viernes, 12 de abril de 2024
Adioses
martes, 9 de abril de 2024
Osamentas
viernes, 5 de abril de 2024
Cementerios
miércoles, 3 de abril de 2024
Conversiones
Los hijos de Abraham, fieles cumplidores de la Torá, que anduvieron por las geografías ibéricas en la segunda mitad del siglo XV, tuvieron en Torquemada a su Hitler medieval. Don Tomás de Torquemada era nieto de judíos conversos y… parece lo sabía. ¿De dónde nace su antijudaísmo? Cuentan los hispanistas medievales que, para los judíos, una forma de asegurar una posición respetable en medio de la sociedad castellana, mayoritariamente católica; o mejor, una forma de evitar la discriminación de la que eran objeto, era haciéndose estrictísimos cumplidores de la ley de Cristo. Y es que, los judíos –aunque no nos guste- no la llevaban fácil.
Entre los cristianos habían de aquellos que estaban dispuestos a vivir pacíficamente con los judíos, hasta hacían transacciones comerciales, pero también habían de aquellos que hacían mofa de su condición. Una forma de evitar el desprecio social, para muchos semitas, era convirtiéndose al cristianismo en apariencia, aunque mantenían las prácticas religiosas de los hijos de Jacob. Así resurgieron los nominativos “criptojudio”, "judioconverso", “judaizante” y “marrano”. Este último, era propiamente, un muy grave insulto, si se tienen en cuenta que los judíos no comen carne de cerdo. Si graficamos la posición de los judíos conversos de cara a las categorías de cielo / infierno; éstos no se encontraban en ninguna: estaban en el limbo. Ni eran judíos propiamente, ni los cristianos los aceptaban con agrado. Si queremos usar el lenguaje del universo de Harry Poter, los conversos eran unos “sangre sucia”, merecedores de los mayores desprecios. Y si se encontraban con grupos extremistas de una u otra religión, de seguro la pasarían mal. Una novela histórica sobre el particular es “Los muros del silencio” de Ruben Philipp Wickenhäuser.
Así, muchos judíos convertidos, con el afán de evitar epítetos, se hacían tan, pero tan cumplidores de las prácticas y deberes de la religión del galileo que, estaban en la disponibilidad de hacerle saber a los cristianos por tradición, sus defectos y sus desaciertos en el modo de atender su fe, de la que decían sentirse muy orgullosos. La familia judía de Torquemada se había convertido al catolicismo dos generaciones antes y, de hecho un tío del susodicho también fue religioso dominico, alcanzando renombre como teólogo y prior de la comunidad de Valladolid. Es posible que de por allí le viene la vocación a Don Tomás de Torquemada, el inquisidor.
Cuenta sus biógrafos que, cuando la hacía de prior en convento de Santa Cruz de Segovia conoció a la reina Isabel la Católica y, por sus cualidades de “prudencia, rectitud y santidad” fue elegido como su confesor. Ese fue su trampolín. Prontamente, y gracias a los informes relacionados con prácticas judaizantes de los conversos andaluces, sugirió a los reyes católicos una reforma a la institución de la Inquisición. Tomás de Torquemada fue nombrado Inquisidor General de Castilla en 1483 y su objetivo era asegurar la unidad de la fe, allí donde la unidad monárquica y la unidad territorial se había logrado con creces. Dicen los malhablaus, en referencia a su condición de “dominico”, que “dominicanus” es la composición de dominus y canis, de "señor" y "perro". Tenía que hacerle honor a su seudónimo: ser un perro del Señor en la captura de los infieles.
En esa tarea, el también llamado “martillo de los herejes” se bebió la sangre de diez mil judíos. Hacia finales del siglo, en 1492, cuando se decreta la expulsión de los judíos de los reinos de Castilla y Aragón, la consigna era “o bautismo o expulsión”. Don Marco Martos recoge una dolorosa anécdota. Cuenta que, a días de que la amenaza se plasmara en un decreto real, Dn. Isaac Abravanel y otros acaudalados judíos (algunos eran consejeros reales) ofrecieron a los catolicisimos reyes 300,000 ducados con el objeto de evitar la amenaza o, de cuando menos, retrasarla. El rey Fernando era de la idea de aceptar la oferta, empero Tomás de Torquemada se apareció para una jaculatoria de condena. Con un crucifijo en mano, les dijo a las reales majestades: ¡He aquí el Crucificado a quien el malvado Judas vendió por treinta monedas de plata! ¡Si les conforma este hecho, véndanlo a mayor precio! Parece que los judíos no tenían más dinero y, le dieron la oportunidad al Gran Inquisidor General de Castilla de convertirse en un verdadero perro de la fe, gracias a su prudencia, rectitud y santidad.
Un datito más: Hay quienes sostienen que no fueron diez mil judíos los que murieron por encargo del gran inquisidor. Afirman que solo fueron dos mil víctimas. Lo dejo allí... No, no, no. Perdonen, pero no se puede con el chisme: El hombre murió en 1498 y fue enterrado en el convento de Santo Tomás, Ávila. Después de casi una centuria de su muerte, su cuerpo fue cambiado de lugar y, los que estuvieron allí, sintieron -al desenterramiento- el suave olor de las flores. A estos días, no se sabe donde está su cuerpo... Creo... Ummmhhh, aclaro que es una creencia personal, que esa vez fue elevado a las alturas, tal cual le ocurrió a Enoc y Elías.
martes, 26 de marzo de 2024
Marrullerías
Era hija de Alfonso VIII de Castilla, y nació en el año del Señor de 1191. La historia la recuerda con el nombre de Leonor de Castilla, gentilicio heredado de su padre; aunque estoy seguro que ella, en sus días de gloria, además, firmaba con el agregado “reina consorte de Aragón”. A los treinta años, en 6 de febrero de 1221 contrajo matrimonio con el “papiriqui”, el rey aragonés Jaime I, más tarde apodado “El Conquistador”. Tan solemne acto se realizó en el municipio soriano de Ágreda. En estos tiempos, cada año, se hace recreación lúdica y turística de esa boda.
Jaime, en
el 1221 contaba con tan solo 13 años de edad. Era el rey de Aragón –desde los
días en los que apenas hablaba- pero ni siquiera se había enterado de su tamaña
posición. Solo como dato de chismoso: ¿Recuerdan la historia de Segismundo?
¡Si, ese el del drama “La vida es sueño” de Calderón de la Barca! Pareciera que
ese Segismundo se hubiera inspirado en Jaime y, la historia viene así: Jaime es hijo, como dijimos…
bueno, ahora lo decimos, hijo de Pedro II, El Católico, y de María de
Montpellier. Lo trágico es que, Pedro no quería nada con María. Dormían en
habitaciones separadas y, cualquier asunto entre ellos, de la vida diaria -digámoslo- era resuelto por la
servidumbre. Con los asuntos maritales tan dañados, era muy poco probable que
los líquidos seminales del uno, con los de la otra, se unieran; empero la preocupación
por la herencia regia motivó a que algunos nobles y eclesiásticos preocupados
por el trono engañaran al buen Pedro, apodado "el católico" y lo metieran a la cama con su propia esposa haciéndole
creer que era un muchachona de la villa vecina, a la que este le tenía ganas. El asunto vino después: Al ver la panza crecida de la
reina y, con la revelación del secreto del origen de su preñez, Pedro aumentó
sus iras contra la reina consorte y las extendió al producto que crecía en su
vientre. Tanto era el resquemor que el hombre conoció, por primera vez, al pequeño cuando éste
tenía dos años y, lo hizo solo con el afán de negociar su futuro.
Leonor de
Castilla, hija de Alfonso VIII, se vio precisada del matrimonio por asuntos de…
digamos de intereses familiares y de… digamos… política internacional. Hemos de precisar a
este tiempo qué, si el dato de su nacimiento es cierto, al momento de su
matrimonio, ella contaba con 30 años. Nos parece un poco difícil que a
esa edad una “princesa” de este lacrimoso valle anduviese “huérfana de marido”.
Al menos no, para los días aquellos. Algunos biógrafos e historiadores
medievales, prefieren no ponerle ningún año a su nacimiento y simplemente
anuncian que al tiempo en que casó con Jaime I, ella tenía una edad homogénea
a la de su reciente consorte. Otros escritores, afirman que ya tenía algunos
años y era algo mayor que su adolescente esposo. Dejamos anotadas las controversias cronológicas. Vayamos al chisme: Los que anduvieron en las
geografías españolas por aquellos días, afirman que todo fue idea de una tal
Berenguela, hermana de la matrimoniada. Aquella, parece era mayor y ya estaba
casada. Se afirma que envió a un par de emisarios para que hablen con el Papa
Honorio III a efectos de que la haga de “corre, ve y dile” en las opciones de
casar al par de ennoviados con el afán de asegurarle una herencia regia. En
realidad, la tal Berenguela no solo estaba pensando en su hermana, para hacerla
reina consorte de Aragón, sino también en su hijo Fernando III respecto de
sus aspiraciones al trono de la corona de León y de su hija homónima a quien
logró casar con el rey de Jerusalén. Al Papa también le convenían esos
matrimonios de cara a las políticas religiosas propias de Roma, por
ejemplo: evitar el avance de los infieles musulmanes, detener a los cátaros y
mantener las alianzas militares para la recuperación de tierra santa.
Jaime era
un niño huérfano de amores. Su padre lo aborrecía sin reparos. Más de un
pariente lo quería muerto. De hecho, se cuenta que, en alguna vez y cuando aún
estaba muy pequeño, atentaron contra su vida lanzando una piedra sobre su cuna.
Por gracia divina, dice el mismo Jaime, la piedra no le dio en la tutuma. En
realidad, había tíos y primos que también aspiraban al trono real y preferían
que no hubiera nacido, pero, en el peor de los casos, estaban dispuestos a adelantarle el
encuentro con el Señor... lanzando una piedra pesada que haga añicos la cuna, por ejemplo. Cuando tenía 03 años, su padre Pedro II lo entregó a su
archirrival, a Simón IV de Montfort, con el afán de asegurar una alianza política
de futura realización, una vez que el muchachito esté en edad casamentera. El
futuro fue distinto y contrario al destino que se le ofrecía desde el seno paterno: en 1213, a la muerte de su padre en la batalla de Mouret, gracias a los buenos e interesados oficios del papa Inocencio III,
el menor fue rescatado por los caballeros del Temple, quienes le ofrecieron
protección, educación y formación militar hasta los diez años aproximadamente.
No obstante, él ya era rey. Su padre le hereda el reino de Aragón y los
condados de Barcelona y Urgel; mientras que la defunción de su progenitora le
permite acceso al señorío de Montpellier. Él, con sus propios méritos, más tarde, se anexó otros territorios. De allí, el mote de "El conquistador".
Leonor,
desde su lado, era una hija querida pero que se perdía en medio de sus nueve
hermanos. De hecho, Berenguela ya estaba casada, Urraca casó con Alfonso II de
Portugal y Blanca contrajo nupcias con Luis VIII de Francia. En el mejor de los
casos, habrá que decir que la historia ha sido ingrata con ella; sin embargo, estos ojitos que un
día perderán su brillo, han visto documentos donde aparece su sello personal
junto al del mocito rey Jaime. Hemos de reconocer que, los años de ventaja de
la mencionada le sirvieron al polluelo para aprender a conducirse en medio de
los escondrijos, habladurías, diplomacias, sabotajes, espionajes propios de los poderes terrenales y monárquicos de
la España medieval. El matrimonio de Jaime y de Leonor, por si acaso, duró poco y, de eso se
encargaría el mismo rey y también el Papa, pero eso ya es otro cuento.
https://journals.openedition.org/e-spania/21609
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/7150487.pdf
viernes, 8 de marzo de 2024
Descanso
domingo, 31 de diciembre de 2023
Bendiciones
Visiones
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