«¿Fuiste tú, el de aquella noche?». Y hubiera querido saber de qué noche hablaba; mas su alma tiritaba por querer ser aquel que sus ojos vieron... Pero no sabía más.
La memoria no le alcanzaba para saber de qué le hablaban, aunque el deseo de saber era mayor. Y, siguiendo los consejos de los mayores, vendría bien preguntar: «¿Dónde? ¿Cuándo?». Y no quiso hacerlo, solo por no salir de la escena en la que quería estar. La pregunta no fue pronunciada, salvo porque detrás del «depende» estaba la pretensión común de saber... De un lado, si era el recuerdo correcto; del otro, si efectivamente correspondía a un recuerdo verdadero.
La memoria tiene esos requiebros: olvidar en el momento justo, aquello que no asegura la supervivencia, pero también tejer los vacíos con retazos de historias vividas y olvidadas en algún altar del pasado. ¿Cómo es que la memoria me recuerda mis paseos por el Sena si ni siquiera he podido poner pie en el Atlántico? Y esa conversación con Asmodeo, en la que discutimos sobre los maridos de Sara y el olor de las entrañas quemadas del pescado ¿por qué viene tan seguida a sabiendas de que no es real?
Esa noche estabas en el bar, y llené tu copa de champán. Me regalaste el sorbo mejor para una imaginación desmejorada, en la que solo era yo el que caminaba en tus deseos a pesar de ti y en favor de tu alegría. Era yo desvaneciéndome en un chispazo del deseo y rememorándome intencionalmente para mi contento.
Era yo en recuerdos de vivencias no ocurridas.