jueves, 28 de mayo de 2026

Orígenes

 La noticia casi le provoca un síncope al obispo Demetrio. "¿Me estás diciendo que Orígenes es presbítero? ¿Con autorización de quién?" El hombre lanzó el báculo contra la pared y gritó: "¿Qué tanto se cree? El emisario retrocedió lentamente, procurando no convertirse en testigo de aquella cólera episcopal. "Me va a escuchar en cuanto vuelva…" —masculló Demetrio. Luego, tras recuperar el aliento, añadió con una frialdad aún más inquietante: "O mejor… que no vuelva". El mensajero, ya desde la puerta, se limitó a responder: "Le haré saber la orden".

Demetrio permaneció unos instantes en silencio. Intentó serenarse, aunque sin demasiado éxito. Finalmente abandonó sus aposentos y se dirigió al Didascalio, la célebre escuela catequética de Alejandría. Allí habló largamente con el taquígrafo mayor y anunció cambios drásticos en la dirección de la institución. No llegó a destituirlo formalmente, pero dejó clara una advertencia: la continuidad dependería de la obediencia a las nuevas disposiciones del obispado. Y en aire quedó una pregunta: ¿Y qué iba a pasar con Orígenes? En realidad, nadie parecía saberlo.

El siglo III apenas comenzaba. El cristianismo había iniciado ya su separación definitiva del judaísmo y buscaba consolidar una identidad doctrinal propia dentro del convulso universo cultural del Imperio romano. En aquel escenario, Alejandría hervía como pocas ciudades del mundo conocido. Su puerto era una puerta por donde ingresaban mercancías, credos e ideas provenientes de todos los rincones del Mediterráneo; su biblioteca y sus escuelas reunían filósofos, astrólogos, gramáticos, místicos y teólogos que disputaban el sentido último de la realidad.

Los movimientos gnósticos, los neoplatónicos y los primeros círculos teológicos cristianos mezclaban la vieja filosofía racionalista griega con los misterios egipcios, la astrología caldea y las intuiciones espirituales del naciente cristianismo. Todo parecía susceptible de reinterpretación: Dios, el alma, la materia, el tiempo y la salvación. 

En medio de aquel torbellino intelectual surgió Orígenes Adamancio.

Era, sin duda, uno de los hombres más brillantes de su tiempo. Había sostenido ásperas disputas intelectuales con maestros paganos y cristianos, y casi siempre salía victorioso gracias a una capacidad argumentativa extraordinaria. Su lucidez impresionó profundamente a Demetrio de Alejandría, obispo de la ciudad y máxima autoridad de la sede de San Marcos, quien terminó confiándole la dirección del Didascalio cuando todavía era muy joven, casi un chiquillo.

Con el paso de los años, Orígenes se convirtió en una de las figuras más prestigiosas de la intelectualidad alejandrina. Gracias al apoyo económico de un rico benefactor llamado Ambrosio, pudo sostener dos aulas permanentes de enseñanza. Una estaba destinada a los iniciados y quedó bajo la dirección de Heraclas; la otra, reservada a los alumnos avanzados, era conducida por el propio Orígenes, que enseñaba teología, filosofía, matemáticas y astronomía con una naturalidad asombrosa.

Sin embargo, entre tanto prestigio comenzó a germinar un problema. Hacia el año 220, Orígenes solicitó a Demetrio la ordenación presbiteral. Consideraba que el sacerdocio fortalecería su tarea apologética y le otorgaría una legitimidad más sólida en las controversias doctrinales que libraba dentro y fuera de Egipto. Demetrio respondió con evasivas. Algunos días después lo llamó y le preguntó: "¿Crees que nuestra fe será mejor porque los fieles escuchen tus palabras?". La pregunta escondía mucho más que una simple duda pastoral. El conflicto era institucional. Mientras Orígenes adquiría fama en todo el Mediterráneo oriental, Demetrio comenzaba a percibir el riesgo de que aquel maestro laico terminara eclipsando la autoridad episcopal.

Era preferible conservarlo como un brillante intelectual subordinado antes que transformarlo en un presbítero con capacidad de intervenir en cuestiones doctrinales y administrativas del obispado. En el fondo, la disputa enfrentaba dos formas distintas de autoridad: la del cargo y la del genio. Para entonces, la fama de Orígenes ya se había extendido ampliamente. Eusebio de Cesarea cuenta que mantenía correspondencia con obispos, filósofos y teólogos de diversas regiones del Imperio. Viajó a Roma, Arabia, Antioquía, Palestina y Grecia, muchas veces convocado para resolver disputas doctrinales o participar en debates teológicos de enorme complejidad.

En algunos casos, las autoridades locales enviaban escoltas militares para garantizar su seguridad durante el trayecto. La celebridad intelectual de Orígenes comenzaba a parecerse a la de los grandes filósofos itinerantes de la Antigüedad tardía.

Y fueron precisamente esos viajes los que agravaron el conflicto.

Más de un obispo quedó maravillado con su talento exegético y con la profundidad de sus exposiciones. En Palestina, por ejemplo, Alejandro de Jerusalén y Teoctisto de Cesarea le permitieron predicar públicamente aun siendo laico. Aquello escandalizó a Demetrio. En su carta de protesta preguntaba con iracundia: "¿Cómo es posible permitir que un laico predique en una asamblea litúrgica? Sus razones no eran enteramente caprichosas. En una Iglesia que apenas comenzaba a estructurar sus jerarquías, la distinción entre obispo, presbítero y laico resultaba fundamental para preservar el orden institucional. Permitir que un intelectual carismático enseñara sin investidura sacerdotal parecía, para algunos, una amenaza al principio mismo de autoridad.

Los obispos palestinos respondieron con dureza. De todos los argumentos que se conservan, hay uno particularmente revelador. Decían, en esencia: “Si Dios ha concedido a Orígenes un don intelectual y una gracia exegética excepcionales, ¿no sería un pecado privar al pueblo de esa luz solo por defender un protocolo administrativo?” Algo se quebró definitivamente después de aquella carta.

Orígenes regresó a Alejandría y continuó dirigiendo la escuela catequética, pero la relación con Demetrio jamás volvió a ser la misma. Se refugió cada vez más en el estudio, rodeado de secretarios y escribanos que copiaban sus tratados y respondían la enorme cantidad de cartas que llegaban desde distintos lugares del Imperio. Las preguntas eran inagotables: la naturaleza de Cristo, la inmortalidad del alma, el sentido alegórico de las Escrituras, la resurrección, el destino final de la creación.

En el año 230 recibió nuevas invitaciones desde Grecia para intervenir en controversias relacionadas con el avance del gnosticismo. Antes de partir hacia Atenas hizo escala en Palestina. Allí, Alejandro y Teoctisto terminaron convenciéndolo de aceptar la ordenación sacerdotal. "La dignidad del sacerdocio te otorgará legitimidad espiritual y jurídica", le dijo uno. El otro remató: "Es un escudo institucional para tu misión". Probablemente ninguno de ellos imaginó que aquel gesto sellaría el nefasto destino de Orígenes. Demetrio reaccionó con furia. Consideró la ordenación una intromisión intolerable en la jurisdicción alejandrina y convocó sínodos para condenar la conducta del teólogo. Orígenes fue expulsado de Alejandría y terminó estableciéndose definitivamente en Cesarea.

La paradoja de su vida comenzaba entonces a tomar forma.

La posteridad lo reconocería como uno de los fundadores de la teología cristiana entendida como disciplina intelectual sistemática. Su influencia sobre la tradición oriental sería inmensa. Sin embargo, varios siglos después, parte de sus doctrinas serían condenadas durante el Segundo Concilio de Constantinopla, en el año 553. Las sospechas recaían principalmente sobre sus ideas acerca de la preexistencia de las almas, la restauración final de todas las criaturas —la célebre apocatástasis— y ciertas formulaciones subordinacionistas relativas a la Trinidad, elaboradas en una época en que el lenguaje teológico aún estaba lejos de alcanzar la precisión dogmática posterior.

Las actas conciliares conservan una sentencia demoledora: “Si alguno sostiene la mítica preexistencia de las almas y la consecuente apocatástasis, sea anatema”.

Sobre su figura también pesaron rumores persistentes, especialmente aquel que afirmaba que se había arrancado los genitales a sí mismo para evitar las tentaciones de la carne. La historia, transmitida principalmente por Eusebio, alimentó durante siglos la leyenda de un hombre dispuesto a llevar el ascetismo hasta extremos insoportables.

Quizá nunca sepamos cuánto hubo de verdad en ello. Pero hay algo indiscutible: Orígenes fue uno de esos hombres excepcionales a quienes la historia admira y castiga al mismo tiempo. "Padre de la Iglesia" le dicen algunos; "hereje" le llaman otros... Demasiado brillante para pasar inadvertido. Demasiado audaz para permanecer completamente dentro de los límites de su época.

lunes, 18 de mayo de 2026

Matrimonio

Corría el año 1520 y Martín Lutero ya había decidido incendiar —intelectualmente hablando— media cristiandad. Alejado de Roma y acompañado por el brillante filólogo Felipe Melanchthon, publicó La cautividad babilónica de la Iglesia, un texto escrito con la delicadeza de un martillo. Allí no solo atacaba al papa León X —o lo que, según él, quedaba de la autoridad papal—, sino también el corazón administrativo y espiritual del catolicismo: el sistema sacramental.

La pregunta era explosiva y aparentemente sencilla: ¿qué necesita realmente un ser humano para salvarse? Lutero ya había cuestionado las indulgencias en sus famosas 95 tesis; ahora iba mucho más lejos. A su juicio, Roma había convertido los sacramentos en una especie de peaje celestial: mecanismos para administrar la gracia de Dios… y, de paso, controlar conciencias, fidelidades y bolsillos.

La gracia divina —diría Lutero— no necesita sofisticadas arquitecturas teológicas ni tarifas eclesiásticas. Un sacramento solo puede llamarse así si cumple dos condiciones: haber sido instituido expresamente por Jesucristo y constituir un signo visible de una promesa divina de salvación. El matrimonio, sostenía, no cumplía ninguna de las dos. Existía desde muchísimo antes del cristianismo y prácticamente todas las civilizaciones le atribuían algún carácter sagrado. Además, en ningún evangelio aparece Cristo instituyéndolo como canal específico de salvación, perdón o pertenencia a la comunidad cristiana.

La discusión se volvió todavía más peligrosa cuando Lutero decidió hacer algo que rara vez termina bien para una institución antigua: volver a las fuentes originales. La Vulgata Latina —la Biblia oficial de Occidente— traducía un pasaje de la carta a los efesios en el que Pablo de Tarso parecía llamar “sacramento” a la unión entre marido y mujer, reflejo del vínculo entre Cristo y la Iglesia. Pero Lutero fue a los manuscritos griegos y encontró otra palabra: mysterion. No “sacramento”, sino “misterio”.

La diferencia parecía pequeña, pero tenía consecuencias gigantescas. Si el matrimonio era un misterio espiritual y no un sacramento instituido por Cristo, entonces podía volver a ser un asunto terreno. Y así lo dijo sin demasiados rodeos: “El matrimonio es un asunto secular y externo (ein weltlich Geschäft), igual que el vestido y la comida, la casa y el patio, sujeto a la autoridad civil”. En una sola frase, reyes, jueces y funcionarios públicos recuperaban un poder que durante siglos había estado bajo la vigilancia de Roma.

Lo curioso es que la historia del cristianismo temprano no contradice del todo a Lutero. Durante el primer milenio, el matrimonio ciertamente recibía bendiciones religiosas, pero no era considerado una autopista privilegiada hacia la gracia divina. De hecho, cuesta sostener que fuese plenamente “sacramental” en una época en la que todavía era posible repudiar a la esposa por motivos sorprendentemente triviales. Incluso el concepto técnico de “sacramento”, tal como hoy se entiende, estaba todavía en construcción.

En el viejo derecho romano bastaba la affectio maritalis: la voluntad de comportarse como marido y mujer. Nada de sacerdotes, registros civiles o expedientes canónicos. Era, esencialmente, un contrato privado. Los cristianos posteriores al Primer Concilio de Nicea conservaron muchas de las formas romanas —anillos, dotes, banquetes, vestidos ceremoniales—, pero añadieron un ingrediente decisivo: el matrimonio debía celebrarse “en el Señor”. Cristo aparecía como testigo moral de la unión y el obispo comenzaba lentamente a convertirse en árbitro de los conflictos matrimoniales. No era obligatorio acudir a él, pero cuando había problemas, todos terminaban mirando hacia la autoridad eclesiástica. O a lo mejor si. Ignacio de Antioquía dice, en su carta a Policarpo, que los esposos deben unirse “con el consentimiento del obispo, para que el matrimonio sea según el Señor”.

Agustín de Hipona intentó solidificar el sentido teológico del asunto. Para él, el matrimonio era una especie de medicina contra la concupiscencia: un remedio legítimo frente al desorden sexual heredado del pecado de Adán. Además, cumplía funciones nobles: garantizaba la procreación, simbolizaba la fidelidad de Cristo hacia la Iglesia y hacía visible la indisolubilidad del pacto divino.

Aunque, claro, había letra pequeña. El sexo dentro del matrimonio solo encontraba verdadera legitimidad si estaba orientado a la procreación. El placer sexual por sí mismo seguía despertando sospechas morales y podía requerir atención en el confesionario. Aun así, incluso en Agustín, el matrimonio no tenía exactamente la misma categoría que el Bautismo o la Eucaristía. Era importante, sí; santo, probablemente; pero seguía pareciéndose más a un sacramental que a uno de los grandes canales directos de la gracia divina.

Mientras tanto, Europa hervía. Los siglos avanzaban y los movimientos milenaristas descubrían que anunciar el fin del mundo daba malos resultados proféticos, pero excelentes resultados políticos. Muchos comenzaron a identificar a la Iglesia de Roma con la Gran Ramera del Apocalipsis: demasiado rica, demasiado poderosa y demasiado interesada en las cosas terrenales.

En ese clima aparecieron los cátaros, especialmente fuertes en el sur de Francia durante el siglo XII. Y ellos sí llevaron el problema del matrimonio hasta sus últimas consecuencias. Si la materia era intrínsecamente mala, entonces traer hijos al mundo equivalía poco menos que encarcelar almas espirituales dentro de cuerpos corruptibles. El matrimonio no era un sacramento: era una conspiración biológica del maligno. Paradójicamente, les parecía incluso peor que la relación sexual ocasional. En esta última todavía había culpa y arrepentimiento; en el matrimonio, en cambio, la lujuria quedaba institucionalizada y bendecida bajo apariencia religiosa. El matrimonio no tiene ningún valor espiritual.

La reacción de Roma fue tan teológica como política. En el Concilio de Verona (1184), mediante la bula Ad abolendam, la Iglesia, siguiendo la posición de Pedro Lombardo, respondió elevando explícitamente la unión matrimonial a una condición santificada por el Espíritu Santo. La sacramentalización del matrimonio servía para combatir a los cátaros, pero también resolvía otro problema muchísimo más terrenal: el caos de las dinastías europeas.

Los nobles medievales tenían una tendencia bastante incómoda a cambiar de esposa según las necesidades diplomáticas del momento. Al convertir el matrimonio en sacramento, el Papa adquiría autoridad sobre la legitimidad de las uniones, las anulaciones y, sobre todo, los herederos. Desde entonces, casarse dejó de ser solo una cuestión privada o familiar: pasó a convertirse en un asunto de equilibrio político continental. Los tribunales eclesiásticos empezaron a decidir no únicamente sobre pecados, sino también sobre coronas, herencias y alianzas entre reinos.

La historia terminaría de consolidarse en el Segundo Concilio de Lyon (1174), donde la sacramentalidad del matrimonio fue reafirmada ya con pretensiones universales y en diálogo con las iglesias orientales. El Concilio de Trento puso la cereza del pastel: le dio calidad de dogma de fe (1563). Fue una respuesta contundente a la posición privatista del cismático Martín Lutero.

Esas ideas merecen otro texto.

domingo, 17 de mayo de 2026

Olvidos

Sus dolencias se apagaron con un par de tequilas. La noche se desdibujó en el bullicio de un bar, entre conversaciones ajenas y revelaciones que nadie quería saber.
 
Miró hacia el techo y se tomó un shot de tequila de un solo tirón. Mientras el calor alcohólico provocaba gestos de mal sabor, sus pensamientos dedicaron a la mujer que lo había dejado los más graves improperios que el amor de sus días pasados pudiera merecer: «por ti, perra».
 
El gesto de desagrado desapareció un par de minutos después. La música estaba a todo volumen y la camarera le dedicó una mueca de admiración mientras con la mano le ofrecía la segunda dosis. Respondió con un gesto de espera, girándose sobre su asiento para mirar al público que, entre las mesas del local, movía sus cuerpos intentando transmitir con fuerza la estridencia de las melodías.
 
Era el lugar perfecto para olvidar. Cualquier «te quiero» de cualquier canción se convertía en el resorte de los recuerdos, de los momentos mejores junto a «la perra esa» que había tenido el valor de dejarlo por sus excesos en las borracheras, por sus deshonestidades, por… por cualquier cosa que hubiera hecho mal. Su vicio de apostar la paga de la semana a los partidos de fútbol, por ejemplo. «Yo también tengo culpa», se dijo.
 
Se acercó a un mesero, pidió otra bebida y pagó con un billete de cincuenta soles.
 
Pero quería olvidar de verdad, y estaba seguro de que encontraría a alguien con quien hacerlo. Alguien que también quisiera dejar atrás sus propios errores… El extremo izquierdo de la barra, adornado con una escultura hecha con arcilla de Chulucanas, ocultaba a una mujer morena que ahogaba sus lágrimas en un vaso de cerveza. Ella lo miró, sin ser consciente de lo que reflejaban sus ojos, porque sus propios pensamientos la tenían atada a lo que quería desechar de su vida… «Esa cerveza seguro está llena de penas», le dijo mientras fingía una sonrisa agradable. Allí se encontraron dos rostros en los que dos penas, quizá semejantes, convirtieron esa noche en una oportunidad perfecta para el olvido.
 
—¿Ves a esa pareja que baila en medio de la pista? ¿Al muchacho con bermudas rosadas? ¿Te parece si cambiamos nuestros cuerpos por el movimiento? Vamos, bailemos. Que todo se vaya con un vaso de cerveza —le dijo, tomándole la mano.
 
Como respuesta, ella ya estaba bailando a su lado, mientras con un solo movimiento vaciaba el contenido de su vaso. «Que esta noche sea solo para mí…»pensó, levantó su índice hasta muy cerca de la boca de su nuevo acompañante y, en tono de advertencia, le susurró: «pero no quiero preguntas». Y bailaron y bebieron… Luego de un rato se ofrecieron sus respectivos nombres.
 
El local cerró a las tres de la madrugada, pero ellos continuaron juntos hasta que la luz del amanecer, entrometida, se abrió paso entre la ventana de la camioneta de la mujer.
 
Rodaron por las calles vacías, entre luces que se desvanecían como los recuerdos que querían dejar atrás. El motor zumbaba como una canción de fondo, y ni siquiera se dieron cuenta de cuándo dejaron de hablar; las palabras sobraban cuando lo que necesitaban era solo sentirse vivos de nuevo, lejos de las culpas, lejos de los adioses, lejos de todo lo que les había causado dolor.
 
La nave del olvido había alzado vuelo.

martes, 12 de mayo de 2026

Investigación

La historia del derecho, esa que se teje en medio de tribunales y expedientes, está arrebujada de anécdotas, de incidentes memorables, de intervenciones inesperadas y de teatralidades disparatadas donde el demandante o el demandado, el fiscal o el acusado, terminan convertidos en el centro de atención. Las redes sociales se han transformado, en nuestros días, en la gran pizarra pública de esos sucesos: el mural parroquial donde se anuncian los divorcios entre el interrogatorio y la respuesta imprevista.

Basta buscar algún caso mediático y descender a la ciénaga de los comentarios para llegar a esa espumosa orilla donde naufragan las pretensiones académicas de quienes se quemaron las pestañas leyendo jurisprudencias y extensos tratados para entender la culpabilidad o distinguirla de cualquier otro elemento personal del delito. Allí, en ese algarrobal de opiniones, aparecerán las dudas más preclaras: “¿Cuánto le habrán pagado al fiscal para que haga mal su trabajo?”; o los epitafios instantáneos: “Estamos en el Perú, cualquier cosa puede pasar”.

Esas expresiones de desengaño no son más que formas de desentendimiento: maneras cómodas de mantenerse lejos de la realidad procesal, de ignorar los vericuetos del expediente y la complejidad de una investigación penal. Se pretende una justicia infantil, hecha con la simpleza del “corta y pega”, como si el derecho pudiera reducirse a una tarea escolar. En ese mundo vivimos y allí toca administrar justicia. A los fiscales, particularmente, les corresponde levantar los muros de esa construcción.

Los tribunales norteamericanos, por supuesto, también han ofrecido historias memorables. Ahí está el célebre guante del caso de O. J. Simpson, episodio sobre el que más de un crítico sostiene que la acusación perdió el juicio al exigir que el acusado probara un mitón recogido en la escena del crimen sin haber previsto si realmente su mano cabría con facilidad en él. O aquella otra historia del mediático abogado F. Lee Bailey, quien, intentando convencer al jurado de que la cadena de fierro usada para golpear al agraviado no podía causar daños mayores, tomó el arma y decidió golpearse el muslo durante el contrainterrogatorio. No calculó, sin embargo, que el último eslabón impactaría de lleno sobre la rótula. El grito se le quedó anudado en la garganta; la palidez y la cojera hicieron el resto del alegato.

En ese pequeño universo de historias de historieta, bien vale celebrar a quienes hoy conmemoran su día: los fiscales. Y para acompañar la ocasión conviene volver, una vez más, a los anales de la jurisprudencia norteamericana, esa que no solo nos ha dejado películas para ilustrar clases universitarias, sino también episodios capaces de mostrar las formas extrañas y risueñas en que la justicia suele hamaquearse.

Corría 1974. Era la época dorada de los asesinos seriales. Los nombres de Ted Bundy, John Wayne Gacy, Jeffrey Dahmer o Harvey Carignan todavía no habitaban el imaginario colectivo con la claridad de nuestros días; se temía, más bien, a sus actos y a la posibilidad de que aparecieran frente a cualquier mujer —vecina o familiar— para convertirla en objeto de sus insanias.

Una bicicleta volcada junto a un camino apartado podía anunciar una tragedia. Un vestido desgarrado en medio de un maizal se convertía, demasiadas veces, en el prefacio de una noticia policial. Un zapato perdido entre los árboles o una mancha de sangre sobre un tronco seco bastaban para anticipar escenas de dolor. Mientras tanto, policías y fiscales trabajaban apenas con descripciones borrosas que poco ayudaban a identificar a esos desequilibrados.

Dentro de ese panorama, Harvey Carignan era un sujeto poco confiable. La policía desconfiaba de él porque siempre llevaba un diario bajo el brazo y porque ya había pasado por la célebre prisión de Alcatraz Federal Penitentiary. Ese solo antecedente parecía delinear su perfil. Sus ingresos a prisión habían sido por robos, asaltos y homicidios. A inicios de los años setenta recuperó la libertad; para mediados de 1974 ya existían denuncias de sobrevivientes que describían un mismo patrón: respondían a anuncios de trabajo dirigidos a mujeres jóvenes, subían a un vehículo verde oscuro y, en medio de lugares apartados, eran atacadas.

Algunas reconocían a Carignan en los álbumes policiales, aunque sin demasiada seguridad. Finalmente fue detenido. En su vehículo encontraron revistas pornográficas, mapas de distintos estados —especialmente de Minnesota y Washington—, ubicaciones de restaurantes de menú, gasolineras y anotaciones de kilometraje en caminos alternos. Varios espacios boscosos aparecían marcados con círculos.

Los noticieros de sábado por la noche todavía recordaban el caso de Kathy Miller, desaparecida desde el 1 de mayo de 1973. Interrogado sobre ella, Carignan negó conocerla. Sin embargo, las primeras noticias habían señalado que la joven salió de casa rumbo a una entrevista de trabajo en una estación de gasolina. Algunas sobrevivientes ya habían relatado una historia semejante.

El fiscal tenía poco entre manos. La madre de Kathy insistía diariamente, pero no existía un cuerpo, ni prendas, ni evidencia material que vinculara directamente al sospechoso con la desaparición. La posibilidad de una fuga voluntaria seguía siendo tan plausible como la de un homicidio.

Entonces apareció una mujer llamada Rita Wright. Se presentó en casa del fiscal y aseguró que podía ayudarlo a encontrar a Kathy. Hablaron un momento; luego, la mujer hizo referencia a ciertas habilidades especiales. El fiscal, agotado y sin mayores alternativas, decidió escucharla. Rita extendió un pañuelo sobre el suelo de la sala y se sentó en el centro. En medio de la noche, encendió varios cigarros sobre pequeños cuencos de cerámica y empezó a observar las volutas de humo que ascendían lentamente. Movía las manos como si quisiera apartarlas para mirar detrás de ellas. De pronto comenzó a describir una carretera, un desvío, un cartel con la inscripción “Swinomish Village” y un bosque espeso. Incluso pronunció algunas palabras en lushootseed, la lengua de ciertos pueblos indígenas de la zona. Con esos datos, días después, en julio de ese año, apareció el cuerpo abandonado de Kathy Miller.

El fiscal jamás incorporó oficialmente aquella información a la investigación. Nunca se reconoció que una médium hubiera proporcionado información decisiva para hallar a la desaparecida. La versión formal sostuvo que dos adolescentes encontraron casualmente el cadáver mientras caminaban por el bosque. Sin embargo, la crónica negra —esa que circula por debajo de las mesas judiciales— siempre supo otra cosa. Lo sabían los vecinos, las comadres y los curiosos apostados tras las ventanas: la justicia, muchas veces, se alimenta de fuentes que el discurso oficial no está dispuesto a admitir.

Aunque Harvey Carignan nunca fue procesado por la muerte de Kathy Miller, las sospechas sobre su responsabilidad persistieron durante años. El Estado prefirió concentrarse en aquellos casos donde las víctimas sobrevivieron y pudieron reconocerlo como agresor. Las condenas fueron suficientes para sepultarlo en prisión: cadena perpetua y penas adicionales por otros homicidios. Al final, la suma de castigos alcanzó cifras absurdas. Sus huesos, después de todo, no eran suficientes para cumplir los ciento cincuenta años de cárcel que la justicia decidió imponerle. 

viernes, 8 de mayo de 2026

Derrota

 

Los días de mayo de 1945 fueron, para el Tercer Reich, una agonía de escombros y humo. Tras el suicidio de Hitler en el subsuelo de una capital sitiada, la jefatura de un Estado ya inexistente recayó en el Gran Almirante Karl Dönitz. Sin embargo, la suya fue una autoridad espectral, un "mando de papel" ejercido desde la periferia, mientras el suelo alemán era devorado por el avance aliado.

Para el 8 de mayo, la soberanía alemana era un concepto abstracto. Con el Ejército Rojo dictando su ley en Berlín, los norteamericanos presionando desde el suroeste y los británicos consolidando el noroeste, no quedaba administración, solo restos de un ejército que se negaba a morir. Por ello, los Aliados no buscaron a Dönitz en su refugio de Flensburgo; les urgía una firma con peso militar, la de Wilhelm Keitel, Jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas (OKW). Necesitaban que el hombre que movía los mapas ordenara a cada soldado, desde los fiordos noruegos hasta las montañas italianas, soltar el fusil.

El trayecto de Keitel hacia la capitulación fue su propio vía crucis. Voló desde Flensburgo hacia Berlín en un avión británico, custodiado por el mismo aire que antes dominaba la Luftwaffe y que ahora le pertenecía al enemigo. Al aterrizar, el paisaje fue una bofetada de realidad: la Berlín que él ayudó a soñar como capital del mundo era hoy un laberinto de cráteres, fachadas calcinadas y un silencio sepulcral interrumpido solo por el paso de los tanques soviéticos.

Fue conducido a la Escuela de Ingeniería Militar de la Wehrmacht en Karlshorst. Allí, en lo que fuera un centro de formación de oficiales alemanes, los soviéticos habían instalado su cuartel general. Tras un breve y gélido intercambio con los mandos aliados, Keitel fue escoltado a una habitación para una espera que se hizo eterna. El cuarto era de una simplicidad insultante para un Mariscal de Campo: una cama, una mesa de madera, una silla y un lavabo. No había espacio para la pompa, solo para el encierro. Bajo una vigilancia asfixiante que no permitía visitas ni salidas, Keitel pulió su uniforme y su monóculo, aguardando el llamado de la historia en medio de la noche.

Cerca de las 23:50 horas, el silencio del pasillo se rompió. Dos militares lo escoltaron hacia el antiguo comedor. Keitel apareció como un fantasma del pasado: vestía su uniforme de gala gris, impecable y rígido, con las condecoraciones brillando bajo las luces de los reporteros. En su mano, el bastón de Mariscal de Campo, símbolo de una casta militar que se resistía a la humillación.

Frente a él, la mesa de los vencedores: Zhúkov por la URSS, Tedder por el Reino Unido, Spaatz por EE. UU. y De Lattre por Francia. Keitel caminó con el bastón bajo el brazo izquierdo, siguiendo el manual prusiano hasta el último paso. Al llegar, levantó el bastón verticalmente frente a su rostro. Fue un saludo de autoridad dirigido a hombres que ya no le reconocían ninguna; un acto de soberbia final que fue respondido con un silencio de granito y un gesto seco que le indicaba dónde sentarse.

A las 23:43, Keitel estampó su firma. En ese instante, el Alto Mando Alemán se entregaba incondicionalmente. El documento no hablaba de clemencia ni del destino de los prisioneros; era un cheque en blanco para los vencedores. Con ese trazo de pluma se cerraba el capítulo de la guerra y se abría el de la justicia: apenas meses después, el mundo se volvería a reunir en Núremberg para juzgar, bajo una nueva ley internacional, a los hombres que, como Keitel, creyeron que la obediencia era un escudo contra la infamia.

 

jueves, 23 de abril de 2026

Cerveza

 

¿Sabes por qué la cerveza, en la mayoría de sus fórmulas, se elabora con cebada? De mis días de juventud, para disimular nuestra ubicación y actividad, nos decíamos entre amigos a modo de invitación: “¿Y si nos tomamos un par de cebadas?”. Una forma dulcificada de invitarnos a beber unas cervezas. ¡Hasta nos inventábamos cumpleaños de pretexto! Y aunque más de una vez le cambiamos el nombre solo por “el qué dirán”, lo cierto es que la cerveza es sinónimo de civilidad… pero eso no se lo cuentes a mi madre, ¡que puede que te devuelva un "pencazo" por tanta insolencia! Igual, te cuento mis razones.

 En los poemas sumerios, tablillas cuneiformes de hace cuatro mil años, se narra que Enkidú —héroe legendario de la cultura sumeria— fue creado por la diosa Ningursag y puesto en medio de la naturaleza. Vivía en estado salvaje hasta que se encontró con una mujer, y esta le enseñó a ser “hombre”. Y claro, podrías pensar que se trata de un apareamiento, ¡pero no! La mujer no le ofrece sexo. En la tablilla II de la versión estándar de la Epopeya de Gilgamesh, se lee: "Enkidu no sabía qué era el pan ni sabía beber cerveza... Comió el pan hasta saciarse y bebió la cerveza, siete jarras de ella. Su espíritu se liberó, se sintió alegre, su rostro brilló y se lavó con agua. Entonces, se convirtió en un hombre". Y no diré más.

 Pero sí. La cerveza era sagrada, un regalo de los dioses. Y no es que hubiera un profeta, chamán o sacerdote que así lo hubiera anunciado. Era un asunto de fenomenología: si dejas un poco de agua estancada, poco tiempo después se pudre; pero si esa agua la complementas con cereales, miel y dátiles y la expones a la naturaleza, entonces, unos días después, tienes una cerveza muy nutritiva. En aquellos días, la consistencia de la cerveza era equivalente a lo que nosotros servimos como la avena del desayuno, algo grumosa, al punto que si no querías “comer” las harinas que flotaban en la emulsión, usaban pajillas para filtrar el líquido directamente a sus gargantas… Siento que no era muy agradable, o… ¿quién sabe? Cualquiera podía darse cuenta de que ese proceso de días debía tener una explicación, pero ante el desconocimiento de la existencia de bacterias o levaduras como causantes del resultado, lo mejor que podía decirse como explicación era que, en medio de esa sopa fermentosa de cereales, vivía la diosa Ninkasi, que les regalaba a los hombres ese líquido para “no morir”. Si tomas agua estancada es probable que enfermes; pero si es cerveza, no solo te alimentas, sino que hasta te produce alegría.

 Regresemos a su insumo principal: la cebada. ¿Por qué la cebada? ¿Por qué no el arroz o el trigo, que también son cereales? El Himno a Ninkasi, del 1800 a.C., siempre menciona el pan de cebada, el bappir, como insumo fundamental. Y aunque no se dice nada en las tablillas sumerias, hoy podemos afirmar que la cebada se presta excepcionalmente para la elaboración cervecera. Cuentan los que saben que, mientras el trigo y el centeno son fáciles de descascarar, la cebada es muy resistente. Esto, en el tiempo de la fermentación, facilita que el líquido se mantenga separado de los sólidos, posibilitando un tamizaje más eficiente. Además, y creo que esta es la razón más importante, sus enzimas facilitan la fermentación: el almidón del grano se marida perfectamente con las levaduras para un mejor alcohol. ¡Dichoso maridaje, que nos ha regalado tan buenas aguas!

 Pero no confundamos las cosas. En los tiempos de Enkidú, la cerveza no era un producto superfluo: era pan líquido, era alimento y, por tanto, requería regulación. Por eso Hammurabi la menciona en distintas partes de su legislación. Textualmente, en alguna parte, dice: "Si una tabernera no acepta grano por el pago de la cerveza, sino que acepta dinero por el peso, o si la calidad de la cerveza es inferior a la del grano, se la declarará culpable y se la arrojará al agua hasta morir". La idea era asegurar las economías de las familias campesinas y que las equivalencias de los trueques posibilitaran a todos el acceso a la cerveza, incluso cuando no se tenía dinero en efectivo. ¿Cuántas veces has dejado empeñado tu DNI en la cantina de la esquina? Mejor no me cuentes.

 El sol le ha dado vueltas y más vueltas a la Tierra, y llegamos a alguna centuria más nuestra. Tengo la fecha precisa: el 23 de abril de 1516, Guillermo IV de Baviera —territorios propios de la actual Alemania— dicta la “Ley de Pureza de la Cerveza” y reconoce que sus componentes son: agua, malta de cebada y lúpulo. Este es el fundamento de nuestra actual cerveza, aunque para nuestros días también se reconoce como componente a la “levadura”. Y se hace la precisión por razones de salubridad. ¿Recuerdas que los sumerios agregaban miel y dátiles? Los alemanes le metían una mezcla de hierbas para dar sabor, conservar la bebida y aportar efectos medicinales o eufóricos. Había quienes le agregaban sustancias alucinógenas. Así, para mitigar estos efectos, el lúpulo era el ingrediente adecuado: es un relajante de escasos efectos, pero también tiene propiedades conservantes que posibilitaban el transporte en trechos más largos.

 Y para terminar, ¿por qué insisten con la cebada? Bueno, como bien sabes, la Edad Media fue un tiempo de constantes guerras entre señores feudales y demás, entonces había necesidad de poner orden en la producción de bienes de consumo: mientras el trigo y el centeno se dedicaban exclusivamente para el pan, la cebada seguiría siendo el insumo de la bebida de la diosa Ninkasi. Era un asunto de seguridad alimentaria, pero también de control de la producción agrícola.

En nuestros días, hay distintas formas de preparar cerveza, pero la de cebada sigue siendo la más popular de todas. ¡Salud por eso! Y a propósito, ¿Algún cumpleañero por aquí?

miércoles, 22 de abril de 2026

Quimera

La negrura de la noche se confundió con los recuerdos. Y todos aparecían menos aquel que pudiera ofrecer una salida a la incertidumbre.
 
«¿Fuiste tú, el de aquella noche?». Y hubiera querido saber de qué noche hablaba; mas su alma tiritaba por querer ser aquel que sus ojos vieron... Pero no sabía más.
 
La memoria no le alcanzaba para saber de qué le hablaban, aunque el deseo de saber era mayor. Y, siguiendo los consejos de los mayores, vendría bien preguntar: «¿Dónde? ¿Cuándo?». Y no quiso hacerlo, solo por no salir de la escena en la que quería estar. La pregunta no fue pronunciada, salvo porque detrás del «depende» estaba la pretensión común de saber... De un lado, si era el recuerdo correcto; del otro, si efectivamente correspondía a un recuerdo verdadero.
 
La memoria tiene esos requiebros: olvidar en el momento justo, aquello que no asegura la supervivencia, pero también tejer los vacíos con retazos de historias vividas y olvidadas en algún altar del pasado. ¿Cómo es que la memoria me recuerda mis paseos por el Sena si ni siquiera he podido poner pie en el Atlántico? Y esa conversación con Asmodeo, en la que discutimos sobre los maridos de Sara y el olor de las entrañas quemadas del pescado ¿por qué viene tan seguida a sabiendas de que no es real?
 
Esa noche estabas en el bar, y llené tu copa de champán. Me regalaste el sorbo mejor para una imaginación desmejorada, en la que solo era yo el que caminaba en tus deseos a pesar de ti y en favor de tu alegría. Era yo desvaneciéndome en un chispazo del deseo y rememorándome intencionalmente para mi contento.
 
Era yo en recuerdos de vivencias no ocurridas.

Orígenes

 La noticia casi le provoca un síncope al obispo Demetrio. "¿Me estás diciendo que Orígenes es presbítero? ¿Con autorización de quién?...