martes, 24 de octubre de 2023

Muerto

."¡Cojudezas hablas! ¡Cómo que has encontrado algo que parece un muerto en estos montes ¿Que puede haber en medio de estos parajes solitarios?"

Un arriero decía haber visto un bulto en forma de hombre. De ordinario, los arrieros solían trabajar en grupos. Llevaban productos de la costa y; de la sierra traían azúcar, chancaca, harinas, hierbas medicinales. La cooperación exigía tener uno o dos vigías que se adelanten algunos kilómetros con el afán de prevenirse de los forajidos, de los asaltantes de caminos. Un machete a la cintura o una buena carabina eran escudo contra cualquier mal... Preferían tomar atajos y divisar los pasajes estrechos desde la lejanía. También eran objeto de atención los cruces de las quebradas o la proximidad a despeñaderos que podía convertirse en espacios para emboscadas.

El vigía de ese amanecer, tomó sus aperos y aceleró el paso. Caminó a paso ligero quizá uno o dos kilómetros de ventaja. Se subió a una loma y se acomodó detras de ella, cerca de unos arbustos choposos. Miró atento a la distancia y, un tenue mal olor, parecido al de la carne podrida, le llamó la atención y decidió adentrase en en las sombras de los arbustos. Un hombre vestido con un poncho serrano y con sombrero de paja le esperaba. Estaba sentado con la cabeza escondida entre su pecho y las alas del sombrero... El allegado, en forma de saludo dijo: "Buen día buen hombre", pero la mudez del otro, lo puso al aguaite. Se acercó sigiloso y sin tocarlo, se agachó para verle la cara... ¡Estaba muerto! Una rama en forma de "y" le sostenía la cabeza... No había signos de sangre ni de nada, pero estaba bien muerto. La fetidez fúnebre ya era evidente y... El miedo le hizo salir de ese sitio... Se alejó lo más que pudo y se acercó a la piara, que al ver como corría, también se puso en alerta...

"Hay un hombre muerto, un hombre muerto..." y mientras sus piernas corrían,  con su mano señalaba la dirección opuesta. "Hay un hombre muerto, pero está sentado..." un caballo se ecabritó. "Carajo", dijo otro, "Alertas, todos al aguaite". Dos hombres, se ofrecieron de acompañantes, y fueron testigos de la escena: el hombre estaba muerto, ataviado con ropas serranas y acomodado sobre esa piedra para permanecer sentado. Se dieron cuenta que las ramas habían sido cortadas del mismo árbol y se las habían acomodado por debajo del poncho para disimular el hecho de la muerte violenta. No tocaron más, revisaron los alrededores pero no había huellas de nada...  

Regresaron con los suyos. Lavaron sus manos y sus caras con el afán de quitarse el olor del muerto. Mientras lo hacían; en conjunto decidieron seguir su camino, apretaron los cinchos de sus 'aperos' y siguieron su paso por el camino que les tocaba en los minutos siguientes. Al pasar cerca de donde estaba el cadáver se persignaron y, uno de ellos, mientras espueleaban a sus jumentos, en voz alta dijo: "por el alma de ese cristiano, Padre nuestro que estás en los cielos..." Los demas le siguieron en la oración.

El muerto, mientras tanto, se quedaba atrás. Solo. Solo con su propia muerte. No hablaron del asunto con nadie. La muerte, al fin y al cabo, también es silencio.



miércoles, 27 de septiembre de 2023

Importancia

El hombre refunfuño: "¡Por la putamadre! Todo para nada". Había conducido con apuro y llegó con dos minutos de retraso. Se paró frente a la puerta y espero. Su mirada buscaba -en medio de tantas caritas- la suya, esa con la que tenía natural obligación. Miró espectante a la risueña juventud que jubilosa escapaba por aquellas rejas, ahora de par en par, abiertas para la vuelta a casa. Miró entre las rezagadas.

En su celular, apretujado en el bolsillo del pantalón se escondía un mensaje: "Ya estoy en casa. Mi mamá me recogió porque me sentí mal. Se me bajó la presión". El "puta madre" salió encabritado de pura desazón. De la expectativa frustrada de haber corrido tanto para nada.

Arrancó su vehículo y salió de la calle terrosa. Intentó calmarse pensando en el aire acondicionado que le acompañaba "¿Que le costó enviarme un mensaje para decirme que se iba por temprano? ¿Pa que diablos tienen celular?" Y se acompañaron improperios que pretendían ser la calma a la tempestad.

Una mujer vieja cruzó la calle acompañada de un bastón y una bolsa en la que se dibujaba unas viandas de comida. Lo hacía con la paciencia y lentitud que su renguera le permitía. La miró, primero con rabia; luego, con desazón; finalmente, se alivió con un "Pobre mujer. La comida de seguro es para su hijo". Nada le pareció más sublime que aquella le ofreciera a su hijo sus mejores esfuerzos en medio de sus achacosos pasos... Al menos eso se le ocurrió y fue suficiente para cambiar su ánimo.

Giró a la izquierda y tomó la avenida principal, mientras otros pensamientos le abordaban... "Espero esté bien. Estoy seguro de que si su malestar hubiera sido poco, la oportunidad para avisar no se hubiera perdido" y siguió su ruta: "o quizá no tenía señal". Sus ideas, ahora justificatorias, le allegaban a aquella conversación donde un colega, alguna vez le diría: "Mira compadre, si tu llamas una vez y no te contestan, intenta una segunda, si el caso lo amerita. Si no te contestan en la repetición, no insistas. Significa que en ese momento tu no eres importante. No siempre tienes que ser el centro de atención.

Respiró asosegado. Un último pensamiento: "Espero que esté bien. Le llamaré cuando un semáforo en rojo me lo permita". Era algo más de la una de la tarde.

viernes, 22 de septiembre de 2023

Vaciedad

Un grupito de gentes esperaba el ascensor en el primer piso. Esperaban y solo esperaban. No habían marcado la llamada. Distraídamente me acomodé en la parte de atrás y miré -como ocasionalmente lo hacen quienes esperan el ascensor- hacia la puerta. Advertí que no habían realizado la llamada del aparato. Me adelante y marqué.

La mujer más joven, exponiendo una sonrisa de disimulo: "ay... ¿Que había que apretar esos botones?" La otra, una de mayor edad, que quizá superaba la media centuria, sin interesarse de lo dicho, tomó un sorbo desde una botella plástica y le ofreció a la primera "¿Quieres?" Mientras le alcanzaba la botella. La otra seguía con una desdentada sonrisa de disimulo, y con un gesto de cabeza le dijo que no. "Les acompañaba un hombre de mediana edad que se conducía en una silla de ruedas. Su signos faciales y la falta de un brazo permitían inferir que su estado se debia, quizá, a un accidente de tránsito. El hombre, solo esperaba mientras le hacía cariños con su única mano a una niña que se sentaba en una de sus débiles piernas.

La mujer no sabía si subir al ascensor de la izquierda o el de la derecha. La mujer de edad dijo, medio temerosa, "nunca he subido por estas escaleras". La otra, corrigió con una sonrisa: "ascensor". Sonreí: ¿A donde van? ¿Tercer piso? El hombre asintió con la cabeza. Se notaban sus temores en la cara. Una de estas, la que tenía la botella, la dejó caer con disimulo, mientras se cogía fuertemente del pasamano, y su boca exhaló un "ay" prolongado... Se rió con miedo. "¡¿A que hora para?! ¡Ya quiero salir!"
Todos nos reímos de su sensación de vaciedad estomacal que produce el ascensor a los principiantes. "¿No se quedará cerrado?" Y siguió su miedo "ay.. que pare!"

La disminución de la velocidad vertical por la llegada y el movimiento horizontal por el estacionamiento del matracoso ascensor, le generó intranquilidad. Nos reíamos todos... Su muy breve miedo, -que quizá no duró más de treinta o treinta poco segundos... lo que demora un viaje del primer al tercer piso- exigía, con sus ojos, que se abra la puerta. Su cara reflejó alivio tan pronto la puerta metálica permitió la luz natural que iluminó el espacio.

Un "nunca había subido a una cosa de estas" fue el remate, mientras mostraba su tranquilidad en una sonrisa agradecida. Ya afuera del ascensor, me sonrieron y preguntaron "¿Donde está el juzgado penal?". Me despedí, indicándoles con el indice que caminarán hacia la izquierda.

Cosas de la vida.

viernes, 8 de septiembre de 2023

Dolor

El teléfono sonó esa mañana. Era el amanecer del día. El muchacho abrió una puerta, apuró sus pasos, se acomodó rápidamente en una silla y levantó el auricular. No hubo tiempo para el "aló" inquirente del que contesta. "Estás allí. El problema se ha complicado después de casi dos años, el hijo de puta del Inonato Ergüen ha llamado pidiendo mi cabeza... ¿Estás? ¿Estás?... Habla carajo". El prolongado sonido de la llamada interrumpida descompensó el oído del hombre recién despertado.

Volvió a su habitáculo... Se paseó un par de veces en el breve pasillo existente entre su cama y la pared. Entre sus pasos y el silencio, se revoloteaban mil ideas, algunas extrañas, otras desquiciadas, unas cuantas, de la mayor maldad posible y al fin encontró reposo en una vieja perícopa: "Los hijos de la noche son más astutos..." Y volvió a la misma frase una y otra vez. Al final, le ofreció una conclusión distinta: "... Pero la luz de la verdad es siempre liberadora".

Levantó el teléfono y marcó de memoria para una llamada. Una voz avejentada y somnolienta, contestó "aló" y en réplica los oídos de aquel solo pudieron oir "bebé el agua de tu cisterna, el agua natural de tu pozo". La respiración se hizo profunda y volvió: "apresará al inicuo su maldad, la telaraña de su iniquidad será su límite". El inquerido, extrañado, antes que de los anuncios, de la hora tempranera, dibujó una sonrisa de ruindad, de la que nadie fue testigo. Se dijo para sí "mi maldad no tiene fin, mi reinado está lejos del ocaso".

La mujer, ajena a la escena, descompuesta de sí, desnuda en sus pensamientos,  todavía en su cama, pendiente de sus tareas del día, en ordenación secuencial de lo que debía hacer dentro de la jornada laboral, se decía: "Aciaga la hora en que mis ojos se embriagaron de ti, veneno había en la dulzura de tus besos". Su mirada se perdía en la oscura oquedad imaginaria que se dibujaba en la pared... Su nerviosismo la sobrepasaba, sus dedos sufrían sus vanos intentos por hacerlos tronar. En el fondo, una pilla idea sufragaba el gasto de su ansiedad... ¿Quién podría decir que un libro de contabilidad, una calculadora y una cuenta bancaria podían ser el motivo de tanta mezquidad? Nada hubiera cambiado si esos pagos  -mensuales, permanente, sistemáticos, abultados a un sujeto sin rostro, sin firma, sin justificación- se mantenian en el secreto. Ella no vislumbró que se convirtieran en la piedra que rompió el zapato. "Maldito este amor que me obligó a abrir la boca". Las cuentas dedicadas a la futura construcción de una basílica para la madre del sufriente en cruz eran la materialización de posibles problemas legales. Un crucificado, en otro extremo del cuarto, miraba piadoso ese dolor.
El crepúsculo auroral ya no estaba, los cri cri de la noche le habían dado paso a los claxones y al bullicio que apaga los pensamientos.

jueves, 24 de agosto de 2023

Leñador

Antes de que mi mundo empezará, era mi abuelo. Mi abuelo y sus cabras. También allí, sus vecinos. El mundo era corto, pequeño, angosto y... de todos. Los vecinos se contaban con los dedos de las manos y las distancia de entre las respectivas casas se media a zancadas. Entre una y otra bien podían acomodarse unas cinco o diez casas, pero -a esos dias- no había nada. El más lejano era Pablo, el bravo. Ese hombre murió en su ley: de un solo tirón y en la puerta de su casa. Se fue una tarde, mientras jugábamos fultbito en la canchita terrosa que se advertía de las araduras de la tierra dada las correrías de los rivales peloteros. El hombre pasó montado en su burro interrumpiendo el partido: "muchachos cojudos, eso no más saben: jugar" y pasó mientras alguno de sus nietos se atrevió a darle besos al aire con el afán de apurar al pollino que lo conducía.

Entre casa y casa, solo había despoblado. Quizá alguna picota para amarrar algún jumento o, algún corral en que asegurar los ovejos, las cabras o las gallinas. Sin perjuicio, cualquier espacio era bueno para lo que sea. Alli, en la entrada del camión de Jorge Peña, se jugaba a la "batita"... Una adaptación muy ñoña del béisbol americano... ¿Quién realizó ese acomodó? Ni idea. La pelota era de trapo, hecha de medias y de retazos de tela. No había bate y... El asunto era lanzar la pelota lo más lejos posible para malograrle la tarea al rival, y lo demas... diversión de churres.

También estaba Feluco. Un hombre moreno, medio serio, medio afable. Contaba en su corral algunas cabras, unas muy poquitas; así que, pronto se acabaron... Lo que nunca faltó en el postigo eran sus burros. De ordinario,  dos; a veces tres y, si la situación estaba dura, solo uno. Si la crisis era muy grave ninguno. Eran sus instrumentos de trabajo. Allí también, sillones, jaquimas, monturas, cabos, cuerdas, bidones, cajones para el carguío de lo que sea, etc. La cocina de su casa era modesta y me gustaba... Quizá porque la hizo el mismo. El fogón se montaba sobre una caja hecha de adobes y, en la parte baja había dejado una oquedad para acomodar la leña y otra, de menor calado, para guardar las viandas. Allí con el calor de los carbones de la parte superior se mantendrían tibias, si hubiera necesidad de esperar al comensal.

Era un leñador al que, su trabajo de todos los días le había dejado huellas en el cuerpo. No necesito de máquinas ni de instructor para mantenerse "fitness". El trabajo con el hacha le fue suficiente. Cortaba leñas de algarrobo para venderlas en el centro del poblado. Allí dejaba, de seguro, cargas de leña donde Pedrito, el panadero y, también en casa de algunas mujeres. Si la venta se estrechaba también podía encargarse de buscar puntales y horcones de algarrobo para quien los necesite en la construcción de sus casas... Incluso podía irse hasta la montaña para conseguirlos de hualtaco, si es que el cliente era exigente... Varas de overal, pájaro bobo, etc. Sabía buscarselas con un burro, un machete, un hacha y algunas soguillas.

No recuerdo haberlo visto ebrio. Algunas veces molesto, pero ebrio... No. Se molestaba con sus hijos, por esas cosas que los papás suelen molestarse con los suyos, pero siempre estuvo atento a las cosas de los chiquillos que andábamos por allí, mataperreando, matando el tiempo, jugando a lo que fuera. "Mujer, dale agua a este bandido... Sudas, como si trabajarás". Renegaba, pero no nos negó una "vianda de agua". Así nos la servíamos: en viandas... Para asegurar el ahogamiento de la sed. Estás eran unas de fierro enlozado con orejitas huecas para que se acomoden unas sobre otras entrelazadas en un cinto metálico para la facilidad del traslado.

El hombre era un leñatero consumado. Es probable que aprendiera el oficio de su padre... O de su madre. A ella, los maledicentes le decíamos "Maria sacatroncos". Se le revolvía las tripas del coraje y, Don Feluco heredó el seudonimo, aunque no creo que alguien se hubiera atrevido a anunciarselo si es que no fuera que estaba seguro de que sus oídos no lo oyeran.

El hombre, con más de nueve décadas en sus alforjas, ha decido marchar a mejores bosques. Su recuerdo y, la realidad de que aquellas gentes que se acomodaron en mis primeros años se van, me hace sentir que la vida es efímera, que hay que vivirla en el día a día... Consumirla como el fuego consume los carbones del leñador que vivía a pocos metros de la casa de mi abuelo. Ese mundo se está acabando.

Buen viaje Dn. Feluco. No se olvide de su hacha. Saludos para Dn. Concio. Que todo vaya bien.


martes, 15 de agosto de 2023

Elevación

Después de la horrenda muerte de El Galileo, la mujer decidió sumarse al grupo de seguidores. Se apegó con ahínco al denominado "de los parientes"; entre ellos, Santiago, hermano del crucificado, y otros que, los chismosos identifican con los nombres de Judas, José y Simón. Roma no había tenido compasión y los funcionarios de Pilatos dejaron correr la noticia de que cualquier reclamo por dicha crucifixión podría dar lugar a otras y de mayor sufrimiento. Así que, prefirieron reunirse en las penumbras de los amaneceres o en las sombras de las noches. Algunos de los seguidores, con el tiempo, dejaron de serlo. Se les había acabado la esperanza.

El tiempo no había sido poco y la proclamada noticia de nuevos tiempos, de gobernantes que velen por la justicia de los pobres, que presten oído a las viudas o que misericordiosamente ofrezcan pan a los huérfanos, no llegaba. Los años también se notaban en las pieles de aquellos seguidores que no perdían la fe. La mujer, ella misma se sentía cansada y prefirió regalar sus pestañas al sueño para recuperar algo de fuerzas.

Se acomodó sobre unos paños y pidió no la despierten. Mas luego, transcurrido algún tiempo, algunos piadosos del grupo decian escuchar algunas voces en canto. Les parecía suave brisa que se acurrucaba en sus oídos, el airecito que se filtraba por los resquicios de las puertas y ventanas, además de frescor les regalaba la musicalidad que el aire producía al golpear las telas o los estrechos maderos que las conformaban.
 
Un muchacho estaba sentado sobre un madero, luego de algún rato, decidió levantar a la mujer, pero su sueño era tan profundo que prefirió que sea mayor su descanso. Otros, más luego, intentaron despertarla y no pudieron. Alguno diagnosticó la muerte sobrevenida en sueño, pero la mayoría prefirió creer que solo era un desmayo, un especie de catalepsia prolongada. Así las horas, convinieron en esperar un milagro: llevaron el cuerpo y lo dejaron en un sepulcro, semiabierto; mientras a la distancia continuaban con sus liturgias, oraciones, conversaciones y compartires.

¿Te ha tocado alguna vez ante la frecuencia de un sonido, su ausencia te causa extrañeza? Bueno pues, eso le ocurrió a ese minúsculo grupo de gentes: muy pronto se dieron cuenta que el viento había dejado de soplar, que los sonidos producidos ya no llegaban a sus oídos; por lo que decidieron salir del lugar donde estaban: miraron el sepulcro y el cuerpo de la durmiente ya no estaba. Cuentan que, algunos de los presentes, al levantar la mirada, pudieron ver qué su corporeidad se perdía en el espacio infinito y, a la vez, una luminosidad se apagaba. Era como aquellos puntos de luz que se hacían negros en los viejos televisores de tubos que ahora están desparecidos.

La mujer, o mejor, su humanidad, había sido robada desde las alturas. ¿Y los demás? Volvieron a sus vidas ordinarias  con arrobadas esperanzas de un mejor cielo.

jueves, 3 de agosto de 2023

Azazel

¿Has oído la expresión 'chivo expiatorio'? De seguro que sí. Digamos que es una expresión con que se hace referencia al pago de la culpa de una persona por otra distinta, a la que gratuitamente o por contraprestación, se le impone un castigo. Es un acto de simulación y, de ordinario, se vincula a los procesos penales o administrativos sancionatorios. Pero ¿sabías que la idea proviene de la cultura hebrea? ¿Qué se origina en un rito simbólico religioso de los hijos de Abraham? Y estoy absolutamente seguro que desconoces que se vincula a una deidad obscura de nombre Azazel. En el libro de Levítico 16, 7, se detalla: “Después tomará los dos machos cabríos y los presentará delante de Yavéh, a la puerta del tabernáculo de reunión. Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Yavéh, y otra suerte por Azazel”. ¿Quién es Azazel?

En la angelología lóbrega, se dice, que Azazel es uno de los ángeles caídos. Es el compañero de Semyazza, aquel que convenció a Yaveh para que los ángeles –los que quisieran- puedan bajar a los terrenos adánicos para cohabitar con la humanidad, con el afán de enseñarles el temor de dios, la disipación de las pasiones, la compostura en la actuación. Lamentablemente, al igual que su compinche, quedó prendado de la belleza femenina y, tuvo sus hijos. No se tiene noticias de sus nombres y tampoco se sabe de con quién los tuvo y; a diferencia de su compañero de aventuras que se atemorizó de la ira de dios e intentó reconducir su conducta y, se infligió un castigo hasta la espera de juicio final, Dn. Azazel no se arrepintió de nada. Al contrario, aprovechó las debilidades más profundas de la humanidad: mientras a las mujeres les engalanaba la vanidad con joyas, dijes, espejos, velos de colores, alhajas y demás chucherías; a los varones -al enseñarles el arte de la guerra, la estrategia, la forja de armas- les hacía caricias sobre sus arrogancias. Se aseguró con ello, la competencia de las damas entre sí. La exaltación de la femineidad no sólo suponía buscar a la mujer más hermosa de la tierra, o –como dirá un cuento de posterior aparición- hacer la pregunta de rigor al reflejo: “espejito, espejito ¿Quién es la más bonita de este reino?”; sino que, las exponía como causa de rivalidad entre los hombres. Los señores, en particular, los emperifollados de este mundo, peleaban entre sí por tener a la mujer más hermosa y que a la vez reúna en sí misma otras cualidades como la fertilidad, la devoción a dios y la capacidad de hacer bien las cosas. No por las puras Abraham, el que salió de las tierras de Ur, envió a su criado Eliezer a que se devuelva a la “santa tierra” para buscar a una mujer que sea aparente para su hijo Isaac. El hombre sabía lo que necesitaba y ensilló varios camellos llenos de regalos. Cuenta el amanuense que, el viejo capataz de Abraham se apostó cerca de un pozo y esperó a que bajaran las muchachas por sus carguíos de agua y, fue Rebeca, una doncella, joven, bienhadada, hacendosa la que le fue mostrada como la elegida. En agradecimiento por el ofrecimiento de agua y pasto para su camellada, le puso sobre sus manos unos pendientes y en cada muñeca acomodó brazeletes de oro de muy buenos acabados ¿podría ella resistirse a semejantes regalos?

No nos apartemos. Azazel no solo aprovechó la vanidad de las mujeres para exaltarlas; sino que también se valió de la irascibilidad masculina para hacer de ésta la rueda en la que se ha movido la historia: la guerra. Le enseñó a los hombres, en general, la metalurgia. Todas las técnicas para extraer los metales contenidos en las oquedades de la tierra. En la mejor de las oportunidades, fue motivo de herramientas para la agricultura: arados, estructuras para la carga, palas, machetes; en circunstancia menos venturosa, para hacer flamear la belleza: objetos ornamentales para uno u otro sexo; en la maldad suma, para que se maten unos con otros. Las flechas, fechas, cuchillos, espadas, lanzas tenían en uno de sus lados la marca “Azazel, el forjador de metales”. Tal parece que esa fue su venganza contra dios: Si Yaveh no nos da otra oportunidad, entonces su mejor creación tampoco la tendrá y, les ofreció motivos y herramientas para la muerte.

El asunto es ¿Por qué en la biblia se ofrece la suerte de un macho cabrío para este ángel caído? Hay muchas versiones explicativas. En los días nuestros, se cree que la palabra allí expuesta no hace referencia a ningún ángel caído y que solo se trata de una  “palabra homófona” y, que debería traducirse como “la cabra que desaparece”; en razón a que el rito de expiación, en Levitico 16, supone que uno de los animales elegidos, en que cae en suerte para Yavéh se ofrecerá en expiación, pero “el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Azazel, lo presentará vivo delante de Yavéh para hacer la reconciliación sobre él, para enviarlo a Azazel al desierto”. La idea es que el sacerdote pone “sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto”. El animal de seguro se perdía en el desierto y moría de hambre y de sed. Otros sostienen que el encargado de llevarlo al desierto, en realidad, lo llevaba y lo despeñaba en alguna profunda oquedad. Otras versiones, desde la conjugación de lo que se dice en la biblia y de lo que anuncia en los libros apócrifos y demás literatura mitológica, aseguran que luego de que los ángeles caídos expusieron su debilidad por las hijas de Adán y de llenar el mundo de “gigantes”; otras deidades acompañantes de Yavéh, -dígase Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel- le ofrecieron ir en busca de Azazel. Luego de dura batalla lograron derrotarlo y, en castigo lo encadenaron de pies y manos, lo encerraron en una cueva oscura del desierto y amontonaron rocas sobre ella para evitar que escape. Esa cueva, se convirtió en botadero.

En el libro de Enoc, se precisa un detalle, que vendría de la boca misma de Altísimo: “Y toda la tierra ha sido corrompida a través de las obras que fueron enseñadas por Azazel. A él la culpa de todo pecado”. Desde esas expresiones, viene bien entender que, si el desierto es habitáculo natural de los demonios –recuerden que Lilith fue a parar a los desiertos del mar rojo, por ejemplo- entonces el envío de un chivito en el que el oficiante ha impuesto las manos, lo ha manchado de sangre y lo ha llenado de maldiciones, imprecaciones e injurias que representan el pecado del mundo; entonces, se hace necesario reconocer que mientras Yavéh es la expresión de la santidad y la pureza, el otro, Azazel, es una deidad opuesta: es el pecado que habita fuera del espacio de la humanidad, en el desierto, en las profundidades de las cuevas. Allí donde no es posible siquiera el crecimiento de una hortaliza. El envío del macho cabrío para Azazel al medio del desierto no sería más que, una expresión de desprecio.  

Nos libren los dioses de encontrarnos algún día en la boca de la Cueva de Dudael. Azael parece pertenecer al lado obscuro de la fuerza.

Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...