Los días de mayo
de 1945 fueron, para el Tercer Reich, una agonía de escombros y humo. Tras el
suicidio de Hitler en el subsuelo de una capital sitiada, la jefatura de un
Estado ya inexistente recayó en el Gran Almirante Karl Dönitz. Sin embargo, la
suya fue una autoridad espectral, un "mando de papel" ejercido desde
la periferia, mientras el suelo alemán era devorado por el avance aliado.
Para el 8 de
mayo, la soberanía alemana era un concepto abstracto. Con el Ejército Rojo
dictando su ley en Berlín, los norteamericanos presionando desde el suroeste y
los británicos consolidando el noroeste, no quedaba administración, solo restos
de un ejército que se negaba a morir. Por ello, los Aliados no buscaron a
Dönitz en su refugio de Flensburgo; les urgía una firma con peso militar, la de
Wilhelm Keitel, Jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas (OKW). Necesitaban
que el hombre que movía los mapas ordenara a cada soldado, desde los fiordos
noruegos hasta las montañas italianas, soltar el fusil.
El trayecto de
Keitel hacia la capitulación fue su propio vía crucis. Voló desde Flensburgo
hacia Berlín en un avión británico, custodiado por el mismo aire que antes
dominaba la Luftwaffe y que ahora le pertenecía al enemigo. Al aterrizar, el
paisaje fue una bofetada de realidad: la Berlín que él ayudó a soñar como
capital del mundo era hoy un laberinto de cráteres, fachadas calcinadas y un
silencio sepulcral interrumpido solo por el paso de los tanques soviéticos.
Fue conducido a
la Escuela de Ingeniería Militar de la Wehrmacht en Karlshorst. Allí, en lo que
fuera un centro de formación de oficiales alemanes, los soviéticos habían
instalado su cuartel general. Tras un breve y gélido intercambio con los mandos
aliados, Keitel fue escoltado a una habitación para una espera que se hizo
eterna. El cuarto era de una simplicidad insultante para un Mariscal de Campo:
una cama, una mesa de madera, una silla y un lavabo. No había espacio para la
pompa, solo para el encierro. Bajo una vigilancia asfixiante que no permitía
visitas ni salidas, Keitel pulió su uniforme y su monóculo, aguardando el
llamado de la historia en medio de la noche.
Cerca de las 23:50
horas, el silencio del pasillo se rompió. Dos militares lo escoltaron hacia el
antiguo comedor. Keitel apareció como un fantasma del pasado: vestía su
uniforme de gala gris, impecable y rígido, con las condecoraciones brillando
bajo las luces de los reporteros. En su mano, el bastón de Mariscal de Campo,
símbolo de una casta militar que se resistía a la humillación.
Frente a él, la
mesa de los vencedores: Zhúkov por la URSS, Tedder por el Reino Unido, Spaatz
por EE. UU. y De Lattre por Francia. Keitel caminó con el bastón bajo el brazo
izquierdo, siguiendo el manual prusiano hasta el último paso. Al llegar,
levantó el bastón verticalmente frente a su rostro. Fue un saludo de autoridad
dirigido a hombres que ya no le reconocían ninguna; un acto de soberbia final
que fue respondido con un silencio de granito y un gesto seco que le indicaba
dónde sentarse.
A las 23:43,
Keitel estampó su firma. En ese instante, el Alto Mando Alemán se entregaba incondicionalmente.
El documento no hablaba de clemencia ni del destino de los prisioneros; era un
cheque en blanco para los vencedores. Con ese trazo de pluma se cerraba el
capítulo de la guerra y se abría el de la justicia: apenas meses después, el
mundo se volvería a reunir en Núremberg para juzgar, bajo una nueva ley
internacional, a los hombres que, como Keitel, creyeron que la obediencia era
un escudo contra la infamia.
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