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miércoles, 22 de julio de 2020

Lulav

Decían que el espíritu de Yojanán, el exorcista del Jordán, estaba con él; otros que era probable que encarnara a Elijayú, el viejo profeta que fue arrastrado por una carroza de fuego, un tercer grupo lo anunciaba con un nuevo profeta, como un hijo de Yavéh, de quien, en su voz escuchaban a la de Dios, que denunciaba los males del mundo, la corrupción de los políticos, la depravación del templo, la onerosidad en las exigencias de las primicias, la explotación de los terratenientes, el hambre de las viudas… Esa idea se había propagado, al punto que la noticia  ya era un fuerte rumor entre los sadoquitas del templo. El sumo sacerdote conocía del hecho y, aunque no le daba mayor importancia por tratarse de “cosas de galileos”, bienhadados a ideas extrañas por influencias de los gentiles; empero permitidas en razón a las buenas contribuciones efectuadas –en favor del templo y del César- derivadas de la agricultura. Allí, era fácil encontrar grandes extensiones de aceituna que generaban cantidades generosas de aceite de oliva que se repartía entre los judíos de la diáspora, en especial en Siria, Babilonia, Media, Egipto y Capadocia. El lago de Kineret, les posibilitaba suficiente pescado como para que varias familias pudieran dedicarse a esa actividad. Era, en resumen, un espacio geográficamente prospero.

El asunto alcanzó gravedad cuando las noticias del profeta galileo se hicieron muy cercanas de Jerusalén. En la fiesta del Sukot, -tambien llamada “de las cabañas” o “de los tabernáculos”, los judíos se acercaban al Templo de Jerusalén para alegrarse por el recuerdo de la libertad lograda por Moisés, para dejar sus agradecidas ofrendas; pero también para restregarse la herida de la necesidad de un nuevo libertador que les aparte la bota de Roma de sobre sus cabezas. El Vayikra, -o Levitico- entre las varias ordenanzas relacionadas con la pureza cultual, las oblaciones y la santidad, disponía: “Y tomen el primer día ramas con fruto de árbol hermoso, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos, y sauces de los arroyos, y regocíjense delante del Señor, su Elohim, por siete días” y, por eso en las calles las gentes se acompañaban de ramas de palmas datileras, una cidra, ramas de mirto y de sauce silvestre, con los que se conformaba un ornamento vegetal, de curiosa formación para evidenciar la personal voluntad de acercarse a Dios, pero también para exponer su natural alegría por la libertad. El lulav, esa formación herbaria, era también expresión de la alegría de la naturaleza: “Regocíjese el campo, y todo lo que en él está; todos los árboles del bosque rebosarán de alegría”, cantaban conforme al salmo 96 mientras paseaban por la calles de la vieja Jerusalén. En ese cántico de alabanza, además, se detalla: “Proclamen de día en día la noticia de la salvación de Yaveh, cuenten a todos su gloria por encima de cualquier nación”. ¿Cómo es que no se necesitaba de un nuevo Moisés? Aquel galileo ya predicaba entre los suyos la llegada del Reino de Dios, que se anunciaba como un banquete, como una perla preciosa, como una grano de mostaza, como un poco de levadura ¿Dónde estaba la harina, donde la tierra fértil, donde el dueño de la perla, quienes eran los invitados del banquete? Y la gente blandía sus palmeras en señal de ovación y aplauso por la esperanza anunciada, por la ilusión de tiempos mejores… Las gentes que habían escuchado esa prédica aquella mañana, agradecían a Dios por ese hombre –de ordinaria apariencia y de tranquilo semblante- que había tenido la delicadeza de explicarles la propuesta de una historia próxima, aquella en donde Yavhé garantizaba la presencia de todos en el banquete de su reino. “Y nuestros hermanos de las lejanías volverán a lomo de águilas, para gozar de las delicias de esta Jerusalén que es de todos, que es de los hijos de Yavéh. Los hijos de Jacob regresarán para deleitarse en la tierra de la leche y de la miel prometidas”, anunciaba a media voz, a ese público que fervoroso ponía frente a sus pasos sus lulav, sus prendas, sus bolsas de mercado, incluso sus capas, con el afán de que este hombre de Dios no ensucie la planta de sus pies… “El reino de Dios está cerca”, se escuchaba en la lejanía, mientras las gentes con sus enfervorecidos “Hoshana, hoshana, hoshana Mashíaj Ben David” rompían el aire de esas calles polvorientas.

Las voces chismocientas le llegaron al sumo sacerdote Yosef Bar Kayafa con la noticia de ese predicador. “Los galileos son buenos pero de lejitos” se dijo, mientras recordaba, junto con su suegro la historia de Zacarías, el salteador, que conjuntamente con una gavilla de guerrilleros, a poco más de 70 años, había puesto de cabeza las fronteras arguyendo ser un heredero y defensor de la causa de los macabeos. En ese relato se dejó llevar por lo que le contaba su suegro Ananías, que a su vez recordaba la historia recogida en los textos de cronología de los sadoquitas del templo que le habían antecedido en el puesto. Sin embargo, parecía tener más clara la historia de Judas de Gamala, descendiente del tal Zacarías que, hacia poco menos de 25 años se había opuesto duramente a la administración romana, a los mandamientos tributarios y a las obligaciones censales de Quirino. Su labor partisana había sido de tal envergadura, que muchos en esos días, alegaban que el grupo de los zelotas no eran más que su continuidad. Otros argumentaban que, era un hombre político y guerrillero pero también muy piadoso, un hijo de Dios, al punto fue se le recordaba como un mesías frustrado y, de eso daban fe algunos de los miembros del Sanedrín. Es el caso de Gamaliel –miembro del ala liberal de los fariseos- conocido de Yeshúa y, amigo de algunos de sus seguidores… De hecho, en esos días –en los que era fácilmente convocables un buen número de los consejeros, se recomendó dejar que los tumultos se diluyan con las fiestas, con los cantos de alegría, con el vino de las tabernas. No obstante, la preocupación no era poca. Con esos antecedentes, la noticia de un predicador alborotando las calles no era una buena noticia… no en medio de muchedumbres enfebrecibles, ansiosas de nuevos aires, de noticias de libertad.

El centurión romano, encargado de la seguridad y el orden en las afueras del templo, tenía información de fuentes muy fiables, que entre los judíos llegados de las provincias judias y griegas había varios que se habían declarado seguidores del fariseo Sadoc y, ya se habían identificado a algunos de esos bullangueros y sediciosos. La inteligencia romana se conocía al dedillo las profecías políticas del pueblo de Yavéh. El solo hecho de escuchar que le endilgaran a cualquier predicador su filiación con la casa de David o que le ofrecieran alguna forma de aceite sagrado o que le reconozca como enviado o profeta o, que siquiera se le ofreciera el titulo o seudónimo de “Mashíaj Ben David” no hacía más que encender las alertas. En los subterráneos de la casa Pilatos, de hecho ya tenían a tres o cuatro sediciosos, a quienes se les acusaba de participar en las revueltas de los zelotes y, se esperaba de ellos, denuncien nuevos nombres de otros que pudieran andarse por la calles con afanes antirromanos. La mala experiencia con Antigono Matityahu, el último gobernante de los macabeos, quien fuera capturado por Pompeyo y luego de escapar de la prisión volviera a generar desorden con ayuda extranjera, al punto de ejercer como sumo sacerdote y rey de los judíos, les obligaba a ser gravemente cautelosos con cualquier movimiento, grupo, doctrina, tendencia política que procurara aires mesiánicos. Y no importaba la clase social sino la ideología, tampoco se fiaban de nadie, ni siquiera de los que aparecían como hombres piadosos o que proviniesen de alguna familia importante. Simón de Perea, el ex sirviente de Herodes, por sus ínfulas de rey y su actuación de pillaje en la ciudad de Jericó, no hizo más que encender las iras de Valerio Grato, el antecesor de Poncio Pilato, quien tan pronto lo tuvo al alcance de su mano, le hizo perder la cabeza, bajo el filo de su espada. Roma, en realidad, no estaba para bromas… Los esenios, ese grupo de monjes del desierto, ya estaban en la mira: la literatura que producían no hacían más que incentivar las esperanzas mesiánicas y apocalípticas, a las que Roma no pretendía ofrecer más que fuego y espada. 

Próculo, el centurión de la seguridad del templo, al escuchar a las muchedumbres entusiasmadas en el, todavía, primer día del Sukot, consideró pertinente ordenar la separación  de los revoltosos y, envió a un grupo de soldados, debidamente ataviados con sus pertrechos de represión y, luego de alguna breve escaramuza, lograron la dispersión del grupo de allegados; sin embargo, dirigiéndose a los seguidores más cercanos del predicador, los soldados les anunciaron que evitaran ese tipo de congregaciones y de arengas o tendrían que vérselas con Poncio Pilatos… Asustados estos, luego de un breve paseo por el templo, por  decisión del maestro entrumbaron hacia Betania, a casa de Lázaro, su viejo amigo. Al menos tendrían un jergón sobre el que reposar sus cabezas, en el que rumiar el mal sabor de la amenaza de las milicias romanas, esas que le aseguraban el trono al zorro de Herodes Antipas.

lunes, 1 de octubre de 2018

Contumaz

Ticio Septimo tiene una acusación por violación sexual. Fue citado para su audiencia de juicio oral para el 20 de junio pasado. No se presentó: su abogado le habría advirtido que tenía las de perder, pues no sólo se ofrece  la declaración (en cámara Gessel de la agraviada) sino también las anotaciones de anamnesis de la misma en las pericias médica y psicológica. Los informes mismos eran contundentes y, los peritos que las suscriben pocas veces se no se presentan en juicio. Añádase el video de la cámara de la municipalidad que permite ver como Ticio, aprovechando la soledad de la vía, jala a Clelia Marcela llevándola a rastras hacia la oscuridad… El abogado pareciera tener razón cuando le dice que hay muy poco que hacer.

El juez de la causa programó ocho horas para la audiencia de Ticio Séptimo; en las que se escucharían las alegaciones de las partes, la visualización del video de cámara Gessel, la declaración de los peritos, la lectura de documentales y la presentación de los testigos que ayudaron a Clelia la noche de los acontecimientos, además del médico que le prestó auxilio cuando ingresó inconsciente por emergencias del hospital de la localidad. A esas ocho horas, tendría que sumársele las tres horas, necesarias para la elaboración de la sentencia.

Ticio ante el temor de perder la libertad no se presentó en la fecha señalada. La no presentación del acusado motivó la pérdida de ese tiempo del juez y de los demás servidores judiciales. En realidad, se dedicó a otras actividades jurisdiccionales, que de ordinario son adicionales: intromisión de otras audiencias, atención de resolución en el sistema electrónico, quizá la de algún contumaz, etc. etc. En realidad el tiempo en un despacho judicial es muy valioso: la agenda de audiencias a este tiempo está copada hasta las siguientes ocho semanas.

Ticio Septimo fue aprehendido anoche y, su abogado solicita la realización del juicio de su representando en el plazo más breve y, dentro de las 48 horas siguientes “como manda la Constitución”. Si la agenda está completa hasta las siguientes ocho semanas y, en las siguientes 48 horas ya hay programadas audiencias en las que –en caso de no realizarse- se corre el riego de quebrar el juicio, lo que significa volver a empezar ¿Es justo que Ticio Séptimo pretenda que se le atienda rápido cuando en la oportunidad que se le ofreció prefirió huir? ¿Será justo, en comparación, que en la cola de los que esperan la venta del pan se atienda con preferencia a aquel que llegó tarde solo porque  quiso dormir unos minutos adicionales?

La realización de un juicio penal no es tan simple como ponerse en una cola de espera del pan de la mañana. La audiencia del 20 junio (que el acusado desestimó) se programó con anticipación en atención a varios factores: a. La agenda jurisdiccional, b. El número de personas que se presentaría en el juicio, incluyendo testigos y peritos, c. La cantidad de documentos que se leerán en audiencia, d. los lugares a donde se dirigen las notificaciones (no es lo mismo notificar a un testigo que vive en el cercado de Piura a que a otro que domicilia en Rangrayo, Frias), e. El tiempo oportuno para que el acusado y el Ministerio Público organicen sus respectivas estrategias de defensa, etc., etc.

No es cierto que la Constitución mande que los contumaces deban ser atendidos dentro de las 48 horas. En realidad, la Constitución dispone que los detenidos en flagrancia  sean puestos a disposición del juez dentro de ese tiempo. El asunto es que, Ticio Septimo no es un ciudadano detenido para que el juez defina su situación jurídica; sino que, ya tiene una situación jurídica específica: es un contumaz, un ciudadano en franca rebeldía contra el sistema de justicia; por tanto, deberá sujetarse a los reacomodos de agenda, a la necesidad de volver a notificar a los intervinientes, de asegurar la participación de los testigos. En ese sentido, es necesaria su atención, pero tampoco es que el juez tenga que dejar de dormir o que los otros justiciables tenga que sacrificarse para que el “niño bonito”, Ticio Septimo, sea atendido dentro de las 48 horas solo que tuvo la mala suerte de ser capturado.

No es lo mismo para el derecho, un ciudadano “aprehendido en flagrancia delictiva” a que, otro aprendido en condición de “contumaz”. Este último, de modo similar que el anterior, es sospechoso de haber cometido delito; pero a diferencia, el reproche que se le hace es mayor: no solo por ha expuesto su voluntad de indisciplina y rebeldía frente a la justicia sino también porque se tiene en su contra una acusación específica de hechos, pena y reparación civil.

Así como la justicia ha esperado la captura del acusado contumaz, ahora corresponde que él espere el tiempo prudente y necesario para preparar su enjuiciamiento: verificar agendas (incluyendo la del fiscal), apretar otras audiencias (con la probable queja de otros justiciables y abogados), notificar a los órganos de prueba, etc.

Caballero Ticio Séptimo: espera tu turno.  Hay que buscarle espacio a tus nuevas ocho horas que definirán tu futuro... Ten un poco de paciencia. No se te pondrá al final de la cola (a dos meses de la agenda ya existente) pero tampoco pidas que se deje de atender al que ya estaba en la ventanilla misma.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Auctoritas

Y un día conocí a un juez de paz, de una provincia serrana que decidió hacer inversiones. Prefirió no aburrirse en su oficina y una mañana tomo su mochila con un par de ropas y se fue siguiendo a su notificador. Prontamente advirtió que la carretera se acababa y que era necesario andar. Muy poco dado a los deportes, la tarea le costó esfuerzo...

Maldijo el momento en que se le ocurrió semejante idea pero ya se había echado a la tarea. En un par de días había caminado tanto que en el tercero, las pantorrillas no daban más... En dos días, solo había podido notificar a cinco demandados. Las casas, propias de la serranía, no estaban juntas unas de otras y para saber si era o no la indicada había que hacer otros esfuerzos y, si efectivamente no quería volver al día siguiente (como manda la ley procesal) era mejor ir hasta sus chacritas para entregar los documentos en la propia mano.

Decidió no decir quien era, así que se sujetó a las voluntades de las gentes. Probablemente la palidez de su rostro y el cansancio reflejado motivaba a la caridad de los "poblanos", que estaban dispuestas a compartir de sus pobrezas...

Dias después, en medio de las audiencias, los justiciables se admiraban de que el notificador haya sido el juez, que éste hubiera comido de sus olluquitos aderezados con presitas de carne seca, que hubiera tomado sus aguitas de pelo de choclo y que sin chistar hubiera aceptado sus panes resecos por el frío, de su trigo y otros granos... Les parecía mentira.

Esas sentencias, dicen los que vieron, casi que eran acuerdos entre las partes, porque no se fundaban en las retóricas abogadiles sino en el conocimiento de la realidad, de los modos vitales de los que tenía frente de si, de la vivencias de los justiciables.

Leí una sentencia de aquellas, era un brevisimo capítulo de sociología jurídica. La inversión había dado frutos prontamente: su autoridad se asentaba en el reconocimiento social de sus decisiones.

Buenas tardes.

Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...