lunes, 21 de agosto de 2017

Diligencia

Una notificación había regresado. La secretaria recordó esa mañana que había que tomar declaraciones en un proceso administrativo sancionador. Una mirada al expediente: unas pocas hojas acompañaba a la denuncia; pero los quejados, el juez, el secretario, el administrador y hasta el encargado de notificaciones se habían encargado de contestar, cada quien con su respectivo paquete de fotocopias y recortes periodísticos que la demora denunciada por el quejoso era imposible de evitar por el solo hecho de que el pueblito en donde tenía que hacerse la diligencia había quedado aislado por las lluvias del año 2008. No obstante la suficiencia justificatoria -para evitar mayores zozobras- se había ordenado que se investigue a la asistente judicial –que autorizaba la notificación- y al notificador –que ya había respondido, con fotografías inclusive, de la imposibilidad de llegar al caserío donde debía realizarse el acto procesal-. Era un expediente inútil…

Esa mañana, a la mitad de ésta, una muchacha –adornada de una tímida sonrisa- pidió permiso para ingresar “¿Aquí es el juzgado penal? Buenos días he sido citada para declarar como testigo”. Invitada a sentarse, expuso sus argumentos y justificaciones, que no hacía más que asegurar que se había aprendido la lección: que tenía en la cabeza las noticias de las lluvias, que el teniente alcalde había pedido ayuda a las autoridades de Piura para su caserío por el aislamiento, que el desborde de las quebradas San Francisco y Carneros habían imposibilitado el acceso desde cualquiera de los caseríos o centros poblados vecinos al caserío, que el juez había sido diligente… que todos había sido diligentes, pero su mejor argumento era la estación lluviosa: “mi resolución está fecha desde diciembre, la cédula tiene fecha 30 de diciembre, el notificador la recibe el primer día hábil de enero y la diligencia está señalada para el mes de febrero ¿Qué culpa tengo yo que el notificador no pueda llegar a notificar a las partes procesales antes de que llueva? ¿Quién iba a saber que llovería con tanta fuerza?!”

Era un caso muerto: uno de aquellos en los que la investigación está llamada a apaciguar el ánimo del quejoso. De hecho, unos días más tarde, cuando le tocó declarar, advertía que era cierto lo que decían sus propias autoridades locales, pero se quejaba de que los jueces debían prever que en los meses de verano, en Piura suele llover y, la zona donde vive suele aislarse… Se había resignado, o la fecha señalada en la primera semana de mayo, le satisfacía en el alma.

La mujer, esa mañana, aun sin ser acusada, y con todo lo que tenía a su favor, se mostraba temerosa... Enfundada en un vestido de colorines, de fondo color zanahoria; el escote cuadrado y el cero de sus mangas de muy recatada factura, eran suficientes para resaltar su belleza… ahora menguada por su miedo… “¿A que le teme si Ud. no está procesada?”, le preguntamos. “No, doctor”, dijo… “No es miedo. Es impotencia, es rabia, es desánimo…" El mismo quejoso ha ido ayer al juzgado a reírse de nosotros, que ya nos tiene quejados, que hemos sido citados, pero sabe bien que no hay mala intención por parte nuestra… Sabe además, que el juez tiene miedo, que lo que menos quiere ahora es una queja porque está postulando para la titularidad en el puesto… Eso da cólera” Unas lágrimas de impotencia se dejaron salir, sin que ella pudiera evitarlo. Y continuó: “Yo no tengo hijos, pero un día los tendré…” Sin rematar la idea, retomó la compostura, y con alguna seriedad, con el gesto en sus ojos, reclamó: “que eso no sea parte de mi declaración”. Un vaso de agua le alivió el alma y le recuperó el semblante.

Los rizos negros de sus cabellos, ahora mojados por las lágrimas, eran el cuadro perfecto para… Esos rizos caían por detrás de sus orejas y cubrían parte de su cuello, alargado, moreno… ahora tenso por las emociones que le provocaban, en su decir, esas acusaciones injustas. No hay modo de describir, las sensaciones que ella no relataba, pero mis ojos podían darse cuenta de su sufrimiento, además de ajeno, cercano. Se notaba su congoja por lo que ella sabía –sin decirlo, todavía- era una investigación infecunda desde la resolución que le daba cabida. El par de ojos de paloma cuculí, se había marchitado en los cuarenta y cinco minutos de preguntas y respuestas… la timidez que traslucían a su llegada, se había convertido en masa acuosa, repleta de desaliento y consternación. El vaso de agua, apenas había logrado alcanzarles algo de tranquilidad… Una intranquila paz que no llegaba a la largura de sus dedos, que afligidos se movían sobre el borde de la mesa, jugaban con un lapicero, que pretendía ponerle el punto final a la declaración de esa mañana… Su sonrisa no estaba… se había fugado para darle campo a la preocupación que le embargaba.

Ya con la calma apenas alcanzada y luego de hacerle saber en tono de ironía que toda la culpa recaían en ella por haber decidido trabajar en una institución malhadada en el sentimiento secular, rió con soltura. “Donde uno vaya, habrán problemas. El asunto es que me hacen llorar…” pensó un par de segundos, y remató, “pero, luego rio” y acompañó su dicho con una sonrisa ingenua, reluciente de belleza, resaltando su naricita canela… ese color propio, de las mujeres de esta tierra, pero que en ella, asumía una connotación especial…

Unos meses más tarde, por arbitrariedades que la vida tiene, nos volvimos a encontrar.

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