martes, 5 de abril de 2022

Edelmira

Era poco más del medio día. La tarde ya: quizá las tres. Esa vieja morena me esperaba y, en son de reproche anotó: "muchacho bandido, tanto te demoras en llegar" y, luego siguió: "deja esa mochila, lávate las manos y siéntate a comer". La distancia al colegio no era tanta, pero para la gavilla de chiquillos juguetones, era suficiente para la demora.

Una tina ya tenía un poco de agua y, en ella lave mis manos con una astilla de jabón y, mientras jugaba haciendo de éste, un carrito de juguete, sus palabras de apuro fueron graves: "apura muchacho, que no tengo todo el día... Tantas cosas que hay que hacer...". Los lados pantalón gris del colegio hicieron de toalla, mientras la mujer con un plato de sopa esperaba al filo de la mesa. Esperó me acercara y, sacó desde el plato hondo un poco de papas y la devolvió a la olla: "mira que te he echado solo un poquito: apura". Y entre que comía y que jugaba, ella hablaba consigo misma, en tanto sus pasos la llevaban de un lado a otro, de la cocina de querosene al lavador de platos y desde este, al fogón que se escondía detrás del comedor del diario... Por allí se iban sus pasos.

Un otro "apura muchacho", se dejó oír; mientras me quitaba el plato del que solo quedaban un poco de fideos. Los cortó con una cuchara, los acomodó y mientras me los dirigía hacia la boca, anunció: "la última". Ahora, con voz de abuela, dijo: "Espera hijito". Giró el cuerpo, jaló una olla pequeña, hizo una cavidad en el arroz que contenía y raspó el concolón, lo sirvió en un plato, y volvió a decir: " es solo un poquito". Le puso encima un huevo frito y un par de maduros cocidos en aceite. Comer, no era para mi algo me hiciera gracia.

Se metió en la cocina y la perdí de vista. Probablemente se fue en busca de inspiración. Regresó y ahora expuso el mejor argumento que de ella pude escuchar: "ay hijito... Ese arroz lo he preparado para ti, el concolón tiene un saborcito especial porque lo he hecho con manteca de chancho y, ese huevo lo acaba de poner la gallina. Se lo he robado a la gallina colorada... Los he preparado para ti". Pegó un suspiro y remató: "solo espero que te guste, porque ahora sólo son tuyos". No necesitó decir nada de los maduritos que mostraban su dulzor y, yo enamorado de esas letras pronunciadas desde la boca de esa negra que en ese momento me cuidaba, rendido ante sus palabras, entendí en ese mismo momento, que no hay nada mejor que el cariño de los abuelos.

Esa escena no se volvió a repetir, o... A lo mejor sí, pero yo solo me acuerdo de la ocurrencia de aquella tarde. No recuerdo que ella, alguna vez, me haya dado un beso o, tal vez una caricia, pero ese arroz a la cubana suple todo... Todo, todo, todo.

Buenas noches, mamá Edelmira.

martes, 29 de marzo de 2022

Serendipia

Y el imputado, en medio de su dolor, con voz de súplica, hizo petición: "Señoría, quiero que Ud. me escuche... Por favor". Parecía que una lágrima corría por su alma... "Si al menos, leyera ud lo acabo de escribir en el meet...". Su micrófono le fue desactivado y una mujer, en voz inmisericorde, decretó: "su tiempo ya caducó".

En el chat de la sala virtual, los partícipes pudieron leer un verso que dice: "Si la justicia fuera moza / estaría, de su vida, encandilado // mas, es vieja, tuerta, coja / que me tiene tonto, ido, atormentado." Una voz de varón inquirió: "¿Ud., imputado, ha escrito eso? ¿Puede explicarlo? Y, con las disculpas de los demás, abrió los micrófonos para el fulano. "Explíquese por favor".

El hombre levantó la cabeza, se arregló el tapabocas, tomó una bocanada de aire, golpeó el micrófono para asegurar que funcione, acomodó la cámara y preguntó "¿Podrán darme diez minutos? ...aún solo con siete serán sufientes". Sin esperar respuesta empezó su relato.

"La niña puede ser mi hija… Ya quisiera que lo fuera. De hecho hasta pudiera ser mi nieta si consideramos que ando en un poco más cuarenta y mi hijo ya tiene veinticuatro. No la he tocado, salvo un par de veces en que tuve que ayudarla porque tropezó y lastimó sus rodillas en la grava del patio de colegio. Reconozco que soy su profesor particular de música y que le di clase de canto lirico. En esos cortos seis años que tiene y en poco más de tres meses, ha desarrollado una técnica vocal de la que me siento orgulloso… Toca el piano con la destreza de una de diez, pero no viene a cuento lo que ahora digo. Solo nos pone en contexto.

Su madre tiene poco menos de cuarenta y, hace ya muchos años entre ella y yo floreció un amorío que no llegó a buen puerto porque sus padres se opusieron… en realidad, yo tuve la culpa. Ese hijo al que hago referencia se convirtió en el obstáculo para que lo nuestro floreciera. Salí de la ciudad y me dediqué a la música: soy profesor y me declaro hijo de Euterpe… Aunque a veces envidio, también a Erató… Escribo poesías, de esas que no dañan a nadie. Su madre conoció de mi vuelta a la ciudad y un día se apareció con la pequeña pidiéndome clases particulares. Me gustó verla y, después de algunos días de acompañar a su hija, la dejaba –durante la hora y media que duraba la clase los interdiarios de la semana- bajo mi dirección y cuidado.

A ella le dediqué, todos los versos que aparecen en celular de la niña… No eran para mi alumna, eran para ella. Todos fueron escritos los días martes, jueves y sábado; porque eran los días que no podíamos vernos y, remitidos entre las 5.00 y 6.00 de la tarde, conforme lo teníamos pactado…. Es que, acaso una niña de seis, podría entender algo como:

“¿A qué sabe tu boca? Baste tu sonrisa para mis breves taquicardias, que sea el recuerdo de tus furtivas miradas el que alumbre este día de borrasca.
Un carbón encendido y unas mariposas arremolinan en mi piel, bullen en la periferia de mi centro y, mientras los segundos pasan, me asalta una inquietud ¿A qué sabe tu piel?
La luz rectangular es la espuma de la ola que muere en las arenas verdes de letras ajenas, de recados que no llevan tu nombre. Eres el mar que quiebra mis nostalgias ¿Sigues siendo mar?"

Acaso ¿Podría una niña entender lo que allí va escondido?. Solo ella, la madre, sabe a qué se hace referencia en cada verso… Y ella no dirá nada, porque ni siquiera ha querido acompañar a su hija en todo el largo trámite de médico legista, de psiquiatras y psicólogos, de jueces y abogados… Ella no ha estado allí. Ella me ama, como en los tiempos mozos de mis días.

Ella me ama y él lo sabe. Unos barrotes no pueden arrebatarme la alegría. Ojalá la pequeña fuera mi hija".

El hombre acomodó su semblante y, miró a la cámara con apariencia de tranquilidad, para decir a modo de colofón: “Señores jueces pronuncien lo que tengan que decir… Tú lo sabes, él creo que también.”

Una sonrisa de complacencia se dibujó en la pantalla antes de que la cámara se apagará.

martes, 8 de marzo de 2022

Añoranzas

El rio Piura ha perdido glamur. Su encanto se ha desvanecido entre las promesas de los políticos que se ofrecían como sus custodios, el embeleso de otros tiempos ha decaído en medio de las putrefactas aguas que le dejamos caer llenas de plastas humanas e inmundicias que en forma de billetes se esconden en las cuentas de quienes le ponen maquillajes de poca monta. Definitivamente, el rio ya no es protagonista de la vida de los citadinos. Sus desaliñados ropajes, obligan a mirar hacia otro lado.

Hace poco más media centuria, cuando menos, febrero era tiempo de festividad: los carnavales, fiesta introductoria de los tiempos cuaresmales eran sinónimo de algarabía y de júbilo. Los arrieros y trasportistas de carga anunciaban con horas de anticipo la avenida nueva del rio. En los barrios populosos, en especial aquellos a los que la modernidad les negaba candiles de alumbrado público, desde los últimos días de enero y, por durante el mes más corto del año, organizaban las famosas candeladas. La gente encendía chamizas, trastos viejos, se deshacía de cosas inservibles y el fuego era el gran devorador mientras que a su alrededor las gentes bailaban al son de una vihuela o tan solo con el tronar de las palmas, mientras las buenamozas le hacían el acate algún cholo perecido que les instigaba a zapatear bajo el telón de algún tondero o canción popular. Los zambos de las calle Junín con su bailes de conjunto, aderezaban las noches con el sonar de baldes y cajones, mientras sus zapateos acompasados eran el deleite de los curiosos. En el pampón que adornaba a la iglesia de San Sebastián, los curas aprovechaban la multitud de niños para adiestrarlos en las verdades de la fe, mientras las candelas y los crepitares de las leñas consumían todo aquello que les ponían frente de sí.

Le cantaban a la vida pobre de las clases populares, al rio Piura, a las chinas palanganas, al trabajo del campo. El rio Piura era protagonista… con la noticia de su avenida, alguna candelada se realizó en sus orillas, mientras los chiquillos se asustaban con algún cuento de terror, de fantasmas y de niños-muertos que se había trasmitido de edad en edad y, eso desde aquellos días en los que, por "el más allá" del barrio de los Malgaches funcionaba las empresas tineras, de las que solo quedaba algunos adobes descoloridos y desgarbados desde la inclemencia de las lluvias veraniegas. Los chiquillos aprovechaban el anuncio del rio para meterse en sus aguas anegadas de limos nuevos y de arcillas achocolatadas. Las mozas, en cambio, adimentadas de vestidos largos, preferían correr al encuentro de las aguas nuevas para, con sus pies menudos, escarbar caminitos que le faciliten su pronta llegada. No se habrían hecho esperar los avezados que, con alguna calabaza y aprovechando el tiempo del calor lanzaban largo trancos de aguas a los viandantes y ocasionales testigos. Las gentes desde el viejo puente de madera, el desaparecido Puente San Miguel, gozaban de los espectáculos acuíferos y de los juegos de los bullangueros. Si la avenida era fuerte, los adolescentes aprovechaban lo que quedaba del viejo dique de “Los Tacaleños” para lanzarse y nadar el medio de las tormentosas aguas hasta alcanzar el otro lado de la orilla. Alguno de seguro se habría de llevar los sustos de su vida tragando de las aguas del rio loco.

Los peones de los algodonales que se acomodaban en las orillas del rio, en inmediaciones del sector El Chipe y, de lo que actualmente se reconoce como el hospital Cayetano Heredia, agradecían al rio su agua renovada para el bien de sus sembríos. Los frutales y los sembríos de secano que se exponían en sus arenales permitían hortalizas, yucas, camote; pero también las aventuras de los mozalbetes que veían la oportunidad de robar algunas frutas para compartir con la gallada y para enfrentarse al sol ardiente de todos los días.

El rio Piura era protagonista. Protagonistas sus troveros y, es posible que, en los últimos tiempos en los que las candeladas le hacían competencia al lumbre de las noches estrelladas, alguno llegara a cantar esa canción muy piurana en la que el autor describe: “un algarrobo y un sauce bailan de gusto un tondero, y piden que el año entrante, el rio vuelva en enero”.

Las luces multicolores de los cohetes, el estruendo de las bombardas, los cláxones de los carros y hasta las campanadas de las distintas iglesias han dejando de ser los canillitas de su llegada. Las playas de cemento y las tiras de asfalto, las luces led y la atropellada vida nocturna nos impide darnos cuenta de que el rio Piura ha llegado en estos días, que sus lentas aguas conducen alegría a quienes todavía dedican su esfuerzo a la tierra. El glamur de nuestro vecino afluente solo es promesa perdida de los candidatos a las magistraturas ediles y regionales, prontamente olvidadas, incluso, aquellas que suenan melodiosas en los oídos de los viandantes.

Las losas de hormigón -que pretenden asegurar su cauce- se mantienen inconclusas y los paseos que adornan sus orillas mantienen la condición de letrinas públicas de nosotros mismos. Auguremos mejores días para nuestro veleidoso rio, para nuestro rio “loco”.



Descanso

Los judios mesiánicos seguidores de Yeshua, el maestro de Galilea, aun no asumían la desgracia. El 15 de Nisan vieron, desde sus escondrijos, como su cuerpo era descendido de la cruz. Aún con la pesadumbre de su vergonzosa muerte, también les llegaba las noticias dadas por las mujeres del grupo:  la de no haberlo encontrado en la tumba. Eso dio cabida a la esperanza de su vuelta a la vida ¿no es que acaso, Pedro y los demás ya habían contado -más de una vez- el detalle que tuvo con Lázaro al rescatarlo de la muerte? ¿Por qué, entonces, no imaginar que el mismo hubiera sido devuelto a la vida? Así, los amaneceres del primer día de la semana, los “solis dies”, se convirtieron en la ocasión propicia para reunirse en las afueras de la vieja Jerusalén: en el camino de Betania, en el Monte Cedrón o en el Valle de los Olivos para alegrarse con las narraciones relacionadas con las vivencias del maestro expuestas por la boca de los discípulos directos, para reflexionar con la lectura de los profetas y, finalmente para "partir el pan" como una forma de conmemoración de aquellos días difíciles iniciados el 14 de Nisan.
La "fracción del pan", como prontamente fue llamada está forma de celebración, fue adquiriendo solemnidad entre aquellos del “camino” y, en medio de las madrugadas que daban paso al primer día de la semana se acostumbraron a reunirse, incluso para discutir aquellos asuntos que les competían a todos: las dificultades para atender a las viudas, la enfermedad de algún hermano, la opción de nuevos integrantes, las disputas dentro de la comunidad y hasta los asuntos relacionados con la vida diaria, digase los problemas de las semillas para la agricultura, la carestía de los alimentos, la presencia de algún jerarca romano en la ciudad, los enfrentamientos frente a otros grupos religiosos, etc. La vida, desde la lectura de los profetas y desde la propuesta que los mayores ofrecían como oportunidad de actuación del maestro, también hicieron que a este primer día de la semana, también se le denomine –al interior de la comunidad- como “dies dominicus”, el día del Señor.

La costumbre, iniciada por Pedro en la fiesta de Shavuot –que ahora reconocemos como Pentecostés- fue asumida por la mayoría de misioneros y, de hecho, Pablo es quien la propaga en las nuevas comunidades que él mismo fundó en distintos espacios del mundo griego. Así, cuando se despide de sus discípulos en Troas –allí donde resultó herido Eutico, que cayó desde una ventana del tercer piso- lo hace en medio de la acción conmemorativa de la “fracción del pan”. Cuando le escribe a sus amigos de Corinto les dice, algo así como “¿no es que acaso la copa que bebemos y el pan que compartimos es la forma como participamos del cuerpo del mesías?”. 

Ignacio de Antiquia, hacia el 110, y Justino Martir, en el 150, reconocen que el primer día de la semana es donde se reúne la comunidad –ahora ya- “cristiana” para conmemorar el día del Señor. Justino, lo dice con claridad: “celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el dia primero en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo y, el día en que Jesucristo, nuestro señor, resucitó de entre los muertos”. La costumbre, definitivamente se había hecho carne en medio de esas gentes esperanzada de futuros mejores.

Desde la otra orilla, habrá que reconocer que el calendario romano estatuía dedicación de cada día de la semana para sus distintas deidades: El día del Sol era el primero de la semana, le seguía: el día de la Luna, el día de Marte, el miércoles es el de Mercurio, luego viene el día de Júpiter, continúa el de Venus y termina la semana con el día de Saturno. Esta dedicación era silenciosamente nominativa; empero el 07 de marzo del 321, el emperador Constantino dictó una ley que, enuncia en el fragmento que se conserva: “En el venerable día del Sol, que los magistrados y las personas que residan en las ciudades descansen, y que todos los talleres cierren.
En el campo, sin embargo, que la gente que se ocupa de la agricultura pueda libre y legalmente continuar con sus tareas porque a menudo sucede que otro día no es adecuado para la siembra del grano o la plantación de viñas; no sea que por descuidar el momento propicio para tales operaciones la liberalidad del cielo se pierda”. 

La ley de Constantino se explica en una disputa política sostenida con su par Licinius y sus efectos –antes que religiosos- tienen importancia administrativa. La ley instituye un día festivo consagrado al Sol Invicto como divinidad religiosa, a la que había que cumplirle los votos contraídos pero a la vez para dar paso a los juegos que se realizaban en su beneficio. Por sobre esto, es relevante la paralización de los actos jurídicos de los funcionarios públicos. Viene bien recordar que la equiparación, en el lenguaje jurídico, de la nominación “día del Sol” (dies solis) -propia de los romanos- con la nomenclatura “dia del Señor” (dies dominicus) -utilizada por los herederos del judío Yeshua hamashiaj- solo ocurrirá hacia el 386, cuando Teodosio I ordene que el "cristianismo niceno" sea la religión oficial de Estado y disponga renombrar el día del descanso con el nombre oficial de “dies dominicus”.

Sin importar los detalles, tendríamos que reconocer que hace, exactamente, 1700 años, por primera vez una autoridad civil reconoce la posibilidad de tener un día de descanso semanal, aunque también habrá de advertir que los judíos ya tenían esa institución como mandato de sacra obligación. El tiempo se encargó, por a través de los herederos de una secta judía –la de los judíos mesiánicos netzaritas- hoy llamados “cristianos”- se alcance la unificación de esas dos instituciones.

Asi, viene bien recordar el modo como es que podemos gozar -ahora inadvertidamente- de un día de descanso laboral.  Buenos días.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Volada

El hombre fue el héroe de la jornada. Fue aclamado con euforia, los maderos del camión de Villegas apenas soportaban los palmazos embriagados de alegría que los hinchas del Sport Chorrillos le regalaban para hacer sentir la emoción del corazón, por los goles evitados en la portería de aquel equipo que vestía una camiseta rojinegra.

Aun no llegaba al término de los diez años o quizá ya los había superado, pero en ese pampón delimitado por líneas blancas de yeso, logradas sobre un terraplén de greda señalado en la parte oeste de mi pequeño Máncora, junto con otros esmirriados chiquillos nos escondíamos entre los adultos, que entre ajos y mieles celebraban las jugadas bien logradas del equipo de sus sueños y, se acordaban de las madrecitas de los jugadores del combinado contrario cada vez que alguna jugada prosperaba.

Quien sabe contra quien jugaba esa tarde el Sport Chorrillos. No alcanza mis recuerdos a tanto, salvo para atender que ese día el resultado fue un 2-1, favorable para los puenteños rojinegros. Esa era la causa de tanta alegría que se desplazaba en bulliciosa caravana por la Panamericana, desde la cancha de Dn Pedrito hacia el barrio de El Puente. “Gago, Gago, Gago”, vitoreaban sus paisanos, mientras a pecho descubierto se sentaba en la parte más alta de destartalado Dodge que conducía a buen número de gentes. El malestar del entrenador dado el estado del jugador al inicio de la jornada, por el resultado en la cancha, se convirtió en ferviente alegría popular. El hombre era un joven de espaldas anchas, tenía un diente frontal mal posicionado y su modo de hablar era particular: “pe…pe… ero yo te dicho que adelantes líneas pe Chalen”, le reclamaba a uno de sus de defensa. “Calla huevón”, le replicaron, mientras con los dedos hacían contabilidad: “No entrenas, llegas tarde a la cancha, encima borracho y todavía reclamas... te pasas de pendejo”. El muchacho se quedó callado, mientras con la cabeza hacía señales de disconformidad, pero no quiso continuar la discusión. Un chiquillo, mientras tanto, repartía, desde una red de nylon, naranjas para los jugadores que, sin ningún asco las arrancaban con sus dedos y dejaban correr por las comisuras de sus bocas partes del cítrico jugo. Gago pidió dos… “Dame otra que estoy con sed”. –“¿Por qué será?” A modo de sugerencia y con voz de cómplice dejaba notar la presencia de “La Cochita Saldarriaga”.

Quien sabe de qué chicherío lo fueron a sacar, pero llegó medio ebrio y a escasos cinco minutos de la entrada a la cancha. Como mejor disculpa solo expuso: “Profe me dijeron que esta semana no jugábamos”. El profesor sonrió con sorna y… “si, si, claro. Apura, vístete e intenta no joderla… que no tenemos arquero de repuesto”. En sus adentros se guardó el respectivo “putamadre”. El gol de los contrarios llegó a escasos quince minutos de la primera mitad y, dicen los entendidos, fue de su enterísima responsabilidad, desubicado hacia un lado del arco, el puntazo que llegó hacia el otro, solo le permitió una volada, inútil, holgazana, infructuosa; empero –en el corrillo de las tribunas ignorantes de cuantos “bebes” de chicha llevaba en el buche, vieron en esa tirada una espectacularidad digna de televisión, merecedora de los mejores aplausos y hasta de los mejores vítores. El asunto es que, en ese mismo momento, el hecho no haber evitado el gol solo permitió abucheos y una recriminación cercana del entrenador que, parado muy cerca al arco: lo puteaba de tal modo que éste pudiera reacomodar sus ánimos para permitirse otras atajadas. De hecho, el partido le permitió un par más de ellas: ahora con mejores resultados: evitó que la pelota rompiera las imaginarias redes del arco en un penalti y, desvió la trayectoria del balón que ya parecía morder el filo interno del travesaño para lanzarlo hacia el tiro de esquina, que –hay que decirlo- fue, también, improductivo.

El descanso llevaba un gol en contra. Con la molestia del score en contra, los jugadores le recriminaban, pero no faltaban aquellos otros que incidían en pedir mayor esfuerzo a la delantera y, reconocer que –aunque medio ebrio- las atajadas posteriores al gol permitían augurar que no todo era malo y, que pesar de su estado, era posible tener un mejor final. El segundo tiempo fue distinto. Chalaca logró dos goles en menos de veinte minutos y ya después de la primera mitad de ese segundo tiempo. En lo que quedaba para el pitazo final, solo era necesario resistir las embestidas del equipo contrario, pero “el Gago”, entusiasmado por las aguas espirituosas, o quizá, embriagado de buen ánimo por las aclamaciones de la tribuna, hizo la tarde: volvió a tapar otro penal y, en un tiro al ángulo que ya se cantaba desde la tribuna contraria, -mismo “papelito” Cáceres, el mítico arquero chancayano- le regaló a los suyos un triunfo que motivó su más grande alegría.

Ese atardecer fue suyo. Le invitaron de todo, lo llevaron en hombros por alrededor de la cancha de Leticia y, allí al frente de la pequeña capilla cuando le reclamaron por el gol en contra, se limitó a decir: “allí: la volada es lo que vale”.

Buenas noches.

viernes, 30 de julio de 2021

Antepasados

Es la tumba de mi antecedente más remoto, del más antiguo del que tengo conciencia... Era necesario ir hasta ella para reconocer que la patria, esa que late en el pecho y de la que ahora celebramos su segundo centenario, es el suelo heredado de nuestros antepasados, es el regalo de nuestros muertos, esos que con sus vidas y vivencias posibilitan nuestro presente. Esta "Micaela Escobar Peña" era la madre de mi abuelo y, aunque nunca la conocí -como podrá deducirse de la anotación que la adorna- por las historias que este me contaba, al ver esa lápida por vez primera, no pude evitar emocionarme: me sentí ligado con ella en mi propia historia.

Además de contarme aquellas cosas que se dicen de ordinario de las madres, el relato que más caló en mi memoria es el que hace referencia de su muerte. Había parido a un par de mellizos y tocaba que guardara los 40 días de reposo que en aquellos días era de obligatorio cumplimiento, lo que suponía guardar cama, salvo para las necesidades vitales. Una mujer, partera de oficio, le acompañaba: cuidaba a los neonatos y le atendía en su salud e higiene personales, además de prestarle los alimentos y cualquier otro cuidado. Es probable que ese parto hubiera sido difícil, pues no sólo tenía un abultado historial de partos sino que, en esta ocasión, el asunto se había complicado por presentar un par de bebes que pugnaban por salir y se habían demorado en la tarea.

Los dolores de la mujer fueron graves y, de hecho, decía mi abuelo que, entre que él advirtió sus ayes y que efectivamente ocurrió el alumbramiento, trascurrieron más de doce horas. Recordaba a su papá con cara compungida, pero luego convertida en cara de alegría al saber que el parto se había logrado con bien, cuando menos para los recién nacidos. El asunto, pareciera, se complicó con el trascurso de las horas: su madre presentaba un normal semblante hasta que la mujer que le asistía le alcanzó un suculento plato de sopa, logrado con piezas de una gallina criolla. Luego de enfriar a soplos un par de cucharadas que logró digerir, la puérpera devolvió la vajilla, dejando caer al suelo parte de su contenido, mientras en tono de reclamo, decía: "Que me ha dado, comadre ¡¿veneno!? ¿porqué me quiere matar?", mientras que la interlocutora se aprestaba a ofrecerle cuidados, a la vez que retrucaba: "Comadre, la fiebre la hace delirar... visiona Ud." Lo que sobrevino no era más que el intento de escaparle a la muerte: los delirios y alucinaciones apenas dejaron espacio para que la agonizante pudiera darle su bendición a cada uno de los suyos, al menos a los que estaban más próximos. Cuando el día había perdido su color, doña Micaela se escondió junto con el sol y pasó a mejor vida y, no se pudo saber nunca si esa muerte era producto de alguna infección derivada de las dificultades del parto o si, efectivamente, aquella mujer que tenía por tarea cuidarla, hizo justamente aquello que la muriente denunciaba: envenenarla. Más allá de esta historia, mi abuelo solía recordarla como una mujer hermosa, en la que los vestidos que las féminas solía usar en esos días, siempre le quedaban bien. Afirmaba que éstos iban hasta los tobillos que, a su vez, eran cubiertos con medias y zapato cerrado.  Contaba que si se trataba del vestido dominguero, los pliegues de la falda eran muy amplios y llenos de encajes, con un volante que rozaba con el suelo: "era posible seguir el rastro de una caminante por la huella que podía dejar su vestido en el arrastre con el suelo". Más allá de estas descripciones, sonreía con agrado cuando la recordaba. 

Allí también, en otro pequeño espacio del cementerio de El Cardo, aparecía otra sepultura, la de "José Hidalgo Estrada", el padre de mi abuelo. Cómo la anterior, estaba circundada de otras tumbas de parientes míos, de los que conozco apenas la sola referencia de ser cercanos a alguno otro mío o que en mis paseos de infante por Totorío, Chicama, Charanal y El Cardo pude tener contacto y por eso es que mis recuerdos se allegan a ellos. Estoy seguro que con sus vidas -algunas muy intensas, productivas y fecundas- con el solo hecho de hacer flamear con su trabajo diario el pálpito de la peruanidad en espacios apartados de la patria, allí donde el día de hoy flamea una rojiblanca, han puesto las bases de nuestro futuro común y nuestra vocación por vivir y construir un país que es de todos: de aquellos que se fueron, de los que ahora vivimos, de los que vendrán.

Desde esas montañas, en las que solo se distinguen, en la distancia, casas hechas de gualtacos, corralones de varas de overal y ganados que pastan en las laderas; geografía de caminos difíciles y soles ardientes pude ver qué el Perú también se escribe con los esfuerzos de aquellos que siguen apostando por celebrar los cumpleaños patrios, con el afán de que la casa común asegure el bienestar de todos.

Viva el Perú!

miércoles, 14 de julio de 2021

Cuernos

¡Cosas de las que viene uno a enterarse con el asunto de futbol! ¿te has dado cuenta que en el escudo colombiano hay un par de cornucopias semejantes a la que aparece en el escudo peruano? Si. La cornucopia o cuerno de la abundancia es una representación simbólica de la prosperidad, de la riqueza, de lo que el mismo nombre enuncia: la prodigalidad. Si miramos el detalle de la heráldica americana, podemos advertir que también aparece en los escudos de Panamá, Honduras y Venezuela. Pero ¿porqué un cuerno tiene que representar a la abundancia? Quizá si pensamos en extensiones óseas ¿No sería mejor asumir que las astas –largamente ramificadas- serían una mejor alegoría que los cuernos?

El asunto no viene de por allí y, más sentido encuentra en aquellas historias primordiales con las que se pretende explicar la causa de las cosas. Que el cuerno sea la representación de la opiparidad es un asunto de los dioses, en realidad de la juguetona y traviesa actuación de un dios en sus tiempos infantiles. Cuando Rea le hizo tragar a Cronos una piedra, con el afán de salvar a su hijo Zeus, se obligó a otras acciones: le entregó su hijo a la ninfa Amaltea para que lo lleve lejos y, con sus cuidados, lo preserve de la ira del dios-padre y, en el futuro, le permita superar la hegemonía de los titanes.

En nuestro país, la introducción del cuerno de la abundancia como parte de nuestro emblema se debe a la obra de dos hombres: José Gregorio Paredes y Francisco Javier Cortes, quienes consideraron necesario dividir el blasón en tres campos para representar en cada uno de ellos un elemento representativo de los reinos de la naturaleza: la vicuña como expresión del reino animal, la quina con representación de los vegetales y las monedas de oro derrapadas desde una cornucopia como señal de nuestra vocación minera. No se tiene detalles de los argumentos inspiradores de este símbolo patrio, en razón a una causa fundamental: en el acta en que se consigna su aprobación por el Congreso Constituyente de 1825 se indica que se trató de una sesión secreta, señalándose que el elemento vegetal era el “árbol de la cascarilla”, expresión que fue cambiada en el texto legislativo publicado, en el que se señala el nombre propio de árbol de la Quina.

Cuentan, los que vieron, que el infante Zeus era algo llorón así que Rea, al deshacerse forzosamente de él, lo envió a Creta donde se mantuvo escondido en una cueva y, como es común en estas historias, no podría faltar algún animalito: una cabra era la encargada de ayudarle. Le proporcionaba leche, pero también se encargaba de entretenerlo. Si la cabra aquella era insuficiente y, el muchachito insistía en pegar sus berridos, entonces aparecían los “curetes”, unas divinidades –nueve en total- que conocedoras del abandono paterno –por haberlo padecido en sus propias carnes- estaban en la disposición de hacer retumbar sus escudos y espadas para que Cronos no pudiera oir los llantos del hijo no querido y, evitar con ello sea engullido por el autor de sus días. Hay “fotografías de la época” en la que se aprecia a un par de curetes haciendo frenéticos movimientos al compás de sonar de los escudos, con el único afán de evitarle desgracias al futuro “padre de los dioses y de los hombres”.

Cuando se publicó la aprobación del segundo escudo nacional, se decía en las calles limeñas que la novedad del mismo solo pretendía opacar y lanzar al olvido aquel otro que fue diseñado por José de San Martín y, que la intención de resaltar las ideas de Simón Bolivar, no lograrían el velado propósito. Un asunto del que poco se dice es que el diseño gráfico le corresponde a un tal Francisco Javier Cortés, un pintor guayaquileño que le prestó su inspiración tanto al emblema sanmartiniano como al blasón del general caraqueño. En realidad, tal inspiración es más importante que los cotilleos callejeros. Reconocer las riquezas naturales es una tarea afín para un artista que había prestado su pincel en las colecciones gráficas de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. Expuesto en ese ambiente, el tal Francisco Javier, de seguro, tenía acceso a información privilegiada sobre las riquezas naturales del Perú. Es por eso, que el árbol de la quina aparece ilustrando nuestro emblema patrio: se había reafirmado, ahora científicamente, las bondades antipiréticas del vegetal y su "milagroso" uso en el tratamiento de la malaria.

En los afanes de Zeus por evitar los juegos con que cabra le ponía freno para evitar su salida de la cueva, o quizá jugando con ésta a las “fuercitas”, se excedió en ímpetu y terminó rompiéndole el cuerno desde su base misma. Y este se convirtió en el nuevo juguete de la púber divinidad. Sin embargo –luego de un breve tiempo- cansado, no supo qué hacer con ella y, desde su omnipotencia, decidió que de ese cuerno roto brotaran los más ricos manjares, aquellos que complementen su dieta de leche y miel a la que, Amaltea lo tenía acostumbrado. Ella solo tenía que desear cualquier comida de dioses y, el cuerno se llenaría con lo suficiente para que la ninfa invite a quien quisiera. Prontamente, y a solicitud de su cuidadora, se amplió el espectro de posibilidades: no solo era la prodigalidad de la tierra como fruto de su cultivo, sino también aquello que se esconde en sus entrañas, en particular, metales preciosos.

Es muy probable, que en alguna ocasión el dios supremo del Olimpo, en alguna oportunidad, en algún tiempo de holganza, se hubiera dado una vuelta por estas tierras y hubiera dejado caer parte de sus bienes en esta porción de la América del sur. También puede que el dios Helios, -o Inti, cómo le conocían nuestros coterraneaos predecesores- en su recorrido por toda la esfera celeste, hubiere dejado abandonada parte de las riquezas divinas en estos terruños nuestros. Lo cierto es que fueron anotadas con gracia en nuestro emblema patrio... Y volviendo a las insignias nacionales: en el escudo de Chile también aparece un par de cuernos. En precisión, son las astas del huemul, ahora en riesgo, que acompaña y sostiene el blasón de los vecinos sureños.



Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...