahora reproducir aquella conversación.
—Costeñito —me decía; había allí sarcasmo y algo más que compasión—. ¿Cómo se dice en la misa?
Lo miré con gesto de absurdo.
—¿Cómo se dice en la misa? —repitió, con una brevísima dosis de chanza—. Señor, ten piedad; Cristo, ten piedad; Señor, ten piedad.
Luego preguntó:
—¿Qué estás diciendo ahí?
—Le pido a Dios, al ser superior, su perdón —respondí, más por complacerlo que por convicción.
Entonces me explicó que ese perdón era, en realidad, una petición de reverencia. Hizo notar que esa misma forma de pedir perdón es la que propone un reo cuando está frente al fiscal o el juez que le impondrá una pena de cárcel. Se rio.
—O tú mismo —añadió—, frente al policía cuando te va a poner una multa.
—Pongo cara de perro reñido e intento justificarme —completé.
—Eso. Tal cual —concluyó.
En la misa de su pueblo, en las alturas de Apurímac, la expresión es distinta:
Taytaku khuyapayawayku; Cristo khuyapayawayku; Taytaku khuyapayawayku.
Yo seguía sin entender. Lo único que podía suponer era que taytaku guardaba relación con tayta, y lo asocié —desde mi prejuicio costeño— con el lenguaje carcelario: los taitas como líderes de pabellón, los fieros, los faites. Él no negó esas acepciones en el mundo penitenciario, pero hizo las precisiones necesarias.
Tayta equivale a “señor”, “padre”. Muchas veces se dice Tayta Dios. Recordé a mi abuelo, que en tiempos de crisis advertía: “Tayta Dios nos coja arrepentidos”.
Pero la clave estaba en la terminación -ku. Ese sufijo transforma el sentido y le añade una carga afectiva: Taytaku significa “mi papito”, “papito mío”.
El contenido de la expresión cambia radicalmente. Dios deja de ser una autoridad distante y se vuelve una presencia íntima. Esa cercanía se completa con kuyay: amar, proteger, querer con compasión. No se trata de una sola de esas acciones, sino de todas a la vez.
—Por eso los huaynos son tan sentidos —me dijo—. ¿Has oído el charango de Jaime Guardia o la guitarra de Raúl García Zarate? Por eso, esa música te estruja el corazón.
Los sufijos que conforman khuyapayawayku acentúan el carácter de la súplica compasiva: la necesidad del amor del padre a pesar de los defectos del hijo. Dicho de forma simple y literal, cuando en la misa se dice Taytaku khuyapayawayku, lo que realmente se expresa es: “Papito mío, mírame con compasión; no dejes de amarnos a pesar de lo que somos”.
Y se me estrujó el corazón.
Luego vino la lección de derecho vital. Ya no importaba tanto si se había cumplido estrictamente la literalidad de la ley; importaba que la ley cumpliera su finalidad. ¿El presupuesto asignado para la compra de medicamentos debe garantizar no solo la adquisición, sino tambien que la medicina llegue efectivamente a los pacientes? ¿Tiene sentido construir un puente donde no hay población que lo necesite?
Me lanzó otra imagen: si dos personas resultan heridas y una de ellas demora en sanar, ¿tiene lógica seguir aplicando ungüentos a la otra cuando su salud ya fue restablecida?
La reflexión final fue clara, sin solemnidad:
—No porque dos personas cometan el mismo delito corresponde aplicarles la misma pena. Es probable que una lo requiera; pero también es necesario advertir que, en algunos casos, antes que una sanción lo que se necesita son otras herramientas para lograr la rehabilitación. A veces basta con un trabajo digno. La oportunidad de demostrar talentos que cada quien lleva escondidos y que, muchas veces, ni siquiera sabe que posee.
La idea sigue siendo válida hoy. En la jurisprudencia contemporánea, el reo —una vez definida su culpabilidad— suele convertirse en un objeto imperturbable, descompuesto en circunstancias que, matematizadas en sumas y restas, permiten fijar una cifra traducida en años de carcelería.
Y sin perjuicio de ello, hay que reconocer que —en más ocasiones de las admisibles como excepción— los defensores no ayudan. La petición doble y contradictoria es frecuente: “Mi defendido es inocente; pero si usted lo encuentra culpable, póngale una pena pequeña”.
Si el procesado es culpable, corresponde trabajar para que la pena sea lo más benigna posible conforme a sus necesidades de resocialización. Y si es inocente, cabe preguntarse por qué presentarlo, siquiera retóricamente, como culpable.
Seguimos caminando un rato más. El sol ya se había inclinado y la conversación empezó a aflojar, como aflojan las cosas importantes cuando ya han dicho lo esencial. No hablamos más de penas ni de códigos. Tampoco de latigazos ni de cárceles. El tema se agotó solo.
Al despedirnos, me quedé pensando que quizá la justicia —esa que tanto defendemos en libros y tribunales— se nos ha vuelto sorda para ciertas palabras. No porque sean antiguas, sino porque son demasiado humanas. Compasión, por ejemplo. O padre. O comunidad.
Desde entonces, cada vez que escucho pedir perdón en un juzgado, no puedo evitar preguntarme si alguien está pidiendo absolución… o si, en el fondo, solo está diciendo lo mismo que en aquellas misas de Apurímac: papito mío, no me sueltes.
Y no sé —todavía— si nuestro derecho sabe escuchar eso.

viernes, 9 de enero de 2026

Abderramán III

¿Alguna vez oíste el nombre de Abderramán? Es probable que no. En la historia de la península ibérica se le reconoce como el último emir independiente (912–929) y el primer califa omeya de Córdoba (929–961). El Califato de Córdoba fue una forma de organización estatal instaurada por los musulmanes de la dinastía omeya, que abarcó toda la península —excepto la franja norte, desde el reino de León hasta el condado de Barcelona— y parte del norte de África.

Si algún día visitas España, detente en Córdoba. Recorre el complejo arquitectónico de Medina Azahara. Cuenta la leyenda que Abderramán, enamorado de una joven esclava, le prometió construir una ciudad solo para ella, en las afueras de la vieja Córdoba. Pero eso es solo una leyenda. Es más probable que la edificación de la ciudad respondiera a una necesidad política: una expresión arquitectónica fundacional del nuevo califato. Su construcción, iniciada hacia la década de 940, obedecía a fines funcionales de la nueva organización estatal. Los que saben más afirman —con pesar— que, hacia los años setenta del segundo milenio, la ciudad ya yacía en ruinas: la vegetación silvestre trepaba por sus muros, y los murales habían perdido su esplendor. Dicen que las lagartijas se perdían entre las piedras caídas que, en otro tiempo, formaron parte de una construcción magnífica.

Lo que viene a cuento ahora es que, si bien Abderramán se consideraba musulmán, desde la perspectiva racial era —como diríamos hoy— un mestizo. Por parte de padre pertenecía a la dinastía árabe de la tribu Quraysh —la misma del profeta Mahoma, según se dice—, mientras que su madre era una concubina de origen vasco. Aquellos que se dedican a medir proporciones en las formas del mestizaje aseguran que el linaje árabe apenas alcanzaba una cuarta parte de su herencia, pues una de sus bisabuelas paternas también era hispano-goda. Las descripciones prosopográficas lo retratan de estatura baja —al punto que prefería estar siempre montado a caballo—, de piel blanca, cabello rubio rojizo y ojos azul oscuro. Sus biógrafos y servidores personales afirman que se teñía cada día la barba de un negro azabache, con el afán de parecer más árabe que vasco. Su nombre, por si vale de algo, significa “el siervo de Alá, el Misericordioso”.

Quienes vivieron más allá de su corte y de su harén cuentan que fue un gran estratega militar, pero también un hombre de muy mal genio, capaz de estallar si se le miraba mal. El adagio “para mis amigos, todo; para mis enemigos, la ley” resulta una frase tibia frente a su carácter. Su humor era tan cambiante como los efectos del vino en la corteza cerebral de quien lo bebe con destemplanza. En su diario, hacia el final de sus días, escribió: “Y en todo este tiempo, he contado los días de pura y genuina felicidad que he vivido: montan un total de catorce… No cifréis, por tanto, vuestras esperanzas en las cosas de este mundo”. Parece que bebía de la infelicidad, y que su crueldad le llenaba el alma más que cualquier virtud.

De entre sus actos, rescato tres. En el año 920, atacó las cortes de León y Pamplona. Tras la batalla de Valdejunquera, entre los prisioneros se encontraba un joven llamado Pelayo. Su cautiverio duró cuatro años y terminó con su muerte bajo tortura, ordenada como castigo por su doble negativa: no quiso convertirse al islam ni someterse a la sodomización exigida por su captor. Su belleza era tal… Dejémoslo allí. Dicen que la frustración de Abderramán por no alcanzar sus fines le provocó una cólera tan grave que solo se calmó cuando mandó arrojar el cuerpo descuartizado del muchacho al río Guadalquivir.

En el año 939, tras la grave derrota en Simancas —batalla en la que casi pierde la vida al despeñarse por las montañas del actual Fresno Alhándiga, en Salamanca—, Abderramán regresó a Córdoba. Reunido con sus generales, su guardia personal y sus hombres de confianza, mandó izar treinta cruces y crucificar en ellas a treinta altos mandos militares, acusándolos de traición. Alegaba que, durante la batalla, algunos intentaron abandonarlo a su suerte. Más de uno quiso replicar la decisión; otros la reprocharon con insultos, llamándolo malagradecido. Para silenciar las voces disidentes, ordenó cortar la lengua y la boca a varios, de modo que murieran crucificados, desangrados o ahogados en sus propios fluidos. Lo que más le dolía al califa era haber perdido un pabellón auricular por el descuido de sus defensores.

La tercera historia ya la he contado antes. Se refiere al trato dado al cadáver de Omar Ibn Hafsún, un musulmán renegado que se rebeló durante años en las montañas de Málaga. A su muerte, sus hijos continuaron la resistencia, pero fueron vencidos. Abderramán quiso ir personalmente al lugar donde se había gestado la rebelión. Llevó consigo a los hijos capturados y mandó exhumar el cadáver de Omar. Dijo que quería asegurarse de que estuviera muerto, pero su verdadera intención era verificar si se había convertido al cristianismo. Los entierros cristianos y musulmanes difieren: los primeros entierran a sus muertos en decúbito dorsal, con los brazos sobre el pecho; los segundos, en decúbito lateral derecho, con la mirada hacia La Meca. Al advertir la traición religiosa, llevó el cuerpo en descomposición a Córdoba, junto con los hijos prisioneros, y los crucificó a la entrada de la ciudad como castigo por su apostasía. Algo similar hizo con Argentea, hija del rebelde, a quien degolló por traicionar el islam.

Como puedes ver, incluso en la muerte se puede ser cruel, aunque tu nombre diga otra cosa. Las apariencias, ya lo sabes, no siempre coinciden con la verdad.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Nerón III

La primera persecución grave contra los judíos mesianistas seguidores de Jeshua fue ordenada por Nerón. Sin embargo, hacia el año 50 ya había enfrentamientos entre los judíos y los judíos de "El camino". Así se les llamaba, como se lee en Hch. 9, 2 y 19, 9, y era una forma de distinguirse del –digamos- judaísmo ortodoxo… si es que pudiera reconocerse alguno, desde el hecho de que en los tiempos de Jeshua se reconocía fariseos, saduceos, esenios y zelotes. Incluso los samaritanos tenía una forma especial de judaísmo propio, con sus propios libros sagrados y apartados de Jerusalén. El movimiento del nazareno vino a llamarse más o menos de ese modo: “el camino”, por referencia a su creencia mesiánica en el crucificado y en la esperanza –pronta- de su resurrección para la reconstitución de la nación escogida de Dios. El asunto era que, pocos estaban en la disponibilidad de creer que en las reuniones del “primer día de la semana” se conmemoraba la victoria de un mesías muerto en la cruz, acusado de sedición; que uno en sí mismo fuera templo de Dios por fuera del de Jerusalén y que se estuviera –como en la visión de Pedro- en la disponibilidad de comer alimentos impuros en contra de los mandatos de la Torá. Yavéh, Moisés y el Templo son indiscutibles para el judaísmo y, la blasfemia era causa de muerte. La muerte de Esteban, narrada en Hechos de los Apóstoles, es una clarísima expresión de que el conflicto religioso de los seguidores de Jesús era un conflicto “a la interna del judaísmo”. Si Esteban murió hacia el año 36, a pocos meses de la ascensión del Señor al cielo, queda claro que los conflictos y persecuciones, en realidad, empiezan dentro del propio judaísmo, en una clara expresión de disonancia en las formas de practicar el propio judaísmo.

Y aquí viene el asunto. ¿Por qué Nerón ordenó solo la persecución a los “chrestianos”? Es altamente probable que el judaísmo jerosolimitano o las autoridades romanas en Judea hayan presentado informes sobre este nuevo “judaísmo” y, es razonable pensar que hasta se les pusiera peros para su ingreso a las mismas sinagogas… Los judíos, en general, no eran pepitas de oro sino ¿Por qué cada vez que había alguna festividad en Jerusalén inmediatamente enviaban contingentes de soldados para vigilar el templo desde la torre Antonia? Las persecuciones dirigidas por Pablo de Tarso exponen las graves diferencias y el rechazo de la secta jeshua-mesiánica. Establecida la diferencia, queda explicado lo que Tácito anuncia como abominaciones de los seguidores de Cristo y, que –además- son la justificación específica de la persecución ordenada por Nerón. Si los jeshúa-mesiánicos son rechazados por las mayorías judías ¿Quién va a reclamar por ellos? Regresemos a Nerón ¿Qué ocurrió luego de su muerte? Suetonio cuenta que ante la noticia de haber sido declarado enemigo público por el Senado de Roma, y tras darle cuenta que le darían muerte pública a punta de golpes con varas, el mismo ordena cavar una fosa para su enterramiento, al tiempo que una pira –la leña ya estaba acomodada- daría cuenta de su cuerpo. Su secretario Epafrodito le ayudó a cortarse el cuello. El historiador no es claro en señalar si fue enterrado de cuerpo entero o si fue cremado, pues aunque que su personal de confianza le aseguró que no se llevarían su cabeza, luego se señala que “sus cenizas fueron depositadas en la tumba familiar de los Domicios”.

Su muerte fue celebrada en Roma, pero también hay que reconocer que tenía sus seguidores: “durante mucho tiempo decoraron su tumba con flores de primavera y verano” y, había quienes lo imitaban en el vestido y las formas de decir, con la promesa de que “pronto regresaría para destruir a sus enemigos”. Los judíos y los seguidores de Jeshúa, como bien se comprende, se quedaron en el primer grupo, en el de aquellos que se alegraron de su muerte, o cuando menos, anunciaban su muerte como un castigo divino. Además, con harta probabilidad, empezaron a crear la leyenda negra: Nerón es el anticristo y volverá para traer la destrucción. La idea se repite en el Apocalipsis, en la Ascensión de Isaías y llega al siglo IV como lo indica Agustín de Hipona. En la voz de Lactancio, autor de este siglo, desde el modo de decir pareciera indicar que su cuerpo fue sacado de la tumba y, probablemente, la noticia haya sido parte de la leyenda; esa que se fue incrementando hasta llegar a reconocer que la mentada tumba era un espacio de nigrománticos y magos obscuros, interesados en conocer el futuro o conseguir alguna venganza personal. El control de las almas por a través de magia prohibida está vedado en el cristianismo; empero ello no implica que no pudiera realizarse y, de hecho, los animales negros, como los gatos y/o los cuervos se ligaban a dichas prácticas. Los testigos presentes en el exorcismo del nogal de la tumba de Nerón, cuentan que en la primavera de 1099, el papa Pascual II –inspirado por una aparición mariana- ordenó días de ayuno para los fieles de la iglesia romana y, en el amanecer de tercer día se dispuso a enfrentarse al maligno que se escondía en dicho árbol, por lo que luego de realizar un ritual de exorcismo, golpeó con su báculo la raíz del nogal, produciéndose en ese momento un estruendo del que todos dicen, parecía las roturas de las cadenas de las almas torturadas por el antiguo anticristo perseguidor de cristianos. Se ordenó buscar los restos del maligno emperador, luego la molienda de sus huesos y, finalmente, el esparcimiento de tales restos en lugares desconocidos para evitar la repetición de cultos y ceremonias sacrílegas. El espacio fue ofrecido a la Santa Madre de Dios y, hoy se erige –como ya hemos contado- una basílica que lleva su nombre.

Hay quienes dicen que, antes de su destrucción, el nogal era visitado por el Papa nigromante, antecesor del mencionado Pascual II, probablemente interesado en conocimientos arcanos, descubrimiento de protocolos esotéricos y comparación de sus prácticas de magia celta. Tal vez, la intención era comparar el contenido de su propio grimorio con los de aquellos otros que en las noches oscuras hacían diagramas en formas circulares para guiar sus propios rituales. El asunto, lamentablemente, no pasa más allá de la leyenda y de esas aquellas cosas que se cuentan en los peregrinajes turísticos europeos. Habrá que preguntárselo a la cabeza parlante del papa Silvestre II, una vez que sea encontrada o que, el Vaticano permita el acceso a ella, si es que se mantuviera escondida en las bóvedas papales.


martes, 30 de diciembre de 2025

Nerón II

Sobre el incendio de Roma ocurrido en el 64, Tácito cuenta que no se conoce la causa, mas, la clase política empezó a mirar a Nerón como el causante y, este –antes de que los efectos de esas turbias miradas ennegrecieran su futuro, le tiró la pelota a los cristianos. Empezó la primera de las más graves persecuciones contra los judíos jeshua-mesiánicos. En realidad, los cristianos –que empiezan a llamarse así en los inicios de la década del 70- no eran bien vistos en la sociedad romana de los inicios de la segunda mitad del primer siglo. La causa de esta aversión se presume: hay quienes sostienen que los cristianos se hacían odiar por su elección de no participar en las festividades a los múltiples dioses romanos y por sus críticas a los emperadores (que también se hacían llamar dioses); empero hay quienes afirman –y me adhiero a la posición- de qué en realidad, el problema de los cristianos era un problema judío.

Roma reconocía el culto sabático propio de los herederos de Abraham; empero no se hacía problemas en expulsarlos si es que provocaban disturbios y; pareciera que los judíos jeshua-mesiánicos –que a ese tiempo tenía calidad de secta- no eran aceptados dado que, la fórmula de El Galileo como ungido no necesariamente coincidía con la idea judía de mesías triunfante. Sumémosle el hecho de que se reunían el primer día de la semana, dies solis, y que al tal Jeshua le llamaban “Señor”. Las trifulcas en las sinagogas, de seguro, parecerían los desencuentros entre barristas de equipos de futbol contrarios previos al certamen deportivo. Las autoridades romanas no se harían problemas: los mandaban de vuelta a Judea o a donde menos problemas causen. De hecho, en Hechos de los Apóstoles, Pablo cuenta haber conocido a Aquila y Priscila en Corinto, quienes fueron expulsados de Roma por el emperador Claudio.

Bueno regresemos con Nerón. Nerón fue sucesor de Claudio y, al tiempo del incendio de Roma encontró en los judíos jeshua-mesianicos la perita en la que embadurnar los deseos insanos de la sociedad romana. Todo aquél que se proclamara “Chrestiano” era aprehendido y sometido a juicio. Y era fácil encontrarlos porque “en horas de la noche del primer día de la semana” se reunían para conmemorar el sacrificio de la cruz. Suetonio afirma que se les acusaba de perversas supersticiones, haciendo probable relación de que se reunían para comer la carne y la sangre de tal Chrestus. Una afirmación así ¿no es acaso un indicio de canibalismo? Las muertes de los perseguidos no eran menos graves que aquello de lo que se les acusaba: morían a dentelladas por cánidos entrenados para matar, crucificados en postes y quemados como luminarias nocturnas. Algunos de estos espectáculos se realizaban en medio de fiestas, juegos circenses y parafernalias en favor de las altas clases. Se simulaban carreras de caballos y, terminaban en comilonas alumbradas por teas humanas. Tácito reclama: “se tenía la impresión de que no se los eliminaba por motivo de pública utilidad, sino para satisfacer la crueldad de uno solo”. La crueldad de Nerón empezó a difundirse entre los judíos, incluyendo -con razón- a los jeshua-mesiánicos. Y allí empieza la leyenda. ¿Cuántas mamás les dijeron a sus proles: “Come porque allí viene Nerón y te lleva”? Bueno, si no me creen recuerden el libro de Revelaciones: el número de la bestia, el 666, equivale, en gematría, al nombre “Neron Caesar”.

Pese a sus intentos de mantener su popularidad, Nerón dispuso una serie de medidas que no fueron del agrado del Senado y, éste lo declaró “enemigo público” obligándolo a huir. El hombre se suicida con la ayuda de uno de sus fieles para evitar su captura. Su cuerpo fue, primero escondido y, luego, calcinado, para finalmente, enterrarlo en la tumba familiar de los Domicios Enobarbi, cerca del Campo de Marte. Las pompas fúnebres fueron en secreto, para evitar que sus enemigos quisieran profanar la tumba y, de hecho, hubo alguna investigación destinada a conocer la ubicación de su sepultura. A voces calladas se esparcía la noticia y, algunos años después, dada su afamada figura de “inhumanidad”, su tumba se convirtió en destino de aquellos que se dedican a la nigromancia, magia y la hechicería. Las leyendas prontamente se erigieron para anunciar que el espacio de su sepultura era un foco de actividad demoniaca, de visiones paranormales, de presencias de ultratumba… En realidad, había algo más que eso: en las provincias orientales no se creía que hubiera muerto y, de hecho, se ha documentado de la existencia de hasta tres pseudo-nerones, que se presentaban en circos y teatros para declamar poesía o enumerar los logros de su “propio” gobierno. Quienes no conocieron a los falsos nerones estaban en la posición de anunciar “que volvería a la vida” para recuperar lo que era suyo. Como podemos ver, Nerón tenía muy fuertes enemigos, pero también seguidores muy fieles. Esta historia se mantuvo hasta el siglo IV, al punto que Agustín de Hipona en su libro “La ciudad de Dios” la enuncia como una creencia arraigada, en la que se espera su resurrección como anticristo o que “vive oculto en el vigor de la misma edad que alcanzó cuando se creía que había perecido, y vivirá hasta que sea revelado a su debido tiempo y restaurado a su reino”.

La leyenda de Nerón se mantuvo “viva” hasta el año 1099. La edad media, como comprenderán le agregó elementos que hacía más espectral su leyenda. De hecho, se ha documentado que cerca al mausoleo familiar donde se guardaban sus restos había un nogal y, más de un testigo sin nombre, afirma que sobre sus ramas se posaban sombras espectrales mientras que hechiceros realizaban sus liturgias alrededor del mausoleo. En tiempos de producción de nueces, los arrendajos y los cuervos se pelean con las ardillas por algunos frutos y, en medio del pleito de la naturaleza, el papa Pascual II decide meterle hacha al dichoso nogal, eleva unas cuantas oraciones exorcizadoras y decide quemar la tumba. Las cenizas fueron lanzadas al rio Tiber. Y todo, por la reveladora aparición de la mamá del Jeshúa.

Hoy, en el lugar, se erige la Basílica de Santa María del Popolo. Así que, si te toca ir por ese monumento ten cuidado. Nerón Caesar anda cerca.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Domingo

Los días de la semana tienen nombres de deidades de la mitología greco-romana. El lunes viene dedicado a la diosa Lunae, la luna; el que le sigue le es propio para el dios Marte; los comerciantes y viajeros le dedicaban el miércoles a Mercurio, su deidad patrocinadora; el jueves era para Júpiter. Venus había ganado los días viernes y, el sábado era denominado dies saturni; mientras que el séptimo día era el dies solis: el día del Sol. En realidad, el día solar era el primero de la semana. Tal organización ordinal expone la relevancia de la divinidad solar en medio de la hornada de divinidades tardías de los romanos de los tiempos primeros de esta era.

El sol y la luna tienen relevancia en culturas agrícolas. Ambos cuerpos celestes influyen en el crecimiento y producción de los frutos de la tierra. De allí su relevancia en la Roma antigua. De hecho, se le reconoce en el viejo panteón de los sabinos y de los latinos, pueblos originarios del río Tiber. El asunto es ¿y porque el domingo se llama "dies Dominicus", dígase "dia del señor" y no "sol", siguiendo la etimología de los otros nombres de los días? Por algún lado, los evangelios cuentan que la resurrección de Cristo se efectuó el primer día de la semana, es decir el día del sol. Ellos, los de camino, la secta judía jeshua-mesianica, introdujeron un nuevo nominativo para el primer día de la semana, hasta que, se generalizó en los tiempos -probablemente- Constantino, cuando el cristianismo se había encumbrado como una religión distinta de la judía. Ignacio de Antioquía, hacia el 110, escribía "Si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a una nueva esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el día del Señor (Domingo), día en el que surgió nuestra vida por medio de él y de su muerte."

Lo que seguía era ¿Y porque nuestro dios no tiene un día especial dentro del calendario? El día 25 de diciembre era fecha de solemnidad en el sacerdocio del dios sol. En los inicios de nuestra era, en los años doscientos, la deidad -por influencia oriental- había tomado el nombre de Sol Invicto, y en diciembre se celebraba su nacimiento: Nativitas Solis Invicti. Los cristianos se preguntaban ¿Es un dios el sol? ¿No es que acaso Cristo es el verdadero sol que ha bajado de lo alto? Después del siglo IV, el día del sol era el día del Señor y, el 25 diciembre correspondía a su natalicio: " Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz". 

Zacarías es, ahora, profeta de una festividad no pensada en su judía humanidad.

martes, 21 de octubre de 2025

Victoria

Un enorme cartel aparece en la iglesia de San Juan Bautista. Señala que los predios en los que se asienta el colegio Champagnat (vecino de la iglesia) son propiedad del Arzobispado de Arequipa. En letras que el sol ha decolorado se lee: “No se deje sorprender”. A pesar de la palidez, el mensaje destaca por su contenido. Expone un litigio entre el ordinario del lugar y la congregación religiosa que regenta la institución educativa. ¿Será que los maristas pretenden vender el inmueble? ¿Es una forma velada de desacreditar la educación que ofrecen? ¡Quién sabe! La única certeza es que el hijo de De la Salle se enfrenta con los herederos de Marcelino Champagnat.

El chisme nos ganó, y le dimos la vuelta a la cuadra para tener una idea del valor del litigio. Entre esas callecitas caímos en cuenta de que el sol arequipeño quema como el de Piura... de modo distinto, pero igual de justificado para invocar la sed. Un letrero anunciaba un restaurante. Nos metimos, y la sencillez de sus ornamentos nos invitó a mirar el reloj... ¡Qué “mirabus” ni qué nada! Los platos anunciados en forma de fotografías nos recordaron que faltaba poco para la hora del almuerzo. Una cerveza arequipeña —fría, al menos— fue el hidratante que puso fin a la sed, el aperitivo que abría espacio para alguno de los platos ofrecidos en la carta.

Luego de varios “De tin marín de do pingüé”, creímos que el hambre moriría en manos de un costillar de cerdo y... pues sí. Corresponde reconocer que nos habíamos adelantado a varios comensales, y tuvimos la ocasión de ser atendidos por una mujer —entrada en años, ataviada con ropas blancas y un sombrero de ala ancha—. Le pedimos una cerveza arequipeña, y luego nos explicó la composición de los distintos platos. Los años dan experiencia, y se notaba que sabía de lo que hablaba. Al escuchar que nuestra elección fue el costillar, sonrió y sentenció: “No se va a arrepentir”, y se metió por entre una reja que daba a la cocina del restaurante.

Ese breve tiempo nos permitió regocijarnos con una estampa arequipeña pintada al óleo. También tuvimos oportunidad de ver una gigantografía que se esconde detrás de un mostrador rojo ocre, donde se aprecian vasijas gigantes acomodadas en la amplitud de una bodega que parece de vinos. En otras fotografías aparece la mujer que nos atiende —quizá con algunos años menos— jugueteando con la masa de los picarones, mientras unos comensales sonríen junto a ella. La mujer regresó para indicarnos que nuestro plato estaba a punto... que le diéramos un “tiempito”. Aprovechamos para preguntarle, solo por curiosidad, si ella era “Victoria Anco”, y haciendo un ademán con la mano para mostrarse a sí misma, replicó: “Así es. Desde hace más de sesenta y... años”. Con una sonrisa se negó a decirnos su edad. “Hago picarones desde que era muchachita”, y nos señaló las fotos donde aparece un sartén con picarones doraditos, de crujiente apariencia... una botella de miel está a un costadito. Le agradecimos por su arte, mientras uno de sus colaboradores se acercaba trayendo los platos solicitados. En realidad, eran dos: las costillas de cerdo y una ocopa arequipeña. Al ver nuestra cara de hambre, sonrió diciendo: “No tenga miedo de coger con la mano... Los cartílagos siempre son una delicia”. Sus pasos lentos la alejaron, y nosotros nos entregamos a la tarea de no dejar nada en los platos.

Las torrejas de papa se escondían bajo un manto de crema. El verde del huacatay se conjugaba con el amarillo de los ajíes, mientras que los sabores de ambos se fundían con la sapidez del maní molido. Un corte sagital revelaba un huevo sancochado partido en dos, mientras el choclo peleaba —en lo que podía— con las rodajas de papa por revolcarse en la crema de la ocopa. No les dimos tregua ni pie a discusión. Nos deleitamos con ese plato.

Las costillas de cerdo fueron una delicia distinta. La carne estaba perfectamente cocida, la piel del chancho molida entre los dientes provocaba crujidos que liberaban sabores que no requerían acompañamiento... pero sí, los había. Las papas grilladas, en conjunción con los jugos naturales de la carne, eran una canción de Dios... de cualquiera de las divinidades, de cualquier cielo. Esas cebollas finamente logradas y remojadas en jugo de limón con pimienta hicieron coro a dos voces, y nosotros solo gozamos del placer entero en nuestra boca. El frío de la cerveza nos pedía a gritos: “Yo también quiero”.

Doña Victoria se acercó: “¿Todo bien?”. Una frase hecha para la ocasión... ella era testigo de lo bien que la estábamos pasando. No quisimos ni hablar para no contaminar con aire los sabores de la carne, y nos limitamos a levantar el pulgar, mientras con la otra mano hacíamos señal de que esperara. En un lado del mostrador se leía las presentaciones de los buñuelos. En la tercera línea decía: “Buñuelos de lacayote”, y preguntamos para tener una idea. Nos explicó: “Es una especie de zapallo”, y se quedó pensando para  añadir: “Es una calabaza nativa de por acá”. Le agradecimos por la explicación ampliada a sus picarones de quinua y de maíz morado.

Nosotros ya no dábamos más. Apenas para otra cerveza y un vaso de chicha de jora a base de maíz morado. Su gentileza fue más. Cuando estábamos a punto de despedirnos, apareció doña Victoria con un plato: “Ustedes no se pueden ir sin el postre”. Cuatro buñuelos de distintos sabores fueron el punto final de nuestra glotonería. Nos faltaba boca para relamer la miel que se quedaba entre los dedos.

Al salir, nos despedimos como si nos conociéramos de toda la vida... Vida resumida en un par de platos de comida, muy bien preparados, que ameritan repetición. Nos fuimos caminando por las calles de Yanahuara, para reacomodar nuestros cuerpos a la realidad. Tanta beldad no puede durar para siempre... No obstante, nuestra curiosidad —que empezó como chisme por pleitos entre tonsurados— nos valió nuevos sabores que vinieron bien para conocer la culinaria del sur del país.

En el Perú se come bien por donde vayas. ¡Manos benditas las de Dñ Victoria!

sábado, 18 de octubre de 2025

Illapa

Era mediodía, pero el día parecía más avanzado. El reloj marcaba la una y algunos minutos, aunque mi reloj biológico insistía en que ya era más tarde. En la iglesia, una banda de músicos ofrecía un concierto de bienvenida a una pareja de recién casados. Un cura encabezaba la ceremonia. El silencio solemne del ritual vencía la luminosidad del día, y varios preferimos refugiarnos bajo las sombras de los árboles en la plaza de armas contigua.

Los músicos hacían sonar sus instrumentos sin ton ni son. A mi lado, en una banca de madera apoyada contra el barandal que protegía las áreas verdes, se sentaba un hombre mayor, sin intención de acompañarme. “¿Usted es foráneo? No parece de por aquí”, dijo, mientras su mirada recorría mis ropas de costeño entrometido en tierras ajenas.  A un lado, un grupo de doce muchachos risueños, entre risas y toqueteos, ensayaba el "wititi".

La tarde brillaba con intensidad. El hombre, tras desaprobar en silencio los juegos de los jóvenes, murmuró: “Mejor se pusieran a sembrar papas o a mejorar las terrazas”, y añadió unas palabras en quechua que sonaron como reproche. Luego me habló de la desidia de los jóvenes hacia el cultivo, de las más de cinco mil hectáreas abandonadas en los últimos cinco años, y de cómo la calidad de las papas se ha ido perdiendo. “Tanto que hicieron los antiguos... tantas variedades... y ahora se van a perder. La gente moza prefiere la ciudad”, concluyó con pesar, mientras su mirada se perdía en los cerros de la margen derecha. “Illapa se va a molestar”, dijo.

“No creo que llueva”, pensé para mis adentros. Él, en cambio, continuaba con su reprensión: “Illapa se esconde en los cerros”. Sobre la cadena montañosa se tejía una nube oscura. Le pregunté si eso que se veía era lluvia. “Es Illapa... Nada que Santiago Matamoros. Ese hombre montado en caballo con arcabuz no es más que Illapa”. El cielo, en ese momento, retumbó. Los rayos aparecieron como flashes de cámara fotográfica. Y así, durante varios minutos.

Los músicos se pusieron en forma. Mi acompañante se levantó y me despidió con una sentencia: “Si quiere llegar a Chivay, empiece ahora a correr. La lluvia no demora”. Luego se dirigió a la puerta lateral de la iglesia para acompañar a los recién casados. Recuerdo sus palabras: “Nada de derrumbes. Illapa cuida la tierra, siempre la cuida. Bendita sea la Mamapacha”.

Diez minutos después, el cielo se sacudía entre truenos y rayos. El agua caía en forma de granizo. Mis pensamientos se dirigieron a la sabiduría de los viejos y a la naturaleza trepidante. O quizá era yo el tembloroso, con tantos truenos y lluvias amenazantes sobre mi cabeza.

Mi alma apocada apenas alcanzó a susurrar: “Que Illapa nos cuide”.

Compasión

Caminábamos esa tarde. Después de años, había encontrado un espacio en el que hablar de justicia, de derechos humanos, de leyes y de Constit...