domingo, 17 de mayo de 2026

Olvidos

Sus dolencias se apagaron con un par de tequilas. La noche se desdibujó en el bullicio de un bar, entre conversaciones ajenas y revelaciones que nadie quería saber.
 
Miró hacia el techo y se tomó un shot de tequila de un solo tirón. Mientras el calor alcohólico provocaba gestos de mal sabor, sus pensamientos dedicaron a la mujer que lo había dejado los más graves improperios que el amor de sus días pasados pudiera merecer: «por ti, perra».
 
El gesto de desagrado desapareció un par de minutos después. La música estaba a todo volumen y la camarera le dedicó una mueca de admiración mientras con la mano le ofrecía la segunda dosis. Respondió con un gesto de espera, girándose sobre su asiento para mirar al público que, entre las mesas del local, movía sus cuerpos intentando transmitir con fuerza la estridencia de las melodías.
 
Era el lugar perfecto para olvidar. Cualquier «te quiero» de cualquier canción se convertía en el resorte de los recuerdos, de los momentos mejores junto a «la perra esa» que había tenido el valor de dejarlo por sus excesos en las borracheras, por sus deshonestidades, por… por cualquier cosa que hubiera hecho mal. Su vicio de apostar la paga de la semana a los partidos de fútbol, por ejemplo. «Yo también tengo culpa», se dijo.
 
Se acercó a un mesero, pidió otra bebida y pagó con un billete de cincuenta soles.
 
Pero quería olvidar de verdad, y estaba seguro de que encontraría a alguien con quien hacerlo. Alguien que también quisiera dejar atrás sus propios errores… El extremo izquierdo de la barra, adornado con una escultura hecha con arcilla de Chulucanas, ocultaba a una mujer morena que ahogaba sus lágrimas en un vaso de cerveza. Ella lo miró, sin ser consciente de lo que reflejaban sus ojos, porque sus propios pensamientos la tenían atada a lo que quería desechar de su vida… «Esa cerveza seguro está llena de penas», le dijo mientras fingía una sonrisa agradable. Allí se encontraron dos rostros en los que dos penas, quizá semejantes, convirtieron esa noche en una oportunidad perfecta para el olvido.
 
—¿Ves a esa pareja que baila en medio de la pista? ¿Al muchacho con bermudas rosadas? ¿Te parece si cambiamos nuestros cuerpos por el movimiento? Vamos, bailemos. Que todo se vaya con un vaso de cerveza —le dijo, tomándole la mano.
 
Como respuesta, ella ya estaba bailando a su lado, mientras con un solo movimiento vaciaba el contenido de su vaso. «Que esta noche sea solo para mí…»pensó, levantó su índice hasta muy cerca de la boca de su nuevo acompañante y, en tono de advertencia, le susurró: «pero no quiero preguntas». Y bailaron y bebieron… Luego de un rato se ofrecieron sus respectivos nombres.
 
El local cerró a las tres de la madrugada, pero ellos continuaron juntos hasta que la luz del amanecer, entrometida, se abrió paso entre la ventana de la camioneta de la mujer.
 
Rodaron por las calles vacías, entre luces que se desvanecían como los recuerdos que querían dejar atrás. El motor zumbaba como una canción de fondo, y ni siquiera se dieron cuenta de cuándo dejaron de hablar; las palabras sobraban cuando lo que necesitaban era solo sentirse vivos de nuevo, lejos de las culpas, lejos de los adioses, lejos de todo lo que les había causado dolor.
 
La nave del olvido había alzado vuelo.

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Sus dolencias se apagaron con un par de tequilas. La noche se desdibujó en el bullicio de un bar, entre conversaciones ajenas y revelaciones...