viernes, 8 de septiembre de 2023

Dolor

El teléfono sonó esa mañana. Era el amanecer del día. El muchacho abrió una puerta, apuró sus pasos, se acomodó rápidamente en una silla y levantó el auricular. No hubo tiempo para el "aló" inquirente del que contesta. "Estás allí. El problema se ha complicado después de casi dos años, el hijo de puta del Inonato Ergüen ha llamado pidiendo mi cabeza... ¿Estás? ¿Estás?... Habla carajo". El prolongado sonido de la llamada interrumpida descompensó el oído del hombre recién despertado.

Volvió a su habitáculo... Se paseó un par de veces en el breve pasillo existente entre su cama y la pared. Entre sus pasos y el silencio, se revoloteaban mil ideas, algunas extrañas, otras desquiciadas, unas cuantas, de la mayor maldad posible y al fin encontró reposo en una vieja perícopa: "Los hijos de la noche son más astutos..." Y volvió a la misma frase una y otra vez. Al final, le ofreció una conclusión distinta: "... Pero la luz de la verdad es siempre liberadora".

Levantó el teléfono y marcó de memoria para una llamada. Una voz avejentada y somnolienta, contestó "aló" y en réplica los oídos de aquel solo pudieron oir "bebé el agua de tu cisterna, el agua natural de tu pozo". La respiración se hizo profunda y volvió: "apresará al inicuo su maldad, la telaraña de su iniquidad será su límite". El inquerido, extrañado, antes que de los anuncios, de la hora tempranera, dibujó una sonrisa de ruindad, de la que nadie fue testigo. Se dijo para sí "mi maldad no tiene fin, mi reinado está lejos del ocaso".

La mujer, ajena a la escena, descompuesta de sí, desnuda en sus pensamientos,  todavía en su cama, pendiente de sus tareas del día, en ordenación secuencial de lo que debía hacer dentro de la jornada laboral, se decía: "Aciaga la hora en que mis ojos se embriagaron de ti, veneno había en la dulzura de tus besos". Su mirada se perdía en la oscura oquedad imaginaria que se dibujaba en la pared... Su nerviosismo la sobrepasaba, sus dedos sufrían sus vanos intentos por hacerlos tronar. En el fondo, una pilla idea sufragaba el gasto de su ansiedad... ¿Quién podría decir que un libro de contabilidad, una calculadora y una cuenta bancaria podían ser el motivo de tanta mezquidad? Nada hubiera cambiado si esos pagos  -mensuales, permanente, sistemáticos, abultados a un sujeto sin rostro, sin firma, sin justificación- se mantenian en el secreto. Ella no vislumbró que se convirtieran en la piedra que rompió el zapato. "Maldito este amor que me obligó a abrir la boca". Las cuentas dedicadas a la futura construcción de una basílica para la madre del sufriente en cruz eran la materialización de posibles problemas legales. Un crucificado, en otro extremo del cuarto, miraba piadoso ese dolor.
El crepúsculo auroral ya no estaba, los cri cri de la noche le habían dado paso a los claxones y al bullicio que apaga los pensamientos.

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