¿Has oído Las Cautivas? Es un
vals criollo de pausadísima musicalidad. Es una canción fúnebre en la que el
pueblo le canta a las insufribles pérdidas de la Guerra del Pacífico… Evoca el
viaje del crucero Lima por puertos chilenos, recogiendo los restos de
los combatientes peruanos para devolverlos a la patria. Un asunto que, aun
duele pero que esconde una historia jurídica que debe contarse en las aulas universitarias.
La canción hace referencia al lamento popular por el retorno al seno de la
patria de los restos de Elías Aguirre, Diego Ferré, Miguel Grau, entre otros.
El asunto empezó con la iniciativa de un político piurano, Pablo Seminario. Hizo una propuesta de ley,
en la que requería la construcción de un mausoleo nacional y la autorización
para gestionar diplomáticamente la entrega de los restos mortales de Miguel
Grau. Más tarde, apareció otra figura poco recordada: Carlos Elías, ministro
plenipotenciario del Perú en Santiago inicia conversaciones con el canciller
del país vecino y, luego de llegar a acuerdos se intercambiaron las notas
diplomáticas que exponían los acuerdos.
La guerra entre Perú y Chile
había terminado con la suscripción del Tratado de Ancón en octubre de 1883 y,
desde aquella vez ya habían arrancado seis calendarios y, justo en las vísperas
del décimo aniversario del Combate de Angamos la propuesta fue alcanzada con el
aplauso de un buen grupo de parlamentarios. De hecho, la propuesta era muy
piuranera: requería la devolución de los restos de Grau; empero, el presidente
Avelino Cáceres amplió la propuesta a todos los héroes de la guerra, con el
detalle de repatriar a quienes habían combatido en Angamos, Tarapacá, Alto de
la Alianza y Arica.
A propósito de ciudades… en el
vals Las Cautivas se llora la pérdida de Tacna, Arica y Tarapacá. El cantor muestra
su dolor y expone la esperanza del reencuentro. En esos días, en la última década
del siglo XIX, Tacna aún estaba bajo dominio chileno y por eso anuncia una
despedida: “Adiós Tacna, bella palma; adiós Arica laurel; mi Tarapacá querido,
pronto los volveré tener”. La patria canta su dolor y, sabe que, en parte, su esperanza
se desvanecía en las letras del Tratado de Ancón, que reconocía a Tarapacá como
territorio del país del sur. Definitivamente, el crucero Lima tenía una tarea
tristísima: recorrer territorios, que en otro tiempo fueron peruanos para devolver
los cuerpos de los nacionales que descansaban en un espacio donde no merecían
estar. Quizá esa sea la razón por la que la repatriación conmovió tanto al
país. Grau había dicho alguna vez: «Si el Huáscar no regresa, entonces yo
tampoco».
Y el derecho aun tiene más que decir. Carlos Elías
-ya mencionado- le hacía saber a su par del país sureño que Perú
solicitaba los restos de los combatientes nacionales. Se hacía mención de
Miguel Grau y de Ladislao Espinar y, a la vez peticionaba las facilidades
necesarias. La respuesta chilena llegó el 17 de junio de 1890 y reconocía la
misión especial del crucero Lima, ordenaba a las autoridades de Tacna y
Tarapacá colaborar con la misión y, exponía el compromiso de Chile de “allanar
todas las dificultades que hubieren de presentarse para el fiel cumplimiento de
ese patriótico encargo." Y, en la práctica, Chile hizo más: organizó
ceremonias oficiales para reconocer los honores militares a los caídos y dispuso acompañamiento naval al crucero peruano es su travesía de
regreso al territorio nacional.
El crucero Lima entró lentamente
al Callao. Venía acompañado por la Esmeralda, el antiguo adversario convertido,
por un instante, en escolta del duelo peruano. Las campanas doblaban. Los
balcones estaban cubiertos de crespones negros. Después de once años, la patria abrazaba a sus muertos. Quizá por eso el pueblo terminó cantando
aquello que ningún documento diplomático podía expresar: «Si en Lima por mí
preguntan, díganles que preso estoy; el que quiera rescatarme, en Santiago de
Chile estoy».
Era julio de 1890. Después de
once años, el Perú recibía a sus héroes. El derecho había logrado lo que la
guerra le había arrebatado a la patria: el regreso de sus muertos y, la memoria
colectiva aseguraba en un dolorido canto la juntura del derecho, la historia y la evocación popular.
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