viernes, 26 de diciembre de 2025

Domingo

Los días de la semana tienen nombres de deidades de la mitología greco-romana. El lunes viene dedicado a la diosa Lunae, la luna; el que le sigue le es propio para el dios Marte; los comerciantes y viajeros le dedicaban el miércoles a Mercurio, su deidad patrocinadora; el jueves era para Júpiter. Venus había ganado los días viernes y, el sábado era denominado dies saturni; mientras que el séptimo día era el dies solis: el día del Sol. En realidad, el día solar era el primero de la semana. Tal organización ordinal expone la relevancia de la divinidad solar en medio de la hornada de divinidades tardías de los romanos de los tiempos primeros de esta era.

El sol y la luna tienen relevancia en culturas agrícolas. Ambos cuerpos celestes influyen en el crecimiento y producción de los frutos de la tierra. De allí su relevancia en la Roma antigua. De hecho, se le reconoce en el viejo panteón de los sabinos y de los latinos, pueblos originarios del río Tiber. El asunto es ¿y porque el domingo se llama "dies Dominicus", dígase "dia del señor" y no "sol", siguiendo la etimología de los otros nombres de los días? Por algún lado, los evangelios cuentan que la resurrección de Cristo se efectuó el primer día de la semana, es decir el día del sol. Ellos, los de camino, la secta judía jeshua-mesianica, introdujeron un nuevo nominativo para el primer día de la semana, hasta que, se generalizó en los tiempos -probablemente- Constantino, cuando el cristianismo se había encumbrado como una religión distinta de la judía. Ignacio de Antioquía, hacia el 110, escribía "Si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a una nueva esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el día del Señor (Domingo), día en el que surgió nuestra vida por medio de él y de su muerte."

Lo que seguía era ¿Y porque nuestro dios no tiene un día especial dentro del calendario? El día 25 de diciembre era fecha de solemnidad en el sacerdocio del dios sol. En los inicios de nuestra era, en los años doscientos, la deidad -por influencia oriental- había tomado el nombre de Sol Invicto, y en diciembre se celebraba su nacimiento: Nativitas Solis Invicti. Los cristianos se preguntaban ¿Es un dios el sol? ¿No es que acaso Cristo es el verdadero sol que ha bajado de lo alto? Después del siglo IV, el día del sol era el día del Señor y, el 25 diciembre correspondía a su natalicio: " Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz". 

Zacarías es, ahora, profeta de una festividad no pensada en su judía humanidad.

martes, 21 de octubre de 2025

Victoria

Un enorme cartel aparece en la iglesia de San Juan Bautista. Señala que los predios en los que se asienta el colegio Champagnat (vecino de la iglesia) son propiedad del Arzobispado de Arequipa. En letras que el sol ha decolorado se lee: “No se deje sorprender”. A pesar de la palidez, el mensaje destaca por su contenido. Expone un litigio entre el ordinario del lugar y la congregación religiosa que regenta la institución educativa. ¿Será que los maristas pretenden vender el inmueble? ¿Es una forma velada de desacreditar la educación que ofrecen? ¡Quién sabe! La única certeza es que el hijo de De la Salle se enfrenta con los herederos de Marcelino Champagnat.

El chisme nos ganó, y le dimos la vuelta a la cuadra para tener una idea del valor del litigio. Entre esas callecitas caímos en cuenta de que el sol arequipeño quema como el de Piura... de modo distinto, pero igual de justificado para invocar la sed. Un letrero anunciaba un restaurante. Nos metimos, y la sencillez de sus ornamentos nos invitó a mirar el reloj... ¡Qué “mirabus” ni qué nada! Los platos anunciados en forma de fotografías nos recordaron que faltaba poco para la hora del almuerzo. Una cerveza arequipeña —fría, al menos— fue el hidratante que puso fin a la sed, el aperitivo que abría espacio para alguno de los platos ofrecidos en la carta.

Luego de varios “De tin marín de do pingüé”, creímos que el hambre moriría en manos de un costillar de cerdo y... pues sí. Corresponde reconocer que nos habíamos adelantado a varios comensales, y tuvimos la ocasión de ser atendidos por una mujer —entrada en años, ataviada con ropas blancas y un sombrero de ala ancha—. Le pedimos una cerveza arequipeña, y luego nos explicó la composición de los distintos platos. Los años dan experiencia, y se notaba que sabía de lo que hablaba. Al escuchar que nuestra elección fue el costillar, sonrió y sentenció: “No se va a arrepentir”, y se metió por entre una reja que daba a la cocina del restaurante.

Ese breve tiempo nos permitió regocijarnos con una estampa arequipeña pintada al óleo. También tuvimos oportunidad de ver una gigantografía que se esconde detrás de un mostrador rojo ocre, donde se aprecian vasijas gigantes acomodadas en la amplitud de una bodega que parece de vinos. En otras fotografías aparece la mujer que nos atiende —quizá con algunos años menos— jugueteando con la masa de los picarones, mientras unos comensales sonríen junto a ella. La mujer regresó para indicarnos que nuestro plato estaba a punto... que le diéramos un “tiempito”. Aprovechamos para preguntarle, solo por curiosidad, si ella era “Victoria Anco”, y haciendo un ademán con la mano para mostrarse a sí misma, replicó: “Así es. Desde hace más de sesenta y... años”. Con una sonrisa se negó a decirnos su edad. “Hago picarones desde que era muchachita”, y nos señaló las fotos donde aparece un sartén con picarones doraditos, de crujiente apariencia... una botella de miel está a un costadito. Le agradecimos por su arte, mientras uno de sus colaboradores se acercaba trayendo los platos solicitados. En realidad, eran dos: las costillas de cerdo y una ocopa arequipeña. Al ver nuestra cara de hambre, sonrió diciendo: “No tenga miedo de coger con la mano... Los cartílagos siempre son una delicia”. Sus pasos lentos la alejaron, y nosotros nos entregamos a la tarea de no dejar nada en los platos.

Las torrejas de papa se escondían bajo un manto de crema. El verde del huacatay se conjugaba con el amarillo de los ajíes, mientras que los sabores de ambos se fundían con la sapidez del maní molido. Un corte sagital revelaba un huevo sancochado partido en dos, mientras el choclo peleaba —en lo que podía— con las rodajas de papa por revolcarse en la crema de la ocopa. No les dimos tregua ni pie a discusión. Nos deleitamos con ese plato.

Las costillas de cerdo fueron una delicia distinta. La carne estaba perfectamente cocida, la piel del chancho molida entre los dientes provocaba crujidos que liberaban sabores que no requerían acompañamiento... pero sí, los había. Las papas grilladas, en conjunción con los jugos naturales de la carne, eran una canción de Dios... de cualquiera de las divinidades, de cualquier cielo. Esas cebollas finamente logradas y remojadas en jugo de limón con pimienta hicieron coro a dos voces, y nosotros solo gozamos del placer entero en nuestra boca. El frío de la cerveza nos pedía a gritos: “Yo también quiero”.

Doña Victoria se acercó: “¿Todo bien?”. Una frase hecha para la ocasión... ella era testigo de lo bien que la estábamos pasando. No quisimos ni hablar para no contaminar con aire los sabores de la carne, y nos limitamos a levantar el pulgar, mientras con la otra mano hacíamos señal de que esperara. En un lado del mostrador se leía las presentaciones de los buñuelos. En la tercera línea decía: “Buñuelos de lacayote”, y preguntamos para tener una idea. Nos explicó: “Es una especie de zapallo”, y se quedó pensando para  añadir: “Es una calabaza nativa de por acá”. Le agradecimos por la explicación ampliada a sus picarones de quinua y de maíz morado.

Nosotros ya no dábamos más. Apenas para otra cerveza y un vaso de chicha de jora a base de maíz morado. Su gentileza fue más. Cuando estábamos a punto de despedirnos, apareció doña Victoria con un plato: “Ustedes no se pueden ir sin el postre”. Cuatro buñuelos de distintos sabores fueron el punto final de nuestra glotonería. Nos faltaba boca para relamer la miel que se quedaba entre los dedos.

Al salir, nos despedimos como si nos conociéramos de toda la vida... Vida resumida en un par de platos de comida, muy bien preparados, que ameritan repetición. Nos fuimos caminando por las calles de Yanahuara, para reacomodar nuestros cuerpos a la realidad. Tanta beldad no puede durar para siempre... No obstante, nuestra curiosidad —que empezó como chisme por pleitos entre tonsurados— nos valió nuevos sabores que vinieron bien para conocer la culinaria del sur del país.

En el Perú se come bien por donde vayas. ¡Manos benditas las de Dñ Victoria!

sábado, 18 de octubre de 2025

Illapa

Era mediodía, pero el día parecía más avanzado. El reloj marcaba la una y algunos minutos, aunque mi reloj biológico insistía en que ya era más tarde. En la iglesia, una banda de músicos ofrecía un concierto de bienvenida a una pareja de recién casados. Un cura encabezaba la ceremonia. El silencio solemne del ritual vencía la luminosidad del día, y varios preferimos refugiarnos bajo las sombras de los árboles en la plaza de armas contigua.

Los músicos hacían sonar sus instrumentos sin ton ni son. A mi lado, en una banca de madera apoyada contra el barandal que protegía las áreas verdes, se sentaba un hombre mayor, sin intención de acompañarme. “¿Usted es foráneo? No parece de por aquí”, dijo, mientras su mirada recorría mis ropas de costeño entrometido en tierras ajenas.  A un lado, un grupo de doce muchachos risueños, entre risas y toqueteos, ensayaba el "wititi".

La tarde brillaba con intensidad. El hombre, tras desaprobar en silencio los juegos de los jóvenes, murmuró: “Mejor se pusieran a sembrar papas o a mejorar las terrazas”, y añadió unas palabras en quechua que sonaron como reproche. Luego me habló de la desidia de los jóvenes hacia el cultivo, de las más de cinco mil hectáreas abandonadas en los últimos cinco años, y de cómo la calidad de las papas se ha ido perdiendo. “Tanto que hicieron los antiguos... tantas variedades... y ahora se van a perder. La gente moza prefiere la ciudad”, concluyó con pesar, mientras su mirada se perdía en los cerros de la margen derecha. “Illapa se va a molestar”, dijo.

“No creo que llueva”, pensé para mis adentros. Él, en cambio, continuaba con su reprensión: “Illapa se esconde en los cerros”. Sobre la cadena montañosa se tejía una nube oscura. Le pregunté si eso que se veía era lluvia. “Es Illapa... Nada que Santiago Matamoros. Ese hombre montado en caballo con arcabuz no es más que Illapa”. El cielo, en ese momento, retumbó. Los rayos aparecieron como flashes de cámara fotográfica. Y así, durante varios minutos.

Los músicos se pusieron en forma. Mi acompañante se levantó y me despidió con una sentencia: “Si quiere llegar a Chivay, empiece ahora a correr. La lluvia no demora”. Luego se dirigió a la puerta lateral de la iglesia para acompañar a los recién casados. Recuerdo sus palabras: “Nada de derrumbes. Illapa cuida la tierra, siempre la cuida. Bendita sea la Mamapacha”.

Diez minutos después, el cielo se sacudía entre truenos y rayos. El agua caía en forma de granizo. Mis pensamientos se dirigieron a la sabiduría de los viejos y a la naturaleza trepidante. O quizá era yo el tembloroso, con tantos truenos y lluvias amenazantes sobre mi cabeza.

Mi alma apocada apenas alcanzó a susurrar: “Que Illapa nos cuide”.

jueves, 28 de agosto de 2025

Tacna

Tacna hoy está de fiesta. Se pone su chachá dominguero y nos regala una estampa llena de peruanidad. Conmemora su cautiverio y celebra su vuelta al seno del Perú. Y el mérito es suyo. Solo suyo. Suyo y de sus mujeres.

El tratado de Ancón, firmado por Perú y Chile, a poco tiempo de la guerra del Pacífico, obligaba a que Tacna y Arica se sujetaran a la administración chilena por el periodo de diez años. Los calendarios empezaron a correr en 1884... Y los chilenos jugaban de local: la idea era que, al final, en el último pitazo, la elección ciudadana prefiriera mantenerse bajo la soberanía chilena. Arica no pudo sujetarse, Tacna, en cambio, resistió hasta, prácticamente, obligar a los chilenos a abandonar ese pedazo de Perú.
Las mujeres volvieron a jugar a favor nuestro, aun cuando la cancha estaba inclinada hacia el sur. Eran ellas las que les inculcaban a los hijos a amar a una patria distante, las que se negaron a relacionarse con los jóvenes chilenos para no procrear nuevas gentes que pudieran confundir su nacionalidad. A la hora del "Padre nuestro" y también con el rosario de la aurora, un sentido "Viva el Perú" se rezaba calladito como corolario de una identidad que se resistía a morir.
Las hostilidades y hostigamientos no fueron pocos por parte de las autoridades chilenas, pero las valientes actuaciones de algunas que regalaban clases gratuitas de historia del Perú, que izaban las banderas en las fachadas de sus casas, que gritaban a media noche sin que se pudiera saber sus nombres: "Viva Tacna, viva el Perú", hicieron que la peruanidad cavara sus mejores raíces y motivara a algunas mujeres embarazadas, hacer un largo peregrinaje -a burro o a caballo- hacia el norte, con el afán de hacer nacer a sus hijos en alguna municipalidad peruana y, luego volver a escondidas, para regalarle -junto con la leche materna- el cariño a este país.
La sociedad de auxilios mutuos de la mujer tacneña se convirtió en la obra pía y patriótica más importante. Muchos varones habían muerto en la guerra: las viudas y huérfanas eran más y, requerían soporte material y espiritual. Era necesario hacerles saber que su dolor de pérdida les exigía más: ¿Sabes que ellas prefirieron ser maestras y tutoras de sus propios hijos antes que enviarlos a escuelas cuyo profesores eran chilenos? Algunas maestras peruanas se negaron a cerrar las poquitas escuelas que quedaban y hasta se enfrentaron a las autoridades políticas para asegurar que el curso de historia del Perú no se sacara de la currícula? ¿Te imaginas a los niños jugando a que eran Bolognesi o Ugarte? ¿O que se ufanaban de ser parientes de algún héroe desconocido?
Arengas, dichos, refranes, coplas populares se han perdido, pero queda claro, que la tarea de las mujeres -las madrinas de los huérfanos- al incentivarles a silenciosos "Viva el Perú" o recordarle el sacrificio de tantos que murieron, no hicieron más que señalarles el camino de vuelta, la vía de tránsito para que hoy todos nos sintamos tacneños.
Viva Tacna, Viva el Perú.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Suspicacias

 “Papá ¿Has leído «El Extranjero»? Me preguntó confundida Sofía. Y, a modo de referencia, indicó: “Es una historia extraña. El protagonista no parece normal. O, en todo caso, no tiene la «normalidad» que todos esperamos”. El Extranjero, ahora lo sé, es una obra ubicada en el cubículo del existencialismo filosófico, como explicación del sentido de la vida humana. Según Camus, el autor de la obra, el sentido de la vida no viene de una fuente exterior. A contrario, expone que la vida, en sí misma, no tiene sentido. Y si alguno hubiera, es el ser humano el que imprime una finalidad a sus acciones, es quien le ofrece un propósito a su propia existencia. Sin ese propósito, la vida es la expresión más cara del absurdo.

Sofía continuó ofreciéndome preguntas, como si yo tuviera todas las respuestas. “¿Y por qué, papá, el tal Meursault hace como si la muerte de su madre fuera una cosa sin importancia?” Ella misma, ofrecía respuestas a modo de preguntas “¿Será que hay personas que son insensibles ante la muerte? ¿Ante la muerte de sus propios seres queridos?”. Y seguíamos conversando sobre el particular, sobre el modo como parece vivir su propia vida el personaje principal. Finalmente, llegamos a aquello en la que la incomodidad tocó carne: ¿Los jueces aplican así la justicia? ¿Sin sensibilidad? Y es que, en el relato, el autor, expone al protagonista como un sujeto carente de emociones, que expone sus respuestas de buena fe, pero de forma tan apática, con flemático cariz, que finalmente, cierra el paso a la empatía de los otros, en especial del juzgador. De hecho, a modo de recriminación el juez –en el momento de sus elucubraciones previas a la decisión, o probablemente, en la búsqueda de razones para decidir- extrajo de un armario un crucifijo con el que recriminaba al procesado. Dejemos que el propio protagonista nos lo cuente “Extrajo (…) un crucifijo de plata que blandió volviendo hacia mí. Y con voz enteramente cambiada, casi trémula, gritó: «¿Conoce usted a Este?» Dije: «Sí, naturalmente.» Entonces me dijo muy de prisa y de un modo apasionado que él creía en Dios y que estaba convencido de que ningún hombre era tan culpable como para que Dios no lo perdonase, pero que para eso era necesario que el hombre, por su arrepentimiento, se volviese como un niño cuya alma está vacía y dispuesta a aceptarlo todo”. Luego de que, el acusado dijese que no creía en Dios y, de la recriminación universal, el juez concluyó: «Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor.»

El problema que se narra en El Extranjero, está más allá de los formularios de la justicia. En realidad, se expone las distintas formas con las que se manifiesta la condición humana: un imputado que parece no importarle su propia realidad, testigos que enmudecen ante el hieratismo de la justicia, mujeres que lloran a modo de convencimiento, funcionarios de la justicia que la revisten de sus propias creencias, testigos que no saben decir lo que saben y… jueces que juzgan con la medida de sus experiencias. Esa tarde conversamos sobre el que hacer de la justicia, pero al final fue insuficiente. Ella concluyó: “No sé porque lo condenaron… O siendo benevolente, no sé porque su pena fue tan drástica”. Y remató, casi en el crepúsculo vespertino: “Me quedo con la pregunta de su abogado: ¿se le acusa de haber enterrado a su madre o de haber matado a un hombre?”.

Yo solo me encogí de hombros. La justicia, a veces, parece irracional. Otras veces, no tanto.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Nocturnidad

No sentía las piernas. Habíamos caminado de puro gusto, en medio de proyecciones luminosas y computadoras intentando entender el mundo, pretendiendo saber de qué estábamos hechos. 
Y caminamos más. Ahora por obligación. Nos préstamos a la necesidad de subir en una nave espacial que nos llevó a las montañas y, vimos el mar oscurecer y la ciudad iluminarse. Y volvimos a imaginar el mar, allí donde las luces se apagaban.
Bailamos con una cerveza en la mano y, corrimos a la cola de comprar el pan, a la de volver a casa.
Sentí miedo cuando una voz dejó unas notas que se escribían en letras: "yo aquí me separo". El miedo me apresó. "Uy. ¿Y si te acompañamos?". Una distinta: "ella no nos quiera ahora. Jajaja... Si va a regresar". Esa sonrisa de malicia me volvió a la calma. Y nos despedimos en una mesa que tenía dos sillas de más. 
Y caminé. Caminábamos... Yo, pensando en Eurídice me vi tentado a regresar para atrás. El mismo miedo me abordó. "Ella puede", me dije.
La voz de mi otra mano, en forma serena y con una sonrisa, me volvió a la caminata "¿Vamos bien papá?". Y caminamos hasta hartarnos de la calle, hasta la conciencia de la nocturnidad, hasta el dolor de nuestros pies. Y decidimos volver a casa para una taza de café.
El toctoc de la puerta me hizo sentir el alma... La mia propia.

domingo, 10 de agosto de 2025

Trascendencia

La trascendencia es el negocio de las religiones. Cada una dice saber que va a pasar después de la muerte. El cristianismo nos ofrece la resurreccion en la carne después del juicio final que será efectuado en la segunda venida de Cristo. Los hijos de la Santa Madre Iglesia aseguran la resurrección, aunque nadie puede hacer una descripción de ella misma. Cada vez crece con fuerza la idea que no se trata de una "vuelta a la vida" en la materialidad carnal en la que vivimos.

En la edad media, el juicio a los disidentes, herejes y heterodoxos tenía como finalidad asegurar la fidelidad del Credo de los Apóstoles y el olvido de los anatema. El "anatema seas" es una maldición. Si la herejía quedaba confirmada, entonces la hoguera era el medio de purificación del alma. En las creencias populares, era una forma de evitar la resurrección después de la muerte. ¿Como es posible la resurrección si es que ya no existe cuerpo?

En el otro extremo ¿Era posible juzgar a los muertos? Si Cristo ofrecía venir a juzgar a vivos y a muertos ¿Como es que su Vicario no podría hacer lo mismo? El pretendido poder sobre la muerte se materializa de distintas formas. Ya he contado que el papa Esteban VI, a un año de la muerte de su antecesor, el Papa Formoso, lo hizo exhumar y lo sujetó a un proceso canónico... ¿El delito? Usurpación de la tiara papal. El derecho instrumentalizado por las consignas politicas. Politico-religiosas para ser precisos. La idea que estaba detrás era desaparecerlo, incluso de la historia.

El asunto no queda allí. Los herejes y excomulgados estaban condenados a la errancia como mejor posibilidad. El infierno les esperaba con las puertas abiertas. Los suicidas, estaban condenados a la desesperación perpetua y los criminales notorios, incapaces de perdón, eran a su vez, sujetos de condenación. El mismo destino para judíos y musulmanes. La fe de las gentes del pueblo posibilitaban argumentos ¿Vale la pena tener a un judio en el cielo? La respuesta era un "no" enérgico. La consecuencia, por tanto, era procurarles una muerte bajo las llamas. Las llamas eran la solución para todo mal. Corolario de Mt 16, 19.

Ahora te cuento otra historia. John Wyclife fue un sacerdote y teólogo del s. XV que cuestionó varios asuntos del catolicismo. Murió de muerte natural pero sus enseñanzas fueron condenadas por el Concilio de Constanza. El asunto es que sus discípulos se desperdigaron. La idea mejor para exponer su expulsión de la catolicidad fue sacar sus restos del campo santo de donde se encontraban para escarnio público. El mensaje era "así terminan los que desafían a la Iglesia". No se consiguió lo esperado. Su cuerpo fue separado de un campo santo eclesiástico pero su memoria aún se mantiene en la historia de la intelectualidad.

Los cementerios siguen siendo un asunto tabú. No sólo es un tema de salubridad pública, son también "aseguramiento de lo que tu fe promete". ¿Porque crees que los catolicisimos "Parques del Recuerdo" señalan: "La institución católica Parque del Recuerdo promueve el anuncio de la esperanza de la Resurrección" y siempre el concepto de "perpetuidad" aparece por todos lados? 
Ya contaremos la disputa sobreviviente a la disolución del Sodalicio de Vida Cristiana.

Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...