"¿Conoces Talara? Anduve por esa zona ya hace varios años…. Recuerdos, carajo… pero la patria es la patria”, dijo el hombre en su incipiente ebriedad, luego pidió una fuente de agua, se levantó y la llevó a las afueras de la sala donde estábamos, acomodó una silla que había en el corredor y, puso sobre ella la palangana, cogió toda el agua que pudo con ambas manos y se la echó en la cabeza… Apoyando sus manos contra los filos del asiento, veía como el agua chorrea desde sus escasos cabellos y se volvía a depositar en el cuenco de aluminio que la sostenía… “Carajo”, volvió a decir. “He de vivir con esa culpa…” dijo, como pretendiendo completar una frase que se ahogó en su boca.
Volvió a vaciar otro poco de agua sobre su cabeza y repitió el ritual… se apoyaba sobre la silla para complacerse en ver caer el agua desde su testa… Levantó el cuerpo y, con decisión dijo: “No me den de tomar… Sirva doña Chana un buen sudau de cabrillón y regáleme una vianda de agua… De esta que se destila en el cántaro de piedra”. Conocía bien la casa donde estaban… solía beberse allí sus buenos “bebes” de chicha desde hacía ya varios años... Ahora peinaba los sesenta y, desde sus tiempos mozos, siempre le había gustado de la sazón de las Ipanaqué… “Que buena sazón… Esas manos hacen delicias para nuestras bocas”, había dicho alguna vez, en clara adulación de los platos que se preparaban en ese chicherio…
Decir “chicherio”, era eso: un decir. Así empezó, hacía ya un poco más de cuarenta años, cuando solo era un algarrobo choposo en medio de una pampa desolada, a la que llegó para ofrecer comidita para los peones de las parcelas vecinas. Allí, llegaba con sus latas “capri” llenas de chicha espumosa y clarito dulzón, además de sus ollas de arroz y demás aderezos para las caballas, tollos y cachemas que, fresquitas se escurrían desde los ganchos que había acondicionado en una de las ramas de ese árbol que la cobijaba… Luego ya, puso unos guayaquiles y unas esteras en las que guardaba sus ollas y los aperos del par de jumentos que le servían de transporte… De a poquitos, de estera en estera y de ladrillo en ladrillo se había conseguido esa casita de amplio patio posterior, de la que ahora ya se anunciaban como administradoras las hermanas “Ipanaqué.” Y esto también era un decir, porque las dos hermanas propietarias del negocio habían heredado el nombre desde los tiempos de su abuela Juana Ipanaqué. Luego atendió el negocio su única hija Ludomira y, ahora, las nietas Juana Rosa y Benita… Estas, como bien se ha de comprender, ya no llevaban el “Ipanaqué” en el nombre, y pocos sabían sus verdaderos apellidos, pero, -como digo- la sazón se había heredado y perfeccionado con el tiempo, y ese establecimiento seguía anunciando, ahora, en el quicio de la puerta, la nominación: “La Ipanaqué”… como desde hacía más de cuarenta años, cuando solo había un algarrobo que les daba sombra y que no necesitaba letrero porque era lo único que había es ese pedazo de desierto. El algarrobo aun se mantenía firme en la parte de atrás de la casa, exponiéndose como un viejo leño que en tiempos de lluvia reverdece… Ya había vecinos y hasta una calle hecha de adoquines.
El hombre había visto el crecimiento de ese restaurante, la sucesión familiar de sus conductoras y, con cierta holgura solía regresar a ese espacio… Este que lo recibió aquella vez cuando alcanzó la baja de su servicio militar, que le obligó a abandonar las instalaciones del Grupo Aéreo Nro. 11, de Talara en diciembre del 78. Había cerrado una etapa de su vida y, aquí bajo de un algarrobo junto con un par de promociones que pasaban hacia Tumbes, se comieron un buen ceviche en señal de despedida. Ahora, luego de aprovechar su picante sudau de cabrillón, recompuesto brevemente del alcohol, inició su confesión: “No recuerdo el día, pero fue unas semanitas antes de salir de La Base, el Teniente Soleras, -que era mi superior- nos mandó a llama al sargento Ulquizar y a mí... También a un par de cabos. Se había corrido el chisme de que los calabozos tenían detenidos a unos chilenos--- Decían que los habían sorprendido tomando fotos a la base… Nos llamaron y el comandante nos habló: que habíamos sido elegidos por nuestras virtudes y que la patria nos necesitaba. Teníamos “capturado al enemigo”, pero era necesario que hablara... El sargento Ulquizar era un desgraciau… era un hombre malo, maldito… Gozaba con el dolor ajeno y, si había sangre, más. Así que sacamos a uno de los detenidos, de apellido Urdand, y lo llevamos por el lado de Verdun, no había más que abrojos, piedras filosas y oscuridá. El solo caminar descalzo hacía que el hombre llorara, mientras anunciaba que solo era el conductor y que no sabía nada…. Y mientras lo sosteníamos, el Ulquizar lo puñeteaba, le metía alcohol por las heridas… El hombre gritaba, pero ¿Quién habría de escuchar por esos descampados? Como cinco horas, padeciendo tortura… El teniente le soltó un tiro muy cerca de las orejas y, lo amenazó con enterrarlo por esas quebradas… Se quebró… “Tengo una hijita”, murmuró… casi que ni se le entendía… “¿Quien es tu contacto?” Le volvíamos a preguntar… El hombre era carne molida y sanguinolenta y hasta los nudillos de las manos dolían de tanto golpe: todo le sangraba: la cara, las muñecas, los brazos.. las plantas de los pies eran carne viva… La amenaza de cortarle los gemelos, lo hizo reaccionar y solo dijo una palabra: “Julio… Julio Vargas.. No sé más”. Lo subimos en el jeep del Comandante y, regresamos, directito, a la sanidad, pa que lo rearmaran… Era solo una masa de carne que respiraba.
Tomó un buen sorbo de chicha y, continuó: “Nunca más supe de aquel hombre. Un par de días después pregunté a un médico sobre si vivía. Se limitó a sonreírme: “Tranquilo sargento, no hay ningún herido en la sanidad. No sé de qué me habla” y continuó sus pasos leyendo unas hojas médicas. Unas semanas después, tres o cuatro, cuando pedí reengancharme se negó el pedido por extemporáneo y, finalmente, salí de la Fuerza Aerea, con el grado de Sargento 1ro. No volví a saber de ninguno de aquellos que estuvimos en esa noche, pero la recomendación fue que nunca dijéramos nada, por qué eso nunca pasó… Lo cierto es que, por cuarenta años siempre me he hecho la misma pregunta: ¿Deberé responder por la vida de un semejante? Por eso vengo aquí, cada cierto tiempo para matar esa culpa, para salvar esa duda. ¿Acaso una niña no volvió a ver a su padre por mi proceder? Ya tengo mis buenos años y, los recuerdos no se borran.
“Ña Chana, tráigase otra cerveza por favor… Ojalá solo sea una pesadilla”
sábado, 5 de octubre de 2019
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Compasión
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