viernes, 12 de febrero de 2021

Sueño

Su madre era una gran encubridora. Alcahueta como pocas, cómplice de sus fechorías y autora intelectual y furtiva de las más grandes. El muchacho lo sabía y le pesaba en el alma. No sólo había estafado a su hermano en más de una oportunidad, sino que le había arrebatado sus derechos a cambio de un plato de lentejas rojas. De hecho, el agraviado ya consideraba que el nombre del susodicho era sinónimo de fraude, de timo, de engaño. Éste, en el fondo de su pecho, era consciente de que la malquerencia fraterna tenía fundamento.

So pretexto de buscar una pareja y, robando –otra vez- una nueva bendición paterna, ahora, se alejaba de la tienda. En realidad, todo había sido urdido por Rebeca, la autora de sus días. Ella sabía que su vida corría peligro, que Essau, el hijo mayor, era un notable cazador y le sobraban razones para meterle una flecha por entre las cejas. Conocía de la maligna promesa de darle vuelta tan pronto muriera el padre y, con el consabido temor de que se adelantara la amenaza, era mejor que su hijo preferido huyera: estaría en mejores condiciones de guardar su vida bajo los trastes de su hermano Labán.

Desde aquella vez, en que ella decidió abandonar la casa de su padre Betuel, para unirse a la de Abraham no había dejado de tener contacto con su familia de origen. Al fin de cuentas todos eran descendientes de Taréh, de Jarrán, tierra de muchos dioses... Las caravanas de mercaderes llevaban y traían noticias por entre las distintas tribus que se conformaban en esas geografías y, por eso es que sabía lo bien que le había ido a Labán. Latía todavía en su corazón la bendición de éste cuando ella decidió sumarse a la tienda de Abraham acompañada del viejo Eliezer. En esa vez, Labán, el pastor de cabras, acomodando sus fraternos sentimientos, las impresiones que albergaba al saber que su hermana se iba a otra casa, pero, a la vez enorgullecido por la elección de tan significativo jefe, le ofrecía a Rebeca sus mejores bendiciones: “Oh hermana mía, que llegues a convertirte en millares de miríadas, y que tu descendencia sea más ante la puerta de sus enemigos”. Era hora, pues, de asegurar que su descendencia se mantenga en este mundo para garantizar la numerosa estirpe deseada. Jared, su criado, se había anticipado en el viaje y había conseguido el favor de Labán.

El muchacho, ahora, caminaba por el desolado camino. El sol hacía mella en su físico, el hambre y la sed hacían que en la distancia descubriera figuras que no eran más que ilusiones de su descompasado cuerpo. Se había prometido no tocar el poco pan que llevaba en la bolsa hasta encontrar un abrevadero natural o, quizá a algún caminante que le regale un poco de agua de su bolsa. Su esperanza era la naturaleza. Temía que cualquiera que pudiera cruzársele sea un salteador y le quite lo poco que le quedaba: el pan o la vida. Se acurrucó al filo de un peñasco, e hizo con algunas ramas secas un remedo de barrera para el frío de la noche… quizá la obscuridad le habría de permitir distinguir en la distancia alguna fogata, a la que acercarse en solicitud de auxilio. Con pocas esperanzas de encontrarse con otras gentes, se encomendó a todos dioses conocidos y en particular al de su padre, con el propósito de que éstos le aseguren una noche libre de salteadores de caminos y de animales salvajes… “Si tan solo tuviera la habilidad de mi hermano para cazar en medio del bosque...” Y, luego de un rato, se reprochaba a sí mismo: “no solo le he quitado lo que por derecho le corresponde, sino que ahora también envidio sus habilidades naturales… No merezco la vida que tengo”. Con el afán de calmarse y descansar, se acomodó sobre una piedra, y poniendo la vista en el obscuro firmamento se puso a contar las estrellas del cielo para, en el cansancio de la tarea, encontrar el sueño que repare su agotamiento.

Y, entre que el sueño le permitía reposo al cuerpo, su alma se mantenía intranquila. Sueños extraños le habían atormentado durante buena parte de la noche: veía en ellos la ausencia de su gran protectora, de aquella que hasta ahora se había inventado cada artimaña para que todo le vaya bien en la vida: se perdía en la distancia y, hasta parecía que con el trascurso del tiempo su voz se hacía débil, aparecía Esau –acompañado de sus propias gentes, en su mayoría heteos- buscándole con caras de pocos amigos y, en medio de esas oníricas imágenes, un rampa prolongada que se perdía entre las nubes y; en ella, divinidades de distintas naturalezas, y que iban y venían preocupados por la fertilidad de las tierras, la protección de sus pueblos, el crecimiento de los ganados, la distribución de las aguas… Allí, en medio de la confusión parecía que estas deidades le ofrecían protección. Temeroso de esas apariciones, apenas podía darse cuenta de que había metido su mano en lo más profundo de su morral y se sujetaba fuertemente a un par de pequeños ídolos –teraphim- que había robado de la pequeña arca que acompañaba a su progenitor en pieza principal de sus aposentos. Un dios con cabeza de toro y una representación de mujer de generosas carnes y que sujetaba con ambas manos sus pechos le acompañaban como simbólica forma de sujeción a los dioses protectores de su padre.

Las estrellas aún brillaban en el firmamento y, terriblemente angustiado advirtió que nuevos tiempos muy prontamente le habían alcanzado: su madre ya no estaba, las fronteras de los ganados de Isaac habían quedado atrás y necesitaba un pronto refugio en el que merecer protección. Advirtió que el sitio donde había reposado su cabeza era un espacio sagrado, propicio para el contacto con “el padre de todos los dioses”. Era un lugar místico. La piedra negra sobre la que se había acomodado esa noche era la señal de la fuerza telúrica que marcaba el encuentro con el dios Él, a quién en señal de reconocimiento, le confiaba sus esperanzas, a condición de que le garantice comida, vestido y salud hasta el tiempo que sea de volver a la casa de su padre Isaac.

Un pacto de conveniencia, del que dejó constancia al erigir con aquella piedra negra, un altar sobre el que derramó aceite, para señal de los que vinieran después de él. Lo entronizó con un nuevo nombre: Bethel, “casa de Él”.

Igual. Seguía siendo un fugitivo, anhelante de mejores protecciones. 

viernes, 29 de enero de 2021

Semejanzas

"Eso no ha sido así, mujer" enunció la interpelada. "Yo estuve allí, y por eso es que te cuento lo que te estoy diciendo". La receptora, sin embargo, mantenía su cara de incredulidad. Era tan expresiva que invitó a un juramento, acompañado de un beso al pulgar y a una mirada piadosa hacia las nubes: "te lo juro". Ese afán de convencer, ese gesto inútil sobre el dedo gordo de la mano derecha y la visión de la boveda celeste no hizo más que aumentar la incredulidad, la suspicacia, el recelo; mientras que a un tercero que hacia de oyente, le generó una sonrisa de sarcasmo que se completó con una expresión de ironía ¿por la Sarita o por el Cautivo? Y sólo recibió una expresión de reparo: "Con mi Cautivo no te metas. Déjamelo allí, que su sacralidad no merece la atención de estas vanalidades". El asunto fue suficiente para cambiar de tema. En realidad no. Al menos, del hecho se pudo saber que entre los presentes cualquier juramento podría valer -o a lo mejor no- sin tocar al Señor Cautivo de Ayabaca. ¿Y si la promesa de verdad ponía como testigo al Señor de Muruhuay o al Cristo del Pacifico?

Entre las líneas del más grande bestseller de la historia se cuenta la teogonía de los dioses semitas y aunque, finalmente solo triunfa uno como "unico y verdadero", celoso de las idolatrías y terrible con los enemigos de su heredad, no puede negarse que disputó su soberania con otros a quienes, en la repartición original, le fueron asignados distintos territorios. No es inútil que en ese libro pueda leerse que cuando Eloim distribuyó a los hombres en naciones y estableció las fronteras de éstas, a su vez fueron asignadas a sus distintos hijos: al nuestro le correspondió el territorio y la heredad de los hijos de Jacob. Su soberanía se reducía a ese breve espacio geográfico, aquel de donde brotaría leche y miel. El dios Dagan era principal de los filisteos, mientras los amorreos se anunciaban como hijos de Baal.

Un amigo, en otra circunstancia, contaba -afectado por la ingesta de algunos buenos bebes de chicha cataquense- que su Dogde 300 lleva por nombre "A mi Señor de Luren" porque a sus milagros le debe la vida. Dice haberlo visto en una pestañeada, cuando por el cansancio casi se desbarranca en un paraje de la sierra huacabambina por donde se desempeña llevando y trayendo productos agrícolas. "A mi no hablen de rosarios, misas, rezos... no, no, no. 
Yo me encomiendo al amanecer a mi Señor de Luren y tengo hecho el dia". Y continuó: "Además, le cumplo mi promesa: cada año lo visito en su santuario en el mes de octubre... Lo hago, porque tengo que hacerlo: así tenga que cruzar el país entero. De lo demás ni me hablen... no soy un hombre de religión". Y mientras sacaba una medallita -en la que, probablemente, llevaba su representacion- decia: "Aquí lo llevo. Este es El Bravo".

Un hombre de dios, de esos que tienen discado directo con el hacedor de todo, escribía -hace ya buen tiempo- que dios estaba arriba en la bóveda celeste dirigiendo la asamblea de sus iguales, aquella en la que él era un "primus inter pares".Y les reclamaba: ¡hasta cuando debo soportar el modo como dirigen el mundo, ofreciendo sus favores a los injustos! y les conminaba a exponer su gracia frente a los desvalidos, ante el pobre, en favor de la viuda. Casi en la exasperación les reclamaba: "Uds. son dioses, recuerdenlo. Uds. son hijos del gran Eloim". Tal parece que, en algun momento de la historia sacra, la posibilidad de otros dioses a los que solicitales sus favores, era una opción. Allí están los sacerdotes de Baal, las hieródulas del Asherá, el altar al dios Moloc -dios de los amonitas- que Salomón mandó a construir, la efigie de la gran serpiente, de la que solo se conoce su nombre despectivo: Nehustán, de la que Ezequías ordenó fuera lanzada a la basura.

La sequía muestra su rostro en nuestra serranía y, las mujeres del pueblo organizan una serie de rituales en el campo en favor de la madre tierra y exponen sus oracionales frente al Señor Cautivo de Ayabaca para pedirle que sus ojos misericordiosos les regalen unas lágrimas que aseguren el agua para los cultivos. Con ánimo de complicidad, los labriegos queman los pastizales secos de las laderas de los cerros ofreciendo el humo de la quema al dios que quiera oírlos y al Apu de la montaña para que -convirtiendo el humo en nube- les regale lluvias inseminadoras de la tierra. Los campesinos que pastorean las tierras aledañas al río Chira, probablemente, elevarán sus preces al Señor de Chocán, pidiendo mejores tiempos, climas benignos para sus frutales. Desde otros lares, un purpurado señala fecha y hora para que los fieles del mundo se congreguen a pedir a dios nos tenga piedad y, del mismo modo como en otro tiempo liberó a su pueblo de las garras del faraón, ahora nos libere del covid 19.

Nuestras fórmulas no han cambiado. Frente a dios, nos comportamos del mismo modo y, si se trata de pedir, ¿no sería mejor elevar nuestras rogativas a la serpiente de bronce, aquella que por recomendación de Moises restituía la salud a aquellos que eran afectados por la picadura de las alimañas del desierto?  El dios Baal, ese que quedó entre las patas de los caballos cuando se enfrentó con el profeta Elias ¿acaso no sería el llamado a nuestras súplicas por la fertilidad de tierra? De hecho, cuentan los que lo conocieron, se sujetó a la muerte, solo con el ánimo de asegurar para los hombres la feracidad de la tierra. Anat, su esposa, se encargaría de volverlo a la vida. 

Nuestro politeismo tiene nuevas formas de expresión.


miércoles, 30 de diciembre de 2020

Prostituta

La mujer lamentó su esterilidad. La sequedad de su vientre no era más que el pálido reflejo del modo de cómo dios la quería... Al menos eso pensaba ella, al menos así lo percibían las mujeres y hombres de sus días. La mirada compasiva o sórdida de su dios se reflejaba en el número de hijos, en la cantidad de sus cosechas, en la parición de las crias de ovejas, en la calidad de sus camellos. ¿El amor de dios se refleja en la riqueza de las gentes? Bueno sí, pero si la incredulidad te sobreabunda, creele a Job. En el libro sagrado que cuenta su tragedia, desde sus primeros versos lo deja notar: Tan pronto nos lo presentan,  nos dicen que el hombre es uno de muy altas cualidades, amado por dios y, para que no quede duda, a linea seguida, se anuncia que tenia siete hijos y tres hijas, que en sus rebaños pastaban siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras. Además tenía un numeroso grupo de gentes subordinadas a él. En resumen, era un hombre rico ¿Es que acaso se puede dudar de que era un preferido de dios? Tener un hijo, por tanto, era la expresión elemental del amor de la divinidad.

La mujer no sólo no tenia hijos, sino que además los hombres mismos la aborrecían. Su primer marido murió sin dejarle prole y, los dos siguientes prontamente la habian abandonado por el solo hecho de no procrear. El "crezcan y multipliquense" era un eco vacío en sus oquedades naturales. Pero, confiada ella, decidió poner fin a la maldad de dios ¿No es que acaso el rey Ajab tenía un adoratorio privado para Asherá, la esposa de dios? ¿Las cananeas circundantes acaso no decían que aquellas aborrecidas superaban cualquier olvido siempre que cumplieran con el ritual de Ishtar, la diosa de la fertilidad? La esposa de Yavéh, Asherá, no sería mas misericordiosa con ella? ¿Es que las ofrendas de trigo y cebada que cada año dejaba en el adoratorio de Silo eran insuficientes?  La mujer caminó por tres días y, sus dolores -incluido el de no poder parir- se los ofrecía al dios o diosa que le quisiera escuchar. Con escasas monedas en la talega, pernoctó por varios días, en la afueras del Gran Templo, mientras que compartía sombra y pan con algunos devotos y feligresas que llegaban de todos los lugares conocidos.

En ese espacio conoció a Samara, que decía ser heredera del difunto rey Asá, que a su vez le habia trasmitido los rituales y secretos de la fertilidad. Le ofrecía un hijo en el tercer año, contado a partir de su compromiso, alianza, pacto, o como quieran llamarle, con la divinidad... Conocía al dedillo los ceremoniales de Asherá y, se proclaba su sacerdotisa ferviente, su intermediaria preferida. No bastaba, sin embargo, ni el trigo ni la cebada de la ofrenda. Esa ofrenda, por decirlo límpiamente,  era lo de menos. La diosa le exigía su propia humanidad: sus jóvenes carnes, la lozanía de sus pechos, la textura de su torso, la delicadeza de sus muslos eran aparentes para que durante algún buen número de novilunios se dedique a representar a la diosa misma en escenas carnales con devotos que -a cambio de algún favor en sus heredades- no solo dejaban suculentas ofrendas, sino que le auguraban -a la prosélita sacra- la opción de la fertilidad. "Solo piensalo", le dijo Samara y, aun advirtiendo resquicios de dudas en el alma de la mujer, sugirió a modo de pregunta "¿acaso dudas de la santidad de tu hijo si es procreado en medio de una liturgia de Luna Llena? No importará cuantos hombres sean. A la vuelta a tu tierra, acaso no dirán las envidiosas: ¡Su hijo es un elegido, es un enviado de dios!".

Luego de ires y venires en su alma, la mujer pactó con Samara su estadía en los secretos aposentos de Asherá, esos que se adosaban en los laterales del templo elevado en el monte Moriah. Allí se desempeñó como iniciada de la diosa y, en las veces que no ofrecía su sexo en liturgias sagradas, preparaba mantos y velos para la divinidad. Muchos de estos se ofrecían a las mujeres devotas para asegurarles protección y favor divinos a cambio de una muy buena ofrenda, que asegure el sustento de todas aquellas que vivían en el templo. "El sexo es gratificante, pero también hay que llenar las tripas", solia decirle Samara a sus discipulas, con el ánimo de incentivarlas para mejores bordados en los souvenirs religiosos que podían ofrecer. De hecho, no solo había prostitutas sagradas en Jerusalén, sino que se repartían en varios otros centros ceremoniales religiosos: Silo, Guerizim, Betel... Eran poco menos de trescientas cooperadoras sagradas que se repartian en distintos oráculos.

Quién sabe si la mujer logró su propósito original, empero es muy probable que su vida fuese corta para ver las reformas del rey Josías que obligaron a “sacar a Asherá de la casa de Yahvé" y, llevándola a las afuera de Jerusalén, "al torrente Cedrón; allí la quemaron, la pulverizaron y arrojaron sus cenizas sobre las tumbas del pueblo”, como dejaron anotado los escritores sagrados en el segundo libro de Reyes 23, 4-14.

Cosas de dioses... en las que el entendimiento es parco.


lunes, 23 de noviembre de 2020

preJUICIOS

Era un hombre dotado de una fuerza física descomunal. Era temido por cualquiera que pretendiera liarse a golpes con él. La irascibilidad le brotaba por los poros, al punto que le importaba poco la vida ajena. Si no me creen, quizá el asunto debería ser respondido por los 30 varones a los que dio muerte para quitarles sus ropas y cumplir con una apuesta pactada con otras personas. Me parece que hubiera sido suficiente con que les robara… En fin, su mala cólera iba más allá: por el amor de una mujer que rechazó sus pretensiones, tomó venganza con los vecinos de aquella quemándoles los sembríos, además de exponer gran crueldad al untar en las colas de los zorros la brea encendida con la se provocó el incendio. En pocas palabras: era un hijo de puta. Literalmente: peleonero, irascible, promiscúo y hasta putañero.

Y a propósito de putas: cuando intentamos simplificar la dureza del significado solemos anunciar que es el “oficio más antiguo del mundo” ¿será cierto que lo sea? Si recordamos lo que se ha escrito del paleolítico, es muy probable que los primeros ejercicios profesionales estuvieran destinados a otras tareas, como por ejemplo, atender las exigencias básicas de subsistencia colectiva: los cazadores fueron los primeros llamados al reconocimiento: había necesidad de gentes hábiles para seguir las huellas de las presas o para advertir de los riesgos de los animales salvajes. Pero como no todo es carne, aquellos que podían distinguir los mejores frutos silvestres, resaltaron conjuntamente con los primeros: los recolectores se hicieron importantes. Y allí no más, a la par que los citados: esos que labraban la piedra con facilidad se colocaban en el podio de los ganadores en razón a que sin ellos, las puntas, cuchillos y raspadores con las que se defendían o se cortaba la carne o las hortalizas no hubieran sido fáciles de alcanzar. Así, aquella expresión no hace más que exponer un prejuicio del que no se tiene nada, más que la condena de los textos legislativos más antiguos.

Dicen los que leen acadio antiguo que en la “Epopeya de Gilgamesh” se tienen las primeras expresiones de recriminación de la explotación de la propia sexualidad. En realidad es una maldición: “Jamás construirás un hogar feliz, jamás te introducirás en un harén, la cerveza ensuciará tu bello seno, tus arreglos serán salpicados por el vómito del borracho, habitarás en la soledad y te ubicarás en las murallas”. Duras expresiones de condena; empero parece que no todas las culturas pretendían el mismo nivel de reproche. Veamos lo que dice el Deuteronomio 23, 17: “No habrá entre las hijas de Israel prostituta sagrada de culto pagano, ni prostituto sagrado de culto pagano entre los hijos de Israel." Y el dato es importante por aquello que oculta sin pudor: la condena es para aquellos que ofrecen sus carnes en razón a prácticas sacras de otras religiones, mientras que los que se dedica a la prostitución por razones particulares... que sigan en lo suyo, no más. Es más, hasta posibilita creer en alguna forma de prostitución religiosa en los tiempos primordiales de la cultura hebrea.

Los griegos de los tiempos arcaicos, eran aún más condescendientes con las prostitutas: se reconoce que fue Solón el primero en disponer una regulación específica para las casas de citas. Afirman que fueron dos: una, cerca al puerto y la otra, en el barrio de los alfareros, en noreste de la acropolis. Además de aquellas destinadas a prestar servicio al “populorum”, había de otras de distinta catadura, chicas A1, de elite, en las ademas de la delectación sexual, tal compañía aseguraba placeres  intelectivos que permitía escuchar de éstas sus consejos, conversar sobre asuntos de política, de filosofía, de negocios, hasta de los problemas familiares. Friné, por ejemplo, fue la "amante" de Praxíteles (y de varios otros intelectuales de esos días) y aumentó su fama por el juicio de impiedad (semejante al de Sócrates) al que fue sometida. Decía que “ella misma era la encarnación de Afrodita”, por eso es que, para representarla –cuentan los que vieron- se metía entre las aguas del mar así como dios la trajo al mundo y surgía en medio de las espumas marinas y, simulando el nacimiento de la diosa, mostraba la generosidad de sus formas ¿Habrase visto?

Regresemos a nuestro personaje de las primeras líneas. ¿Ya lo reconocieron? Es nada menos que el juez Sansón. Semejante libertino. El libro que anota su historia hace referencia a la prostitución como actividad permitida, pues de no serlo, no tendría caso que el autor sagrado lo cuente con tanta naturalidad: Dice que luego de haber matado a mil hombres con una quijada de burro, se fue la ciudad de Gaza para pachamanquearse con una moza de cascos flojos a la que pagó por sus servicios. Y, la historia sigue, porque no le fue suficiente: ¿Alguien podría negar que la tal Dalila era una hetaira, una prostituta de élite? El asunto es claro: sus paisanos sabían quién era ella y quien era él. De él ya hemos dicho: era la máxima autoridad de aquellos días: era un juez, el "Hércules" hebreo, y ella, una cortesana, que además fungía de espía pues a cambio de la información certera para los suyos tenía asegurada una buena cantidad de dinero que le aseguraba sus días de vejez.  El hombre se pegaba sus buenas borracheras, tanto que no se daba cuenta que hasta en cuatro oportunidades fue amarrado por sus enemigos y recién tomaba razón de su condición de presunto “reo” hasta en el momento en que lo despertaban. En la última ya no se escapó.

Bueno… ahora me dirán que, las prostitutas referidas en los libros bíblicos son extranjeras. Si claro… Sin embargo hay de aquellas que tenían la misma sangre que los hijos de Jacob: de hecho Judá –uno de los hijos de citado patriarca- se acostó con una prostituta que se encontró en el camino y resultó que era su nuera Tamara, la que –además- quedó embarazada. La pobre, se vio obligada a ofrecerse –engañosamente- como trabajadora sexual para asegurarse tener un hijo que le garantice algún futuro dada su viudedad (Génesis 38); mientras que aquella parábola de Salomón en la que resuelve el contubernio entre dos mujeres que pelean por la maternidad de un niño expone la realidad de las contendoras: era un par de prostitutas, que compartían el mismo espacio en el que, también, prestaban sus servicios (1 reyes 3, 16).

Desde el relato de Sansón, tal parece que la prostitución, al fin de cuentas, no es tan mala y, ser un juez putañero, tampoco.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Caminata

Allí, entre la casa de "La Pera" y la carretera Panamericana se distinguía un afirmado que lograba superar la ladera de la loma sobre la que se elevaban varias casas. Detrás de éstas algunas otras que era de anterior factura, apenas se lograban ver desde la carretera; sin embargo, desde los laterales de aquellas era posible visualizar, en ambos extremos del barrio, un par de terraplenes en los que los jóvenes solían –en las tardes- jugar sus partiditos de futbito a pata pelada y con el pecho al sol. En estos días una de esas canchitas ya no existe: una desordenada ubicación de viviendas ha suplido los arcos formados de ramas de algarrobo o de retazos de caña de Guayaquil. La otra canchita, desde hace ya varios años, fue construida con material noble: una plataforma de cemento bordeada por pequeñas graderías que se convirtió en el centro recreacional más importante de esos vecinos. La parte frontal de cementerio, que también era visible desde la Panamericana, ahora mismo tambien se esconde detrás de viviendas rústicas. En los treinta últimos años, el crecimiento demográfico se ha multiplicado y de forma desordenada.

El cementerio, en los primeros años de la década de los ochenta, gracias a la iniciativa del Sr. Burgos se amplió hacia su lateral posterior y allí terminaba Máncora: en el muro que se adosaba en la parte de una cuchilla que conduce a la cadena de elevaciones geográficas que rodean al poblado. Muy hacia el este se visualizaba la entrada de la llamada “Quebrada del camal”, en cuyo lado norte se elevaba una construcción solitaria en la que funcionaba el matadero municipal. Más allá de éste, cualquiera podía subirse por la quebrada y perderse entre los cerros. Los chiquillos denunciábamos la existencia de tres abismos. Cada uno más peligroso que los anteriores. Era parte de la “mitología infantil” de la que nosotros mismos habíamos generado una serie de personajes inexistentes salvo en nuestra imaginación que nos llevaba por esos espacios buscando riesgos que contar en los días de clases tupacamarinas. Ahora mismo, por esos espacios se ubican un sin número de viviendas, con callejuelas estrechas y, algunas sin salida a la vista, en las que hasta da miedo aventurarse, aunque las gentes te permiten el acceso y salen para espantar a los perros que se enfrentan a los desconocidos. Es posible también el temor de los habitantes ante un desconocido que se atreve a aventurarse, en pleno sol, por lugares escondidos al ojo de los visitantes playeros de la Máncora de fines de semana.

Después de la desembocadura de la quebrada de camal y, ya a la altura del Túpac Amaru, algunas casas no resistieron las avenidas del 83 y sus habitantes las desalojaron, por lo que lo más próximo que podía verse era las casas que se circunscribían a otra planicie que llamábamos “la cancha de Don Pedrito”, en la que los domingos se jugaban los más peleados partidos de futbol. En sus inmediaciones, algunas casas eran acondicionadas para la venta de comidas, cerveza, dulces, frutas… cosas necesarias para los aficionados. Desde el lado este, un talud de tierra hacía de muro de contención de las aguas que pudieran allegarse desde los cerros y las redirigían hacia el asiento de la quebrada del camal. Ahora, aventurado por esos espacios, solo es posible identificar el lugar donde se ubicaba la cancha de Dn. Pedrito guiado tan solo por los cerros que apenas pueden verse en razón a que las viviendas ya han alcanzado sus laderas, bordeando un canal de concreto que rodea el asentamiento mancoreño y por el que puede llegar hasta la calle posterior de la iglesia Virgen de Carmen. Esta calle sigue tan abandonada como en mis días de infancia, aunque, eso no significa que el número de casas no haya crecido en ese espacio. De hecho, allí puede identificarse aquellas existentes en la década de los ochenta y, otras que se le adosan, en un caminito de tierra donde conviven los perros conjuntamente con el abandono. Unas huellas de ruedas de trimovil me hacen saber que es posible llegar hasta la vieja pista que da acceso a la vetusta casa de Dñ. Bertha Céspedes. Es posible que esa propiedad le corresponda a otras familias. En el camino, el faro: un gigante que no se ha cambiado de ropa desde que tuve conciencia de su existencia. Un par de escalinatas, una de maderas y tierra, la otra de concreto armado –pero muy, muy empinada y peligrosa- permiten el acceso. Un hombre amable te da la bienvenida y te invita a darle “like” a su negocio en una página electrónica. Desde esa cima puedes darte cuenta que aquello que tus pasos te han regalado es real: Máncora se pierde a la visión. Se nota el crecimiento de sus establecimientos playeros pero su horizonte está más allá de ellos; su esperanza bordea los cerros circundantes, se escribe con el esfuerzo del barrendero que quiere mejorar su aspecto en medio de esas calles polvorosas donde los vecinos escribe sus propias historias, se advierte en la  tarea de la ama de casa que sale a mirar a los viandantes con ánimo vigilante, con los chiquillos que juegan con los otros –quizá sus hermanos- en medio de las dificultades de cada día.

Gentes desconocidas, que ahora le regalan su mejor esfuerzo a esta Máncora de todos. Que el mar sea su mejor faro.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Hipocresías

Esa mañana las redes sociales vibraban crepitantes en la publicidad de unas fotos que merecieron hartos “likes”, pero también semejante número de marcaciones de desaprobación: un par de mujeres vestidas en prenda intimas mostraban sus jóvenes corporeidades apenas cubiertas por unas displicentes sábanas y/o un chaleco policial que poco podía hacer por cubrir sus carnes. Los medios de comunicación de esos días multiplicaron las imágenes, no sólo porque estaba de por medio una muy cívica institución estatal sino también porque las carnes venden… pregúntenle a las páginas medias del diario “Ojo” de los años ochenta, a la contraportada del Trome de hace unos años, a la penúltima página de Caretas de tiempos idos y un largo etcétera que agotado en los medios impresos, ahora se ha trasladado a paginas especializadas del mundo virtual. Allí no sólo son posibles las pictográficas sugerencias, sino también animadas imágenes que no dejan nada a la imaginación.

Las muchachas aquellas fueron identificadas con sus nombres y apellidos, sus unidades policiales y sus ubicaciones geográficas. El asunto se hizo de discusión nacional. En un extremo aquellos que sentían que la institución policial había sido ingratamente agraviada con el uso inapropiado de las vestimentas policiales mientras que de otro se posicionaban aquellos que encontraban en esas imágenes la materialización de sus más intrínsecos deseos y se imaginaban en medio de la escena, haciéndose actores de las mismas, ubicándose debajo de estos techos tropicales o en medio de esa selva, que de ordinario, genera en el imaginario colectivo atribuciones de conducta que se anuncian prejuiciosamente en contra –o a favor, (quien sabe)- de las gentes de nuestro oriente nacional.  La discusión, he de suponer, plantea la situación del erotismo humano como circunstancia de eticidad. ¿Hasta dónde puede ser regulado como conducta humana?

En  la versión escrita de “El exorcista”, en su primer capítulo, se describe algunas circunstancias de hierofilia, en la que un entendido de la psiquiatría relata circunstancias de pacientes que se sienten a gusto –pero con sentimiento de culpa confundidos- por su afición a dormir con imágenes sagradas, mientras que aquella escena en la que la poseída Reagan Mc Neil agrede su propia sexualidad con un crucifijo no es más que una desencarnada forma de  sarcasmo hiperbólico, de burla grotesca frente a lo sagrado y, desde el desentrañamiento de deseos escondidos e ignotos, nos preguntamos ¿Qué pretendían las autoras de las cuestionadas fotografías ¿burlarse de su propia institución? ¿convertirse en el objeto sexual de los destinatarios de esas fotos? Si ya, claro… No cojan piedras todavía… ¿Alguien con dos dedos de frente puede asegurar que Luisa Lane está súper enamorada de Superman, pero no puede identificarlo cuando éste se viste de modo normal y se oculta bajo una “máscara” hecha de un par de anteojos?  ¿Y cuantas van al cine para ver a Thor y su martillo en el mundo de Marvel pero les vale madre la historia que está detrás? ¿Cuántas manzanas se dejaron en el pupitre del profesor (o profesora) envenenadas por ese deseo que recién iba apareciendo en los cuerpos adolescentes? Pregúntenles a las mancebas de los años 1985 y 1986 que presurosas se sentaban por las noches para ver los devaneos amorosos entre Fiorella Mencheli y Mariano Tovar de la edulcorada Carmín. ¿Qué se escondía detrás? ¿atracción por la inteligencia del profesor o sólo era el afán de protección de la muchacha huérfana? ¿Quizá un especial caso de gerontofilia? Si aquella novela se trajera a nuestros tiempos ¿Cuál sería el tratamiento social? ¿Con quien se identificaría la tal Fiorella en estos días: con Tokio cuando dice que le importa poco los músculos o el pelo o la manera de hablar prefiriendo la inteligencia de Sergio Marquina de La Casa de Papel o, quizá se pondría a cantar con Becky G “A mí me gustan mayores / de esos que llaman señores”?

Las muchachonas del escuadrón policial, las de las primeras líneas, fueron sancionadas por la autoridad administrativa policial. Luego de las idas y venidas procesal-administrativas, la acción típica prohibida se identificó con la realización de “actos indecorosos vistiendo el uniforme policial" y, el castigo que se les impuso fue de seis días de arresto de rigor en contra de una y de tres días en perjuicio de la otra.  Solo como curiosidad, inicialmente el hecho de tomarse fotos con pocas ropas y con un traje institucional fue calificado como una afectación trascendente de “la disciplina, la imagen institucional y la ética (...)”. El asunto llegó hasta el más alto tribunal de justicia constitucional cuestionando fundamentalmente, dos asuntos: el uso de prueba adquiridas ilícitamente y la afectación de la intimidad.

La justicia policial había establecido que las fotografías habían sido publicadas en una página de red social que si bien tenía el nombre de una de las fotografiadas no parecía que éstas la hubieran creado, pero además se estableció que la sesión fotográfica no correspondía a las instalaciones policiales del sector. Desde esos hallazgos, la justicia constitucional concluye que la prueba ha sido ilícitamente adquirida, en tanto proviene de una fuente ilegitima, pero además afirma que es necesario evitar la descripción de conductas con lenguaje indeterminado. Así, cuestiona la expresión "realizar actos indecorosos vistiendo el uniforme policial" ¿Cuándo puede entenderse que una acción humana es indecorosa? Solo para el morbo del lector ¿Por qué a las agentes policiales motorizadas femeninas las visten con unos pantalones ceñidos a sus contorneadas siluetas y no se aplica el mismo criterio para los varones? ¿A cuántos les parece indecoroso que el uniforme policial tenga que verse obligado a sujetar malamente los abdómenes de carretilla de algunos policías que apenas podría correr si no fuera porque van en un vehículo policial? ¿Qué es lo indecoroso?
Ante la imposibilidad de definir en abstracto lo que debe contener algunas palabras usadas como adjetivos, el Tribunal Constitucional, recuerda que las personas que ejercen función pública tienen el deber de comportarse conforme a los valores de la Constitución cuando se trata del ejercicio de la función, sin perjuicio de no-perder la posibilidad de que estructuren su vida personal y social conforme a sus propios valores. El ejercicio de la autonomía moral del ser humano, debe asegurarle un espacio de privacidad en el que la persona sea libre de la persona forjar “su personalidad, sus convicciones más íntimas, sus gustos, manías, placeres y fobias en libertad”. En este ámbito, la persona queda fuera del despiadado ojo de la moral social, donde “las formas correctas de actuar” no pueden ni deben ser objeto de la ética colectiva. 

Bueno pues, si alguien cree que vestirse de profesora y alumno, de caperucita y lobo feroz, de tombita sexi y secuestrador enmascarado, etc. etc. en medio de una escenografía donde los actores son, a la vez, el público invitado, se quedará con las ganas de tirar las piedras que ya tiene en las manos.

Revisen la sentencia del expediente 01341-2014-PA/TC.

viernes, 30 de octubre de 2020

Pilatos

Las cosas estaban color de hormiga. El hombre le dijo a los suyos que sería mejor buscar un refugio en  las laderas de las colinas aledañas a la ciudad. Allí en las afueras de la gran Jerusalén estarían mejor que en cualquier posada, incluso mejor que en Betania, casa de Lazaro, lugar en el que de seguro los buscarían. Quizá, como decía Yaakov, sería mejor buscar un muy buen espacio para esconderse entre las ruinas de los altares de Moloch, aquellos que Salomón mandó a construir y, que tiempo después fueron destruidos por el profeta Josías.  

El asunto es que no sólo daban miedo las advertencias del zorro de Herodes que amenazaba con aprehenderles, sino también los cuentos de vieja que daban espacio a esas historias de fantasmas que decían las gentes vagaban en inmediaciones del Monte de la Ofensa, espectros que robaban los recuerdos de las gentes a favor de sí mismos. Los espíritus de los recién nacidos ofrecidos en rituales al dios Moloch vagaban en las noches. Moloch era una vieja deidad cananea, de la que se decía daba voz a una estatua de bronce con ojos de fuegos y, cuya oquedad interna era no solo el horno de sacrificios, sino también la caja de resonancia para los chillidos, llantos y gritos desesperados de los ofrecidos en fuego vivo.  Quienes alguna vez habían pasado por esas abandonadas geografías, en noches de novilunio, cuando las noches son más oscuras, decían se podían ver, sentir, padecer a los espectros revolviéndose en el dolor de las llamas, haciéndose insufribles sus chillidos, sus lamentos, sus requiebros. Los mismos pastores de las cercanías preferían no apacentar sus ovejas por esos espacios y, aunque la estatua de bronce ya no existía, decían que las sombras de sus víctimas ofrecían apariciones que, en algún caso, habían hecho perder el seso, sin recuperación alguna. La maldición de Josías no solo había derrumbado las piedras de que estaban hechos esos altares, se extendía al fuego que había consumido el bronce que daba forma a la deidad y alcanzaba al futuro de esas tierras: "anatema sea quien horadare estos campos con su pie, o aquel que pretenda sus pastos para sus cabras, o intente plantar una casa en sus cercanías. El maligno le alcance con su espíritu intranquilo".

El maestro los calmó: “Témanles a los vivos. El nefesh, el aliento vital, regresa a Dios, porque Él sabe de que estamos hechos ¿acaso no se acuerdan que el salmista dice 'les retiras el soplo y expiran y a su polvo retornan'?. Son sus conciencias y sus miedos los que engañan a sus ojos”. En realidad, no logró mucho. El miedo permaneció allí, confundido en sus pechos. Así, acordaron pasar la noche allí, en medio del monte de los olivos. Se acomodaron y mientras conversaban de los peligros de la “Jerusalén que mata a sus profetas”, Simeon Kefa, ben Yoná, como el mayor de todos, recordó aquella historia de algunos años antes cuando el prefecto de Judea, Poncio Pilatos, recién llegado ordenó el cambio de la guarnición disponiendo que aquella que ofrecía seguridad en Cesarea se traslade a la torre Antonina en Jerusalén. El prefecto romano prefería que sus hombres de confianza se ubicaran cerca de Jerusalén mientras que él aseguraba su tranquilidad con el antiguo destacamento romano en tierras del mítico David. Los recién llegados llevaban sus estandartes, en los que aparecía la imagen del César, deidad a la que rendían pleitesía y que, habían dejado caer desde los torreones más altos de la fortaleza Antonina.  A los jerosolimitanos de esos días y a los demás fieles judíos y galileos no les vino bien el espectáculo ¿Cómo se atreven a exponer deidades profanas e ídolos humanos a pocos metros de gran templo de Yavéh? Entre los naturales de la ciudad, gentes del campo y peregrinos de las provincias helénicas se formó rápidamente una muchedumbre que decidió caminar los más de cien kilómetros que les separaba de la casa del prefecto para hacer saber sus reclamos con la intención de que fueran retirados esos estandartes. El grupo de gentes casi que llegaba al medio millar y, la distancia lograda a pie, hacía presumir que algún ecuestre pudiera haber adelantado la noticia a la autoridad romana. El destacamento militar les esperaba armado hasta los dientes y, debidamente posicionado para repeler algún ataque. 

Un par de hombres pidieron hablar con Pilatos, pero nadie les atendió. Nadie hizo eco de sus pedidos.  Las horas se sucedían lentamente. Los guardias al advertir que las armas más letales eran algunos garrotes de madera, pedreras de cabuya y  quizá algunos cuchillos que se escondían entre sus ropas, bajaron la guardia. Los hombres, aquellos que parecían los más instruidos en la leyes de Moisés pero también en los acuerdos con Roma, volvieron a insistir hasta que en el día quinto –cuando buen número de advenedizos ya se habían retirado- fueron atendidos por el tal Pilatos. “Parecía un hombre rudo”, dijo el hijo de Jonás y, luego añadió que desde la tribuna desde la que hablaba, les amenazó con darles muerte "si mantenían su oposición a los emblemas de la divina autoridad del emperador” y, mientras lo decía los soldados desenvainaban sus espadas… El miedo empezó a inundarles. Allí, inspirados por el ejemplo del viejo Enoc, que adelantó sus pasos,  se puso de rodillas y ofreció su cuello, mientras decía: “Es mejor morir a que trasgredir los mandatos de nuestro Dios… El nos liberará del yugo”. Los otros, los que aún permanecían allí, replicaron la escena con sus propios cuerpos. En silenció ofrecieron sus testas. Unos minutos después, el rudo Pilatos hizo ingresar al viejo Enoc a su palacete. Un tiempo después, éste salía con una sonrisa de satisfacción. El prefecto había decidido retirar los estandartes. Un mensajero salía por un extremo hacia Jerusalén. 

Yehudá Tadiyah y Matatiyah no parecían convencidos con el relato de Simeon Kefa, en la que se daba cuenta de un Pilatos misericordioso . El asunto era distinto: ahora era una circunstancia en la que se habían enunciado como seguidores del “hamashiaj”, del ungido de Dios, del enviado de David, del llamado para liberarles de la opresión. Ese hombre, que aquella vez había cedido, era probable que ahora se comporte de manera diferente, conforme a la crueldad con la que había actuado en otras veces. Y no solo era él, detrás también estaban los saduceos, esos usurpadores de la Casa del Bendito, que no hacían más ofrecer loas a la autoridad romana con tal de no perder la mamadera: la administración de las ofrendas y los dineros del templo. Matatiyah remató sus desconfianzas con aquella historia más cercana en la que gobernador romano mató a un grupo de galileos que se opusieron a la construcción de un acueducto con las ofrendas del templo. Y de esos hechos apenas había pasado algo menos de un par de años. Por eso, finalizaron diciendo: “ese hombre es implacable, de espíritu vengativo, de temperamento furioso”. Y todos cuchicheaban de otras acciones de semejante factura.

El maestro pidió un poco de silencio, les ofreció algunas palabras de aliento y les invitó, en ese momento, a pedirle a Altísimo, les inspire y de fortaleza de espíritu para la tarea emprendida. Cada quien buscó un lugar apartado. Unos para atenta vigilia, otros para ofrecer sus oraciones y, un tercer grupo para soñar con un mañana mejor. 

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...