Era mediodía, pero el día parecía más avanzado. El reloj marcaba la una y algunos minutos, aunque mi reloj biológico insistía en que ya era más tarde. En la iglesia, una banda de músicos ofrecía un concierto de bienvenida a una pareja de recién casados. Un cura encabezaba la ceremonia. El silencio solemne del ritual vencía la luminosidad del día, y varios preferimos refugiarnos bajo las sombras de los árboles en la plaza de armas contigua.
Los músicos hacían sonar sus instrumentos sin ton ni son. A mi lado, en una banca de madera apoyada contra el barandal que protegía las áreas verdes, se sentaba un hombre mayor, sin intención de acompañarme. “¿Usted es foráneo? No parece de por aquí”, dijo, mientras su mirada recorría mis ropas de costeño entrometido en tierras ajenas. A un lado, un grupo de doce muchachos risueños, entre risas y toqueteos, ensayaba el "wititi".
La tarde brillaba con intensidad. El hombre, tras desaprobar en silencio los juegos de los jóvenes, murmuró: “Mejor se pusieran a sembrar papas o a mejorar las terrazas”, y añadió unas palabras en quechua que sonaron como reproche. Luego me habló de la desidia de los jóvenes hacia el cultivo, de las más de cinco mil hectáreas abandonadas en los últimos cinco años, y de cómo la calidad de las papas se ha ido perdiendo. “Tanto que hicieron los antiguos... tantas variedades... y ahora se van a perder. La gente moza prefiere la ciudad”, concluyó con pesar, mientras su mirada se perdía en los cerros de la margen derecha. “Illapa se va a molestar”, dijo.
“No creo que llueva”, pensé para mis adentros. Él, en cambio, continuaba con su reprensión: “Illapa se esconde en los cerros”. Sobre la cadena montañosa se tejía una nube oscura. Le pregunté si eso que se veía era lluvia. “Es Illapa... Nada que Santiago Matamoros. Ese hombre montado en caballo con arcabuz no es más que Illapa”. El cielo, en ese momento, retumbó. Los rayos aparecieron como flashes de cámara fotográfica. Y así, durante varios minutos.
Los músicos se pusieron en forma. Mi acompañante se levantó y me despidió con una sentencia: “Si quiere llegar a Chivay, empiece ahora a correr. La lluvia no demora”. Luego se dirigió a la puerta lateral de la iglesia para acompañar a los recién casados. Recuerdo sus palabras: “Nada de derrumbes. Illapa cuida la tierra, siempre la cuida. Bendita sea la Mamapacha”.
Diez minutos después, el cielo se sacudía entre truenos y rayos. El agua caía en forma de granizo. Mis pensamientos se dirigieron a la sabiduría de los viejos y a la naturaleza trepidante. O quizá era yo el tembloroso, con tantos truenos y lluvias amenazantes sobre mi cabeza.
Mi alma apocada apenas alcanzó a susurrar: “Que Illapa nos cuide”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario