viernes, 9 de junio de 2023

RESiliencia

El juez miraba con cierta indiferencia a los que aparecian frente de si. Su humor cambio al verla llegar, pero quiso disimular y su voz sonó imperturbable: "solo faltaba ud. Dra... Ejem.. empecemos" mientras su mano izquierda hacia tintilar la campana que introducía al tiempo procesal.

Todo iba bien, dentro de los cánones que el hieratismo impone, iba como por una cauce tallado en mármol... Hasta que en el espacio es misma voz dejó caer un desanimado "Dra. me gustaría que ud me muestre el cuerpo del delito". La solicitud se convirtió en zalameria tan pronto cruzó  la membrana timpánica de aquella: ella dejó salir una voz dulzona, embriagadora... "El cuerpo del delito está en frente suyo" mientras de su cartera sacaba un sobre manila donde se guardaba un cuchillo. Si. Esas palabras era de doble filo: mostraban el cuchillo, objeto del pedido, y a la vez, anunciaba la silueta de ella...perturbadora, inquietante. Así empezó aquella historia que ahora lleva nueve calendarios... 

Empezó así, con un mensaje de doble sentido y luego en medio de los expedientes se cruzaban mensajes cifrados. El folio cincuenta vuelta llevaba escritos los deseos de cada quien, los más profundos y también los más carnales. Una goma roja hacia el rápido trabajo de deshacerse del carbón para que la huella no deje letra que pueda leerse.

Las historias de las gentes están escritas con esas breves biografías sucias, inmundas, asquerosas del amor carnal, de ese que se escribe con fluidos, con temblores, con gemidos. Si miran atentamente a sus lados, verán que el profe está casado con la secretaria del colegio, la ingeniera que se encandiló con el practicante que llegó a hacer sus pininos,  hay muchos jueces  con fiscalas, y fiscales emparejados con juezas... Y juezas con secretarios y así sucesivamente...

Los tiempos se vistieron de tecnología hizo que los mensajes de carbón se trasladarán al ciber espacio y los textos telegramáticos le dieron cabida a aquellos otros que se acompañan de imágenes y de aquellas otras que también llevan "música para los oídos", de los que rompen las pupilas y hacen que la niña de los ojos pierda inocencia.

Que tiren piedras aquellos que no han enviado un mensaje embadurnado de deseos, quien no ha texteado por debajo de la mesa un poema sicaliptico, una prosa en la que la imaginación se desnuda sin reparo...
Quiero ver arder las praderas de los dueños del dogma, de los custodios de la moral, de los guardianes de los humanos comportamientos. Quiero que esas pasiones arrebujadas de razón sean los bomberos de esos corazones enamorados... ¡Tiren piedras! ¡tiren piedras...! Que no hay tejado que no sea de barro... De ese mismo del que hicieron a Adán.

viernes, 5 de mayo de 2023

Almuerzo

Ese inicio de tarde fue agotador. La jornada en los caseríos de Las Mónicas, Pueblo Libre, Malingas, Paccha había sido extenuante. La olla de la Hi-Lux iba repleta de diaconisos que, aunque cansados, contaban las anécdotas del día. 

Era parada obligatoria ese rústico restaurante en el camino entre Sullana y Tambogrande. Era motivo de alegría... ¿Quien rechazaría una jarra de clarito a las dos de la tarde o un arroz con su hígado encebollado o sus cachemas fritas con sus cebollas encurtidas en limón? El arroz con cabrito o el seco de pato eran competidores de temer.
El de la caja chica, hizo sonar un par de palmadas para advertir que solo pagaría el almuerzo de cada quien y una jarra de chicha por cada dos. Lo demás, ceviche o lo que fuera, a cuenta del pediche... O sea, de uno mismo. Luego de una breve y apantallada reclamación, cada quien hizo sus pedidos. El "ecónomo" llevaba el cardex.

Uno de los tragones, pidió su respectivo arroz con pato y le daba trámite con parsimonia... Un pedacito de presa puesta a un costadito del plato, la separación de una tajada de arroz revuelta en sus frejoles yyyyy... !Pa adentro! Y mientras contaba cosas graciosas, el procedimiento era el mismo. El asunto es que su ingeniería no era buena... Pronto se quedó sin frijoles. Se levantó de la mesa, recorrió el breve espacio que separaba el salón de comedor y con voz de perecido... "Ña  María... Uno poquito de menestra, pa que el arroz no se quede solito". La mujer le sonrió por el atrevimiento y con un movimiento especializado de cocinera experimentada, le dejo caer no solo un poco de frijoles, una presita, -chiquita, chiquita- también apareció en el plato... "Gracias" replicó el hambriento.. "Si no fuera que ud. ya tiene huere, yo me la llevaría" le anunciaba mientras regresa a su mesa.

La conversa siguió en las mesas... Hasta que un "en veinte salimos" le puso apuro a los comensales. El susodicho, seguía en su procedimiento de un pedacito de carne, un poquito de arroz y otro de menestra... En ese trajín se acabó el arroz y.. otra vez: "Ña Maria... (Con cara suplicante) una ñizquita de arroz... Pa mi siguien bajada le traigo un saco de allá de Partidor de donde mi compadre Terencio..." La mujer -ahora con cara de fingida desaprobacion- le regaló una cucharada de arroz y mientras el muchacho agradecía, le espetaba: "Ya carajo, coma parejo, coma parejo, que lo que ud paga no alcanza ni para el carbon".

El reñido se quedó sin ganas de volver por más. El encargado también le cayó encima: "apúrate oe, que por ti siempre nos retrasamos". Con cara de vergüenza, volvió a su tarea: un trozo de carne, una porcioncita de arroz y otra de menestra y, a darle trabajo a las mandíbulas. 
Buen día.

martes, 4 de abril de 2023

Castigo

"A los dos les voy a dar, a uno por desobediente y a la otra por no saber hacerse obedecer", decía la mujer mientras sacaba agua con que enjuagar la olla que tenía entre manos. Renegaba con su hija, renegaba con su nieto; por sus formas de relacionarse, en particular en aquellas situaciones donde parecía no haber entendimiento entre ambos.

Ese domingo, reunidos algunos de sus hijos e hijas, ella exponía en forma de queja las "malcriadeces" del nieto y parecía intentaba que las tías le dieran su "tatequieto" dada su desbordada intranquilidad.

Una de las hijas, aquella vez presentó en familia un nuevo aparato: ahora las radios no solo eran reproductores de señales de audio captadas en el aire, también podían reproducir sonidos grabados en una cajita magnetofónica. De ordinario, contenían música. La novedad era que ahora también también podía grabar. La tecla roja con la anotación "rec" era mágica. La radiograbadora era la estrella de ese día, porque su dueña hacía gala de poder grabar sonidos y minutos después poder reproducirlos. El cacareo de las gallinas, los parpeos de los patos y hasta los forzosos maullidos de "la minina" se repitieron a solicitud de algunos de los chiquillos presentes. Y como eso, quizá la voz de algun chiquillo que quiso declamar alguna rima infantil.

La mujer exponía sus lamentos sobre los comportamientos del nieto y, las hijas -las otras- en ausencia de autorización de la madre, le decían, mirando con reprobación al churre: "pero amá, cuando esté hecho el pespito, Ud. dele, nomás... ¿Allí no está el chicote de las cabras?" La anciana se envalentonaba y volvía a sus reproches y jaculatorias de siempre... "¿Acaso así las he criado yo a uds.?" Y volvía a su clásica reprimenda de origen "a los dos les voy a dar...".

La hija, la de la radiograbadora, captó justo ese momento y puso a todo volumen esa expresión: "A los dos les voy a dar, a uno por no saber obedecer y a la otra por no saber mandar..." La autora no esperaba escucharse a si misma y, menos desde un aparato electromagnético... Y remató con cara de susto: "bah, carajo... Ya no van a ser dos, van a ser tres a los que les voy a dar... Borra eso, muchacha bandida".

Las reprimendas dieron espacio a las risas.

jueves, 23 de marzo de 2023

Despedida

El hombre jaló la silla que reposaba junto al tabanco de lavar ropas. La mujer hacía lo suyo: restregaba en agua jabonosa las mugres de sus churres. El hombre pidió su atencion: "señora..." Descansó, jadeo, se sacó la gorra y con el dorso de la mano secó su propio sudor. "Carajo..." En sus adentros se preguntaba ¿Y cómo le digo? Golpeó la gorra contra su muslo y afirmó "señora: no deje que sus primas se peleen... Si me pasa algo, por favor, confío en que ud. sepa hacer lo que yo no pude".

La mujer le tomó atención a sus palabras y para menguar la tristeza de su expresion, dejó de fregar sus trastes y, le sugirió: "y yo que pensé que quería que le preste plata..." Cortó al ver que el asunto iba en serio, preguntó, ahora con cierta formalidad: "¿y que podría pasar?" El hombre sudaba... Parecía vergüenza, pero en realidad, era miedo... Miedo del de a de veras.

"Ya sabe ud... Las mujercitas no se llevan bien y, esas retrecheces se las dan en la comida a los muchachitos. Uno no tiene la vida comprada y lo que menos quiero es que luego de la muerte mis preocupaciones sean las mismas... A cada una les he dejado sus cosas en proporción a sus esfuerzos y al número de hijos y a las edades de estos y también... Bueno, teniendo en cuenta si son chivatillos o chivonas... Ud me entiende. No es lo mismo tener hijos chiquitos a que grandes, no es lo mismo una hija mujer en edad de estudio a que otra que ya tiene marido... Pues mis cosas están distribuidas de ese modo... De acuerdo a las necesidades de cada quien...

La mujer cortó el discurso fúnebre y para desnivelar la tensión "¿Y que piensas morirte? Ni creas. Tienes todavía cosas que pagar". El hombre no cambio su semblante. Siguió. "A mi edad o a cualquier edad uno puede morirse. Más yo que ando en mi camión 'parriba, pabajo, patodolau'... Me chocan, me desbarranco, me quedo dormido... Uno no tiene la vida comprada..." Con semejante exordio, continuó con aquello que entendía era importante. "Me dicen que debo dejarlo por escrito, pero apenas sé 'escrebir' y hasta lo que se escribe se malinterpreta... Así que no. Tampoco voy a ir al juez de paz... Pa que se enteren de mi vida, noooo. !Pa qué! Ellas saben sus respectivas posiciones..." Y mientras hablaba se tocaba el pecho, en señal de referencia a sus sentimientos. "Ya le he recomendado a mis muchachitos y a ellas que se cuiden... Que se consigan -si todavía pueden- un hombre de trabajo... Ahhhh eso no es lo importante... Si ellas trabajan aquello que les dejo, de seguro saldrán adelante sin tener necesidad de nada... Todos tienen secundaria y a los mayores les he dado hasta sus herramientas para que empiecen sus propios negocios... Un camioncito para el mayor, un terreno para su taller al otro, a la otra -la que se acompañó con el chicameño- le entregué un buen número de cabras para que se defienda...¿Treinta cabras -madres, algunas preñadas- está bien no? Y a tus primas, a cada una, les he construido su propia casa. No son del mismo tamaño ni de la misma forma... Pero tienen donde vivir, sin mendigar nada a nadies..." Se rió socarronamente y dijo... "Bueno hubiera sido que vivan en el mismo sitio... Jajajaja pero habría sido juntar a un gato con un perro".

La mujer también río y le recriminó la ocurrencia: "ya eso es sinverguenceria, aquiétese con lo que tiene". El hombre volvió a su quietud. "Me dicen que debo ir con un abogado y en uno de los viajes a Tumbes, consulté... El perecido quería cobrarme hasta por el saludo. Así que haga ud. que mi palabra valga". Del bolsillo de su pantalón sacó una libreta de apuntes, hizo correr las hojas con el pulgar y dijo... "Lo único que se escribir son nombres y números"y leyó: "Nico 200, Bautista Cruz 178, Emeterio Ludeña 535... En fin, aquí está anotado lo que debo o lo que me deben. No hay firmas ni nada. Es mi palabra escrita y no es porque dude, es porque me olvido... para que yo no me olvidé de nada. Si está escrito es por algo. Si está tachado, ya se ha cumplido y no vale... ¿Me entiende?" La mujer levantó los hombros en señal de duda.

"Quiero que a mi muerte ellas respeten mi voluntad; que mis hijos, si bien no se sentarán nunca en la misma mesa, al menos sepan que son hermanos y que ellos no tienen la culpa de mis pobrezas. Uno nunca sabe y a ud. solo le pido que no deje que ellas se peleen unas migajas que caen al suelo. ¿Puedo confiar en su palabra?" La mujer le extendió la mano y contestó: "me agarra desprevenida, pero pondré mi empeño por qué lo que ud desea venga bien, pero solo le ofrezco mi esfuerzo porque si ellas quieren pelear no habrá forma de evitarlo". El hombre se sintió escuchado y agradeció el compromiso, volvió la silla a su lugar y cruzando el breve vano que separaba las respectivas casas se metió en la suya.

El paisaje de aquella conversación se ha modificado. En aquellos días, equidistante a ambas casas había una planta de sabila, un huerto construido de quinchas de guayaquiles y algarrobos, la pesada silla de guayacán ya no está, la tarima lavarropas se fue pa otro sitio y las calaminas pasaron a mejor vida. Incluso el tamarindo -medida del límite de los terrenos- ha sido reemplazado por un cerco de ladrillos de cemento. Ahora mismo nosotros tenemos más edad que las edades de aquellos que se despedían dejándose formas testamentarias que la ley no reconoce.

Nota buena: Diez días después, dos mujeres y sus respectivas crías lloraban a un hombre al que llevaban en hombros y con los pies por delante.

martes, 7 de marzo de 2023

Lluvia

Llovía. El aguacero rompía el silencio de la noche, las calaminas eran tarolas desacompasadas, trastes viejos que por sus averías dejaban pasar las aguas del cielo. Las goteras golpeteaban por donde, parecía, encontraban mejor gusto, las cosas útiles: mesita, camas, alimentos.

¿Nosotros? Despreocupados mirábamos el espectáculo, mientras el abuelo acomodaba en las partes secas lo más valioso. Una escoba ayudaba a remover las calaminas para evitar mayores humedades. Allí aprendimos a dormir al aire libre, con el frescor de la lluvia. Esa brisa que te regala la lluvia era el regalo valioso frente al calor arrochador de cada verano, de todos los soles, de los mediodias abrasadores... No obstante, dormir con la brisa regalona de frescor disminuía su nota aprobatoria en un colchón mojado. Nuestros cuerpos eran garabatos que se dibujaban para evitar las partes empapadas. Alguno cogió las jergas y aperos para hacer un colchón mejorado. 

Y renegabamos, ahora, de la lluvia. Echabamos de menos los días previos, llenos de calor y de zancudos. Los preferíamos a una noche de lluvia... El abuelo solo se limitó a invitarnos a dormir: "Duerman, que mañana será un día duro; duerman, carajo, que la madrugada nos espera para sacar la leche... Aprovechen la fresca. Duerman".

¿Un día duro? ¿Mañana? ¡La noche era dura! Y lo sería más. El corral de cabras era una masita blanda y extensa de estiercol húmedo y pastoso. Buen número de cabras se ubicaban al borde de los cercos, embarradas hasta la panza misma con sus propia excretas. Eso era lo bueno... ¡Había que ordeñarlas! ¿Como haces para coger la pata de la cabra, cruzarla por detrás de tu rodilla y atraparla en tus propias corvas y no enlodarte marronamente? Sumémosle que, ya en cunclillas, sin facilidad de movimiento, es preciso coger la teta y apretarla para lograr su leche. Hacíamos maromas para evitar contaminar la leche, para esquivar que la leche -blanca como la nieve- aparezca achocolatada en los porongos o en ollas de las clientes.

¿Como se hizo? Una jarra para la leche y otra con agua. Esta para lavar las manos y la ubre y, la otra para la ordeñación. Hasta las cabras se incomodaban con el procedimiento. Algunas, las ariscas, motivaban mayor ajetreo: había que pelear con ellas y sujetarlas forzosamente. La tarea exigía la actuación de dos o, en el peor de los casos, amarrarla al cerco y conseguir su fruto. 

Esa noche de lluvia fue de alegría, de reniegos... También de aprendizajes. Las cosas duras de la vida tienen siempre una instrucción para las experiencias que vienen después.

Buen día, abuelo.

domingo, 19 de febrero de 2023

Argumento

"Esas no son formas de presentarse en la audiencia", recriminó el juez ponente. "Tenga el decoro..." El hombre miró su propio cuerpo, se creyó desnudo, pero no... pudo ver un polo, en el que se anunciaba el azul de su pechera. Unos botones blancos, la unían con el cuello blanco, el que intentó acomodar para mejorarse a sí mismo.

Volvió la mirada a la cámara y pidió disculpas por la impertinencia. El rostro del magistrado era un fleco de rabia. La solapa de su saco mostraba un pin que se escondía temeroso detrás de la cinta que suelen usar estos funcionarios públicos. La dama que alegoriza a la justicia y que remata la cinta rojiblanca intentaba levantarse el velo para verificar la malcriadez del profesional del derecho, para dejar constancia de su imprudencia.

"¿Puedo hablar?" preguntó ante el incomodo silencio. Y ante la continuidad de éste, suplicante dijo: "Pido disculpas otra vez y, pido permiso para apagar mi cámara, por si mi apariencia sea motivo de disgusto para los ojos de vuestras mercedes. Ruego a contrario, que sus oídos queden atentos a los argumentos, en particular a la exposición de deficiencias que pretendo ahora mostrar de la sentencia impugnada. Que a diferencia de mis fachas, sea música para sus tímpanos... ¿Qué digo? Sean el sorbo de la sabiduría con los que Ud. hagan justicia a mi patrocinado". Y siguió, intentando cubrir la incomodidad: "Ruego al ponente, tenga a bien alcance pronta templanza y cubra de olvido la pobreza de mis ropas, que al fin de cuentas, solo cubre, como diría el buen Ciro Alegría, "hueso y pellejo", que serán más pronto que tarde, un poco de polvo, bajo una losa fría". 

"Siga señor abogado", dijo una voz, atemperada, llena de calma, morigerada... "Al caer la tarde, la justicia está hecha de palabras; de argumentos, las decisiones."

sábado, 19 de noviembre de 2022

Indecisión

La mujer exigía la libertad para su niña, para el fruto de su vientre. El abogado que la representaba hacía relación de los derechos del niño; empero, ella argüía que la niña está secuestrada por su exmarido, que siempre había sido un "bueno para nada" y que eso ahora venía reforzado por el hecho de que "el padre de la criatura mostraba su mejor faceta: mandilón de su mamá. No me dejan ver a mi hija".

La mujer vestía un traje sastre, la lozanía de su rostro exponía una edad no mayor de las tres decadas. Sus argumentos se virtieron con tal naturalidad que esos insultos relacionados al "síndrome de mamitis", de dependencia a la ascendiente casi que no parecieron un insulto.

El hombre, a su tiempo, dejó ver su rostro a través de la cámara. Pidió disculpas por sus fachas: una barba descuidada, los cabellos alborotados por -al parecer- recién despertarse, fueron la introducción para anunciar lo mejor: "las cosas no son lo que parecen. Salgo de una guardia médica y si revisan los diarios ha habido un triple choque con múltiples heridos. Ha sido una noche pesada... Las cosas no son lo que parecen y aunque la serpiente le habló floridamente a Adán, eso no hizo que dejara de ser serpiente..." Descansó, hizo una pausa. "Mi niña hace unos meses la rescaté de su propia mamá. Ella no advertía de su pediculosis capitis y si lo sabía no le importaba. No comía o comía puros dulces... Ahora mismo, debo esperar que despierte para darle su plato de avena".

El hombre no tenía abogado, pero sabía algo de tecnología mostró fotos de la niña en dos facetas, la que denunciaba y aquella otra en la que se exponía la superación de tales estados. La madre replicó "¿Quién no ha tenido piojos en su vida?" Y el juez, gráficamente, se rascó la cabeza. Se acordó de la rapadura de sus días infantiles, mientras que la mujer continuaba: "... Ambos trabajamos. Yo vivía sola con mi niña y tengo que hacer mis horarios profesionales en una posta de un caserío de la carretera a Chulucanas, con diez horas fuera de casa y regresar para hacer las tareas del hogar, las del colegio con mi niña y otras cosas a las que las mujeres estamos condenadas por el puro machismo patriarcal en el que vivimos... Hizo un silencio para remarcar: "preguntenle quien preparó esa avena, como se llama la maestra de la niña, quien es su mejor amiga y cual es personaje favorito en el cuento de Shrek... Él no sabe, pero con seguridad, la abuela sí... Lamentablemente yo vivo sola y apenas me alcanza para el alquiler del depa, para pagar a Silvia, la muchacha que me ayuda aquí en casa, y las otras cosas que se necesitan para vivir... Eso no significa que sea una mala madre... Tengo derecho a mi niña y estoy dispuesta a renunciar al deber de que me pague la pensión de alimentos y a ofrecerle la oportunidad de que sea un buen papá sin obligaciones económicas... La pequeña es mi hija. Yo la he parido".

El juez le apagó el micrófono luego de explicarle que su tiempo había terminado. El hombre tomó la palabra para decir: "¿No le dije? El veneno puede ser dulce pero no deja de ser veneno". El contra argumento de la mujer se limitó a solo un gesto: le mostró la lengua mientras ponía sus manos extendidas a la altura de la sien para agitarlas mientras movía desorbitadamente los ojos.

Habrá que tomar una decisión. Los hechos ya fueron expuestos. El juez se rasca la cabeza... Cree que tiene piojos.

Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...