sábado, 11 de abril de 2020

Flagelantes

Oh señor, ordena al ángel vengador, que contenga su mano para que la tierra no quede desierta y pierdas a todos tus siervos. Te suplicamos humildemente, que apartes de nosotros la llama de tu ira”. Así rezaba la oración del papa Clemente VI frente a la peste negra. Era necesaria su pronunciación al inicio de cualquier acto litúrgico en cada iglesia catedralicia o conventual de la Europa medieval. Los apocalípticos de esos días, sin embargo, no se hicieron esperar. Al amparo de las exigencias de la ley mosaica, anunciaban con los textos sagrados en la mano: “Descargaré sobre Uds. mi espada, como castigo a la desatención de mi alianza. Y si pretenden esconderse en las ciudades, les enviaré la peste y serán entregados al enemigo”, (Lev. 26, 25). 

La fiebre, las hinchazones axilares y de otras partes del cuerpo, el aliento maloliente, las supuraciones fétidas y los esputos sanguinolentos no solo eran sinónimo de muerte, sino que también exponían la cercanía del fin del mundo. De hecho, se anunciaba la presencia del cuarto jinete: “le fue dada potestad sobre las cuatro partes de la tierra, para matar con espada, con hambre, con peste, y mediante fieras de la tierra” (Ap. 6, 8). El asunto no era nuevo, de hecho, un par de siglos antes dichos movimientos escatológicos ya se habían anunciado a partir de milenio vivido y las crisis que se afrontaron en aquellos días. 

Las órdenes mendicantes instaladas en el siglo XIV, en particular los hijos de Francisco de Asís, anunciaban la necesidad de la pobreza y la caridad como expresiones de la vuelta hacia Dios e impulsaban nuevas formas de piedad laica que posibilitara la reconducción de las conductas de los hombres. La conciencia social de pecado había llevado a desviaciones en las prácticas del perdón. Muchos abades era denunciados por recibir pingues beneficios de nobles, políticos y gentes adineradas sin importar el origen de sus ganancias; las indulgencias plenarias se concedían casi de favor, al punto que nuestro papa Clemente VI las concedió en alguna vez a cambio de diez chelines a cada una y, en justificación argumentó: “Un pontífice debe hacer felices a sus súbditos”. Los franciscanos, en cambio, insistían en la necesidad del reconocimiento de nuestra naturaleza pecadora, la expiación de las culpas, la obligación de la penitencia física, la devoción a la eucaristía y a la madre de Dios. En este contexto reaparecen los flagelantes: un movimiento popular que impulsaba la disciplina corporal como expresión material del arrepentimiento. Las cofradías de flagelantes prontamente se extendieron por todo el mundo cristiano conocido. 

La peste negra y sus perturbadoras y terroríficas consecuencias no hacían más que exponer la justificación para estas formas de piedad, en las que se exigía el arrepentimiento y el perdón para la próxima llegada de Cristo. Una tabla de piedra bajada del cielo en un altar de Jerusalén anunciaba el fin del mundo con fecha de ejecución inmediata: 10 de septiembre de 1349, dos días después de la conmemoración del nacimiento de María. Esta particular circunstancia, hacía que la Theotocos se convirtiera en la gran intercesora, al punto que –superada la fecha- a ella se le agradecía su buenos oficios en el cambio de planes del severo juez de la historia que –por misericordia- ofrecía una nueva oportunidad al género humano. No obstante, si bien no había nueva fecha, la salvación reciente no excluía que la nueva fecha sea cercana. ¿Cómo no dudar de la presencia del jinete de la muerte si a la fetidez misma de la enfermedad se sumaba la hediondez de los cadáveres que regados se exponían en las calles y en los atrios eclesiales? ¿En razón de que se podía negar el juicio final cuando ciudades quedaban diezmadas a consecuencia de la peste? 

Hombres vestidos de sayal, caminaban por las calles, a espalda descubierta, lacerándosela con látigos de tres puntas, que aseguraban la exposición de carnes al rojo vivo. Aún con el dolor, elevaban cantos a María o recitaban en tristísimas melodías el contenido del Miserere: “Ten piedad de mí, oh Dios, según tu misericordia: Conforme a la multitud de tu piedad borra mi iniquidad. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado”. Las mujeres piadosas, recogían las sangres de los penitentes y con ellas lavaban sus propios rostros, en particular sus ojos y oídos, bajo la creencia de la santidad de esos líquidos corporales y con el afán de asegurar el perdón de sus culpas. No faltaban aquellos que, en medio de sus fatigas anunciaban visiones o, profetizaban malamente la extensión de la plaga. De ordinario, aseguraban que 33 días de caminatas por distintas ciudades, sujetándose a la flagelación, la abstención sexual y al ayuno serían suficientes para asegurar la vida, ésta o la futura. Los rituales podían variar según la región, pero era común que, en tanto cofradías de fieles, aseguraban en el camino cirios, estandartes, báculos, aceites sagrados que administraban, incluso, para aquellos vecinos que desearan la confesión de los pecados. En ocasiones, denunciaban los despropósitos del clero y se apartaban de sus recomendaciones. Más de uno negó la importancia del bautismo argumentando ¿Acaso no hay mejor formar de mostrar adhesión a las enseñanzas de Cristo que con la propia sangre, esa que brota del dolor y la expiación? ¿No es que acaso la sangre los flagelantes tenía más valor que la de los mártires si ellos la ofrecían al Señor de forma voluntaria? 

El asunto se había escapado de las manos. Los desórdenes no solo eran de religiosidad popular, sino que ponían en entre dicho los dogmas mismos de la Iglesia relativos al perdón de los pecados y a la administración de los demás sacramentos. El 20 de octubre de 1349, en la bula Inter sollicitudines, el papa Clemente VI condenó a los flagelantes declarándolos herejes. Desde ese momento se convirtieron en perseguidos, como sujetos de condenación eran aquellos que si quiera les ofrecieran un poco de comida o un vaso de agua. La desacreditación derivada del incumplimiento de sus escatológicas profecías hizo que, prontamente y con la ayuda de la fuerza pública, los flagelantes, como organización de religiosidad popular, pasaran a mejor vida. 

La oración de perdón del papa Clemente VI, sin embargo, siguió rezándose allí donde hubiera un creyente.

viernes, 10 de abril de 2020

Intercesión

Hemos aprendido desde pequeños que la especie humana es la obra más importante de Dios. Todo lo demás existe para ella. El hombre es el centro de la creación. Se reconoce que la especie es imperfecta pero que está llamada a la trascendencia. Tiene ofrecido –luego de caminar por este valle de lágrimas- el goce perpetuo de la perfección en el cielo, donde no hay llanto ni dolor. Sin embargo, dada esa imperfección muy poco puede hacer para ganarlo. El cielo, es –en definitiva- una gracia de Dios. Los que van al cielo, es porque han sido alcanzados por la gracia de Dios. En ese extremo, dada nuestra imperfección, la religión nos reconoce unos muy buenos abogados. Los marianistas dicen, que no hay mejor intercesora que la virgen María para llegar al cielo… es más, representan el asunto, en oportunidades, como la mamá alcahueta que está dispuesta a menguar o disimular tus faltas con tal que tengas la oportunidad de llegar al cielo. Los otros intercesores son los santos y, estos se han distribuido según los oficios y profesiones. En el caso de los abogados, aparecen como tales el apóstol Tomás (el incrédulo), San Ivo, Tomás Moro, entre otros, mientras que los médicos se encomiendan a San Camilo. Hasta las ciudades y las instituciones se ponen al amparo de algún santo. La Policía Nacional de Perú está bajo la protección de Santa Rosa de Lima y nuestra ciudad de Piura, es custodiada por la flamígera espada del arcángel Miguel. Si. Los ángeles son también intercesores y, resaltan de entre estos, los ángeles custodios.

Desde muy pequeños vivimos ligados a formas de intercesión… Le rezamos al anochecer a nuestro ángel de la guarda y ponemos una estampita al lado de nuestra carpeta cuando corresponde resolver los exámenes escolares. Pedimos a nuestra mamá interceda por nosotros para que papá nos permita algún beneficio: propinas, permisos, paseos, etc.

Hemos crecido con la idea de que somos imperfectos y de que no nos merecemos lo que tenemos. Que necesitamos de otro para asegurar la licitud de lo merecido. Esa idea se traslada al ámbito de lo terreno y da lugar a la arbitrariedad. El gobernante, por un asunto de solidaridad, le concederá mejores beneficios a aquellos que considera como “suyos”, el juez decidirá en favor de aquellos que le son más cercanos, el alcalde preferirá obras para los vecinos de su calle… Y así sucesivamente. Hay quienes dicen, dentro de sus propias familias, “el preferido de mi mamá es menganito y el del abuelo, sutanino (y los demás hermanos avalan la versión). Ante esto, aparece la “tramitología” y en el ámbito común, la tramitología pública, con el ánimo de excluir la arbitrariedad de los asuntos que competen a todos. Y se imponen reglas objetivas para que los bienes y servicios estatales se administren asegurando que todos los ciudadanos sean tratados de forma igual al momento de la distribuir dichos bienes y servicios. Siendo que, además, la pereza suele ser compañera de la especie humana -dicen por incidencia del pecado original- y, por tanto de los servidores públicos, entonces, se imponen plazos, específicos tanto para el peticionante cuanto para el servidor público. Debemos atender las peticiones de los ciudadanos dentro de los plazos de la ley. Nuestras flojeras nos remiten a dejar las cosas para el último día de plazo. “Tengo diez días para expedir la sentencia de vista” dice el juez superior y establece su lectura de sentencia en el último día. Le vale madre, que de por medio está la libertad del acusado o si tiene o no carga procesal que le posibilita una actuación de mejor diligencia.

Pero claro, allí donde hay una necesidad hay, también, un intercesor: tengo problemas de salud, entonces le rezo al santo de mi devoción para que me haga el milagro. Tengo un trámite en el Ministerio de Transportes, entonces le hablo a mi ex compañero de carpeta universitaria, para que me vea el casito y lo acelere. ¿Quién no ha hecho eso? ¿Quién no le ha pedido alguna recomendación a algún conocido para determinado caso? Todos hacemos eso, hasta en la cola cuando vamos al pagar la luz o el agua: miramos si por delante hay algún conocido: nos aproximamos calladamente y le damos el dinero y el recibo. Le sonreímos al mesa de partes, para que nos atienda solícitamente. Si nos es posible la intercesión espiritual ¿Por qué no aceptarla en el ámbito terrenal? De hecho, recuerdo haber llamado alguna vez a algún amigo para decirle: “Fulano, ¿puedo poner tu nombre en la parte de recomendaciones de mi hoja de vida?” Recuerdo haberme ufanado en alguna entrevista de ser amigo de algún jurista destacado.

El asunto es ¿Cuándo el asunto se convierte en delito o en actuación socialmente inaceptable? Los audios de los últimos días exponen los niveles a los que pueden llegar esas actuaciones: empiezan como “ingenuas” recomendaciones (pidiendo la firma de convenios entre determinadas instituciones) para terminar en negociaciones en las que de por medio está la función pública (Ya está lo que me pediste, ahora cumple con tu parte). Nos hemos indignado, porque la “cosa pública” se ofrece calladamente y a postores que sin atender las reglas de la tramitología pública, se la brincan pagando o recibiendo favores, que no están dispuestos a ventilar públicamente: “Está mal que graben conversaciones privadas”, dijo uno de los involucrados. ¿Estamos dispuestos los (demás) funcionarios públicos a permitir la grabación de nuestras conversaciones cuando conversamos sobre los asuntos por las que somos contratados estatales?

Nos hemos quedamos paralizados, escandalizados y son pocas son las expresiones de rechazo. Nuestro silencio se viste de prudencia, pero también de temor. En realidad, nuestras conciencias nos delatan: intuimos lo que hay detrás, esas formas estructurales de relaciones sociales que nos permiten celebrar las criolladas o las vivezas de los niños, o los silencios cuando vemos que nuestro hermano se quedó con los vueltos y, no lo delatamos porque sabemos que los caramelos que comprará también endulzarán nuestros paladares. Celebramos esas formas sociales de relacionarnos, incluso en el ámbito espiritual: le permitimos patrones o santos intercesores a aquellos que hace mal. La virgen María, bajo la advocación mercedaria, Sarita Colonia y el Cautivo de Ayabaca no tienen la culpa de que socialmente les hallamos endilgado el cuidado de aquellos que le hacen daño a la sociedad.

Somos nosotros, como colectivo social, lo que hemos construido nuestras relaciones sociales a partir de esas definiciones defectuosas. Hay un asunto que pensar, hay decisiones personales que asumir.


P.D.- Que bueno que uno de los involucrados haya renunciado a la función pública. Esperamos que los otros también lo hagan. Qué bueno que se hayan dictado medidas cautelares disciplinarias en su contra y en contra de otros magistrados compañeros de aquel.
Valientes esos funcionarios y servidores del CNM, que se ha pronunciado por la necesidad de que se investigue prontamente y se sancione con rigurosidad.
Esperamos que las comisiones destinadas a la reorganización del sistema de justicia, tanto la del Poder Judicial como la del Poder Ejecutivo, se sienten a la mesa y, escuchando a los jueces, fiscales, profesores universitarios, doctrinarios, juristas, ciudadanía en general posibiliten un mejor futuro. Sin perjuicio de esa tarea, las decisiones siguen siendo personales.
Buenas noches.
 (Noche de 14 de julio de 2018)

Medios

La posición de Judas en la historia es la del traidor. Sin embargo, hay quienes sostienen que hay que dudar de la literalidad de los textos sagrados. Orígenes, por ejemplo, evalúa el hecho de la entrega del maestro y su señalamiento con un beso, desde el resultado de dicho acto: No hay nada de reprochable en la acción porque finalmente, sin ésta no hubiera sido posible la resurrección, que a su vez permite la salvación del género humano. Juan Crisóstomo, por su parte, evalúa el mismo hecho, pero desde la intención del autor: La acción es reprensible por la avaricia y la mezquindad que la inspira, puesto que el afán era el de conseguir para sí un dinero de mala forma.
El problema, en términos kantianos, se plantea desde la justificación del fin sin importar los instrumentos para alcanzarlos. En el mundo kantiano, el beso de judas es una acción malévola por sí misma: materializa la desatención del imperativo categórico fundamental: No hacer aquello que no quieres que hagan contigo; empero desde de la perspectiva maquiavélica, no importa el modo si finalmente se logra un resultado positivo: los que se anuncian cristianos han logrado –por la muerte y resurrección de Jesús, causada con el acto de la traición- la posibilidad del alcanzar el cielo.
En los últimos días, la discusión social se reduce a eso. Se ha abierto una brecha imperceptible, en la que es posible amparar una acción siempre que se pueda mostrar –cuando menos en apariencia- que la misma es loable, socialmente admisible y colectivamente benéfica, sin importar que los medios sean también adecuados, razonables y semejantes con el fin pretendido. La delincuencia es el pan de cada día: el modo de evitarla es matando a quienes se dedican a ella. Y desde los medios de comunicación se anuncia la poca importancia de un delincuente (presunto) muerto frente a aquel otro (héroe) que le dispara. Si el hecho va así, entonces empecemos por alargar nuestras armas en cada hueco, esquina, chingana donde sabemos se reúnen los delincuentes. Si algún inocente muere, queda justificada dicha muerte en la serenidad colectiva que supone la seguridad ciudadana, producida por la muerte de aquellos otros que sí lo eran. Bentham sonríe con fruición: las acciones de los individuos se califican por el mayor placer y beneficio que posibilitan al mayor número de integrantes de la sociedad.
La acción de Judas, por tanto, ya no es tan mala: nos permitió la alegría de la resurrección. De hecho no lo sería tanta, sin tal beso traidor. Déjennos cantar, como en cuaresma: “Oh feliz culpa que mereciste tan exceso redentor”; déjennos anunciar cívicamente: “Acabemos con la delincuencia, no importa el modo”. Y… ¿Dónde queda la prédica pauliana: “No te dejes vencer por el mal. A contrario, vence al mal a fuerza de bien”?. Tal parece que estamos perdiendo los principios mínimos irreductibles: parece se esconden debajo del miedo que nos provoca vivir en colectividad. O, lo que es peor, solicitamos se apliquen selectivamente.
Después de todo, ya no sé si debo reprocharle algo a Judas. A lo mejor tendría que darle las gracias… y ponerle una velita. El hombre, parece, se merece un "like".

viernes, 3 de abril de 2020

falsaciones

Moriré con un amasijo de recuerdos en la mollera. Y serán un amasijo porque con cierta frecuencia me encuentro con el “alemán” en las esquinas de los parques… ¿No te ocurre que te viene a la cabeza el recuerdo de una tarea que obliga a llamar a alguien y resulta que no recuerdas el nombre de ese alguien? ¿O que le mandas un saludo cumpleañero virtual a la persona que ya celebró su fiesta cincuenta días antes? ¿O que llegas a un ambiente de tu casa y no recuerdas para habías ido? ¿No te ocurre? Bueno a mí, si… Es más, creo saber la fecha en la que advertí que terminaría mis dias con un buñuelo de testeras reminiscencias. Fue aquella vez que, en medio de un examen de algún curso de la maestría, luego de entregarlo, el docente de forma inmediata me advirtió que no había anotado mi nombre y, sin decirme nada me extendió la hoja señalándome el espacio en el que solo aparecía el punteado que suele graficarse para el llenado correspondiente. Era evidente que me pedía anote mi nombre… Mi memoria fue en ese momento, como la hoja que me entregaron al inicio: un cuadernillo en blanco. El hombre se dio cuenta y solo se sonrió con un tonito de burla.

Hoy tocó viernes de varones. La covid-19 ha obligado al aislamiento social y a la selección de transeúntes según los días de la semana. Hoy, coincidentemente me tocó ir a trabajar y, es el tiempo en que aprovecho para hacer compras de lo que se necesita. El mercado estaba lleno de varones haciendo compras…. Jajajaja. Naaaaaa!. En el mercado siempre hay varones comprando, pero hoy los memes saltaron por todas las pantallas… Eran memes de burla, pero que también exponen el mayor machismo del que estamos hechos ¿Cómo creen que mi pata Andrés no sabe la diferencia entre la papa blanca y la papa amarilla? De hecho, mi compadre Martín ha aprovechado el “viernes de machos” para salir de casa, para respirar otros aires. El asunto es que mientras Coco nos contaba que se había encontrado en el mercado con algunos de sus promociones, a la vez denunciaba que había algunas doñas que desconfiadas de sus maridos habían desacatado la orden de no salir. Y allí está el asunto: no nos hemos tomado en serio la enfermedad. Hemos superado varias crisis, pero no tenía noticia de ninguna como esta. Nuestros vecinos del norte la están pasando mal: varios cadáveres expuestos públicamente no son recogidos a tiempo ¿A eso queremos llegar?

En ese mercado donde Coco hizo sus compras esta mañana, allí hacía las mías. No sé si en esos tiempos ya existían estos bolsos “de politileno” azules o naranjas que ahora abundan, pero la autora de mis días había hecho uno y era de color amarillo. Mi papá trabajaba en una empresa petrolera y solía llevar a casa los “plastificados” en los que se empaqueta las maquinas que llegaba al taller. Eran unos “polietilenos” reforzados. En ellos podías pasar la lluvia sin que esta penetrara por ninguno de sus lados. Es más, luego de mojarse, prontamente volvían a estar secos. Bueno… con algunos de esos retazos mi mamá confeccionó uno y, fue asignado para las compras del mercado. Quizá sus dimensiones serían de cincuenta por cincuenta. El encargado de las compras era yo y, ella me enseñó a comprar. Había una tienda de granos en la que atendía un lejano pariente mío, un tal Beto Escobar. Las mujeres hacía cola para la atención: allí se compraba el arroz, el azúcar, la leche, el papel higiénico, las menestras, café en grano, el famoso té “Huyro”, entre otras cosas. No había bolsas como en estos días, sino que todo se empaquetaba en papel. Los granos se vaciaban en un pliego de papel de azúcar y, luego con una habilidad de maestro, el tendero hacía un atado que finalmente se acomodaba en los bolsos de las mujeres. Si la cantidad era mucha, cada clienta alcanzaba alguna galega de tela. Allí estaba yo… aburridísimo en el peor de los casos; pero si coincidíamos con algún otro churre, los sacos de arroz, de maíz, o de lo que fueran, se convertían en las montañas que debíamos escalar y, en las que matábamos el tiempo que suponía la espera.

El mercado era para las verduras y las carnes y, esa era mi tarea. La papa, la cebolla y las yucas siempre se compran primero: se acomodan al fondo de la talega. Luego vienen las frutas de semejante consistencia: las manzanas, por ejemplo. Para el final quedaban las alverjitas, los tomates, las lechugas y el culantro. Como colofón de todo, las carnes. El escaparate de Dn. Nico Machala siempre tenía gente. Por muy temprano que llegaras o por muy tarde que sea siempre había gente. Había que comprar un kilo de pulpa y medio kilo de hueso. Y para conseguirlo había que pleitear con las señoras: más de una me amenazó con dar las quejas a mi mamá por adelantarme en la atención o, por lo que fuera… En las pruebas del ensayo y el error aprendí a comprar. La primera vez, un par de tomates podridos –que terminaron en el buche de las gallinas- motivaron una puteada de padre y señor mío… “Y la próxima, te regresas para que te cambien los tomates”. En esos días, no se habían inventado los trimóviles, así que los dos kilómetros que separan a mi casa del mercado, los tenía que hacer en mis piececitos. Claro, en la ida no había problema; regresar a casa con un bolso de algo de entre 8 y 10 kilos si que hacían pesado el camino. En la segunda semana, tuve que volver con una yuca aguachenta, para que me la cambiaran… Dos kilometrazos, recorridos varias veces.

Decía al comienzo que, mi cabeza es un amasijo de recuerdos: en la puerta del mercado –del ya desaparecido viejo mercado- entrando a la mano derecha vendía una mujer, y su hijo era su ayudante. Ese muchacho era mayor y creo que me llevaba dos grados de ventaja. Era, además, policía escolar. El “Alberto Pallete” apenas alcanzaba, en esos días, los 500 alumnos, así que todos nos conocíamos, cuando menos de vista. Solía compadecerse de mí: “deja tu bolso aquí, y anda compra lo que te falta”. Luego, al término, ponía un par de escabeches sobre las compras y, con un “nos vemos en el colegio”, nos despedíamos. Creo que él heredó el puesto de ventas… En este amasijo de evocaciones, creo… me parece… tengo la impresión… de que su apellido era Farfán. No lo sé. Es solo una impresión, que puede ser falsa, como simulada puede ser la historia que ahora les cuento.

Buenas noches.

lunes, 30 de marzo de 2020

Barberos

¿Sabes cuál es la diferencia entre un barbero, un cirujano y un médico? A estos días, pareciera que la diferencia no tiene motivos de discusión, pero hubo un tiempo que la diferencia entre cirujano y médico era tal grado, que los que se dedicaban a la medicina se sentían agraviados si es que alguien les pedía les realice una intervención quirúrgica; mientras que los barberos, además de dedicarse a la rasuración y corte de la pelambre corporal podían hacer flebotomías, extracciones dentarias y hasta atendían dislocaciones óseas. ¿Quieres saber de dónde viene el asunto? 

La regla de oro de los hijos de San Benito, como sabemos es “ora et labora”. Esa les permitió distinguir entre los asuntos del mundo espiritual y aquellos otros correspondientes a nuestra mundanidad. Es así, que como parte de su formación incluyeron asuntos de medicina. En realidad, la situación en la que mundo se encontraba les obligó a esa tarea. Ubiquémonos en los últimos tiempos del Imperio Romano de occidente: en esos días las migraciones barbáricas no sólo suponían nuevos asentamientos humanos, sino que alcanzaban acciones de rapiña que ponían en riesgo los monumentos, las construcciones, las bibliotecas, el arte… El 24 de agosto de 410, Alarico saqueo Roma y, aunque no supuso mayores acciones de violencia, los hombres nobles y sus familias precautoriamente habían puesto a buen recaudo sus bienes, bibliotecas, joyas, etc. en lugares alejados, dígase casas de campo o centros conventuales o monasterios. Un escritor de la época, Paulo Osorio, sostiene que Alarico “había ordenado que si algunos se hubiesen refugiado en lugares sagrados (…) estos permanecieran incólumes y seguros”. Ese estado de inseguridad fue propio de la larga centuria correspondiente al siglo V. 

Ante la constante acechanza de incendios y saqueos, los monasterios y centros religiosos se convirtieron en los focos de la cultura. En ellos se cultivó el ascetismo y la piedad rigurosa, pero también se continuó el ejercicio de las artes liberales heredadas de la cultura griega. Muchas gentes destinaron sus bienes a la constitución y/o mantenimiento de monasterios. Casiodoro Senator fue un político romano que, en los últimos tiempos de su vida fundó –bajo las reglas benedictinas- el monasterio de Vivarium en el que funcionaba una biblioteca y un hospital. En la primera se cuidaban los escritos que recogían las enseñanzas médicas de Alcmeón de Crotona, Hipócrates, Aristóteles, Galeno, entre otros; en el segundo, se aplicaban de mejor forma los conocimientos de medicina en la humanidad de los enfermos y heridos que allí se albergaban. Los monjes benedictinos se convirtieron, así, en los médicos de la temprana de la edad media. Las escuelas monásticas de los días de Carlomagno insistieron en que a las siete artes liberales se les añadiera la enseñanza de la medicina. Tal asignatura suponía la simple repetición –y en el mejor de los casos, reflexión- de la medicina de los antiguos, aunque tal conocimiento era útil, tanto así que el rey Enrique II de Baviera, en el siglo IX, fue operado para extraerle una piedra renal en el hospital del monasterio de Montecasino. El cronista que da cuenta de dicha intervención quirúrgica si bien lo califica como un milagro de San Benito, el hecho como acto médico ocurrió, al punto que se encuentra registrado en un bajo relieve que aparece en la catedral de Bamberg. 

La actividad médica de los benedictinos no estuvo exenta de críticas, en razón al supuesto descuido del cuidado de las almas para dedicarse a la medicina, por lo que les fue prohibida tanto su estudio como su aplicación. Con el ánimo de no perder tales conocimientos los trasladaron a personas de su confianza. Los más próximos: los barberos. Éstos concurrían a los monasterios para el cuidado de cabello, confección de la tonsura, corte de barba y, a ellos se les confió las técnicas de las flebotomías, necesarias para las famosas sangrías que tenían como objeto el adecuado ajuste de los humores corporales, que –en el entendimiento de los antiguos- producía algunas enfermedades. El modo de coagulación de la sangre daba pie a diagnósticos y pronósticos específicos. Estos suponían que también se les confió la realización de dichos análisis a la vez que, debían conocer qué tipo de medicamentos –drogas, emplastos, dietas, purgantes, hierbas- eran necesarias para superar dichos males. Así mismo, se hicieron encargo de las intervenciones dentales. Los cirujanos por su parte, era gentes dedicadas al conocimiento empírico de la anatomía humana y, probablemente, desde la experimentación con cerdos, caballos, cabras, aprendieron a realizar incisiones de mediana complejidad: atenciones de hernias abdominales, cálculos renales, cataratas. En realidad, actuaban partir de sus experiencias, pero con el consejo y dirección de los médicos. El médico no realizaba intervenciones pero era quien poseía lo más valioso: el conocimiento y, para alcanzarlo era necesario acceder a la lengua de los académicos y a los libros de las más sofisticadas bibliotecas. 

Esas diferencias motivaron la aglutinación de unos con el ánimo de evitar el surgimiento de otros. Los clérigos abandonaron la medicina; así que su práctica quedó en manos de los cirujanos y los barberos. Los primeros formaron sus gremios o hermandades con la finalidad de buscar la autorización que les permita acceder a la universidad y a la vez evitar que los barberos puedan acceder a mejores conocimientos. Abandonados los conocimientos de los antiguos, la mayor cantidad de médicos que hicieron frente a la peste negra a mediados del siglo XIV eran personas de buenas intenciones pero de un empirismo sin rigor científico, salvo raras excepciones. De allí que, los diagnósticos y pronósticos en más de una oportunidad suponía remedios que exigían actuaciones mágicas. Por poner un ejemplo, las escrófulas derivadas de la tuberculosis eran curadas con la imposición de manos por parte de rey, mientras que las enfermedades mentales se curaban con exorcismos o sustancias que exigían objetos inalcanzables: sangre de dragón, polvo de cuerno de unicornio, bilis de ranas de sexo específico, etc. 

Como decimos, es preciso indicar que hubo algunos cirujanos muy valiosos como Guy de Chauliac –reconocido por las atenciones al papa Clemente VI en medio de la pandemia de la peste negra- cuyos sus conocimientos médicos pudieron ser alcanzados en razón a sus condición de canónigo. La medicina era una actividad complementaria a la teología, a la filosofía o la astronomía. Tendría que, llegar los últimos años del siglo XVI para que adquiera independencia y, se reconozca el oficio de barbero apartándolo de las propias de la medicina. 

Una nota curiosa ¿Has visto la barra bailarina de blanco y rojo en las puertas de las barberías? Es una reminiscencia de sus antiguas tareas. Las sangrías tenía un procedimiento específico: el brazo del paciente se sujetaba a una picota de madera, se le forzaba con la intención de exponer las venas y, una vez logrado se hacía el corte. El poste, como se entenderá, quedaba lleno de sangre. Si, el barbero tenía muchos pacientes, entonces el poste podía permanecer ensangrentado. Para evitar el mal ánimo de los clientes, se le envolvían un manto blanco con intención de disimular las sangres. Ese poste bailarín de las barberías no es un simple adorno, tiene una larga historia de sangres…

domingo, 29 de marzo de 2020

Incertidumbres

Margherita, apenas tenía 12 años. Allí en casa, en uno de los extremos de los territorios de gran señor Ludovico, había aprendido muchas cosas, desde ordeñar vacas y sembrar la tierra hasta deshidratar sus frutos para su mejor conservación en los graneros. Las últimas semanas habían sido una carrera contra el tiempo. Sus vecinos más próximos –a media de leguas de camino- ya les habían advertido de las muertes que se producían en las ciudades. El clérigo del servicio dominical insistía en la necesidad de arrepentirse y de la obligación de dar limosna al pobre y a la viuda. Anunciaba la próxima llegada del Señor, la limpieza de la tierra, la muerte de los pecadores… La tierra hedía y la peste negra no hacía más separar la maleza del trigo y a los machos cabríos de los corderos para asegurar la llegada del Señor. La familia, ante esa insistencia, puso rigor en el rezo de las oraciones de laudes, nona y completas. La mamá devocionaba mucho por la segunda, pues las tres de la tarde era la hora de la misericordia, el tiempo en que Jesús perdonó al buen ladrón. A pesar de nuestras malas acciones, siempre es más grande la generosidad de Dios. 

Lamentablemente, parecía que ese tiempo ya había llegado. Su madre murió unos días después y, no hubo nadie en el funeral, salvo su padre, ella y su pequeño hermano Ludovico, nombrado así en homenaje del señor de esos predios. Un par de vecinos, labriegos, también asistieron y le pidieron a su padre queme todas las ropas de su mujer, le ayudaron a hacerlo y, le pidieron se refugiase en la cabaña de los sembríos junto con sus hijos… No pudo hacerlo. Se limitó a enviar a sus hijos a ese lugar y les encomendó que cada atardecer recogieran su comida, mientras él quedaba confinado en su propia casa, obligado a cocinar para sí y para ellos. Su silbido era la señal de aproximarse, pero hacía dos días que no habían sido llamados y las frutas que Margherita recogía eran insuficientes. Los gruñidos de hambre de los puercos, obligó a que la niña les abriera la puerta para que ellos mismos busquen raíces y otros alimentos en medio de los escasos cultivos que aún permanecían en pie.

Ludovico Visconti, señor de Milán, ordenó la expulsión de los contagiados tan pronto aparecieran los primeros síntomas; sin embargo, muchas personas no se reportaban y, preferían esconderse en sus propias casas facilitando así la propagación. “Cualquier vecino que presente la enfermedad debe salir –por sí mismo o por la fuerza- de los muros de la ciudad”, la que –luego de la necedad de los propios- fue complementada, con la disposición de tapiar puertas y ventanas si la persona o sus familiares se negaban a salir. Un par de meses después, luego de haber emparedado a casi una decena de familias que se negaron a abandonar a sus miembros ancianos, la crisis no se había superado; por el contrario, otros vecinos próximos también padecían la enfermedad. El Gran Consejo de la ciudad advirtió, desde esa experiencia- que la solución había resultado peor que el problema: los expulsados se convertían en foco de infección para las gentes rurales, que ante el temor huían a las montañas, abandonando los campos, los ganados y todo aquello que aseguraba la alimentación de la ciudad. La crisis ya no era solo sanitaria, era también de insuficiencia alimentaria. Las medidas para la crisis no debían motivarse en el puro miedo… tales decisiones no habían dado resultado. El asunto era ¿qué hacer?

El papa Clemente VI, desde Avignon y ante la desesperación de los fieles, había dispuesto que los muertos por la peste, más allá de la ausencia de funeral y oratorios, tenían perdonados sus pecados por el solo hecho del padecimiento de una muerte, dolorosa, solitaria… apestosa. No obstante, no parecía suficiente: la humanidad se resistía a morir. Un grupo de religiosas mendicantes había hecho de su casa de campo un hospicio en el que acogían a los expatriados. Allí ofrecían a Dios sus propios ascos, las arcadas producidas por el hedor de las supuraciones y sus propias agonías. Cubiertas con mantas que les producían un calor insoportable atendían con bebidas refrescantes las fiebres de los condenados y bajo las vides acomodaban tarimas confeccionadas con ramas de robles y castaños para la comodidad de aquellos. Con la autorización especial del obispo, por varios meses no sólo atendieron a los moribundos, sino que administraron el perdón de los pecados y hasta impusieron la extrema unción, aunque, prontamente dejaron de hacerlo por falta de aceite sagrado. En estos casos, se limitaron a ofrecer como consuelo la suficiencia de la fe. ¿El obispo habría estado de acuerdo con esa opción? 

Margherita, con el miedo congelándole las carnes, se acercó a la casa. El perro que le acompañaba iba por delante. Desde una distancia prudente empezó a ladrar entre aullidos, ladraba y lloraba a la vez, se acercaba y exponía miedo de tan solo acercarse a la puerta. La pequeña entendió que lo que venía era solo desgracia… “¿Papaaaá!?”, grito. Y así varias veces. Solo los ladridos del perro eran respuesta y no quiso acercarse más. Supuso que su padre también había muerto. De hecho, en los días previos le había dado una orden, de la que le había pedido juramento para que la cumpla sin posibilidad de retorno: Si no te llamo en alguno de estos días, huye. ¡Jura por el alma de tu madre que lo harás! Ella no había tenido otra opción. Luego de ese juramento, su padre le explicó qué significaba una plaga, y desde el lenguaje propio de los campesinos, desde la diferencia existente entre el trigo y la maleza, le hizo saber que, sobre aquellas gentes que presentaban bubones había muy poco que hacer, salvo esperar un milagro de Dios y, sobre ello daba igual que tuviera agua o no, que tomara medicamentos o no. Ante ese riesgo, debía ponerse a salvo, porque de contagiarse ella, también se contagiaría su hermano; o de no ser así, ¿Quién cuidaría de él, si toda su familia había muerto? Éste quizá fue el mejor argumento. Volvió a llamar, acercándose hacia la puerta, pero sin tocarla: ¿papá? ¿Estás allí? No hubo respuestas. Corrió hacia la cabaña con el corazón apretujado donde la esperaba su hermano de tan solo 7 años… lo cogió de la mano y jalándole lo apuraba: “debemos irnos, vámonos”. Corrieron por entre las malezas del bosque, todo lo que sus piernecitas les permitieron hasta caer desvanecidos, exhaustos y asustados. Ludovico, respiraba con agitación y le preguntaba con señales que es lo que ocurría. Ella, le pidió silencio, mientras arrodillada frente a un tronco de madera, lloraba sin poder contenerse. El niño la abrazo, y le parecía comprender lo que había sucedido. Se sumó a sus lágrimas. De cansancio, de tanto correr o, talvez, de tanto llorar, se quedaron dormidos. 

Luego de varios minutos, los cánticos de una procesión de flagelantes despertó a los chiquillos. Llevaban el camino de Bérgamo. Marga, había oído decir a su padre, que las montañas que bordean ese camino no sólo podían encontrar bayas, granadillas silvestres y tomates enanos con que alimentarse, sino que además, desde la mitad de la montaña era posible oir las campanas que anuncian las oraciones del oficio divino. Esas campanas le llevarían –si tenía el cuidado de seguirlas a la casa-huerto de las hermanas mendicantes. Allí estaría a salvo. Por ahora, sabía que el camino recorrido era poco y, que para estar a salvo, no bastaba con respirar. Era necesario tener la habilidad para sobrevivir. El poco trigo que guardaban en su morral no sería suficiente para el largo camino que les venía. Solo esperaba que la peste negra no les alcanzara. Una pregunta le bullía en alma: ¿Había muerto su padre de verdad?

viernes, 27 de marzo de 2020

Matanza

“Cuando en tus manos corre la sangre del mismísimo Hijo de Dios, entonces es posible pensar que puedes hasta matar a tu propio hijo con el ánimo de aparecer como inocente”. Esa fue la máxima de muerte con la que el gran Hermann, jefe del gremio de los carniceros de Estrasburgo, puso término a la reclamación que un judío le hacía ante la acusación de que él y los suyos eran responsables de las muertes que la peste negra causaba entre los habitantes de esa pequeña ciudad. El condenado ni siquiera esperó más, simplemente miró hacia el cielo y bendijo a Dios por permitirle regresar a Él de ese modo… difícil, cruento, inhumano, pero en su corazón la convicción no tenía espacio para la duda: esa misma tarde gozaría, con su padre Ibrahim, de la presencia del Altísimo. Mientras Hermann azuzaba a las gentes, se arrodilló frente a su hija, limpió sus mudas lágrimas, acomodó sus cabellos: “Pequeña, lo que se nos viene, nos acorta el camino: será doloroso, pero no hay Guehinnom, que pueda poner reparos a la misericordia de nuestro Padre. Te prometo que esta tarde estaremos en sus brazos, que sonreiremos…” Un par de hombres rudos, acostumbrados lidiar con pesados costales de carne los empujaron hacia el interior de su propia casa… otros acomodaban las antorchas para asegurar que el fuego no deje nada sin consumir. Las mujeres en medio de jaculatorias que resaltaban la superioridad de Cristo, apuraban a la acción genocida. 

Era el segundo mes de 1349 y la peste negra asolaba toda Europa. El Papa Clemente VI era testigo de la mortandad y ya había perdido a varios cardenales que el mismo había designado. Ante la desgracia, desde sus primeras prédicas denunciaba que era una “pestilencia con la que Dios azotaba al pueblo por sus propias culpas y pecados”. ¿Puede ser el pueblo causante de tamaña desgracia? Una explicación como esa era tan vaga, que parecía ser una prédica huera. Los primeros enfermos, marinos y mercaderes, habían registrado en sus bitácoras que en los puertos desde donde traían las mercaderías, sus campos había sido asolados por lluvias de fuego que se prolongaban en largas extensiones avivados por los vientos. Éstos, además, habían acercado esos humos hacia Europa en forma de espesas nieblas contaminadas. Los astrónomos anunciaban que los planetas Saturno, Júpiter y Marte - alineados entre sí- ejercían negativa influencia sobre la tierra, hasta el punto de producir los terremotos y temblores que se recordaban desde el 1345. Éstos, a su vez, habían liberado gases pestilentes y sulfurosos del interior de la tierra y daban lugar a la peste. Gentile da Foligno, médico de las Universidades de Bolonia y Padua, siguiendo esas tesis, sostenía que la enfermedad se trasmitía por la respiración. 

El pueblo llano, atraído pobremente por esas explicaciones, solo era testigo de la mortandad misma. El gran Hermann de Estrasburgo había visto morir a su mujer y a sus dos hijos, además de a varios vecinos. Con la ayuda de otros matarifes de la ciudad había enterrado a buena cantidad de gentes en las afueras de la ciudad. Las iglesias y los monasterios ya no se daban abasto para albergar más cadáveres. Las autoridades habían logrado que la población entienda que era mejor las sepulturas públicas y en las afueras de los territorios de la comunidad. El paisaje era desolador: los síntomas se iniciaba con fiebres altas que motivaban una sed aguda de tal intensidad que, por mucha agua que se consumiera, la ansiedad no tenía fin. Contaban algunas gentes, que muchos infectados habían muerto ahogados en los canales y ríos ante la imposibilidad de calmar la sensación de sequedad. Las fiebres daban espacio a los temidos bubones que, en sus primeras formas exponían la infección en forma rojiza, pero que con el trascurso de las horas adquirían un color opaco oscuro, que finalmente se reventaban para expeler líquidos sanguinolentos y pestilentes, que no hacían más que anunciar la proximidad de la muerte. Muchos médicos y curas exponían graves reparos para la atención de la víctima si es que ya estaba en la última etapa de la enfermedad. Los mismos sepultureros rehuían del recojo, por lo que eran los familiares y vecinos quienes se encargaban del traslado de los muertos. El paisaje era de terror en aquellos lugares donde ya no quedaban familiares o vecinos que pudieran hacer la tarea. Lo que mejor podía verificarse, en el ánimo de aquellos días, era el sentido de la solidaridad, pero también el de la repulsa: “El padre abandona al hijo, la mujer al marido, un hermano a otro, porque esta plaga parecía comunicarse con el aliento y la vista. Y así morían. Y no se podía encontrar a nadie que enterrase a los muertos ni por amistad ni por dinero” escribía Agnolo di Tura en una dolorosa crónica. 

Ante la muerte misma, la pregunta saltaba: Si el aire está contaminado ¿Cómo explicar que algunas personas –muy pocas en realidad- no se infectan pese a respirar el mismo aire? ¿Es que acaso el foco de propagación era otro? ¿Por qué el índice de mortandad es distinto entre los judíos? ¿Es que acaso los responsables de la muerte del Redentor del mundo, por envidia, habrían realizado algún envenenamiento de las fuentes de agua? El rumor corría en las calles y solo era necesaria la ignorancia y el miedo para que la idea se acicale en las conciencias de las gentes. La peste afectaba menos a la población judía, pero también era cierto que sus costumbres sanitarias y dietéticas eran distintas; además, de desiguales sus prácticas mortuorias. Las autoridades civiles para evitar desencuentros entre grupos sociales, ordenaron el cierre de la judería imponiéndoles no sólo aislamiento social, sino también multas dinerarias por el solo hecho de compartir el espacio de la ciudad de Estrasburgo. La sanción civil no fue suficiente. El pueblo llano –o lo que quedaba de él- exacerbado pedía una venganza pública que aplacara la ira de Dios, por lo que obligaron al responsable de la ciudad a ceder la autoridad en favor del director del gremio de carniceros, el tal Hermann, que retó a los judíos a discutir su inocencia. 

En medio de una multitud, en cuyos ojos solo se leía la sed de venganza, cualquier disputa estaba marcada por la derrota y, aun cuando se pudiera mostrar que los judíos también eran víctimas de la peste negra, el solo hecho de ser los autores de la muerte de Cristo fue el mejor fundamento para meter fuego a toda la judería sin importar ni el sexo, ni la edad de los ajusticiados. Tampoco importaba la justicia.

Ante las lágrimas de la niña, casi en el desánimo, el judío, también llorando, le dijo: "Dios también sufre con nosotros, ahora somos su carne doliente". Dicen que ese día, murieron bajo el fuego algunos centenares de judíos...

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...