viernes, 30 de abril de 2021

Solidaridad

¿Quién no se ha bañado en las aguas de las playas mancoreñas? ¿Quién no ha mojado su guargüero con una chevechita bien helada mientras el sol hacía la tarea de tostarle la piel sobre las arenas blancas que le acompañan?

A estos días, el covid ha golpeado al mundo, y en especial a aquellos que viven del día a día, por ejemplo, a los que viven de sus ofertas y servicio de turismo, los que se ven obligados a pleitearle a la vida en cada amanecer para tener algo con que llenar las tripas de los suyos. Sin perjuicio, en esa necesidad de seguir viviendo, el contacto con los visitantes se hace indispensable, por eso es que la enfermedad parece haberse asentando en las calles mancoreñas. Muchos de sus pobladores, en particular, gente de la tercera edad, necesitan oxigeno y con sus escasos recursos no es suficiente. Los vecinos se ayudan  entre sí para comprarlo, pero es insuficiente. La diafanidad de la brisa marina es desatendida por los malogrados pulmones de sus pacientes y, como entenderán, se requiere de más.

Hace unas semanas, se ha formado –ante las limitaciones estatales- un colectivo ciudadano “Respira Máncora 2021” con el afán de comprar una planta de oxigeno para ese pueblito turístico. Ahora mismo se tiene en la alcancía más de cien mil soles de recaudación, y es mérito de sus mismos habitantes: campaña "oxigenatón Mancora", comisionados tocando puerta por puerta, exalumnos organizados por wasap, naturales desde otros lugares del mundo, tiendas y centros de comercio, etc. han ofrecido sus aportes, pero sigue siendo insuficiente. La recaudación no es poca y todavía se necesita más. Hay que reinventarse y, la solidaridad adquiere otras formas, y para ella todo esfuerzo suma.

Hace un rato, y a mi solicitud, me llegó un talonario de rifas, en las que se anuncia como premio mayor un automovil. Tengo un deber natural de contribuir con mis conterráneos; pero simultáneamente, convoco a quienes alguna vez han gozado del espectáculo de sus efímeros paisajes crepusculares para que en conjunto podamos contribuir a esta causa médico-social. Los mancoreños conseguirán su propósito con la ayuda de todos aquellos que en alguna oportunidad han sido su habitantes pasajeros, que descalzos gozaron de la humedad de sus playas y de la frescura de su brisa.

Convocados estamos, los que llevamos a Máncora en el pecho y, también los que guardan gratos recuerdos de sus ceviches, de sus aguas, de sus soles veraniegos. Hay rifas para todos y, por favor no se amontonen, que la distancia social y la mascarilla bien puesta también son necesarias para que la solidaridad sea efectiva.

 

Soy de Uds. Escríbanme. Hago delivery a todo el Perú.

Agua

Jesús le preguntó a Felipe: ¿Con que compraremos pan para darle de comer a ésta gente?

Ayer me llamó Rossana para invitarme a participar en un proyecto: envasar 5000 botellas de agua para entregar a los militares, policías, médicos, paramédicos, enfermeras, técnicos que ahora mismo son la primera línea de formación en contra del covid-19. Y mientras ella hablaba yo me preguntaba por la importancia del asunto cuando en redes también se anima a la solidaridad para comprar mascarillas especializadas para el personal médico, se busca tener acceso a víveres no perecibles para repartir entre las gentes que menos tienen, se anima a las gentes a ser solidarios con los ambulantes ocasionales a los que sus hijos les claman por pan y se ven en la angustia de salir a vender por las calles frutas y verduras a riesgo de contagiarse, se invita a prestar ayuda con insumos de limpieza para los hospitales.

Una botella de agua puede ser el aliciente para el ánimo de un soldado que ha padecido los maltratos de las gentes en la boca de alguno de los puentes locales, ha de convertirse en la visera que le alivia el calor de los inquebrantables rayos solares, es el reemplazo del líquido que su cuerpo ha perdido dentro de esa funda militar en la que se esconde, como en todos, el miedo al contagio.. Un poco de agua es el combustible para el médico que está a punto de apagar sus propios motores ante la arremetida de los moribundos, es el aire limpio y fresco que disimula el cansancio de las enfermeras que se guardan las lágrimas ante la impotencia… Una botella de agua es la diferencia entre el desierto del desánimo y el verdor lluvioso del alma que se niega a la renuncia.

El asunto no podía terminar aliviándome el alma con el simple traslado de algunos soles de una cuenta a otra. Esta mañana quise compartir el proyecto con mis colegas, con algunos amigos, con mis familiares cercanos. El proyecto fue creciendo... Esa agüita que todavía no tenía envase, empezaba a dar sus frutos. Rossana me contó esta tarde que estaba buscando la impresión de las etiquetas a mejor precio  y otra pregunta me asaltó: ¿Y porque no entregarlas sin etiquetas? Decía un viejo amigo: “Si vas hacer las cosas, hazlas bien, que merezcan la satisfacción de tu conciencia”. Imagina que vas a la tienda y te ofrecen un producto envasado pero sin etiqueta ¿Qué harías? La norma obliga a enunciar el producto de qué se trata, su composición, fecha de envasado y de caducidad, la cantidad, la existencia de insumos que pudieran ser dañinos para la salud, etc. Si la donación es para nuestros mejores soldados, que sea conforme a lo que manda la ley. Ellos se lo merecen.

Algo esta mañana, una de esas cosas que uno no sabe explicar, me impulsó a repetir el primer mensaje en la plataforma de guasap.  En el trascurso del día, se fueron sumando varias manos más para ayudarnos con el envasado. La recaudación nos permite llegar a las  siete mil botellas… Se ha superado la expectativa inicial, pero la sed de esa muchedumbre no es poca, los días de emergencia se han extendido y es certero decir que durante un tiempo mayor a la cuarentena tengamos a esos mismos soldados haciendo lo indecible para que los que estamos en casa, o los que tengan que salir a trabajar no se obliguen a rendirse ante la enfermedad.

Felipe y los suyos se encargaron de darle pan a esas muchedumbres, ¿Será que podemos ayudarle con diez mil botellas de agua? Varios, generosamente, nos ha regalado de su agua, pero aún faltan aguateros.

Súmate y quédate en casa. Comparte.

domingo, 18 de abril de 2021

Procrustes

¿Recuerdas la historia de Procrustes? En realidad, parece que no es muy conocida, sin embargo, aparece entre las historias de dioses antiguos y cosmogonías clásicas. En los viejos caminos de Ática, vivía este sujeto, de quien, afirman algunos, era un mortal como tú y yo, pero otros sostienen era hijo de Poseidón y, por tanto, un semidiós. Un tercer grupo defiende que se trataba de un gigante, una especie humana, caracterizada por su fuerza y fiereza. Vivía junto con su mujer, en el sur de Grecia y, se caracterizaba por su apariencia afable y afectuosa para con los viajantes. Esa afabilidad se perdía cuando el desconocido se convertía en su invitado y más, si estaba solo.

Afirman que luego de ofrecerle comida y bebida al viajero, al tiempo del descanso lo invitaba a tomar una tarima que, a la vez, se convertía en su cadalso. El cansancio, sea de tanto caminar o de alguna sustancia psicotrópica en las comidas, le hacía caer en un sueño pesado y profundo que impedía se dieran cuenta de lo que iban a sufrir y, en caso de hacerlo, tal conciencia era tardía por la imposibilidad de escapar del tormento. Afirman que, si el peregrino era más pequeño que la cama, entonces lo sujetaban de las extremidades para estirarlo mediante un ecúleo mecánico y, si por desgracia el convidado era más largo que la tarima, entonces o, se le cortaban las extremidades o la cabeza, según la fútil decisión del nefasto anfitrión. La tercera opción -la de que la medida del durmiente sea aparente con las dimensiones de la cama- era igual de luctuosa: la muerte, en este caso, sobrevenía a la asfixia producida con una pesada manta de lana.

Cuentan que el tal Procrustes se encontró con la horma de su zapato cuando por esos lares caminaba Teseo en su peregrinaje de vuelta a Atenas. Quienes conocieron las múltiples hazañas del citado héroe afirman que al llegar a casa de Polipemón (era otro nombre con el se le conocía al torturador) tenía la intención de deshacerse de él y, mediante engaños lo convenció de que se acostara en su propia cama y, ya echado en ella, fue sujetado a la tarima y expuesto a los mismos métodos que el hospedero utilizaba en contra de sus infortunados pasajeros.

Desde esta historia -legendaria, como podrán notar- a nuestros días, se identifica en las ciencias médicas el “Síndrome de Procusto”, en el que se diagnostica la intolerancia a la diferencia, el rechazo a aquellos con características diferentes a las propias y, a contrario, se propugna la pretensión de mantener una uniformidad constante en la que las divergencias son mal vistas y/o castigadas. Desde esa perspectiva, tal sintomatología no sólo es aplicable a los individuos sino también a los colectivos sociales, de tal forma que, cuando en la discusión se intenta que todos piensen del mismo modo que los líderes o, como las mayorías, con el afán de que todo se ajuste a lo que se dice o se piensa a modo de uniformidad, se anuncia que lo que se quiere es que todos se acuesten en el “lecho de Procusto”. La diversidad, por tanto, es una apariencia y, si se trata de ideas políticas, entonces, bastaría con acusar al heterodoxo como de aquello peor que puede parir la sociedad para excluir sus ideas del espectro de la discusión pública. Basta con que le digas “terruco” (o “corrupto”) al otro para deshacerte de sus ideas sin justificar la inconveniencia práctica de las mismas. Denostar al distinto es una vieja herramienta con la que cortamos la cabeza de aquellos que no se acomodan convenientemente en la cama del nefasto Procrustes. Nuestras naturales tendencias a la clasificación y a la simplificación no pueden dejar por fuera la posibilidad de la discrepancia. 

Tal parece que, el tal Procrustes, en estos días, anda vivito y coleando por nuestra geografía.

jueves, 4 de marzo de 2021

Muerte

Conversábamos aquella noche, con un par de copas en la mano, de la vida: de aquello que le da sentido, del vivir para ser felices o del vivir pensando en “el otro lado” de la muerte. Y el asunto era si la felicidad supone una cuota de gratificación adquirida o si basta solo con la ataráxica indiferencia frente a las incomodidades que nos regala este valle de lágrimas. Pero ¿cómo podríamos enunciar que lo sea si finalmente, somos el feliz resumen del cúmulo de progresos que la historia nos regala? ¿Acaso no es que trasladarnos de un lugar a otro, ahora, está exento del riesgo de que un felino diente de sable haga suyo nuestro güergüero? ¿o, quien podría dudar que es mejor un automotor a que un coche sin amortiguación y jalado por caballos? 

El péndulo de la historia nos ha llevado desde el extremo en el que la dueña de la casa podía donarle al marido el sexo de la esclava –sin preguntarle nada, evidentemente- con el afán de asegurarle prole, hacia el punto opuesto donde todos coincidimos en proclamar que la trata de personas con afanes sexuales, laborales y hasta carniceros –por la venta de órganos vitales- es una práctica abominable a porfía. Hemos salido del atolladero de los sacrificios humanos a favor de una deidad con propósitos propiciatorios a tener el mejor record de esperanza de vida: 72 años en promedio en el planeta. Nos hemos atrevido a calificar de crueldad, el hecho de que el padre le corte el cuello a un recién nacido para ofrecerle esa vida a un dios –que en la voz de sus interlocutores- le aseguraba que el siguiente vástago, de seguro, vería con sus ojos la luz por más años; sin atender que las enfermedades apenas permitían que de cada diez niños nacidos, dos alcancen los tres años. No tenía caso tener hijos si morirían sin haber aprendido a andar por sí mismos de modo suficiente; empero pero si había un dios que pudiera asegura la plenitud de la cosecha filial, no se perdía tanto si había que sacrificar a alguno para asegurar la vida de los otros que se esperaban. 

Y con el trascurso de las horas del mundo, aprendimos a aferrarnos aún más a la vida. Los enfrentamientos tribales, primero, y las guerras de conquista de entre pueblos, después, por adquirir territorios, por acceso a mejores recursos, por acercamiento a fuentes de agua saludables, por el afán del metal áureo, maderas notables, piedras preciosas, etc. dejó de ser la mayor causa de muerte de las gentes y, las gentes dejaron de convivir con ella y la miraron con miedo ¿podría decirse que en Roma –por ponerlo en la palestra- le temía a la muerte cuando los varones estaban dispuestos a morir defendiendo las fronteras con el afán de -si sobrevivían- tener acceso a las magistraturas estatales? En el pueblo mismo, la reverencia a la muerte no era poca: muchedumbres interesadas a pasar días enteros sentados sobre una tribuna viendo como los gladiadores se mataban unos con otros y gozando por las muertes crueles de los vencidos: la muerte era parte de la vida. Desde aquí hasta estos días, los tiempos cambiaron de color: la muerte digna era aquella en la que no había intervención humana, aquella en la que la naturaleza se impusiera por sí misma y, si le sumamos todos los tratamientos médicos y de estética que la ciencia y técnica nos regala, en cada acción intentamos a alejarnos de la muerte, dándole trato de “apestada”. ¿Para que un gimnasio vespertino o el botox facial? ¿No es que acaso somos los nuevos Sísifos que engrilletamos a la muerte para alejarla de nosotros? 

¿Cuánto cuesta un trasplante de corazón? Esta cosmovisión nuestra sufre de olvidos… hasta de engañosas hipocresías: “Que la muerte venga cuando dios quiera”. Queremos gozar de la resurrección y olvidamos que primero hay que morir… Y al “morir” es al que engañamos: las campañas de donación de órganos tiene como afán superar el tiempo que la naturaleza le ha regalado a las biologías personales de cada quien ¿Es que estamos más allá del tiempo? ¿Cuánto tiempo más estamos dispuestos a comprarle a la vida a cambio de olvidarnos de las aspiraciones trascendentales que nos ofrecen las religiones? Las acciones medievales de no conceder “cristiana” sepultura a aquellos que morían en manos de otro –asesinados, por ejemplo-, de muerte súbita –paro cardiaco- a los suicidas –cuestión que ha durado hasta hace poco menos de media centuria- resumidas en la expresión “los malditos deben ser abandonados en los vertederos o en los campos para las aves de rapiña” han sido trastocadas por las aspiraciones a una vida perdurable sin ver la cara de la muerte. Los nuevos Sísifos que engañan a la muerte con cirugías estéticas y tintes capilares, prontamente, le han dado paso a las Euridices modernas: la trasmutación de células cancerígenas, la eliminación de las células senescentes de los tejidos, el floreciente mercado de los  medicamentos senolíticos, los estudios epigenéticos relativos a la modificación de nuestro ADN con el afán de evitar enfermedades o de prolongar la vida misma, son la forma artificiosamente cultural con la que pretendemos asegurar que nuestro derecho a la vida está más allá de las decisiones personales. 

Al fin de cuentas, la propuesta de morir a propia voluntad, luego de evaluar las opciones primeras: procurarme una gratificación que asegure mi felicidad o soportar impertubablemente los dolores que la vida nos regala nos lleva a la posibilidad de preguntarnos ¿tengo derecho a morir por mi propia voluntad? ¿Estoy condenado a vivir una vida que ha sido amasada con los peores insumos de éste valle de lágrimas y que no parece vida comparándola con aquella otra que viven los demás? Aquí parece venir a cuento esa clasificación del Estagirita, que distingue entre el alma vegetativa, propia de las plantas, que apenas asegura el mantenimiento de la vida; el alma sensitiva que permite  la percepción sensible, el deseo y el movimiento ambulatorio; y finalmente, el alma racional, que asegura el conocimiento de la verdad.

Quizá sea tiempo de escuchar a Séneca cuando recomendaba: “Créeme Lucilio: es tan poco lo que hemos de temer a la muerte que, gracias a ella, nada debemos temer”. El par de copas de vino no alcanzaron para el consenso. 


viernes, 12 de febrero de 2021

Sueño

Su madre era una gran encubridora. Alcahueta como pocas, cómplice de sus fechorías y autora intelectual y furtiva de las más grandes. El muchacho lo sabía y le pesaba en el alma. No sólo había estafado a su hermano en más de una oportunidad, sino que le había arrebatado sus derechos a cambio de un plato de lentejas rojas. De hecho, el agraviado ya consideraba que el nombre del susodicho era sinónimo de fraude, de timo, de engaño. Éste, en el fondo de su pecho, era consciente de que la malquerencia fraterna tenía fundamento.

So pretexto de buscar una pareja y, robando –otra vez- una nueva bendición paterna, ahora, se alejaba de la tienda. En realidad, todo había sido urdido por Rebeca, la autora de sus días. Ella sabía que su vida corría peligro, que Essau, el hijo mayor, era un notable cazador y le sobraban razones para meterle una flecha por entre las cejas. Conocía de la maligna promesa de darle vuelta tan pronto muriera el padre y, con el consabido temor de que se adelantara la amenaza, era mejor que su hijo preferido huyera: estaría en mejores condiciones de guardar su vida bajo los trastes de su hermano Labán.

Desde aquella vez, en que ella decidió abandonar la casa de su padre Betuel, para unirse a la de Abraham no había dejado de tener contacto con su familia de origen. Al fin de cuentas todos eran descendientes de Taréh, de Jarrán, tierra de muchos dioses... Las caravanas de mercaderes llevaban y traían noticias por entre las distintas tribus que se conformaban en esas geografías y, por eso es que sabía lo bien que le había ido a Labán. Latía todavía en su corazón la bendición de éste cuando ella decidió sumarse a la tienda de Abraham acompañada del viejo Eliezer. En esa vez, Labán, el pastor de cabras, acomodando sus fraternos sentimientos, las impresiones que albergaba al saber que su hermana se iba a otra casa, pero, a la vez enorgullecido por la elección de tan significativo jefe, le ofrecía a Rebeca sus mejores bendiciones: “Oh hermana mía, que llegues a convertirte en millares de miríadas, y que tu descendencia sea más ante la puerta de sus enemigos”. Era hora, pues, de asegurar que su descendencia se mantenga en este mundo para garantizar la numerosa estirpe deseada. Jared, su criado, se había anticipado en el viaje y había conseguido el favor de Labán.

El muchacho, ahora, caminaba por el desolado camino. El sol hacía mella en su físico, el hambre y la sed hacían que en la distancia descubriera figuras que no eran más que ilusiones de su descompasado cuerpo. Se había prometido no tocar el poco pan que llevaba en la bolsa hasta encontrar un abrevadero natural o, quizá a algún caminante que le regale un poco de agua de su bolsa. Su esperanza era la naturaleza. Temía que cualquiera que pudiera cruzársele sea un salteador y le quite lo poco que le quedaba: el pan o la vida. Se acurrucó al filo de un peñasco, e hizo con algunas ramas secas un remedo de barrera para el frío de la noche… quizá la obscuridad le habría de permitir distinguir en la distancia alguna fogata, a la que acercarse en solicitud de auxilio. Con pocas esperanzas de encontrarse con otras gentes, se encomendó a todos dioses conocidos y en particular al de su padre, con el propósito de que éstos le aseguren una noche libre de salteadores de caminos y de animales salvajes… “Si tan solo tuviera la habilidad de mi hermano para cazar en medio del bosque...” Y, luego de un rato, se reprochaba a sí mismo: “no solo le he quitado lo que por derecho le corresponde, sino que ahora también envidio sus habilidades naturales… No merezco la vida que tengo”. Con el afán de calmarse y descansar, se acomodó sobre una piedra, y poniendo la vista en el obscuro firmamento se puso a contar las estrellas del cielo para, en el cansancio de la tarea, encontrar el sueño que repare su agotamiento.

Y, entre que el sueño le permitía reposo al cuerpo, su alma se mantenía intranquila. Sueños extraños le habían atormentado durante buena parte de la noche: veía en ellos la ausencia de su gran protectora, de aquella que hasta ahora se había inventado cada artimaña para que todo le vaya bien en la vida: se perdía en la distancia y, hasta parecía que con el trascurso del tiempo su voz se hacía débil, aparecía Esau –acompañado de sus propias gentes, en su mayoría heteos- buscándole con caras de pocos amigos y, en medio de esas oníricas imágenes, un rampa prolongada que se perdía entre las nubes y; en ella, divinidades de distintas naturalezas, y que iban y venían preocupados por la fertilidad de las tierras, la protección de sus pueblos, el crecimiento de los ganados, la distribución de las aguas… Allí, en medio de la confusión parecía que estas deidades le ofrecían protección. Temeroso de esas apariciones, apenas podía darse cuenta de que había metido su mano en lo más profundo de su morral y se sujetaba fuertemente a un par de pequeños ídolos –teraphim- que había robado de la pequeña arca que acompañaba a su progenitor en pieza principal de sus aposentos. Un dios con cabeza de toro y una representación de mujer de generosas carnes y que sujetaba con ambas manos sus pechos le acompañaban como simbólica forma de sujeción a los dioses protectores de su padre.

Las estrellas aún brillaban en el firmamento y, terriblemente angustiado advirtió que nuevos tiempos muy prontamente le habían alcanzado: su madre ya no estaba, las fronteras de los ganados de Isaac habían quedado atrás y necesitaba un pronto refugio en el que merecer protección. Advirtió que el sitio donde había reposado su cabeza era un espacio sagrado, propicio para el contacto con “el padre de todos los dioses”. Era un lugar místico. La piedra negra sobre la que se había acomodado esa noche era la señal de la fuerza telúrica que marcaba el encuentro con el dios Él, a quién en señal de reconocimiento, le confiaba sus esperanzas, a condición de que le garantice comida, vestido y salud hasta el tiempo que sea de volver a la casa de su padre Isaac.

Un pacto de conveniencia, del que dejó constancia al erigir con aquella piedra negra, un altar sobre el que derramó aceite, para señal de los que vinieran después de él. Lo entronizó con un nuevo nombre: Bethel, “casa de Él”.

Igual. Seguía siendo un fugitivo, anhelante de mejores protecciones. 

viernes, 29 de enero de 2021

Semejanzas

"Eso no ha sido así, mujer" enunció la interpelada. "Yo estuve allí, y por eso es que te cuento lo que te estoy diciendo". La receptora, sin embargo, mantenía su cara de incredulidad. Era tan expresiva que invitó a un juramento, acompañado de un beso al pulgar y a una mirada piadosa hacia las nubes: "te lo juro". Ese afán de convencer, ese gesto inútil sobre el dedo gordo de la mano derecha y la visión de la boveda celeste no hizo más que aumentar la incredulidad, la suspicacia, el recelo; mientras que a un tercero que hacia de oyente, le generó una sonrisa de sarcasmo que se completó con una expresión de ironía ¿por la Sarita o por el Cautivo? Y sólo recibió una expresión de reparo: "Con mi Cautivo no te metas. Déjamelo allí, que su sacralidad no merece la atención de estas vanalidades". El asunto fue suficiente para cambiar de tema. En realidad no. Al menos, del hecho se pudo saber que entre los presentes cualquier juramento podría valer -o a lo mejor no- sin tocar al Señor Cautivo de Ayabaca. ¿Y si la promesa de verdad ponía como testigo al Señor de Muruhuay o al Cristo del Pacifico?

Entre las líneas del más grande bestseller de la historia se cuenta la teogonía de los dioses semitas y aunque, finalmente solo triunfa uno como "unico y verdadero", celoso de las idolatrías y terrible con los enemigos de su heredad, no puede negarse que disputó su soberania con otros a quienes, en la repartición original, le fueron asignados distintos territorios. No es inútil que en ese libro pueda leerse que cuando Eloim distribuyó a los hombres en naciones y estableció las fronteras de éstas, a su vez fueron asignadas a sus distintos hijos: al nuestro le correspondió el territorio y la heredad de los hijos de Jacob. Su soberanía se reducía a ese breve espacio geográfico, aquel de donde brotaría leche y miel. El dios Dagan era principal de los filisteos, mientras los amorreos se anunciaban como hijos de Baal.

Un amigo, en otra circunstancia, contaba -afectado por la ingesta de algunos buenos bebes de chicha cataquense- que su Dogde 300 lleva por nombre "A mi Señor de Luren" porque a sus milagros le debe la vida. Dice haberlo visto en una pestañeada, cuando por el cansancio casi se desbarranca en un paraje de la sierra huacabambina por donde se desempeña llevando y trayendo productos agrícolas. "A mi no hablen de rosarios, misas, rezos... no, no, no. 
Yo me encomiendo al amanecer a mi Señor de Luren y tengo hecho el dia". Y continuó: "Además, le cumplo mi promesa: cada año lo visito en su santuario en el mes de octubre... Lo hago, porque tengo que hacerlo: así tenga que cruzar el país entero. De lo demás ni me hablen... no soy un hombre de religión". Y mientras sacaba una medallita -en la que, probablemente, llevaba su representacion- decia: "Aquí lo llevo. Este es El Bravo".

Un hombre de dios, de esos que tienen discado directo con el hacedor de todo, escribía -hace ya buen tiempo- que dios estaba arriba en la bóveda celeste dirigiendo la asamblea de sus iguales, aquella en la que él era un "primus inter pares".Y les reclamaba: ¡hasta cuando debo soportar el modo como dirigen el mundo, ofreciendo sus favores a los injustos! y les conminaba a exponer su gracia frente a los desvalidos, ante el pobre, en favor de la viuda. Casi en la exasperación les reclamaba: "Uds. son dioses, recuerdenlo. Uds. son hijos del gran Eloim". Tal parece que, en algun momento de la historia sacra, la posibilidad de otros dioses a los que solicitales sus favores, era una opción. Allí están los sacerdotes de Baal, las hieródulas del Asherá, el altar al dios Moloc -dios de los amonitas- que Salomón mandó a construir, la efigie de la gran serpiente, de la que solo se conoce su nombre despectivo: Nehustán, de la que Ezequías ordenó fuera lanzada a la basura.

La sequía muestra su rostro en nuestra serranía y, las mujeres del pueblo organizan una serie de rituales en el campo en favor de la madre tierra y exponen sus oracionales frente al Señor Cautivo de Ayabaca para pedirle que sus ojos misericordiosos les regalen unas lágrimas que aseguren el agua para los cultivos. Con ánimo de complicidad, los labriegos queman los pastizales secos de las laderas de los cerros ofreciendo el humo de la quema al dios que quiera oírlos y al Apu de la montaña para que -convirtiendo el humo en nube- les regale lluvias inseminadoras de la tierra. Los campesinos que pastorean las tierras aledañas al río Chira, probablemente, elevarán sus preces al Señor de Chocán, pidiendo mejores tiempos, climas benignos para sus frutales. Desde otros lares, un purpurado señala fecha y hora para que los fieles del mundo se congreguen a pedir a dios nos tenga piedad y, del mismo modo como en otro tiempo liberó a su pueblo de las garras del faraón, ahora nos libere del covid 19.

Nuestras fórmulas no han cambiado. Frente a dios, nos comportamos del mismo modo y, si se trata de pedir, ¿no sería mejor elevar nuestras rogativas a la serpiente de bronce, aquella que por recomendación de Moises restituía la salud a aquellos que eran afectados por la picadura de las alimañas del desierto?  El dios Baal, ese que quedó entre las patas de los caballos cuando se enfrentó con el profeta Elias ¿acaso no sería el llamado a nuestras súplicas por la fertilidad de tierra? De hecho, cuentan los que lo conocieron, se sujetó a la muerte, solo con el ánimo de asegurar para los hombres la feracidad de la tierra. Anat, su esposa, se encargaría de volverlo a la vida. 

Nuestro politeismo tiene nuevas formas de expresión.


miércoles, 30 de diciembre de 2020

Prostituta

La mujer lamentó su esterilidad. La sequedad de su vientre no era más que el pálido reflejo del modo de cómo dios la quería... Al menos eso pensaba ella, al menos así lo percibían las mujeres y hombres de sus días. La mirada compasiva o sórdida de su dios se reflejaba en el número de hijos, en la cantidad de sus cosechas, en la parición de las crias de ovejas, en la calidad de sus camellos. ¿El amor de dios se refleja en la riqueza de las gentes? Bueno sí, pero si la incredulidad te sobreabunda, creele a Job. En el libro sagrado que cuenta su tragedia, desde sus primeros versos lo deja notar: Tan pronto nos lo presentan,  nos dicen que el hombre es uno de muy altas cualidades, amado por dios y, para que no quede duda, a linea seguida, se anuncia que tenia siete hijos y tres hijas, que en sus rebaños pastaban siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras. Además tenía un numeroso grupo de gentes subordinadas a él. En resumen, era un hombre rico ¿Es que acaso se puede dudar de que era un preferido de dios? Tener un hijo, por tanto, era la expresión elemental del amor de la divinidad.

La mujer no sólo no tenia hijos, sino que además los hombres mismos la aborrecían. Su primer marido murió sin dejarle prole y, los dos siguientes prontamente la habian abandonado por el solo hecho de no procrear. El "crezcan y multipliquense" era un eco vacío en sus oquedades naturales. Pero, confiada ella, decidió poner fin a la maldad de dios ¿No es que acaso el rey Ajab tenía un adoratorio privado para Asherá, la esposa de dios? ¿Las cananeas circundantes acaso no decían que aquellas aborrecidas superaban cualquier olvido siempre que cumplieran con el ritual de Ishtar, la diosa de la fertilidad? La esposa de Yavéh, Asherá, no sería mas misericordiosa con ella? ¿Es que las ofrendas de trigo y cebada que cada año dejaba en el adoratorio de Silo eran insuficientes?  La mujer caminó por tres días y, sus dolores -incluido el de no poder parir- se los ofrecía al dios o diosa que le quisiera escuchar. Con escasas monedas en la talega, pernoctó por varios días, en la afueras del Gran Templo, mientras que compartía sombra y pan con algunos devotos y feligresas que llegaban de todos los lugares conocidos.

En ese espacio conoció a Samara, que decía ser heredera del difunto rey Asá, que a su vez le habia trasmitido los rituales y secretos de la fertilidad. Le ofrecía un hijo en el tercer año, contado a partir de su compromiso, alianza, pacto, o como quieran llamarle, con la divinidad... Conocía al dedillo los ceremoniales de Asherá y, se proclaba su sacerdotisa ferviente, su intermediaria preferida. No bastaba, sin embargo, ni el trigo ni la cebada de la ofrenda. Esa ofrenda, por decirlo límpiamente,  era lo de menos. La diosa le exigía su propia humanidad: sus jóvenes carnes, la lozanía de sus pechos, la textura de su torso, la delicadeza de sus muslos eran aparentes para que durante algún buen número de novilunios se dedique a representar a la diosa misma en escenas carnales con devotos que -a cambio de algún favor en sus heredades- no solo dejaban suculentas ofrendas, sino que le auguraban -a la prosélita sacra- la opción de la fertilidad. "Solo piensalo", le dijo Samara y, aun advirtiendo resquicios de dudas en el alma de la mujer, sugirió a modo de pregunta "¿acaso dudas de la santidad de tu hijo si es procreado en medio de una liturgia de Luna Llena? No importará cuantos hombres sean. A la vuelta a tu tierra, acaso no dirán las envidiosas: ¡Su hijo es un elegido, es un enviado de dios!".

Luego de ires y venires en su alma, la mujer pactó con Samara su estadía en los secretos aposentos de Asherá, esos que se adosaban en los laterales del templo elevado en el monte Moriah. Allí se desempeñó como iniciada de la diosa y, en las veces que no ofrecía su sexo en liturgias sagradas, preparaba mantos y velos para la divinidad. Muchos de estos se ofrecían a las mujeres devotas para asegurarles protección y favor divinos a cambio de una muy buena ofrenda, que asegure el sustento de todas aquellas que vivían en el templo. "El sexo es gratificante, pero también hay que llenar las tripas", solia decirle Samara a sus discipulas, con el ánimo de incentivarlas para mejores bordados en los souvenirs religiosos que podían ofrecer. De hecho, no solo había prostitutas sagradas en Jerusalén, sino que se repartían en varios otros centros ceremoniales religiosos: Silo, Guerizim, Betel... Eran poco menos de trescientas cooperadoras sagradas que se repartian en distintos oráculos.

Quién sabe si la mujer logró su propósito original, empero es muy probable que su vida fuese corta para ver las reformas del rey Josías que obligaron a “sacar a Asherá de la casa de Yahvé" y, llevándola a las afuera de Jerusalén, "al torrente Cedrón; allí la quemaron, la pulverizaron y arrojaron sus cenizas sobre las tumbas del pueblo”, como dejaron anotado los escritores sagrados en el segundo libro de Reyes 23, 4-14.

Cosas de dioses... en las que el entendimiento es parco.


Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...