viernes, 12 de abril de 2024

Adioses

Notiano Rengué llamó a sus antiguos colaboradores para despedirse de ellos. Le dio a cada quien una palmada y su boca solo expedía palabras de agradecimiento que se tropezaban con otras que hacían relación de la lealtad.
No hubo más. La pequeña sala de debajo de la escalera fue testigo de una fría y triste despedida. Ni siquiera una chichita para brindar por el futuro, que de seguro siempre es augurador. Una mujer, desde la puerta del frente, con una taza de café en la mano, miraba desesperanzada la escena. Afuera, el sol del mediodía hacía destrozos, como todos los días. Nada nuevo bajo el sol.

Los invitó a continuar con sus tareas y a que se hagan con prontitud, sin desatender el esmero. "La Iglesia les agradece y como muestra, para hoy, les regala unos minutos. La jornada de hoy termina a la una" dijo, mientras les daba la espalda alejándose. Se volvió sobre sus talones y acentuó: "Para todos. Hoy las oficinas deben quedar libres. Vayan a sus casas y sorprendan a los suyos". Les guiñó los ojos y se palmoteo una pierna en invitación de abandonar la sala. "La salita de debajo de la escalera" como le llamaban.

Notiano bajó las escaleras y se acercó a la mujer que fue testigo del hecho. "Doctora, me llevo los mejores recuerdos. El tiempo ha sido corto pero su trabajo me conforta. Si la fidelidad al evangelio que ud. profesa fuera semejante en todos -siquiera en la mitad de los que se acaban de ir- está Iglesia mostraría un solo rostro semejante con la Iglesia que predicaba Pedro: fidelisima a Cristo, a pesar de las negaciones". "Gracias", retrucó la mujer. Una lágrima de lástima quiso atenuar el sol del mediodía. El sol siguió inmutable, no dejó de ser ardoroso.

Uno de sus secretarios personales se le aproximó. "Excelencia, todos se han ido salvo..." Le hizo una disimulada señal con los ojos indicándole a la mujer. "No te preocupes. Encárgate de que nada quede afuera... ¿Ya llegó el camión de la mudanza? Asegúrate que todo sea embarcado. La caja roja acomódala en mi valija personal". Le dio la mano al secretario y también a la mujer. De su bolsillo sacó un rosario argento, se lo entregó "me fue regalado por su santidad Juan Pablo II. Ahora es suyo. Me encomiendo en sus oraciones. Y estaré atento a sus novedades y comunicaciones. La reserva siempre será necesaria... La Iglesia también necesita sigilo. Y yo he puesto mi confianza en ud para que siga siendo yo después de mí. Ud me entiende".

Le dio la espalda y se alejó caminando hacia las escaleras. "Yo me voy, pero mi confianza se posa en aquellos que se quedan y, como Pablo confiaba en Timoteo, yo también lo hago con Uds. Que la virgen María, madre de la reconciliación, les acompañe." Habló en plural pero sabía que su público era selecto, particular, único. Subió a la segunda planta, miró por las persianas hacia la calle y se dio cuenta que el sol era cizañoso. "Sol de mierda" dijo para sus adentros mientras que su mano izquierda golpeaba encolerizado la mesita que tenía por delante. En la calle, Leicica de la Tirápica le mostraba a la estatua del santo Papa su nuevo rosario con un mudo gracias y una sonrisa que desapareció tan luego se dio cuenta de la hosquedad de la estrella amarilla. Caminó buscando la poca sombra que los edificios podía dejar. Aún con ello, las luces del sol seguian resplandorosas.
No hay nada nuevo bajo el sol.

martes, 9 de abril de 2024

Osamentas

En el monasterio de Alcobaza, en algún lugar perdido de la vieja Europa, en piedra noble se ha plasmado la efigie de Inés de Castro, reina de un reino perdido, que recibió los juramentos de fidelidad cuando ya de ella, solo quedaba su osamenta.

Cuentan los cronistas medievales, que en sus tiernos años hizo buenas migas con Costanza Manuel de Villena, que luego sería esposa del infante Pedro de Portugal. El asunto es que este veía con ojo malicioso a la amiga y, dicen los chismosos que se hicieron amantes. Constanza murió en los primeros días de 1349. Bueno, la muerte de esta buena mujer es incierta en la fecha: hay quienes afirman que murió en el 45 semanas después del nacimiento de hijo Fernando y, hay quienes sostienen que existen documentos de su puño y letra que la hacen viva en 1347. Un tercer grupo, mayoritario, de historiadores ponen la fecha en enero de 1349 cuando se encontraba puerperal de su hija María. Dejo tres hijos, aunque está última murió siendo muy pequeña.

Las fechas son importantes porque exponen la naturaleza de la relación de Inés de Castro y el futuro rey Pedro. Cuanto más tardía es la fecha de la muerte más posibilidades conceden al hecho de que Dñ Inés y Dn Pedro hubieran tenido una relación furtiva, que queda expuesta por la fecha de nacimiento de los hijos, producto de estos encontronazos. El primer hijo de Inés se llamó Alfonso y nació en 1346, Beatriz nació al año siguiente, Juan vio la luz de este mundo en 1349 y Dionisio, el cuarto de los hijos, fue alumbrado en 1354. Sea donde pongamos la fecha de la muerte de Constanza, allí pondremos el calificativo de estás criaturitas del Señor.

El asunto es que la relación del infante Pedro y la buenamoza de Inés no era del agrado del padre del primero, del rey Alfonso IV. Y no se trataba de fidelidades matrimoniales o de ejemplarios de virtudes cristianas. La materia fundamental era el cumplimiento de los acuerdos interreinos entre Castilla, Aragón y Portugal. Un chismociento de la época cuenta que Dn Alfonso se ufanaba de la poliamoriencia de su buen hijo, desde la presunción de que se trataba tan solo de una aventura con resultados inesperados. El gallo Pedro no era de la misma idea... A la muerte de Constanza decidió presentar en sociedad a la madre de sus hijos del segundo cuartel.

Y con ello se levantó la polvareda. El buen Pedro se negó a casarse con ninguna muchachona de ninguna casa real de la península... O era con Inés o no era con ninguna. En un día, desconocido, del año 1354 en alguna abadia recóndita, ambos se juraron amor para toda la vida; más los intereses políticos paternos hicieron que tal amor durará poco. Don Alfonso IV, en graves triquiñuelas políticas, ordenó su muerte y está fue ejecutada por tres caballeros portugueses: Álvaro Gonzales, Pedro Coello y Diego López. No viene a cuento los detalles, pero sí, dejar escrito que el despechado marido juró venganza y se levantó en armas contra su padre y, a la muerte de éste, Pedro I de Portugal se hizo del trono real en 1357.

Más allá de las muy manaturalosas formas de vengar la muerte de su esposa con la muerte de sus verdugos, conviene decir que el flamante rey logró anunciar y hacer reconocer socialmente aquel matrimonio escondido celebrado tres años antes. El asunto fue bien recibido... Al fin de cuentas era la voluntad del rey. En 1360 se realizaron todas actuaciones necesarias para el traslado de los restos de Dn Inés, desde Coimbra hasta el real monsterio de Alcozaba. Se confeccionaron dos tumbas, hechas de mármol, expuestos un par de cuerpos representativos de los propios de la reina muerta y de el mismo para cuando fuera el tiempo de su muerte. La leyenda cuenta que, en esa vez, volvió a hacer un juramento de amor por más allá de la muerte y, para que la fidelidad de sus súbditos quedará asegurada, hizo vestir las osamentas putrefactas con las mejores telas, la sentó en un trono de magnífica hechura y pidió a sus convidados a besar el anillo de la reina póstuma en señal de fidelidad real. Una reina de osamenta.

viernes, 5 de abril de 2024

Cementerios

"¿Cuándo le encontraste el gusto a los cementerios?" Esa mañana hicimos caminata por un pista de tierra que nos condujo a una geografía empinada. Caminábamos en paralelo a la orilla del mar, y nos alejamos de ella, cuando menos en altura. En la parte alta, en el extremo norte de la vieja ciudad se ubicaba su cementerio. Su construcción perimetral no decía lo mismo de su contenido.... parecía de contemporánea hechura, aunque quizá, solo quizá, pudiera haber padecido una refacción de sus paredes.

El sol aun no dejaba sentir sus incandescencias y, esa caminata nos ayudó a acomodar el opíparo desayuno de esa mañana. El arrullo de las olas que nos hacían fácil la conversación aún lo podíamos escuchar en esta sepulcral visita. "Hemos ido a varios cementerios, Piura, Lima, Máncora... Trujillo... ahora éste ¿No sería mejor estar allá abajo mojándonos en las espumas del mar a que mirar sepulcros?" Me lo decía con una sonrisa de reproche.

Mis jadeos, ocasionados por el cansancio de la caminata, solo me permitieron replicar: "El mar, siempre será mar, pero esas tumbas de seguro guardan secretos que pueden evaporarse con el polvo en el que nos convertimos".  Arriba, ya en las proximidades, un Cristo, de fea hechura, desproporcionado, espera a los visitantes. Sus brazos son más largos de lo necesario y... "se ven pesados". Así terminaste la idea. Nos metimos por entre los cuarteles del cementerio y, nos encontramos con un hombre que llenaba un balde de agua: ¿Cuál es el sector más antiguo? Nos señaló con la mano hacia un espacio circundado de nichos... Al caminar dándole la espalda, escuchamos su voz, algo avejentada: "Son días de luna, tengan cuidado con la Dama Blanca". Le levantamos la mano en señal de agradecimiento.

El espacio nos regalaba un rectángulo con una sola entrada rodeado de nichos ordenados en filas y columnas. Se veían viejos... Parecía que nuestros ojos estaban frente a una foto con efecto sepia... En realidad no. Era la realidad de la muerte, de gente muy antigua de la que solo quedaban sus nichos, a los que además, el tiempo había decolorado... Avejentados como estaban, más de uno solo mostraba la tapa y, las letras habían desaparecido dejándonos una nada, un vacío de saber acerca de quien era su inquilino.

"¿Será un varón?" Nunca lo podremos saber. Revisada la ordenación de los sepulcros no había distinción de sexos y, parece que tampoco de tiempos. La fecha del que estaba "abajito" era menor a la que estaba en su lado derecho y, la de arriba tampoco parecía tener un orden cronológico respeto de las que le circundaban. Solo nos quedaba como remedio la especulación: "Quizá es una mujer, que tuvo varios hijos y, aquellos que le rodean sean sus familiares cercanos". No lo sabremos. Lo que puedo decirte de ese desorden es que es muy probable provenga de la compra anticipada de sepulturas o, de la capacidad económica de sus familiares: cuanto más alto se ubique el nicho, su precio es menor. Los nichos que están más cerca a la tierra cuestan más porque facilitan el cuidado y limpieza de los familiares".

Te sonreíste. "¿Y no debería ser al revés? Los nichos que están más arriba están más cerca del cielo, entonces deberían costar más. Los de la tierra, por terrenales, debería tener un costo menor". Nos dio gracia la idea... a ambos. Salimos del cementerio y, nos acercamos al Cristo de los brazos abiertos. En un lateral decía, a modo de firma: "Juan Ancajima Rumiche". Ambos caimos en la cuenta de que eran apellidos piuranos y sospechamos de nuestra paisanía. El internet confirmó nuestras sospechas: el escultor es oriundo de Morropón.

El regreso a la ciudad fue motivo para conversar de la altura como señal de cercanía a Dios, de la torre de Babel, de las catedrales góticas europeas y, de las opciones de proximidad con la divinidad cuando nuestros cuerpos eran sepultados en las criptas y altares, ábsides y naves de las iglesias... Pero ese... es otro cuento.

miércoles, 3 de abril de 2024

Conversiones

Los hijos de Abraham, fieles cumplidores de la Torá, que anduvieron por las geografías ibéricas en la segunda mitad del siglo XV, tuvieron en Torquemada a su Hitler medieval. Don Tomás de Torquemada era nieto de judíos conversos y… parece lo sabía. ¿De dónde nace su antijudaísmo? Cuentan los hispanistas medievales que, para los judíos, una forma de asegurar una posición respetable en medio de la sociedad castellana, mayoritariamente católica; o mejor, una forma de evitar la discriminación de la que eran objeto, era haciéndose estrictísimos cumplidores de la ley de Cristo. Y es que, los judíos –aunque no nos guste- no la llevaban fácil.

Entre los cristianos habían de aquellos que estaban dispuestos a vivir pacíficamente con los judíos, hasta hacían transacciones comerciales, pero también habían de aquellos que hacían mofa de su condición. Una forma de evitar el desprecio social, para muchos semitas, era convirtiéndose al cristianismo en apariencia, aunque mantenían las prácticas religiosas de los hijos de Jacob. Así resurgieron los nominativos “criptojudio”, "judioconverso", “judaizante” y “marrano”. Este último, era propiamente, un muy grave insulto, si se tienen en cuenta que los judíos no comen carne de cerdo. Si graficamos la posición de los judíos conversos de cara a las categorías de cielo / infierno; éstos no se encontraban en ninguna: estaban en el limbo. Ni eran judíos propiamente, ni los cristianos los aceptaban con agrado. Si queremos usar el lenguaje del universo de Harry Poter, los conversos eran unos “sangre sucia”, merecedores de los mayores desprecios. Y si se encontraban con grupos extremistas de una u otra religión, de seguro la pasarían mal. Una novela histórica sobre el particular es “Los muros del silencio” de Ruben Philipp Wickenhäuser.

Así, muchos judíos convertidos, con el afán de evitar epítetos, se hacían tan, pero tan cumplidores de las prácticas y deberes de la religión del galileo que, estaban en la disponibilidad de hacerle saber a los cristianos por tradición, sus defectos y sus desaciertos en el modo de atender su fe, de la que decían sentirse muy orgullosos. La familia judía de Torquemada se había convertido al catolicismo dos generaciones antes y, de hecho un tío del susodicho también fue religioso dominico, alcanzando renombre como teólogo y prior de la comunidad de Valladolid. Es posible que de por allí le viene la vocación a Don Tomás de Torquemada, el inquisidor.

Cuenta sus biógrafos que, cuando la hacía de prior en convento de Santa Cruz de Segovia conoció a la reina Isabel la Católica y, por sus cualidades de “prudencia, rectitud y santidad” fue elegido como su confesor. Ese fue su trampolín. Prontamente, y gracias a los informes relacionados con prácticas judaizantes de los conversos andaluces, sugirió a los reyes católicos una reforma a la institución de la Inquisición. Tomás de Torquemada fue nombrado Inquisidor General de Castilla en 1483 y su objetivo era asegurar la unidad de la fe, allí donde la unidad monárquica y la unidad territorial se había logrado con creces. Dicen los malhablaus, en referencia a su condición de “dominico”, que “dominicanus” es la composición de dominus y canis, de "señor" y "perro". Tenía que hacerle honor a su seudónimo: ser un perro del Señor en la captura de los infieles.

En esa tarea, el también llamado “martillo de los herejes” se bebió la sangre de diez mil judíos. Hacia finales del siglo, en 1492, cuando se decreta la expulsión de los judíos de los reinos de Castilla y Aragón, la consigna era “o bautismo o expulsión”. Don Marco Martos recoge una dolorosa anécdota. Cuenta que, a días de que la amenaza se plasmara en un decreto real, Dn. Isaac Abravanel y otros acaudalados judíos (algunos eran consejeros reales) ofrecieron a los catolicisimos reyes 300,000 ducados con el objeto de evitar la amenaza o, de cuando menos, retrasarla.  El rey Fernando era de la idea de aceptar la oferta, empero Tomás de Torquemada se apareció para una jaculatoria de condena. Con un crucifijo en mano, les dijo a las reales majestades: ¡He aquí el Crucificado a quien el malvado Judas vendió por treinta monedas de plata! ¡Si les conforma este hecho, véndanlo a mayor precio!  Parece que los judíos no tenían más dinero y, le dieron la oportunidad al Gran Inquisidor General de Castilla de convertirse en un verdadero perro de la fe, gracias a su prudencia, rectitud y santidad.

Un datito más: Hay quienes sostienen que no fueron diez mil judíos los que murieron por encargo del gran inquisidor. Afirman que solo fueron dos mil víctimas. Lo dejo allí... No, no, no. Perdonen, pero no se puede con el chisme: El hombre murió en 1498 y fue enterrado en el convento de Santo Tomás, Ávila. Después de casi una centuria de su muerte, su cuerpo fue cambiado de lugar y, los que estuvieron allí, sintieron -al desenterramiento- el suave olor de las flores. A estos días, no se sabe donde está su cuerpo... Creo... Ummmhhh, aclaro que es una creencia personal, que esa vez fue elevado a las alturas, tal cual le ocurrió a Enoc y Elías.

martes, 26 de marzo de 2024

Marrullerías

Era hija de Alfonso VIII de Castilla, y nació en el año del Señor de 1191. La historia la recuerda con el nombre de Leonor de Castilla, gentilicio heredado de su padre; aunque estoy seguro que ella, en sus días de gloria, además, firmaba con el agregado “reina consorte de Aragón”. A los treinta años, en 6 de febrero de 1221 contrajo matrimonio con el “papiriqui”, el rey aragonés Jaime I, más tarde apodado “El Conquistador”. Tan solemne acto se realizó en el municipio soriano de Ágreda. En estos tiempos, cada año, se hace recreación lúdica y turística de esa boda.

Jaime, en el 1221 contaba con tan solo 13 años de edad. Era el rey de Aragón –desde los días en los que apenas hablaba- pero ni siquiera se había enterado de su tamaña posición. Solo como dato de chismoso: ¿Recuerdan la historia de Segismundo? ¡Si, ese el del drama “La vida es sueño” de Calderón de la Barca! Pareciera que ese Segismundo se hubiera inspirado en Jaime y, la historia viene así: Jaime es hijo, como dijimos… bueno, ahora lo decimos, hijo de Pedro II, El Católico, y de María de Montpellier. Lo trágico es que, Pedro no quería nada con María. Dormían en habitaciones separadas y, cualquier asunto entre ellos, de la vida diaria -digámoslo- era resuelto por la servidumbre. Con los asuntos maritales tan dañados, era muy poco probable que los líquidos seminales del uno, con los de la otra, se unieran; empero la preocupación por la herencia regia motivó a que algunos nobles y eclesiásticos preocupados por el trono engañaran al buen Pedro, apodado  "el católico" y lo metieran a la cama con su propia esposa haciéndole creer que era un muchachona de la villa vecina, a la que este le tenía ganas. El asunto vino después: Al ver la panza crecida de la reina y, con la revelación del secreto del origen de su preñez, Pedro aumentó sus iras contra la reina consorte y las extendió al producto que crecía en su vientre. Tanto era el resquemor que el hombre conoció, por primera vez, al pequeño cuando éste tenía dos años y, lo hizo solo con el afán de negociar su futuro.

Leonor de Castilla, hija de Alfonso VIII, se vio precisada del matrimonio por asuntos de… digamos de intereses familiares y de… digamos… política internacional. Hemos de precisar a este tiempo qué, si el dato de su nacimiento es cierto, al momento de su matrimonio, ella contaba con 30 años. Nos parece un poco difícil que a esa edad una “princesa” de este lacrimoso valle anduviese “huérfana de marido”. Al menos no, para los días aquellos. Algunos biógrafos e historiadores medievales, prefieren no ponerle ningún año a su nacimiento y simplemente anuncian que al tiempo en que casó con Jaime I, ella tenía una edad homogénea a la de su reciente consorte. Otros escritores, afirman que ya tenía algunos años y era algo mayor que su adolescente esposo. Dejamos anotadas las controversias cronológicas. Vayamos al chisme: Los que anduvieron en las geografías españolas por aquellos días, afirman que todo fue idea de una tal Berenguela, hermana de la matrimoniada. Aquella, parece era mayor y ya estaba casada. Se afirma que envió a un par de emisarios para que hablen con el Papa Honorio III a efectos de que la haga de “corre, ve y dile” en las opciones de casar al par de ennoviados con el afán de asegurarle una herencia regia. En realidad, la tal Berenguela no solo estaba pensando en su hermana, para hacerla reina consorte de Aragón, sino también en su hijo Fernando III respecto de sus aspiraciones al trono de la corona de León y de su hija homónima a quien logró casar con el rey de Jerusalén. Al Papa también le convenían esos matrimonios de cara a las políticas religiosas propias de Roma, por ejemplo: evitar el avance de los infieles musulmanes, detener a los cátaros y mantener las alianzas militares para la recuperación de tierra santa.

Jaime era un niño huérfano de amores. Su padre lo aborrecía sin reparos. Más de un pariente lo quería muerto. De hecho, se cuenta que, en alguna vez y cuando aún estaba muy pequeño, atentaron contra su vida lanzando una piedra sobre su cuna. Por gracia divina, dice el mismo Jaime, la piedra no le dio en la tutuma. En realidad, había tíos y primos que también aspiraban al trono real y preferían que no hubiera nacido, pero, en el peor de los casos, estaban dispuestos a adelantarle el encuentro con el Señor... lanzando una piedra pesada que haga añicos la cuna, por ejemplo. Cuando tenía 03 años, su padre Pedro II lo entregó a su archirrival, a Simón IV de Montfort, con el afán de asegurar una alianza política de futura realización, una vez que el muchachito esté en edad casamentera. El futuro fue distinto y contrario al destino que se le ofrecía desde el seno paterno: en 1213, a la muerte de su padre en la batalla de Mouret, gracias a los buenos e interesados oficios del papa Inocencio III, el menor fue rescatado por los caballeros del Temple, quienes le ofrecieron protección, educación y formación militar hasta los diez años aproximadamente. No obstante, él ya era rey. Su padre le hereda el reino de Aragón y los condados de Barcelona y Urgel; mientras que la defunción de su progenitora le permite acceso al señorío de Montpellier. Él, con sus propios méritos, más tarde, se anexó otros territorios. De allí, el mote de "El conquistador".

Leonor, desde su lado, era una hija querida pero que se perdía en medio de sus nueve hermanos. De hecho, Berenguela ya estaba casada, Urraca casó con Alfonso II de Portugal y Blanca contrajo nupcias con Luis VIII de Francia. En el mejor de los casos, habrá que decir que la historia ha sido ingrata con ella; sin embargo, estos ojitos que un día perderán su brillo, han visto documentos donde aparece su sello personal junto al del mocito rey Jaime. Hemos de reconocer que, los años de ventaja de la mencionada le sirvieron al polluelo para aprender a conducirse en medio de los escondrijos, habladurías, diplomacias, sabotajes, espionajes propios de los poderes terrenales y monárquicos de la España medieval. El matrimonio de Jaime y de Leonor, por si acaso, duró poco y, de eso se encargaría el mismo rey y también el Papa, pero eso ya es otro cuento.

 

 https://journals.openedition.org/e-spania/21609

https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/7150487.pdf


viernes, 8 de marzo de 2024

Descanso

Los judios mesiánicos seguidores de Yeshua, el maestro de Galilea, aun no asumían la desgracia. El 15 de Nisan vieron, desde sus escondrijos, como su cuerpo era descendido de la cruz. Aún con la pesadumbre de su vergonzosa muerte, también les llegaba las noticias dadas por las mujeres del grupo:  la de no haberlo encontrado en la tumba. Eso dio cabida a la esperanza de su vuelta a la vida ¿no es que acaso, Pedro y los demás ya habían contado -más de una vez- el detalle que tuvo con Lázaro al rescatarlo de la muerte? ¿Por qué, entonces, no imaginar que el mismo hubiera sido devuelto a la vida? Así, los amaneceres del primer día de la semana, los “solis dies”, se convirtieron en la ocasión propicia para reunirse en las afueras de la vieja Jerusalén, en el camino de Betania, en el Monte Cedrón o en el Valle de los Olivos para alegrarse con las narraciones relacionadas con las vivencias del maestro expuestas por la boca de los discípulos directos, para reflexionar con la lectura de los profetas y, finalmente para partir el pan como una forma de conmemoración de aquellos días difíciles iniciados el 14 de Nisan.
La fracción del pan, como prontamente fue llamada está forma de celebración, fue adquiriendo solemnidad entre aquellos del “camino” y, en medio de las madrugadas que daban paso al primer día de la semana se acostumbraron a reunirse, incluso para discutir aquellos asuntos que les competían a todos: las dificultades para atender a las viudas, la enfermedad de algún hermano, la opción de nuevos integrantes, las disputas dentro de la comunidad y hasta los asuntos relacionados con la vida diaria: los problemas de las semillas para la agricultura, la carestía de los alimentos, la presencia de algún jerarca romano en la ciudad, los enfrentamientos frente a otros grupos religiosos, etc. La vida, desde la lectura de los profetas y desde la propuesta que los mayores ofrecían como oportunidad de actuación del maestro, también hicieron que a este primer día de la semana, también se le denomine –al interior de la comunidad- como “dies dominicus”, el día del Señor.

La costumbre, iniciada por Pedro en la fiesta de Shavuot –que ahora reconocemos como Pentecostés- fue asumida por la mayoría de misioneros y, de hecho, Pablo es quien la propaga en las nuevas comunidades que él mismo fundó en distintos espacios del mundo griego. Así, cuando se despide de sus discípulos en Troas –allí donde resultó herido Eutico, que cayó desde una ventana del tercer piso- lo hace en medio de la acción conmemorativa de la “fracción del pan”. Cuando le escribe a sus amigos de Corinto les dice, algo así como “¿no es que acaso la copa que bebemos y el pan que compartimos es la forma como participamos del cuerpo del mesías?”. 

Ignacio de Antiquia, hacia el 110, y Justino Martir, en el 150, reconocen que el primer día de la semana es donde se reúne la comunidad –ahora ya- “cristiana” para conmemorar el día del Señor. Justino, lo dice con claridad: “celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el dia primero en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo y, el día en que Jesucristo, nuestro señor, resucitó de entre los muertos”. La costumbre, definitivamente se había asentado.

Desde la otra orilla, habrá que reconocer que el calendario romano estatuía dedicación de cada día de la semana para sus distintas deidades: El día del Sol era el primero de la semana, le seguía: el día de la Luna, el día de Marte, el miércoles es el de Mercurio, luego viene el día de Júpiter, continúa el de Venus y termina la semana con el día de Saturno. Esta dedicación era silenciosamente nominativa; empero el 07 de marzo del 321, el emperador Constantino dictó una ley que, enuncia en el fragmento que se conserva: “En el venerable día del Sol, que los magistrados y las personas que residan en las ciudades descansen, y que todos los talleres cierren.
En el campo, sin embargo, que la gente que se ocupa de la agricultura pueda libre y legalmente continuar con sus tareas porque a menudo sucede que otro día no es adecuado para la siembra del grano o la plantación de viñas; no sea que por descuidar el momento propicio para tales operaciones la liberalidad del cielo se pierda”. 

La ley de Constantino se encuentra en una disputa política sostenida con su par Licinius y sus efectos –antes que religiosos- tienen importancia administrativa. La ley instituye un día festivo consagrado al Sol Invicto como divinidad religiosa, en el que la festividad tiene efectos en la vida cotidianas de las gentes: importa la satisfacción de los votos contraídos con los dioses; con el dios Sol, en particular, sin hacer mayores precisiones. Por sobre esto, es relevante la paralización de los actos jurídicos de los funcionarios públicos. Viene bien recordar que la equiparación, en el lenguaje jurídico, de la nominación “día del Sol” (dies solis) -propia de los romanos- con la nomenclatura “dia del Señor” (dies dominicus) -utilizada por los herederos del judío Yeshua hamashiaj- solo ocurrirá hacia el 386, cuando Teodosio I ordene que el "cristianismo niceno" sea la religión oficial de Estado y disponga renombrar el día del descanso con el nombre oficial de “dies dominicus”.

Sin importar los detalles, tendríamos que reconocer que hace, exactamente, 1700 años, por primera vez una autoridad civil reconoce la posibilidad de tener un día de descanso semanal, aunque también habrá de advertir que los judíos ya tenían esa institución como mandato de sacra obligación. El tiempo se encargó, por a través de los herederos de una secta judía –la de los judíos mesiánicos netzaritas- hoy llamados “cristianos”- se alcance la unificación de esas dos instituciones.

Asi, viene bien recordar el modo como es que podemos gozar -ahora inadvertidamente- de un día de descanso laboral.  
Buenos días.

domingo, 31 de diciembre de 2023

Bendiciones

¿De que color es el sexo de Dios? Era una clase teología dogmática y el profe se limitó a alzar los hombros para rematar con un chiste de género "¿Y que importa eso? En el orden del tiempo Adán fue primero que Eva", masculló. Nos reímos sin entender que la velada intención era hacer notar la posibilidad de que dios sea machito.

El profe de teología fundamental, a la misma pregunta, respondió diferente... En Mateo 22, dice Jesús: “En la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo”, entonces habrá que concluir que los angeles no tienen sexo. En realidad, la simplicidad de los seres espirituales, obliga a inferir la ausencia de apetencias sexuales; luego hecemos bien cuando afirmamos que "Dios no tiene sexo". Y continuó diciendo que el sexo corresponde a seres creados imperfectos y que como tal, el solo hecho de la pregunta ya expone una afectación al ser y a la esencia de dios. Una forma de decir "no pregunten cojudeces".

Pero, "esa forma de decir" tampoco fue entendida... Si el sexo es una condición de los seres creados de naturaleza material ¿Da igual ser de uno u otro sexo o del tercer sexo o de no tener ninguno? El profe si entendió la pregunta y selló cualquier otra disquisición con un texto de paporreta: "sepan que una virgen concebirá a un hijo a quien le podrán por nombre Emanuel". Así que, burlonamente, remató "Cristo, sumo sacerdote, quiso heredar su sacerdocio a los que comparten con él su masculinidad... Si tienes dudas, será mejor que se lo cuentes a tu director espiritual..." Sonrió y la conversación terminó con las socarronerias de los demás.

Al finalizar el año, el muchacho se despidió de sus amigos y no se le volvió a ver. El sacerdocio no fue para él. Nunca le impusieron las manos. Hace un par de días, nos volvimos a ver. Se encontraba en la secretaría de la parroquia catedralicia, acompañado de otra persona, muy cercana de él. Alegre, me la presentó y luego me dijo que era su pareja. Nos saludamos. Unos minutos más y conversábamos de otras a las que no vemos hacer unos mil años, me hizo indicación de los avances de la Iglesia en los últimos años. Finalmente, anotó: "al fin me impondran las manos... Aunque sea para darnos la bendición. Bendito sea el papá Francisco".

Le di la mano, recordamos un par de anécdotas más y me fui. El camino me fue arrebatado por una sola idea ¿Cual es el sexo de Dios? ¿Será que el sexo de los humanos es una circunstancia de discriminación oficiosa?

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...