martes, 29 de octubre de 2024

Duende

Un amigo pone en el wasap una música hecha, entre otras cosas, de silbidos y, pregunta si la recordamos... La verdad es que no me suena ni me truena... Ni en pelea de perros, dirían algunos. La pregunta, sin embargo, me lleva a los duendes de los montes.

Allí, arriba en los cerros de Cerro Pelau, allí teníamos pequeños espacios en los que guarecernos del sol. De ramas de algarrobo y de tallos de otras layas de vegetales, hacíamos sombras bajo las que descansar o, permanecer en el juego mientras hacíamos de vigías para que las cabras no sobrepasen los límites del pastoreo... De cuando en vez, pegamos unos gritos o silbidos... invitábamos a los perros a ladrar, para que alguna cabra andariega no saliera del cuadro en el que pretendíamos mantener el orden del pastoreo.

En esos parajes, buscábamos -algunas veces- en particular en tiempo de lluvias cactus enanos, de esos que le gusta crecer entre las rendijas de las piedras. Los buscábamos porque dan un pequeño fruto de color rosado al que nos dirigíamos con devoción. Su dulzor es muy agradable, aun no tanto su extracción: había que sacarlo con cuidado para evitar quedarse con pelusas dolorosas entre los dedos... Le llamábamos "abuelos". Sus espinas blancas nos remitían a las veteranas barbas del nuestro.
De alguna vez, oíamos, en la distancia, ligeros y finos silbidos que nos llegaban al oído y que parecían tener origen en la nada. Los oíamos y, solo atinábamos a decir "el duende anda por allí". Así nos lo decía el abuelo, así lo repetíamos nosotros. La soledad de esos parajes, sin embargo, invitaba a una narración que posibilite una explicación a esos sonidos... Alguna vez, habíamos intentado seguirlo y, el viejo, con la sabiduría de los años: "¡muchachos cojudos...! ¿el duende se va a quedar parado, seguro, para que lo puedan ver?" Y le agregaba alguna tarea para que nuestros pensamientos se recondujeran: "Allí en la alforja ando la capotera y el hilo, péguenle una zurcida a esa manta que, si no la arreglo yo, no hay quien". Y en esa terea se perdía el interés por el silbido... pero eso no lo paraba... Se seguía oyendo... En lo más alto del sol, al medio día, cuando parece que nada se mueve, cuando el calor causa estragos, parece que el duende también dejaba de silbar...
Así crecimos, creyendo que el duende siempre nos seguía. Que le gustaba nuestra presencia o que, a veces le disgustaba. Creíamos que -de chismoso- se ponía cerca de nosotros para oír de que hablábamos. Siempre supusimos que era un personaje solitario ¿Tendrá hijitos? Y nos llegaba la respuesta: "cojudo... es duende. Los espíritus no se reproducen, solo existen...." Advertimos, que había espacios en los que a los duendes les gustaba estar... En los espacios pedregosos, en especial en aquellas donde hubieran piedras grandes y filosas. Hasta llegamos a pensar que vivían de seguro en alguna grieta de la tierra puesto que, eran las veces en que lo oíamos silbar... El silbido era siempre el mismo... de notas largas y suaves... De ordinario de tristeza. "Silba para no sentirse solo".
De hecho, nosotros también lo hacíamos. La vuelta a casa era siempre, una silbadera de canciones tristes, de pasillos y yaravíes. El ganado, plan de cuatro de la tarde era alertado, para que se desadormeciera y se prepare para la vuelta. El rebaño era reunido... atendíamos a las cabras y chivos perezosos y aquellos andariegos para ponerlos en el camino de vuelta. El andar del jumento debía acompasarse con el propio de las cabras y, adormitábamos nuestra andanza en medio de esos silbidos... a veces intentado imitar juguetonamente los de aquel otro, que una vez más -de seguro- se quedaba solo, allá arriba en los cerros. De seguro, silbaría con más intensidad, extrañando nuestra ausencia, esperando que se repita nuestra visita.
Hasta que alguien dijo... "Yo creo que el duende se sienta sobre los cactus. Allí se sienta y canta... bueno... silba". Las risas se dejaron sentir luego de tan curiosa afirmación. ¿Los cactus silban? preguntó otro y, la mirada esperaba una respuesta del mayor. Y, sonrió y se limitó a decir "Si muchacho. Los duendes viven en los cactus y, sus espinas son la quena con la que hace música". Y para terminar remató: "Arrea pronto hasta la quebrada y no dejes que ganado se vaya más allá, hasta que todos estemos juntos... Apura, que el sol se esconde".
Así que... si! Si me acuerdo del duende silbador, ese que se escondía en las barbas del abuelo.

domingo, 18 de agosto de 2024

Palmadita

Si tienes la suerte de conducir algún automotor y te topas con una persona que intenta cruzar la calle, detente... Déjala pasar. No te cuesta nada. Regala un poco de amabilidad, en particular a los niños. Ellos son el futuro... A los ancianos, un poco de paciencia. Recuerda, cada día que pasa tu futuro se aproxima. No pierdas la sonrisa aunque lleves apuro.

He vuelto a la moto... Ya, de buen tiempo. Y esta es solo para contarles que hace un rato en la calle Lima, en la intersección con Huánuco, tres mayores -quizá con 20, a lo mejor, 22 calendarios de delantera- miraban con la paciencia propia de los viejos hacia la Sánchez Cerro, en la espera de tiempo para cruzar. Ya con esos años pretender esquivar autos y/o motos en movimiento sería como sonreírle a la pelona... La verdad, los advertí muy cerca, y frené casi de seco... Estaban al filo de la vereda. Con la mano les hice una señal de "pase".

Hicieron un pulgar y me lo mostraron mientras sus pasos se apuraban en cruzar el escaso asfalto de la vía. El tercero giró sus pasos para acercárseme y pensé que me diría algo, casi que temí que pudiera llamarme la atención por quién sabe que cosa... Se me ocurrió, en ese instante, por haber frenado bruscamente. Se acercó por la derecha, puso su mano en mi hombro y, con una sonrisa y una voz gutural, propia de los mayores, me dijo: "buen muchacho". Su mano, me regalaba dos palmaditas de yapa. Me sonreí para adentro y... en ese segundo, lo que demoró mi cerebro en procesar el sonido de su boca, me sentí un perro... literal... Solo faltó la galletita. Jajajaja

En el momento siguiente, me di cuenta que era el "like" más bonito, la forma sincera de agradecerme y sonreí de manera distinta. Y me volví a mí, para decirme: "Cuando veas a alguien cruzando la calle, dale el pase". Esa sola acción supone un guiño a tu propio apuro y la cortesía te ofrece una ventaja. Si aquel otro tuviera que recorrer la misma distancia que la que tú pretendes, con todo, tú llegarás primero: él va a pie, tú en motor encendido. Concédele la gracia de tu gentileza, a cambio, muchos pulgares te alegrarán el día. Alguna vez, una palmada en el hombro con el esfuerzo de avejentados pasos de un viejo que ha esperado tanto como para negarte a la pregunta: Cuando me toquen esos días, ¿Tendré la aptitud para cruzar la calle con mis propios medios? La esperanza se pierde al final de la calle...

Aceleré mi caballo de dos ruedas y los miré por el espejo... ¿A donde se irían esos "tíos"?. Me quedé con la duda.

lunes, 22 de julio de 2024

Apóstola

Hoy es el día de la apóstola, de la primera testigo de la resurreccion. Por mucho tiempo fue acusada de haberse dedicado a la prostitución; mas, pareciera, que se trató de una fórmula con la que se intentó minimizar su labor en la "iglesia" primitiva.

La palabra "apóstol" proviene del griego y se relaciona con el verbo enviar. Su significado por tanto es "enviado", "emisario", "mensajero". Es la traducción de la palabra hebrea "sheliaj", como parece haber usado en los días del Hijo de María.

El evangelio de Felipe, uno de esos que califican como "no canónicos" afirma que esta mujer era "compañera" de Jesús. Y el término da para varias hipótesis ¿Era su pareja? ¿Era una apóstola tan cercana como lo mismo se dice de Simón, el hijo de Jonás? Y en cualquiera de los casos ¿Porque esta información se ha ocultado tanto tiempo?

En el idioma español, "apóstol" es un sustantivo epiceno. Es decir que, se utiliza tal cual, cuanto para referirse a varones tanto para mujeres. Así, corresponde se le dé parecido tratamiento que a las palabras "víctima", "testigo" y "tiburón". Para el caso, el artículo "el" o "la" harían la diferencia.

Otro escrito apocrifo, el Segundo Apocalipsis de Santiago, hace referencia a que Jesús la besó. El texto no termina la idea porque, precisamente, lo que sigue ha desaparecido. Muchos infieren que el beso es "en la boca", desde el hecho de que el trocito de texto perdido es suficiente para que quepa esa palabra. Y pues ya... Los noveleros se permiten afirmar que tenía un lazo conyugal con el que le da el beso. Otros, deducen que ese texto es una forma metafórica de decir que Jesús le trasmitía conocimientos especiales.

Sin perjuicio de la epicenidad actual de la palabra "apóstol", su femenino "apóstola" está admitido como un arcaismo, aunque no por eso se tacha de incorrecto. Algún académico, versado en historia medieval, sostiene que en algún momento de la historia la palabra no terminaba en consonante sino que la versión era "apóstolo". Lo que justifica la existencia del femenino clásico de la terminación en "a".

Creo, respecto de modo como se relacionaba Jesús con María Magdalena, que no sabremos nunca la verdad. Lo que si sabemos es que en Francia es una santa de muy devota veneración, al punto que varios templos dicen guardar partes de su osario... Un pie, una mano... su cráneo. Sería interesante que esos huesitos se sometan a pruebas de ADN para verificar, al menos, si pertenecen a la misma persona.

Cuando decimos "apóstola", lo decimos bien y acentuamos la intención de resaltar la feminidad de algunos pasajes de la historia, o cuando menos, de un tema que se ha considerado tabú por muy buen tiempo.

Así las cosas, solo queda recordar que hoy 22 de julio es el día de su fiesta en el calendario de la Iglesia Romana.

sábado, 6 de julio de 2024

Dulce

"Tráeme un atadito" dijo el abuelo mientras con su mano derecha le alcanzaba unas monedas. El chiquillo recibió con agrado.
Un "atadito" era sinónimo de "chancaca" o "dulce". Era el reemplazo de cualquiera de la comidas en caso éstas fueran escasas o llegaran con retraso. Era, la más de las veces, el postre. Un trozo de chancaca con otro de queso en un platito de té, era el baile del corazón.
En aquellos días, se vendía envuelto en hoja seca de platano. El muchacho hallaba las formas de raspar el dulce, fruto de la caña de azúcar, por en medio de la envoltura para beneficio propio. Le alcanzó el recado al mayorcito y salió corriendo.
Una cosa era raspar con la uña, otra hacerle un quiñe. "Chacho de mier.." se oyó en la lejanía. Solo faltó el pedazo de queso.

viernes, 28 de junio de 2024

Despedida

Las ajadas pieles de la mujer acentuaban la oscuridad de su color. Su carácter huraño y la acidez de sus formas se habían diluido con los años. ¿Quién sabe cuantos llevaba a cuestas?! Hasta la memoria le era huidiza... Solo quedaban algunos chispazos que, "de cuando en vez", la ponían en la realidad, aun cuando ésta pudiera retrasarse en algunas cosas. "Hoy estamos sábado, ¿no?" dijo en forma de pregunta, pero en realidad quería afirmar que no se equivocaba. "No mamá. Estamos domingo. Domingo..." Ella completó: "¿Domingo 14?". Ahora su afán era congraciarse con su interlocutora.

La hija en cambio tenía otros apuros distintos del tiempo. En realidad, se relacionaban, más, con el futuro. "¿Ya tienes todo listo? Zapatos, medias, calzoncillos, camisa y pantalón.... No te olvides del pañuelo", le decía al adolescente, mientras en un maletín de triple fondo -de aquellos que mediante un sistema de cierres generan mayor espacio en profundidad- acomodaba las cosas del hijo: ropas, cosas de limpieza personal, correa... perfume, detergente, shampoo... todo iba allí. Algunas de esas cosas para estrenar. Y mientras acomodaba, le decía: "A donde vas, de seguro vas a tener un ropero o un casillero... por favor que tu ropa siempre esté acomodada... no importa que pueda estar sucia, pero acomodada donde corresponda". Mis recuerdos se van en el jabón liquido -que era la primera vez que lo conocía- y en algunos pares de medias de "seda china", que se había comprado en Huaquillas, Ecuador. 

La otra mujer, la de los años viejos, miraba por encima de un ventanal. Uno que hacía de conexión entre "la casa" y la casa de barro. Miraba... quizá no entendía... puede que a lo mejor entendiera solo un poco... No sé porqué, pero siempre la recuerdo con un cuchillo en la mano... Era uno al que siempre tenía que sacarle filo... renegaba por ese asunto, pero tampoco quería abandonarlo. Era como su juguete... Era un cuchillo cacha de madera aunque enfundado en un plástico logrado de un trozo de manguera de jardín. Se notaba las líneas azules y negras de que se había adornado, en otros tiempos, el plástico de que estaba hecho. La radio, en cambio, ajena a la escena, nos regalaba una melodía triste: "amor hecho de canto y de lamento, de ensueño, de dolor y grito mudo; amor que deja el corazón desnudo, para mostrar el por qué del sentimiento". O quizá, suponía lo que debajo de esas tareas se escondía.

"Recuerda que vas a estudiar. No te han pedido nada pero... es mejor que lleves lapiceros, un par de cuadernos, lápices... Hay un folder debajo de la caja de ropa... ponlo en tu maletín". El apremio era harto. "¿Tienes la carta de presentación?". Mientras la mujer acomodaba las cosas, no dejaba de pensar en lo que tenía que acomodarse en la mochila de mano del muchacho. "Ya má... ya... tranquilÍizate", solo se limitaba a decirle. En el bolso de mano se escondía los útiles escritorio, un acta de nacimiento, acomodada en una bolsa trasparente y ajustada con una costura de máquina de coser, un documento de presentación y, la constancia de término de los estudios secundarios. No había alcanzado ni los diecisiete como para pensar en libreta militar... En todo caso, en aquellos días, bien podía ser sujeto de leva. 

La mujer vieja apenas podía saber de que iba el asunto, hasta que un rayo de luz le iluminó los recuerdos inmediatos "¿Te vas a Lima?... Tan chiquito ¿y ya te vas?" y, a línea seguida, respondí: "No mamá Delmira. Me voy a Piura. Me voy a estudiar". Ella se encogió del hombros: "¿Y cuando dejarás de estudiar?" me refutó... Se volteó y alejó sus pasos. El cuchillo se quedó en el marco del ventanal. Sus pasos se alejaron sin decir nada... regresó después de unos minutos y volvió a acomodar su cuerpo sobre el mismo ventanal.

"Allá en Piura hay fotocopiadoras", dijo la otra mujer, la de menos años. "Saca una copia de tu partida y llévala siempre contigo". Y las recomendaciones iban hasta de como cruzar la calle, como tomar los cubiertos, tender la cama al levantarse... ¡las luces de los semáforos! jajaja fue una clase entera. Y la clase venia bien. Allí, en ese pueblito aledaño al mar, apenas la única pistas asfaltada era la Panamericana y, la peor forma de tráfico ocurría los fines de semana, frente a la comisaria cuando los buses interprovinciales se detenían para que los pasajeros nuevos aborden y, uno que otro, para que los choferes puedan tomar sus alimentos en alguno de los restaurantes. Los vehículos eran contados y las mototaxis, inexistentes. No había necesidad de instrumentos de control vehicular. ¡Los pasajes déjalos a la mano, por favor! ¡No quiero renegar en la madruga! Se escuchó. 

Luego de los acomodos, todo quedó listo. La emoción, el miedo, la intranquilidad regalaba una tensa calma. Todo estaba preparado. Solo faltaba esperar que llegase la madrugada. Un par de boletos desglosables, arrancados de un talonario y llenados a mano afirmaban que la salida del bus era a las "tres a.m". "¿Vas a comer?" preguntó la madre. Un "no", rotundo, se hizo sentir en el espacio.  La ansiedad de no quedarse dormido, de no olvida nada de importancia, de las pocas cinco horas para descansar había hecho del hambre una nada en el buche del chiquillo... Y apareció la mujer, la de años cansados,  la que se acomodaba de curiosa sobre la ventana: "no tienes hambre y yo tampoco, pero mañana seguro que si lo tendrás: extendió su brazo por el ventanal y, hasta se hizo de puntillas para acortar lo más posible la distancia y, en un pequeño mantelito blanco, me alcanzó un par de gofios... "Esos te aliviarán el hambre", pero ya será para mañana". Y a modo de reproche, remató: "Ojalá que cuando vuelvas, yo todavía esté". Se dio la vuelta y se fue.

La vida nos regaló varios silenciosos encuentros más...

martes, 25 de junio de 2024

Verano

Era 15 de enero. El año anterior había dejado las aulas de la secundaria. El Eppo se acoderó en un amplio estacionamiento que se encontraba en la avenida Loreto. Ésta no ha cambiado mucho. La estación de buses no tenía baños. Las casi cinco horas de viaje habían acumulado suficiente pichi como para necesitar un urinario... Pero no había uno. No allí. Al menos, en ese momento no.

Era lunes. Quizá las seis y media o siete de la mañana. Y las primeras ganas de ir al baño son de muy difícil disimulo. En diagonal al Eppo había un pequeño restaurante "Mi Juanita". Aún conserva el nombre y está allí, en el mismo lugar. Quiso aparcar allí sus fluidos, pero no. Estaba cerrado. En la otra diagonal había un edificio en construcción. El muro de calaminas dejaban notar que ya faltaba poco para terminar la construcción. Un vigilante miraba desde una esquina... "Señor, me orino", dijo con toda la vergüenza del mundo, a modo de pedir permiso o de disculpas por lo que no dejó de hacer... El alivio de su vejiga era también la del reproche del vigía, pero ¿que importaba ya...? Al edificio le faltaba poco, aunque que no parecía que quisieran terminarlo. Allí funciona, ahora, la SUNAT.

A su vuelta, la mujer esperaba en la puerta del "Mi Juanita". Tomaron desayuno: un jugo de papaya para cada quien con un sanguche de quien sabe qué... Quizá de huevo o de palta. Sus recuerdos no llegan a tanto. Recibió los últimos consejos que pudiera recibir: "Obedece... El que obedece no deja espacio para el reproche". Luego de un rato -que no fue tanto- tomaron un taxi ¿Conoce la Avenida Chirichigno? ¿La cuadra 4? Es probable que el taxista dijera que si. 

Después de unos minutos, se apeaban al frente de un edificio de dos pisos, largo, semejante a un gran colegio. Un par de palmeras de dátiles adornaban su pórtico, rematado en arco de medio punto. Un pórtico de doble hoja. La mujer tocó el timbre. Un hombre, quizá de 30 años abrió la puerta y sonriente dijo ¿Y tu quién eres? ¿De donde vienes? Pasamos a la sala y allí nos despedimos. Le dió abrazo, interminable... Es probable que la mujer se fuese llorando y él... ¿Él? Se esforzó para no hacerlo. El miedo era más... Aunque quizá era de miedo que quería llorar.

Han pasado casi 35 años. Era el verano de 1990.

jueves, 6 de junio de 2024

Frescura

- Y con esa nota no llegas ni a "en proceso". Estás en clave de "Logro en inicio". Una 'C' clavadita.
- O sea, soy un analfabeto del derecho. ¿He engañado a todo el mundo en los últimos quince años?
- Yaaaa no seas trágico. No eres ningún analfabeto. Eres... Eres... Eres un juvenil con experiencia pero te falta vivir un poco más. Solo eso.

Se dió media vuelta y se fue sonriendo. Imaginé su sonrisa y la copié. Me sacó de la depresión en tentativa de la tarde. Y regresó. Y con su mano me dio una palmada en el brazo, mientras decía: "tranquilo Boby, tranquilo. ¿Así dice Juan Luis Guerra, no?". Otra media vuelta y sus pasos se perdieron en las escaleras. En el último escalón se volvió sobre sus pies, se agachó y me volvió a mirar, me hizo un guiño y me ofreció su puño. Le contesté el saludo. Sus pasos, luego, los pude oír en la sala de estudio del piso superior.

La insonoridad de la habitación se prolongó por todo el resto de la tarde. En mi cabeza, una melodía se suma al silencio y apenas recuerdo algún verso:
"Abrí los ojos como luna llena /
y me agarré la cabeza (je) /
Porque es muy duro pasar / 
el Niágara en bicicleta".

Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...