miércoles, 27 de agosto de 2025

Suspicacias

 “Papá ¿Has leído «El Extranjero»? Me preguntó confundida Sofía. Y, a modo de referencia, indicó: “Es una historia extraña. El protagonista no parece normal. O, en todo caso, no tiene la «normalidad» que todos esperamos”. El Extranjero, ahora lo sé, es una obra ubicada en el cubículo del existencialismo filosófico, como explicación del sentido de la vida humana. Según Camus, el autor de la obra, el sentido de la vida no viene de una fuente exterior. A contrario, expone que la vida, en sí misma, no tiene sentido. Y si alguno hubiera, es el ser humano el que imprime una finalidad a sus acciones, es quien le ofrece un propósito a su propia existencia. Sin ese propósito, la vida es la expresión más cara del absurdo.

Sofía continuó ofreciéndome preguntas, como si yo tuviera todas las respuestas. “¿Y por qué, papá, el tal Meursault hace como si la muerte de su madre fuera una cosa sin importancia?” Ella misma, ofrecía respuestas a modo de preguntas “¿Será que hay personas que son insensibles ante la muerte? ¿Ante la muerte de sus propios seres queridos?”. Y seguíamos conversando sobre el particular, sobre el modo como parece vivir su propia vida el personaje principal. Finalmente, llegamos a aquello en la que la incomodidad tocó carne: ¿Los jueces aplican así la justicia? ¿Sin sensibilidad? Y es que, en el relato, el autor, expone al protagonista como un sujeto carente de emociones, que expone sus respuestas de buena fe, pero de forma tan apática, con flemático cariz, que finalmente, cierra el paso a la empatía de los otros, en especial del juzgador. De hecho, a modo de recriminación el juez –en el momento de sus elucubraciones previas a la decisión, o probablemente, en la búsqueda de razones para decidir- extrajo de un armario un crucifijo con el que recriminaba al procesado. Dejemos que el propio protagonista nos lo cuente “Extrajo (…) un crucifijo de plata que blandió volviendo hacia mí. Y con voz enteramente cambiada, casi trémula, gritó: «¿Conoce usted a Este?» Dije: «Sí, naturalmente.» Entonces me dijo muy de prisa y de un modo apasionado que él creía en Dios y que estaba convencido de que ningún hombre era tan culpable como para que Dios no lo perdonase, pero que para eso era necesario que el hombre, por su arrepentimiento, se volviese como un niño cuya alma está vacía y dispuesta a aceptarlo todo”. Luego de que, el acusado dijese que no creía en Dios y, de la recriminación universal, el juez concluyó: «Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor.»

El problema que se narra en El Extranjero, está más allá de los formularios de la justicia. En realidad, se expone las distintas formas con las que se manifiesta la condición humana: un imputado que parece no importarle su propia realidad, testigos que enmudecen ante el hieratismo de la justicia, mujeres que lloran a modo de convencimiento, funcionarios de la justicia que la revisten de sus propias creencias, testigos que no saben decir lo que saben y… jueces que juzgan con la medida de sus experiencias. Esa tarde conversamos sobre el que hacer de la justicia, pero al final fue insuficiente. Ella concluyó: “No sé porque lo condenaron… O siendo benevolente, no sé porque su pena fue tan drástica”. Y remató, casi en el crepúsculo vespertino: “Me quedo con la pregunta de su abogado: ¿se le acusa de haber enterrado a su madre o de haber matado a un hombre?”.

Yo solo me encogí de hombros. La justicia, a veces, parece irracional. Otras veces, no tanto.

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