miércoles, 21 de febrero de 2018

Elementos

El silencio, una sábana pudorosa y el amor de un par de jovencitos eran los ingredientes. Aprendían a amarse. Se conocieron en las aulas udepinas. Luego de algunas semanas del tiempo de los primeros cursos de Humanidades, decidieron mandar al tacho los apuntes de ética y antropología. Las horas de estudio para las prácticas de matemática 1, cuando la biblioteca ya no atendía, se convirtieron en pretexto para el amor juvenil.

Ambos vivían en pensiones, de esas tantas que se acomodan en las urbanizaciones vecinas al Alma Mater en la que hacían su vida académica. Ella, en casa de la Sra. Antonia, una tía de misa diaria y, que por su condición de jubilada tenía tiempo para todo, incluida la dedicación a una “bitácora” de cada una de las cinco chicas que vivían en su casa, a las que ella cuidaba como si fueran las hijas que nunca tuvo. Si. Les ofrecía dulcecitos y, de vez en cuando, las visitaba en sus respectivas habitaciones, para inspeccionar la limpieza y sugerirles consejitos que resalten su femineidad, que ha de ser, siempre, decorosa y recatada. Estaba atenta a los baños, que si les faltaban implementos higiénicos, que las toallas estuvieran limpias, que no hubiera fugas de agua… que no hubiera algún muchacho escondido. Era necesario mirar hasta  por debajo de las camas.

Él, por su lado, vivía en un departamento compartido, donde confluían varios otros talareños, cuyos padres se conocían por ser empleados u obreros de las empresas petroleras de su lugar de origen. El control, allí, era distendido. Los dueños del departamento solo se comprometían a asegurar los servicios básicos de luz, agua, cable y, ofrecieron –para los meses siguientes- el internet, siempre que, cada uno de los ocho muchachos que vivían allí, se comprometieran al pago de un 5% adicional de lo que le correspondía como mensualidad. Una señora, una vez a la semana hacía limpieza de los espacios comunes y, se llevaba las ropas sucias de aquellos que le pagaban el servicio de lavandería. Las escaleras, de madera, anunciaban el ingreso de los propios y extraños. La dueña de la pensión había aprendido a distinguir entre pisadas de varón y de mujer. Los “ay, muchachos” se repetían cada vez que advertía de la presencia de chicas en ese segundo piso. Tampoco daba para más. “No soy madre de ninguno como para andar cuidándoles los calzoncillos”, era una expresión con la que justificaba su desinterés.

Allí, en el cuarto de Sergio, a la luz de una lámpara de mesa, luego de breves juegos de manos, sus labios encontraron la suavidad de su torso, mientras que las cuartillas en las que se anotaban las fórmulas matemáticas de las hipérboles, las elipses y los círculos, se perdían por entre sus desperdigados zapatos de debajo de la cama… allí también se escondía –sin que ella lo supiera- un viejo librito que Doña Antonia le había prestado, un catecismo juvenil propio de aquellos días: “Para salvarte” del P. Loring, en el que ella misma había resaltado con un lápiz de color: “El amor entre adolescentes es una imprudencia”, y que ahora mismo pretendía no atender. Era una vieja edición, que aún tenía vigencia en los tiempos del mixmail, del messenger y del Hi5. Él juguetea con sus dedos entre los flequillos de las mangas de la blusa, intentando romper la resistencia de la tira del sujetador.

Entre las nuevas sensaciones que bullían en su, ahora, trémulo cuerpo, la intención de no reprobar el curso de Matemática I, el ánimo de que Sergio le ayudara en sus estudios; resaltaba las palabras de su abuela: “Cuídate de los muchachos… esos son como los lobos, comen y se mandan a mudar… cuídate, no seas tonta. Las ganas se pierden en medio del agua fría”.  Y entre las caricias nunca antes sentidas, decidió de forma enérgica, correr a la casa de Dña. Antonia para tomar una buena ducha.

Esa noche soñó ser la protagonista de una novela. De esa donde la niña bonita encuentra al amor de su vida; Sergio en cambio, era burla de sus congéneres: “huevón… se te fue la costilla, jajajaja”, era expresión escribible de las tantas espetadas. Y por encima de ellas, solo pensaba en ella. No era tiempo de soñar, pero le robaba los pensamientos. Dejó lo que tenía y envió un mensaje de texto. Estaba dispuesto a enfrentarse a quien fuera. Tomó una ducha, se puso ropa limpia y cruzó la calle, avanzó tres cuadras, tocó el timbre y preguntó por ella: “Debo entregarle unas cosas personales” expuso como justificación. Corrían los minutos y ella, todavía inquieta con esas extrañas sensaciones que apenas se habían apaciguado con el agua fría, dudaba entre salir o pedir permiso para que le permitan ingresar a la sala.

Lo atendió en la puerta de la calle y, él solo atinó a decirle: “Vengo a ayudarte a estudiar. ¡Confía en mí!” Luego de algunas otras palabras y de convencer a Dñ. Antonia, el muchacho ingresó a la sala de televisión, allí estudiaron casi hasta la medianoche, tiempo en el que fue gentilmente invitado a descansar. No hubo espacio para sus propias pieles y emociones, a contrario fue tiempo para encontrar los artilugios destinados a ensordecer las ebulliciones adolescentes, pero por encima de ellas, para aprender  estrategias y encontrar soluciones al largo catálogo de ejercicios relacionados con la circunferencia, la parábola, la elipse y la hipérbola. Aún guarda entre sus libros, ese de Geometría Analítica de Lehmann, que en un descuido de Marisol, la bibliotecaria, se robó una de esas tardes en las que el tiempo le era insuficiente para entender de qué iban los puntos, segmentos, ángulos y líneas rectas.

Esa noche, ella soñó con ser la protagonista de su propia novela. Era la chica bonita, que había encontrado al amor de su vida, en el que distinguía a un esmirriado chiquillo que era capaz de contenerse, justamente por amor.  Le parecía que ella era un punto en medio del plano cartesiano que había encontrado a su par, aunque sería necesaria mucha paciencia para que la línea que los uniera se solidificara. Serían necesarios la moderación y la fortaleza como virtudes para templar sus propias almas.

Había mucho tiempo por delante.

martes, 6 de febrero de 2018

Viaje

Era una frazada oscura, aunque resaltaba un breve retaso de un rojo opaco. Tampoco es que la iluminaba, pero por alguno de sus lados resaltaba. Viene a mi memoria que no era mía. Al menos eso lo supe tiempo después. Mi madre me envolvió con ella, en medio de mi sueño de madrugada. “Hijo, despierta” es probable que haya dicho en ese momento. No lo sé. Solo recuerdo que me hacía cosquillas en la planta del pie para que despertara.

Una toalla celeste, con su caperuza, me arropaba antes de que la frazada me envolviera. Mi papá apuraba muy calladamente. Estaba oscuro. El Rambler American 330, de color verdoso esperaba en el patio con el motor encendido. Era de madrugada. No había cri-cri ni nada. Solo la luz de la sala nos recibió al término de la escalera. Creo haber escondido mi cara para evitar la molestia de la luz, que terminó cuando mi madre sobrepasó el quicio de la puerta principal. “¿Ya está todo?” preguntó una voz de mujer. Era mi tía, hermana de mi padre, que con una linterna alumbraba el interior del vehículo. El golpe secó cerró la maletera, cargada de maletines y de cosas. Mi hermana viajaba en los brazos de mi madre, y ¿mi hermano? No sé… no recuerdo. Una mujer mayor nos acompañaba.

Sí mi hermana ya existía, mi edad podría ser entre cuatro y cinco años. Quizá cinco. Aquel que no recuerdo tendría dos y, mi hermana quizá no habría alcanzado su primer calendario, quizá… Quizá en los brazos de la mujer acompañante se acomodaba mi hermano. No lo sé. Apenas recuerdo el techo oscuro del automóvil. Unos sollozos acompañaron a la despedida y, el carro en medio de la oscuridad de la madrugada, se hacía paso con sus propias luces. La frazada con la que me cubría, se fue a un lado y, mientras miraba adormitado, las calles alumbradas, mi madre solo decía, mientras se volvía hacía el asiento posterior: “Acuéstate hijo, duerme, es de noche”.

El ruido de Rambler era estruendoso. Como la de cualquier carro de los años sesenta, más todavía si el motor que le acompañaba había sido modificado. Claro, eso lo sé ahora, luego de muchos años. En ese rato, si bien no dejaba dormir en el primer momento, luego se convirtió en la canción de cuna que me acompañó esa madrugada. Una parada más, había que subir un paquete que uno de mis tíos enviaba al norte, para los abuelos. En ese momento, un reacomodo de personas. Otra mujer también subió. Tengo la impresión que fue una pasajera paracaidista de ese rato y, con eso mi comodidad se fue a la... Miercoles, no me parece un día adecuado para viajar. Quizá era viernes y, en ese momento, ya no miraba el techo. Me acomodaron entre las personas adultas, y me vi obligado a conducirme sentado, como cualquier mortal.

No recuerdo nada más del viaje… no sé de ninguna parada, de ninguna foto, tampoco de alguna comida en medio de camino. No recuerdo si mi hermano iba. Aunque de hecho allí estaba. Menos recuerdo las caras de las pasajeras que nos acompañaba. Tampoco sé cómo fue nuestro recibimiento en el lugar de destino; sin embargo, a este tiempo, sé que ese fue el viaje más significativo de mi vida: Máncora se convirtió en mi refugio, me adoptó entre sus campos y me permitió bañar mi infancia entre sus olas. Nada más simpático que la casa del “Pá Concio”, nada más austero que sus distintas cabañas, esas que se levantaron en varios lugares para asegurarnos espacios donde escondernos en nuestros más difíciles momentos, esos de aquellos días.

Esa frazada oscura quizá exista todavía. O a lo mejor se convirtió, en los años venideros, en cobertor de tabla de planchar… Esa frazada no era mía. Cubrió los fríos de mi hermano. A él le fue asignada. El Rambler American 330, definitivamente, se fue. Un día, dejó de funcionar y, su presencia era como parte ornamental de la casa, sus latas le dieron paso a la oxidación propia de los trastos viejos. Dejó de acompañarnos ya hace muchos años, pero no quería irse. Hace poco sus latas se convirtieron en chatarra y se fundieron para dar vida a otras nuevas. Solo queda, en mi cajón de medias, el logotipo metálico que adornaba la guantera y que pude arrancar antes de que se lo llevaran en pedazos. Al ver esa pequeña pieza de orfebrería industrial, se vienen los recuerdos, los primeros que de él tengo.

Paseo

La feria más grande de aquellos días era la de “San Pedrito”. Los católicos, en particular los que viven en las orillas del mar y se dedica a la pesca, tienen en el llamado “Primer obispo de Roma” a su santo patrón. La festividad se celebra cada 29 de junio, pero en mis días de infantitud se empezaba desde el 28. En realidad, desde el primer día de la semana. Desde el viejo coliseo municipal de Máncora hasta el actual ingreso hacia el bulevard marino, se apiñaban, entre las paredes de los vecinos y la línea blanca de la Panamericana, las vivanderas, los vendedores de juguetes, los que ofrecían juegos de azar, aquellos otros que vendían y/o alquilaban comics, los que en variedad multicolor ofrecían dulces y juguetitos de madera. Afamado –como todavía en estos días- era el gimnasta que apoyado en un par de columnas y unido a ellas por un par de pavilos, a la sola presión hacía volteretas sobre los hilos en los que se soportaba. Los vendedores de muñecas de trapo, ollitas de hojalata y juegos de comedor confeccionados en triplay tenían en las más pequeñas su cautiva clientela. También estaban los vendedores de ropas y de telas y pequeños juegos mecánicos. Los refresqueros y los ambulantes de los picarones eran los más solicitados.

El pescador de Galilea -convertido en “pescador de hombres”, una humorística forma de decir agente misionero-, es, desde tiempos ya olvidados, el patrono de los que tiene por instrumento las redes y por oficio, el de pescador. Quien sabe cuándo se instaló en la religiosidad mancoreña; sin embargo, era infaltable la confección de un altar en las orillas del mar en la que la escultura del patrón, montada sobre una pequeña lancha, miraba imperturbable el vaivén del mar y, las balsillas que bailaban a su compás. Allí, en las noches los hombres de mar, acompañados de mujeres piadosas, elevaban sus plegarias peticionando su intercesión. ¿Acaso no serían escuchadas esas suplicas si justamente se le efectuaban a quien el mismísimo Jesús prefirió para la tarea de apacentar el naciente rebaño?

Los “view-master” –de los que ahora sé su nombre original- eran lentes plásticos acondicionados para soportar discos de cartón en los que se acomodaba pequeñas diapositivas, que visualizaban -cambiando una después de otra a través de una palanca- una breve historia de comics. Eran nuestros lentes de realidad virtual. Nos permitían “alucinar” con las historias que allí se narraban, mejorando incluso la realidad de nuestros lluviosos televisores en blanco y negro. El vendedor los ataba con una cadena a la mesa y estaba atento a que el cliente sea el único que se favorezca con la “película”. Solo, cuando el negocio estaba bajo o tenía la posibilidad de conseguir monedas adicionales, es que permitía que los amigos pudieran ver alguna partecita de la secuencia. Ni las pc, ni las tablets ni los móviles existían. Así esos lentes, era lo mejorcito de la tecnología de punta en nuestras manos, frente a nuestros ojos… y solo por escasos minutos!

Pedro, discípulo directo del Señor, sabía de sus liberalidades. Lo había visto discutir con los fariseos respecto de las oportunidades del tributo, de la pena de muerte a la adultera, de la corrección fraterna sin llegar a la acusación legal, de las curaciones a leprosos más allá del Sábado. El mismo Pedro era sujeto de su misericordia ante la triple negación y en aquellas otras tantas veces en que fue reprendido por oponerse a la voluntad divina. Aún resonaba en su pecho, la sentencia del Maestro que reconocía la dureza de la ley mosaica en sintonía con la dureza del corazón humano, pero a la vez la liberalidad y firmeza con que anunciaba: “El hombre es señor del Sábado” para oponerse a la prohibición de trabajar en el día del descanso.

Esas liberalidades también se anunciaban en los días de la festividad mancoreña: nos desapegamos de los libros y cuadernos para cada tarde concurrir a mirar las novedades de la feria. Las peleas de gallos, los partidos de fulbito, los danzantes de marinera, el juego de palo encebado… También para regocijarnos con las peleas de los ebrios ocasionales, los requiebros de advenedizas guitarras y las profecías de agoreros públicos que anunciaban tener en los naipes nuestro futuro más próximo. Alguna vez, hasta se suspendieron las clases a fin de que los alumnos participáramos de las liturgias y devocionales de la fecha. Todo ello, a propósito, de la algarabía que nos producía tener como patrono a un santo, famoso por sus indecisiones y sus vaivenes en la fe; condición que probablemente compartimos. Aunque, desde su altar playero, miraba imperturbablemente las ondas marinas sin dejar de sujetar entre sus manos las llaves del cielo.
Cuando Pablo, el apóstol de los gentiles, ofrecía la fe a los no-judíos sin obligación de circuncidarse, Pedro se sumó a la iniciativa, justamente porque había visto que Jesús, en más de una ocasión se había saltado la literalidad de la ley. Así, departía con los de Antioquía y alrededores sin mayores reparos. Hasta comía con ellos en la misma mesa… En esas donde se presentaba apetitosamente cerdo, conejo, mariscos; quizá, sin comerlos. Sin embargo, cuando Santiago –el obispo de Jerusalen- llegó a las comunidades antioqueñas cambió su actitud para con los neófitos a fin de no perder la confianza del recién llegado, lo que motivó un grave desencuentro con el apóstol natural de Tarso. ¿Era acaso tiempo de indecisiones? Pedro, intentaba pasar desapercibido, pero le hizo bien que Pablo, le recordara el mandamiento de hacer llegar el evangelio a los confines de la tierra.

Máncora, confín de la tierra, es ahora cosmopolita geografía, en la que cada fin de semana se celebran nuevas ferias: con gentes de extraños idiomas, de peinados extravagantes, de costumbres disimiles, de formas de vestirse ajenas, de pieles de distintos colores; bulliciosas gentes, que alrededor de la candela, alumbran sus madrugadas a la luz de la luna, cantando, ebrios, tóxicos, libres… Pedro ¿Cuándo diablos le abriste las puertas a tantas gentes?

sábado, 16 de diciembre de 2017

¿Culpable?

El acusado padecía su juicio con estoicismo. Sabía que era necesario callar. El profesional que asumía su defensa le recomendó exponer su versión de los hechos, pero él prefirió callar. La mujer fue llamada al estrado. Ingresó por una puerta lateral y se acomodó en el espacio reservado a los testigos. Él la miró con cierta ansiedad desde que se advirtió sus pies por la puerta de ingreso y no dejó de mirarla hasta que se hubo acomodado; ella, por su parte, puso su mirada al frente y, en ningún momento lo miró. Ni siquiera cuando uno de los jueces, antes de empezar el interrogatorio, le preguntó si estaba cómoda en el lugar. Aunque quizá, sin mirarlo directamente, puso atención en el umbral de su vista y, lo vio, resistiéndose a las ganas de volver la cara.

Los hechos que el fiscal anunció al inicio del juicio venían bien como violación sexual, agravada por el uso de arma punzo cortante. El acusado había tomado por asalto a la mujer en alguna de las calles de la ciudad, y amenazándola con un cuchillo, había simulado amistad, para obligarla a caminar junto con él por algunos minutos y, luego ingresarla a un hotel –uno de los varios que había por el lugar recorrido- espacio en el que dio rienda a sus instintos elementales. Con la intención de no despertar sospechas en el despachador de habitaciones, pidió un par de gaseosas y dos empanadas, para lo que se le entregó además un par de tenedores y dos cuchillos pequeños. La visita había alcanzado un poco más de una hora, o quizá, siendo generosos con el tiempo, la estadía en el cuarto de hotel, logró la hora y media, pero no más. Luego de haber dado rienda a sus depravaciones, el hombre, ahora ya con tres cuchillos, le daba indicaciones de salir de la forma más serena posible y, que en caso de gritar, estaba dispuesto a hundirle el cuchillo en la espalda, pues “ya tenía un ingreso en el penal y conocía ese mundo”. Le indicó que se adelantara brevemente y, en medio de las gentes, él se esfumaría. El asunto era que, le aseguraba que no lo volvería a ver más, nunca más. El fiscal enfatizó el hecho de que esto último no se logró, porque al salir del hotel, la mujer vio una cara conocida y, superando el miedo a las cuchilladas, corrió a los brazos del transeúnte pidiéndole ayuda y anunciándole la violación padecida. Este, por designios divinos, era su propio marido. 

El acusado fue aprendido fácilmente y, con la ayuda del serenazgo conducido a la comisaría del sector. Lo acusaban –ya sabemos- de violación. Conocedor de dichos trámites, le dijo al fiscal y al interrogador que guardaría silencio. Apenas les regaló una sonrisita, de esas cínicas y propia de los desvergonzados. El fiscal, inmediatamente puso a buen recaudo a la agraviada y, evitó contacto –incluso visual- con el facineroso para evitar su revictimización. Prontamente, biología forense alcanzó los resultados: había líquidos seminales del acusado en la victima y viceversa y, el médico de la Unidad de Medicina Legal, había encontrado un par de hematomas en las zonas próximas a la cavidad vaginal, compatibles con “hecho de violencia”; la mujer por su lado, desde las declaraciones preliminares, había sido muy congruente en el relato, en decir que no lo conocía, en anunciar que fue amenazada con un cuchillo, aunque no puede precisar sus características porque nunca lo vio, pero sintió la punzada puesto que lo escondía debajo de su polera. De hecho, no podía ser de otro modo ¿Cómo obligarla a caminar, cuando menos, una cuadra desde el momento en que la aborda hasta que ingresa al hotel? Se hacía necesaria la navaja o un cuchillo de la que la víctima daba fe por el hincón sentido.

La mujer volvió a declarar y reafirmaba la violación. Hizo detalle, en que no le decía nada al momento de tomar la habitación y, que se comió parte de la empanada, por temor a ser lesionada, además de narrar como es que, asquerosamente, fue penetrada sin su consentimiento. Habían sido los momentos más infelices de su vida… Su relato fue desgarrador. El mismo acusado, se sentía mal de tanto dolor, tan mal que pidió, a través de su abogado, salir de la sala. Quizá, ese gesto le contribuya para alcanzar la benevolencia judicial… quizá. Luego de ese relato, apareció el médico legista y el biólogo forense. El administrador del hotel lamentó no haber entregado los videos de sus cámaras de vigilancia y, justificó su omisión precisando que no supo del asunto sino hasta diez días después, cuando le llegó una solicitud del fiscal pidiéndole los videos del día de los hechos. El tema es que su sistema de grabación apenas alcanza los siete días y, que luego de ello los videos se borran automáticamente. Al revisar sus videos, ya se había perdido lo grabado para el día de los hechos. En todo caso, relataría lo que se acordaba del asunto: No había visto nunca antes a la pareja, por lo menos eso le parecía. En realidad, el abogado de la defensa le preguntó si antes había visto al acusado o a la agraviada. Y se vio obligado a decir, que no recordaba haberlos visto antes, y precisó “son tantas las parejas que llegan, que uno se olvida de las caras prontamente. De hecho, nuestra tarea, como parte del negocio, es también olvidar” y le regaló una sonrisa fingida y cómplice a la platea. Sostuvo que, muchas parejas piden cosas para comer: galletas, sanguches, piqueitos, incluso piden les compren hamburguesas en la tienda vecina. En el caso, le pareció extraño que pidieran cubiertos para comer la empanada. Eso incluyó los cuchillos. Los mismos fueron devueltos al salir.

El acusado ya tenía 9 meses y 25 días de privación de libertad. Y siempre guardó silencio. En las sucesivas diligencias, y desde la denuncia primigenia, el abogado de la agraviada siempre había sido agrio con él. Le lanzaba indirectas y lo insultaba sinuosamente. El marido de la mujer había participado en algunas de las actuaciones investigatorias; por ejemplo, en la reconstrucción de los hechos y la vez en que le tomaron por segunda vez muestras biológicas para asegurar la identidad del ADN. En el juicio oral, siempre había estado presente: se sentaba en el extremo más alejado de la última banca. Era la cuarta fecha y, el director de debates, anunció que en la siguiente escucharía los argumentos finales de los abogados y, que allí mismo dictarían –cuando menos- el fallo. Así, llegó la audiencia final.

El acusado, luego de las presentaciones de rigor, pidió levantar su silencio y, precisó: “Antes de que hablen los abogados quiero hablar yo, porque estoy dispuesto para las preguntas de todos”. Relató que conocía a la mujer desde unos siete meses antes de la ocurrencia, que era la séptima u octava vez que tenía encuentros sexuales con ella y, era la segunda que visitaba el mismo hotel. Negó haber tenido un cuchillo y, de hecho, en las actas policiales no se indicaba habérsele encontrado ninguno: el registro personal solo anotaba una billetera con documentos personales y cien soles en cuatro billetes: uno de cincuenta y los restantes en papel de menor nominación. En el monedero: una estampita de Rosa de Lima y un botón de camisa. En uno de los bolsillos, el jaboncito que suelen reservar las habitaciones de los hoteles. Dijo que en el círculo familiar muy íntimo, dígase sus hermanas mayores, a la agraviada le llamaba “Camila” aunque su nombre era “Carmen Lila” y, que el hipocorístico se debía a que en su infantitud la misma no podía pronunciar su nombre completo y, ella misma decía llamarse “Camila”. Ese nombre, estaba reservado solo para sus familiares muy cercanos, que sabían de esa historia infantil.
La información era irrelevante. No había como contrastarla. Los jueces sonrieron. Y continuó: “Nos conocimos porque ella trabaja en tal lugar y al menos una vez o dos, a la semana, pide al snack de al frente (donde yo trabajo) le envíen, a media mañana, jugo de melón y pan con palta. Yo me encargaba de prepararle y llevarle el pedido”. Dio detalles de la primera salida. Uno de los jueces, aburrido, intentó cortarlo, pero él refutó, con cierta hidalguía: “es mi derecho narrar los hechos y eso hago. Permítame contar mi versión”. Dio otros detalles que no vienen a cuento y, luego dijo: “Veo en sus caras que no me creen, pero es la verdad”, y anunció que en nombre de la caballerosidad guardó silencio, porque no le parecía bien dar los detalles que ahora ofrece, y su pérdida de libertad no suponía la pérdida de la esperanza de una retractación y explicó “si salí de la sala cuando Camila contaba los detalles de la violación, fue porque no quería que me vieran llorar. La decepción me embargaba y su cinismo desbordaba cualquier credibilidad posible y, siendo que la mía ahora está en juego, incluso mi libertad, solicito me confronten con el señor que está en el último asiento. Carmen, cuando está en la cumbre de la excitación, le gusta decir: “no la saques porque te mató”, e inmediatamente, imitó sus gemidos de placer. El hombre de atrás, se levantó, y a media voz pero con suficiente intensidad para ser escuchado, dijo: “Lo sabía. Lo sospeché desde el principio… es una puta. Maldita la hora que la conocí”. Dio media vuelta y se fue de la sala.

El relato se extendió más de lo debido. Mañana dictarán sentencia.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Día

Las cabras salieron presurosas. El sol ya brillaba, pleno y a todo dar, en el oriente. Una cabra colorada, cabecilla, tomó delantera y cogió el camino hacia la quebrada. Iba presurosa, como todos los días. En pocos minutos, sin importar nada, el hato pasó por detrás de la abandonada ladrillera de los Zapata y, enfiló por el camino que corría detrás de la “granja” de Pedro Lama. Unas cabras, recientemente paridas, retrasaban la caminata: balaban con el sentimiento propio de las madres, se paraban y volvía sus cabezas hacia el corral que minutos antes habían dejado. Sus lamentos eran eco de otros balidos, que en la distancia perdían intensidad: eran los críos que se quedaban en el corral y que, por su pequeñez, no estaban preparados para caminatas largas propias del pastoreo. Los recién nacidos, en caso de exponerse al sol extenuante, prontamente se cansaban y se convertían en pérdida. no solo de sí mismos sino también de la madre, que por acompañar a su cría, estaba dispuesta a no regresar al corral.

Un par de pastores pequeños se habían adelantado. Entre la “granja” de Pedro Lama y las ladrilleras de los Cobeñas, habían plantas –o rebrotes- de “borrachera”. Una planta rastrera y también tóxica, a los que los mayores les atribuían la pérdida de los animales. Los chivos que la comían en pocos días perdían fuerza motora, el cuello se les torcía y hasta perdía control de las mandíbulas, lo que –en condiciones graves- les impedía rumiar y, exigían el sacrificio del animal. Allí, en ese espacio, los dos más pequeños, encomendados al cuidado de las cabras, encandilados por la belleza de las flores que producían, acampanadas, blancas y lilas, empezaron a recoger algunas de ellas. Dizque, para regalárselas a su abuela. En cuanto hubo pasado el rebaño, se juntaron los cinco en los tres burros en que se conducían. El viejo al ver en la alforja las flores, preguntó ¿Y qué es eso? Sin dar pie a la respuesta, continuó: “Bota eso, carajo. ¿Que no estoy diciendo que son venenosas? Bota, bota, bota…” Repitió para no dar lugar a las dudas. Y remató, ya con menguado tono de voz: “¿O quieres morirte? Cojudo... jum”

Los arenales, desbordados detrás de un extenso potrero, hacía difícil la caminata. Los animales, no obstante no se amilanaban. La sed o, quizá el olor del agua, les llevaba a la quebrada y, luego de andar por en medio del largo callejón en los potreros de algunos vecinos, los otros dos pastores se adelantaron. La intención era distinta: dar de beber al piajeno que les llevaba y y tan pronto, continuar el camino hacia la casa, distante desde el abrevadero, a un kilómetro, aproximadamente. La finalidad, era dejar algún recado, pero por encima de ello, recoger los fiambres que la abuela y que las madres de cada quien, preparaban para la media mañana y los almuerzos; o lo que hubiere para apaciguar el hambre que el campo despierta.

Las cabras se allegaban a la corriente de agua y, cada cual se acomodaba del mejor modo para calmar su sed. Los perros, jugueteaban con la hierba, mientras los burros con la paciencia, propia de ellos, esperaban que los pastores los acerquen, les suelten las riendas para también beber. En ese espacio, los animales, se tomaban un breve descanso. Muy breve, en realidad. También forzado, para el regreso de los pastores que se perdían en la distancia con destino a la casa. Quizá una media hora y, el horizonte se distinguía a los enviados, por lo que el ganado era reconducido hacía el desembocadero de la quebrada para bordear los cercos de las propiedades de otros y, alcanzar el campo libre, los arenales con sus faiques, vichayos, algarrobos, yucas de monte y otros arbustos. Aquí, el rebaño se esparcía libremente y libremente se conducía por donde los mejores pastos les permitan saciar su hambre. Los pastores ya no los arreaban ni les apuraban. Se limitaban a señalar los límites, amplios y generosos por dónde comer. El viejo, daba instrucciones. Al final, mientras miraba su reloj de agujas que escondía en la relojera de su pantalón, dijo: “A las 11.00 u 11.30 nos encontramos en El Mirador. No se olviden de llenar sus alforjas con algarrobas”. Con besos al viento y desviando el andar de su burro se alejó.

En el citado mirador había un árbol, maltratado por los vientos venidos del mar, pero destacaba por su utilidad. Sus ramas se había acondicionado para que los pastores puedan subirse en ellas y descansar. También cumplía su finalidad: ubicado en una duna muy alta permitía otear los campos y verificar por donde se conducía el rebaño. No hubo fiambre esa vez. Un poco de café con leche, para cada quien, se convirtió en el combustible para remitirlos a la búsqueda de yucas de campo. Escarbarlas en la arena caliente y con el sol en su esplendor o conducía a la flojera y a maldecir el momento o, como ahora, cuando eran muchos los pastorcitos, a inventarse competencias en la que encontrar alguna de regular tamaño o lograrla sin que se rompa se convertía en el aliciente para superar cualquier dificultad. En algunos casos hasta se ponía en juego parte de los almuerzos o como castigo no beber agua sino hasta la vuelta a los corrales.

Con los tiempos logrados, con el sol en aumento y con el hambre en el filo de las tripas, los hombres se condujeron por en medio de los arenales apurando al ganado, sacándolos de sus comodidades para reconducirlos a nuevos espacios. Las recomendaciones no eran pocas, “Estense atentos a la chivona carate, y ténganle cuidado, no sea que se quede”. Se hacía referencia a una cabra lerda, que de ordinaria se perdía de la manada y, obligaba a su búsqueda fuera de los horarios. A veces, su rezago la confundía y había que buscarla en los rebaños de otras familias. Así, entre silbidos y gritos, el camino se acortaba y, sin ya tenerlo en cuenta, se llegaba a “los tanques”, que eran un par de cisternas abandonadas en un lugar específico, en que además ya no había dunas y se estaba muy cerca al cuartucho que se adosaba a los corrales. Allí, los algarrobos, más altos y cuidados, posibilitaban sombra y frescor, para todos: hombres, burros y cabras. Y mientras los primeros aprovecharían para alimentarse; los otros descansarían. Era la hora de sestear.

El árbol del frente de la vieja cabaña, nos daba sombra. El sol seguía reluciente, pero no superaba la alegría de estar sentados para darle trámite a lo que hubiera en las viandas y garrafas. El viejo se había adelantado unos minutos a nuestra llegada: nos esperaba una jarra de café, algo caliente, pero que venía bien para aliviar las tripas. Lo enfriaba lanzándolo desde un pocillo a otro y, mientras cada quien hacía lo necesario para almorzar, también nos disponíamos para oir una nueva historia, una de aquellas que contaba el abuelo y, que se renovaba cada vez, con los olvidos que el trascurso de tiempo imponía o con vivencias nuevas que le daban un aspecto renovado. No importaba ya cuando ocurrió, importaba que él nos la contara, que si venía de su boca, no había porque dudar de su autenticidad. En ese momento, el tiempo se detenía y, mientras tomábamos a pico de botella nuestros refrescos y compartíamos las yucas, el pescado o el arroz blanco, nos encandilábamos con esas historias que ahora extraño.

Buenas noches.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Satisfacciones

Un claxón sonó a media mañana. Una voz le acompañaba: “Mangooos, melooones, sandíaaas”. Y el claxon volvía a sonar. Era el frutero. El frutero y su transportista. Una datsun crema, destartalada, de barandas despintadas era la tienda andante de los sábados por la mañana. Su claxon no se cansaba de acompañar la voz anunciante de frutas… recorría unos metros y se detenía para esperar a las posibles clientas. Su público era las mujeres, las encargadas de dar de comer a los chiquillos que ante el anuncio de las frutas de temporada, se convertían en pedigueños pájaros fruteros, dispuestos, incluso a robarse algún mango por entre las rendijas de las barandas y los tripleys que sostenía los olorosos frutos en venta. 

Los centavos encontrados en alguna de las cómodas eran insuficientes para comprar alguna fruta… “Tio, tio, un manguito y le ayudo a gritar… ya pe tío”, era lo que se podía distinguir entre las parlanchinas voces, de varios de los potenciales pillos… Se requería una vista atenta y una mano ligera para espantar alguna manita furtiva que pudiera lanzarse por alguna fruta… En un lado, un costalillo -¿cómo dicen ahora?- de polietileno "arrejuntaba" la fruta de descarte, la comida de los chanchos… Sandías magulladas o rotas, mangos parasitados, melones remaduros encontraban allí un espacio donde acomodarse… “Tío, le cambio el saquito. Ud. diga: no se ve bien allí”. El hombre no parecía interesarle la propuesta. Seguía gritando y anunciado la mercadería… “Sandías dulces… sandías pa la calor. Venga casera… hay de todo precio”. La datsun se detuvo justo al costado de una canchita de arena. Los pataenelsuelo futboleros, se olvidaron de la redonda y se acercaron a chismear… “Hablen, apuesta una sandía. Quedan tres minutos”. Otro replicó en contrapropuesta: “Gol gana”. 

“No se vaya Dn Chicato”, reclamó un tercero. El conductor celebró el atrevimiento con un “apuren pues carajo… que no tengo todo el día”. Dos minutos después, cuando ya un par de mujeres se alejaban con las frutas pal refresco del medio día, la camioneta se echó a andar… “Ya peeee… falta poquitooo”! Con su risa característica les contestó: “Hay harto mango. En una hora estoy de vuelta”. Y luego de hacer sonar su claxón “media hora más de juego y, de allí se ponen a limpiar en ese lado…” les dijo, mientras señalaba con el índice un extremo del pampón donde se distinguían bolsas plásticas, papeles, deshechos de casa, arbustos mal cortados, etc. Un ruido de algarabía se encendió raudamente… Discutían como si la vida se les fuera en una pelota: “Empecemos de nuevo… de nuevo, de nuevo”, otros reclamaban la contabilidad de nuevos tiempos para el partido pero sin olvidar los goles que ya se habían alcanzado, un tercero hablaba de recomponer los equipos porque un par ya se habían ido… En fin, la discusión no tenía cuando parar… diez minutos sin llegar a acuerdos. Al fin, alguien dijo algo sensato: “mejor limpiamos primero, nos comemos los melones y luego jugamos hasta cuando querramos…”. Quien sabe de donde aparecieron un par de rastrillos, machetes y palanas. 

Con un poco más de una hora, la bocina de la camioneta se oía a la distancia… Cuando llegó por ese lado, la limpieza casi que terminaba: se veía distinto el paisaje, no habían envolturas, ni papeles, ni latas viejas ni plásticos de deshecho… Nada. El hombre se bajó de la camioneta. Llamó a uno de modo arbitrario: “allí hay medio ciento de mangos”. Los otros no necesitaron llamado… Se arremolinaron otra vez. El hombre, sostuvo la bolsa con firmeza: “Solo falta que metan la basura en los sacos. Tienen tres minutos”. En menos de ese tiempo, se reafirmó el nuevo paisaje. El sudor de los chiquillos era nada con la satisfacción que ellos mismo sentían, de ver que los alrededores de su pampón tenían otra cara… El vendedor, se sumó: “Se ve bien… los voy a contratar pa que me limpien la chacra…” Y sonrió socarronamente.

Un saquillo viejo contenía algo más de medio ciento de mangos. Los revisaron. Tenían algunos quiñes, pero igual era rescatables y, sobretodo, comestibles. El prurito de no ensuciar lo recientemente limpiado, los condujo a la quebrada. Caminaron algo de diez minutos y, encontrar la breve acequia en que se había convertido la quebrada Fernández. Se lavaron así mismos, se acomodaron debajo de un árbol y comieron los mangos, hasta la hartura… Luego de algunos minutos, en medio del arenal, en una playa de la misma quebrada, se instalaron un par de palos por lado, unos que se había cortado de un matorral de pájaros bobos próximo, y empezaron una nueva contienda… Los mangos les habían reconstituido suficientemente para otro partidito. Uno que no le hiciera remilgos al sol y que cubra el tiempo que faltaba para la hora del almuerzo.

Buenas tardes.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Control parlamentario y autonomía institucional

El pasado lunes 06 de noviembre, el parlamentario Daniel Salaverry Villa hace denuncia constitucional contra el Fiscal de la Nación Pablo Wilfredo Sánchez Velarde y, solicita que el Congreso lo destituya e inhabilite por “omisión funcional en la lucha contra la corrupción” y precisa que se ha vulnerado la independencia e imparcialidad y tutela de la recta administración justicia (art. 139 y 159 de la Constitución) y los principios constitucionales de la buena administración y proscripción de la corrupción (art. 39 de la Constitución).

Los fundamentos sobre la que se sostiene la acusación se materializan en a) encuestas de opinión sobre el caso Lava Jato, b) declaraciones de congresistas sobre el mismo tema, c) las declaraciones de una de las partes procesales (representantes del Poder Ejecutivo interviniente como procurador), d) el tratamiento diferenciado respecto de la ausencia de denuncia contra los representantes de Graña y Montero y el hecho de denuncia inmediata del ex presidente Alejandro Toledo. Incluso, se evalúa la participación de la citada empresa en la realización delictiva, comparando su actuación con la empresa ODEBRECHT. 

La justificación jurídica se relaciona con el denominado juicio político que posibilita que el Congreso de la República pueda sancionar a determinados mandatarios y representantes institucionales por “infracción a la Constitución”. El Tribunal Constitucional ha precisado, en interpretación del art. 100 de la Constitución que se trata de “faltas políticas” que por su trascendencia ponen en riesgo el desenvolvimiento del aparato estatal, siempre que la acción u omisión atribuida le sea imputable en atención “al cargo que se ostenta”. Se parte del hecho de que, en primer término, el acusado es el primer representante del Ministerio Público y, como tal, su autoridad se extiende a todos los funcionarios y servidores adscritos a dicha institución. En segundo lugar, se advierte la ausencia de denuncia contra los directivos de Graña y Montero, dígase las personas de José Graña Miro Quezada, Hernando Graña Acuña y Mario Alvarado Pflucker, y finalmente, se deduce que, “no ha realizado ninguna acción para remediar” tales omisiones, lo que materializa la desatención del deber funcional constitucional de asegurar la independencia e imparcialidad del Ministerio Público en el aseguramiento de los intereses públicos tutelados por el derecho y la recta administración de justicia. Adicionalmente, se afecta el deber constitucional de “buena administración” en la medida en que la omisión denunciada impide la transparencia con que han de actuar los funcionarios públicos en el buen servicio a la Nación y en la lucha contra la corrupción. Hasta aquí el resumen de las 25 páginas que contienen la denuncia constitucional contra el magistrado Pablo Sánchez Velarde.

La tarea principal del Ministerio Público es la de conducir la persecución del delito y ejercitar la acción penal en defensa de los intereses públicos. Tampoco se puede negar la autonomía institucional como rezan los arts. 158 y 159 de la Constitución. El asunto es ¿compete al Fiscal de la Nación subsanar las omisiones de los fiscales cuando éstos están en falta? El Fiscal de la Nación, según la Ley Orgánica del Ministerio Público (LOMP) es un órgano del Ministerio Público, sin embargo el ejercicio de sus funciones se materializan a través de la Junta de Fiscales Supremos. Sus funciones, por tanto son representativas, como expone el art. 64 de su LOMP, y atributivas, conforme a las reconocidas en los arts. 66 y 80 A y 80 B relacionadas con la posibilidad de demandar ante el Tribunal Constitucional, denunciar a los altos funcionarios por delitos advertidos en el juicio político, ejercer iniciativa legislativa, designar equipos fiscales para casos complejos y fiscales especializados para delitos específicos. Tareas, que hay que decir, las efectúa conjuntamente con la Junta de Fiscales Supremos, pero del tenor de ellas no se deriva el hecho de que sea también su deber el de subsanar las omisiones que puedan advertirse del ejercicio ministerial de aquellos. 

En realidad, debe reconocerse que el art. 5, de la LOMP señala que los fiscales –cualquiera fuera el lugar donde ejercen función- actúan independientemente en el ejercicio de sus atribuciones, las que ejercen con “propio criterio y en la forma que estimen más arreglada a los fines de su institución”. El deber de fidelidad es a favor de “los lineamientos y los criterios institucionales para el logro de sus objetivos, emitidos por el órgano competente” como reza el art. IX de la Ley 30483, Ley de la Carrera Fiscal (LCF), al punto que su independencia y autonomía solo tienen como límite la Constitución y la ley. Si, remitiéndonos a aquella, se reconoce “la proscripción a de avocarse a las causas pendientes”, la pregunta es ¿A cuento de que podría interferir el Fiscal de la Nación en la estrategia y actividad ministerial de un fiscal? Imaginemos que, el Fiscal de la Nación deba “orientar” a cada fiscal en cada caso que le toca atender.

Debe sumarse el hecho de que es verdad –también- la proscripción de la arbitrariedad y, si como dice la denuncia constitucional que se ha dado trato distinto a unos (el presidente Alejandro Toledo) y a otros (los directivos de la empresa Graña y Montero), entonces, la pregunta es ¿Dónde está los otros intervinientes en el proceso? En un proceso de investigación penal no sólo participan los abogados de las partes, también media un procurador que en representación del Estado interviene procesalmente ¿es que ha acaso éste no ha advertido la deficiencia? Y si la advirtió ¿solicitó alguna pretensión y/o ha presentado el recurso de queja para controlar la supuesta ausencia de objetividad denunciada? La denuncia constitucional no dice nada acerca de este control inmediato que se encuentra debidamente regulado por las normas de procesales e institucionales.

¿Cómo pretender responsabilidad político-funcional del funcionario del más alto rango si previamente no se verifica si se ha cumplido con las exigencias normativas de control procesal? Esto evidencia que el asunto no es tanto de preocupación por la lucha contra la corrupción si no que, ésta es efectivamente una de naturaleza política. A la usanza nuestra, a la de nuestro parlamento de estos días.

Publicado en Semana, revista de diario El Tiempo, 12 de noviembre de 2017.

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...