sábado, 19 de noviembre de 2022

Indecisión

La mujer exigía la libertad para su niña, para el fruto de su vientre. El abogado que la representaba hacía relación de los derechos del niño; empero, ella argüía que la niña está secuestrada por su exmarido, que siempre había sido un "bueno para nada" y que eso ahora venía reforzado por el hecho de que "el padre de la criatura mostraba su mejor faceta: mandilón de su mamá. No me dejan ver a mi hija".

La mujer vestía un traje sastre, la lozanía de su rostro exponía una edad no mayor de las tres decadas. Sus argumentos se virtieron con tal naturalidad que esos insultos relacionados al "síndrome de mamitis", de dependencia a la ascendiente casi que no parecieron un insulto.

El hombre, a su tiempo, dejó ver su rostro a través de la cámara. Pidió disculpas por sus fachas: una barba descuidada, los cabellos alborotados por -al parecer- recién despertarse, fueron la introducción para anunciar lo mejor: "las cosas no son lo que parecen. Salgo de una guardia médica y si revisan los diarios ha habido un triple choque con múltiples heridos. Ha sido una noche pesada... Las cosas no son lo que parecen y aunque la serpiente le habló floridamente a Adán, eso no hizo que dejara de ser serpiente..." Descansó, hizo una pausa. "Mi niña hace unos meses la rescaté de su propia mamá. Ella no advertía de su pediculosis capitis y si lo sabía no le importaba. No comía o comía puros dulces... Ahora mismo, debo esperar que despierte para darle su plato de avena".

El hombre no tenía abogado, pero sabía algo de tecnología mostró fotos de la niña en dos facetas, la que denunciaba y aquella otra en la que se exponía la superación de tales estados. La madre replicó "¿Quién no ha tenido piojos en su vida?" Y el juez, gráficamente, se rascó la cabeza. Se acordó de la rapadura de sus días infantiles, mientras que la mujer continuaba: "... Ambos trabajamos. Yo vivía sola con mi niña y tengo que hacer mis horarios profesionales en una posta de un caserío de la carretera a Chulucanas, con diez horas fuera de casa y regresar para hacer las tareas del hogar, las del colegio con mi niña y otras cosas a las que las mujeres estamos condenadas por el puro machismo patriarcal en el que vivimos... Hizo un silencio para remarcar: "preguntenle quien preparó esa avena, como se llama la maestra de la niña, quien es su mejor amiga y cual es personaje favorito en el cuento de Shrek... Él no sabe, pero con seguridad, la abuela sí... Lamentablemente yo vivo sola y apenas me alcanza para el alquiler del depa, para pagar a Silvia, la muchacha que me ayuda aquí en casa, y las otras cosas que se necesitan para vivir... Eso no significa que sea una mala madre... Tengo derecho a mi niña y estoy dispuesta a renunciar al deber de que me pague la pensión de alimentos y a ofrecerle la oportunidad de que sea un buen papá sin obligaciones económicas... La pequeña es mi hija. Yo la he parido".

El juez le apagó el micrófono luego de explicarle que su tiempo había terminado. El hombre tomó la palabra para decir: "¿No le dije? El veneno puede ser dulce pero no deja de ser veneno". El contra argumento de la mujer se limitó a solo un gesto: le mostró la lengua mientras ponía sus manos extendidas a la altura de la sien para agitarlas mientras movía desorbitadamente los ojos.

Habrá que tomar una decisión. Los hechos ya fueron expuestos. El juez se rasca la cabeza... Cree que tiene piojos.

sábado, 12 de noviembre de 2022

somnolencias

Pasada la una... ¡Joder! Una llamada noctámbula: "Tiene que venir. El alcohol hizo efectos". En mis adentros, un "carajo" quebró la somnolencia con la que atendí el móvil. Mis piernas se deslizaron por debajo de la frazada para permitirme el sabor de la cerámica fría en mis pies.

Y una cosa más venía en la confianza de la muchacha, esa que tuvo la delicadeza de llamarme. Esa vocecita se atrevió a algo que yo, a ese tiempo, no habría hecho: "Señor, ¿Y será que a mí también me puede llevar a mi casa?". La respuesta fue un "Si, si, claro".

No había problema. El aplicativo de mapas me condujo al mismo espacio en el que suelen ser las reuniones juveniles. En realidad, una asíncronía del GPS me dejó a varios metros del lugar. Aún no se oía el bullicio de las gentes. Una llamada me volvió a la ubicación exacta. Me estacioné justo al frente de una mampara que dejaba oír las sicodelias musicales.Una carita conocida, congestionada, llorosa me recibe. Suben tres... En modo copia colombiana: "Que pena por despertarlo. Se acabó la fiesta". Solo atino a agradecer el gesto de la llamada y volvemos por el mismo camino, con un par de paradas previas para devolver a las guardianas.

Lo peor del alcohol se había quedado en la fiesta misma. La regurgitación había sido suficiente para volver a la realidad, al menos en su forma elemental: para lamentarse del hecho de perderse lo que aún quedaba del jolgorio juvenil. La conversa de las tres, en la parquedad del tiempo, era la preocupación por su acompañante de correrías. En la terquedad que, a veces, te regala la embriaguez, negaba su estado y prefirió quedarse para seguir bebiendo. La de la "Pedro Paulett", en resignación asumida, en la despedida, atinó solo a decir: "Son cosas que pasan. Descansa. Gracias señor". Por lo demás, el sueño hizo lo suyo luego de una velada ronera.

¿Y yo? Pues... Aquí, buscando el sueño que dejé macerándose bajo la almohada. La ahipnia es ahora mi compañera. La sanción obscura a mi precoz despertar. ¿Almohada dónde estás? Han pasado dos horas. Tal vez, un vaso de vino sea el remedio.

martes, 25 de octubre de 2022

Silbidos

El sol brillaba en el cielo. El hombre se puso de pie, salió de debajo del árbol en el que descansaba, se acomodó al lado de la yegua que le acompañaba. Levantó los pliegues de cuero de la montura, desató el cincho totalmente y lo volvió a asegurar... Tarareaba una canción, quizá un sanjuanito de sus tiempos mozos. Una vez asegurada la montura, a modo de caricia le dio una palmada en el anca del animal, mientras un "listo" brotaba de su boca como interjección.

Quiso -a través de sus lentes de fondo de botella - medir la altura del sol. Apoyó su mano derecha sobre la montura de equino, mientras que su brazo izquierdo  lo ponía por encima de su rostro con afán de cubrirse de la luz. Levantó su mirada: achinó sus ojos chiquitos para sujetar el resplandor mientras que su boca dejó en el aire un inadvertido "juum, carajo". 

Su mano derecha acarició la rienda y la acomodó en el cabezal de la silla de montar. Puso su pie izquierdo sobre el estribo y con el poco esfuerzo que su vejez le permitía, cruzó la otra pierna para montar al animal. Éste soporto sin queja el peso del viejo. Los talones se hundieron en los ijares de la yegua y ésta emprendió  su andar, pausado, desganado... El calor del medio día y la pesadez de esos arenales invitaban a muy poco; sin embargo, en esa extensión arenosa se esparcían, debajo de los chopes, en las sombras de los vichayos, alrededor de los faiques, algo de más de un centenar de cabras...  De ponerle atención al silencio del campo permitiría -de vez en cuando- escuchar algún balido caprino.

Un silbido rompió el silencio de la naturaleza, un perro se desperezaba mientras le robaba un poco de aire a la vida en un largo bostezo. Las cabras empezaron sus balidos de ubicación... Los críos, confiadamente, se separaban de las madres en busca de alimento, pero ese silbido era uno de alerta. La cabras viejas se daban cuenta que había que echarse a andar.

El hombre volvió a silbar y el sonido de su chiflido se perdió en medio del canto de las soñas y los chilalos.  Un perro -otro- se acomodó a la sombra que le regalaba la panza del animal de montura con el afán de caminar aprovechando esa comodidad. Un silbido más y, aquellos cuadrúpedos que se escondían en medio de la naturaleza dejaban ver sus cuerpos, listos para la vuelta. Las crías también se estiraban para la partida.

Era el medio día y el sol estaba en lo alto. El hombre acomodó su viejo sombrero de paja toquilla, limpió sus lentes con el ajado pañuelo que sacó de uno de sus bolsillos del pantalón y volvió a hincar los ijares de su cabalgadura. Ahora con rigor. 

El sol estaba en lo alto.

martes, 11 de octubre de 2022

Némesis

La tarea emula jugar a ser un dios del pasado recreando historias ajenas. Expone la sentida intención de ofrecer a quienes quieren lo que conviene en la ingenua construcción de un puente con apenas unas hebras de cabellos.

Hacer justicia es como jugar con el viento y con la lluvia con la apetencia de evitar que la tormenta se acreciente. Es el afanoso propósito de terminar la pelea en la crédula convicción de que a todos les gusta el desenlace. Es el ofrecimiento de un carnal costal de box, allí donde todos dicen tener la razón desde la fuerza de sus puños, desde sus detemplados gritos.

Es jugar a ser dios con las limitaciones del sentido común, con la prodigalidad de la prueba, con la parquedad del derecho. Es la propuesta personal de ser el dado de dios, pero sin puntos en los lados. Solo somos un dado de colores. Es como completar un cubo de Rubik con la pericia que solo los agonistas tienen.

Somos los parteros de embarazos no deseados. La boca que dice lo que pocos quieren. Somos los pitonisos de Las Moiras, los hijos nuevos de la vieja Némesis.

lunes, 3 de octubre de 2022

Angustias

"Hablar mal de dios, es un pecado mortal” dijo la mujer mientras se santiguaba con la mano en la que sostenía un rosario de cuentas de madera. La cuerdita embolillada hizo ochos en el aire y, la imagen mariana que motiva la extensión que remata en cruz se movía al son de la gravedad. Y la recriminación continuó: "La ignorancia perdona todo, pero la burla blasfema y el chiste ridículo no son más que sables en el herido corazón de nuestro dios. Y le duele más, porque viene de sus hijos preferidos”. La mujer puso sus rodillas en el reclinatorio y, le regaló una mirada compasiva a la réplica de La Piedad de Buonarroti. Era una imagen de fibra de vidrio semejante a aquella otra –de mármol- que aparece en El Vaticano y que, representa a María soportando sobre sus piernas el peso inerte del hijo lánguido, con las huellas en el cuerpo de su muerte por crucifixión.  Le regaló una mirada de dolor y se identificaba con la imagen. A la mujer le dolía, ahora la incredulidad de su propio hijo: ¿Cómo es que se le ocurre dudar de todo?. La salvación de los hombres se hace evidente con esa muerte redentora, tal como se anuncia en el Libro Sagrado.

La imagen inerte, figura de quien es anunciado como divinidad, anduvo por estos lares hace ya mucho y, si atendemos a sus propias expresiones -o aquellas que dicen lo son de su autoría- de seguro poco le ha de importar lo que de él digan. ¿Qué le habría de importar lo que digan en estos tiempos de él, si hacía sus desmadres? ¿Bebedor y comilón son un par de epítetos que se ganó a pulso? Cuentan –cuentan ah, cuentan- que una vez llegó a un matriqui y, ya cuando la gente se iba, mandó a sus amigotes a sacar unos odres de vino que habían escondido en lo más rebuscado de las bodegas. Parecía que el asunto le salió mal, pero por los resultados, además de los novios, fue el héroe de la jornada: todos le agradecieron la travesura. Los entendidos en los productos de la uva, ya medio salazonados, dijeron al wedding planner: “Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya todos están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora”. El hombre respiró aliviado, mientras en sus adentros se decía: “Si supieran que unos amigos del novio se había asegurado con unos cuantos odres…” 

Unas lágrimas doloridas corrían por las mejillas de la mujer. Pensaba en las clases de catecismo de sus días infantiles. Sabía desde esos días, una jaculatoria que repetía: “Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo… tres personas distintas, un solo Dios” ¿Tan difícil es de asimilar que Dios hubiera prefigurado desde la eternidad la opción de hacerse hombre para asegurar el mundo venidero como acto salvífico de lo creado? ¿Y cómo es que mi hijo ahora niegue aquello que en algún momento se mostró ansioso por ser…? ¿No sirvieron de nada los dos años de seminarista y de estudios de los textos sagrados? ¿Cómo es que podía decir que María era una mujer extraordinaria pero a la vez mortal como cualquier otra? ¿Es que Dios en su infinita bondad le había restringido el don de la fe dadas sus bromas y chanzas de mal gusto? Y recuerdos mejores vinieron a ella: las veces en que su hijo emperifollado en una túnica blanca se mostraba como muy reverente y piadoso en las ceremonias religiosas de sus días de juventud… recordarlo, en tiempos de vacaciones, en la silla de la abuela, en las horas en que el día clareaba, con un libro de oraciones en la mano, mientras en silencio las elevaba, le hacían olvidar los dolores que en estos días le hacía sufrir por haberse olvidado de la piedad… “La sequedad del alma no puede ser tan larga… Que llueva, Señor, que llueva” decía en sus adentros mientras en el primer plano de sus pensamientos recitaba el noveno “ahora y en hora de nuestra muerte, amen” del cuarto misterio en el que se anuncia la ayuda dada por un viandante al carpintero de Galilea cuando éste era obligado a cargar el instrumento de su propia muerte… “¿Cuánto sufren aquellos que se ven obligados a cavar la fosa en la que serán enterrados? ¿Habría sido igual el dolor de Nuestro Señor? No. Era mayor: la perfección de su humanidad, cuerpo, alma y espíritu, hace que sus dolores fuera multiplicados en intensidad”. Y remató sus pensamientos: “Señor, que llueva”.

“No juzguen, carajo”, les dijo un día a sus amigos. Aquella vez que, en los suburbios de Jericó –cuando iba de pasadita, buscando agua y comida- se toparon con la tienda de Tamara y sus colegas, dedicadas al placer de las carnes y que se convirtieron en objeto de burlas dadas sus arrugas y la notoriedad de sus años avanzados. “No juzguen… que con la misma vara que miden los defectos ajenos, así serán juzgados los suyos propios cuando les venga la muerte…”  Y miró con sorna a Pedro “¿acaso no te acuerdas la vez nos ofreciste unos pescados mal cocidos solo porque tu suegra estaba enferma y con fiebre?” Y le remató con una mueca de sonrisa que se escapaba por las comisuras de la boca: “Y eso que eres un pescador viejo”. Los demás rieron: para ellos no era novedad la sabiduría del hijo del carpintero. El mismo se encargó de recordarles que no se comporten como “aquellos que mandan a hacer pero no hacen lo que dicen”. Y el asunto no pasó a mayores porque en ese mismo momento, un par de muchachos se les acercaron para hacerles llegar la invitación de Zaqueo. Ellos había recibido largas quejas del citado funcionario, del maltrato que recibían los arrieros y mercaderes, de las displicente formas que tenían sus ayayeros cuando se acercaban los días de las cosechas de uva o de trigo para quedarse con una buena tajada, dizque para satisfacción de los tributos del emperador romano. ¿Las quejas era vanas? Ellos mismos lo sabían: los publicanos eran inmisericordes al momento de los porcentajes de la pesca. Cada vez que alguna embarcación dejaba su carga de pescado, aquellos llegan como buitres para quedarse con los mejores peces. Pero ya… Las palabras sirven de poco, pues días antes había dicho el maestro: "No todo el que diga ‹Señor, Señor› entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre que está en los cielos”. Y, si se trata de materialización de voluntades, de actos humanos, Zaqueo era un buen ejemplo: “Aquí Señor: la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado”. Dicen, los que allí estuvieron, que la comilona de ese día, no sólo alcanzó para los amigos del carpintero sino también para aquellos que de vez en cuando se tomaban el tiempo para escuchar los mensajes de ese predicador callejero.

La mujer secó sus lágrimas. Esperaba que la aridez espiritual padecida en su hijo vea pronta muerte. Estaba segura que la revivificación de la fe, era como las plantas del desierto: solo hacía falta una pequeña lluvia que viniera del cielo. A la mujer le pareció, luego de esas conclusiones, que aquella otra mujer representada en bulto, le mostraba, ahora, su rostro sonriente… Ella también le sonrió.

Escondió su rosario, levantó sus pasos y salió apurada... Había que preparar "el que comer" de los suyos.


martes, 19 de julio de 2022

Naamáh

“Si un hombre duerme solo, entonces aparece Naamáh para hacerlo su víctima”, reza un viejo manual de demonología hebreo. Su naturaleza espiritual hace de su belleza una de tal incandescencia que, es capaz de invadir los sueños viriles y humedecerlos, aún cuando la noche fuera muy fría. Naamáh fue pareja de Adán y… hermana de fluidos de Eva y de Lilith. Con ésta última, se hicieron hasta comadres…

Naamáh, aparece en el Génesis. Se le anuncia como hija de Lamec y hermana de Tubalcain. Si atiendes la línea genealógica, es trastataranieta de Caín, del que, ya sabemos, es hijo de Adán. En la travesía legendaria, -de escritura tardía- se hace saber que una tal Naamáh (probablemente homónima de la ya mencionada hija de Lamec) tuvo su cuchi-cuchi con Adán, pero no se explica las razones por las que terminó en las arenas del Mar Rojo. En el peor de los casos, pareciera que estos predios estaban dedicados para la estadía de los espíritus díscolos, de aquellos rebeldes, que habían hecho de la complacencia carnal, una forma vital de ser.

Si me dan razones para exponer mi posición me decanto por aquella otra versión en la que se da cuenta de las breves discusiones del Altísimo con sus lugartenientes. Dios estaba gravemente ensimismado, complacido gratamente con la creación de Adán y, bueno, también con la de Eva. En realidad, después de tres intentos de darle forma a la compañera del primer varón, ésta salió mejor que el molde. El asunto vino después: la humanidad se descarriló y el autor de la creación se vio obligado a buscar la forma de refundarla. Allí vinieron los reclamos de los seres espirituales: "¿A cuento de que tanta preocupación por el hombre?" le exigieron un par de alados, Semhazai y Azazel, según una leyenda. Y el reproche terminó con un “Te dijimos. La pretensión de ordenar el caos y de generar vida semejante, era una idea nefasta”. Con el afán de salvar la querella, el hacedor del mundo refutó: “Los seres terrenales tienen una natural inclinación al mal”. Los ángeles simplemente se ofrecieron para descender a la terrenalidad adánica para mostrar que la inclinación al mal era solo una justificación impropia.

Los alígeros perdieron sus extensiones y adquirieron realidad material. Las cosas eran distintas viéndolas de tan cerca: la naturaleza primigenia, la inocencia de los hombres, la beldad de las herederas de Eva... La tal Naamáh encandiló con su gracia a Azazel, mientras que su compañero Semhazai andaba echándole maicitos a Isthar, una virgen del oriente… Los chismógrafos no se ponen de acuerdo, pero, pero, pero… es altamente probable que, en medio de sus sesiones amatorias la buenamoza de Naamáh haya logrado que el corporeizado Azazel le revelara los secretos de la incorporeidad y, que efectivamente, pudiera –desde su manipulación- alcanzar el estado súcubo que ahora se le atribuye. Con ocasión de tal revelación, el tal Azazel sufre la condena perpetua de la posición invertida –cabezaabajo- colgado en algún cañón de la geografía terráquea. Ella, en cambio, en contubernio con Lilith (ya les contaré luego de sus amoríos con Semhazai), se fueron a habitar el Mar Rojo y, desde ese espacio decidieron venganza contra la humanidad por la traición sufrida desde la complacencia divina: la habitación con seres inmateriales.

La venganza, como ya lo he señalado en otras letras, se substancia en cuaderno separado: la muerte de los neonatos, de por lo menos, hasta los 8 o los 20 días de nacidos, dependiendo de su sexualidad; salvo que las madres tuvieran la precaución de imponer en la muñeca del recién nacido un pendiente con el nombre de los ángeles Senoy, Sansenoy y Semangelof. Dicen que, la tal Naamáh es la causa de la epilepsia infantil.

Si me lo preguntan, creo que, aunque calificada por la leyenda de súcubo, la maldad no le llega a tanto: de hecho, ella es madre de varios seres del inframundo. Si su nombre significa “complacencia”, "encantamiento", le bastaría con la posesión nocturna de los viriles; le sería suficiente su canto para llenar las tabernas de los hombres para tener asegurada su cosecha… Los que más saben, le atribuyen la maternidad de Asmodeo, el demonio de la lujuria, ese que al que Tobías -el personaje de la biblia- se enfrentó para liberar a Sara -la hija de Raquel- de la maldición de la muerte de sus maridos… pero ésta es, también, otra historia.

Para concluir, anotarles que, en la antigüedad del mundo, Naamáh era una de las diosas cuyo patronazgo suponía la protección de la prostitución sagrada; en el medioevo gótico, las esculturas de una mujer en torso desnudo muy cerca de una taberna exponían el servicio comprado de la sexualidad femenina y, a nuestros días es… una historia de la que no tenemos certezas.

¿Quieres saber la historia de Lilith? Ve Origenes


sábado, 16 de julio de 2022

Conversa

“Hablar de una mujer es siempre oneroso”, resaltó el viejo. Y con un suspiro del pecho profundo, concluyó: “Calla, y vive”. Dejó una risita sarcástica en el aire y se corrigió a sí mismo: “Calla, sufre y vive”. La mula en la que andaba, bufó de mala gana, para hacer saber su cansancio, quizá del camino; o, a lo mejor, de lo aburrida de la historia. Miraron, los dos arrieros, en la distancia la cercanía del agua, y se ofrecieron hacer un alto y dar descanso a sus jumentos y a ellos mismos… al fin, ya casi era el medio día y, el sol arreciaba fuerte.

Volvieron a recrear la historia que llevaban entre manos: la del Rumualdo, hombre facineroso, qué en su afán de doblegar la voluntad de la Juana, le metió un balazo entre el pecho. Uno intentó continuar la conversa: “…Éste se pasó de vueltas. No sólo no logró su cometido, sino que además se puso en la mira de la justicia, por ese hecho y otros anteriores… de sus días de soldado en el cuartel de El Alto, de sus veces de pescador por el sur… Está pedido”. El otro remató la idea: “Y todo por un amor”. Un breve silencio permitió que los hombres pusieran atención al susurro del viento por entre las ramas que les ofrecían sombra, mientras en el otro lado sus “aperos” sesteaban. El más viejo, en un arranque de esos donde el corazón expone sus razones más intensas, quiso negar la idea: “El amor, no. El hombre. No le puedes achacar las cosas malas al amor… El hombre… o la mujer, puede ser malos o buenos, por las cosas que deciden y que hacen, pero el amor no. El amor es, siempre, el amor”. Su acompañante –más joven-, mientras tiraba piedritas a modo de jugueteo, allí donde se encontraba sentado, ofreció una nueva expresión: “pero si el Rumualdo no se hubiera encaprichado y si ella, no se hubiera negado, otra historia estaríamos contando… quizá hablando de sus hijos, de su ganado. Ahora él anda huido y, ella vista como la mala de la historia”.

El viento entre las ramas de los arboles generaban un rumor, un ruido que –ahora- llamaba la atención. Incluso de sus mismos inquilinos… los chilalos y las soñas revoloteaban asustados. Las algarrobas maduras caían con ocasión del viento y hasta las avispas de un panal común se inquietaron. De hecho, parte de la “tripa de burro” hecha de barro -y que habían logrado como su casa común- se cayó. El avispero en el suelo, obligó a los hombres a alejarse por breve término, para evitar las picaduras de los insectos.  Rieron de la necesidad de huir de las posibles picaduras. Parte del fiambre fue a dar por la tierra. Apenas se libró un pedazo de queso y un trozo de maduro que se mantenían en sus viandas.  Rieron, hasta por el hecho de que se quedarían con hambre. Aseguraron el nuevo lugar donde estar y, volvieron a acomodar sus posaderas. Las botellas de refrescos, se acomodaron entre sus piernas.

El más joven preguntó - ¿Por qué caen las algarrobas? Y, el mayor contestó con una pregunta que llevaba escondida una injuria: "¿Qué pregunta es esa? Caen porque tienen que caer, porque el viento las hace caer. ¿o no? Preguntas tonterías".  Miraron alrededor. Y, el de la pregunta se contestó a sí mismo y utilizando lo dicho: “Si fuera que caen porque tiene que caer, entonces todas caerían; si fuera que caen por el viento, entonces en el suelo distinguiríamos verdes y amarillas. Solo hay amarillas. Entonces, caen las que están listas para caer. ¿Te parece?” El mayor miraba hacia su alrededor haciendo gestos con la cabeza con los que anunciaba que pensaba en la respuesta, para finalmente decir “Si. Tienes razón”.

Regresaron al tema de la conversación: ¿Y no será que eso mismo ocurren las vidas de las gentes? ¿Qué las cosas ocurren porque todo empuja a que sean de una determinada forma? Acaso ¿si Tomás no hubiera estado la noche en el que le dispararon a Juana ella hubiera muerto? ¿Y si Felipe no hubiera llegado por esos días de velaciones para cortejar a Juana, Rumualdo no se hubiera obligado a usar un arma cuando sus palabras pudieron conseguir mejor resultado? ¿Por qué no murió Juana si el disparo fue en el pecho? ¿Será que Felipe era más culpable de lo que se cree por el solo hecho de haberle generado precipitación a Romualdo?

“¿Cómo será? ¿no? Fue la contestación a tantas preguntas. “El azar, el destino, la casualidad puede que no existan, que nadie las haya visto andando, pero que influyen en la vida de los hombres, no hay vuelta que darle; pero son estos los que con sus acciones le ofrecen forma a su propia historia: nadie obligó a Romualdo a robar el cargamento de municiones en el servicio militar, nadie le obligó a elegir a la Juana como pretexto de sus amores, menos a que anduviera con arma bajo el cinto. Esas han sido sus decisiones. Ahora pues que, asuma sus responsabilidades”.

Ambos revisaron sus servicios, los acomodaron, primero en sus talegas de tela y, luego el lado izquierdo y posterior de sus alforjas. Sin decirse nada, se levantaron, revisaron los aperos de sus jumentos, montaron en ellos; miraron “la altura” del sol, y tomaron el caminito que los había llevado hasta allí. Unas expresiones finales del mayor pusieron fin a la conversa: “No te puedo responder a todas las preguntas, pero lo que sí sé es que a nadie se le dispara en desventaja. Menos a una mujer; contimás, si dices que estás enamorado. No eres dueño de tu vida, menos de la vida de la mujer que dices que amas… por eso vuelvo al comienzo: hablar de una mujer es siempre caro, dispararle, más caro todavía”. 

"Arrea, que falta harto camino" fue la expresión final y que invitó a los andantes a acomodarse en sus aperos para pestañear un rato.

Nota: si quieres conocer la historia de Juana y de Romualdo, revisa: Bala. La misma historia, pero desde la otra perspectiva: Destino

 


Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...