domingo, 31 de diciembre de 2023

Bendiciones

¿De que color es el sexo de Dios? Era una clase teología dogmática y el profe se limitó a alzar los hombros para rematar con un chiste de género "¿Y que importa eso? En el orden del tiempo Adán fue primero que Eva", masculló. Nos reímos sin entender que la velada intención era hacer notar la posibilidad de que dios sea machito.

El profe de teología fundamental, a la misma pregunta, respondió diferente... En Mateo 22, dice Jesús: “En la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo”, entonces habrá que concluir que los angeles no tienen sexo. En realidad, la simplicidad de los seres espirituales, obliga a inferir la ausencia de apetencias sexuales; luego hecemos bien cuando afirmamos que "Dios no tiene sexo". Y continuó diciendo que el sexo corresponde a seres creados imperfectos y que como tal, el solo hecho de la pregunta ya expone una afectación al ser y a la esencia de dios. Una forma de decir "no pregunten cojudeces".

Pero, "esa forma de decir" tampoco fue entendida... Si el sexo es una condición de los seres creados de naturaleza material ¿Da igual ser de uno u otro sexo o del tercer sexo o de no tener ninguno? El profe si entendió la pregunta y selló cualquier otra disquisición con un texto de paporreta: "sepan que una virgen concebirá a un hijo a quien le podrán por nombre Emanuel". Así que, burlonamente, remató "Cristo, sumo sacerdote, quiso heredar su sacerdocio a los que comparten con él su masculinidad... Si tienes dudas, será mejor que se lo cuentes a tu director espiritual..." Sonrió y la conversación terminó con las socarronerias de los demás.

Al finalizar el año, el muchacho se despidió de sus amigos y no se le volvió a ver. El sacerdocio no fue para él. Nunca le impusieron las manos. Hace un par de días, nos volvimos a ver. Se encontraba en la secretaría de la parroquia catedralicia, acompañado de otra persona, muy cercana de él. Alegre, me la presentó y luego me dijo que era su pareja. Nos saludamos. Unos minutos más y conversábamos de otras a las que no vemos hacer unos mil años, me hizo indicación de los avances de la Iglesia en los últimos años. Finalmente, anotó: "al fin me impondran las manos... Aunque sea para darnos la bendición. Bendito sea el papá Francisco".

Le di la mano, recordamos un par de anécdotas más y me fui. El camino me fue arrebatado por una sola idea ¿Cual es el sexo de Dios? ¿Será que el sexo de los humanos es una circunstancia de discriminación oficiosa?

lunes, 30 de octubre de 2023

Negruras

"¿Qué ves?" Preguntó el maestro. La pregunta se repitió con la docena de gentes que en medio de la madrugada se apretujaban para la sesión de chamanismo. Se detuvo con una. Era una muchacha que, todavía, estaba en el Micaela Bastidas. Era una niña, en realidad. "¿Porqué miras este frasco? ¿Que hay allí? ¿Qué ves?

La muchacha puso cara de miedo. De pánico. "Lo veo a él..." Y levantó su índice con hartísimo miedo, señaló a un muchacho, maltón, que en esos días se alistaba en el ejercito. "Es un espejo. Es él, así como está sentado ahorita, así se ve allí. Y juega con unos dados... Parece que está en un pampón... No se ve nada solo chopes en la distancia... Otra persona juega con él, también tira los dados, pero es invisible, está allí, pero no la puedo ver... Silba muy finito. Apenas se escucha". Una mujer se santiguó y puso las rodillas sobre el suelo... "Es el muerto" dijo. Y puso sus manos juntas y empezó un padre nuestro. Otras personas siguieron la oración.

"Shhhhhh" dijo el director de la mesada. "Silencio. Recen calladito". Regresó a mirar al muchacho y le preguntó ¿Puedo revisarte?". En la penumbra con la ayuda de una vela empezó por revisar su cabeza rapada, le preguntaba ¿Estás en el ejército, verdad? Y continuó ¿Supongo que te aburres cuando te toca vigilar la tubería del petróleo o los tanques en el tablazo? El muchacho sonreía... Creo, nervioso pero también con miedo a lo que se venía... Bajó por el cuello y le pidió que se saque la chompa y la camisa que iba debajo "¿Tienes frío?" Respondió que no. El hombre explicó que era por el calor de los lamparines, de las velas y de las personas que estaban en el salón. Le golpeó con los dedos a la altura de la muñeca, en la parte interna de la mano. ¿Quién te hizo este tatuaje? ¿Dice BIM 07? El muchacho calló la respuesta a la primera y respondió afirmativamente por la segunda.

Se fue hacia su privado, jaló del brazo al muchacho y le hizo una señal a una pareja, padres del intervenido. El muchacho intentó negarse... Al pararse, la niña sindicadora dijo en un grito ahogado "se va a morir... ¡Mamá, se va a morir!". El miedo ahora se apretujaban en el pecho de todos. Los silbidos del viento en medio de las quinchas, entre los agujeros de las calaminas, hacían que la madrugada fuera tétrica. Los mecheros parecían perder color, se quedaban en la purita brasa del pabilo y la penumbra se hacía más densa. El hombre, con vara en mano, lanzó dos vijamazos en el aire y gritó "silencio... Recen". Todos los sonidos de la naturaleza se apagaron, salvo los gimoteos de un par, o quizá de tres, mujeres cuyos miedos tomaron formas de lamentos y ayes.

En el salón oscuro, continuó la revisión corporal. Solo se escuchó un "sácate todo". Al cabo de unos minutos. Volvieron los cuatro a la sala principal... El chamán mostraba cara de preocupación... Puso su rodilla derecha en el suelo, su mano izquierda se apoyaba en una espada de madera negra, su mano derecha tomó un pocillo de San Pedro y lo bebió con devoción, esperó un tiempito. Se levantó y poniendo la espada al pecho, con la otra mano blandía otra, más fina, una que parecía una vijama. Blandía con fuerza sobre el aire y advirtió "Si alguno le cae un pencazo, ¡Aquiétese! ¡Firme! Y empezó con una especie de ritual:"Aires, vientos, soplos: sosténganse. Yo soy la voz de los encantos, de las virtudes, de los poderes. Yo mando... Aclárenme la suerte de esa alma pérdida... Les ofrezco perfumes  (lanzaba al aire agua florida), mieles (dejó caer en un lado de la mesa un poco de agua azucada) y vino blanco (un escupitajo de este alcohol se perdió en el aire). Dejen que descanse, que sus padres encuentren consuelo, alivien las almas de estos mortales".

Una ráfaga de aire abrió una de las ventanas. Y el hombre corrió a cerrarla, mientras volvió a gritar "silencio". Y reinicio una oración parecida... Pedía al aire, luz para el entendimiento, le muestre el espacio del difunto y la posibilidad de su rescate. El amanecer se aproximaba... Varios sorbos de San Pedro fueron compartidos entre el maestro la niña y el muchacho. Aquella, la niña, dejó que su boca hablara: "un disparo, otro soldado, una piedra con forma de caracol". Una mujer pedía a su marido que quería irse. El maestro espetó directamente a su oído "muestre que es una persona de bien, afuera bullen los espíritus negros, es mejor estar aquí... Rece". Blandía, ahora la espada y la vara. "Virtudes, aliviánenme de las mañas de maligno". Se veía cansado. El trino de las soñas y el canto de los chilalos lo invitaron a sentarse en una silla de madera... Jadeaba...

Le preguntó al muchacho ¿Has visto en el tablazo una piedra que tiene marcados círculos unos dentro de otros? El muchacho dijo que si y con una vara la dibujó sobre el piso de tierra y era más bien una especie de espiral y preciso que estaba en una hondonada, cerca a un ojo de agua donde suelen llegar cabras, burros y otros animales a tomar agua. ¿Has visto algo extraño por allí? ¿Alguna gallinacera? Casí como soltando una idea sin sentido, dijo: "Esa piedra es un portal, un altar viejo, vigente para nuestros antepasados". Luego de la respuesta, le pidió a su mujer que abra la puerta.  La claridad ingresó de sopetón... A poca distancia llegaban un hombre y una mujer, que muy poquito demoraron para ingresar. Saludaron y se pusieron al medio del salón. El maestro las santiguó con un poco de aguas de buen olor, les pegó un par de sablazos en las espaldas y, les dijo: "Tengo malas noticias: su hijo no está huido. Está enterrado en medio de tablazo, cerca de una piedra grande, marcada con círculos... Otro soldado lo mato". La pareja cayó al suelo de dolor... Sus gemidos rompieron el amanecer... 

El maestro, al despedir a sus invitados, les recordó la necesidad del silencio, del secreto. A los padres de la niña, los despidió con afecto mientras les decía: "Carajo, ve mejor que yo. Será una buena maestra.. pero tiene que aprender". A ella, le alcanzó un pan con huevo criollo y una garrafita de café... "Para el camino", le dijo mientras le sonreía afectuosamente.

Una semana más tarde, tres hombres -con la ayuda de un par de panteoneros- descubrían la fosa y encontraban el cuerpo putrefacto de un muchacho. Los peritos dijeron que había muerto de un disparo que ingresó por la mejilla y salió por la parte de atrás de la cabeza.
Nunca se supo nada más. Al menos yo no.


martes, 24 de octubre de 2023

Muerto

."¡Cojudezas hablas! ¡Cómo que has encontrado algo que parece un muerto en estos montes ¿Que puede haber en medio de estos parajes solitarios?"

Un arriero decía haber visto un bulto en forma de hombre. De ordinario, los arrieros solían trabajar en grupos. Llevaban productos de la costa y; de la sierra traían azúcar, chancaca, harinas, hierbas medicinales. La cooperación exigía tener uno o dos vigías que se adelanten algunos kilómetros con el afán de prevenirse de los forajidos, de los asaltantes de caminos. Un machete a la cintura o una buena carabina eran escudo contra cualquier mal... Preferían tomar atajos y divisar los pasajes estrechos desde la lejanía. También eran objeto de atención los cruces de las quebradas o la proximidad a despeñaderos que podía convertirse en espacios para emboscadas.

El vigía de ese amanecer, tomó sus aperos y aceleró el paso. Caminó a paso ligero quizá uno o dos kilómetros de ventaja. Se subió a una loma y se acomodó detras de ella, cerca de unos arbustos choposos. Miró atento a la distancia y, un tenue mal olor, parecido al de la carne podrida, le llamó la atención y decidió adentrase en en las sombras de los arbustos. Un hombre vestido con un poncho serrano y con sombrero de paja le esperaba. Estaba sentado con la cabeza escondida entre su pecho y las alas del sombrero... El allegado, en forma de saludo dijo: "Buen día buen hombre", pero la mudez del otro, lo puso al aguaite. Se acercó sigiloso y sin tocarlo, se agachó para verle la cara... ¡Estaba muerto! Una rama en forma de "y" le sostenía la cabeza... No había signos de sangre ni de nada, pero estaba bien muerto. La fetidez fúnebre ya era evidente y... El miedo le hizo salir de ese sitio... Se alejó lo más que pudo y se acercó a la piara, que al ver como corría, también se puso en alerta...

"Hay un hombre muerto, un hombre muerto..." y mientras sus piernas corrían,  con su mano señalaba la dirección opuesta. "Hay un hombre muerto, pero está sentado..." un caballo se ecabritó. "Carajo", dijo otro, "Alertas, todos al aguaite". Dos hombres, se ofrecieron de acompañantes, y fueron testigos de la escena: el hombre estaba muerto, ataviado con ropas serranas y acomodado sobre esa piedra para permanecer sentado. Se dieron cuenta que las ramas habían sido cortadas del mismo árbol y se las habían acomodado por debajo del poncho para disimular el hecho de la muerte violenta. No tocaron más, revisaron los alrededores pero no había huellas de nada...  

Regresaron con los suyos. Lavaron sus manos y sus caras con el afán de quitarse el olor del muerto. Mientras lo hacían; en conjunto decidieron seguir su camino, apretaron los cinchos de sus 'aperos' y siguieron su paso por el camino que les tocaba en los minutos siguientes. Al pasar cerca de donde estaba el cadáver se persignaron y, uno de ellos, mientras espueleaban a sus jumentos, en voz alta dijo: "por el alma de ese cristiano, Padre nuestro que estás en los cielos..." Los demas le siguieron en la oración.

El muerto, mientras tanto, se quedaba atrás. Solo. Solo con su propia muerte. No hablaron del asunto con nadie. La muerte, al fin y al cabo, también es silencio.



miércoles, 27 de septiembre de 2023

Importancia

El hombre refunfuño: "¡Por la putamadre! Todo para nada". Había conducido con apuro y llegó con dos minutos de retraso. Se paró frente a la puerta y espero. Su mirada buscaba -en medio de tantas caritas- la suya, esa con la que tenía natural obligación. Miró espectante a la risueña juventud que jubilosa escapaba por aquellas rejas, ahora de par en par, abiertas para la vuelta a casa. Miró entre las rezagadas.

En su celular, apretujado en el bolsillo del pantalón se escondía un mensaje: "Ya estoy en casa. Mi mamá me recogió porque me sentí mal. Se me bajó la presión". El "puta madre" salió encabritado de pura desazón. De la expectativa frustrada de haber corrido tanto para nada.

Arrancó su vehículo y salió de la calle terrosa. Intentó calmarse pensando en el aire acondicionado que le acompañaba "¿Que le costó enviarme un mensaje para decirme que se iba por temprano? ¿Pa que diablos tienen celular?" Y se acompañaron improperios que pretendían ser la calma a la tempestad.

Una mujer vieja cruzó la calle acompañada de un bastón y una bolsa en la que se dibujaba unas viandas de comida. Lo hacía con la paciencia y lentitud que su renguera le permitía. La miró, primero con rabia; luego, con desazón; finalmente, se alivió con un "Pobre mujer. La comida de seguro es para su hijo". Nada le pareció más sublime que aquella le ofreciera a su hijo sus mejores esfuerzos en medio de sus achacosos pasos... Al menos eso se le ocurrió y fue suficiente para cambiar su ánimo.

Giró a la izquierda y tomó la avenida principal, mientras otros pensamientos le abordaban... "Espero esté bien. Estoy seguro de que si su malestar hubiera sido poco, la oportunidad para avisar no se hubiera perdido" y siguió su ruta: "o quizá no tenía señal". Sus ideas, ahora justificatorias, le allegaban a aquella conversación donde un colega, alguna vez le diría: "Mira compadre, si tu llamas una vez y no te contestan, intenta una segunda, si el caso lo amerita. Si no te contestan en la repetición, no insistas. Significa que en ese momento tu no eres importante. No siempre tienes que ser el centro de atención.

Respiró asosegado. Un último pensamiento: "Espero que esté bien. Le llamaré cuando un semáforo en rojo me lo permita". Era algo más de la una de la tarde.

viernes, 22 de septiembre de 2023

Vaciedad

Un grupito de gentes esperaba el ascensor en el primer piso. Esperaban y solo esperaban. No habían marcado la llamada. Distraídamente me acomodé en la parte de atrás y miré -como ocasionalmente lo hacen quienes esperan el ascensor- hacia la puerta. Advertí que no habían realizado la llamada del aparato. Me adelante y marqué.

La mujer más joven, exponiendo una sonrisa de disimulo: "ay... ¿Que había que apretar esos botones?" La otra, una de mayor edad, que quizá superaba la media centuria, sin interesarse de lo dicho, tomó un sorbo desde una botella plástica y le ofreció a la primera "¿Quieres?" Mientras le alcanzaba la botella. La otra seguía con una desdentada sonrisa de disimulo, y con un gesto de cabeza le dijo que no. "Les acompañaba un hombre de mediana edad que se conducía en una silla de ruedas. Su signos faciales y la falta de un brazo permitían inferir que su estado se debia, quizá, a un accidente de tránsito. El hombre, solo esperaba mientras le hacía cariños con su única mano a una niña que se sentaba en una de sus débiles piernas.

La mujer no sabía si subir al ascensor de la izquierda o el de la derecha. La mujer de edad dijo, medio temerosa, "nunca he subido por estas escaleras". La otra, corrigió con una sonrisa: "ascensor". Sonreí: ¿A donde van? ¿Tercer piso? El hombre asintió con la cabeza. Se notaban sus temores en la cara. Una de estas, la que tenía la botella, la dejó caer con disimulo, mientras se cogía fuertemente del pasamano, y su boca exhaló un "ay" prolongado... Se rió con miedo. "¡¿A que hora para?! ¡Ya quiero salir!"
Todos nos reímos de su sensación de vaciedad estomacal que produce el ascensor a los principiantes. "¿No se quedará cerrado?" Y siguió su miedo "ay.. que pare!"

La disminución de la velocidad vertical por la llegada y el movimiento horizontal por el estacionamiento del matracoso ascensor, le generó intranquilidad. Nos reíamos todos... Su muy breve miedo, -que quizá no duró más de treinta o treinta poco segundos... lo que demora un viaje del primer al tercer piso- exigía, con sus ojos, que se abra la puerta. Su cara reflejó alivio tan pronto la puerta metálica permitió la luz natural que iluminó el espacio.

Un "nunca había subido a una cosa de estas" fue el remate, mientras mostraba su tranquilidad en una sonrisa agradecida. Ya afuera del ascensor, me sonrieron y preguntaron "¿Donde está el juzgado penal?". Me despedí, indicándoles con el indice que caminarán hacia la izquierda.

Cosas de la vida.

viernes, 8 de septiembre de 2023

Dolor

El teléfono sonó esa mañana. Era el amanecer del día. El muchacho abrió una puerta, apuró sus pasos, se acomodó rápidamente en una silla y levantó el auricular. No hubo tiempo para el "aló" inquirente del que contesta. "Estás allí. El problema se ha complicado después de casi dos años, el hijo de puta del Inonato Ergüen ha llamado pidiendo mi cabeza... ¿Estás? ¿Estás?... Habla carajo". El prolongado sonido de la llamada interrumpida descompensó el oído del hombre recién despertado.

Volvió a su habitáculo... Se paseó un par de veces en el breve pasillo existente entre su cama y la pared. Entre sus pasos y el silencio, se revoloteaban mil ideas, algunas extrañas, otras desquiciadas, unas cuantas, de la mayor maldad posible y al fin encontró reposo en una vieja perícopa: "Los hijos de la noche son más astutos..." Y volvió a la misma frase una y otra vez. Al final, le ofreció una conclusión distinta: "... Pero la luz de la verdad es siempre liberadora".

Levantó el teléfono y marcó de memoria para una llamada. Una voz avejentada y somnolienta, contestó "aló" y en réplica los oídos de aquel solo pudieron oir "bebé el agua de tu cisterna, el agua natural de tu pozo". La respiración se hizo profunda y volvió: "apresará al inicuo su maldad, la telaraña de su iniquidad será su límite". El inquerido, extrañado, antes que de los anuncios, de la hora tempranera, dibujó una sonrisa de ruindad, de la que nadie fue testigo. Se dijo para sí "mi maldad no tiene fin, mi reinado está lejos del ocaso".

La mujer, ajena a la escena, descompuesta de sí, desnuda en sus pensamientos,  todavía en su cama, pendiente de sus tareas del día, en ordenación secuencial de lo que debía hacer dentro de la jornada laboral, se decía: "Aciaga la hora en que mis ojos se embriagaron de ti, veneno había en la dulzura de tus besos". Su mirada se perdía en la oscura oquedad imaginaria que se dibujaba en la pared... Su nerviosismo la sobrepasaba, sus dedos sufrían sus vanos intentos por hacerlos tronar. En el fondo, una pilla idea sufragaba el gasto de su ansiedad... ¿Quién podría decir que un libro de contabilidad, una calculadora y una cuenta bancaria podían ser el motivo de tanta mezquidad? Nada hubiera cambiado si esos pagos  -mensuales, permanente, sistemáticos, abultados a un sujeto sin rostro, sin firma, sin justificación- se mantenian en el secreto. Ella no vislumbró que se convirtieran en la piedra que rompió el zapato. "Maldito este amor que me obligó a abrir la boca". Las cuentas dedicadas a la futura construcción de una basílica para la madre del sufriente en cruz eran la materialización de posibles problemas legales. Un crucificado, en otro extremo del cuarto, miraba piadoso ese dolor.
El crepúsculo auroral ya no estaba, los cri cri de la noche le habían dado paso a los claxones y al bullicio que apaga los pensamientos.

jueves, 24 de agosto de 2023

Leñador

Antes de que mi mundo empezará, era mi abuelo. Mi abuelo y sus cabras. También allí, sus vecinos. El mundo era corto, pequeño, angosto y... de todos. Los vecinos se contaban con los dedos de las manos y las distancia de entre las respectivas casas se media a zancadas. Entre una y otra bien podían acomodarse unas cinco o diez casas, pero -a esos dias- no había nada. El más lejano era Pablo, el bravo. Ese hombre murió en su ley: de un solo tirón y en la puerta de su casa. Se fue una tarde, mientras jugábamos fultbito en la canchita terrosa que se advertía de las araduras de la tierra dada las correrías de los rivales peloteros. El hombre pasó montado en su burro interrumpiendo el partido: "muchachos cojudos, eso no más saben: jugar" y pasó mientras alguno de sus nietos se atrevió a darle besos al aire con el afán de apurar al pollino que lo conducía.

Entre casa y casa, solo había despoblado. Quizá alguna picota para amarrar algún jumento o, algún corral en que asegurar los ovejos, las cabras o las gallinas. Sin perjuicio, cualquier espacio era bueno para lo que sea. Alli, en la entrada del camión de Jorge Peña, se jugaba a la "batita"... Una adaptación muy ñoña del béisbol americano... ¿Quién realizó ese acomodó? Ni idea. La pelota era de trapo, hecha de medias y de retazos de tela. No había bate y... El asunto era lanzar la pelota lo más lejos posible para malograrle la tarea al rival, y lo demas... diversión de churres.

También estaba Feluco. Un hombre moreno, medio serio, medio afable. Contaba en su corral algunas cabras, unas muy poquitas; así que, pronto se acabaron... Lo que nunca faltó en el postigo eran sus burros. De ordinario,  dos; a veces tres y, si la situación estaba dura, solo uno. Si la crisis era muy grave ninguno. Eran sus instrumentos de trabajo. Allí también, sillones, jaquimas, monturas, cabos, cuerdas, bidones, cajones para el carguío de lo que sea, etc. La cocina de su casa era modesta y me gustaba... Quizá porque la hizo el mismo. El fogón se montaba sobre una caja hecha de adobes y, en la parte baja había dejado una oquedad para acomodar la leña y otra, de menor calado, para guardar las viandas. Allí con el calor de los carbones de la parte superior se mantendrían tibias, si hubiera necesidad de esperar al comensal.

Era un leñador al que, su trabajo de todos los días le había dejado huellas en el cuerpo. No necesito de máquinas ni de instructor para mantenerse "fitness". El trabajo con el hacha le fue suficiente. Cortaba leñas de algarrobo para venderlas en el centro del poblado. Allí dejaba, de seguro, cargas de leña donde Pedrito, el panadero y, también en casa de algunas mujeres. Si la venta se estrechaba también podía encargarse de buscar puntales y horcones de algarrobo para quien los necesite en la construcción de sus casas... Incluso podía irse hasta la montaña para conseguirlos de hualtaco, si es que el cliente era exigente... Varas de overal, pájaro bobo, etc. Sabía buscarselas con un burro, un machete, un hacha y algunas soguillas.

No recuerdo haberlo visto ebrio. Algunas veces molesto, pero ebrio... No. Se molestaba con sus hijos, por esas cosas que los papás suelen molestarse con los suyos, pero siempre estuvo atento a las cosas de los chiquillos que andábamos por allí, mataperreando, matando el tiempo, jugando a lo que fuera. "Mujer, dale agua a este bandido... Sudas, como si trabajarás". Renegaba, pero no nos negó una "vianda de agua". Así nos la servíamos: en viandas... Para asegurar el ahogamiento de la sed. Estás eran unas de fierro enlozado con orejitas huecas para que se acomoden unas sobre otras entrelazadas en un cinto metálico para la facilidad del traslado.

El hombre era un leñatero consumado. Es probable que aprendiera el oficio de su padre... O de su madre. A ella, los maledicentes le decíamos "Maria sacatroncos". Se le revolvía las tripas del coraje y, Don Feluco heredó el seudonimo, aunque no creo que alguien se hubiera atrevido a anunciarselo si es que no fuera que estaba seguro de que sus oídos no lo oyeran.

El hombre, con más de nueve décadas en sus alforjas, ha decido marchar a mejores bosques. Su recuerdo y, la realidad de que aquellas gentes que se acomodaron en mis primeros años se van, me hace sentir que la vida es efímera, que hay que vivirla en el día a día... Consumirla como el fuego consume los carbones del leñador que vivía a pocos metros de la casa de mi abuelo. Ese mundo se está acabando.

Buen viaje Dn. Feluco. No se olvide de su hacha. Saludos para Dn. Concio. Que todo vaya bien.


Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...