miércoles, 8 de agosto de 2018

Auctoritas

Y un día conocí a un juez de paz, de una provincia serrana que decidió hacer inversiones. Prefirió no aburrirse en su oficina y una mañana tomo su mochila con un par de ropas y se fue siguiendo a su notificador. Prontamente advirtió que la carretera se acababa y que era necesario andar. Muy poco dado a los deportes, la tarea le costó esfuerzo...

Maldijo el momento en que se le ocurrió semejante idea pero ya se había echado a la tarea. En un par de días había caminado tanto que en el tercero, las pantorrillas no daban más... En dos días, solo había podido notificar a cinco demandados. Las casas, propias de la serranía, no estaban juntas unas de otras y para saber si era o no la indicada había que hacer otros esfuerzos y, si efectivamente no quería volver al día siguiente (como manda la ley procesal) era mejor ir hasta sus chacritas para entregar los documentos en la propia mano.

Decidió no decir quien era, así que se sujetó a las voluntades de las gentes. Probablemente la palidez de su rostro y el cansancio reflejado motivaba a la caridad de los "poblanos", que estaban dispuestas a compartir de sus pobrezas...

Dias después, en medio de las audiencias, los justiciables se admiraban de que el notificador haya sido el juez, que éste hubiera comido de sus olluquitos aderezados con presitas de carne seca, que hubiera tomado sus aguitas de pelo de choclo y que sin chistar hubiera aceptado sus panes resecos por el frío, de su trigo y otros granos... Les parecía mentira.

Esas sentencias, dicen los que vieron, casi que eran acuerdos entre las partes, porque no se fundaban en las retóricas abogadiles sino en el conocimiento de la realidad, de los modos vitales de los que tenía frente de si, de la vivencias de los justiciables.

Leí una sentencia de aquellas, era un brevisimo capítulo de sociología jurídica. La inversión había dado frutos prontamente: su autoridad se asentaba en el reconocimiento social de sus decisiones.

Buenas tardes.

Bautismo

"Primito, están sacando leche?” escribió la mujer en el wasap. Sin esperar respuesta continuó: “Me ha provocado natillas... Pa ver si este fin de semana me vendes unos diez litros de leche fresca”. El joven, respondió desde el otro lado: “No hay problema…. Pero con seguridad, que en estos días está cotizada y, no quiero quedar mal con nadie…”. Luego de unos minutos, el silencio wasapero se rompió con una expresión firma de contrato: “No, primo. Ya está escrito, yo llego este domingo pa preparar mis natillas… por favor quiero “leche mora”, “sin bautismo”, jijijiji”. El primo, concluyó: “Hecho”. Este domingo tendremos natillas. A esperar la sazón de la oferente.

Hace sesenta años: 4.30 de la madrugada, camino del tablazo que separa El Alto de Talara, el golpeteo de líquidos promovido por el andar de una piara de burros rompía los sonidos propios de la noche. Un hombre montado en un piajeno, apuraba a un par más que llevaba por delante… Era una carga preciada para las amas de casa. Una decena de mujeres, en las afueras del mercado, esperaban la leche de cabra que éste trasportaba. Los hombres que se iban al trabajo o los niños que irían al colegio, preferían tomarla tibia, esperando la natita que se forma en la superficie para comerla, sea que la robaran de un pellizcón, sea que la pusieran en medio de un pan… Pero tendrían que esperar, el arriero aún estaba a mitad de camino.

En inmediaciones del sector X-11, se asentaba una familia de cabreros. Un corral de durmientes y una casa de maderos –conseguidos desde los mismos castillos petroleros- acomodaban a más de un centenar de cabras y una familia dedicada su cuidado. Allí, un par de horas pasada la media noche, una mujer morena, acompañada de sus hijos, se dedicaban a sacar la leche y envasarla para su traslado al mercado talareño. Las familias de los obreros esperaban todos los días ese líquido esencial de los desayunos de la clase trabajadora… La distancia aproximada era unos 20 a 23 kilómetros, tres horas y algunos minutos eran necesarios para llegar de un lugar a otro… Era preciso, por tanto, empezar el viaje a las 3.15 de la madrugada a fin de llegar, si quiera, a las 6.30 a.m. Las mujeres, luego de recolectar sus raciones en sus respectivas viandas o jarras, tendrían que correr a sus fogones para cocer la leche y servirla prontamente, con el afán de que trabajadores y estudiantes, lleguen a sus centros de trabajo y escuelas, respectivamente, a las 8.00 de la mañana, sin tardanza que castigar.

Era la tarea de todos los días de aquel hombre bajito. Solía ir acompañado con uno de sus hijos, al que montaba al anca de su burro. Su compañía tenía la intención de mostrarle los caminos de la vida, el trajín de las ventas… Le ayudaría, primero, en el cuidado del trasporte: amarrar los burros en los corralones, luego de dejarlo acomodado en aquella esquina desde donde atendía a las caseras. Después de esa tarea, debía recibir el dinero y entregar los vueltos si fuera necesario… en el peor de los casos, correr con los tenderos vecinos para cambiar los billetes, por si fueran de alta nominación. En ese amanecer apareció una nueva clienta. Decía la mujer que la presentó, era la esposa del ingeniero, jefe de su esposo, que compraría siempre que el hombre le asegurase fuera limpia, pura, fresca… digamos, recién sacadita de la teta de la cabra. El hombre sonrió con el ánimo de superar, lo que –en el fondo- le parecía una desconfianza, un insulto escondido. Sonrió y le ofreció un “Ud. puede, si gusta, probarla ahora mismo… Lleve un litro y hiérvala. Si forma espuma al hervor, tenga por seguro que es pura como el resplandor del sol que va saliendo…” la expresión se acompañó con el señalamiento del horizonte por donde amenazaba la luz del Astro Rey. La acompañante le ofreció un recipiente y hombre despacho un litro que le donó a la mujer para la prueba. Un par de sonrisas despidieron al vendedor de aquellas clientas. No hubo, en esa mañana, nada más que anotar que sea de importancia. Las clientas habituales y, aquella otra recién llegada, se despidieron sucesivamente, deseándose –mutuamente- que el día sea bueno.

El amanecer del día siguiente sería distinto. El zangoloteo de la leche producido por el compás del andar de los pollinos, no solo rompía el silencio de la madrugada del viandante, actuaba sobre la naturaleza misma de la leche. Los seis contenedores se ajustaban al mismo movimiento y, en ese trajín la leche se sujetaba a un proceso químico de separación de las grasas naturales. Estas últimas se aglutinaban en pequeñas bolitas amarillentas, parecidas a minúsculas yemas de huevo, que se confundían con el blanco natural de la leche y que, flotaban por debajo de la superficie. Ni al vendedor ni a las caseras de todos los días, les había generado ninguna preocupación: de ordinario el líquido venía limpio: la ordeñadora –la mujer morena, acompañada de sus hijos- al tiempo de la recolección y en el momento del envasado la hacía pasar por una coladera muy fina, hecha de tocuyo, que la libraba de las impurezas. Así que las mujeres, conocedoras de la calidad, la recibían sin mayores reparos. El calor de fuego se encarga de disolver esas formas oleaginosas. Así había sido desde el primer día, nadie se había quejado de nada.

La nueva clienta estaba entre las primeras, tenía cara de preocupación y, casi que no conversaba con las otras… Recibió la leche y se dirigió al puesto policial para denunciar una supuesta contaminación, una alteración que no podía explicar. El policía acompaño a la mujer y, pudo advertir en los recipientes, que efectivamente en la superficie jugueteaban unas pequeñas bolitas amarillosas… El hombre explicó que el movimiento producía esas “grasitas” y hasta cogió una y se la echó en la boca. Las mujeres apuraban, pero el representante de la ley fue drástico: “La leche queda incautada y Ud. me acompaña a la comisaría”. El hombre sonrió apenado… perdió su venta y, los encargos para la comida del día no podrían satisfacerse… Decía que con el calor, esas grasitas desaparecen, así que pusieron la leche al sol… Siendo las once, estas persistían en su existencia y, el policía defraudado, tiró la leche a la calle y, mandó a calabozo al buen hombre: hasta la hora del almuerzo… No había en aquellos tiempos laboratorios ni nada que pudiera demostrar nada, así que, al día siguiente la naturaleza volvió a hacer su trabajo, y aunque no llegó la clienta, el policía volvió a incautar la leche… unas horas después, se volvió a perder en las afueras de la comisaría. Unos perros agradecieron la ignorancia del oficial.

Y llegó el tercer día ¿perdería nuevamente su preciado cargamento? Tendría que encontrarle una solución: evitar el tambaleo del camino se hacía imposible, pero sí que podía alterarse la consistencia del fluido lactoso y evitar los efectos del golpeteo. Así que, en esta oportunidad en cada recipiente se echó menos cantidad de la ordinaria para evitar que golpee con el techo del mismo, pero a la vez, se le agregó un poco de agua para evitar la viscosidad del producto. Las formas oleaginosas "desaparecieron" para gusto del gendarme y, desde esa fecha, se "bautizaba" la mercadería, se añadió un depósito más y algunas monedas se adicionaron en el bolsillo del lechero.

Claro… Aquellas mamás encargadas de los desayunos, prontamente advirtieron “el truquito” y, en vez de llevar una medida, se les adicionaba unas líneas más, en compensación por la canallada que originó una mujer que nunca más volvió a comprar un litro de leche. 

Mientras tanto, esperaré las natillas de mi prima.

jueves, 29 de marzo de 2018

Orígenes

Y en los comienzos hubo otra mujer. Aquella que, sin explicación, gozó del paraíso y; también, sin explicación, se aburrió prontamente de ese estado natural de complacencia y satisfacción sin par. Prefirió el desierto, las arenas del mar; las del mar rojo. Quizá Moisés pudo encontrársela en los días de errancia, a lo mejor fue quien le abrió los mares…

¿Tuvo Yahvé “obligación” de crear a dos mujeres? Lilith, dicen, se llamó la primera y fue creada en el mismo acto en el que Adán apareció, hecha del mismo barro. Era su igual, pero ¿qué pasó? ¿Por qué se fue? ¿No eran ciertos los deleites que pinta El Bosco en “El Jardín de las Delicias”? El Génesis, lleno de simbologías y mitos, expone dos actos de la creación humana. Las interpretaciones midráshicas sostienen que la existencia de ambos relatos no es descuido de hagiógrafo, sino que esconde una enseñanza oculta: la existencia de Lilith. La antecesora de Eva, esa -que desobediente- se mandó a mudar -para por su propia voluntad- padecer lo que el paraíso le ocultaba: la libertad.

Y es que Adán, autorizado para dominar el recién estrenado mundo, hacía y deshacía de éste con la complacencia de quien lo había creado. Esa primera noche, recibió la primera reclamación: “¿Y porque yo debo ir debajo si ambos somos de la misma naturaleza? ¡Hemos sido hechos del mismo barro!”. Nadie ha registrado qué vino después, pero lo más probable es que ese matrimonio natural no se consumara. Y, como en la ley judía, ella fue aborrecida. En realidad, pareciera que no. Ella, le dio la espalda al alborotado Adán y, sin mirarlo le restregó el conocido: “Me duele la cabeza. Buenas noches”. Al amanecer no estaba. La buscó por todos lados, la fue a mirar en las cataratas Tugela (en esos días tenían otro nombre), allí donde le gustaba gozar del agua en caída, pero no. Nunca la encontró.

Le pregunto al Hacedor del mundo y éste solo se encogió de hombros. En realidad, en la medianoche, cuando Dn. Adán roncaba, la doña, Doña Lilith, fue a quejarse con el Ceramista y, este le indicó, desde la premisa de que no hay mejor lugar para vivir que el paraíso, que tenía tantos derechos como deberes y que en todo caso gozara de lo mejor que pudiera encontrar… claro, con la advertencia de no comer de árbol que estaba en medio del extenso jardincito. “Me valen las manzanas… Aquí yo no me quedo”, exclamó mientras le daba la espalda. Unos ex aliados del alado custodio de las puertas del Cielo, la había convencido de que, en el sexo importaba poco la posición, que lo interesante era el disfrute mismo y que, de alcanzarlo, estaría en el mismo Cielo. No importaba tampoco la geografía, así daba igual si lo hacía en colchón confeccionado con plumas de ganso, o sí éste había sido hecho de nube o, si lo hacía en el “purito” suelo. Ella prefirió las arenas del desierto… ¡Quién sabe por qué! Esa fue su elección. Para ser preciso, se mandó a mudar para vivir en las arenas del Mar Muerto.

Adán, como queda dicho, ya no estaba. Ella se valió del insuflo divino y aprovechó esa parte espiritual de sí, para mantenerse en relación con los ángeles de la oscuridad. Ellos encubrieron sus apetencias impúdicas y le enseñaron aquello que Adán no quiso, con la contraoferta y garantía de la heredad. Los demonios, por su condición etérea, no podían reproducirse; ella por su carne, estaba llamada a la maternidad. De hecho, le resonaba aún en sus oídos, el conocido: “Creced y multiplicaos” originario. Todo en ella le llamaba a la parición.

Primera de los creados, había visto como Dios fue haciendo a los otros seres vivos y se aprendió las fórmulas. Sabia cuáles eran los ingredientes para lograr un alma y cuales para los cuadrúpedos y que se requería para los animales marinos y cuanto de qué para alcanzar otro que pudiera volar por los aires. Sabía mucho… ella lo sabía. Prontamente, gracias a esas recetas, furtivamente aprendidas, fue “perdiendo” su corporeidad y se demonizó, haciéndole incluso contrapeso al Señor de la oscuridad. Al punto que veía grave una difícil competencia en sus dominios: una mujer demonizada era más peligrosa que los ejércitos del Arcángel de la espada flamígera… Además, sus hijos, los pequeños demonios alumbrados (en su mayoría de femenino aspecto) estaban con ella. No pregunten cómo ni porqué.

En el otro extremo, Dios, a modo de flashback, la veía, con cierta regularidad, en algunos de los espacios de la esfera celeste. Eran aquellos asaltos que se permitía en los momentos del más lúbrico disfrute sexual. Así que, Dios también andaba preocupado. Una tarde, mientras delectaba de su propia creación, le asaltó una idea. Una idea-solución. Envió a tres ángeles, de esos de su “guardia personal” a fin de ofrecerle una oportunidad: “La de la vuelta a casa o…” Lilith no esperó la alternativa: Se declaró “disidente”. La maldición adquirió forma desde ese momento: “Todos sus concebidos verían el mundo, pero no la luz del sol. Morirían en cuanto las primeras claridades del día se hagan notar”. Una maldición de mayor gravedad que aquella de “parirás con dolor”. Le pareció una bajeza que se metieran con sus hijos, que al fin de cuentas no tenían vela en las decisiones de su madre; así que, decidió vengarse de su Hacedor visitando a los hijos de Eva en medio de la noche, introduciéndose en sus sueños, procurándoles inconscientes poluciones. ¿La intención? Impedir la cópula carnal, con el ánimo de evitar la generación de nuevos humanos. Y si se trata de recién nacidos, era mejor cuidarnos, no sea que repitiera en estos la carga de su propia maldición.

Aquellos que escucharon esta historia de los primeros hijos de Adán, a modo de amuletos ponen en las muñecas de los recién nacidos tres pequeños dijes con los nombres de los tres ángeles que realizaron el encargo. En las tradiciones de nuestra tierra, dicen que más efectivos son los huairuros, esos frijoles rojos, que le recuerdan el destierro por ella elegido… Sin embargo, no todo sería sombras. Anotó: “Por el amor que, alguna vez le tuve a Adán, los bebés, al octavo día, quedan librados".

No obstante, habrá que decir que aun cuando Lilith está condenada a no tener más hijos; aquellos otros, a los que no les alcanzó la maldición, aun se reproducen. Como dije: tienen apariencia de mujer.

Misterios

Solo dos breves pasajes de terceros dan cuenta de él. Sin embargo, ríos de tinta edulcorados -y otros furibundos- han dado lugar a libros y libros acerca de su vida. Los primeros escritos, a modo de cartas, se escribieron a treinta y hasta sesenta años de su muerte y su pretensión era dar a conocer lo que sus primeros apóstoles contaban de él. Siendo doce estos, había, cuando menos, doce versiones distintas de una misma historia y, sin contar aquellas que provenían de las mujeres que también le acompañaban y, de aquellos otros discípulos y amigos –que sin andar noche y día con él- tenían experiencias cercanas, trascendentes en sus vidas que merecían ser contadas, que merecían escribirse para que no se perdieran en la memoria esquiva de narrador y de aquellos otros que las escuchaban.
Es probable que Pedro narrase aquellas historias vividas con la misma vehemencia con la que había vivido con el maestro. Quizá en su memoria resaltaba aquella oportunidad, en la que el carpintero les sugirió lanzar las redes por algún lado del lago donde los mismos pescadores no lo hacían, y sacaron peces en tan grande cantidad que, sus pequeñas balsas apenas podían contener el peso; Santiago –que conocía a Jesús desde su infancia- se habría encargado de contar sus habilidades propias de la enseñanza familiar o alguna anécdota de su infancia, Mateo tendría una versión distinta: la del maestro dadivoso y compasivo, ingenioso en la administración de lo poco que tenían para comer y… así cada quien tenía su propia perspectiva de lo vivido. Y cada quien, de seguro, estaría interesado en resaltar lo que más le impresionó.
La escritura no era un asunto común entre tan desarrapados seguidores. De hecho, coinciden la mayoría de entendidos en decir que los apóstoles eran iletrados y vulgares. Mateo, el recaudador de impuestos, podría ser la excepción. Así que, las historias se trasmitían oralmente. Quizá alrededor del fuego, en medio de las noches… Mientras tanto los apóstoles envejecían y, los discípulos advertían que, escuchando a uno y escuchando a otro, las historias tenían matices distintos… quizá escuchando al mismo apóstol, se hacía posible que la historia sufriera mella por el solo hecho del trascurrir del tiempo. No es lo mismo contar una historia tan pronto ocurre, a que contarla tres años después, o a quince de su realización. Simplemente, no es lo mismo. Así que, decidieron escribirlas. A este tiempo los discípulos se habían multiplicado: se sumaban los primos, las mujeres de cada quien, las hermanas de éstas, los amigos de aquellos, aquellos otros que habían sido sanados… No solo eran, ya, artesanos y pescadores, también habría de aquellos que había estudiado la Torá con profusión, el estudiosito de la familia, alumnos de alguna escuela de fariseos o de aquellas otras que, ayudaban al entendimiento de las escrituras (y de éstas habían varias). Quizá los hijos y nietos de Nicodemo. Así se escribieron los evangelios, a la luz de la buena intención y siempre con el ánimo de ensalzar los dichos, enseñanzas y actividades de Jesús en su paso por la tierra. Eso importaba: sus enseñanzas… pero también hacer de éstas el reflejo de aquellos que los profetas “tiempo ha” anunciaban.
Pablo, aquel a quien se le ocurrió reinterpretar sus enseñanzas, hizo énfasis en aquella historia menos contada por dolorosa y, por la vergüenza que producía: sus padecimientos y su resurrección. Lo cogieron una noche, quizá superada las doce del reloj, y sus discípulos huyeron, se mandaron la mudar. Lo dejaron en “vistos” y; si no fuera porque algunas mujeres discípulas y, alguno que otro chismoso de la calle, le ayudaron en parte de sus padecimientos (ayudándole a cargar el madero, alcanzándole pocos de agua, limpiándole las heridas), quizá no habría llegado al Gólgota. Eran las escenas más duras: allí fue cuando uno de los suyos lo entregó a quienes no lo querían, los discípulos al ver la aprehensión lo abandonan: uno huye calato; Pedro, horas después, lo niega profesamente; prefieren intercambiarlo por un sedicioso, homicida y famoso en aquellos días… eran horas de vergüenza e ignominia, quizá pocos se atrevían a contar esta parte de la historia.
Es, quizá, la parte más misteriosa de la historia mundana del aquel hombre: muere asfixiado en una cruz que le desangraba y que le producía los más intensos dolores, y mientras agonizaba algunos sepulcros se abrieron y muchos santos varones volvieron a la vida, el cielo se oscureció repentinamente y hasta las cortinas del templo se rompieron… Unas mujeres, las de siempre, miraban desde lejos, un hombre notable de Arimatea se atreve a pedir su cuerpo para sepultarlo, las mismas mujeres, ahora no le preparan las comidas, sino que lo ungen con perfumes de sepultura. Tres días después, con el ánimo de renovar el rito, acuden a su sepulcro y no lo encuentran. La noticia, corrió entre ellos, los incrédulos discípulos –los más cercanos- se aproximaron y no encontraron nada, más que el sudario con el que había sido cubierto… Una mujer, María Magdalena, decía haber hablado con él en el huerto próximo a donde se ubicaba su sepulcro. Había resucitado.
De esas tantas cartas que contaban esta historia, los entendidos de los años siguientes, eligieron solo cuatro: los cuatro evangelios. Sin embargo, siendo tan notables aquellas circunstancias, extraña que solo dos escritores profanos escriban breves líneas sobre tal historia: uno para resaltar su condición de maestro y profeta escasamente notable entre los suyos (los judíos), que condenado a muerte “reaparece” en el tercer día, mientras que, el otro lo relaciona como el causante de las fechorías homicidas y circenses de un emperador romano. ¿Una vida tan espectacular –cuando menos en los días de término- mereció tan poca atención a los seculares?
La resurrección, piedra angular de la fe de los cristianos, no fue noticia en sus días, salvo para aquellos que expresamente le anunciaban sus querencias y afectos; empero, nadie duda de la historicidad de aquella vida, ahora notable. En estos días, en los de la Semana Santa, los que nos ubicamos en esta parte de la geografía terráquea celebramos esos tales misterios. Misterios arcanos e insondables.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Elementos

El silencio, una sábana pudorosa y el amor de un par de jovencitos eran los ingredientes. Aprendían a amarse. Se conocieron en las aulas udepinas. Luego de algunas semanas del tiempo de los primeros cursos de Humanidades, decidieron mandar al tacho los apuntes de ética y antropología. Las horas de estudio para las prácticas de matemática 1, cuando la biblioteca ya no atendía, se convirtieron en pretexto para el amor juvenil.

Ambos vivían en pensiones, de esas tantas que se acomodan en las urbanizaciones vecinas al Alma Mater en la que hacían su vida académica. Ella, en casa de la Sra. Antonia, una tía de misa diaria y, que por su condición de jubilada tenía tiempo para todo, incluida la dedicación a una “bitácora” de cada una de las cinco chicas que vivían en su casa, a las que ella cuidaba como si fueran las hijas que nunca tuvo. Si. Les ofrecía dulcecitos y, de vez en cuando, las visitaba en sus respectivas habitaciones, para inspeccionar la limpieza y sugerirles consejitos que resalten su femineidad, que ha de ser, siempre, decorosa y recatada. Estaba atenta a los baños, que si les faltaban implementos higiénicos, que las toallas estuvieran limpias, que no hubiera fugas de agua… que no hubiera algún muchacho escondido. Era necesario mirar hasta  por debajo de las camas.

Él, por su lado, vivía en un departamento compartido, donde confluían varios otros talareños, cuyos padres se conocían por ser empleados u obreros de las empresas petroleras de su lugar de origen. El control, allí, era distendido. Los dueños del departamento solo se comprometían a asegurar los servicios básicos de luz, agua, cable y, ofrecieron –para los meses siguientes- el internet, siempre que, cada uno de los ocho muchachos que vivían allí, se comprometieran al pago de un 5% adicional de lo que le correspondía como mensualidad. Una señora, una vez a la semana hacía limpieza de los espacios comunes y, se llevaba las ropas sucias de aquellos que le pagaban el servicio de lavandería. Las escaleras, de madera, anunciaban el ingreso de los propios y extraños. La dueña de la pensión había aprendido a distinguir entre pisadas de varón y de mujer. Los “ay, muchachos” se repetían cada vez que advertía de la presencia de chicas en ese segundo piso. Tampoco daba para más. “No soy madre de ninguno como para andar cuidándoles los calzoncillos”, era una expresión con la que justificaba su desinterés.

Allí, en el cuarto de Sergio, a la luz de una lámpara de mesa, luego de breves juegos de manos, sus labios encontraron la suavidad de su torso, mientras que las cuartillas en las que se anotaban las fórmulas matemáticas de las hipérboles, las elipses y los círculos, se perdían por entre sus desperdigados zapatos de debajo de la cama… allí también se escondía –sin que ella lo supiera- un viejo librito que Doña Antonia le había prestado, un catecismo juvenil propio de aquellos días: “Para salvarte” del P. Loring, en el que ella misma había resaltado con un lápiz de color: “El amor entre adolescentes es una imprudencia”, y que ahora mismo pretendía no atender. Era una vieja edición, que aún tenía vigencia en los tiempos del mixmail, del messenger y del Hi5. Él juguetea con sus dedos entre los flequillos de las mangas de la blusa, intentando romper la resistencia de la tira del sujetador.

Entre las nuevas sensaciones que bullían en su, ahora, trémulo cuerpo, la intención de no reprobar el curso de Matemática I, el ánimo de que Sergio le ayudara en sus estudios; resaltaba las palabras de su abuela: “Cuídate de los muchachos… esos son como los lobos, comen y se mandan a mudar… cuídate, no seas tonta. Las ganas se pierden en medio del agua fría”.  Y entre las caricias nunca antes sentidas, decidió de forma enérgica, correr a la casa de Dña. Antonia para tomar una buena ducha.

Esa noche soñó ser la protagonista de una novela. De esa donde la niña bonita encuentra al amor de su vida; Sergio en cambio, era burla de sus congéneres: “huevón… se te fue la costilla, jajajaja”, era expresión escribible de las tantas espetadas. Y por encima de ellas, solo pensaba en ella. No era tiempo de soñar, pero le robaba los pensamientos. Dejó lo que tenía y envió un mensaje de texto. Estaba dispuesto a enfrentarse a quien fuera. Tomó una ducha, se puso ropa limpia y cruzó la calle, avanzó tres cuadras, tocó el timbre y preguntó por ella: “Debo entregarle unas cosas personales” expuso como justificación. Corrían los minutos y ella, todavía inquieta con esas extrañas sensaciones que apenas se habían apaciguado con el agua fría, dudaba entre salir o pedir permiso para que le permitan ingresar a la sala.

Lo atendió en la puerta de la calle y, él solo atinó a decirle: “Vengo a ayudarte a estudiar. ¡Confía en mí!” Luego de algunas otras palabras y de convencer a Dñ. Antonia, el muchacho ingresó a la sala de televisión, allí estudiaron casi hasta la medianoche, tiempo en el que fue gentilmente invitado a descansar. No hubo espacio para sus propias pieles y emociones, a contrario fue tiempo para encontrar los artilugios destinados a ensordecer las ebulliciones adolescentes, pero por encima de ellas, para aprender  estrategias y encontrar soluciones al largo catálogo de ejercicios relacionados con la circunferencia, la parábola, la elipse y la hipérbola. Aún guarda entre sus libros, ese de Geometría Analítica de Lehmann, que en un descuido de Marisol, la bibliotecaria, se robó una de esas tardes en las que el tiempo le era insuficiente para entender de qué iban los puntos, segmentos, ángulos y líneas rectas.

Esa noche, ella soñó con ser la protagonista de su propia novela. Era la chica bonita, que había encontrado al amor de su vida, en el que distinguía a un esmirriado chiquillo que era capaz de contenerse, justamente por amor.  Le parecía que ella era un punto en medio del plano cartesiano que había encontrado a su par, aunque sería necesaria mucha paciencia para que la línea que los uniera se solidificara. Serían necesarios la moderación y la fortaleza como virtudes para templar sus propias almas.

Había mucho tiempo por delante.

martes, 6 de febrero de 2018

Viaje

Era una frazada oscura, aunque resaltaba un breve retaso de un rojo opaco. Tampoco es que la iluminaba, pero por alguno de sus lados resaltaba. Viene a mi memoria que no era mía. Al menos eso lo supe tiempo después. Mi madre me envolvió con ella, en medio de mi sueño de madrugada. “Hijo, despierta” es probable que haya dicho en ese momento. No lo sé. Solo recuerdo que me hacía cosquillas en la planta del pie para que despertara.

Una toalla celeste, con su caperuza, me arropaba antes de que la frazada me envolviera. Mi papá apuraba muy calladamente. Estaba oscuro. El Rambler American 330, de color verdoso esperaba en el patio con el motor encendido. Era de madrugada. No había cri-cri ni nada. Solo la luz de la sala nos recibió al término de la escalera. Creo haber escondido mi cara para evitar la molestia de la luz, que terminó cuando mi madre sobrepasó el quicio de la puerta principal. “¿Ya está todo?” preguntó una voz de mujer. Era mi tía, hermana de mi padre, que con una linterna alumbraba el interior del vehículo. El golpe secó cerró la maletera, cargada de maletines y de cosas. Mi hermana viajaba en los brazos de mi madre, y ¿mi hermano? No sé… no recuerdo. Una mujer mayor nos acompañaba.

Sí mi hermana ya existía, mi edad podría ser entre cuatro y cinco años. Quizá cinco. Aquel que no recuerdo tendría dos y, mi hermana quizá no habría alcanzado su primer calendario, quizá… Quizá en los brazos de la mujer acompañante se acomodaba mi hermano. No lo sé. Apenas recuerdo el techo oscuro del automóvil. Unos sollozos acompañaron a la despedida y, el carro en medio de la oscuridad de la madrugada, se hacía paso con sus propias luces. La frazada con la que me cubría, se fue a un lado y, mientras miraba adormitado, las calles alumbradas, mi madre solo decía, mientras se volvía hacía el asiento posterior: “Acuéstate hijo, duerme, es de noche”.

El ruido de Rambler era estruendoso. Como la de cualquier carro de los años sesenta, más todavía si el motor que le acompañaba había sido modificado. Claro, eso lo sé ahora, luego de muchos años. En ese rato, si bien no dejaba dormir en el primer momento, luego se convirtió en la canción de cuna que me acompañó esa madrugada. Una parada más, había que subir un paquete que uno de mis tíos enviaba al norte, para los abuelos. En ese momento, un reacomodo de personas. Otra mujer también subió. Tengo la impresión que fue una pasajera paracaidista de ese rato y, con eso mi comodidad se fue a la... Miercoles, no me parece un día adecuado para viajar. Quizá era viernes y, en ese momento, ya no miraba el techo. Me acomodaron entre las personas adultas, y me vi obligado a conducirme sentado, como cualquier mortal.

No recuerdo nada más del viaje… no sé de ninguna parada, de ninguna foto, tampoco de alguna comida en medio de camino. No recuerdo si mi hermano iba. Aunque de hecho allí estaba. Menos recuerdo las caras de las pasajeras que nos acompañaba. Tampoco sé cómo fue nuestro recibimiento en el lugar de destino; sin embargo, a este tiempo, sé que ese fue el viaje más significativo de mi vida: Máncora se convirtió en mi refugio, me adoptó entre sus campos y me permitió bañar mi infancia entre sus olas. Nada más simpático que la casa del “Pá Concio”, nada más austero que sus distintas cabañas, esas que se levantaron en varios lugares para asegurarnos espacios donde escondernos en nuestros más difíciles momentos, esos de aquellos días.

Esa frazada oscura quizá exista todavía. O a lo mejor se convirtió, en los años venideros, en cobertor de tabla de planchar… Esa frazada no era mía. Cubrió los fríos de mi hermano. A él le fue asignada. El Rambler American 330, definitivamente, se fue. Un día, dejó de funcionar y, su presencia era como parte ornamental de la casa, sus latas le dieron paso a la oxidación propia de los trastos viejos. Dejó de acompañarnos ya hace muchos años, pero no quería irse. Hace poco sus latas se convirtieron en chatarra y se fundieron para dar vida a otras nuevas. Solo queda, en mi cajón de medias, el logotipo metálico que adornaba la guantera y que pude arrancar antes de que se lo llevaran en pedazos. Al ver esa pequeña pieza de orfebrería industrial, se vienen los recuerdos, los primeros que de él tengo.

Paseo

La feria más grande de aquellos días era la de “San Pedrito”. Los católicos, en particular los que viven en las orillas del mar y se dedica a la pesca, tienen en el llamado “Primer obispo de Roma” a su santo patrón. La festividad se celebra cada 29 de junio, pero en mis días de infantitud se empezaba desde el 28. En realidad, desde el primer día de la semana. Desde el viejo coliseo municipal de Máncora hasta el actual ingreso hacia el bulevard marino, se apiñaban, entre las paredes de los vecinos y la línea blanca de la Panamericana, las vivanderas, los vendedores de juguetes, los que ofrecían juegos de azar, aquellos otros que vendían y/o alquilaban comics, los que en variedad multicolor ofrecían dulces y juguetitos de madera. Afamado –como todavía en estos días- era el gimnasta que apoyado en un par de columnas y unido a ellas por un par de pavilos, a la sola presión hacía volteretas sobre los hilos en los que se soportaba. Los vendedores de muñecas de trapo, ollitas de hojalata y juegos de comedor confeccionados en triplay tenían en las más pequeñas su cautiva clientela. También estaban los vendedores de ropas y de telas y pequeños juegos mecánicos. Los refresqueros y los ambulantes de los picarones eran los más solicitados.

El pescador de Galilea -convertido en “pescador de hombres”, una humorística forma de decir agente misionero-, es, desde tiempos ya olvidados, el patrono de los que tiene por instrumento las redes y por oficio, el de pescador. Quien sabe cuándo se instaló en la religiosidad mancoreña; sin embargo, era infaltable la confección de un altar en las orillas del mar en la que la escultura del patrón, montada sobre una pequeña lancha, miraba imperturbable el vaivén del mar y, las balsillas que bailaban a su compás. Allí, en las noches los hombres de mar, acompañados de mujeres piadosas, elevaban sus plegarias peticionando su intercesión. ¿Acaso no serían escuchadas esas suplicas si justamente se le efectuaban a quien el mismísimo Jesús prefirió para la tarea de apacentar el naciente rebaño?

Los “view-master” –de los que ahora sé su nombre original- eran lentes plásticos acondicionados para soportar discos de cartón en los que se acomodaba pequeñas diapositivas, que visualizaban -cambiando una después de otra a través de una palanca- una breve historia de comics. Eran nuestros lentes de realidad virtual. Nos permitían “alucinar” con las historias que allí se narraban, mejorando incluso la realidad de nuestros lluviosos televisores en blanco y negro. El vendedor los ataba con una cadena a la mesa y estaba atento a que el cliente sea el único que se favorezca con la “película”. Solo, cuando el negocio estaba bajo o tenía la posibilidad de conseguir monedas adicionales, es que permitía que los amigos pudieran ver alguna partecita de la secuencia. Ni las pc, ni las tablets ni los móviles existían. Así esos lentes, era lo mejorcito de la tecnología de punta en nuestras manos, frente a nuestros ojos… y solo por escasos minutos!

Pedro, discípulo directo del Señor, sabía de sus liberalidades. Lo había visto discutir con los fariseos respecto de las oportunidades del tributo, de la pena de muerte a la adultera, de la corrección fraterna sin llegar a la acusación legal, de las curaciones a leprosos más allá del Sábado. El mismo Pedro era sujeto de su misericordia ante la triple negación y en aquellas otras tantas veces en que fue reprendido por oponerse a la voluntad divina. Aún resonaba en su pecho, la sentencia del Maestro que reconocía la dureza de la ley mosaica en sintonía con la dureza del corazón humano, pero a la vez la liberalidad y firmeza con que anunciaba: “El hombre es señor del Sábado” para oponerse a la prohibición de trabajar en el día del descanso.

Esas liberalidades también se anunciaban en los días de la festividad mancoreña: nos desapegamos de los libros y cuadernos para cada tarde concurrir a mirar las novedades de la feria. Las peleas de gallos, los partidos de fulbito, los danzantes de marinera, el juego de palo encebado… También para regocijarnos con las peleas de los ebrios ocasionales, los requiebros de advenedizas guitarras y las profecías de agoreros públicos que anunciaban tener en los naipes nuestro futuro más próximo. Alguna vez, hasta se suspendieron las clases a fin de que los alumnos participáramos de las liturgias y devocionales de la fecha. Todo ello, a propósito, de la algarabía que nos producía tener como patrono a un santo, famoso por sus indecisiones y sus vaivenes en la fe; condición que probablemente compartimos. Aunque, desde su altar playero, miraba imperturbablemente las ondas marinas sin dejar de sujetar entre sus manos las llaves del cielo.
Cuando Pablo, el apóstol de los gentiles, ofrecía la fe a los no-judíos sin obligación de circuncidarse, Pedro se sumó a la iniciativa, justamente porque había visto que Jesús, en más de una ocasión se había saltado la literalidad de la ley. Así, departía con los de Antioquía y alrededores sin mayores reparos. Hasta comía con ellos en la misma mesa… En esas donde se presentaba apetitosamente cerdo, conejo, mariscos; quizá, sin comerlos. Sin embargo, cuando Santiago –el obispo de Jerusalen- llegó a las comunidades antioqueñas cambió su actitud para con los neófitos a fin de no perder la confianza del recién llegado, lo que motivó un grave desencuentro con el apóstol natural de Tarso. ¿Era acaso tiempo de indecisiones? Pedro, intentaba pasar desapercibido, pero le hizo bien que Pablo, le recordara el mandamiento de hacer llegar el evangelio a los confines de la tierra.

Máncora, confín de la tierra, es ahora cosmopolita geografía, en la que cada fin de semana se celebran nuevas ferias: con gentes de extraños idiomas, de peinados extravagantes, de costumbres disimiles, de formas de vestirse ajenas, de pieles de distintos colores; bulliciosas gentes, que alrededor de la candela, alumbran sus madrugadas a la luz de la luna, cantando, ebrios, tóxicos, libres… Pedro ¿Cuándo diablos le abriste las puertas a tantas gentes?

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...