lunes, 21 de agosto de 2017

Diligencia

Una notificación había regresado. La secretaria recordó esa mañana que había que tomar declaraciones en un proceso administrativo sancionador. Una mirada al expediente: unas pocas hojas acompañaba a la denuncia; pero los quejados, el juez, el secretario, el administrador y hasta el encargado de notificaciones se habían encargado de contestar, cada quien con su respectivo paquete de fotocopias y recortes periodísticos que la demora denunciada por el quejoso era imposible de evitar por el solo hecho de que el pueblito en donde tenía que hacerse la diligencia había quedado aislado por las lluvias del año 2008. No obstante la suficiencia justificatoria -para evitar mayores zozobras- se había ordenado que se investigue a la asistente judicial –que autorizaba la notificación- y al notificador –que ya había respondido, con fotografías inclusive, de la imposibilidad de llegar al caserío donde debía realizarse el acto procesal-. Era un expediente inútil…

Esa mañana, a la mitad de ésta, una muchacha –adornada de una tímida sonrisa- pidió permiso para ingresar “¿Aquí es el juzgado penal? Buenos días he sido citada para declarar como testigo”. Invitada a sentarse, expuso sus argumentos y justificaciones, que no hacía más que asegurar que se había aprendido la lección: que tenía en la cabeza las noticias de las lluvias, que el teniente alcalde había pedido ayuda a las autoridades de Piura para su caserío por el aislamiento, que el desborde de las quebradas San Francisco y Carneros habían imposibilitado el acceso desde cualquiera de los caseríos o centros poblados vecinos al caserío, que el juez había sido diligente… que todos había sido diligentes, pero su mejor argumento era la estación lluviosa: “mi resolución está fecha desde diciembre, la cédula tiene fecha 30 de diciembre, el notificador la recibe el primer día hábil de enero y la diligencia está señalada para el mes de febrero ¿Qué culpa tengo yo que el notificador no pueda llegar a notificar a las partes procesales antes de que llueva? ¿Quién iba a saber que llovería con tanta fuerza?!”

Era un caso muerto: uno de aquellos en los que la investigación está llamada a apaciguar el ánimo del quejoso. De hecho, unos días más tarde, cuando le tocó declarar, advertía que era cierto lo que decían sus propias autoridades locales, pero se quejaba de que los jueces debían prever que en los meses de verano, en Piura suele llover y, la zona donde vive suele aislarse… Se había resignado, o la fecha señalada en la primera semana de mayo, le satisfacía en el alma.

La mujer, esa mañana, aun sin ser acusada, y con todo lo que tenía a su favor, se mostraba temerosa... Enfundada en un vestido de colorines, de fondo color zanahoria; el escote cuadrado y el cero de sus mangas de muy recatada factura, eran suficientes para resaltar su belleza… ahora menguada por su miedo… “¿A que le teme si Ud. no está procesada?”, le preguntamos. “No, doctor”, dijo… “No es miedo. Es impotencia, es rabia, es desánimo…" El mismo quejoso ha ido ayer al juzgado a reírse de nosotros, que ya nos tiene quejados, que hemos sido citados, pero sabe bien que no hay mala intención por parte nuestra… Sabe además, que el juez tiene miedo, que lo que menos quiere ahora es una queja porque está postulando para la titularidad en el puesto… Eso da cólera” Unas lágrimas de impotencia se dejaron salir, sin que ella pudiera evitarlo. Y continuó: “Yo no tengo hijos, pero un día los tendré…” Sin rematar la idea, retomó la compostura, y con alguna seriedad, con el gesto en sus ojos, reclamó: “que eso no sea parte de mi declaración”. Un vaso de agua le alivió el alma y le recuperó el semblante.

Los rizos negros de sus cabellos, ahora mojados por las lágrimas, eran el cuadro perfecto para… Esos rizos caían por detrás de sus orejas y cubrían parte de su cuello, alargado, moreno… ahora tenso por las emociones que le provocaban, en su decir, esas acusaciones injustas. No hay modo de describir, las sensaciones que ella no relataba, pero mis ojos podían darse cuenta de su sufrimiento, además de ajeno, cercano. Se notaba su congoja por lo que ella sabía –sin decirlo, todavía- era una investigación infecunda desde la resolución que le daba cabida. El par de ojos de paloma cuculí, se había marchitado en los cuarenta y cinco minutos de preguntas y respuestas… la timidez que traslucían a su llegada, se había convertido en masa acuosa, repleta de desaliento y consternación. El vaso de agua, apenas había logrado alcanzarles algo de tranquilidad… Una intranquila paz que no llegaba a la largura de sus dedos, que afligidos se movían sobre el borde de la mesa, jugaban con un lapicero, que pretendía ponerle el punto final a la declaración de esa mañana… Su sonrisa no estaba… se había fugado para darle campo a la preocupación que le embargaba.

Ya con la calma apenas alcanzada y luego de hacerle saber en tono de ironía que toda la culpa recaían en ella por haber decidido trabajar en una institución malhadada en el sentimiento secular, rió con soltura. “Donde uno vaya, habrán problemas. El asunto es que me hacen llorar…” pensó un par de segundos, y remató, “pero, luego rio” y acompañó su dicho con una sonrisa ingenua, reluciente de belleza, resaltando su naricita canela… ese color propio, de las mujeres de esta tierra, pero que en ella, asumía una connotación especial…

Unos meses más tarde, por arbitrariedades que la vida tiene, nos volvimos a encontrar.

miércoles, 21 de junio de 2017

Chacra

Ya había pasado el mediodía, y el examen empezaba. Las viejas instalaciones de una desaparecida empresa petrolera servían ahora como aulas. Holgadas, pero insuficientes ante el siempre agobiante calor mancoreño. El agobio en el alma era mayor si es que, en la hora punta del calor, además de al hambre, debías enfrentarte a un examen.

Decían –y en estos tiempos también lo repiten- que los cursos más difíciles para un estudiante de secundaria son los que se empaquetan en el tercer año. El curso de química, quizá el más espinoso. Requería, de memoria para aprenderse los nombres de los elementos químicos y sus respectivas siglas y, luego de ello, aprenderse las fórmulas básicas para alcanzar los compuestos químicos elementales. Todo nos ponía en muy graves apuros. La sal de cocina, la soda caustica, el amoniaco, el ácido sulfúrico, el bicarbonato de sodio, el gas metano, el vinagre… se relacionaban con expresiones que iban más o menos de la siguiente forma: NaCl, NaOH7, H2SO4, NH3, CO2, CH3COOH, a la vez que era obligatorio conocer sus respectivos nombres científicos. No se diga nada de la clasificación: óxidos básicos, óxidos ácidos, hidruros, hidrácidos, hidróxidos, etc, etc, etc. El asunto iba así…

El profe, un hombre alto, de cabellos ondulados, con una cojera pronunciada debida quizá a la poliomielitis, sudaba con el calor y, probablemente, con el hacer frente a los jovenzuelos a los que tenía que evaluar esa tarde. “Ya, carajo. Dejen sus cosas al frente. Solo necesitan sus lapiceros y borradores y una hoja en que apuntar”, decía mientras recorría entre las filas mirando con atención por si alguno quiera pasar por listo dejando algún cuaderno, hojas o apuntes que pudieran servir para la copia… “Apúrense. ¿O acaso no tienen hambre? Apúrense. El que termina va saliendo!”. A la voz de irse, todo el mundo apuró el paso… No quedaron cuadernos, ni mochilas, ni maletines, nada que impidiera el inicio del examen.

Una vuelta más, no estaría de más. “Ey tú. ¿Y ese papel que sale de tu bolsillo?” con su voz grave, le dijo a un pelucón de la parte final… “Esas patillas”, dijo, mientras revisaba que el trozo de papel higiénico que le fue alcanzado no tuviera anotaciones. A un par les pidió que vaciaran los bolsillos de sus camisas y, miró con detalle, en las hojas de navaja que se utilizaban como saca puntas, que en ocasiones servían como pergamino para anotar las copias. “¿Son chacreros o no?”, preguntaba con sarcasmo, mientras que alguno reclamaba con zalamería: “Apure profe… que se enfría la sopa”.

En un salón de clase, la Constitución se va al tacho. Nadie es inocente, por el contrario, se presume la culpabilidad. Como bien decía Cantinflas “Se sospecha de todos, pero no se desconfía de naides” y, por tanto, volver a mirar en detalle los tableros de esos avenjentados pupitres se hacía necesario para evitar trampas en los resultados: en ellos no solo había pintados corazones con nombres de quienes alguna vez pasaron por allí, o juegos de mesa en miniatura en los que se pasaban las horas si la clase era aburrida, sino que también podían servir para anotar las fórmulas necesarias para aprobar el examen… esa tarde nada adornaba los nombres de las parejitas de aquellos días… “Carajo… al primero que intente copiar lo mando a… apañar algarrobas! ¡y tiene cero en el promedio!. No quiero caras tristes, ya saben ah”. Y empezó el examen.

El profe dictó seis preguntas. La consigna era responder cinco, con un “si pueden” de acompañamiento. La sexta era de yapa. Así, empezó la carrera contra el tiempo. Nos mirábamos entre si, le preguntábamos al techo, mirábamos al profe pasearse con su sádica expresión facial que anunciaba un “así quería verlos”, mientras de cuando en cuando una sonrisita… acompañada de un “¿Ya?” nos apuraba para acabar prontamente. La aguja larga del reloj casi que llegaba a la mitad de la esfera, mientras la más pequeña, lenta ella, parecía que para la ocasión le hacía competencia al minutero: Había pasado el uno. Un par de gentes salieron. Entregaron sus cartillas a medio llenar y, se fueron en silencio. Unos minutos más, el profe recogió un diminuto papel de suelo. En letras pequeñas y de colores: azul, rojo, negro se anotaban los “oso”, los “ico”, los “ato”, los “ito” y las fórmulas de cómo llegar a ellos… De seguro había otras cosas: era un pequeño acordeón cargado de fórmulas, definiciones y hasta de ejemplos, elaborado como una larga tabla sinóptica en la que había acuñado lo que durante más de tres meses se había dictado en clases… “Esto es tuyo”, le dijo al más cercano y, ante la negativa, replicó: “¿Cómo que no? si está en línea recta hacia tu bolsillo… Párate”. Atemorizado el muchacho, miraba a todos los lados. Lo peor que le podía pasar era que lo desaprobaran en el curso y, tal pareciera que esa no era una opción para su libreta…

En la distancia, a tres filas de allí, otro, le señalaba con el dedo amenazador, mientras pensaba “pendejo… ya te cagaste. Eso te pasa por chacrero”. Le habían hurtado el documento, pero al fin de cuentas no le fue necesario ya que de tanto repetirla, con el ánimo de perfeccionarla, se la había grabado y no le era necesaria para el examen”. El profe miró el examen del sospechoso, miró su lapicero con atención y, le ordenó: “continua” y luego de hacerle marcas a su examen con un lapicero de tinta líquida le anuncio “quiero ver si sabes”. Empezó a pasearse por en medio de las filas. “Chacreritos, no?” decía, mientras miraba papeles, tipos de letras, lapiceros y, probablemente hasta los temblores de las manos…

Eran las 2.30 de la tarde. Se terminó la tortura para todos. Como quien no quiere la cosa, y luego de despedirse de todos, anunció: “Fulano: búscame mañana a la hora del recreo”. ¿A qué vendría esa llamada?

miércoles, 14 de junio de 2017

Chucaque

Era el año 86. Aún eramos muy chiquillos. Trece años era el promedio de vida de ese casi centenar de chiquillos que conformábamos el segundo año de secundaria. Los difíciles momentos vividos por las lluvias del 83 ya se habían superado en nuestras recién adolescentes vidas… Todo había vuelto a la normalidad. Bueno, en la renovada Panamericana aún quedaban los chamberos encargados del asfaltado y de la señalización de la vía; empero en términos generales, nuestra vida había vuelto a ser la misma: el mismo panadero de toda la vida recorría las tardes mancoreñas ofreciendo todo tipo de dulces; en el mercado, las mismas caseras de siempre y, las ferias de sabatinas volvían a convocarnos. En las noches de los martes, so pretexto de la liturgia juvenil, las calles volvían a ser nuestras… Ah...! la laguna... esa de agua salada que se formó donde ahora hay un bulevar, se convirtió en la piscina de más de uno.

Ese año Dña. Bertha se despidió de las aulas y un nuevo profesor llegaba. Inexperto, apenas podía con nuestras palomilladas. Había vuelto a las calles, también, Dn. Hortencio, el vendedor de alcoholes: “Llevo cañazo, primera, aguardiente… Llevooooo!!!! Gritaba por las calles mientras a cada lado le acompañaban un par de garrafas, de esos botellones plásticos en los que se vendía aceite de cocina… en aquellos días eran de color oxido. “Cañazo señora, cómprese una media… muy bueno para los calambres de estómago, para las frotaciones… para el chucaque, doña”, les decía a sus eventuales clientas con las que se encontraba en la calle… Esa cantarina voz, en imitación de algún mozalbete: “vendo cañazo, vendo primera…” se dejaba oir a media voz, en el salón mientras el profesor escribía en la pizarra. Nadie daba razón de su autoría cuando aquel volvía para descubrir al palomilla. La risotada era general.

Si bien el colegio era mixto. Los salones se dividían: unos para varones y otros para mujeres. Así los varones nos ubicábamos en la esquina suroeste y, las chicas en el borde noreste. Aquí, en este espacio, habían dos recintos y, adosado a éstos un tubo de fierro, de quizá 12 pulgadas de espesor que servía de asiento para las horas de recreo… pero esa mañana, quien sabe porque, había entre 12 y 15 chicas en plena chacotada, quizá entregaron prontamente su examen y salieron o, a lo mejor, el profesor no llegó a clase. Qué más da… Parloteaban de lo lindo… Ellas y la algarabía eran una misma cosa.

Una mujer, madre de familia de alguno de sus condiscípulos, pasó muy cerca. Era el camino a la dirección. Callaron sus voces pero a alguien se le ocurrió la broma y esperaron su regreso… Cuando ya había pasado, “suegraaaaa”, dijo una voz femenina… y todas se rieron… “suegraaaaaa” volvieron a decir, al ver que la mujer hacía oídos sordos. El asunto, no se repetiría: la mujer volvió y, todas le tiraron dedo a una… “Ella, señora”, “ella, señora”, repetían con el esmero propio de la palomillada, mientras la empujaban a la palestra… La mujer le recriminó, quizá con severidad, acaso con el ánimo de entrar en el chacoteo: “Oye muchacha, primero aprende a lavar tus calzones”, se dio la vuelta y se fue. Las chicas no cabían en sus cuerpos de la risa… mientras jaloneaban y abrazaban a la compañera para menguar su vergüenza… Rió, con esa risa propia de los rostros enrojecidos por la cortedad y la timidez… Y se limitaba a decir: “No chicas, eso no se vale… así no es”, y luego de un momento, el sonrojo la volvía a asaltar: “pucha, que dirá la señora…”

Al final del día, mientras todas reían ella, sentía que un pirético malestar le abundaba, y una risita de ficción mostraba para apaciaguar la chacota de las demás... Esperaba las campanadas de salida, pues solo quería llegar a su casa. Así, al escucharla cogió su brazelete rojo, se lo enfundó en el brazo derecho, tomó su vara de mando y, salió prontamente para llegar a su puesto de cuidado. Esa semana le había dado como tarea ayudar a cruzar a los alumnos a la altura del mercado… El malestar le llenaba el alma, Llegó a su casa y, el hambre le había abandonado… se echó a dormir. Dicen sus vecinas, que doña Angélica, su madre, ya a la oracioncita, buscaba a Dn. Hortencio para que le venda una “media” de aguardiente. Los calambres estomacales, propios del chucaque le exigían una frotación y una buena santiguada. La muchacha no asistió al colegio un par de días. El chuchaque estuvo más fiero que el dengue.

Treinta y un años después, niega los hechos.

Junio

Corría el último año de facultad y la preocupación era donde hacer las prácticas pre-profesionales para alcanzar prontamente el título profesional y materializar el “para que seas otro en la vida” de nuestros viejos. Había varias instituciones que ofrecían puestos para practicantes, pero no todos eran pretendidos por algunos. La pelea se concentraba entre los mejores por las instituciones que ofrecían estipendio a cambio de las horas de aprendizaje. En aquellos días, no había obligación legal de pagarlas, pero si necesidad de controlar los tiempos dedicados a esas tareas para asegurar los espacios dedicados a las clases universitarias y al estudio personal. Solo tres o cuatro eran de aquellas que permitían que a fin de mes puedas tener algunos soles en el bolsillo.

El lugar al que se pudo acceder se ubicaba frente a la plazuela que lleva por nombre el de un pintor muy reconocido. En aquellos días, las palomas anidadas en los campanarios de la iglesia, que daba cobijo a la institución receptora,  se  paseaban por la plaza muy de mañana buscando que comer. Éramos tres, llegamos y tímidamente tocamos las puertas. En la recepción, una avejentada mujer, de formas amables, casi forzadas, nos recibió ofreciéndonos ser atendidos prontamente. Luego de unos minutos, anunció: “Pasen jóvenes. En el salón del fondo, les esperan”. Se me asignó trabajar con una abogada, a quien, cuando menos, conocía de vista por ex alumna de la misma universidad. Nuestras primeras tareas fueron las de verificar que el papel estuviera listo en las impresoras, en aquellos días, de cinta, simulando ser máquinas de escribir. Más tarde se nos dio de tarea el “seguimiento de casos”, dígase ir al juzgado para verificar si se había cumplido con la notificación, si existía algún depósito judicial que cobrar, si ya se había expedido resolución para nuestros pedidos… Nuestra oficina era una de aquellas dedicadas al ejercicio del derecho en favor de las personas sin recursos, una especie de defensoría pública para personas pobres. De pobreza, en el más amplio sentido, y se prefería de decir “personas en estado de vulnerabilidad”, porque no sólo se trataba de defender a la viuda, al pobre y al huérfano conforme al significado semántico, sino que se asumía causas en las que, aún con recursos las personas se veían disminuidas por el solo hecho de pensar distinto,  de exponer sus ideas contra el gobierno de turno, lo que podía suponer acusaciones de terrorismo, defraudaciones tributarias,  incitación al desorden público.

Por esta vía nos fuimos acercando al ejercicio del poder desde donde imparte la justicia. La cosa no era fácil: el sólo acceso al expediente podía durar días, pues se perdían en los desordenados anaqueles y estantes judiciales, pero además, advertíamos que, como que lo aprendido en las aulas no era lo mismo que lo que se encontraba en ellos: en algunos expedientes, de un secretario específico, se anotaba en las declaraciones de los acusados el juramento de “decir verdad” sobre los hechos; alguna vez, el secretario llamó a la jueza para que obligue al imputado a contestar las preguntas cuando hacía ejercicio de su derecho a no declarar… Y no parecía extraño. Nuestro primer caso, estuvo relacionado con un habeas corpus en favor de un muchacho desaparecido, decían, en ejercicios militares; pero que según alguno de sus compañeros –sin decirlo a viva voz- había sido muerto por un capitán, a la llegada al cuartel, porque no quiso cumplir la orden de escupir un gargajo en el plato de un compañero.  También había quienes anunciaban que no había muerto y que estaba detenido en alguna de las celdas del centro militar, debidamente custodiado sin posibilidad de alimentos que no sea un mendrugo de pan y una vianda de agua.  Ya había pasado cinco meses, desde la última vez que fue visto vivo. Sus padres agotaron los recursos que su imaginación les permitía: hablaron con el comandante, con los capitanes, con los compañeros y no se sabía nada de su paradero. La prensa había dado cuenta hasta de las sospechas. Lamentábamos que la justicia fuera tan lerda, incluso con un habeas corpus, del que se dice es más rápido que el efecto de un par de cervezas,  y nos parecía inaudito que la jueza del caso pusiera tantos peros para programar una visita a las instalaciones del cuartel para verificar lo que se decía de la detención. Renegamos de los jueces y, era una promesa no trabajar en una institución estatal tan burocrática, tal malhadada. La justicia, nos parecía, solo era un remedo o una burda falsificación.

Seis años después, las cosas habían cambiado, las formas de gobierno de la institución encargada de la administración de justicia habían cambiado, el régimen autocrático de gobierno nacional había desaparecido, la marcha de los cuatro suyos era una historia de la que sentirse orgulloso, las levas –el reclutamiento forzoso de jóvenes- eran cosa del pasado, los movimientos cívicos tenían a punto una ley que prohibía la obligatoriedad del servicio militar, los periódicos chicha eran “periódico de ayer”, los vladivideos ya era noticia común en el internet… las cosas eran muy distintas… Ya no era practicante, me había integrado al grupo de abogados de la institución.

Era el mes de julio del año de inicio del segundo gobierno de García y, la autoridad máxima de nuestra institución, en frente de todos, se despedía, exhortando a cada quien a no desmayar en las ilusiones, a no renunciar a los anhelos personales, a no tumbarse de la escalera que nos lleve a nuestros sueños: “Los sueños personales no pueden depender de otros; menos, de aquellos que se imponen como obstáculos”, nos decía. Venía un nuevo jefe y, pedía –aunque no se entendiesen sus decisiones- se le obedezca con la libertad de los hijos de Dios. Ese mes de julio, las cosas cambiaron. Cambiaron en sentido opuesto a como habían cambiado las cosas en el país: las instituciones se había renovado, otras nuevas había aparecido –como la defensoría del pueblo por ejemplo- un nuevo modelo procesal punitivo se había instalado y progresivamente iba tomando rumbo en las distintas organizaciones territoriales. Nuevos vientos se advertían a lo lejos… En la institución, en cambio, las políticas cambiaron hacia el otro lado. El pobre, la viuda y el huérfano, nos parecía, quedaban sin significado, un significante huero, vacío. Había que salir a buscarlos en otra parte. Las cosas se hicieron laboralmente difíciles, los cooperantes cerraron sus proyectos, la vaciedad laboral llenaba los escritorios y los hostigamientos –mutuos- motivaron las salidas de los que, un par de años antes, nos despedimos del viejo de cabellos blancos.

Algunas semanas nos dedicamos a la defensa libre, mientras nuestras referencias personales fueron ofrecidas en algunas instituciones públicas, en particular aquellas con las que nos habíamos relacionado durante el tiempo anterior. Había pasado ya dos meses, casi que nos acomodábamos en el mercado de los abogados del ejercicio libre, y una voz del otro lado de la línea, nos indicó: “el Presidente desea hablar con Ud. será posible una entrevista para el día de mañana a 9.00 a.m. en su despacho”.  Le replicamos “Allí estaremos”.  Un hombre, de escasos cabellos, negros por la tintura que les acompañaba,  de bigotes, nos esperaba. Una amplia sonrisa, nos daba noticia de la nueva que nos esperaba.  Conversamos, brevemente de las motivaciones personales, del pasado inmediato, de una demanda –o de varias- laborales, de las nuevas políticas en mi antiguo centro laboral y las que él pretendía para su institución, hasta que finalmente indicó había un juzgado que no tenía juez y, era de materia penal y, se necesitaba nuevos aires en él, que se tuviera la intención de estar preparado para el nuevo modelo procesal que se pretendía en los próximos meses, de la necesidad de lidiar con los viejos cucos que, a veces no quieren irse… ¿Y cuando empiezo? –Ahora mismo, fue la respuesta.  “Umh… Déjeme pensarlo” y sonreí. Nos estrechamos la mano. A las 9.30 de ese día 14 de junio, luego de un juramento solitario, me lanzaba a nueva aventura… Hoy, nueve años después, inquieto por cuánto hay de bien procurado en el trabajo que realizamos, seguimos en ella.

Con la misma ilusión. Ahora renovada.

martes, 13 de junio de 2017

Tarea

Era un sábado, quien sabe de qué mes, quien sabe de qué año. La calle estaba desolada. De ordinario, era solitaria, pero ahora lo estaba más. La mujer tocó el timbre del edificio, y levantó la mirada para ver las volutas que adornaban el quicio de la puerta… Tanta era la soledad, que parecía no había nadie, aunque en realidad no era así. Había alguien que la esperaba. La pesada puerta se abrió con cierta lentitud, mientras dejaba ver a un hombre, de entrados años, con una sonrisa amable pero de gesto adusto. “Señora”, dijo, “su voz se oía inquieta”, mientras se apartaba para permitir el ingreso de aquella mujer. Afuera quedaban las paredes enlucidas con el color del cemento. Al frente un parquecito que empezaba a llenarse de gentes, mientras un parlante anunciaba misa de nueve de la mañana.

En el espacio de espera, parados en medio del salón, se dieron la mano a modo de saludo. “Vengo a poner mi renuncia”, le dijo sin requiebros la mujer a anciano, que parecía tener cierto don de mando y autoridad respecto de lo que le decían. El hombre la miró con sorpresa, acomodó los pocos cabellos canos con lo que cubría su calva, le empujo levemente del brazo y la invitó a ingresar al jardín interno, mientras salvaban una mampara de madera que daba hacia otro salón de pasadizo, desde donde se advertían un par de puertas, de probables oficinas. Tosió un poco y dijo, quitándole importancia a lo que le habían dicho: “Ve allí ese cuenco en la pared” Y sin dejar que contestara continuó: “Allí, siempre hay agua y también algunos granos de arroz. Esa soña que está allá ¿la ve?” dijo mientras señalaba con el índice derecho hacia un extremo del cuadrilátero por encima del muro que separaba el edificio de los vecinos, “esa soña baja, todos los días, a comer y a beber. Suele venir acompañada de pequeños gorrioncillos, con los que se pelea la comida. Siempre baja, me acompaña cuando hago mis oraciones de la mañana”. Pese a ese cuento, la mujer no perdía su cara de preocupación.

El hombre se sentó en una silla de estructura metálica y hecha de juncos de junto al rio. Algo vieja, muy limpia y con resistencia suficiente para soportar a quienes quisiera sentarse para un buen tiempo todavía. Invitó a la mujer a sentarse en otra similar, que había jalado desde el otro ángulo del jardín. Parecía que la mujer no tenía ánimos de conversar de otra cosa que no fuera aquello por lo que había pedido conferenciar. “Dígame señora. ¿Y Cuál es el motivo? Debe ser algo muy grave”. La mujer tomo la palabra y mientras discurría en argumentos, se tranquilizaba al exponerlos. El viejo las escuchaba con atención, mientras lanzaba hacia el jardín algunos arrocillos que portaba en una bolsa, que a su vez sacó del lado derecho de su guayabera… La mujer hablaba, como contándole una historia; de vez en cuando, poniendo la mano en una lado de la cara, el hombre le interrumpía para pedir alguna precisión de detalles de lo que se le decía. Un par de veces preguntó: “¿Eso ha hecho? ¿Está segura?”, concluía con un “jum”, mientras con su pie limpiaba el piso, o quizá lo acariciaba.

Casi al colofón del alegato, el hombre preguntó ¿Y cree Ud. que uno debe renunciar a sus ideales solo porque otra persona amparado en los mismos –si vale la expresión- y utilizando la misma organización, los traiciona? Tosió otra vez y prosiguió: “Señora Ud. está allí por algo. Dios quiere algo de Ud. al permitirle descubrir aquello que Ud. misma ha llamado… ¿Cómo dijo? Ah si: ‹canallada›. Haga Ud. lo que tenga que hacer para que el mal no prospere”. Se paró de su asiento, invitó con los ojos a hacer lo mismo a su interlocutora, y mientras caminaba hacia la puerta de salida de ese edificio, volvió, con voz parsimoniosa, para decirle: “No acepto su renuncia y, haga Ud. lo que deba hacer para que el Evangelio que tanto dice defender se cumpla” Y a modo de chanza le indicó: “¿No que Ud. venía de las canteras jesuíticas? Se sonrió con sorna. La mujer le refutó: “¿Parece que a Ud. no le preocupa lo que le he dicho”. El hombre puso cara de seriedad, y refutó con amabilidad: “Es grave, muy grave y me preocupa. Pero me preocupa más que Ud. quiera renunciar justamente para evitar hacerle frente a aquello que denuncia”. Le sonrió otra vez, le dio la mano, sobre las escaleras que dan a la calle, y le amonestó con severo cariño: “¿Que sería de Ud. si este hombre –le dijo mientras le mostraba un crucifijo que portaba sobre el pecho- hubiera decidido no hacer lo que hizo?” La mujer que había descargado su malestar, que pretendía evitarse otros mayores, que por la exposición de los hechos se había tranquilizado; ahora estaba más intranquila que antes, pero era una intranquilidad distinta: le habían mandado no renunciar a hacer el bien y, desorientada, volvió sobre sus pasos, se metió en la iglesia vecina y pidió al “Dueño de la mies” le ilumine.

Tres días después, cuando el sol ya se escondía, otra persona se sentaba con el mismo anciano. Éste le pidió le acompañara a rezar “vísperas”, le dio algunas indicaciones de cómo usar el salterio y al término del mismo, se veía obligado a confesar sus fechorías. Con ánimo de atenuación de sus propias culpas reconocía “no haber sido diligente” con el uso de los dineros para pagos de planillas, con los dineros propios de las actividades de la oficina y, ponía en manos de la máxima dirección, su renuncia. Le fue aceptada en el acto. Los dineros apropiados le fueron descontados de su liquidación de beneficios sociales.

Para evitar una denuncia penal, hasta olvidó que debía reclamar su constancia laboral. La tengo a la vista, y por ella, me evoca la memoria.

lunes, 13 de marzo de 2017

Aguas vienen

Piura está en emergencia. Las lluvias le están dando de alma. No la dejan respirar: todavía no termina de secarse el suelo y otro aguacero que le arrecia. Se han caído casas, sistemas eléctricos, el agua del río se ha metido por los desagües y ha terminado en medio de la ciudad… Ni los algarrobos han soportado tanto… en lo que va de los últimos cinco días, en la zona urbana se han caído, cuando menos quince y han causado dos muertes. Las redes sociales, que lo saben todo, nos anuncian “aniegos” en distintas zonas de la ciudad, de muros de contención próximos a romperse y de profecías que anuncian la muerte de los dirigentes de la ciudad, luego de enrostrarles la calamidad vivida.

No recuerdo que nadie haya anunciado este periodo lluvioso. Ninguna empresa meteorológica, ninguna universidad, ningún agorero huancabambino, la pudieron advertir. De hecho, a diciembre –hace tres meses- pedíamos a los apus de los cerros, a los espíritus del agua, al divino creador que nos enviara la lluvia y hasta se dedicaron ceremonias religiosas con ese propósito. En la parte baja del río, muchos agricultores perdieron sus cosechas y la policía se vio obligada a resguarda la poca agua que había en los canales para evitar que sea destinada a los sembríos de arroz u otros distintos del consumo humano directo. Unas semanas después el agua nos desborda. Y a diferencia de nuestra expectativa frente a la crisis hídrica de hace unas semanas, ahora estamos profundamente indignados. Las autoridades no han hecho nada desde el último fenómeno lluvioso porque la ciudad se volvió a inundar y reclamamos iracundos por los dineros que el año pasado se destinaron a obras de prevención.

¿Qué sentido tiene nuestra indignación? Nuestra conmiseración para con el caído es muestra de solidaridad. Bien por aquellos que, sacando de sus bolsillos ayudan a los que tienen menos o se han quedado sin nada, a los que cogieron una palana y se fueron río abajo para ayudar a sus vecinos llenando sacos de arena para enfrentarse al río loco, a los que dejaron de dormir por evitar, en medio de la lluvia que, las escorrentías no dañen las propiedades, públicas o privadas. Estamos en obligación de ayudar, solo por el hecho de pertenecer al género humano. Empero, nuestra indignación solo es muestra de hipocresía colectiva “¿Dónde están nuestras autoridades que solo sirven para robar?”, es una de las más repetidas expresiones de las redes sociales.

Pareciera que hubiéramos vivido ausentes durante el tiempo trascurrido entre uno y otro periodo lluvioso. Como si no hubiésemos elegido a las autoridades que tenemos, como si ésta tuviera la obligación de “rehacer” la ciudad, porque los anteriores la hicieron mal. La necesidad de tener un sistema de drenaje pluvial es de continuo pero solo nos acordamos de exigirla cuando el agua la tenemos en el cuello… Y esa es la hipocresía… creer, o pretender creer, que en Piura, luego de la lluvia nunca más volverá a llover y, los techos de nuestras casas para el siguiente año, se encontrarán como los dejamos la última vez. Y tal como así quedaron nuestros techos, así nuestra ciudad. Nos contentamos con que se resanen las pistas, pero no decimos nada respecto de los sistemas de evacuación de aguas. De hecho, el año pasado –para los que cruzamos los puentes todos los días- se pudo advertir que maquinarias elevaban “muros de tierra” para la contención en las orillas del rio y, a nadie le pareció extraño. Y así, se repitió la misma tarea en distintas quebradas de la jurisdicción; en algunos casos se realizaron empedrados pero que luego se debilitaron porque nosotros mismos, los piuranos, nos encargamos de llevarnoslas solo pensando en nuestro provecho personal. A muy pocos probablemente, se les ocurrió cuestionar dichas obras y, nadie dijo nada de cómo proteger los muros de las instituciones públicas, de los colegios, de los centros de salud, de las iglesias (porque también se construyen con dineros de El Estado), de las instituciones educativas; aunque de hecho, cada año, a éstas se le otorga dineros para su refacción que son administrados por la dirección del centro educativo y los padres de familia del mismo. (Todos los años, se tramitan procesos penales por mala administración de esos recursos).

Desde que Juan de Cadalzo, en 1588, fundara por cuarta vez esta ciudad, han trascurrido más de cuatrocientos años y, durante este tiempo, dicen Anne-Marie Hocquenghem y Luc Ortlieb en “Eventos el niño y lluvias anormales en la costa del Perú: siglos XVI-XIX”, se han realizado más de sesenta fenómenos lluviosos de intensidad que han merecido registro historiográfico y, en muchos de ellos, como ahora, los efectos han sido igual de calamitosos. De hecho, hacia 1728 el rio veleidoso se desbordó y se llevó parte de lo ahora es el Palacio Arzobispal en la calle Libertad y, en 1791 el desborde encontró desprevenidos a los curiosos que se encontraban sobre los muros de contención y varios murieron salvándose buen número de mujeres gracias al diseño de sus faldellines. Es interesante advertir, del Plano de la Ciudad de Piura de Martínez Compañón (siglo XVIII), que el espacio de la casa arzobispal colindaba con el rio mismo, lo que evidencia que hemos sido gravemente negligentes al asentarnos sobre lo que en otros tiempos era el lecho del rio y, ello expone que seguimos siéndolo pues, ahora mismo, padecemos las consecuencias de no mirar las experiencias del pasado… de no aprender de lo vivido.

Si el nivel del agua que corre por el cauce es más alto que la ciudad misma, ¿Cómo pretender que por algún lugar no se rompan los diques y el agua ingrese a la ciudad? No nos queda más que poner el pecho y enfrentarnos a la acumulada desidia nuestra de cada día y soportar con tesón lo que aún quedan de lluvias por caer. No tiremos piedras en el tejado de la autoridad administrativa, pongámoslas en los cauces de las aguas para que éstas no nos agrieten lo poco que nos queda de piuranidad.

Aguas vienen.

lunes, 2 de enero de 2017

Chilalo

Esa tarde la conversación versaba sobre los nidos de los pájaros, en particular de uno que estaba muy cerca de donde nos sentabamos. La formación del mismo es peculiar: todo hecho de arcilla y; contaban las dos mujeres mayores que nos acompañaban, que por dentro, el nido tiene un par de habitaciones, con la puerta alta para que las crías no se caigan del hogar pajaril. Los piuranos sí que sabemos de qué se trata: es la casa de los chilalos, esos pajaritos, relojes de la naturaleza, que con su canto señalan las horas de inicio y de término del día y, además, por su comportamiento se exponen como indicador certero de las lluvias veraniegas.

La mayor de las mujeres refirió el nombre de los citados pajarillos como el sobrenombre de una persona, de la que ella recordaba desde su inicial chiquititud, identificándolo como un médico naturista que vivía en las montañas. “Bueno”, le dijo a la otra, “probablemente no habías nacido, pero en aquella vez, yo tendría quizá seis años, ese médico le dio una receta muy simple a mi papi y con eso se curó. Ya tenía varios días en cama, muy malito, pero el señor, al que le decían “El chilalo”, le recomendó a mi mamá le hiciera un tecito que debía tomar dos veces por día y, en tres días consecutivos. Le dio unas ramitas –quien sabe de qué planta- que debía repartirlo en medidas iguales para cada toma, y le mandó que lo endulzara con azúcar blanca –y solo con azúcar blanca- y para disolverla tenía que darle vueltas con otra ramita que el mismo señor le entregó. Dos días después mi papi, ya estaba trabajando”.

Mientras comíamos nuestro primer almuerzo del primer día año que motivaba nuestra reunión, aletargado por el calor y, desubicado en el tiempo, se me ocurrió sugerir que el autor del seudónimo podría haber sido mi tio Emilio, uno de los más palomillas que conozco, pero no… “No. Para esos tiempos ni Emilio ni los que le sigue estaban, no habían nacido…”, sentenció la mayor. La otra replicó: “Yo no lo conocí , pero si sabía que algunas veces, mi papá fue a consultarle cosas cuando ya vivía en Lobitos… luego de vivir en El Cardo, se fue a Lobitos… allí le perdimos el rastro, pero nunca lo conocí” Y continúo contando de aquella vez en que ese hombre, que visitaba –guiado por el destino o por el Dios mismo- a una familia, encontró a una mujer con una hemorragia, que no tenía cuando detenerse… el hombre luego de escuchar los síntomas, y auscultar a la enferma pidió que le trajeran botellas de vino, vacías. Desacostumbrados a fiestas en aquel lugar, el mismo médico indicó que en la casa de “fulano”, una que se encontraba a casi una hora de camino, a mula, allí se había realizado una fiesta dos o tres días antes. Pidió que le llevaran todas las botellas que encontraran. Cumplida la tarea, el hombre, con la ayuda de los hijos de la mujer, empezó a raspar con la punta del cuchillo –y lo mismo harían su ocasionales ayudantes- los restos resecos de vino que se encontraban en las comisuras de boca de la botella y, lo mismo en las esquinas del fondo de la botella, aunque ahora utilizaría –para alcanzar el mismo- algún alambre, probablemente, aquellos que se utilizan en el campo para colgar la carne, enderezados para la finalidad. Al enjuague de esas botellas, le echó las raspaduras de los picos y, le dio a beber a la mujer: “En nombre de Dios, mujer. Esto será suficiente”. La mujer, contaba nuestra narradora, le hacía ascos a la bebida –probablemente por la agriedad o quizá porque había visto de donde provenía-, pero aquel insistió: “Vamos mujer, es de los sabores más feos, pero ten fe, aquí se acaba tu mal”. Unas horas después, la hemorragia había cesado.

El hombre a quien le decía “El chilalo”, no era uno cualquiera. Tampoco era médico. Era un vidente, un hombre particular. Los descreídos le llamarían “brujo”, los “estudiaus” preferirían nombrarlo “chamán”, pero para mi abuelo era un “curioso” y tenía un don particular: en sus sueños podía “ver cosas”. Contaba mi abuelo, el padre de aquellas dos a las que ahora escuchaba, que en una ocasión, un par de criaturas del señor, varón y mujer, se disponían a acudir a un velorio, pero entre que se aseaban y cambiaban de ropas, a la mujer se le antojó tener relaciones… se acercó por detrás y acarició a su marido, tomando con sus manos el objeto de sus deseos; empero, el marido más pensaba en que el difunto al que debían acompañar, probablemente, a ese tiempo, ya se encontraba de camino de su última morada, por lo que en sus pensamientos era necesario estar allí, “antes de que se pierda bajo la tierra”. Con el ánimo de entender el apuro, la mujer con algo de vergüenza se retiró para continuar con su propio cuidado; pero la vergüenza fue tanta que le empezaron unos dolores abdominales… bastante fuertes, parecidos a los de un chucaque.

“¿Tanto va a ser?”, dijo el descreído marido, mientras, minutos después, le alcanzaba una tacita de agüita de orégano a la sufriente… Luego de unos minutos, la mujer, sometida aún a los dolores, le decía al culpable de los mismos: “Que te hubiera costado, si ni se desgasta… se me viene la criatura”, mientras con una mano sobaba su abultado abdomen que mostraba un embarazo de probablemente cinco meses. Con la otra mano, intentaba sostenerlo desde la parte más baja… El Chilalo, aquel señor del que hablamos, en la “lejura” atravesaba el camino real y, fue advertido por una de las cuñadas del inmisericordioso y, con un sombrero le hacía indicaciones de aproximarse. Consultado este, mientras acomodaba a la adolorida mujer en su propia cama, sacó del lugar al marido, para que le diera su versión de los hechos… con ambas explicaciones, el citado, anunció: “Uno dispone, pero el dueño nuestras voluntades, tiene mejores designios para nosotros. Ninguno de los que estamos aquí llegará al entierro… Así que me echaré una cabeceadita”. Lo decía mientras abría una hamaca en la que se disponía a dormir. Cerró sus ojos… y en los interiores de la casa se escuchaban los gemidos de la adolorida mujer, que aún con todo, mantenía la atribución de culpabilidad en su marido… 

No habían pasado ni quince minutos y, hombre despertó… bostezaba. Salió de la casa y miraba, desde cierta distancia, el tejado de la misma. Miró entre los chiquillos curiosos del lugar y, escogió al más esmirriado. No tendría ni los doce cumplidos, lo subió a sus hombros y, le pidió que se trepara en el techo. Desde abajo, le preguntó ¿Qué hay en el techo? El chiquillo desconcertado, le dijo que no había nada. “¡Ay muchacho…” se aproximó, y con una vara de overal golpeó filo de una canaleta. “¿Qué hay aquí? Mira bien”, el chiquillo caminó tembloroso y recorrió con los ojos toda la onda y, le dijo: “Hay un poquito de agua de la lluvia de anoche”. Un momento después le alcanza un jarro de aluminio y una cuchara y le ordenaba “recoge toda la que puedas, no importa si tiene tierra”. 

Unos minutos después, el hombre le daba de beber de esa agüita, reposada, a la mujer de los dolores, reprochándole cariñosamente: “que tus antojos no sea tantos que pongan en riesgo a tu criatura. Nacerá… adelantadito, pero nacerá bien”, le decía a modo de despedida. Mientras montaba en su mula, le decía al agradecido marido, “En la noche paso por aquí para irnos a acompañar un rato a los deudos. Buenas tardes”. Decía mi abuelo, que mientras se alejaba, “se sonreía”. 

Unas semanas después, el mismo Manuel Hidalgo, verdadero nombre del apodado Chilalo, ayudaba a la mujer a bien parir. Las mujeres del almuerzo no recuerdan el segundo apellido… Si alguien sabe más de él, gustoso recibiré la información. Sus últimos recuerdos, afirman, es que se fue a vivir a Lobitos.

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...