Lucía caminaba por el barro. Le agradaba la frescura que le
regalaba. El sol del mediodía le provocaba pensamientos que su madre, quizá, no
aprobaría. Quería meterse —toda ella— por en medio de esa tierra mojada. Le
hacía gracia la idea de formar grumos de barro en medio de sus cabellos. A
corta distancia, un par de latas se acomodaban sobre una hechiza losa de
piedra. La voz de su madre, que venía de más allá, la desvió de sus propios
pensamientos:
—¿Ya está? ¿Ya cumpliste la tarea de llenar de agua esas
latas?
Con un movimiento afirmativo de cabeza cumplió con
responder.
Y ahora, sus pensamientos se llenaron de la canción que su
madre tarareaba: “Árbol, árbol, árbol frondoso y florido / Árbol, árbol, árbol
frondoso y florido / cuando te ven sin hojitas te miran desconocido / cuando te
ven sin hojitas, te miran desconocido”. Y deseó que ese árbol efectivamente
estuviera allí, para apaciguar el sol que le provocaba las ganas de enlodarse
como puerco. La madre, mientras tanto, ajena a sus lúdicos pensamientos, seguía
en su canturreo mientras no dejaba de restregar un buen puñado de ropas de los
suyos. Miró la esfera celeste…
—Ay, solcito, ¿no puedes alumbrar para otro lado?
Tomó una de las latas de agua y la vació sobre una tinaja de
aluminio, y pidió a la muchachita que la volviera a llenar. Un cuenco plástico,
hecho con un contenedor de pintura, sirvió para la tarea. Ahora con reniegos:
—¿Cuánto falta, má? ¿Me puedo bañar?
La mujer hizo oídos sordos.
Había terminado con las ropas pesadas: driles, pantalones de
colegio, ropas de trabajo; y las aguas descoloridas habían servido para
refrescar las calenturientas arenas que las circundaban. El río, este año, no
había crecido. Las lluvias habían sido pocas y las obras de alcantarillado no
tenían cuándo acabar. El agua potable era escasa y apenas caían chorritos que,
con las justas, permitían agua para la cocina, aseos personales y alguna otra
cosita dentro de la casa. Si había necesidad de agua para asuntos de mayor
calado —limpieza de la casa, baños, lavado de ropa— o la llevabas desde el río,
que estaba a quinientos metros de distancia, o es que ibas al río —a lo que
quedaba de él— para hacer esos menesteres. Pues ahora tocaba padecer el sol
sobre los propios pellejos, pero a la vez aprovecharlo para el secado pronto de
las ropas y de las sábanas. Hasta la rugosa arena servía para ahorrar algo de
jabón en el lavado de las zapatillas, de las medias, de las botas y de los
pantalones.
Lucía había encontrado un recodo —pequeño— de agua. Allí,
calladamente, se tiró sobre una pequeña laguna y aprovechaba un chope de
algarrobos para guarecerse del inclemente sol.
—¡Hija…! ¿Dónde estás? ¡Llena agua! ¡Las latas están secas!
Era ella, la niña, la que ahora quería hacerse la
desentendida. Ella seguía jugando con el agua entre sus pies. Extendida en el
acuífero, subía sus piececitos hasta por encima de la superficie, llevando
arena sacada desde el fondo. Jugaba a que buscaba pepitas de oro, y las
piedrecitas que lograban la luz del sol eran —en su imaginación— el preciado
metal. Un día, tendría mucho y llenaría ese arenoso cauce de árboles que le
permitieran lavar su ropa sin el molestoso sol.
—Hija, el agua… rápido… ayuda, hijita —apuró en forma de
súplica la madre, y ella, molesta con el sol, se echó a la tarea.
No era tanta, pero de tantas repeticiones ya se hacía
pesada. Sobre una cama hecha de ramas se extendían los cobertores de cama, los
pantalones, las camisas… Tres pares de zapatillas se secaban a punta de
revolcones sobre la arena caliente que les daban de rato en rato. Y las latas
se llenaron y se vaciaron, y así hasta que ya habían pasado algo más de cuatro
horas. De hecho, el sol ya se había movido de su ubicación inicial y parecía
que quemaba menos. Y ella preguntó:
—¿Y si le hacemos un caminito al río para que vaya a nuestra
casa?
Y la respuesta venía a su medida:
—No, porque él tiene su propio camino y hay que respetar su
destino. Tiene que llegar "hasta más allá" —y le señalaba el
horizonte con el dedo— para que se case con el mar.
Un hato de caballos llegó en busca de agua. Y Lucía, ahora
sobre los equinos lomos, jugaba a perseguir al sol para que no quemara tanto,
para echarle un poco de agua y jugar con él a los carnavales. Y también pensaba
que alguno de esos nobles animales le podría ayudar a llevar esas bateas que en
un rato se llenarían de ropas limpias, secas o húmedas, que harían que el
camino de vuelta a casa fuera pesado…
—¡Mamá, ¿quieres bañarte?! —gritó desde su acuífero refugio.
El "dame unos minutos" permitió que, en un rato
más, la niña insistiera en la invitación. Los caballos se estuvieron un rato
más, apacentándose en las cercanías, aprovechando la humedad de las orillas
para remojar sus cascos, para patear el agua y refrescarse sus panzas. Y ella
jugueteaba con la idea de tener una carreta en la que llevar sus trastos,
jalada por un par de potrillos.
Un poco de ropa ya había sido recogida. Estaba seca y se
acomodaba en una de las latas que hacía un rato eran el albergue de aguas de
reposición. Otras hacían el esfuerzo de secarse sobre la cama de ramas, y de
vez en cuando se volteaban con el afán de un pronto secado.
—Mamá… ¿y si hacemos una carreta y le presto las ruedas de
mi bicicleta?
La mujer se quedó pensando: "Un día no necesitaremos
venir tan lejos. Un día el agua caerá desde los caños y solo nos preocuparemos
por que la utilicemos bien". Y es que llevar agua desde ese punto requería
o de un yugo sobre los hombros de algún fornido muchacho —que demoraría unas
tres horas y harto esfuerzo para conseguir unos doscientos litros de agua—, o
de un par de cajones con sus bidones plásticos sobre un jumento para alcanzar,
en el mismo tiempo y ahora con esfuerzo ajeno, esa misma cantidad del líquido
elemento.
La mujer jugueteaba con su hija cuando advirtió que el sol
ya había perdido su amarillo color y había tomado unas tonalidades naranjas que
permitían mirarlo directamente. En forma de broma amenazante, dijo que se hacía
de noche y que las lechuzas aparecerían. Retó a su menor a secarse prontamente
y a cambiarse con algunas de las ropas secas…
—A la cuenta de diez —le dijo.
Y el mandato —formulado en lúdica letanía— logró pronto su finalidad. Con el sol perdiéndose en el horizonte, un par de mujeres —una mamá y una niña que no llegaba a los seis años— caminaban con tinas, latas, ropas y trastos, de vuelta hacia su casa, para seguir con las tareas escolares que, mañana lunes, debían presentarse en el colegio.