lunes, 2 de marzo de 2020

Reminicencias

Se despertó asustada. Abrió los ojos al toqueteo de la puerta mientras una voz de adolescente se dejaba escuchar: “Señorita… se le acabó su tiempo”. El clarear del día le señalaba el color azul de las paredes y una vetusta lámpara pequeña que se acomodaba en la achacosa mesita de noche que se adosaba al costado de la cama. Como un resorte, se puso de pie, intentando reconocer la voz de al otro lado de la puerta que insistente, volvía a decir: “Señorita, ya se acabó su tiempo. Debemos limpiar la habitación”. Al ponerse de pie, tomo conciencia de su desnudez y se preocupó, mientras sus confundidos pensamientos, le llevaban a preguntarse por su llegada a ese lugar, por la persona que le interpelaba con su voz, su desnudez misma, cuando –en su vida de todos los días- tenía por costumbre dormir siempre –cuando menos- con ropa interior… En fin, recogió su blusa y el jean que desparramados se acomodaban en el suelo, los tiró sobre la cama, mientras que con la otra mano cogía la toalla y se envolvía en ella. Se dirigió al baño y el miedo le inundó. Con sus manos se acomodaba sus rasgos faciales, mientras se preguntaba: ¿Qué hago aquí? ¿Quién me ha hecho estos chupetones?”.

Se apoyó sobre el lavabo con el ánimo de reconstruir su historia reciente. Recordó que la noche anterior había estado en “Zumba” -una concurrida discoteca local- no recordaba con quien… corrió a su pantalón y buscó su celular. El último contacto con el que conversó era “Carlos”, pero no había más. Miró su perfil y advirtió el buen porte del muchacho y su risueño rostro. No lo conocía, no sabía cómo es que había ingresado su número a su lista de contactos y, menos aún porque le había escrito en el guasap: “Me tuve que ir. Cuídate”. La hora de buzón anotaba las 04.21 horas de ese mismo e incipiente dia. El miedo se hizo más grave. Volvió a mirarse en el espejo y, el reflejo de los chupetones en el cuello y, otro muy cerca de su pezón, le provocaron asco. Tocó su humedad vaginal y al acercar su mano a la cara pudo percibir que aún había olor a semen. Su instinto le llevó a la ducha para sacarse cualquier resto que hubiera en ella de ese desconocido “Carlos”, del que ahora intuía era el autor de esas huellas encontradas en sí misma. Se sentida burlada, violentada, asquerosa, culpable…

La voz del hospedero, se volvió a escuchar: “Si Ud. no abre, utilizaremos las llaves de reserva. Solo tiene cinco minutos más…” El miedo se intensificaba e hizo que las lágrimas se desbordaran por fuera de sus párpados inferiores…. Quería gritar, pero se contuvo. Se puso su ropa, y salió apurada, y mientras el muchacho de la voz revisaba el funcionamiento de la tele y de los mandos de control remoto, ella llamaba a uno de sus contactos… Salió apresurada. Anotó en su memoria el nombre del local y el de la calle misma. La llamada se hizo efectiva y atropelladamente pudo decir: “Victor… por favor ayúdame”. No pudo ocultar su angustia… y continuó: “Estoy en Los Cipreses, cuadra 7… cerca de un colegio… ¡Por favor, recógeme! ¡Me han pepeado!”. Dio algunos detalles más y seis minutos más tarde, una camioneta de Las Aguilas Negras se le acercó. El policía le preguntó: “Eres Katherine Santiago, la prima del teniente Elespuru, Victor? Sube, te espera en la comisaría. No te preocupes, te vamos a ayudar…” El interior de esa camioneta le parecía lo más seguro que tenía. Unos minutos más tarde, conversaba reservadamente con su primo, en un ambiente de la entidad policial.

Una mujer policía se acomodó tras una pantalla. Puso sus manos sobre el escritorio y, le habló pausadamente: “No te preocupes. Con el número telefónico, en unos minutos sabremos la identidad de ese forajido… concéntrate en recordar que ha ocurrido”. La muchacha gemía e intentaba contar una historia coherente. Había venido de paseo por estas tierras en su descanso vacacional conjuntamente con un par de amigos. En realidad, con su mejor amiga y el enamorado de ésta. Recordaba que había estado en la tarde anterior -casi cuando el sol se torna rojizo en los previos a la noche- comiendo unas parrilladas en uno de los mejores restaurantes de carnes de la localidad y, también se habían bebido, cada quien, dos tragos de algarrobina sours, que les recomendó el anfitrión y, animados por los alcoholes, decidieron hacer vida nocturna por las tres o cuatro discotecas que el facebook les ofrecía como las más concurridas y fashion. De hecho, primero tasaron el ambiente en la “Noche maldita”, pero les pareció monse el nombre y también la música que se colaba por los ventanales… Llamaron a través de Uber a un taxi y, con la recomendación de éste, se dirigieron hacia “Zumba y Color”. Recordaba haber ingresado al local y, le parecía que, el taxista también ingresó… unos flashback, esos destellos de vivencias que su estado emocional le permitía, le hacían parecer que el tal “Carlos” podría ser el taxista, pero… no podía decirlo con certeza. “¿Puedo preguntarle a mi amiga o a su enamorado que está afuera?” inquirió dubitativa. La mujer que tomaba la información le regaló una sonrisa y le explicó que luego se tomaría la declaración de sus amigos, que no había motivo de preocupación. Con esa confianza, finalmente, aseguró que Carlos era el taxista, que les ofreció ingresar al local y que les acompañó en su mesa, durante el todo el tiempo que estuvieron allí. No pudo detallar, cuánto tiempo ni el modo como es que abandonó la disco.

Una mujer, ingresó a la habitación, se identificó como “la fiscal del caso”. Leyó lo que hasta ese momento se había redactado y, le anunció que haría todo lo posible por encontrar al “culpable”. Anunció, finalmente, que no recordaba cómo es que había llegado al hotel donde se había despertado. Dijo haber bebido las dos “algarrobinas” en el restaurante y, quizá un par de latas de cerveza “Cuzqueña” que compraron aprovechando la promoción ofrecida en la discoteca. Luego de firmar, fue conducida por unos pasillos hacia los ambientes del Instituto de Medicina Legal. Una enfermera le tomó muestras de sangre, para determinar qué tipo de estupefacientes le habían suministrado y, luego la condujo hacia otra pequeña sala y, le explicó que el protocolo médico exigía tomarle muestras vaginales, pero dado que en su caso ella ya se había duchado, le correspondía a ella misma decidir si se sometía o no a esa exigencia. Su sola imaginación de cómo es que pudo haber sido violentada, le produjo angustia y arcadas. La fiscal, con el ánimo de tranquilizarla, le preguntó: “¿Es cierto que te has duchado?” Ella afirmó con la cabeza y, eso fue suficiente para que, la directora de la investigación dispusiera la no realización de ese acto médico. “Esa ducha ha borrado cualquier huella orgánica. No hay necesidad de la toma de muestras vaginales”. Más tranquila, decidió acomodar su ropa y, verificar el hisopo que la había colocado en la pinchadura para la toma de sangre. Miró y volvió asegurar el esparadrapo. En ese momento, su primo, el teniente Eléspuru se acercó a la fiscal y, con voz triunfante le anunció: “Hemos identificado al titular del número que dejó el mensaje. Es una tal «Juan Goycochea Trindade». Un par de colegas lo han ido a sacar de su casa. Parece que dormía la mona, pero ya lo están trayendo… Mínimo, prisión preventiva de 9 meses doctorcita… Minimo”. La mujer, sin decir nada, dibujó una sonrisa forzada.

La angustia volvió a desbordar a la denunciante…. “Quiero ver a mi amiga, por favor…” El solo hecho de pensar que tendría que ver a su agresor la ponía mal. Y su primo había sido tajante: “Lo están trayendo para acá”. Era una circunstancia de pánico… El hecho de espejarse en el vidrio de la ventana de salón y, ver la demacración de su rostro, la idea de ver la cara de quien la había marcado con su boca o de haberla penetrado, no hacían más que revitalizar su miedo. Su angustia era tan grave que no sabía cómo reaccionar. Palidecia en su ansiosa sudoración mientras que s
u corazón latía a mil.

martes, 24 de diciembre de 2019

Celebración

Faltaban pocas semanas para la celebración de la boda, pero su embarazo ya se hacía notorio.  Quizá no tanto para un ojo pipiolo, pero si para alguien que ya hubiera presenciado alguno. La muchacha, aunque inexperta en las artes amatorias, hizo lo que el sentido común le recomendaba: un cinto de tela del ancho de una mano había ajustado su vientre por algunos días, con el afán de ocultar el crecimiento abdominal a los ojos de la gente. Se hacía necesario, al menos, hasta la realización de la nissuin, la ceremonia de la boda misma, que culminaba con la suscripción de la kethubah o contrato nupcial.
Las reglas sociales obligaban a que, durante los esponsales, los novios estuvieran apartados, casi sin verse, sin perjuicio de que por a través de los amigos o familiares pudieran alcanzarse, uno al otro, mensajes y/o regalos. El asunto del embarazo, sin embargo, no podía ser tratado por a través de terceros.  El día de la boda había llegado. En el alfeizar de la ventana más alta, tres lámparas de aceite mostraban el camino; Yusef, en la distancia, guiado por la triple luz y acompañado de los suyos se aproximaba llevando consigo el contrato a firmarse y, las nuevas ropas: las de mujer casada así como algunos detalles con los que pretendía agradar a su amada. La mujer rompió el protocolo: pidió hablar a solas con su novio para precisar algunas consideraciones propias la nueva vida. En realidad, no quería sorprenderlo y, en voz calmada y en el silencio de la noche –ese que se había logrado desde la sorpresa del llamamiento al secreto de los novios- le hizo saber de su preñez, de su condición de embarazada. Y no lo pudo explicar, solo se limitó a decirle: “Pero Yusef, si así te parece, es mejor que ahora no terminemos con la ceremonia…”. El hombre, intentó mirar a través de obscuridad de la noche que le permitía la ventana y, sopló sobre una de las lámparas que le sirvieron de faro. La pequeña llama no se apagó. Lo intentó en segunda vez y tampoco pudo. Siguió el tercer intento en el segundo candelero y, aunque pareció que la lucecita se perdía, resurgió fulminante.  Y así, hasta siete veces que se intentó con la tercera mecha. El hombre se sentía defraudado, pero a la vez, leyó en esa precisa circunstancia, la posibilidad de un designio divino. Volvió, sus pasos hacia la mujer, que lloraba en silencio y preguntó casi con sentimiento de culpabilidad: “¿Puedo saber quién es el autor?”. La muchacha, entre sollozos, se limitó a una corta expresión: “Yo no he conocido varón. No sé qué más decir”.
El hombre le limpió el rostro y, le pidió una sonrisa. El devolvió el gesto con unas palabras, que terminaron en un “nos casaremos. Serás mi esposa y no se diga más”. Una amiga de Miriam llamó a la puerta e ingreso al espacio de los novios, mientras Yusef aprovechaba para alejarse, luego de una señal de amor: golpeaba con delicadeza su pecho –a la altura del corazón- mientras sus ojos se perdían tiernamente en las lágrimas de ella- y, al volverse regaló a los restantes una sonrisa con el ánimo de asegurarles  tranquilidad. En su pecho, sin embargo, bullían otras inquietudes. Había tenido sueños recurrentes y extraños de aquella vez en que frente a los padres de la moza se celebró la ceremonia familiar del kidushín, momento en que hizo saber sus pretensiones matrimoniales y éstas le fueron aceptadas. En alguno de esos sueños se veía, aún con el sol por salir, en el camino de Hebrón con destino a la casa del viejo Zacarias, y aunque la escena le producía insomnio, en el sueño mismo no temía a nada. En otra apariencia onírica se veía acompañado de sus otros hijos –los más pequeños- Jacobo y Simón, juntamente con su futura esposa, iluminados por la luna, en las afueras de los territorios hebreos e intentando comunicarse con gentes de extraño hablar… No sabía que pensar, o mejor: tenía arremolinado el seso; pero se esforzó un poco  y le sonrió a sus amigos e hizo una seña para que le aproximen la jupá. Acomodado  debajo de ésta se dirigió hacia la habitación de la novia, para tomarla de la mano y acogerla bajo el techo de lino, como analogía de nuevo hogar que en ese momento empezaba… Y mientras la llevaba del brazo, sonrientes ambos de felicidad, decidió que sus sueños no eran más que una señal del cielo semejante a aquella de la que había sido testigo, ahora con los ojos abiertos, cuando ninguna de las luces de las linternas de aceite se apagó pese a sus reiterados intentos.
Sus cuatro amigos del taller en el que trabajaban portaban la jupá, mientras que detrás de esta se acomodaban los padres de Miriam: Ana y Joaquin, también estaban los suyos propios: Jacobo y Abdit. Entre el vestido de ésta, se perdían en intranquilos  jugueteos  los pequeños Jacobo y Simón, mientras que José y Judas, también hermanos de los pequeños –aunque con más edad- intentaban contenerlos.  Un “vivan los novios” y la algarabía de los acompañantes que alumbraban el camino hasta el altar, en la que le esperaban para las siete bendiciones. El bullicio solo pudo encontrar límite ante las solemnes palabras del celebrante: “Baruj atáh adonai, eloheinu melej ha-olam...” (Bendito Eres Tú Adonay Nuestro Dios, Rey del Universo…) .
Concluido el rito religioso con la lectura  de la kethubah o contrato nupcial, los novios se abrazaron entre sí, susurrándose mutuamente su amor desde los versos del rey Salomón. Ella le anunció: “Soy una rosa de Sarón / una azucena de los valles”, mientras que en réplica Yusef pregonó: “Toda tú eres bella, amada mía / no hay en ti defecto alguno. Desciende del Líbano conmigo / novia mía. Desciende del Líbano conmigo”. Los amigos y familiares se sumaron a los abrazos. Ana, desde una esquina, agradecía al Dios de los cielos y le ofrecía sus lágrimas, que eran de felicidad.
Hoy se cumplen los nueve meses desde aquel día en que Miriam recibió la visita de aquel extraño personaje, ese que le trajo un mensaje del Altisimo. Hoy, se cumple, también, cuatro meses y algunos días de la lectura de la Kethubáh. Yusef tiene el cuidado de sus pequeños; Miriam se encuentra en los inicios del trabajo de parto de su unigénito. 

sábado, 14 de diciembre de 2019

Sol

Era una vieja deidad que se había adaptado a las fiestas agrarias, pero también a las necesidades políticas y a las modas religiosas. El sol, como en buen número de culturas antiguas, era venerado como un dios. Roma no fue ajena y, le ofreció representaciones como un auriga, le construyó templos, perennizó su importancia en la impresión de monedas, algunos emperadores, como Heliogábalo, se designaron sacerdotes de ésta deidad. Es muy probable que los sabinos fueran sus primeros adoradores, pues en ciudades como Amiternum, se han encontrado vestigios de su atención. En la literatura de Ovidio y Horacio se reconoce la importancia cultural de la divinidad y, el conocimiento colectivo de su representación: un carro tirado por caballos.

El asunto es que pese a su importancia, no parece que su culto hubiera permanecido incólume a lo largo del tiempo. De hecho, en el segundo siglo de nuestra era, en el Circo Máximo había un templo de adoración y, allí mismo muchas carreras de caballos le eran dedicadas al tiempo de la celebración de su festividad. Es más, se le reconocía como la divinidad protectora de los corredores de caballos. En ese espacio se apreciaba el obelisco Flaminio de Seti I y Ramsés II, en cuya inscripción se reconocía su dedicatoria al sol. El Coloso de Nerón, una estatua de 30 metros de altura, representaba al mismo Nerón en la advocación del dios; empero, Vespasiano –a la muerte de su hacedor- le cambió la cabeza para agregarle una corona de rayos a fin de no dejar duda de que era la representación misma de la divinidad y lo nomina “Colosus solis”.

En el siglo III, se asocia la divinidad solar ya no solo con los triunfos lúdicos de las carreras, sino también con las victorias imperiales. Es el tiempo en que las religiones orientales influyen no solo en la religión romana sino también en la política de Estado: el Sol Invictus adquiere simbología de perennidad y victoria vinculada a los emperadores como una forma de ideología, en la que además se introducían parte de los ritos, instrumentos y representaciones de la deidad solar siria de El-Gabal. En el templo se custodiaba un meteorito negro de forma cónica que representaba al dios sol. El calendario de Filócalo, del año 354, reconoce distintas festividades a lo largo del año: una el 28 de agosto (Sol y Luna), otra entre el 18 y 22 de octubre (Sol) y una última, el 25 de diciembre el Sol Invicti. Esta advocación alcanzó culto, templo, colegio pontificial y festividades propias, incluyendo juegos circenses. La fenomenología cósmica, expone que la luz del sol comienza a crecer en presencia tras el solsticio de invierno, a partir del día 21, llegando a su cenit el 25 de diciembre y, los sacerdotes de dicha divinidad, pregonaban por todo el imperio el “renacimiento del sol” en grandes festivales. Las celebraciones podían durar hasta siete días.

El asunto es que, el citado Calendario de Filócalo, además de información de cónsules, papas, mártires, planetas, fiestas religiosas da un dato importante: el natalicio de Cristo se celebra el 25 de diciembre. ¿Cómo es que se llegó a establecer esa fecha? El Edicto de Tolerancia de Nicomedia, del año 311, suscrito por Galerio reconocía la libertad de culto a los cristianos, la opción de reconstituir sus iglesias y la posibilidad de encomendar la salud del emperador y la del imperio; siempre que no se atente contra el orden público. Dos años más tarde, con el Edicto de Milán se devolvió a los cristianos sus antiguos lugares de reunión y culto, así como otras propiedades que habían sido confiscadas por las autoridades romanas y vendidas a particulares. La libertad de aquellos que la había perdido por la fe les fue restituida y, sobre todo, se le permitió al cristianismo un estatus de legitimidad, de similar naturaleza a la que tenía la propia religión romana, incluyendo, la posibilidad de competir con la organización propia del Sol Invictus.

A estos días, las comunidades cristianas ya conocían las cartas paulinas y los evangelios. Lucas es el autor del tercer evangelio y, dicen los estudiosos del tema, que lo escribió entre los años 70 y 80, con la finalidad de expone una “historia” ubicada en el tiempo y el espacio; una especie de biografía dedicada a revelar la buena noticia a los paganos. Le interesa, por tanto, la evangelización, pero a la vez exponer el sentido profético de los libros del antiguo testamento. De hecho, el “Benedictus” es justamente, la exposición profética de los tiempos mesiánicos y, en él se resalta “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios / nos visitará el Sol que nace de lo alto”. ¿Es este sol que viene de lo alto es un “mejor sol” que el que adoran los romanos”? Es posible que desde la extrapolación de este texto, la Iglesia primitiva se haya permitido identificar al sol invicto de los romanos con el Sol que viene de lo alto. Una forma, simpática de evangelizar a los no judíos, desde la asimilación de las festividades del paganismo. De hecho, la representación de Jesús, como un sol invencible, que guía su propio carro de caballos aparece en el techo de la tumba del Papa Julio I, en la Basílica de San Pedro. Los arqueólogos datan dicho mosaico en el siglo III, de nuestra era.

Así, el sol había dejado de ser una deidad para convertirse en el símbolo, en la representación del verdadero Dios, ese que se anuncia como el Alfa y el Omega, como “el sol cuando resplandece con toda su fuerza”. Desde esta afirmación ya se hace más fácil deducir porque el natalicio de Jesús se anuncia en la liturgia cada 25 de diciembre, aunque en la realidad tal anuncio sea improbable. Al fin, es más importante reconocer que "en Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres", como lo predica el shaliah Johanan, en las primeras lineas del último evangelio.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Beguinas

A los lados del rio Dijle, en Lovaina, aparece un pequeño pueblo del que su arquitectura nos traslada a la mismísima edad media. Es una sucesión de calles, plazas, jardines y parques, con decenas de casas y “conventos” propios de finales del S. XII e inicios del siguiente. Algún entendido dice haber encontrado una inscripción en las paredes de la iglesia que señalan la fecha de partida hacia el 1234. Este pequeño pueblo se asienta en una extensión de aproximadamente 3 ha que comprende una decena de calles, unas 100 construcciones que abarcan 300 viviendas y; a este tiempo, se conforma como residencia para estudiantes y docentes de la Universidad de Lovaina.

Cuando empezó a erigirse este pequeño reducto arquitectónico fue el albergue de mujeres que decidieron libremente apartarse del mundo para dedicarse fundamentalmente a tres tareas: la oración y vida ascética, el cuidado de los enfermos y a la confección de manualidades, en particular a las confecciones textiles. Tenían su propia estructura organizativa y, preferían no sujetarse a los mandatos de la jerarquía eclesiástica de modo oficial, aunque, de seguro, requerían la asistencia pastoral de algún clérigo. Es altamente probable, que hasta el obispo hubiere visitado dichas instalaciones. No eran mujeres consagradas –religiosas o monjas como ahora les llamamos- y por tanto no se sujetaban a los ritos canónicos que obligaban a los votos de pobreza, castidad y obediencia; empero se sujetaban a sus propias reglas en las que era fundamental vivir de cara a Dios, sin sujetarse a los bienes de este mundo como los pajarillos del campo que no se preocupan de que comer o que vestir, por lo que si alguna riqueza, predio o dinero poseían se ponía a disposición de todas para el disfrute común. El acceso de varones estaba prohibida, por lo que la promesa de vivir imitando al María, la madre del Salvador, era una exigencia a la que se sometían con estimación. Claro, si alguna cambiaba de parecer respecto de qué hacer con su vida, tenía la libertad de abandonar, en el momento que fuera conveniente.

Un buen número de estas mujeres pertenecían a las clases altas: esposas del funcionarios o diplomáticos que preferían vivir con otra familia, viudas o huérfanas solteras que preferían la soledad a que atadas a un infeliz matrimonio, etc. A compás de la religiosidad de esos días preferían dedicar sus tiempos libres a la vida contemplativa al modo como se hacía en las órdenes religiosas femeninas. Sus dineros podían solventar a aquellas otras que no pudiera pagar su estadía. No todas podían dedicarse a la oración, en tanto que a Dios no solo se llega por la contemplación, sino también a través del trabajo, entonces se permitió las labores de manualidades y, luego la atención de los enfermos. Los mejores vestidos de las gentes nobles es probable que se confeccionaran en dichos talleres. También elaboraban indumentaria eclesiástica y los ornamentos sagrados. Las ropas propias de los enfermos eran de sus hechuras. Para evitar el desapego a la finalidad última: la proximidad con Dios, por la oración o por el trabajo, los varones estaban excluidos, salvo el clérigo para la misa diaria o la confesión semanal. A estas comunidades de mujeres se les conoce con el nombre “beguinaje” y las mujeres que las conforman se le llama “beguinas”.

Esta comunidad de mujeres de Lovaina se mantuvo hasta iniciado el siglo XVIII, tiempo en el que en medio de los conflictos civiles, dichas construcciones fueron confiscadas. Esta es probablemente, la comunidad de beguinas más exitosa, que se conoce en Europa, toda vez que el movimiento se extendió por todo el mundo conocido de aquellos días, aunque no tuvo el suficiente éxito en otros territorios, donde el oído de la Iglesia era perspicaz y atento. El asunto controversial era la escrituración de sus experiencias místicas y personales. En sus publicaciones se dejaba entrever que no había necesidad de mediación entre la persona y Dios, que no se requería de una lengua oficial en la que se pudiera traducir tales ejercicios espirituales. Expresiones de extasiado amor permitieron versos como el que sigue: “Teólogos y otros clérigos / no tendréis el entendimiento / por claro que sea vuestro ingenio / a no ser que procedáis humildemente / y que amor y fe juntas / os hagan superar la razón, /pues son ellas las damas de la casa”. No gustaron tanto a la jerarquía, es así que el papa Clemente V en 1312, en el Concilio de Vienne bajo el argumento de que su modo de vida y su prédica desatiende las enseñanzas de la Iglesia entonces debe ser prohibido definitivamente y excluido de la Iglesia de Dios, empero,​ en 1321, otro papa, Juan XXII se apartó de lo ordenado por el citado concilio y permitió que las beguinas continuaran con su estilo de vida, pues tenía razones para sustentar que "habían enmendado sus formas".

En ese mundillo medieval, en el que místicas, trovadores, eclesiásticos y herejes parecen confundirse, el beguinaje se convirtió en una alternativa de vida religiosa dentro de la misma sociedad, al punto que hoy se reconoce el valor espiritual de los escritos de muchas de ellas, como los de Hadewijch de Amberes. Lamentablemente, las experiencias contadas por Marguerite Porete, en París, fueron condenadas y le costó la vida en medio de una hoguera, en la que prefirió padecer a que negar el valor de su misticismo. Es probable, que hoy esos escritos superen largamente el índice de la condenación, pero también es cierto que en el caso de la tal Margarita, el papado de Avignon no eran más que monigote en medio de la política religiosa de Felipe IV de Francia, quien en alguna oportunidad, en medio del conflicto Iglesia-Estado, cogió un par de bulas papales e hizo con ellas un rulo. Dígase de otro modo, desobedeció al obispo de Roma sin reparo.

Para buena suerte de las beguinas de la comunidad de Lovaina, el extenso brazo tanto de papa como de aquel reyecito no alcanzaba tanto como para llegar a los países bajos. Es solo mi parecer.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Lazaro

Puso sus pies en polvorosa. Cogió apenas un par de trastes, dio aviso a sus hermanas y marchó de Jerusalén. El tal Saulo ese, se había regocigado con la sangre de Esteban, incluso se negaba a que el enterramiento de aquel se efectúe en el Valle del Cedrón. Si no fuera porque aquellos hombres piadosos que limpiaron su cuerpo, tenían relaciones comerciales con las familias del Sumo Sacerdote y en particular con algunos saduceos notables, el cuerpo de aquel santo varón hubiera sido pasto de las aves de rapiña. Esas negociaciones duraron varias horas y, entre esas conversaciones estuvo Lazaro, aquel que fue revivificado por el renegado Yeshuá.

En esas horas, uno de los cuñados de Caifás, un tal Eleazar, les amenazó: “Y como sigan anunciando a ese nazareno como hijo de Dios o siquiera se les ocurra continuar con la cantaleta de la llegada de su reino, el asedio seguirá y deberán sujetarse a la ley de nuestro tribunal conforme a la tradición de nuestra patriarca Moisés”. Los hombres asintieron con fingida humidad, y mientras se retiraban, uno de los secretarios de Eleazar apartó a Lázaro y sin reparos le preguntó: “¿Es cierto que hace un poco más de un año el tal Yeshua te sacó de la tumba el día que te sepultaron? Teófilo, el hermano de Eleazar, se rió de buena gana y exclamó en son de burla: “¿Que viste al otro lado de la muerte? ¿obscuridad? ¿Negrura? No hay nada! Ya lo anunció nuestro padre Sadoc, desde los tiempos del Rey David: ¡No hay vida después de ésta! No causes problemas, o serás tú el siguiente en ver la mentadita gloria de Yavéh…” Y, ambos hermanos, junto con los otros dos o tres lacayos que les acompañaban, le mandaron irse, mientras se burlaban.

Lazaro salió tembroroso. Los otros seguidores de “El Camino” que le esperaban en la “explanada de los peregrinos”, en las afueras del templo, preguntaron con inquietud, pero él prefirió el silencio. Lazaro siempre escogió el sigilo. Era el discípulo del silencio. Alguna vez, Tomás, el mellizo, le había hecho una pregunta semejante ¿Qué se siente estar muerto? Pero él se guardaba para sí esa experiencia que a todos les parecía extraordinaria, insólita, portentosa. En su interior solo le producía sentimientos de… ¿cómo decirlo? ¿algarabía? ¿regocijo? ¿agradecimiento? No tenía palabras para describir lo que ocurrió aquella vez. Sólo le resonaba vagamente –como un recuerdo que se pierde en la distancia- la voz quebrada de Yeshuá, que le lloraba a sus pies. E inmediatamente, cree con certidumbre, que era una voz serena, -y sus recuerdos se hacen nítidos- que le hablaba con brío: “Lázaro, amigo mio: ¡Ven!!No te ha llegado la hora!” Tan pronto esas palabras hallaban eco en el espacio, él sentía una especie de energía que se asomaba en todo su cuerpo y que le revitalizaba….

Ahora tenía miedo. Los hijos de Anás, le habían amenazado. Sabía que él podía permanecer en cautela, pero también era consciente de que Martha no podría contenerse: se regocijaba contando la vez en que el Maestro le volvió la vida, que lo sacó de la sepultura, de la fiesta que vino después de ese hecho… Y ella lo anunciaba a los cuatro vientos como prefiguración de la pronta venida de Yeshuá Hamashiaj, del Mesías largamente esperado, el de la liberación prometida. Es más, la había escuchado discutir con uno de los hijos de Gamaliel, anunciándole el error de los saduceos cuando se atrevían a negar la vida futura. A Martha siempre le faltaba tiempo para contar sus experiencias con el Resucitado, contaba hasta de lo que no había visto… Sonreía, aunque con temor, al imaginarla discutiendo sobre las preferencias del Maestro para con él mismo y el shaliaj “amado”, aquel de quien algunos decían que “que no conocería la muerte hasta que Aquel vuelva por entre las nubes".

A pesar de la alegría que le producía anunciar los predicamentos de “El Camino”, de reunirse con los Shaliajim y los demás seguidores en la naciente comunidad mesiánica nazarena, ahora le producía temor tanto las amenazas de los hijos de Anás, hombres con grandes influencias, como también las indagaciones que hacía el tal Saulo de Tarso, de quien se decía ya había llegado por los distintos poblados cercanos… Betania, apenas estaba a poco más de una hora de camino. No quería ser el próximo apedreado y tampoco le gustaba la idea de que Martha o María padezcan ese suplicio… El tiempo era corto y la necesidad de mantenerse a salvo apremiaba.

Apenas pudo coger un par de trastes y, llevar a rastras a sus hermanas. Tomó el camino de Jamnia y, mientras se dirigía hacia la costa, solo pensaba: ¿Cómo es que el Maestro se le ocurrió levantarme desde la tumba? ¿Por qué no tengo recuerdos de esa otra vida? ¿Qué ocurre en realidad cuando nos vamos a la Casa de Padre? A pesar de la trascendencia de esas cuestiones, tenía mayor preocupación en dar explicaciones a sus hermanas respecto de las amenazas padecidas, en convencerlas de la necesidad de buscar un nuevo lugar donde vivir, una nueva sinanoga en la que –sin el riesgo de las influencias del Sanedrin- puedan anunciar el mensaje vivo del Resucitado. Solo había que confiar en la promesa del Señor, de tener la certeza de que nada ocurre sin que lo permita el Padre que está en los cielos. Era tiempo de nuevos campos, menos pedregosos, en los que sembrar la buena nueva. Confiaba que Jamnia y sus alrededores le permitieran el ciento por uno.

Y pensaba ¿Que cosa quiere el Maestro de mi? Mil cosas revoloteban en su testa y el silencio era imprescindible para su atento corazón. 

viernes, 18 de octubre de 2019

Anatema

Es lebe Luther, Es lebe Luther"!,  gritaban las gentes a su paso. La pequeña carreta en la que apenas se acomodaban los cuatro hombres, se hacía espacio en los agrietados caminos que le conducían a Worms. Por delante, un par de jinetes le abría paso con un estandarte real, que hacía gala de los colores imperiales y le aseguraba que no fuera capturado por ningún agente papal y, menos por alguna autoridad civil o de cualquier otra laya. Sin perjuicio de ello, los hombres llevaban, entre los documentos que consideraban necesarios, aquel que le fuera remitido por el mismo Carlos V y que tenía fecha 06 de marzo de 1521. Era una invitación para la Dieta de Worms y, a la vez, un salvo conducto.
En algunas iglesias, catedralicias o parroquiales, se habían quemado los libros anatemas, pero eran muchas más las gentes que exponían su adhesión al peregrino. En su paso por Leipzig, Weimar, Erfurt, Gotha, Eisenach, Frankfurt y Oppenheim, las gentes no solo les ofrecían comida y techo, sino que además hacían un alto a sus labores para acercárseles, en particular a él y escucharlo. Las gentes a viva voz anunciaban su presencia y, los labriegos abandonaba sus herramientas para acercarse, los niños, las mujeres se acomodaban de mejor forma para oir sus prédicas. Anunciaba la vuelta a la pobreza evangélica y denunciaba la ostentación de los príncipes eclesiales, los tributos a los que se veían expuestas las gentes y el engaño que suponía las indulgencias a favor de los muertos cuando por detrás de cualquier promesa estaba la generosidad de la misericordia divina. Anunciaba ardorosamente: “Toda vez que las obras a nadie justifican, sino que el hombre ha de ser ya justo antes de realizarlas, queda claramente demostrado que sólo la fe, por pura gracia divina, en virtud de Cristo y su palabra, justifica a la persona suficientemente y la salva”.
No perdía ocasión para saludar a las autoridades, a los señores principales, e incluso a los eclesíasticos. De hecho, peticionaba –en aquellos sitios- donde encontraba copias clavadas en las puertas o muros públicos de la bula Decet Romanum Pontificem, desatenderla porque “una vez que el obispo de Roma dejó de ser obispo para tornarse en tirano me ha hecho invulnerable a todos sus decretos; estoy convencido de que ni él, ni siquiera un concilio general, tiene la potestad de establecer nuevos dogmas... Ninguno que esté por fuera de las Sagradas Escrituras”  Y denunciaba que el Papa no tenía facultades legislativas por lo que ningún cristiano le debe obediencia: “Son lobos y pretenden aparecer como pastores; son anticristos y anhelan que se les rinda culto de pleitesía como si fueran Cristo”. Las gentes no hacían más que adherirse… Gentes se sumaban en caravana de compañía para asegurarse que llegaran con bien a la siguiente ciudad y, mientras caminaba aprendían cantos que el mismo hereje les enseñaba: “Castillo fuerte es nuestro Dios / defensa y buen escudo, / Con su poder nos librará / en todo trance agudo”.
Se sentía fortalecido. Sabía que sus ideas habían calado hondo y, advertía que no se trataba ya de solo ideas relacionadas con el dogma, sino que estaban más allá de lo puramente  religioso y alcanzan la esfera misma de la civilidad:  ¿Acaso no era cierto que la protección que le ofrecía Federico III respondía al interés del mismo principe por vender su propias indulgencias en favor de la construcción de su propia iglesia en Wittemberg? ¿No es que acaso los principes y señores alemanes también veían disminuidas sus arcas y hasta su propia autoridad con las disposiciones que venían en forma de bulas eclesiásticas? ¿Porque vale más la vida de un sacerdote que la de un labrador? ¿De dónde proviene la diferencia tan grande entre cristianos iguales?  Su fortaleza venía de las masas, que no solo le anunciaban larga vida, sino que además eufóricas gritaban: ¡Buntschuh! ¡Buntschuh! (Sandalia), como expresión de adhesión a su causa, con la firme intención de concurrir al enfrentamiento si fuera necesario. De hecho, muchos fieles cristianos, arrancaban los comunicados eclesiales de condena y en su lugar dejaban anotados dibujos y textos de ironía que, ponían en entre dicho la autoridad, eclesiástica o civil, que ordenaba la pegatina…  A las gentes les daba igual… Martín Lutero se había ganado a las masas alemanas, pero también a sus príncipes y señores.
El 17 de abril de 1521, en horas de la tarde, luego de las conversaciones entre los representantes de la Iglesia, de los príncipes germánicos y hasta del propio  hereje convocado, éste fue llevado por entre unos pasillos escondidos hacia la gran sala donde los más importantes eran el emperador Carlos, los electores Federico de Sajonia, Joaquín de Brandeburgo, Luis del Rhin y los arzobispos Alberto de Maguncia, Reinhart de Tréveris y Hermann de Colonia. Le acompañaban siete discípulos que le abrían paso por entre el casi millar de curiosos que se hallaban en la sala. Su rostro, dicen unos, era de miedo y su actitud corporal de reverencia; otros afirman que sus expresiones eran de arrogancia. El secretario de la dieta dio cuenta de su presencia y, luego de las protocolares presentaciones se le advirtió al acusado, tanto en latín –idioma propio de las relaciones diplomáticas- como en alemán –idioma nacional-, que debería responder a dos preguntas: 1. ¿Es Ud. autor de estos libros? 2. ¿Afirma y mantiene el contenido de los mismos? Así empezaba el juicio a Martín Lutero… Mientras tanto, el representante papal, escribía: “Toda Alemania está completamente sublevada. Nueve décimas partes levantan el grito de guerra de Lutero. La otra décima parte -que es indiferente a Lutero-  anuncian “muerte a la curia romana””.
El incendio había alcanzado sus flamas más altas... Estaba al rojo vivo. 

sábado, 5 de octubre de 2019

Culpa

"¿Conoces Talara? Anduve por esa zona ya hace varios años…. Recuerdos, carajo… pero la patria es la patria”, dijo el hombre en su incipiente ebriedad, luego pidió una fuente de agua, se levantó y la llevó a las afueras de la sala donde estábamos, acomodó una silla que había en el corredor y, puso sobre ella la palangana, cogió toda el agua que pudo con ambas manos y se la echó en la cabeza… Apoyando sus manos contra los filos del asiento, veía como el agua chorrea desde sus escasos cabellos y se volvía a depositar en el cuenco de aluminio que la sostenía… “Carajo”, volvió a decir. “He de vivir con esa culpa…” dijo, como pretendiendo completar una frase que se ahogó en su boca.

Volvió a vaciar otro poco de agua sobre su cabeza y repitió el ritual… se apoyaba sobre la silla para complacerse en ver caer el agua desde su testa… Levantó el cuerpo y, con decisión dijo: “No me den de tomar… Sirva doña Chana un buen sudau de cabrillón y regáleme una vianda de agua… De esta que se destila en el cántaro de piedra”. Conocía bien la casa donde estaban… solía beberse allí sus buenos “bebes” de chicha desde hacía ya varios años... Ahora peinaba los sesenta y, desde sus tiempos mozos, siempre le había gustado de la sazón de las Ipanaqué… “Que buena sazón… Esas manos hacen delicias para nuestras bocas”, había dicho alguna vez, en clara  adulación de los platos que se preparaban en ese chicherio…

Decir “chicherio”, era eso: un decir. Así empezó, hacía ya un poco más de cuarenta años, cuando solo era un algarrobo choposo  en medio de una pampa desolada, a la que llegó para ofrecer comidita para los peones de las parcelas vecinas. Allí, llegaba con sus latas “capri” llenas de chicha espumosa y clarito dulzón, además de sus ollas de arroz y demás aderezos para las caballas, tollos y cachemas que, fresquitas se escurrían desde los ganchos que había acondicionado en una de las ramas de ese árbol que la cobijaba… Luego ya, puso unos guayaquiles y unas esteras en las que guardaba sus ollas y los aperos del par de jumentos que le servían de transporte… De a poquitos, de estera en estera y de ladrillo en ladrillo se había conseguido esa casita de amplio patio posterior, de la que ahora ya se anunciaban como administradoras las hermanas “Ipanaqué.” Y esto también era un decir, porque las dos hermanas propietarias del negocio habían heredado el nombre desde los tiempos de su abuela Juana Ipanaqué. Luego atendió el negocio su única hija Ludomira y, ahora, las nietas Juana Rosa y Benita… Estas, como bien se ha de comprender, ya no llevaban el “Ipanaqué” en el nombre, y pocos sabían sus verdaderos apellidos, pero, -como digo- la sazón se había heredado y perfeccionado con el tiempo, y ese establecimiento seguía anunciando, ahora, en el quicio de la puerta, la nominación: “La Ipanaqué”… como desde hacía más de cuarenta años, cuando solo había un algarrobo que les daba sombra y que no necesitaba letrero porque era lo único que había es ese pedazo de desierto. El algarrobo aun se mantenía firme en la parte de atrás de la casa, exponiéndose como un viejo leño que en tiempos de lluvia reverdece… Ya había vecinos y hasta una calle hecha de adoquines.

El hombre había visto el crecimiento de ese restaurante, la sucesión familiar de sus conductoras y, con cierta holgura solía regresar a ese espacio… Este que lo recibió aquella vez cuando alcanzó la baja de su servicio militar, que le obligó a abandonar  las instalaciones del Grupo Aéreo Nro. 11, de Talara en diciembre del 78. Había cerrado una etapa de su vida y, aquí bajo de un algarrobo junto con un par de promociones que pasaban hacia Tumbes, se comieron un buen ceviche en señal de despedida. Ahora, luego de aprovechar su picante sudau de cabrillón, recompuesto brevemente del alcohol, inició su confesión: “No recuerdo el día, pero fue unas semanitas antes de salir de La Base, el Teniente Soleras, -que era mi superior- nos mandó a llama al sargento Ulquizar y a mí... También a un par de cabos. Se había corrido el chisme de que los calabozos tenían detenidos a unos chilenos--- Decían que los habían sorprendido tomando fotos a la base… Nos llamaron y el comandante nos habló: que habíamos sido elegidos por nuestras virtudes y que la patria nos necesitaba. Teníamos  “capturado al enemigo”, pero era necesario que hablara... El sargento Ulquizar era un desgraciau… era un hombre malo, maldito… Gozaba con el dolor ajeno y, si había sangre, más. Así que sacamos a uno de los detenidos, de apellido Urdand, y lo llevamos por el lado de Verdun, no había más que abrojos, piedras filosas y oscuridá. El solo caminar descalzo hacía que el hombre llorara, mientras anunciaba que solo era el conductor y que no sabía nada…. Y mientras lo sosteníamos, el Ulquizar lo puñeteaba, le metía alcohol por las heridas… El hombre gritaba, pero ¿Quién habría de escuchar por esos descampados? Como cinco horas, padeciendo tortura… El teniente le soltó un tiro muy cerca de las orejas y, lo amenazó con enterrarlo por esas quebradas… Se quebró… “Tengo una hijita”, murmuró… casi que ni se le entendía…  “¿Quien es tu contacto?” Le volvíamos a preguntar… El hombre era carne molida y sanguinolenta y hasta los nudillos de las manos dolían de tanto golpe: todo le sangraba: la cara, las muñecas, los brazos.. las plantas de los pies eran carne viva… La amenaza de cortarle los gemelos, lo hizo reaccionar y solo dijo una palabra: “Julio… Julio Vargas.. No sé más”. Lo subimos en el jeep del Comandante y, regresamos, directito, a la sanidad, pa que lo rearmaran… Era solo una masa de carne que respiraba.

Tomó un buen sorbo de chicha y, continuó: “Nunca más supe de aquel hombre. Un par de días después pregunté a un médico sobre si vivía. Se limitó a sonreírme: “Tranquilo sargento, no hay ningún herido en la sanidad. No sé de qué me habla” y continuó sus pasos leyendo unas hojas médicas.   Unas semanas después, tres o cuatro, cuando pedí reengancharme se negó el pedido por extemporáneo y, finalmente, salí de la Fuerza Aerea, con el grado de Sargento 1ro.  No volví a saber de ninguno de aquellos que estuvimos en esa noche, pero la recomendación fue que nunca dijéramos nada, por qué eso nunca pasó… Lo cierto es que, por cuarenta años siempre me he hecho la misma pregunta: ¿Deberé responder por la vida de un semejante? Por eso vengo aquí, cada cierto tiempo para matar esa culpa, para salvar esa duda. ¿Acaso una niña no volvió a ver a su padre por mi proceder? Ya tengo mis buenos años y, los recuerdos no se borran.

“Ña Chana, tráigase otra cerveza por favor… Ojalá solo sea una pesadilla”

Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...