lunes, 13 de marzo de 2017

Aguas vienen

Piura está en emergencia. Las lluvias le están dando de alma. No la dejan respirar: todavía no termina de secarse el suelo y otro aguacero que le arrecia. Se han caído casas, sistemas eléctricos, el agua del río se ha metido por los desagües y ha terminado en medio de la ciudad… Ni los algarrobos han soportado tanto… en lo que va de los últimos cinco días, en la zona urbana se han caído, cuando menos quince y han causado dos muertes. Las redes sociales, que lo saben todo, nos anuncian “aniegos” en distintas zonas de la ciudad, de muros de contención próximos a romperse y de profecías que anuncian la muerte de los dirigentes de la ciudad, luego de enrostrarles la calamidad vivida.

No recuerdo que nadie haya anunciado este periodo lluvioso. Ninguna empresa meteorológica, ninguna universidad, ningún agorero huancabambino, la pudieron advertir. De hecho, a diciembre –hace tres meses- pedíamos a los apus de los cerros, a los espíritus del agua, al divino creador que nos enviara la lluvia y hasta se dedicaron ceremonias religiosas con ese propósito. En la parte baja del río, muchos agricultores perdieron sus cosechas y la policía se vio obligada a resguarda la poca agua que había en los canales para evitar que sea destinada a los sembríos de arroz u otros distintos del consumo humano directo. Unas semanas después el agua nos desborda. Y a diferencia de nuestra expectativa frente a la crisis hídrica de hace unas semanas, ahora estamos profundamente indignados. Las autoridades no han hecho nada desde el último fenómeno lluvioso porque la ciudad se volvió a inundar y reclamamos iracundos por los dineros que el año pasado se destinaron a obras de prevención.

¿Qué sentido tiene nuestra indignación? Nuestra conmiseración para con el caído es muestra de solidaridad. Bien por aquellos que, sacando de sus bolsillos ayudan a los que tienen menos o se han quedado sin nada, a los que cogieron una palana y se fueron río abajo para ayudar a sus vecinos llenando sacos de arena para enfrentarse al río loco, a los que dejaron de dormir por evitar, en medio de la lluvia que, las escorrentías no dañen las propiedades, públicas o privadas. Estamos en obligación de ayudar, solo por el hecho de pertenecer al género humano. Empero, nuestra indignación solo es muestra de hipocresía colectiva “¿Dónde están nuestras autoridades que solo sirven para robar?”, es una de las más repetidas expresiones de las redes sociales.

Pareciera que hubiéramos vivido ausentes durante el tiempo trascurrido entre uno y otro periodo lluvioso. Como si no hubiésemos elegido a las autoridades que tenemos, como si ésta tuviera la obligación de “rehacer” la ciudad, porque los anteriores la hicieron mal. La necesidad de tener un sistema de drenaje pluvial es de continuo pero solo nos acordamos de exigirla cuando el agua la tenemos en el cuello… Y esa es la hipocresía… creer, o pretender creer, que en Piura, luego de la lluvia nunca más volverá a llover y, los techos de nuestras casas para el siguiente año, se encontrarán como los dejamos la última vez. Y tal como así quedaron nuestros techos, así nuestra ciudad. Nos contentamos con que se resanen las pistas, pero no decimos nada respecto de los sistemas de evacuación de aguas. De hecho, el año pasado –para los que cruzamos los puentes todos los días- se pudo advertir que maquinarias elevaban “muros de tierra” para la contención en las orillas del rio y, a nadie le pareció extraño. Y así, se repitió la misma tarea en distintas quebradas de la jurisdicción; en algunos casos se realizaron empedrados pero que luego se debilitaron porque nosotros mismos, los piuranos, nos encargamos de llevarnoslas solo pensando en nuestro provecho personal. A muy pocos probablemente, se les ocurrió cuestionar dichas obras y, nadie dijo nada de cómo proteger los muros de las instituciones públicas, de los colegios, de los centros de salud, de las iglesias (porque también se construyen con dineros de El Estado), de las instituciones educativas; aunque de hecho, cada año, a éstas se le otorga dineros para su refacción que son administrados por la dirección del centro educativo y los padres de familia del mismo. (Todos los años, se tramitan procesos penales por mala administración de esos recursos).

Desde que Juan de Cadalzo, en 1588, fundara por cuarta vez esta ciudad, han trascurrido más de cuatrocientos años y, durante este tiempo, dicen Anne-Marie Hocquenghem y Luc Ortlieb en “Eventos el niño y lluvias anormales en la costa del Perú: siglos XVI-XIX”, se han realizado más de sesenta fenómenos lluviosos de intensidad que han merecido registro historiográfico y, en muchos de ellos, como ahora, los efectos han sido igual de calamitosos. De hecho, hacia 1728 el rio veleidoso se desbordó y se llevó parte de lo ahora es el Palacio Arzobispal en la calle Libertad y, en 1791 el desborde encontró desprevenidos a los curiosos que se encontraban sobre los muros de contención y varios murieron salvándose buen número de mujeres gracias al diseño de sus faldellines. Es interesante advertir, del Plano de la Ciudad de Piura de Martínez Compañón (siglo XVIII), que el espacio de la casa arzobispal colindaba con el rio mismo, lo que evidencia que hemos sido gravemente negligentes al asentarnos sobre lo que en otros tiempos era el lecho del rio y, ello expone que seguimos siéndolo pues, ahora mismo, padecemos las consecuencias de no mirar las experiencias del pasado… de no aprender de lo vivido.

Si el nivel del agua que corre por el cauce es más alto que la ciudad misma, ¿Cómo pretender que por algún lugar no se rompan los diques y el agua ingrese a la ciudad? No nos queda más que poner el pecho y enfrentarnos a la acumulada desidia nuestra de cada día y soportar con tesón lo que aún quedan de lluvias por caer. No tiremos piedras en el tejado de la autoridad administrativa, pongámoslas en los cauces de las aguas para que éstas no nos agrieten lo poco que nos queda de piuranidad.

Aguas vienen.

lunes, 2 de enero de 2017

Chilalo

Esa tarde la conversación versaba sobre los nidos de los pájaros, en particular de uno que estaba muy cerca de donde nos sentabamos. La formación del mismo es peculiar: todo hecho de arcilla y; contaban las dos mujeres mayores que nos acompañaban, que por dentro, el nido tiene un par de habitaciones, con la puerta alta para que las crías no se caigan del hogar pajaril. Los piuranos sí que sabemos de qué se trata: es la casa de los chilalos, esos pajaritos, relojes de la naturaleza, que con su canto señalan las horas de inicio y de término del día y, además, por su comportamiento se exponen como indicador certero de las lluvias veraniegas.

La mayor de las mujeres refirió el nombre de los citados pajarillos como el sobrenombre de una persona, de la que ella recordaba desde su inicial chiquititud, identificándolo como un médico naturista que vivía en las montañas. “Bueno”, le dijo a la otra, “probablemente no habías nacido, pero en aquella vez, yo tendría quizá seis años, ese médico le dio una receta muy simple a mi papi y con eso se curó. Ya tenía varios días en cama, muy malito, pero el señor, al que le decían “El chilalo”, le recomendó a mi mamá le hiciera un tecito que debía tomar dos veces por día y, en tres días consecutivos. Le dio unas ramitas –quien sabe de qué planta- que debía repartirlo en medidas iguales para cada toma, y le mandó que lo endulzara con azúcar blanca –y solo con azúcar blanca- y para disolverla tenía que darle vueltas con otra ramita que el mismo señor le entregó. Dos días después mi papi, ya estaba trabajando”.

Mientras comíamos nuestro primer almuerzo del primer día año que motivaba nuestra reunión, aletargado por el calor y, desubicado en el tiempo, se me ocurrió sugerir que el autor del seudónimo podría haber sido mi tio Emilio, uno de los más palomillas que conozco, pero no… “No. Para esos tiempos ni Emilio ni los que le sigue estaban, no habían nacido…”, sentenció la mayor. La otra replicó: “Yo no lo conocí , pero si sabía que algunas veces, mi papá fue a consultarle cosas cuando ya vivía en Lobitos… luego de vivir en El Cardo, se fue a Lobitos… allí le perdimos el rastro, pero nunca lo conocí” Y continúo contando de aquella vez en que ese hombre, que visitaba –guiado por el destino o por el Dios mismo- a una familia, encontró a una mujer con una hemorragia, que no tenía cuando detenerse… el hombre luego de escuchar los síntomas, y auscultar a la enferma pidió que le trajeran botellas de vino, vacías. Desacostumbrados a fiestas en aquel lugar, el mismo médico indicó que en la casa de “fulano”, una que se encontraba a casi una hora de camino, a mula, allí se había realizado una fiesta dos o tres días antes. Pidió que le llevaran todas las botellas que encontraran. Cumplida la tarea, el hombre, con la ayuda de los hijos de la mujer, empezó a raspar con la punta del cuchillo –y lo mismo harían su ocasionales ayudantes- los restos resecos de vino que se encontraban en las comisuras de boca de la botella y, lo mismo en las esquinas del fondo de la botella, aunque ahora utilizaría –para alcanzar el mismo- algún alambre, probablemente, aquellos que se utilizan en el campo para colgar la carne, enderezados para la finalidad. Al enjuague de esas botellas, le echó las raspaduras de los picos y, le dio a beber a la mujer: “En nombre de Dios, mujer. Esto será suficiente”. La mujer, contaba nuestra narradora, le hacía ascos a la bebida –probablemente por la agriedad o quizá porque había visto de donde provenía-, pero aquel insistió: “Vamos mujer, es de los sabores más feos, pero ten fe, aquí se acaba tu mal”. Unas horas después, la hemorragia había cesado.

El hombre a quien le decía “El chilalo”, no era uno cualquiera. Tampoco era médico. Era un vidente, un hombre particular. Los descreídos le llamarían “brujo”, los “estudiaus” preferirían nombrarlo “chamán”, pero para mi abuelo era un “curioso” y tenía un don particular: en sus sueños podía “ver cosas”. Contaba mi abuelo, el padre de aquellas dos a las que ahora escuchaba, que en una ocasión, un par de criaturas del señor, varón y mujer, se disponían a acudir a un velorio, pero entre que se aseaban y cambiaban de ropas, a la mujer se le antojó tener relaciones… se acercó por detrás y acarició a su marido, tomando con sus manos el objeto de sus deseos; empero, el marido más pensaba en que el difunto al que debían acompañar, probablemente, a ese tiempo, ya se encontraba de camino de su última morada, por lo que en sus pensamientos era necesario estar allí, “antes de que se pierda bajo la tierra”. Con el ánimo de entender el apuro, la mujer con algo de vergüenza se retiró para continuar con su propio cuidado; pero la vergüenza fue tanta que le empezaron unos dolores abdominales… bastante fuertes, parecidos a los de un chucaque.

“¿Tanto va a ser?”, dijo el descreído marido, mientras, minutos después, le alcanzaba una tacita de agüita de orégano a la sufriente… Luego de unos minutos, la mujer, sometida aún a los dolores, le decía al culpable de los mismos: “Que te hubiera costado, si ni se desgasta… se me viene la criatura”, mientras con una mano sobaba su abultado abdomen que mostraba un embarazo de probablemente cinco meses. Con la otra mano, intentaba sostenerlo desde la parte más baja… El Chilalo, aquel señor del que hablamos, en la “lejura” atravesaba el camino real y, fue advertido por una de las cuñadas del inmisericordioso y, con un sombrero le hacía indicaciones de aproximarse. Consultado este, mientras acomodaba a la adolorida mujer en su propia cama, sacó del lugar al marido, para que le diera su versión de los hechos… con ambas explicaciones, el citado, anunció: “Uno dispone, pero el dueño nuestras voluntades, tiene mejores designios para nosotros. Ninguno de los que estamos aquí llegará al entierro… Así que me echaré una cabeceadita”. Lo decía mientras abría una hamaca en la que se disponía a dormir. Cerró sus ojos… y en los interiores de la casa se escuchaban los gemidos de la adolorida mujer, que aún con todo, mantenía la atribución de culpabilidad en su marido… 

No habían pasado ni quince minutos y, hombre despertó… bostezaba. Salió de la casa y miraba, desde cierta distancia, el tejado de la misma. Miró entre los chiquillos curiosos del lugar y, escogió al más esmirriado. No tendría ni los doce cumplidos, lo subió a sus hombros y, le pidió que se trepara en el techo. Desde abajo, le preguntó ¿Qué hay en el techo? El chiquillo desconcertado, le dijo que no había nada. “¡Ay muchacho…” se aproximó, y con una vara de overal golpeó filo de una canaleta. “¿Qué hay aquí? Mira bien”, el chiquillo caminó tembloroso y recorrió con los ojos toda la onda y, le dijo: “Hay un poquito de agua de la lluvia de anoche”. Un momento después le alcanza un jarro de aluminio y una cuchara y le ordenaba “recoge toda la que puedas, no importa si tiene tierra”. 

Unos minutos después, el hombre le daba de beber de esa agüita, reposada, a la mujer de los dolores, reprochándole cariñosamente: “que tus antojos no sea tantos que pongan en riesgo a tu criatura. Nacerá… adelantadito, pero nacerá bien”, le decía a modo de despedida. Mientras montaba en su mula, le decía al agradecido marido, “En la noche paso por aquí para irnos a acompañar un rato a los deudos. Buenas tardes”. Decía mi abuelo, que mientras se alejaba, “se sonreía”. 

Unas semanas después, el mismo Manuel Hidalgo, verdadero nombre del apodado Chilalo, ayudaba a la mujer a bien parir. Las mujeres del almuerzo no recuerdan el segundo apellido… Si alguien sabe más de él, gustoso recibiré la información. Sus últimos recuerdos, afirman, es que se fue a vivir a Lobitos.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Condenado

Lo procesaban por varios delitos. Entre otros, por falsificación de documentos.  Era el momento de los alegatos finales y, su abogado defensor mantenía la posición de inocencia, basado en… una doctrina similar a aquella teologal que sostiene que la determinación del sexo de los ángeles viene definido por la proporcional combinación de helio e hidrógeno de que están hechos. El asunto era que, sobre el acusado pesaba la imputación de haber elaborado y utilizado una resolución judicial con sellos y nombres de funcionarios jurisdiccionales inexistentes, haber adulterado un título de propiedad predial, que supuestamente lo había emitido la municipalidad provincial del sector y, finalmente, haber falseado un documento de registros públicos en el que, se indicaba que el predio xyz, dejaba de ser un bien en copropiedad –con quien había sido su conviviente hasta hacía unos meses- para convertirse en una propiedad individual, en su favor personal… evidentemente.

El hombre, en su declaración porfiaba –convencido hasta los tuétanos- de que un par de hombres habían llegado a su casa en Chulucanas, provenientes de Lima, llevándole dichos documentos, los cuales habían tramitado a su solicitud, luego de que en una oportunidad, le fueran presentados por el Presidente de la Corte Superior de Piura, cuando circunstancialmente pudo hablar con éste, quejándose de lo mal que lo estaba tratando la justicia chulucanenses. El asunto es que hacía referencia a que había conversado con esos dos abogados, había convenido en pagarles cincuenta soles por sus servicios (en cada vez que conversaran) y, que desconocía sus nombres, recordando tan solo que tenían un fotocheck en el que aparecía el título “Ministerio de Justicia, Lima”. Por lo demás, en juicio, el Ministerio Público había presentado tres pericias distintas, que señalaban que los documentos eran fraguados, un informe de la misma Administración General de la Corte de Piura en la que se indicaba que los funcionarios que firmaban la resolución judicial no aparecían en los padrones de trabajadores de dicho Poder del Estado. También, la Municipalidad Provincial de Chulucanas alcanzó en el proceso, el original del título de propiedad predial y el expediente con el que Cofopri realizó dicho saneamiento. La Sunarp, por su lado descartaba la autoría del documento que se le achacaba con la sola evidencia de la burda falsificación: el logo no correspondía a la institución, el lenguaje utilizado era vulgar y poblano y, la impresión  y fecha no correspondía a las máquinas de la época en que supuestamente se había expedido el documento.

En otras palabras: la condena caía de madura. No obstante, el abogado en sus alegatos mantenía la posición de inocencia, alegando que su patrocinado había sido engañado por dos desconocidos. Siguiendo el mismo tenor, el imputado, en su defensa final, argumentó: “Soy inocente señor. Los dos abogados se han aprovechado de mi ignorancia y se han enriquecido con mi dinero, pido que se haga una investigación exhaustiva, para que me devuelvan los ciento cincuenta soles que les pague… y también la cajita de mangos que me pidieron en la segunda oportunidad”. En ese momento, el juez confirmó que la sentencia no sólo debía ser condenatoria sino también efectiva.

No nos alcanza la memoria para el nombre del bendito señor, pero sonaba a una cosa como “Huigenstein”, al menos, eso si nos parece ahora mismo. Y con parsimoniosa solemnidad, se le leyó: “...Y se le condena a tres años de pena privativa de libertad, que debe ejecutarse desde esta fecha en el penal de Río Seco”. Mientras el secretario leía, la cara del abogado palidecía y el imputado le cogía el brazo con el ánimo de acercársele y hacerle alguna pregunta. Sólo se oyó de boca del defensor: “Te vas preso, primo”. Y en ese instante, el hombre se fue desvaneciendo de a poquitos… le temblaba un brazo, luego el otro y, expedía gemidos guturales, mientras que su cuerpo se chorreaba desde la silla en la que estaba sentado. El juez, muerto de miedo, (era la primera vez que le ocurría una cosa así, en sus cortos cuatro meses en función), llamó urgentemente al médico legista y, este se presentó en menos de diez minutos. Durante ese periodo, el hombre desmayado fue bajado desde el segundo piso por una angosta escalera por uno de los secretarios, el abogado defensor y el propio juez. La mujer del acusado, gimoteaba, maldecía, pedía inmediatez para la atención médica.

El médico -con su paciente en el suelo- le puso el estetoscopio en el pecho y escuchaba con atención, levantó forzosamente el párpado y reviso las pupilas, le tomó la temperatura y verificó el pulso en varias partes del cuerpo… Pidió que le explicaran que había pasado. Sonrió con preocupación. Luego anunció, dirigiéndose al juez: “Señor juez, el señor está bien, sus signos vitales son normales, los latidos, la presión… todo está bien…” Se agachó sobre el cuerpo y puso su oído sobre su nariz –supongo con el ánimo de oír su respiración-, le masajeo los brazos y, luego por ambos lados del tórax le pellizcó con fuerza, para verificar su reacción.  El hombre mantenía los ojos cerrados y el sonido gutural de su garganta… “No entiendo por qué no despierta. Llevémoslo al hospital”, dijo, e hizo una llamada… “No hay camas, pero es un asunto de emergencia…” sentenció. “Alcánceme mi maletín”, le pidió a uno de los curiosos y con cierto apuro, desalojó la sala, quedándose cuatro o cinco personas, entre el juez, el secretario y el abogado defensor.  El vigilante tuvo que sacar  a rastras a la compañera del desmayado. “Tendremos que cortar la vena aorta a la altura del corazón, para ver qué pasa…  Así, que tenemos que abrirle el corazón. Les ruego, le cojan los brazos y las piernas con fuerza. No tenemos de otra. No hay camas en el hospital... Lo lamento, pero sus camisas se van a manchar de sangre”.

“A la voz de tres, empezamos”, díjo. Todavía no decía “dos”, y el hombre “despertó” azorado y pegó un brinco: “Señor juez no quiero ir preso, por favor… tampoco quiero que me corten el corazón… Por favor... hágalo por mis hijitos”.

Esa mañana no hubo más audiencias. Había necesidad de llevar al sentenciado al penal de Rio Seco, no sea que se muriera de verdad.

martes, 27 de diciembre de 2016

Fugitivo

“¿Cuáles son tus sueños?” Apenas caminaba el viejo y, mientras en una bandeja de aluminio ponía un poco de yucas de monte, con la que pretendía darle de comer a su burro, lanzó esa pregunta al aire: “¿Qué quieres hacer de tu vida?"

Era un hombre de campo y conocía mucho de la vida. Prontamente, quizá a los diez, quedó huérfano de madre y, a duras penas aprendió a leer y a escribir. Contaba que la maestra lo castigaba sin razón: lo obligaba a entrelazar los pies por entre los tabiques travezaños de las patas de la silla, manteniéndolo incomodo por largos tiempos dentro de la jornada estudiantil.  No se trataba de una escuela oficial, sino que, aquella se ganaba algunos reales enseñando lo poco que sabía a los varios muchachitos del lugar. Apenas duró unas pocas semanas en el tormento, pero le fue suficiente, incluso para las operaciones básicas.  Luego de algún tiempo, advirtió que el resquemor se debía a cuestiones de amores de adultos, en los que, a pesar de ser ajeno, le tocó pagar con sus propios dolores. Y de dolores y alegrías había tejido su vida. Su vejez, aunque dura, le permitía felicidad. Ahora, preocupación.

Esa mañana advirtió, con seguridad, que alguien había dormido en “la bodega”. En realidad, el día anterior, el hallazgo de una colilla de cigarro, le hizo parecer que "alguien" había estado allí, pero no le tomó asunto. Ahora, tenía la certeza de que los aperos de sus burros habían sido movidos. Un rastro, de entrada y salida, lo conducían hacia la quebrada. Revisó las cosas de mayor valor, pero todo estaba en orden. Las huellas no le parecían conocidas… Oteó el monte, aperó su burro mohíno y se fue siguiendo el rastro. Mientras su mirada recorría el suelo en busca de otros indicios, pensaba ¿Porque los perros no han ladrado? ¡Ni las pavas han hecho alboroto! Las huellas se perdían en la gruesa arena de la quebrada, pero indicaban que el hombre venía desde el centro poblado vecino. A su regreso, cortó un par de puntales de algarrobo, que los dejó en la puerta del corral de cabras. Al muchachito que salió a su encuentro  para pregonarle el desayuno, les anunció: “Esta tarde cambiamos los palos de la reja grande. Tú haces los huecos y yo me encargo de encuadrar la puerta”. 

“Buenos días mujer” dijo, mientras se sacaba el sombrero y se sentaba en esa silla oscura que le daba espacio junto a la ventana de la cocina. El sol le daba en un lado de cuerpo y, su café con leche, todavía tibio, estaba listo para ser endulzado. Cogió una cucharita y, desde una azucarera, de plástico rojo, sacó dos medidas de azúcar, y las puso en su pocillo. Le dio vuelta al líquido y luego le dio un sorbo: “Que rico, carajo”. "¿De donde vienes?", preguntó la avejentada mujer. No quiso dar detalles y, se remitió al hecho de la necesidad de cambiar el par de puntales que daban sostén a la reja del corralón, y así como quien no quiere la cosa, le retrucó en modo de pregunta: “La noche ha estado tranquila mujer… ¿los perros no han ladrado, verdad?”. Sin mayores aspavientos, la mujer refirió: “me he quedado en vela, no he podido dormir… No ha habido nada extraño”. Minutos más tarde, luego de dar de beber a las cabras, se alejaba por el camino de la quebrada…. Su silbido, fuuiiiiiiii-fuiuuuuu, se perdía en la distancia.

La soledad de campo, su solitario quehacer, el silencio que se acurruca debajo de los arboles no le impedían pensar en su desconocido inquilino nocturno. Había pasado el medio día y, mientras en los arenales de la playa escarbaba en busca de yucas de monte para el alimento vespertino de sus cuadrúpedos, sus pensamientos bullían en medio de posibles respuestas. Luego de un rato, del lado derecho de la alforja sacó un pequeño cuaderno y se sentó debajo de  un overal. Allí tenía anotadas las fechas de las últimas pariciones, los pesos y precios de las cabras de beneficio vendidas en los últimos meses, las deudas pendientes, -de cobrar o de pagar-, algunas de aquellas cosas que anotaba para no olvidarlas y que aún no tenían fecha de realización. En una página media del cuaderno, había dibujado las marcas del rastro que esa mañana había seguido. Miró el garabato buscando una explicación. Era una conformación de rombos, en cuya parte central se dibujaba un círculo partido por la mitad… eran zapatillas. Incluso con una pita, -la que solía andar en uno de sus bolsillos- le había tomado la medida a la huella misma y a la distancia entre una y otra: era quizá un hombre mozo, muchachón probablemente. Hecho que dedujo del largo tranco que evidenciaba su caminar, además de su altura, que debía superar el metro setenta, por la medida de su zapato.  ¿Quién puede ser este cristiano? Solo ha dormido y quizá fumó un cigarro, por el pucho que encontró, otra vez, muy cerca del corral de cabras. Un calendario de bolsillo se le había quedado olvidado, o a lo mejor se le cayó, al esquivo y fugaz inquilino. Se anotaba, en letras grandes “Juguería Mi Juanita” y, en otras más pequeñas: “Ofrece a su distinguida clientela jugos, sanguches y aperitivos” Remataba: “Los esperamos en nuestro puesto Nro 16-B, Mercado Modelo, Talara. Feliz año 1984”. El Chifón, ni siquiera se ha inmutado. No ha ladrado… El perro, muy cerca de él, presintiendo sus pensamientos, acariciaba su pelaje rozándose con la espalda a su dueño, y golpeaba con su cola el brazo derecho de éste, en busca de un cariño. “Carajo, perro… si pudieras hablar… ¿Quién es?” Le preguntó al animal, como si éste pudiera responderle.

Empezaba a atardecer. No tenía nombres, ni siquiera un sospechoso. Hizo recuento de los suyos, de sus hijos, de sus nietos, de los amigos de sus nietos, de los que vivían cerca de él, de sus vecinos, pero ninguno “era aparente” para la posible descripción alcanzada. Luego de advertir que el sujeto conocía bien el lugar, puesto que había ingresado a la bodega directamente, sin mayores búsquedas de posibles espacios donde dormir, varias preguntas le asaltaban. Lo que mejor podía deducir fue que era un fugitivo, puesto que ningún “buen cristiano” llega muy de noche y se va de madrugada, sin siquiera saludar a los dueños de casa.  ¿A que le teme? ¿Por qué huye? ¿No será que ha matado a alguien y la policía los busca? ¿Será que necesita de nuestra ayuda?

“Nadie está libre de nada”, se decía para sí, mientras desaperaba a su bestia. “Ni de cometer pecado ni de delito alguno… Nadie”. Si aquel -su inquilino furtivo- era todavía mozo, tendría oportunidades mejores que alcanzar, pero correspondía a su propia libertad elegir las adecuadas, acompañado de una mano que le guíe. “Las puertas siempre están abiertas”, siempre que se responda a las preguntas convenientes: “¿Cuáles son tus sueños? ¿Qué quieres hacer de tu vida?”. Para una respuesta firme, era necesario, tenerlo a cara a cara y escudriñar su voluntad. De esa noche no pasaría.  

Importaba  no solo su nombre, importaba también la oportunidad.


martes, 1 de noviembre de 2016

Cadenas

"Solo veré llamas en mi vida sempiterna… solo llamas!" La angustia le desbordaba el alma. Caminaba sin ton ni son por los jardines del psiquiátrico… “Solo el infierno merezco. El demonio será mi compañía. El infierno está desierto”. Caminaba sin ton ni son.

Julio, educado por su abuela, una beata de mantilla dominical como pocas quedan ya, padecía una enfermedad mental adquirida en los pocos años vividos. Apenas llegaba al par de docenas de años. La estricta rigidez de su formación contribuía gravemente a su estado. Su abuela le contaba, a la hora de dormir, aquellas historias de mártires y victimas que padeciendo los más inenarrables dolores en sus carnes, preferían éstos a que los padecimientos eternos en una caldera de inmundicias ahogándose en un dantesco infierno. Su alma valía más que las pesadillas que nunca denunció como consecuencia de tantas horrendas historias de supuestos martirios en nombre de la sangre de su sacratísimo Redentor.

Entre esos cuentos y las tareas escolares se hallaban las clases de música. Su abuela juraba que un día su nieto cantaría, a una sola voz, en el coro de la Catedral de la ciudad… que sería llamado para edulcorar las pompas sacramentales de los matrimonios de los hijos de las familias notables de la región. Esperaba la mujer que, por la gracia de la voz de su nieto, ofrendado desde la pila bautismal al Señor de los Milagros, ella ganaría indulgencias suficientes para ingresar al reino celestial, pero mientras que su vida dure en este valle de lágrimas, le habría de permitir relacionarse con aquellas gentes a las que miraba con envidia por su posición social, pero sobre todo, en mérito a su condición económica, que les había permitido –a aquellos- viajar por donde mejor les placía, mientras ella, sin merecerlo, sufría penurias derivadas de pronta viudedad. Por esos malos pensamientos, cada día flagelaba su cuerpo con muy poca comida y, lo castigaba por las noches imponiéndose baños de agua helada, con los que además, apagaba los calores de su todavía formada silueta, a la que le negaba los placeres de la sensibilidad.

Ese sábado, Julio –como en las oportunidades anteriores- llegó muy temprano a la iglesia. Sólo un par de mujeres rezaban en la primera banca. Otras gentes, entre sacristanes y acólitos caminaban por los pasillos de la nave principal llevando y trayendo ornamentos y vestiduras sagradas. Lo hacían sin mayor reparo, salvo el del mismo Julio, que le parecían actitudes de poco respeto a lo que dichos ojetos representaban. Prontamente sus pensamientos se despreocuparon de las tareas ajenas. En su pequeño breviario de oraciones púsole atención a una frase sacada del Eclesiastés: “Y apliqué mi corazón a conocer la sabiduría y a conocer la locura y la insensatez; me di cuenta de que esto también es correr tras el viento. Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor”. Y prefirió no saber que significaba justamente para evitarse aflicciones desconocidas… era mejor no saber.

Su abuela había dibujado en el alma del muchacho un rigorismo de conciencia, logrado a partir de los padecimientos de quienes traicionaban la fe. De hecho, el primero de los condenados y el más atormentado de todos era Judas, ese que comió y bebió con Jesús, que prefirió el gozo alcanzado por 30 monedas a que la gracia de las palabras del Maestro que bien podían permitir solaz tranquilidad; la del ladrón malo; pero por sobre ellos, la de aquellos que pudiendo alcanzar la amistad con Cristo, prefirieron confiar en su conocimiento. Lutero, Nietzche, Marx, Enrique VIII, eran los nombres de quienes ya se sabía su condena… Eran la encarnación de los enemigos de cristiano: mundo, demonio y carne.

En busca de un alivio a sus atormentados pensamientos, Julio se fijó en un pequeño fajo de cuartillas que se escondían en la pequeña esquina de su asiento. Cogió una de ellas y leyó: “Profecía de Fátima” y, a continuación se anuncia un extraño suceso: “Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” Le dio mucho miedo y, prefirió no seguir leyendo, justamente para el dolor que produce el conocimiento. No obstante, sus ojos se fijaron en unas letras en negrita de la parte final, en la que se ordenaba rezar cinco rosarios cada día por un lapso de quince días, además de imprimir quinientas copias del manuscrito y dejarlo en espacios públicos para el compromiso de los demás.

"¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!" Eran las palabras que su abuela le repetía cada que le quitaba el postre a mitad de su disfrute. “Veo que lo gozas sin reparo. Es hora de ofrecer este pequeño sacrificio por las benditas almas de purgatorio” le decía mientras que lanzaba al tacho de basura lo que aún quedaba por comer y, luego de ello le llenaba el alma de oraciones. Y mientras las rezaba, pensaba en aquella otra que sin ser tan grave, igual le martirizaba: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte”. Prefería que su abuela no se entere que intentaba no temerle al infierno y que prefería dibujarse a sí mismo un dios capaz de conmiserarse con la humanidad, un dios que tenga capacidad de juzgar los actos de los hombres, amándolos antes a ellos. Un dios amante a que justiciero.

El incumplimiento del rezo de los misterios del rosario cada día y la desatención a la escondida contribución a la cadena oracional anunciaba graves desgracias como las ocurridas al presidente del Brasil que al descuidarlo tuvo que, días después, padecer la muerte de su hijo o la de aquella mujer que por no cumplir con el encargo murió ahogándose en su propia sangre en un accidente de tránsito o, la de un tal Ezequiel Cortes que por considerarlo una broma perdió su trabajo y su casa a los trece días de la inobservancia del mandamiento.

Le parecía absurda la tarea y, a lo mucho le dedicaría las oraciones del rosario, pero también le daba miedo se cumplieran las amenazas. Nunca realizó las impresiones porque le avergonzaba la idea de que lo vieran en tan impertinente labor, pero su alma, escrupulosa en demasía, le generó una psicosis con delirio religioso en el que de ordinario su desestructurado pensamiento le hacía visionar escenas celestiales en las que se encontraba ausente o, de aquellas otras de total y constante sufrimiento en una hoguera alimentada por cuartillas de papel en las que se anunciaba una cadena oracional. Siempre, siempre, siempre, terminaba, perdiéndose entre el fuego, las palabras ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!

Los médicos anuncian una muy lenta recuperación puesto que, advierten, las medicinas no podrán hacer en poco tiempo lo que el rigorismo realizó en casi dos décadas de existencia… Ya ha ganado peso y, come algo más que el par de papitas sancochadas a las que se había acostumbrado su penitente estómago.

A veces pienso que Julio se perdió de místico. En realidad solo estaba loco.


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lunes, 31 de octubre de 2016

Enterramientos y ritualismos

La Iglesia ha puesto en el tapete el quehacer con los muertos.  En la  instrucción “Ad resurgendum cum Christo”, recientemente publicada, expone que la cremación, en sí misma no atenta contra ninguna verdad revelada, empero recomienda que sería mejor atender a la “la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos” conforme al CIC 1176.. No dice cuál es el fundamento de la preferencia, pero reconoce que no se les  debe negar los sacramentos ni el funeral a quien decida por la cremación, salvo que tal decisión pretenda ser expresión de la «negación de los dogmas cristianos o por odio contra la religión católica y la Iglesia». Creo que, en puridad, deberá negársele también a quien negando la doctrina católica decidan inhumarse conforme a las formas tradicionales.

Si revisamos la historia verificaremos que la cremación ha sido siempre un asunto de economía. En la Iliada se nos da cuenta de los motivos por los que se introdujo en el mundo griego dicha práctica. Se disponía la cremación de los caídos en batalla con la finalidad de que sus cenizas puedan ser trasladadas hacia el territorio de origen y ofrecer una sepultura adecuada por parte de sus familiares. Desde ese hecho hasta la sinonimia con el heroísmo hay muy poco trecho. Prontamente, la cremación se convirtió en expresión de la heroicidad del caído, de su valía frente a sus compañeros de armas y de su valor en el campo de batalla. Empero, no era suficiente, pues detrás de práctica hay una ideología religiosa. Según Erwin Rohde, el alma se separaba completamente del cuerpo con la cremación y ya no volvía más entre los vivos, ni siquiera en sueños. Así pues, Patroclo se aparece en sueños a Aquiles para pedirle que apresure los funerales, pues todavía no ha sido cremado. Una vez efectuada la cremación de los despojos mortales, su alma ya no volverá más y permanecerá en el Hades sin posibilidad de retorno.

Los romanos repitieron la costumbre, pero le quitaron solemnidad. En la Eneida se reafirma la idea de que no se es posible el descanso de los muertos si antes no se ha tenido una sepultura. Por eso la Síbila de Cumas, frente a la espectral muchedumbre de almas en las orillas del Aqueronte, sentencia: “No es permitido atravesar estas hórridas riberas y la ronca corriente, antes que sus cenizas descansen en sus sepulcros”. Así, cuanto más pronto sea la cremación y el enterramiento de las cenizas más rápido se alcanzaba el descanso permitido por la inmortalidad. Si el asunto era así, entonces se permitieron hasta cremaciones colectivas. Una mayor cantidad de almas en el inframundo al menor costo posible.

Los cristianos, no asimilaron tales costumbres y mantuvieron fidelidad a las formas mortuorias judaicas.  La expresión del Génesis “de polvo eres y al polvo volverás”, en su literal interpretación exigía las inhumaciones y, de ordinario se efectuaban en el mismo día de la muerte, por dos razones fundamentales: la rápida putrefacción de los cuerpos en el clima caluroso del medio oriente y, la deshonra que suponía la demora. La exposición de los cuerpos suponía la desatención del mandamiento mosaico del regreso al polvo originario, condición que suponía una condena, a la que solo estaban destinados los malhechores. La Gehena, mencionada en los evangelios, no era más que el basurero público donde se arrojaban los cadáveres de los delincuentes o de animales impuros y, para evitar los hedores y la propagación de enfermedades, el sitio se mantenía ardiendo con fuego y azufre. Así demorar el enterramiento no era más que una equiparación con el destino de los cuerpos condenados a la Gehena.

No obstante la antigüedad de la práctica, en los tiempos de Jesús, el poco espacio disponible, generó modificaciones a las formulas mortuorias: los cuerpos se “enterraban” en cuevas en espera de la desintegración de la carne y, luego de ello, los huesos se guardaban en pequeñas cajas, posibilitando que, la tumba labrada en la roca pudiera ser utilizada por otros difuntos. La cremación no es una posibilidad, en tanto que el cuerpo es imagen visible de Dios y, por tanto la cremación supone una destrucción de aquella.

La Comisión Teológica Internacional, en 1990, publicó De quibusdam quaestionibus actualibus circa eschatologiam: Gregorianum y reconoció que la cremación estuvo prohibida por la Iglesia Católica en atención a que dicha práctica podía ser entendida como expresión de prácticas gnósticas y neoplatónicas que asumen que nuestra corporeidad es una limitación de nuestra alma. Más allá de ello, el fundamento de nuestra religión es el amor y, este a su vez de la comunidad eclesial. El amor no puede verse limitado por la muerte; por el contrario, la fe da a los cristianos que viven en la tierra, «la posibilidad de comunicar con los queridos hermanos ya arrebatados por la muerte» mediante la oración. Si así es que, el amor es el vínculo entre la iglesia peregrinante y la iglesia triunfante, entonces pierde relevancia el modo como se ha conservar los cuerpos después de la muerte. No parece que sea una limitación siquiera a la omnipotencia divina al tiempo de la resurrección, momento en que “Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma”.

El asunto es ¿Dios solo podrá reunir a los cuerpos con sus respectivas almas si y solo si se encuentran depositados en lugares sagrados? ¿Y qué ocurrirá con aquellos que murieron en accidentes y nunca pudieron ser encontrados? Tal parece queremos construir una divinidad conforme a nuestras limitadas capacidades. Por lo pronto, confiado en la omnipotencia de Dios, tengo pensado irme en forma de cenizas a la tierra misma para alimentar el par de codiaeum variegatum que adornan el patio de mi casa.... por qué de allí nadie me saca. Ni con el divorcio. 

lunes, 24 de octubre de 2016

Destino

"Muchacho fascinero, caracho...” dijo la mujer, mientras con las manos hacía un lento ademán de sacarse la sandalia. En su rostro una expresión de molestia fingida se confundía con el halago. Así me recibió aquella viejecita, sentada en una silla de ruedas padeciendo ya sus 97 calendarios. Su memoria era lucida, aunque sus ojos apenas me distinguían. Una de sus hijas, le anunció previamente al oído: “El hijo de la Sra. Blanca ha venido a verte”. Luego de su expresión me acerqué para saludarla. Su rostro y manos rugosas eran fiel expresión de sus años, no obstante guardaba las características fundamentales de sus años mozos, aquellos cuando la conocí… quizá ya 35 años. 

Me preguntó por mis hijos y sus edades y, yo por los suyos y de algunos de sus nietos, a los que recordaba. Hablamos de la dura vida y de sus achaques por la edad, de sus dificultades para oir y, de lo difícil que es no poder hacer sus cosas por sí sola. Más todavía, si sus nietos, -en su expresión- son “medios marrajos, y en veces se niegan a obedecer, contimás si se trata dar el maíz a las gallinas o de cambiar el agua de los puercos.” Finalmente llegamos al punto neurálgico: “Bala, no?” dijo con sentido reproche… “Pensé que nadie conocía esa historia, o que se habría olvidado en los almanaques idos de los tiempos”. Me sonreí. “Pero de seguro que esa historia te la contó tu abuelo” y al no asentir, insistió “Tu abuelo tuvo que haber sido… Doña Delma (y lo decía por mi abuela), no era de contar esas historias. Luego de una pausa, me atacó “so bandido, pero no fue así como ocurrió”. Entre recuerdos y lágrimas finalmente me contó una versión que sin desteñir la ya contada, exponía detalles que a una mujer no se le podían escapar… 

Estaba enamorada. Su corazón tenía dueño… Una tarde de aquellas a la vuelta del “mandau” del agua, en el camino se encontró al tal Rumualdo, a quien sólo conocía de vista, dada las diferencias de edad. Lo saludó anteponiéndole una señal de autoridad: “Buenas tardes, señor”, le dijo. El muchacho detuvo su mula, y sonriéndole, le sugirió “Mi nombre es Rumualdo” y, para más señal le dijo donde vivía, por sí la desconfianza le aleteara en el corazón. También le refirió conocer a sus padres y, algunas circunstancias, como el tipo de señales en las orejas de sus cabras y la forma de su marca en los ganados mayores. Para despedirse le agregó: “He visto en El Alto a Felipe. Te manda saludos”. Ella no dijo nada, pero su corazón se alborotó. Quizá un breve rubor abundó en sus mejillas, pero su interlocutor no lo advirtió porque ya se había despedido… y ella, enamorada, se llenó de intranquilidad por saber algo más de aquel muchacho, que, ya hacía varios meses, susurrándole unas palabras, solo logró escucharle: “espérame”. 

Ese fue su afán de aguatera: encontrarse con el Rumualdo, para ver si este le daba alguna noticia del muchacho con el que soñaba en aquellas noches. Aquel, no volvió a mencionarle el asunto, pero si le hacía conversación refiriéndose a algún animal perdido, a la enfermedad de una tal Faustina, a pequeñas vivencias de la vida militar. Ella no preguntaba para no delatarse, así que solo esperaba. En la tercera semana, volvió a mencionarle a “su” Felipe, para darle una mala noticia: “La ha de estar pasando mal. Este es su año de “perro”, asi que hasta de mandadero ha de estar… jajajaja”. Y sin darle tiempo a preguntar, arreó su mula hacia el monte en busca de una vacas demoronas. 

Requiebros en su corazón y, quizá el Romualdo advirtió ese dolor en sus ojos. Y le ofreció encontrarse en los días siguientes. “Que buenamoza que has venido hoy”, le dijo en uno de esos días y, a ella le gustó el dicho, pero esquivó su mirada… “Un día de estos hablaré con tu apá, para casarnos. Lo aceptará?” Volvió a sonreir para ocultar su miedo. Jaló los pelitos del anca de su burro y lo apuró dando besos al aire. A esos días, quizá faltaban otros tres para las velaciones. Y, por supuesto, no sabía nada, más que chismes del Felipe. “Y ni se me ocurrió que el hombre ese –refiriéndose a Romualdo- me tuviera algún afecto”. Uno de los perros domésticos, el Bronco, era su fiel guardián, así, pese a su miedo, confiaba en que éste no permitiría que nada malo le pasara. El perro, advirtiendo el miedo, dejó advertir su presencia: le ladró a la mula del oyente. 

Aquel día, el de los hechos aciagos, fue determinante para su vida. Sabía ya desde el día anterior que Felipe había llegado. Ella lo había distinguido, por su modo de andar, en la lejanía del camino real. Su prima Maruja también le llegó con la noticia, es más, le advirtió que él quería conversar con ella esa noche y que estuviera atenta a su silbido. Ella lo confirmó cuando el mismo día, en horas de la mañana, el muchacho se acercó a saludar a su madre. Así, que cuando dormitaba junto a su madre, en realidad simulaba hacerlo: esperaba pacientemente el silbido del Felipe; con lo que ante su ausencia, con el pretexto de ver a su abuela, salió a buscarlo en las inmediaciones. No lo encontró… ni siquiera en las cercanías de las tumbas donde los suyos se apostaban con sus velas. Malhumorada, decidió dormirse en brazos de su abuela. 

Mas de pronto escuchó una tonada popular en forma de silbido… era un sanjuanito ecuatoriano. Intentó silbarla, pero su falta de dientes se lo impidió: “Era la música de esos tiempos, tan insistente que, decidí levantarme y seguirlo, bajo la confianza de que era el Felipe. A los días, me enteré que éste le había contado a sus amigazos cual era la señal y, como fuera Romualdo también se enteró. Así que aprovechó el asunto y me engañó. Como buena sonsa caí redondita… bueno era chiquilla”. Fue tarde cuando advirtió que no era Felipe. Soñaba con que éste la cogiera entre sus brazos, pero la decepción fue grande y su fuerza poca frente la ebriedad de Romualdo. “Era cierto… que te entendías con el chiquillo ese… pero no te has de burlar de mí”, le increpó el grandullón, mientras pretendía poner sus manos por debajo de su falda. Lo insultó, intentó liberarse, pero aquel insistía en que se casaría, así fuera contra su voluntad. La resistencia de la mujer intentaba ser callada, silenciosa. Si la descubrían por detrás de las ramadas de las vivanderas, su padre la rajaría con el “cabresto de la mula”. Tenía que evitar un daño real y presente y evadir otro, posible y futuro. Recuerda que le mordió a la altura de la tetilla y, eso fue suficiente para que sea liberada, momento en el que además, el fulano sacó el arma que escondía debajo de la bota del pantalón, mientras le decía: “Me has mordida pendeja… pero igual te irás conmigo”. Lo empujó y, con ello un fogonazo destelló, solo recuerda hasta haber gritado y caído como producto de la fuerza del impacto del proyectil… incluso afirma parecerle haber sentido como se desangraba, pero en esta parte, la memoria le es muy tenue. Le parece haber escuchado que éste, antes de huir, le decía: “Juana, perdóname, se me escapó la bala… perdóname, no era mi intención”. 

Finalmente concluye: “El cojudo se mandó a mudar en un caballo... y ajeno todavia”, y con una sonrisa de  cansada complacencia, prosigue: “pero no fue el único jinete de esa noche”. Y remata, sin ánimo de continuar: “No puedo negar que esa bala escribió mi destino”.  Se despidió para ir a darle de comer a sus gallinas... "Donde está el maiz", preguntaba mientras uno de sus nietos empujaba su carrito por el largo pasillo de su casa.

Buenas tardes Dñ. Juana. Le prometo regresar para gozar del estofado de gallina que me ofreció.

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Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...