jueves, 19 de mayo de 2022

Tiamat

Y aunque las historias fundantes de nuestra cultura, nos precisan que al principio no había nada y desde la nada se creó todo, los sumerios -que nos superan en edades- prefieren decir que, el principio del principio fue Apsu y Tiamat. El primero, masculino y representado por las aguas dulces, la segunda, divinidad femenina y tenía forma de agua salada. Desde la conjunción de ambos, fue posible la procreación de todos los dioses y todas las cosas. Solo por la acción paridora de Tiamat, el cielo y la tierra adquirieron nombre y, aparecieron en ésta, los carrizales y los juncos.

Ella es la ordenadora. Si los dioses menores son bullangueros, ella les pone el "estatequieto"; si Apsu se impacienta por la actitud de sus propios hijos, ella pone la calma... Pero no equivoques las cosas, que su pacifismo no sea confundido con conformismo. Tiene su carácter ¿Acaso no has visto el mar embravecido? Tiamat, es la serena calma del mar tranquilo, pero es también el crepitante movimiento de sus olas. Es actividad pura, ondeante movimiento, olas gigantes, serpenteante ajetreo... Es paz y agitación en un solo acto.

Los hebreos que oyeron esas historias y, que prefirieron a Yaveh como deidad unica, negaron a la diosa Tiamat y, la representaron en forma de dragón. La hundieron en las profundidades marinas y la desfiguraron: "Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve", es una elaborada forma de reconocer que el mar existe, pero ahora representa a la maldad, tanta, que el profeta le ofrece la muerte en el final de la historia. ¿No me creen? Allí les va: "En aquel día Yahvé castigará con su espada dura, grande y fuerte al Leviatán, la serpiente veloz, la serpiente enrrollada; y matará al dragón que está en el mar". No son vanas las más trágicas e intimidantes historias de los marineros ¿Cuantos se han encontrado con Tiamat enfuerecida? En cada puerto hay mil historias, en cada etapa de la historia de la humanidad, número semejante.

Tiamat fue pervertida. Murió en esta mitología que nosotros heredamos... Sin embargo, nada quita que hay otras formas de su existencia: Tiamat mantiene su fecundidad y gracia. Aún con conocimiento de las historias marineras de monstruos del mil cabezas y fauces de las que brotan fuego, el mar sigue pariendo peces y alimentando a los hombres que agradecidos le ofrecen flores.

Tiamat sigue siendo diosa ¿Quien no se ha hipnotizado frente a un atardecer cuando el sol se mete por entre las humedades marinas? En el horizonte solo se advierte la calma y la esperanzadora quietud de que la escena se repita en cada crepúsculo. Tiamat es aún la diosa ondeante que se mueve en las olas, en las que los hombres se bañan. ¿Acaso no hay quienes encuentran placer en caminar encaramados en una tabla de surfear sobre sus formas gráciles y ella se deja acariciar gozosamente?

Creo yo, con riesgo de estar dolosamente equivocado, que los sumerios conocían el contenido de una tonada de estos días: "En el mar la vida es más sabrosa; en el mar te quiero mucho más; con el sol, la luna y las estrellas: en el mar todo es felicidad". Bueno, si no la inventaron ellos, ya que más da... El asunto no le quita mérito a la verdad.

Cosas de la mitología.


miércoles, 13 de abril de 2022

Apuro

Era un poco más de las tres de la madrugada. Mis ojos estaban abiertos. El espacio para el insomnio no era el de siempre. Una cama en la habitación 202 de un hotel ubicado en la cuadra 8 del Jr. Rufino Torrico del cercado de Lima, era testigo de ese despertar. No había problema: habría bastado cinco minutos de televisión, para que hypnos se hiciera presente  y volviera arrebujarse por encima de mis párpados.

 

Esa noche, las circunstancias eran distintas. El televisor no era objeto de atención. En mi cabeza dibujaba hechos no vividos aunque pronosticados. Tenía obligación de comparecer para dar cuenta de mis actuaciones como juez en los siete años anteriores ante un organismo estatal de control funcionarial. Me preocupaba la calidad de la información proporcionada. Las tormentosas lluvias de ese año habían generado graves pérdidas de documentación, la comunicación virtual se hacía difícil y, aunque había cumplido con todo, me parecía que había otros documentos de mejor substancia que, lamentablemente, no se pudo presentar. Hacía repaso de las posibles preguntas, de las debilidades de mi trabajo, de las quejas y habeas corpus de las que había sido objeto. Me prefiguraba –como augurio peor- que algún ciudadano de forma anónima pudiera utilizar el mecanismo de la queja para ponerme en difícil situación.


Me preguntaba, además, de los otros juec… Algo sucedió en mi mente: parte del cobertor fue a dar al suelo y, una palabrota rompió el silencio nocturno: “Mierda…". Mis pies tocaron el suelo frio, pero me importó poco, mis manos estaban preocupadas por hallar el interruptor de luz y, una vez logrado, abrí el ropero y saque el maletín con afán: lo abrí precipitadamente y busqué ansiosamente por entre las cosas  que allí se guardaban y, mientras desacomodaba lo poco que había, los “putamadre” se sucedían sin descuido. Miré entre los cajones del ropero, y hasta por debajo de la cama y, otra vez, al maletín. Finalmente, un “carajo” de resignación, acompañó a mi acomodo en un extremo de la cama. El frio limeño no me hacía nada, pero, algo tenía que hacer... El problema estaba en la mesa.


Miré el reloj y aún faltaban minutos para que sean las cuatro. Me pareció una hora inadecuada para cualquier llamada… ¿a quién llamar? Los minutos se hacían eternos y, con el afán de asegurar su pronta continuidad, de vez en cuando, abría la solapa del maletín con el ánimo de asegurarme de que mis ojos no me hubieran mentido, que no era producto de un mal sueño, o… quizá estaba a la espera de algo extraordinario, de la necesidad de una aparición… de la naturaleza que sea necesaria, para que no falte nada, para creer que si había sido diligente. Hice una llamada... una voz somnolienta me contestó del otro lado ¿Qué hora es, amor? Sin responder la pregunta, la retruqué: “Negra, fíjate en mi cajón superior ¿el protector azul de ternos está allí?” Después de muy pocos segundos, se confirmó todo: el terno con el que pretendía presentarme se había quedado en casa.  Mil kilómetros de distancia nos separaban.


La cita estaba pactada para las 9.30 a.m. pero se nos había pedido a todos los entrevistados que nos presentaramos una hora antes. No había tiempo, en consecuencia, de realizar la compra de un chachá nuevo en alguna tienda, que de ordinario abren justo cuando ya debía estar sentado en el auditorio en el que se realizaría la entrevista. A este tiempo, algo más de las 4.00 a.m. poco me importaba lo que me pudieran preguntar en la entrevista. La ropa de viaje era inoportuna: jean, polo camisero; pero en el fondo había un pantalón de vestir de uso diario: no era lo deseado, pero cumpliría su función. Los demás implementos estaban allí, pero faltaba el saco… ¡Un saco, un saco, un saco! Mi memoria hizo recuento de los amigos cercanos, de los primos, de mi hermano. La estatura de éste último no ayudaba como para que un saco suyo fuera útil para la ocasión… Mi primo fulano ¿Y su número? Hasta eso confabulaba en mi contra. No tenía su celular… Eran ya las cinco y no quedó más que llamar a la casa del bendito pariente y, mientras marcaba, me decía: “Que este pendejo esté en su casa... pls, plis, plis” Un ruego que se perdía en el aire. Una voz de mujer contestó: “Si hola… que pasó” y tras atropellar la urgencia, la respuesta fue un descreído: “No. No creo…” Probablemente, la mujer no tenía espacio para procesar la urgencia y, allí quedó el tema. La llamada se cortó con un “saludos para todos”. Quizá ahora, es probable, que no recuerde ni siquiera la llamada.


Faltaba media hora para que sean las seis. Ya era tiempo como para que la gente esté –al menos- jugando con la claridad de sus ventanas. Sin embargo, en Lima esa posibilidad era lerda, en comparación de Piura, donde el sol suele ser más animoso de lo necesario, incluso desde tan tempranas horas del día. Solo quedaba una opción llamar a mi colega. Nos conocíamos del trabajo, pero no eramos amigos, apenas habíamos cruzado palabras en alguna oportunidad, sin embargo era la última alternativa: “Hola. ¿Si? ¿Quién habla?" Luego de la presentación y las demás cortesías y explicaciones, solo quedaba una pregunta, que fue formulada por el interlocutor: “¿Y te quedarán mis sacos? Recuerda que soy más alto que tú…" El silencio de respuesta fue seguido por un resignado: “No tengo otra opción”.


Un taxi apurado se estacionó en inmediaciones del Campo de Marte. El hombre esperaba al pie de la entrada de la torre de apartamentos. Se acercó a la ventanilla y me entregó la vestimenta.  Un “te va a ir bien en la entrevista” fue la despedida.  Unas horas más tarde, el saco negro, bastante largo y un tantito holgado, era causa de risa entre los piuranos que ese día fuimos entrevistados.  La entrevista es pública y, para buena suerte, no se advierte la largueza de la que damos cuenta. Ese día, ese saco fue el David que se enfrentó al Goliat de la desesperanza, de la preocupación, del desasosiego.


Hace unos días se cumplieron cinco años de esa anécdota.

sábado, 9 de abril de 2022

Visita

"Estudia hijito, pa que seas otro"... Era una letanía que mi abuela repetía en cada cierto tiempo, de particular, cuando me veía sentado con libros, cuadernos, lápices... En, probablemente, caras de desánimo, el "estudia muchacho, que te librará de pesares" se convertía en combustible.

Ambas expresiones se hacían difíciles de entender. Al menos para alguien de nueve años. Lo único inteligible era que de estudiar no podía derivarse nada malo. Hay una tercera, una que me gustaba escuchar que ella me la explicará: "más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto". Ella intentaba graficarla como con manzanitas y, al final, luego de darse cuenta que no podía entenderla, de aburrimiento, espetaba: "mejor anda juega pelota". Mi cara cambiaba, y ella advertía el truco: "para eso lo haces, so bandido".

Siempre que se cruzaba por mi delante, algo llevaba en la mano: una cuchara de palo, el frasco de queroseno de la cocina, un paño para remendar, la olla de las natillas, una cinta de grecas... Nunca sus manos estaba vacías. Si era algo de comer.. camote, cancha, gofios, o lo que fuera, me ponía un pedacito al lado... Se sonreía y luego con cara de circunstancia, expresaba: "primero termina lo que estás haciendo". Combustible, otra vez.

Una noche, a la luz de un lamparin -de esos de kerosene, mecha y tubo de vidrio- al verme sentado haciendo sumatorias, me preguntó ¿Y eso te servirá pa cuando seas grande? ¿Qué vas a ser de grande? Nunca antes me había preguntado eso con seriedad... Y lo más cerca que se me hubiera ocurrido era ser futbolista. El mundial de España recién había pasado y mi imaginación solo tenía como objeto un esférico de 32 paños. ¿Que vas a ser de grande? Volvió a preguntar. Hasta esos días, creo, nunca había escuchado la palabra "abogado". Ni siquiera lo imaginaba.

¿A que vienes en estos días? Buenas noches abuela. Todo está bien. Descansa... Todo está bien...

martes, 5 de abril de 2022

Edelmira

Era poco más del medio día. La tarde ya: quizá las tres. Esa vieja morena me esperaba y, en son de reproche anotó: "muchacho bandido, tanto te demoras en llegar" y, luego siguió: "deja esa mochila, lávate las manos y siéntate a comer". La distancia al colegio no era tanta, pero para la gavilla de chiquillos juguetones, era suficiente para la demora.

Una tina ya tenía un poco de agua y, en ella lave mis manos con una astilla de jabón y, mientras jugaba haciendo de éste, un carrito de juguete, sus palabras de apuro fueron graves: "apura muchacho, que no tengo todo el día... Tantas cosas que hay que hacer...". Los lados pantalón gris del colegio hicieron de toalla, mientras la mujer con un plato de sopa esperaba al filo de la mesa. Esperó me acercara y, sacó desde el plato hondo un poco de papas y la devolvió a la olla: "mira que te he echado solo un poquito: apura". Y entre que comía y que jugaba, ella hablaba consigo misma, en tanto sus pasos la llevaban de un lado a otro, de la cocina de querosene al lavador de platos y desde este, al fogón que se escondía detrás del comedor del diario... Por allí se iban sus pasos.

Un otro "apura muchacho", se dejó oír; mientras me quitaba el plato del que solo quedaban un poco de fideos. Los cortó con una cuchara, los acomodó y mientras me los dirigía hacia la boca, anunció: "la última". Ahora, con voz de abuela, dijo: "Espera hijito". Giró el cuerpo, jaló una olla pequeña, hizo una cavidad en el arroz que contenía y raspó el concolón, lo sirvió en un plato, y volvió a decir: " es solo un poquito". Le puso encima un huevo frito y un par de maduros cocidos en aceite. Comer, no era para mi algo me hiciera gracia.

Se metió en la cocina y la perdí de vista. Probablemente se fue en busca de inspiración. Regresó y ahora expuso el mejor argumento que de ella pude escuchar: "ay hijito... Ese arroz lo he preparado para ti, el concolón tiene un saborcito especial porque lo he hecho con manteca de chancho y, ese huevo lo acaba de poner la gallina. Se lo he robado a la gallina colorada... Los he preparado para ti". Pegó un suspiro y remató: "solo espero que te guste, porque ahora sólo son tuyos". No necesitó decir nada de los maduritos que mostraban su dulzor y, yo enamorado de esas letras pronunciadas desde la boca de esa negra que en ese momento me cuidaba, rendido ante sus palabras, entendí en ese mismo momento, que no hay nada mejor que el cariño de los abuelos.

Esa escena no se volvió a repetir, o... A lo mejor sí, pero yo solo me acuerdo de la ocurrencia de aquella tarde. No recuerdo que ella, alguna vez, me haya dado un beso o, tal vez una caricia, pero ese arroz a la cubana suple todo... Todo, todo, todo.

Buenas noches, mamá Edelmira.

martes, 29 de marzo de 2022

Serendipia

Y el imputado, en medio de su dolor, con voz de súplica, hizo petición: "Señoría, quiero que Ud. me escuche... Por favor". Parecía que una lágrima corría por su alma... "Si al menos, leyera ud lo acabo de escribir en el meet...". Su micrófono le fue desactivado y una mujer, en voz inmisericorde, decretó: "su tiempo ya caducó".

En el chat de la sala virtual, los partícipes pudieron leer un verso que dice: "Si la justicia fuera moza / estaría, de su vida, encandilado // mas, es vieja, tuerta, coja / que me tiene tonto, ido, atormentado." Una voz de varón inquirió: "¿Ud., imputado, ha escrito eso? ¿Puede explicarlo? Y, con las disculpas de los demás, abrió los micrófonos para el fulano. "Explíquese por favor".

El hombre levantó la cabeza, se arregló el tapabocas, tomó una bocanada de aire, golpeó el micrófono para asegurar que funcione, acomodó la cámara y preguntó "¿Podrán darme diez minutos? ...aún solo con siete serán sufientes". Sin esperar respuesta empezó su relato.

"La niña puede ser mi hija… Ya quisiera que lo fuera. De hecho hasta pudiera ser mi nieta si consideramos que ando en un poco más cuarenta y mi hijo ya tiene veinticuatro. No la he tocado, salvo un par de veces en que tuve que ayudarla porque tropezó y lastimó sus rodillas en la grava del patio de colegio. Reconozco que soy su profesor particular de música y que le di clase de canto lirico. En esos cortos seis años que tiene y en poco más de tres meses, ha desarrollado una técnica vocal de la que me siento orgulloso… Toca el piano con la destreza de una de diez, pero no viene a cuento lo que ahora digo. Solo nos pone en contexto.

Su madre tiene poco menos de cuarenta y, hace ya muchos años entre ella y yo floreció un amorío que no llegó a buen puerto porque sus padres se opusieron… en realidad, yo tuve la culpa. Ese hijo al que hago referencia se convirtió en el obstáculo para que lo nuestro floreciera. Salí de la ciudad y me dediqué a la música: soy profesor y me declaro hijo de Euterpe… Aunque a veces envidio, también a Erató… Escribo poesías, de esas que no dañan a nadie. Su madre conoció de mi vuelta a la ciudad y un día se apareció con la pequeña pidiéndome clases particulares. Me gustó verla y, después de algunos días de acompañar a su hija, la dejaba –durante la hora y media que duraba la clase los interdiarios de la semana- bajo mi dirección y cuidado.

A ella le dediqué, todos los versos que aparecen en celular de la niña… No eran para mi alumna, eran para ella. Todos fueron escritos los días martes, jueves y sábado; porque eran los días que no podíamos vernos y, remitidos entre las 5.00 y 6.00 de la tarde, conforme lo teníamos pactado…. Es que, acaso una niña de seis, podría entender algo como:

“¿A qué sabe tu boca? Baste tu sonrisa para mis breves taquicardias, que sea el recuerdo de tus furtivas miradas el que alumbre este día de borrasca.
Un carbón encendido y unas mariposas arremolinan en mi piel, bullen en la periferia de mi centro y, mientras los segundos pasan, me asalta una inquietud ¿A qué sabe tu piel?
La luz rectangular es la espuma de la ola que muere en las arenas verdes de letras ajenas, de recados que no llevan tu nombre. Eres el mar que quiebra mis nostalgias ¿Sigues siendo mar?"

Acaso ¿Podría una niña entender lo que allí va escondido?. Solo ella, la madre, sabe a qué se hace referencia en cada verso… Y ella no dirá nada, porque ni siquiera ha querido acompañar a su hija en todo el largo trámite de médico legista, de psiquiatras y psicólogos, de jueces y abogados… Ella no ha estado allí. Ella me ama, como en los tiempos mozos de mis días.

Ella me ama y él lo sabe. Unos barrotes no pueden arrebatarme la alegría. Ojalá la pequeña fuera mi hija".

El hombre acomodó su semblante y, miró a la cámara con apariencia de tranquilidad, para decir a modo de colofón: “Señores jueces pronuncien lo que tengan que decir… Tú lo sabes, él creo que también.”

Una sonrisa de complacencia se dibujó en la pantalla antes de que la cámara se apagará.

martes, 8 de marzo de 2022

Añoranzas

El rio Piura ha perdido glamur. Su encanto se ha desvanecido entre las promesas de los políticos que se ofrecían como sus custodios, el embeleso de otros tiempos ha decaído en medio de las putrefactas aguas que le dejamos caer llenas de plastas humanas e inmundicias que en forma de billetes se esconden en las cuentas de quienes le ponen maquillajes de poca monta. Definitivamente, el rio ya no es protagonista de la vida de los citadinos. Sus desaliñados ropajes, obligan a mirar hacia otro lado.

Hace poco más media centuria, cuando menos, febrero era tiempo de festividad: los carnavales, fiesta introductoria de los tiempos cuaresmales eran sinónimo de algarabía y de júbilo. Los arrieros y trasportistas de carga anunciaban con horas de anticipo la avenida nueva del rio. En los barrios populosos, en especial aquellos a los que la modernidad les negaba candiles de alumbrado público, desde los últimos días de enero y, por durante el mes más corto del año, organizaban las famosas candeladas. La gente encendía chamizas, trastos viejos, se deshacía de cosas inservibles y el fuego era el gran devorador mientras que a su alrededor las gentes bailaban al son de una vihuela o tan solo con el tronar de las palmas, mientras las buenamozas le hacían el acate algún cholo perecido que les instigaba a zapatear bajo el telón de algún tondero o canción popular. Los zambos de las calle Junín con su bailes de conjunto, aderezaban las noches con el sonar de baldes y cajones, mientras sus zapateos acompasados eran el deleite de los curiosos. En el pampón que adornaba a la iglesia de San Sebastián, los curas aprovechaban la multitud de niños para adiestrarlos en las verdades de la fe, mientras las candelas y los crepitares de las leñas consumían todo aquello que les ponían frente de sí.

Le cantaban a la vida pobre de las clases populares, al rio Piura, a las chinas palanganas, al trabajo del campo. El rio Piura era protagonista… con la noticia de su avenida, alguna candelada se realizó en sus orillas, mientras los chiquillos se asustaban con algún cuento de terror, de fantasmas y de niños-muertos que se había trasmitido de edad en edad y, eso desde aquellos días en los que, por "el más allá" del barrio de los Malgaches funcionaba las empresas tineras, de las que solo quedaba algunos adobes descoloridos y desgarbados desde la inclemencia de las lluvias veraniegas. Los chiquillos aprovechaban el anuncio del rio para meterse en sus aguas anegadas de limos nuevos y de arcillas achocolatadas. Las mozas, en cambio, adimentadas de vestidos largos, preferían correr al encuentro de las aguas nuevas para, con sus pies menudos, escarbar caminitos que le faciliten su pronta llegada. No se habrían hecho esperar los avezados que, con alguna calabaza y aprovechando el tiempo del calor lanzaban largo trancos de aguas a los viandantes y ocasionales testigos. Las gentes desde el viejo puente de madera, el desaparecido Puente San Miguel, gozaban de los espectáculos acuíferos y de los juegos de los bullangueros. Si la avenida era fuerte, los adolescentes aprovechaban lo que quedaba del viejo dique de “Los Tacaleños” para lanzarse y nadar el medio de las tormentosas aguas hasta alcanzar el otro lado de la orilla. Alguno de seguro se habría de llevar los sustos de su vida tragando de las aguas del rio loco.

Los peones de los algodonales que se acomodaban en las orillas del rio, en inmediaciones del sector El Chipe y, de lo que actualmente se reconoce como el hospital Cayetano Heredia, agradecían al rio su agua renovada para el bien de sus sembríos. Los frutales y los sembríos de secano que se exponían en sus arenales permitían hortalizas, yucas, camote; pero también las aventuras de los mozalbetes que veían la oportunidad de robar algunas frutas para compartir con la gallada y para enfrentarse al sol ardiente de todos los días.

El rio Piura era protagonista. Protagonistas sus troveros y, es posible que, en los últimos tiempos en los que las candeladas le hacían competencia al lumbre de las noches estrelladas, alguno llegara a cantar esa canción muy piurana en la que el autor describe: “un algarrobo y un sauce bailan de gusto un tondero, y piden que el año entrante, el rio vuelva en enero”.

Las luces multicolores de los cohetes, el estruendo de las bombardas, los cláxones de los carros y hasta las campanadas de las distintas iglesias han dejando de ser los canillitas de su llegada. Las playas de cemento y las tiras de asfalto, las luces led y la atropellada vida nocturna nos impide darnos cuenta de que el rio Piura ha llegado en estos días, que sus lentas aguas conducen alegría a quienes todavía dedican su esfuerzo a la tierra. El glamur de nuestro vecino afluente solo es promesa perdida de los candidatos a las magistraturas ediles y regionales, prontamente olvidadas, incluso, aquellas que suenan melodiosas en los oídos de los viandantes.

Las losas de hormigón -que pretenden asegurar su cauce- se mantienen inconclusas y los paseos que adornan sus orillas mantienen la condición de letrinas públicas de nosotros mismos. Auguremos mejores días para nuestro veleidoso rio, para nuestro rio “loco”.



Descanso

Los judios mesiánicos seguidores de Yeshua, el maestro de Galilea, aun no asumían la desgracia. El 15 de Nisan vieron, desde sus escondrijos, como su cuerpo era descendido de la cruz. Aún con la pesadumbre de su vergonzosa muerte, también les llegaba las noticias dadas por las mujeres del grupo:  la de no haberlo encontrado en la tumba. Eso dio cabida a la esperanza de su vuelta a la vida ¿no es que acaso, Pedro y los demás ya habían contado -más de una vez- el detalle que tuvo con Lázaro al rescatarlo de la muerte? ¿Por qué, entonces, no imaginar que el mismo hubiera sido devuelto a la vida? Así, los amaneceres del primer día de la semana, los “solis dies”, se convirtieron en la ocasión propicia para reunirse en las afueras de la vieja Jerusalén: en el camino de Betania, en el Monte Cedrón o en el Valle de los Olivos para alegrarse con las narraciones relacionadas con las vivencias del maestro expuestas por la boca de los discípulos directos, para reflexionar con la lectura de los profetas y, finalmente para "partir el pan" como una forma de conmemoración de aquellos días difíciles iniciados el 14 de Nisan.
La "fracción del pan", como prontamente fue llamada está forma de celebración, fue adquiriendo solemnidad entre aquellos del “camino” y, en medio de las madrugadas que daban paso al primer día de la semana se acostumbraron a reunirse, incluso para discutir aquellos asuntos que les competían a todos: las dificultades para atender a las viudas, la enfermedad de algún hermano, la opción de nuevos integrantes, las disputas dentro de la comunidad y hasta los asuntos relacionados con la vida diaria, digase los problemas de las semillas para la agricultura, la carestía de los alimentos, la presencia de algún jerarca romano en la ciudad, los enfrentamientos frente a otros grupos religiosos, etc. La vida, desde la lectura de los profetas y desde la propuesta que los mayores ofrecían como oportunidad de actuación del maestro, también hicieron que a este primer día de la semana, también se le denomine –al interior de la comunidad- como “dies dominicus”, el día del Señor.

La costumbre, iniciada por Pedro en la fiesta de Shavuot –que ahora reconocemos como Pentecostés- fue asumida por la mayoría de misioneros y, de hecho, Pablo es quien la propaga en las nuevas comunidades que él mismo fundó en distintos espacios del mundo griego. Así, cuando se despide de sus discípulos en Troas –allí donde resultó herido Eutico, que cayó desde una ventana del tercer piso- lo hace en medio de la acción conmemorativa de la “fracción del pan”. Cuando le escribe a sus amigos de Corinto les dice, algo así como “¿no es que acaso la copa que bebemos y el pan que compartimos es la forma como participamos del cuerpo del mesías?”. 

Ignacio de Antiquia, hacia el 110, y Justino Martir, en el 150, reconocen que el primer día de la semana es donde se reúne la comunidad –ahora ya- “cristiana” para conmemorar el día del Señor. Justino, lo dice con claridad: “celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el dia primero en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo y, el día en que Jesucristo, nuestro señor, resucitó de entre los muertos”. La costumbre, definitivamente se había hecho carne en medio de esas gentes esperanzada de futuros mejores.

Desde la otra orilla, habrá que reconocer que el calendario romano estatuía dedicación de cada día de la semana para sus distintas deidades: El día del Sol era el primero de la semana, le seguía: el día de la Luna, el día de Marte, el miércoles es el de Mercurio, luego viene el día de Júpiter, continúa el de Venus y termina la semana con el día de Saturno. Esta dedicación era silenciosamente nominativa; empero el 07 de marzo del 321, el emperador Constantino dictó una ley que, enuncia en el fragmento que se conserva: “En el venerable día del Sol, que los magistrados y las personas que residan en las ciudades descansen, y que todos los talleres cierren.
En el campo, sin embargo, que la gente que se ocupa de la agricultura pueda libre y legalmente continuar con sus tareas porque a menudo sucede que otro día no es adecuado para la siembra del grano o la plantación de viñas; no sea que por descuidar el momento propicio para tales operaciones la liberalidad del cielo se pierda”. 

La ley de Constantino se explica en una disputa política sostenida con su par Licinius y sus efectos –antes que religiosos- tienen importancia administrativa. La ley instituye un día festivo consagrado al Sol Invicto como divinidad religiosa, a la que había que cumplirle los votos contraídos pero a la vez para dar paso a los juegos que se realizaban en su beneficio. Por sobre esto, es relevante la paralización de los actos jurídicos de los funcionarios públicos. Viene bien recordar que la equiparación, en el lenguaje jurídico, de la nominación “día del Sol” (dies solis) -propia de los romanos- con la nomenclatura “dia del Señor” (dies dominicus) -utilizada por los herederos del judío Yeshua hamashiaj- solo ocurrirá hacia el 386, cuando Teodosio I ordene que el "cristianismo niceno" sea la religión oficial de Estado y disponga renombrar el día del descanso con el nombre oficial de “dies dominicus”.

Sin importar los detalles, tendríamos que reconocer que hace, exactamente, 1700 años, por primera vez una autoridad civil reconoce la posibilidad de tener un día de descanso semanal, aunque también habrá de advertir que los judíos ya tenían esa institución como mandato de sacra obligación. El tiempo se encargó, por a través de los herederos de una secta judía –la de los judíos mesiánicos netzaritas- hoy llamados “cristianos”- se alcance la unificación de esas dos instituciones.

Asi, viene bien recordar el modo como es que podemos gozar -ahora inadvertidamente- de un día de descanso laboral.  Buenos días.

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...