martes, 12 de mayo de 2026

Investigación

 

La historia del derecho, esa que se teje en medio de los tribunales, está arrebujada de anécdotas, de historias incidentales, de memoriosas intervenciones de las partes procesales y, de disparatadas teatralidades en donde o el demandante o el demandado, el fiscal o el acusado se convierten en el centro de atención… Las redes sociales, en nuestros días, se han convertido en la pizarra donde se evidencia tales sucesos, el mural parroquial que anuncia los divorcios del interrogatorio y de la respuesta inesperada. Bastaría con buscar algún caso mediático y bajar a comentarios para llegar a la espumosa orilla en la que mueren las pretenciosas ilusiones de aquellos que se quemaron las pestañas leyendo entretenidas jurisprudencias, extensos libros académicos para entender la culpabilidad y/o distinguirla de cualquier otro elemento personal que se anota en el concepto de delito. Allí, en ese algarrobal de opiniones, de seguro encontraremos las más preclaras dudas “¿Cuánto le habrán pagado al fiscal para que haga mal su trabajo?” o los concluyentes epitafios: “Estamos en el Perú, cualquier cosa puede pasar”. Las expresiones de desengaño o las afirmaciones de descreimiento, sin embargo, no son más que imperiosas formas de desentendimiento, de lúdica inopia de proximidad a la realidad procesal, de estrechez mental para entender los vericuetos del expediente, de rusticidad en el estacionamiento en frente de la majestuosa justicia, de justicia pensada en la materialidad del “corta y pega” de una tarea propia de infantes. En ese mundo vivimos y, allí nos toca hacer justicia. A los fiscales, poner los muros de su construcción.

En los tribunales norteamericanos, nos hemos encontrado con anécdotas enjundiosas como la del guante del caso O.J Simpson; del que más de un crítico afirma que con esa representación, la acusación perdió el caso por exigirle al acusado metiera su mano en el mitón –recogido en la escena del crimen- sin saber si efectivamente, era de suficiente tamaño como para que la mano de acusado cupiera con facilidad; o aquella otra en la que el defensor F. Lee Bailey –mediático abogado de muchas estrellas de televisión- con el afán de convencer al jurado de que la cadena –una de fierro- con la que se había golpeado al agraviado no podía generar mayores daños, decide tomar prestado el instrumento del delito para golpearse a sí mismo en el muslo, sin calcular suficientemente que el último eslabón le daría en la merísima rótula, en la cara anterior de la rodilla, que hizo que un grito de dolor se quedara anudado en la garganta del letrado, que aunque mudo, no pudo evitar la palidez de su cara y menos la cojera con la que se devolvió a su asiento al término de su contrainterrogatorio.

En ese mundillo de historias de historieta, alegrémonos con los que hoy celebran su día; el día del fiscal y, para mejor satisfacción nos metemos –nuevamente- en los anales de la jurisprudencia gringa –solo para que sepan que allá también se tejen este tipo de historias- que no solo nos regala películas para ilustrar nuestras clases universitarias sino también aquellas otras que nos ponen a pensar sobre las risueñas formas en la que la justicia se hamaquea. Bueno… 1974.  En plena época dorada de los asesinos seriales, las pantallas radiales y los diales televisivos hacían notar el miedo de las gentes. Los nombres de Ted Bundy, John Wayne Gacy, Harvey Carignan, Jeffrey Dahmer, entre otros, no eran conocidos; al menos no, con la sensibilidad y sapiencia de nuestros días. Se les temía a sus actos, a que pudieran presentarse en cualquier momento frente a alguna mujer -vecina o familiar- para hacerlas objeto de sus insanias. Una bicicleta volcada en medio de un camino apartado podía ser indicio de una noticia desagradable, un vestido desgarrado en medio de un maizal en más de una vez, se convirtió en el prefacio de una noticia policial; un zapato en medio de bosque o una mancha de sangre sobre la tosquedad de un tronco seco fueron los catalizadores de las más desgarradoras escenas de dolor. Y la policía y los fiscales encargados de la investigación solo contaban con descripciones sombrías que poco acercaban a las identidades reales de estos desequilibrados.

Sin perjuicio de las limitaciones investigativas, Harvey Carignan era persona de no fiar. La policía sospechaba porque siempre tenía un diario bajo el brazo, porque ya había estado en la cárcel, en la famosa prisión del Alcatráz… Ya ese solo dato prefiguraba su perfil. Habrá que reconocer que sus ingresos fueron por robos, asaltos y algún homicidio. En los inicios de los 70 alcanzó libertad… A mediados del 74 ya había denuncias de sobrevivientes que avisaban de ataques que perfilaron su modo de actuación: se aprovechaba de anuncios de trabajos para contactar con sus probables víctimas, jóvenes mujeres que fluctuaban los veinte, el uso de un vehículo verde oscuro y en medio de la soledad, les quitaba la vida. Algunas de ellas reconocían al tal Harvey Carignan desde los álbumes de incriminados; pero tampoco es que parecieran muy convencidas. Al final fue aprehendido: en su vehículo se encontró revistas de pornografía, mapas cartográficos de distintos estados, en particular Minesota y Washington, ubicación de restaurantes de menú, gasolineras, marcaciones de kilometrajes en caminos alternos. Aparecían espacios boscosos o desolados marcados con círculos.

Los noticieros –en particular- los de sábado por la noche, aun recordaban a Kathy Miller desaparecida desde el 01 de mayo de 1973. Preguntado el tal Carignan por la pobre Kathy, negó conocerla; pero, las noticias iniciales habían señalado que salió de casa para ir a una entrevista de trabajo en un servicio de gasolina… Alguna de las sobrevivientes ya había dicho cosa parecida: respondían a anuncios de trabajo que aparecían en los diarios locales. El fiscal la tenía difícil. La madre de Kathy era muy insistente y, el fiscal no tenía más que el dato de la desaparición y una evidencia muy cortita de talla como para atribuir una muerte al susodicho. Digámoslo de otro modo: no se tenía el cuerpo de la desaparecida y, por tanto, la alternativa de que hubiera huido de casa era tan plausible como su muerte y, tampoco se había encontrado ninguna prenda de vestir de la víctima entre los enseres del detenido que pudieran indicar que tuvo contacto con ella.

El susodicho negó conocerla, pero las fuentes de conocimiento son variadas: Una mujer de nombre Rita Wright se presentó en casa del fiscal para decirle que ella podía darle noticia de la desventurada Kathy. Conversaron un rato e hizo saber de sus habilidades especiales. El fiscal no tenía nada que perder, salvo un poco de tiempo nocturno de dormir.  La mujer le pidió tranquilidad y sin más –extendió un extenso pañuelo sobre el piso de la sala- se sentó en el medio: encendió varios cigarros sobre pequeños cuencos de cerámica y decidió mirar por entre las volutas del humo, movía los brazos para ver entre las sinuosidades que le regalaban y, empezó a describir el detalle de la carretera, un camino de desvió, un cartel que decía “Swinomish Village”, un frondoso bosque… Hasta dijo algunas palabras en el idioma de los indígenas naturales, el lushootseed. Con esos datos, prontamente, en julio de ese año, encontraron el cuerpo abandonado de Kathy Miller. El fiscal nunca dio el dato en la investigación, nunca se supo de forma oficial que una médium había proporcionado información de calidad para lograr el descubrimiento de la desaparecida. En su lugar, las crónicas del día a día hacen saber que un par de adolescentes, mientras hacían caminata por el bosque dieron con el cuerpo en descomposición de la occisa.

La crónica negra, sin embargo –por debajo de las mesas judiciales- sabía desde los dichos de los vecinos, de las comadres del pueblo, de los chismocientos de las ventanas, que la justicia muchas veces se vale de fuentes de información, que el común de los mortales no está dispuesto aceptar…. En la vida real, aun cuando se sabe que Harvey Carignan nunca fue procesado por la muerte de Kathy Miller, hay “videncias” que le endilga la autoría del suceso. El Estado prefirió aquellos casos en los que las victimas le sobrevivieron y lo reconocieron como su victimario. La cárcel le quedó grande: le impusieron cadena perpetua y, otras penas adicionales por otras muertes… Al final, sumando las penas específicas, sus huesos no fueron suficientes para llegar a los 150 años en que se traducía la privativa de libertad.

Buen día a los fiscales.

No hay comentarios:

Investigación

  La historia del derecho, esa que se teje en medio de los tribunales, está arrebujada de anécdotas, de historias incidentales, de memoriosa...