jueves, 25 de julio de 2019

Disputa

Era el momento. El tribunal dispuso que se realizara la negociación. El Ministerio Público solicitaba que la pena sea de doce años, el actor civil pedía que le paguen tres mil soles. El acusado, desde el bando contrario retrucó. Los jueces intentaban no escuchar los términos de la negociación, se hacían los que no oían. Unos minutos después, el juez ponente pregunto “¿Qué fue muchachos? ¿Hay acuerdo?”

La abogada defensora señaló que con el Ministerio Público se llegó al acuerdo de una pena de seis años. El Ministerio Público brevemente explicó las razones por las que la se reducía a la mitad. ¿Y sobre la reparación civil? “No hay acuerdo” dijo con firmeza el abogado del agraviado. “El acusado no quiere cubrir los daños. Solo quiere pagar la sexta parte de lo que pedimos. Así, como con el fiscal, nosotros podemos llegar a la mitad”. La abogada defensora solo levantó las cejas en señal de resignación.

Una de las jueces, señaló “Vamos doctores. Intenten terminar el asunto. Damos unos minutos más”. Trascurrida la breve pausa, el defensor de la agraviada, algo desencajado, sentenció: “No hay acuerdo señores jueces. Vamos a juicio requerimos el pago total. Lo que ofrece el acusado es una burla. Me ha visto cara de tonto”. A nadie, ni siquiera a el mismo le convenía un juicio… El fiscal, intentaba, calladamente, hacerles entrar en razón. ¿De qué le servía a él estar en un juicio cuando ya tenía un acuerdo sobre la pena? Podría ser que, el juicio demorara dos semanas más, pudiera que en ese tiempo el acusado cambiara su decisión sobre su acuerdo. Al acusado, tampoco le servía, podría ser que los jueces señalen un monto mayor al que él pretendía ofrecer y, al agraviado, tener que “traer a sus testigos”, cuestión que tiene costos, en caso los tuviera. Al Tribunal tampoco le agradaba la idea.

El tercer juez, que –como los otros- había oído todo, preguntó “¿Cuál es el problema de la reparación civil?” Un defensor del agraviado, un rubicundo de ojos claros, con una resistida molestia señaló: “El celular que el acusado intentó robar terminó dañado, así que hay que comprar otro y además, tiene que pagar el día que la agraviada no concurrió a trabajar por estar en los ajetreos policiales”. Tomó la palabra la defensa del acusado y dijo: “No tenemos ningún problema con pagar el celular, pero lo cierto es que no sabemos si efectivamente el móvil terminó dañado. Solo está el acta de incautación del celular y el acta de entrega a la propietaria pero en ninguna se hace referencia a que esté dañado: Sobre lo demás no hay nada en el expediente”. La parte contraria, solo hacía gestos de contrariedad, para finalmente señalar muy de mal humor: “Doctores, Uds. con lo dicho decidan… que finalmente la justicia en el país está como está porque depende solo de los jueces”.

Tan mal cayó la expresión que la jueza ponente con energía respondió: “La justicia está como está por abogados como Ud. que se ponen a negociar sin saber que medios de prueba les han admitido en la etapa de investigación preparatoria, por dárselas de chulitos asumiendo causas con 30 minutos de anticipación y sin conocer el expediente, por abogados que no saben ni siquiera distinguir entre daños indemnizables y costas procesales…” La otra jueza, al advertir la indignación, con voz serena se interpuso en la reprimenda, diciendo: “Dr. Cuantos medios de prueba y cuales le han admitido al tercero civil” y mientras lo decía el fiscal le alcanzó el cuaderno fiscal al abogado que ya buscaba entre el amasijo de papel el auto de control de acusación. El tercer juez, para abreviar, señaló: “Del Ministerio Público: dos órganos de prueba y cinco documentales; de la defensa: un órgano de prueba y dos documentales. Del actor civil: no se han admitidos medios de prueba” y remató: “¿quiere ir a juicio sin medios de prueba?”. El rubicundo, algo calmado, contestó: “pero yo tengo los medios de prueba aquí: una proforma de celular de las mismas características del dañado y tres recibos por honorarios anulados, porque mi patrocinada tuvo que devolver el dinero a sus clientes al no laborar ese día. La fecha de éstos es tres días después de la fecha del intento de robo”. La pregunta, dijo el tercer juez, es “¿Por qué no presentó esa documentación como medio de prueba en la audiencia de control de acusación que se realizó tres meses después del ilícito?”. “Yo no era el abogado”, sostuvo con tímida voz el preguntado. 

El imputado se echó para atrás. Solo quería pagar cien soles. Se sentía fortalecido luego de la mala experiencia padecida por su contrincante. “Mi patrocinado no tiene dinero. Solo tiene cien soles en este momento”, dijo con cierto resquemor la abogada defensora. Ahora, el perturbado era el tercer juez: “¿No que pagaría quinientos? ¿Han tenido el reparo de leer las sentencias de este tribunal y sus pronunciamientos sobre la materia en este tipo de delitos? No hay medios de prueba, pero se suele aceptar como daño moral a la víctima el dolor, la aflicción, el estado de inseguridad, la conmoción padecida en el momento mismo del acto delictivo, considerándose que tal condición le generaría temor a pasear por determinados lugares y tiempos, generación de nuevas prácticas como uso de taxis, etc. Ahora no interesa el móvil dizque perdido y, si queremos ser congruentes con nuestros pareceres, ¿Qué tal si las partes se dan por satisfechas con el pago de quinientos soles? ¿Les viene bien?”

Los abogados se miraban con desconfianza, recelo, con caras de no dar el brazo a torcer… No sabían si aceptar o no. Finalmente, quien sabe si tendrían algún otro mejor resultado. El magistrado remató: “Claro, la agraviada si quiere usa ese dinero para comprarse una cartera, un nuevo celular o para acudir al psicólogo. Quizá puede que sean usados para pagar al defensor… En eso no nos metemos”. Con intentos de risa entre los interpelados, ambos convinieron en que era mejor saldar ahora el litigio. Se dieron la mano: el fiscal, la abogada defensora, el imputado y el defensor de agraviado.

Cinco minutos después, la juez ponente concluía la recitación su sentencia, la que con el asentimiento de todos, se declaró firme y consentida.

martes, 23 de julio de 2019

Desconocida

Un breve hilo de sangre llegaba hasta el filo de la piscina. Se perdía en los acueductos laterales del estanque. Allí se diluía. El trascurso del tiempo, por lo demás, había solidificado parte de aquella. El cuerpo apareció allí, tirado de cubito ventral. El encargado de la limpieza de la piscina, se había levantado –como de costumbre- muy temprano, y advirtió el bulto. Al reconocer el cuerpo desnudo y sin vida de una mujer, corrió prontamente a recepción y llamó al primero que encontró: “Hay una mujer muerta… hay una mujer muerta…” mientras volvía sus apurados pasos hacia el lugar del hallazgo. Estaba fría, entumecida, rígida como producto de la muerte misma. Los teléfonos del gerente-administrador del hotel y los de la policía sonaron. Unos minutos más tarde, para evitar el macabro espectáculo para los otros habitantes y clientes ocasionales, la piscina fue cerrada –so pretexto de mantenimiento- y el espacio del hallazgo cubierto de plásticos azules.

Una de las recepcionista y un camarero reconocieron el delicado cuerpo de la mujer, pero prohibidos por el administrador no dijeron nada. Los agentes de criminalística levantaron el cuerpo sin identificar y, se limitaron a inscribir en su ficha de datos: “NN, sexo femenino, 30 años aproximadamente, sin señas particulares, sin tatuajes”. Levantaron el cuerpo y, una ambulancia y su ulular, tomó la Av. Paseo de la República, desviaron por  la Av. España y se perdieron en medio del bullicioso tráfico limeño. Un par de policías quedaron en la escena del hallazgo para las primeras indagaciones. El fiscal que les acompañaba, les dio unas breves instrucciones y, pocos minutos después, también abandonaba el lugar. Un muchacho, con cara de saber más de lo que podía decir, se escabulló por entre alguna del par de puertas que dan al sótano. Llevaba consigo un balde de limpieza, un par de guantes de caucho y dos trapeadores.

Las primerísimas indagaciones sostenían se trataba de una reciente empleada contratada por el hotel, sin embargo, al viejo sabueso esa información le venía mal. No encajaba ¿Podía un personal de limpieza lucir un anillo de oro con tan rara piedra de adorno? La pedicure, la tersura de las manos y el tipo de maquillaje eran aparentes más bien con el de una persona ligada asuntos de administración o de escritorio. El sigilo de los botones, la reserva de las recepcionistas y hasta el recelo del propio administrador le hacía sospechar que pudiera tratarse más bien de alguna turista, quizá alguna amante furtiva o de alguna exquisita dama de compañía. Tal vez, alguna courier de substancias prohibidas.  El policía siguió al muchacho y, le preguntó qué sabía. No le dijo mucho, pero fue suficiente: “piso 19, cena, pleito por celos”.

A su salida, mientras sentado, desde la sala de estar de ese lujoso hotel, estudiaba la conducta de sus nerviosos trabajadores, fue abordado por un hombre de mediana edad, de estatura pequeña, que le dijo ser un “investigador privado” y que le gustaría tener un reservada conversación, incluyendo al gerente del hotel y, efectivamente, ésta reunión se realizó en la lujosa oficina de éste último. Allí le dieron el “nombre” de la mujer: Fernanda Solorzano,  de quien se decía había sido contratada para limpieza, pero que lamentablemente, por el tema de la inflación económica, las dificultades de la legislación laboral, no había podido ser incluida en la planilla del hotel; pero que en todo caso, lo que menos se pretendía era tener un escándalo mayor. De hecho, ya tenían en el mismo frente un par de periodistas televisivos que querían la “exclusiva” y, lo que menos querían era tener publicidad negativa. Los tiempos en el Perú no eran los mejores para el turismo. Se hacía muy difícil mantener un hotel cinco estrellas en tiempo de inflación. Comprometido con la reserva de la investigación solicitada, logró autorización para conversar –para esa noche- con el personal nocturno, pero sobre todo, para visitar –incluso sin participación del fiscal- la habitación del piso 19, aquella que daba luz hacia el vano de la piscina.

No había nada, salvo una mujer que hacía limpieza porque prontamente llegaba un diplomático importante, que solía alojarse en dicha habitación. Era una habitación de lujo, una junior suite, y, se notaba –por el menaje que había sobre un carrito metálico- que cuando menos dos personas habían comido la noche anterior. Unos breves restos de un polvo y las botellas de vino, le hicieron sospechar que no era una simple cena, que había algo más. Al menos las ceras diluidas sobre un candelero plateado le hacían pensar que Eros o Afrodita habían rondado por allí. Muy de hurtadillas pudo conseguir el nombre del empresario que la noche anterior había estado alojado en esa habitación; lamentablemente, el fiscal –al tiempo en que le sugirió cerrara la habitación para una inspección exhaustiva de criminalística- le negó esa posibilidad, alegando que era necesario descartar previamente, la causa de la muerte: ¿Era ésta producto de la caída desde el piso 19 o es que ese cuerpo fue acomodado al pie de la piscina para fingir una falsa escena criminal?

Caía la tarde y los resultados de la necropsia se hacían esperar.

lunes, 24 de junio de 2019

Muerte

La noche casi que llegaba a su mitad. Las mujeres se acomodaban en el lado más acogedor de la sala. Unos muebles de guayacán y unas sillas, que por su peso parecían hechas de algarrobo, se acomodaba a lo largo de las paredes. Unas tarimas y unos bancos se extendían para el descanso de los visitantes, entre las paredes de la sala y el extenso corralón de gualtacos que daba espacio a una terraza anterior, en la que el frio hacía mella en las almas y en los cuerpos de los allegados.
Una muchacha caló de querosene los lamparines y los mecheros. Un par de lámparas de caperuza también fueron alimentadas. Los hombres conversaban entre carcajadas y recuerdos, mientras en el interior las mujeres, de vez en cuando acompañaban con sus sollozos, a la viuda y hermanas, que a los saludos y simples gestos de condolencias, recordaban la pérdida y se echaban a llorar. Una muchachita, quizá de cinco años, preguntaba en su inocencia: “¿Mi abuelo mañana se despierta, verdad? Me dijo que me traería unas florcitas del campo.” Era la ingenua preocupación de quien no sabe la trascendencia de la muerte… Su vocecita tenue rememoraba el dolor y, las lagrimas de los suyos se hacían vivas.
“Peleonero era el bandido… Una media de cañazo, o lo ponía bailarín o sacaba lo peor de sí”, recordó Dn. Jobo. “Si hasta una vez desafió a la misma muerte, con quien dicen se peleó en la quebrada de las ánimas”, replicó el mayor de todos, un veterano que superaba ya las seis décadas. La muerte lo había alcanzado pronto, quizá de una apendicitis no atendida, pero había sido bullanguero, desde su temprana juventud. La misma viuda daba fe de ello. Ella misma contaba que, cuando estuvo de parir a su Pedrito, casi que se le iba la vida mientras la partera hacía lo indecible por ayudarla… Se sentía mareada, las fuerzas se le iban, sentía su fría sudoración y, las cucharaditas de sopa de gallina negra no la reponían… Veía cosas en medio de la debilidad y, en la poca conciencia que le quedaba hizo llamar a su propio marido: “Fedo…” le dijo entre jadeos, “Cuida a mis hijitos. No me les pegues…. Ejeeee, ejeee… Búscales una buena madre”. El hombre que había puesto su oreja junto a los labios de la grave parturienta, replicó en medio de su incipiente ebriedad: “No mujer. No te vas. Esto lo arreglo con la muerte misma” y, mientras tomaba una fuerte bocanada de aguardiente, salió de la casa y, en su mula frontina cogió el camino de la quebrada mientras exclamaba a gritos: ¡Ñiiiiijaaaaaa! ¡Ñiiiiijaaaaaa! ¡Ñiiiiijaaaaaaaaaaa! No te la has de llevar! Ven carajo…! Que a punta de puñetes has de cambiar de parecer! Allí, en ese recodo de arena, cerca de par de piañas coronadas con sus respectivas cruces que recordaban a la muerte misma, la invocaba y la retaba a pelear…. La mula bufaba asustada, mientras el hombre con exasperación movía los brazos… Y le exigía se presente.
Su hijo, al verlo salir en tal estado de exasperación, dudó entre dejar a su madre en el estado en que se encontraba o seguir a su papacito del que no sabía que pretendía hacer. Se acercó a su madre y, en su gravedad, lo reconoció… “cuida a tus hermanitos, cuida a tus hermanitos”, mientras que él con un paño de tocuyo le limpiaba la sudoración que corría por sus sienes… Le dio un beso y decidió seguir a su padre… Era el atardecer. Corrió y aunque no sabía su paradero, había aprendido bien a seguir el rastro. Una leve polvareda como pista de la huida, apenas se notaba en la distancia, y decidió seguir los rastros de los cascos de la mula en el yucún del camino.
Después de correr por casi quince minutos, volvió a escuchar los ininteligibles gritos de su padre, el desacompasado golpeteo de los casos del bruto animal y sus relinchos asustados. Se escuchaban cada vez más cerca… Desde lo alto del barranco pudo reconocer a su padre que, con una mano sujetaba a la mula y con la otra, blandía su machete en sentido opuesto hablándole a un invisible contrincante… La tensión de su rostro era tanta que, parecía poseído por una fuerza irresistible y de desconocido origen. El machete terminó por los suelos, mientras la mula, bufando logró desasirse y escapar a todo galope…. “Solo tú y yo, y mano a mano, carajo”, gritaba el hombre mientras golpeaba el aire con fiereza. “No te llevas a mi Juana... Ésta noche, no….” Hacía como que descansaba y, mientras efectuaba movimientos defensivos con su brazo izquierdo, con el derecho sacó una pequeña botella de su cinto y se echó dos buenas bocanadas… El olor a alcohol se impregnó en el polvo que esa reyerta levantaba. “Niiiijaaaaaa” y volvía a manotear el vacío… regresaba sobre sí, luego de giros en los que su propio peso le llevaba de un lado a otro. No faltaban los improperios y las mentadas de madre… Como si la muerte tuviera una. De pronto, como que algo le golpeaba en la cara, se iba hacia atrás de tumbo en tumbo… cayó de espaldas y, de su boca salía una baba espesa, mientras que sus ojos desorbitados miraban lo que apenas podía ya distinguirse en la naciente noche…
El chiquillo, que lo había visto todo, se acercó con miedo, pero también con prontitud…. Lo despertaba con pequeños golpes en los pómulos… “Papá, mi mamá….” “Papacito, despierta”. Su desmayo duró poco… La respiración le volvió agitada, pero entre la ebriedad sufrida y el paroxismo provocado, pocas ganas tenía de levantarse. A poca distancia, la mula miraba asustada. Había huido, pero quien sabe porque razón, volvió. El chiquillo tranquilizó al animal, ayudó a su padre a levantarse, a sacudirse… “No llores Paquito… Tu mamá no va a morir… ahora, no” decía con voz babuceante, propia de borracho.
En las cercanía de la casa, oyó los llantos del recién nacido. Apuró el paso del cuadrúpedo  y en el pórtico, la partera le esperaba con buenas noticias: era un varoncito y, la Juana –aunque ahora débil- daba señales de recuperación. Se apeó y, aun con signos de ebriedad, abrazó a su mozo acompañante y espetó, mientras miraba a la misma obscuridad: “Cojuda querías llevarte a mi mujer”.
Desde aquella vez, ya habían pasado sus buenos años, quizá doce, quizá quince. Venía esa historia a los recuerdos de los que acompañaban el velorio. Acompañaban el frio cuerpo de un hombre que decía había peleado con la muerte hasta hacerla retroceder, aunque en esta vez no le fue suficiente. La muerte se lo había llevado a él. "A pesar de todo, era un buen hombre", concluyó su compadre Benancio.
Un sollozo rompió la solemnidad de la madrugada. 

viernes, 14 de junio de 2019

Primicias

El discípulo regresó después de 50 días. Era la fiesta de Shavuot y, la tradición mandaba peregrinaje a la ciudad santa de Jerusalén… Volvía temeroso. Confiaba que, otros –igual que él- también regresaran para la fiesta. Asentaba su confianza en la desasosegada esperanza del olvido de los hechos ocurridos. ¿Qué habría pasado con Pedro, con Santiago, con Bernabé y los demás? ¿Habría corrido la misma suerte que el Maestro? ¿La cómplice casta sacerdotal y las autoridades romanas habrían olvidado el asunto del mesías-rey? Con la presunción de que a cincuenta días de la muerte del maestro, crucificado en medio de dos ladrones, el asunto ya había pasado al olvido, pero aún tenía temor de las represalias en contra de sus seguidores. Al fin, ahora mismo, su interés en la ciudad tenía fines de piedad estricta: la celebración de la zemán matán Torateinu, la conmemoración de la entrega de la Torá al pueblo escogido, al pueblo de Israel.

Un sacerdote, desde lo más alto del altar, leyó las palabras del Libro del Devarim, allí se encontraba las palabras que Yavéh mandó a que el profeta Moisés escribiera en piedra: “Atiende y escucha, oh Israel, hoy has sido constituido pueblo deYavéh, tu Dios. Escucha y cumple las palabra y leyes que mando”, luego hizo un breve resumen y exégesis de los diez mitzvós o preceptos fundamentales, para finalmente recordarles que el juramento de Dios no sólo fue con aquellos primeros que juraron en el monte Sinai, sino “con todos, con los presentes y con los venideros”, con los hijos y mujeres, incluyendo a los extranjeros que moran entre aquellos, sin importar su condición ni oficio.

El hombre escuchaba con el corazón contrito y con los ojos atentos a cualquier movimiento que pudiera ser de peligro. Con el paso de los minutos pudo reconocer a otros que igual que él, - que se habían sentado a las orillas del lago de Galilea y habían acompañado al maestro en la cena del Pesaj, previa a su aprehensión, juicio y condena a muerte- se escondían entre el gentío. Estaban allí, perdidos en medio de la muchedumbre a la espera de que los acólitos del templo hagan el llamamiento para la entrega de las primicias: Si Yavéh en su juramento entrega sus preceptos, el pueblo en su juramento, entregaba sus primeros frutos. Una gavilla de trigo se acomodaba entre sus ropas, otros portaban harinas, algunos corderos de mediana edad. Las mujeres ofrecían aceite o recinas aromáticas. Los olores de los alimentos no hacían más que resaltar la vaciedad de sus tripas como producto del ayuno, a que como judío piadoso se obligaba, pero era siempre menos que la alegría de reconocer a varios de aquellos otros que se juntaban para escuchar al maestro Yeshua Ha'Mashiaj, el que les había ofrecido la instauración del reino de Dios. Un muchacho, se le acercó y muy quedamente le anunció: “a la puesta del sol, en la casa del aguatero”. Quiso seguirlo, pero prontamente se perdió entre la muchedumbre.

Se reunirían, pero no sabía adonde tenía que ir. La “casa del aguatero” no le decía nada, pero decidió seguir a otro de los suyos y esperó en las cercanías. Al acercamiento en el lugar cayó en la cuenta de que era la misma casa en la que se celebró la Pascua con el maestro. Las luces en el segundo piso y un par de siluetas de mujeres que iban de un lado a otro, le hacían saber que allí sería el encuentro. Poco a poco vio llegar a los discípulos más cercanos, a Levi ben Alfeo, Yosef Barnabás el levita, Simón Bar Yona, a los dos Santiago, a Miriam la madre del Maestro, a otras mujeres, pero también a extranjeros piadosos y devotos, de esos que suelen cumplir el precepto del Shabath. Se animó a entrar y, todos se saludaban con efusión. Aquellos que solían acompañar a Yoshúa, todos estaban allí. María Magdalena y Martha, la hermana de Lázaro, ayudaban a los recién llegados y los presentaba con los más antiguos. Era un espacio de algarabía… Juan, el menor, se le acercó con algo de comida y, se sentó a su lado: le contó de los extraños sucesos ocurridos en el primer día de la semana posterior a la muerte, le anunció que el Maestro estaba vivo, que había dado instrucciones antes de subir al cielo –del mismo modo a como Ēliyahū había sido elevado. La diferencia era vital: Elías necesitó un carro de fuego, Yoshua lo hizo por sus propios medios. 

Algunos devotos extranjeros escuchaban con atención el relato. El viento, sin embargo, rompía la efusión de los hablantes. El sonar las cortinas y el traquetear de un par de ventanas mal puestas… Cada quien contaba sus experiencias. Estaban animados. María Magdalena, muy cerca de él, también contó cómo es que ese primer día pudo tocar los pies del maestro y cómo es que reconoció su voz cuando dijo su nombre. Con los ojos acuosos, embriagados de alegría, volvía a relatar aquello que había visto esa mañana cuando se le ocurrió que había robado el cuerpo del Señor. Tomás, por su lado, daba fe de que estaba vivo, de haber tocado sus heridas y haber compartido con él un par de pescados fritos. Cleofás, el de Emaus, también contó que había caminado con él un largo trecho y que bendijo su comida de aquella forma tan especial que sólo él sabía hacer. Todos se animaban con las experiencias vividas y las hacían suyas. Las repetían como si hubieran estado en el mismo lugar de los hechos, algunos incluso se animaban a expresarlas en los idiomas de aquellos otros a los que reconocían como los “hermanos de la diáspora”.

Finalmente, Pedro –secundado por Santiago, el hermano de Yeshúa- alborozado, mandó a cerrar las ventanas, y con voz de trueno hizo un recuento breve de los últimos sucesos. Los prosélitos de justicia –aquellos extranjeros que se habían hecho judíos por la circuncisión- y que ya conocían el idioma de los judios, les contaban a sus coterráneos, en sus propios idiomas lo que Pedro narraba… Esa noche fue una fiesta: el júbilo les llenaba sus corazones. No sabía por qué, pero estaban seguros que empezaba una nueva aventura.

El discípulo ya no tenía miedo.

martes, 7 de mayo de 2019

Jacobo

El asunto se había complicado. Jacobo se vio obligado a huir de su propia casa paterna porque su hermano lo amenazó de muerte y, tanta era esa rabia, que el tiempo para preparar la huida fue escaso. Solo pudo salir con lo que tenía puesto. Su padre no perdonaba todavia la canallada realizada. No era pequeña su culpa: Le había "robado" la progenitura a su hermano y, por si fuera poco, había engañado a su anciano padre para que le bendijera como si efectivamente lo fuera. Con esa bendición adquirió, ilícitamente, el derecho a tener autoridad sobre cualquier otro hermano y, por encima de ello, el derecho de corresponderle el doble de herencia respecto de cualquier otro hijo… Pero tuvo que huir ¡Y hacerlo sin nada! Con esas reglas de sucesión, donde todos los hijos no tienen los mismos derechos, no venía mal la cólera del hermano traicionado…

En su huida no había visto más que desierto, empero luego de caminar fatigosamente por varios días, logró llegar a un pozo en el que pudo distinguir a algunos pastores y varios hatos de ovejas. Se presentó con ellos y les pidió agua para beber… Quizás hasta le habrían alcanzado algo de comer. Preguntó por la propiedad del acuífero y le anunciaron que era propiedad de Labán. Se alegró pues lo andaba buscando: era su tío y traía una recomendación de su madre. Se emocionó tanto que cuando, le presentaron a la hija de aquel, la pastora del ganado, luego de saludarla, no pudo contener las lágrimas. Superada la euforia de las presentaciones, la ayudó en su tarea de dar de beber al ganado y, advirtió, ahora sí, su belleza. Se enamoró de ella, tanto que, un mes después –ante su pobreza y con la imposibilidad de pagar una dote- se obliga a trabajar por siete años en favor de su suegro para poder casarse con ella. El nombre de la muchacha era Raquel y, dicen los que la conocieron, en confirmación de lo ya anotado, era muy agraciada y de muy esbelta figura. Un tanto más que su hermana Lea, la mayor.

El asunto seguía enturbiándose en complicaciones: Según las tradiciones de aquellos días de ese naciente pueblo, el protagonista tenía todo el derecho de casarse, pero… ¿del modo como lo tenía pensado? No contaba con la traición y, así –como en el pasado- engañó a su padre y hermano por la progenitura; ahora el mismo era embaucado: le entregan por esposa a una muchacha que él no había pedido. La noche de las bodas, no fue Raquel la que estrega su florecita al estrenado novio, sino que al despertar descubrió en el lecho nupcial a su cuñada. Si, a Lea… ¿Cómo pudo Labán hacerle semejante canallada? Las reclamaciones no fueron pocas, probablemente hasta subidas de tono, pero desde aquellos días ya existía ese dicho que anuncia: “La ley es la ley” y, Jacobo no se había olvidado de que una de las usanzas matrimoniales exigían que las hijas debían casarse de mayor a menor y sin ningún tipo de excepción. También había otra que posibilitaba la solución del entuerto: Que se case con la hermana, siempre que cumpla con la recién casada por un plazo mínimo correspondiente al tiempo de la luna de miel… Si claro… Eso era posible, siempre que cumpliera con una condición contractual: un tiempo igual de siete años de labores en favor del suegro. Jacobo, luego de pensar brevemente, concluyó que valía el esfuerzo, que siete años eran poca cosa para alcanzar al amor de su vida: podría casarse, finalmente, con quien efectivamente amaba. El detalle es que tenía, ahora dos mujeres… Una por contrato y la otra también por contrato, pero a ésta no le faltaba amor.

Nadie sabe para quién trabaja… Los hijos no llegaban y una de aquellas se sentía malquerida frente a los cariños que aquel le prodigaba a su preferida. La vida se encargaría de compensar esos aborrecimientos: Los hijos llegaron del lado menos esperado. Lea parió cuatro hijos: Rubén, Simeón, Leví y Judá y, ello ocasionó el recelo de la infructífera Raquel, que en un arrebato frenético y pasional ofrece a su esclava Bilha para que su marido pueda procrear en ésta la prole que la otra tenía y ella no aseguraba. De ese vientre de alquiler nacieron Dan y Neftalí. Y como nadie está contento con nada, la mujer del contrato quiso agradar a su marido y le ofrece a su propia criada Zilpa. De estos encontrones, desde la mocedad de la muchachita se alcanzó dos hijos más: Gad y Azer. No obstante, la intranquilidad no abandonaba el corazón de Lea y quiso superar su personal índice de hijos y perfeccionar su calidad de "reproductora" con lo que, unos meses después, Lea vuelve a tener nueva prole con la que seguir martirizando a su hermana, la preferida del común marido. Da a luz, para contento de Jacobo, dos varones: Isacar y Zabulón y a una mujer: Dina.

He de suponer que Raquel aun cuando había parido por a través del útero de otra, no se sentía conforme con la vida. En la proximidad de la menopausia, para satisfacción propia pero también para la de su consorte, logra preñarse y alcanza el nacimiento de José, cuyo nombre, en el idioma de aquellos significaba: “Regalo de Dios en medio del desierto”, seudónimo con el que se hacía referencia a la geografía en la que se desplazaban, y también se vinculaba con la sequedad de partos, tantos años padecida por la autora de los días de aquel nuevo muchachito. Y puesto que… no hay primera sin segunda… Luego vendría el duodécimo hijo de Jacobo, hijo de la avejentada Raquel: Benjamín. El libro que narra esta historia de enemistades de hermanas y esposas a la vez, afirma, que en esta oportunidad, la preferida del protagonista no sobrevivió al parto. Benjamín era el mejor recuerdo de la mujer amada, y su marido la recordaría siempre, al punto que en su propia agonía la llamaba… probablemente para que le dé el encuentro en la otra vida.

Doce nombres, doce tribus, un mismo padre, distintas mujeres y, todas de distinta calidad y distinción social.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Demonio


Un cerco de palos de algarrobo -alguno muy rectos, otros jorobados- ponían el límite entre los predios del viejo Concio y el mundo exterior. Por fuera de ese límite mil peligros acechaban. Los perros callejeros podían atacarnos, aquella bruja que se convertía en chancha podía aparecer y llevarnos sin retorno conocido o, aquel ogro que pretendió comerse al Gato con botas, haría su aparición para hacernos humo… Humo, literalmente. Nos habían advertido que podíamos morir en las humaredas que se elevaban de tiempo en tiempo en el cercano horno de ladrillos que apenas podíamos distinguir por sobre las copas de unos crecientes algarrobos que se levantaban en la parte posterior de aquel viejo corralón. Se distinguía en la lejanía, las voces de los ladrilleros, en particular de aquellos que llegaban en el viejo Dogde de Sr. Villegas, para recoger los cargamentos de ladrillos… Nosotros no los veíamos, solo escuchábamos voces de apuro, a veces, carcajadas e interjecciones de algarabía. La abuela, de vez en cuando nos explicaba que, eran las voces de los que se escapaban de sus casas, que sufrían el tormento del fuego… de ese que no veíamos, pero que sospechábamos por las humaredas grises que el horno de ladrillos dejaba escapar y que viento esparcía en el aire. El olor de leña quemada y de guano de cabras, nos llegaba a nuestras pequeñas naricitas. 

Esa vieja casa apenas tenía vecinos, estaba circundada por la nada. La vecina más cercana era doña Pema, pero sí que su casa quedaba lejos, aunque algunas tardes los peligros –esos que nos imaginábamos a la luz de las expresiones de los mayores- se disipaban ante la atenta mirada de alguno que decía vigilarnos hasta que llegáramos a la casa de la vecina aquella. Allí era otro mundo. No hay un corralón inmenso, aunque sí –en aquellos días- un pequeño hato de cabras, una pelota de trapo con la que jugar y unas paredes por las que podíamos escalar sin miedo a nada… Ni al humo, ni a las brujas, ni a nada… En realidad, cuando se juntan más de tres chiquillos no hay advertencia que valga. Ni los consabidos “no subas que te puedes caer” y menos, aquellas brujas que nunca habíamos visto convirtiéndose en seres irreales. 

Regresemos, a la vieja casa… En ella podías encontrar, en cada vez que la recorríamos, cosas en las que entretenerse siempre que no tintilara en nuestras pequeñas cabecitas las advertencias de seres inmateriales escondidos por entre aquellas cosas… ¡Que ganas tienen los niños, de rebuscar en aquellos sitios donde les está prohibido! Bueno, más allá de las advertencias, imprecaciones y juramentos adversos estaba las formas de superarlos y, funcionaban a modo de antídotos, la atención de rezos a manos de viejecitas murmurantes de oraciones, amuletos confeccionados con pequeñas estampitas adornadas de guairuros, bebidas amargas bebibles a soplos y escupitajos de aguas saladas en medio de la noche. 

Una tarde, una de aquellas cuando se nos había prohibido visitar a Dña Pema, solo quedaba la posibilidad de jugar en medio del extenso patio que se encerraba en el amplio corralón. Ya habíamos estado en el corralito de chivos huachos y no había ninguno. No era, todavía, tiempo de pariciones. En el corral de patos, el riesgo de caer en la poza de agua era grande y, las amenazas por ensuciarnos eran mayores; así que apenas los mirábamos desde el ángulo confeccionado con ladrillos de barro y, desde la sombra que ofrecía un enorme árbol que les regalaba algún frescor a los palmípedos. Las gallinas, en cambio, solían estar siempre al aire libre y, en oportunidades superaban largamente el cerco de palos, límite del mundo exterior. 

De hecho, en aquella vez, siguiendo a una gallina, ésta escapó volando por encima de la cerca y, esto nos llevó a mirar por entre las rendijas de los palos… En la lejanía advertimos el humo que en forma de volutas subía por encima de las copas de los árboles y, nuestro sentido de supervivencia confundido con aquellas advertencias de nuestros mayores, nos hizo oír que los gritos de los ladrilleros era quejidos de lamentos e imaginábamos que se quemaban por debajo del fuego que suponíamos libraban los humos que nuestros ojos veían… Y uno de los chiquillos, le dijo al más pequeño: “Así debe ser el infierno… Seguro que nos quemaremos para siempre”, el oyente, más pequeño, en expresión del sentido natural de conservación soltó la baranda desde la que se sostenía, e hizo su mejor esfuerzo para no correr. Y este se hizo insuficiente al poco tiempo: un hato de ovejas, al olor del agua, se encaminaba afanosamente hacia la casa, guiado, quizá por el cansancio o, tal vez, por la sed. Resaltaba un ovejo negro, grande, quizá el padrillo, del que sobresalían un par de cuernos retorcidos a ambos lados de su cara… Y volvió esa voz infantil de advertencia: “Si! Nos quemaremos en el infierno y allí viene el demonio para llevarnos”, anunció mientras señalaba al cornúpeta carnero que se avecinaba. 

Un grito infantil y desgarrador rompió la tenue cortina que separaba la tarde de la obscuridad nocturna: “Mamaaaaaaá…. El diabloooooooo”, mientras sus piernecitas corrían con la mayor ligereza posible. Inmediatamente, la figura de la mujer con cara de angustia apareció en el quicio de la puerta y, corrió al encuentro del huyente… El otro que lo seguía detrás, aun sin exponer sus alegatos, se encontró con una cara de reproche… esas en las que se lee: “tenías que ser tú….”. Pero no importaba, resaltaban los gritos desesperados del chiquillo, angustiado por la figura demoniaca representada en un inocente carnero que tenía como mejor aditamento un par de cuernos que reflejaban su liderazgo en el rebaño. 

Esa noche no hubo más que caramelitos para aliviar el alma del asustadizo, un par de mujeres viejas, con sus respectivos cascarones en mano, santiguaron el incómodo cuerpecito del churrito, concluyendo luego de varios eructos y arcadas, la necesidad de, cuando menos, hacer algunos baños con agua de hierbas amargas y el rezo con velas, alcanfor y periódico embolillado por siete días, sin falta alguna. 

No hubo más. Esa noche dormimos sin comer. La más veterana de todas se dejó oír: “¿Demonio, no? Aquí solo un demonio… jum”. El abuelo solo espetó: “Muchacho, pa bandido”.


jueves, 27 de diciembre de 2018

Caminante III

Una cuadrilla de iniciados, dedicados a la divinidad, lo atendía. Las pocas cosas que le quedaron del largo camino, todas le fueron ofrecidas a Maat, la diosa de la sabiduría: un par de camellos y algunas de sus sedas. En santuario, luego de las presentaciones de rigor, se le exigió, además de la ofrenda, la sujeción a los ritos de purificación: nueve días de permanente meditación y oraciones, acompañados de frugales comidas, que con el trascurso de los días menguaban en su cantidad y calidad, además de amargas tisanas y obscuros brebajes, que tenían la intención de asegurar su limpieza corporal. El rito suponía conducirse por escondidos subterráneos en los que voces le llamaban de uno y otro lado, ofreciéndole bienes o una vida mejor. La idea era seguir la delicada voz de Maat, que lo conduciría a una iluminada cámara en donde la deidad le ofrecería su voz y, le permitiría descubrir el sentido de aquella otra que en los meses anteriores le llamaba con intensidad.
Esos días de descanso, le permitieron descubrir que no era una voz, que no eran sus oídos los que la escuchaban, aún a él le parecía que así fuera. ¿Era acaso una ilusión auditiva como los espejismos del desierto en que la reflexión de la luz sobre el aire caliente motiva charcos de agua inexistentes? Las visitas en las grandes ciudades le había relacionado con varias familias hebreas, que angustiadas le referían sus ansias de libertad, de volver a la tierra de su padre Ibraim ¿Esas eran las cuentas pendientes que saldar?  “Escriba tu pluma de Ibis en mi alma, los designios reservados para mí”, anunciaba en voz queda mientras se conducía en el laberinto: solo era su oído el que le guiaba, una voz suave intentaba superar a aquellas otras dadivosas: una cámara tenuemente iluminada le esperaba… luego de varios minutos, de casi una hora, de angustiosa obscuridad, de golpes contra salientes rocosas había llegado la iluminación. Como impulsado por una paz interior se sentó sobre sus rodillas en inclinó su cara hacia el suelo y a media voz, a modo de presentación dijo: “Te reverencio, oh gran diosa de la verdad y la sabiduría. Heme aquí, resuelto para conocer tu voluntad”. El silencio absoluto, le permitió descubrir un lejano sonido, tenue muy tenue, de cómo si el agua jugueteara con pequeñas piedras y, luego, le encontró cierto ritmo a ese sonido, que le aseguró el paso de los latidos de su propio corazón… El cansancio le invitó a sentirse hebreo…. De hecho ya lo era: 40 años en medio de esa difícil geografía ya lo habían convertido. Además, había visto las tareas a las que se sometían: cuidado de los animales, servidumbre en las casas de los nobles, cultivo de las tierras menos fértiles, atenciones que nadie quería realizar en los mismos templos de la multiplicidad de deidades del Kemet, largas jornadas extenuantes en la reconstrucción de los diques destrozados por la reciente avenida del gran Nilo, elaboración de ladrillos en condiciones insalubres, carguío de agua para el abastecimiento de los santuarios. Eran tareas que correspondía a los propios devotos de semejantes dioses y le pareció una muy grave y perversa iniquidad, de la que estaba seguro ni los dioses faraónicos, ni el dios de los hebreos estaban dispuestos a soportar… Luego de esa noche, conversó con los escribas del templo y con sus sacerdotes; también con los hijos de Levi, los sacerdotes hebreos, con la intención de que las obligaciones sean menos duras ¿Acaso Amon hace distinción entre sus hijos? ¿De que servía exaltar el nombre de los dioses, si finalmente nuestras conductas los avergüenzan?
Luego de ofrecer por algunos días su trabajo en los campos fértiles de Maat y, advertido de su nada, de su pobreza y el tartajeo de su voz, siguió su camino a pie, siguiendo el curso de las aguas. Llegó a Amarna. Allí solo quedaban unos pocos devotos de la secta hereje. Los muros del gran templo ya exponían la llenura de las arenas. Las pocas gentes que allí quedaban no tenían siquiera para asegurar la comida de su servidumbre hebrea, pero allí se adosaba una comunidad. Atón era lo más próximo que tenía al Dios de Jacob, Allí podían sin temor elevar sus plegarias: “Iluminas el mundo con tu luz, escondes las tinieblas debajo de tu manto. Oh creador del cielo y de la tierra, del hombre y de las bestias, de lo visible y lo invisible. Dios por encima de toda deidad”. Se sintió a gusto entre estos hombres, sacerdotes de un dios omnipotente, al que solo era posible hablarle con el corazón; se sintió cercano a los hebreos, con quienes se hermanaba justamente por reconocerse hijos de ese mismo dios, aunque le llamaran de un modo distinto… Que más daba: su suegro Jethró también elevaba plegarias similares, para una divinidad absoluta, en cuyo seno los hombres, todos, independientemente de su condición, eran iguales. Era el mismo dios: anterior a todo lo creado, hacedor de todas las criaturas, autor de todas las bendiciones inmerecidas de los hombres… ¿Era acaso una misma divinidad?
Se sentía pequeño, apenas una vara –propia de los pastores e instrumento para sus avejentados años- y su túnica bermeja le acompañaba. Aarón, su hermano, en cambio, no solo conocía los rituales propios, sino también los de las otras deidades. De hecho, era un sumo sacerdote y gozaba del don de la profecía… Se anunciaba como heredero de la tribu de Levi, el hijo tercero de Jacob y de Lea. Custodio de las ofrendas sagradas, las que serían las primeras en el templo del Gran Dios, si un día hubiera uno. Iba vestidocomo se lo permitió su condición de sacerdote, además, conocía los protocolos, los sortilegios y hasta los conjuros de las distintas divinidades egipcias.... Le ofreció la posibilidad de ser su portavoz y, se juntaron para negociar, primero con los sacerdotes con la intención de asegurar la posibilidad de aliviar las obligaciones de su pueblo, luego la de permitir –a quienes quisieran irse- la posibilidad de volver a las tierras de su padre Ibrahim... Las negociaciones eran duras. Solo los sacerdotes de la secta hereje –los hijos de Neferjeperura Akenatón y adoradores de Atón, convinieron en la libertad –ya sostenida- de los hijos de Ibraim.
Ya bordeaba los doce meses desde su abandono del templo de Maat en la vieja Karnak y, en su recorrido a lo largo del Nilo había sumado adeptos. Algunos le seguían, con las limitaciones que ello suponía: Medineh Abul, Abidos, Amarna, Minieh, Medus, Menfis, eran algunas de las visitadas, en las que conversaba con los jefes hebreos y los sumos sacerdotes egipcios. La idea era la misma: o las mejoras de las condiciones de servidumbre o la libertad. Finalmente llegó a Heliopolis, la ciudad del Faraón: Sus piernas letemblaban y su lengua apenas podía hablar, pero era necesaria la liberación. Aarón sería su voz, y su cayado disimularía las dificultades para permanecer de pie por mucho tiempo.
Sopdet, la estrella de la abundancia, se había escondido, pero había vuelto a aparecer… Esa fue la noche en que el Faraón tuvo a bien recibirlos por primera vez. Se presentó con una ordenada tranquilidad: “Yo soy Moshé, ben Yekutiel”, Moises, el hijo de la esperanza. Era el inicio de una historia conocida.

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...