domingo, 18 de agosto de 2019

BIcicleta

La tenue luz del alumbrado público, en las noches de aquellos días, apenas alcanzaba para alumbrar el camino. Las gentes del pueblo, en realidad no la necesitaban. Conocían sus calles al revés y al derecho, al punto que, aquél febril alumbrado, anunciado desde los postes de cañas de Guayaquil que se apostaban en cada esquina, solo permitían reconocer las siluetas de los viandantes a una distancia no mayor de cincuenta metros. Las voces de los caminantes eran el mejor elemento de identificación.

Ese anochecer, los chiquillos del colegio se había reunido en la plaza principal para preparar el emplazamiento de las representaciones de distintos grados y secciones estudiantiles que se tenía proyectada para un próximo recorrido nocturno, en que cada alumno con una antorcha en la mano, expondría frente a un tribunal su imaginación y habilidad para formar figuras a partir de bijamas de laurel, alambres, sorbetes, papeles de colores.

Los alumnos se habían dado maña para convencer a doña Lola, profesora promotora de la actividad, de la necesidad de un emplazamiento previo en el lugar, en hora semejante a la pretendida como oficial, para asegurar que el espacio asignado sea suficiente para el número de alumnos participantes. El ensayo no sería de noche, pero al menos, la hora era muy próxima para alcanzar la obscuridad; sumándose a ello que no todos los alumnos tenían carta pase, tendría que añadirse la presencia ocasional de los “paracaidistas”, pícaros, callejeros y palomillas… esos bullangueros núbiles que hacía que cualquier cosas adquiera sentido travieso e infantil.

Cada quien llegó a la hora pactada. Bueno… más o menos a la hora pactada. Las cinco y treinta de la tarde fue la mejor lograda. Y si a ello le sumamos, los minutos de tolerancia, de seguro que esos ejercicios previos, verían su final justo antes de que el sol cierre sus ojos y las farolas nocturnas regalen su tenue luz. El cálculo fue preciso. Lalo, engominó su todavía frondosa cabellera, acomodó sus lentes sobre su nariz aguileña y, frente a un espejo, acomodó su copete. Era preciso disimular la amplitud de su frente y las incipientes entradas que anunciaban desde aquellos años su, ahora, reconocida calvicie. “Maaa… ya vuelvo”, anunció desde la puerta de su casa, mientras montaba la bicicleta choppera de su hermano. El golpeteo metálico del timbre de resortes anunciaba su llegada. Anuncio que se hacía innecesario porque la rectitud de la calle y la claridad todavía existente había permitido avistar su llegada desde más de 300 metros…. Dejó caer su bicicleta sobre un árbol de la plaza y corrió hacía el lugar que la profesora le señalaba como su lugar de ubicación… “Apúrese alumno, que debemos terminar antes que anochezca”, anunció; mientras miraba si las luces públicas aún se mantenían apagadas. Un par de minutos después, un par de profesores colaboradores, obligaban al grupo a marchar a lo largo de la terrosa pista haciéndoles simular que entre sus manos portaban un mástil de madera en cuya parte superior se adosaría una luz de vela envuelta en una maqueta semi trasparente.

La bicicleta quedó allí, de junto al árbol, y, mientras todos se preocupaban por desplazarse adecuadamente, habría otro (u otros) que tenían pérfidas intenciones… En realidad, no había nada planificado, pero el diablito que va dentro de uno, advirtió a uno de los “miranda” ocasionales: “¿Y si le escondes la bicicleta a Lalo?... De seguro, entre los curiosos encontrarás algún buen cómplice…” Retozonas intenciones que verían la luz, una vez que la obscuridad acabara con los últimos rayos del sol… No se diría más. Lalo, como “primera antorcha” pasaría primero ante la mesa del jurado, haría el saludo respectivo y, desde esa posición, tenía como consigna dirigir a todos los demás, por lo menos a los de su grado, para finalmente, volver a saludar y salir del escenario… El ensayo se repitió hasta cinco veces y, cuando, se anunció el “rompan filas”, las tenues luces solares todavía eran suficientes para encontrar su bicicleta. El asunto era que ya no estaba allí.

Sus primeros pensamientos le anunciaban su ruina personal. Se cogió la cabeza y, mientras miraba hacia todos lados, sin querer, desacomodó su peinado. El “rompan filas” hizo que en un dos por tres el lugar quedara deshabitado. Un par de chiquillas de su edad, acompañadas de otros dos churritos “de brazos” -que probablemente vivían al frente del lugar- jugaban en una de banquetas de madera de la plaza. Se acercó, temeroso para hablarle a la mayor de edad, a la que estaba más cerca de él: “¿No has visto una bicicleta… la bicicleta de mi hermano?”. La muchacha, con una sonrisa pícara, le dijo que no… Las lágrimas casi que se le asomaban, pero no era tiempo de llorar, no frente a aquella… Ella, por su parte, se dio cuenta del grave problema y, solo para aliviarle el alma, retomó la palabra para decirle “pero yo he visto quien se la ha llevado”. Una pausa adicional y, la muchacha agregó: “Te digo, solo si me haces la tarea de matemáticas que es para mañana”. Un hálito de esperanza le alivió el alma. Con la cabeza dijo que si, mientras que su voz, casi en automático, dejaba oír: “Lo que quieras… ¿dónde está? Dime, dime…” La chiquilla salió corriendo y, volvió en menos de lo que canta un gallo: “Aquí tienes mi cuaderno… primero la tarea”, le dijo, ahora, con gesto decidido a no decir nada más… Lalo miró el cuaderno y, refutó: “Por favor, mi hermano me va a matar”. Ella, le hacía el gesto de entregarle el cuaderno.

No hubo más. Esa incipiente noche Lalo resolvía un buen número de ecuaciones sentado en una banca pública a la luz tenue de una farola, con la esperanza de información que le permita evitarse una tanda de bijamazos… Se había atascado en problema que se enunciaba: “La expresión algebraica en una sucesión es 7n + 2 ¿cuál es el vigésimo término de la sucesión?”. Y mientras su cerebro bullía en el ánimo de salvar el escollo, parecía que sus oídos, “de cuando en vez” le hacían saber las carcajadas de niños que corrían unos detrás de otro, mientras el timbre de la bicicleta parecía pedir auxilio, parecía gritar a voz en cuello: “Lalo, ¡Dónde estás!” Unos minutos más tarde, unos perfiles infantiles cruzaban la Panamericana: una bicicleta era la alegría de esos desconocidos. Eran siluetas que no podían esconderse de la menesterosa luz que se descolgaba de los guayaquiles públicos. Sus ojos no lo engañaban.

Buenas noches…

jueves, 15 de agosto de 2019

Tránsito

Un apócrifo del siglo VI, relativo a la vida y milagros de Santiago, el hijo de Zebedeo, sostiene que a este shaliah se le encomendó la evangelización de Hispania y, de hecho pareciera –según la tradición- la tarea le vino bien. Nadie duda ahora que dicha península no tenga por patrono a dicho apóstol en gentil agradecimiento por la tarea realizada. El asunto va más allá, pues aun en vida de María, el mentado apóstol introdujo en dichas tierras el amor filial por la madre del Redentor, al punto que aún se mantiene bajo la advocación de “Virgen del Pilar” sustentada en la promesa de que de mantenerse dicha efigie se aseguraría fieles devotos cristianos en las tierras de Isabel La Católica. 

Es justamente ese relato nominado “Historia y hechos del apóstol Santiago el Mayor”, con algunos agregados de copistas del S. XI o XII, el que sostiene que, en esos primeros días de la evangelización, ante la ausencia de telégrafos, correo electrónico o wasap -y tal como era forma de comunicarse en aquellos días- la Madre del Señor se le apareció en sueños al hijo de Zebedeo para pedirle regresara prontamente a la Judea natal. No me queda claro si le hizo saber las razones de la petición del regreso, pero los entendidos en las tradiciones mariológicas, afirman que la llamada respondía al hecho de que prontamente María abandonaría este mundo terrenal y, quería despedirse de aquellos que asumieron la tarea de proclamar la Buena Nueva por el mundo. No obstante la exposición de mis dudas, hay alta probabilidad de que esa era la razón y que efectivamente le fuera comunicada, puesto en los evangelios anónimos del siglo III y IV, cuando se habla de los días últimos de María, se precisa que ella le pidió a su Hijo le permitiera la dicha de ver a los discipulos por última vez. Se cuenta, por ejemplo, que al discípulo amado, a Juan, el llamado se le hizo por a través de una nube, que llegó hasta Éfeso para comunicarle la noticia. 

Es evidente que nuestra Santa Madre Iglesia, por detrás de las leyendas, descubrió una verdad insoslayable: los cristianos le tenía cariño a María y, reconoce que desde el siglo II ya se hablaba del “Tránsito de María”; empero es en los siglos IV en adelante que la literatura le dio forma a esas distintas tradiciones, posibilitando un sinnúmero de leyendas que van desde la transportación “nímbica”, la revitalización de los apóstoles fallecidos para su presencia en el acto de la dormición, la curación de cualquier tipo de enfermedad con el solo hecho de tocar la casa mariana así como el ceremonial “litúrgico” realizado en el acto mismo. En el Valle de Cedrón –o también llamado de Josafat- se erige una construcción a la que la piedad popular la denomina “Sepulcro de la Virgen”, donde dicen se depositó su cuerpo y, que luego de un particular acompañamiento de músicas angelicales por espacio de tres días, se produjo el milagro de su remisión al paraíso. La verdad por detrás de la leyenda tiene substancia teológica y, por tanto se sustenta en un discurso relativo a la fe: Si Dios preservó desde la eternidad a María con el don de la inmaculada concepción, entonces ¿Qué sentido tiene que deba sujetarse a la más grave consecuencia del pecado de Adán? ¿Por qué la muerte tendría que cantar victoria sobre ella si justamente está por encima del pecado en razón a su pureza psicosomática? La veneración de la dormición y de la asunción de María, no obstante, más allá de las disquisiciones teologales, siempre tuvo acogida en la piedad popular y el arte es un buen espejo en el que se refleja tal virtud: La Dormición de María en la iglesia de la Stma. Trinidad de Sopoçani (a. 1265), por ejemplo, expone que el autor cuando menos conoció tres tradiciones distintas: la de los apócrifos Libro de San Juan Evangelista (llamado el Pseudo Juan el Teólogo, datable hacia el siglo IV), el Libro de Juan, arzobispo de Tesalónica (fechable hacia inicios del siglo VII) y el mucho más tardío y ecléctico Libro del Pseudo José de Arimatea (del siglo XIII). 

A diferencia de los apócrifos relativos a Yeshuá, la Iglesia siempre fue condescendiente con aquellos en los que se ventila la vida de María, al punto que, permite que sean fuente de inspiración para obras ornamentales en edificios de culto oficial, como el mosaico de la Dormición de la Madre de Dios en el Monasterio de Dafné (a. 1080), o los frescos o mosaicos del Monasterio de Hocios Lukas en Fócida, Grecia (a. 1040) y que no hacen más que evidenciar una vieja tradición cristiana, en particular de las iglesias bizantinas, en la que se asumía como una “particular” verdad de fe tales escenas, agregándoles la condición de hechos de piedad personal y/o popular, aunque no oficial. 

La Constitución Apostólica ““Munificentissimus Deus” (1/11/1950) reconoce los reparos eclesiales, pero a la vez recoge –antes que desde la literatura popular- desde las enseñanzas de la liturgia, las expresiones devocionales del Santo Rosario, la homilética de los santos padres, la doctrina de los teólogos escolásticos, la enseñanza de varones piadosos y/o la catequética de los doctores de la Iglesia que “la augusta Madre de Dios, arcanamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad «con un mismo decreto» de predestinación, inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos”, para finalmente anunciar: que es “dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”

Quiero creer, en simbiótica combinación de mitología popular y magisterio eclesial, que María si murió, puesto que no puede errar la piedad popular cuando la representa yaciente en un sepulcro; empero –como anunciaba Juan Damasceno- esa acción solo puede explicarse desde el amor: "Era tanto el deseo de irse al cielo donde estaba su Hijo, que este amor la hizo morir”. Que ese amor, que le permitió al distraído Tomás, el mellizo, tu cinturón, me permita por tu gracia un trocito de tu manto maternal para cubrirme de este frío piurano, de este frío que va más allá de mis carnes...

Hoy celebramos tu festividad. Hoy estamos de fiesta. 

jueves, 25 de julio de 2019

Regreso

Se vio obligado de regresar a Jerusalén.  Así cuentan unos muy tardíos apócrifos: una aparición de Miriam en sueños… Si, de la madre del Señor, le reclamaba allí, en la tierra de la crucifixión.  Se vio obligado a regresar de Salduie -o también llamada Caesaraugusta-, nombres antiguos de la actual Zaragoza, y tomar el camino de la tierra de sus padres. Había conseguido ya la conversión de las gentes vecinas de Gibrantar, donde se alzaba un viejo templo en favor de Heracles, del que además esos viejos peñascos tomaban en nombre de “Columnas de Hércules”. Se había paseado por Carthago y, la predicación le había sido favorable. A ese tiempo ya tenía sus propios discípulos, pero correspondía sean aceptados por la comunidad judío-mesiánica de Jerusalén.
El sueño le decía más. La madre del Señor le reclamaba y, empezó a dudar de si la tarea había sido bien hecha o sí había algo que arreglar. Un viejo discípulo, entendido en los trabajos de madera, ante las delicadas descripciones de esa ignota mujer elaboró una pequeña estatua de cuerpo entero de ella. La encomendó a la pequeña y reciente formada comunidad hasta su vuelta y, partió en compañía de algunos de sus discípulos principales. En el camino, recordó los días primeros, los días de la llamada. Contó de aquella mañana cuando el Maestro caminaba junto al mar de Galilea explicando en pequeños cuentos  la ley de Moisés. La hacía más fácil al entendimiento y agradable a la voluntad para su observancia. Recordó, con una sonrisa, la invitación que le hizo Pedro para dejar el trabajo de pescadores y adentrarse en otras tareas… desconocidas, para esos días, pero reconfortantes después de ese duro caminar por los bosques hispánicos y el extenso Mare Nostrum… “Que inmenso mar es este frente al pequeño mar de Galilea y, qué imponentes puertos -que parecen gigantes- frente a mi pequeña Betsaida”, exclamó.
Cuenta Marcos, que aquella vez, no solo se sumó Santiago sino que henchido de impetu, también lo hizo su hermano Juan; mientras que Zebedeo –el padre de éstos- despotricaba contra ese predicador que había llegado para alborotarle la vida a todos…. “Carajo… Como si sólo de hablar se viviera”, renegaba. Y mientras refunfuñaba, no dejaba de remendar las redes y limpiar sus trastos de pescador, tareas que en otros días eran de sus hijos. Yoshua, para distinguirlos por su genio, medio perverso con el que se acompañaban, prefería llamarles “hijos del trueno” o, a veces, también les decía “relámpagos de fuego”. Y es que, tan pronto se levantaba algún tumulto o les llegaba noticias de enfrentamientos con alguna guardia o legión romana, no hacían más que imaginarse peleando contra el invasor… Tenían el ánimo peleonero a flor de piel. Si no hubiera sido por su madre Salomé, -que tanto amaba a Yoshúa- era probable que éste los hubiera mandado a rodar… Tantos cuidados le había ofrecido aquella mujer, que el buen predicador ya había notado que en más de una oportunidad aquella dejaba de comer por enviarles algún pescado salpreso o bien aditamentado; sea que estuvieran predicando en la playa o que, se encontraran en algún poblado vecino. Tanto llegaron a quererse que tuvo el descaro de pedirle, que cuando el día llegue, ese cuando se instaure el reino de Dios, mínimamente, acomode a sus hijos en los principales puestos… al menos a su derecha y/o a su izquierda. “Claro, pues”, dijo la buena Salomé, en el remate de su petición.  El nazareno, se limitó a sonreír y, retozó: “No sabes lo que pides mujer… Mi reino no es de este mundo y el trance para llegar no es como cruzar el mar en bote… Nos esperan cosas difíciles”. Nadie le entendió.
La cara de Santiago cambió de expresión cuando recordó aquella vez en que  pudo ser testigo junto con Pedro y  Juan de cómo el maestro conversó con Elias y Moisés y, en las que emocionados por la grata experiencia prefirieron ofrecerse como menestral de la madera y constructores de casas para levantar una para cada uno. ¡Cómo si conocieran el trabajo de la madera o de lo que se necesitara para hacer una casa! Se sintieron tan llenos de Dios, que casi no sabían lo que decían. La emoción estaba más allá de lo que podían comprender… Se sintieron desbordados del don divino como desbordados de miedo se sintieron aquella vez en que juntamente con otros discípulos, fueron testigos presenciales de las angustias del Señor cuando llegaron a apresarlo. “Y pensar que Pedro sacó un cuchillo y quiso enfrentarse a la guardia pretoriana… Se notaba que el maestro también tenía miedo; pero sobrepuesto, le pidió a Pedro que se tranquilizara… que todo estaría bien”. Escondió su cara entre su pecho, para reconocer que aquella vez, tanto era el miedo que lo abandonaron.
Ahora regresaba con el ánimo calmado, con la tranquilidad de haber anunciado fielmente el reino de Dios prometido. De hecho, sus hijos, estos discípulos suyos que le acompañaban, expresaban la voluntad de conversar con aquellos otros que caminaron con el Señor, de conocer a Pedro, el Tirapiedras; a Juan, el otro hijo del trueno; a Santiago, el hermano de Señor; a Tomás, el gemelo; a Martha y María, las hermanas del revitalizado Lazaro;  a la misma Salomé, de quien su maestro contaba hacía los mejores pescados fritos de toda Betsaida.
Lo que no sabían los viajeros es que, además de ver a sus amigos, prontamente subiría al trono Herodes Agripa I y, les haría difíciles las cosas, como lo ha relatado Lucas en la primera historia de las comunidades judeo-mesiánicas. Quizá era el tiempo de atender el camino difícil que el Señor les anunció cuando pedían la diestra y la siniestra del trono del Gran Rey. Les esperaban días de tormenta.

Disputa

Era el momento. El tribunal dispuso que se realizara la negociación. El Ministerio Público solicitaba que la pena sea de doce años, el actor civil pedía que le paguen tres mil soles. El acusado, desde el bando contrario retrucó. Los jueces intentaban no escuchar los términos de la negociación, se hacían los que no oían. Unos minutos después, el juez ponente pregunto “¿Qué fue muchachos? ¿Hay acuerdo?”

La abogada defensora señaló que con el Ministerio Público se llegó al acuerdo de una pena de seis años. El Ministerio Público brevemente explicó las razones por las que la se reducía a la mitad. ¿Y sobre la reparación civil? “No hay acuerdo” dijo con firmeza el abogado del agraviado. “El acusado no quiere cubrir los daños. Solo quiere pagar la sexta parte de lo que pedimos. Así, como con el fiscal, nosotros podemos llegar a la mitad”. La abogada defensora solo levantó las cejas en señal de resignación.

Una de las jueces, señaló “Vamos doctores. Intenten terminar el asunto. Damos unos minutos más”. Trascurrida la breve pausa, el defensor de la agraviada, algo desencajado, sentenció: “No hay acuerdo señores jueces. Vamos a juicio requerimos el pago total. Lo que ofrece el acusado es una burla. Me ha visto cara de tonto”. A nadie, ni siquiera a el mismo le convenía un juicio… El fiscal, intentaba, calladamente, hacerles entrar en razón. ¿De qué le servía a él estar en un juicio cuando ya tenía un acuerdo sobre la pena? Podría ser que, el juicio demorara dos semanas más, pudiera que en ese tiempo el acusado cambiara su decisión sobre su acuerdo. Al acusado, tampoco le servía, podría ser que los jueces señalen un monto mayor al que él pretendía ofrecer y, al agraviado, tener que “traer a sus testigos”, cuestión que tiene costos, en caso los tuviera. Al Tribunal tampoco le agradaba la idea.

El tercer juez, que –como los otros- había oído todo, preguntó “¿Cuál es el problema de la reparación civil?” Un defensor del agraviado, un rubicundo de ojos claros, con una resistida molestia señaló: “El celular que el acusado intentó robar terminó dañado, así que hay que comprar otro y además, tiene que pagar el día que la agraviada no concurrió a trabajar por estar en los ajetreos policiales”. Tomó la palabra la defensa del acusado y dijo: “No tenemos ningún problema con pagar el celular, pero lo cierto es que no sabemos si efectivamente el móvil terminó dañado. Solo está el acta de incautación del celular y el acta de entrega a la propietaria pero en ninguna se hace referencia a que esté dañado: Sobre lo demás no hay nada en el expediente”. La parte contraria, solo hacía gestos de contrariedad, para finalmente señalar muy de mal humor: “Doctores, Uds. con lo dicho decidan… que finalmente la justicia en el país está como está porque depende solo de los jueces”.

Tan mal cayó la expresión que la jueza ponente con energía respondió: “La justicia está como está por abogados como Ud. que se ponen a negociar sin saber que medios de prueba les han admitido en la etapa de investigación preparatoria, por dárselas de chulitos asumiendo causas con 30 minutos de anticipación y sin conocer el expediente, por abogados que no saben ni siquiera distinguir entre daños indemnizables y costas procesales…” La otra jueza, al advertir la indignación, con voz serena se interpuso en la reprimenda, diciendo: “Dr. Cuantos medios de prueba y cuales le han admitido al tercero civil” y mientras lo decía el fiscal le alcanzó el cuaderno fiscal al abogado que ya buscaba entre el amasijo de papel el auto de control de acusación. El tercer juez, para abreviar, señaló: “Del Ministerio Público: dos órganos de prueba y cinco documentales; de la defensa: un órgano de prueba y dos documentales. Del actor civil: no se han admitidos medios de prueba” y remató: “¿quiere ir a juicio sin medios de prueba?”. El rubicundo, algo calmado, contestó: “pero yo tengo los medios de prueba aquí: una proforma de celular de las mismas características del dañado y tres recibos por honorarios anulados, porque mi patrocinada tuvo que devolver el dinero a sus clientes al no laborar ese día. La fecha de éstos es tres días después de la fecha del intento de robo”. La pregunta, dijo el tercer juez, es “¿Por qué no presentó esa documentación como medio de prueba en la audiencia de control de acusación que se realizó tres meses después del ilícito?”. “Yo no era el abogado”, sostuvo con tímida voz el preguntado. 

El imputado se echó para atrás. Solo quería pagar cien soles. Se sentía fortalecido luego de la mala experiencia padecida por su contrincante. “Mi patrocinado no tiene dinero. Solo tiene cien soles en este momento”, dijo con cierto resquemor la abogada defensora. Ahora, el perturbado era el tercer juez: “¿No que pagaría quinientos? ¿Han tenido el reparo de leer las sentencias de este tribunal y sus pronunciamientos sobre la materia en este tipo de delitos? No hay medios de prueba, pero se suele aceptar como daño moral a la víctima el dolor, la aflicción, el estado de inseguridad, la conmoción padecida en el momento mismo del acto delictivo, considerándose que tal condición le generaría temor a pasear por determinados lugares y tiempos, generación de nuevas prácticas como uso de taxis, etc. Ahora no interesa el móvil dizque perdido y, si queremos ser congruentes con nuestros pareceres, ¿Qué tal si las partes se dan por satisfechas con el pago de quinientos soles? ¿Les viene bien?”

Los abogados se miraban con desconfianza, recelo, con caras de no dar el brazo a torcer… No sabían si aceptar o no. Finalmente, quien sabe si tendrían algún otro mejor resultado. El magistrado remató: “Claro, la agraviada si quiere usa ese dinero para comprarse una cartera, un nuevo celular o para acudir al psicólogo. Quizá puede que sean usados para pagar al defensor… En eso no nos metemos”. Con intentos de risa entre los interpelados, ambos convinieron en que era mejor saldar ahora el litigio. Se dieron la mano: el fiscal, la abogada defensora, el imputado y el defensor de agraviado.

Cinco minutos después, la juez ponente concluía la recitación su sentencia, la que con el asentimiento de todos, se declaró firme y consentida.

martes, 23 de julio de 2019

Desconocida

Un breve hilo de sangre llegaba hasta el filo de la piscina. Se perdía en los acueductos laterales del estanque. Allí se diluía. El trascurso del tiempo, por lo demás, había solidificado parte de aquella. El cuerpo apareció allí, tirado de cubito ventral. El encargado de la limpieza de la piscina, se había levantado –como de costumbre- muy temprano, y advirtió el bulto. Al reconocer el cuerpo desnudo y sin vida de una mujer, corrió prontamente a recepción y llamó al primero que encontró: “Hay una mujer muerta… hay una mujer muerta…” mientras volvía sus apurados pasos hacia el lugar del hallazgo. Estaba fría, entumecida, rígida como producto de la muerte misma. Los teléfonos del gerente-administrador del hotel y los de la policía sonaron. Unos minutos más tarde, para evitar el macabro espectáculo para los otros habitantes y clientes ocasionales, la piscina fue cerrada –so pretexto de mantenimiento- y el espacio del hallazgo cubierto de plásticos azules.

Una de las recepcionista y un camarero reconocieron el delicado cuerpo de la mujer, pero prohibidos por el administrador no dijeron nada. Los agentes de criminalística levantaron el cuerpo sin identificar y, se limitaron a inscribir en su ficha de datos: “NN, sexo femenino, 30 años aproximadamente, sin señas particulares, sin tatuajes”. Levantaron el cuerpo y, una ambulancia y su ulular, tomó la Av. Paseo de la República, desviaron por  la Av. España y se perdieron en medio del bullicioso tráfico limeño. Un par de policías quedaron en la escena del hallazgo para las primeras indagaciones. El fiscal que les acompañaba, les dio unas breves instrucciones y, pocos minutos después, también abandonaba el lugar. Un muchacho, con cara de saber más de lo que podía decir, se escabulló por entre alguna del par de puertas que dan al sótano. Llevaba consigo un balde de limpieza, un par de guantes de caucho y dos trapeadores.

Las primerísimas indagaciones sostenían se trataba de una reciente empleada contratada por el hotel, sin embargo, al viejo sabueso esa información le venía mal. No encajaba ¿Podía un personal de limpieza lucir un anillo de oro con tan rara piedra de adorno? La pedicure, la tersura de las manos y el tipo de maquillaje eran aparentes más bien con el de una persona ligada asuntos de administración o de escritorio. El sigilo de los botones, la reserva de las recepcionistas y hasta el recelo del propio administrador le hacía sospechar que pudiera tratarse más bien de alguna turista, quizá alguna amante furtiva o de alguna exquisita dama de compañía. Tal vez, alguna courier de substancias prohibidas.  El policía siguió al muchacho y, le preguntó qué sabía. No le dijo mucho, pero fue suficiente: “piso 19, cena, pleito por celos”.

A su salida, mientras sentado, desde la sala de estar de ese lujoso hotel, estudiaba la conducta de sus nerviosos trabajadores, fue abordado por un hombre de mediana edad, de estatura pequeña, que le dijo ser un “investigador privado” y que le gustaría tener un reservada conversación, incluyendo al gerente del hotel y, efectivamente, ésta reunión se realizó en la lujosa oficina de éste último. Allí le dieron el “nombre” de la mujer: Fernanda Solorzano,  de quien se decía había sido contratada para limpieza, pero que lamentablemente, por el tema de la inflación económica, las dificultades de la legislación laboral, no había podido ser incluida en la planilla del hotel; pero que en todo caso, lo que menos se pretendía era tener un escándalo mayor. De hecho, ya tenían en el mismo frente un par de periodistas televisivos que querían la “exclusiva” y, lo que menos querían era tener publicidad negativa. Los tiempos en el Perú no eran los mejores para el turismo. Se hacía muy difícil mantener un hotel cinco estrellas en tiempo de inflación. Comprometido con la reserva de la investigación solicitada, logró autorización para conversar –para esa noche- con el personal nocturno, pero sobre todo, para visitar –incluso sin participación del fiscal- la habitación del piso 19, aquella que daba luz hacia el vano de la piscina.

No había nada, salvo una mujer que hacía limpieza porque prontamente llegaba un diplomático importante, que solía alojarse en dicha habitación. Era una habitación de lujo, una junior suite, y, se notaba –por el menaje que había sobre un carrito metálico- que cuando menos dos personas habían comido la noche anterior. Unos breves restos de un polvo y las botellas de vino, le hicieron sospechar que no era una simple cena, que había algo más. Al menos las ceras diluidas sobre un candelero plateado le hacían pensar que Eros o Afrodita habían rondado por allí. Muy de hurtadillas pudo conseguir el nombre del empresario que la noche anterior había estado alojado en esa habitación; lamentablemente, el fiscal –al tiempo en que le sugirió cerrara la habitación para una inspección exhaustiva de criminalística- le negó esa posibilidad, alegando que era necesario descartar previamente, la causa de la muerte: ¿Era ésta producto de la caída desde el piso 19 o es que ese cuerpo fue acomodado al pie de la piscina para fingir una falsa escena criminal?

Caía la tarde y los resultados de la necropsia se hacían esperar.

lunes, 24 de junio de 2019

Muerte

La noche casi que llegaba a su mitad. Las mujeres se acomodaban en el lado más acogedor de la sala. Unos muebles de guayacán y unas sillas, que por su peso parecían hechas de algarrobo, se acomodaba a lo largo de las paredes. Unas tarimas y unos bancos se extendían para el descanso de los visitantes, entre las paredes de la sala y el extenso corralón de gualtacos que daba espacio a una terraza anterior, en la que el frio hacía mella en las almas y en los cuerpos de los allegados.
Una muchacha caló de querosene los lamparines y los mecheros. Un par de lámparas de caperuza también fueron alimentadas. Los hombres conversaban entre carcajadas y recuerdos, mientras en el interior las mujeres, de vez en cuando acompañaban con sus sollozos, a la viuda y hermanas, que a los saludos y simples gestos de condolencias, recordaban la pérdida y se echaban a llorar. Una muchachita, quizá de cinco años, preguntaba en su inocencia: “¿Mi abuelo mañana se despierta, verdad? Me dijo que me traería unas florcitas del campo.” Era la ingenua preocupación de quien no sabe la trascendencia de la muerte… Su vocecita tenue rememoraba el dolor y, las lagrimas de los suyos se hacían vivas.
“Peleonero era el bandido… Una media de cañazo, o lo ponía bailarín o sacaba lo peor de sí”, recordó Dn. Jobo. “Si hasta una vez desafió a la misma muerte, con quien dicen se peleó en la quebrada de las ánimas”, replicó el mayor de todos, un veterano que superaba ya las seis décadas. La muerte lo había alcanzado pronto, quizá de una apendicitis no atendida, pero había sido bullanguero, desde su temprana juventud. La misma viuda daba fe de ello. Ella misma contaba que, cuando estuvo de parir a su Pedrito, casi que se le iba la vida mientras la partera hacía lo indecible por ayudarla… Se sentía mareada, las fuerzas se le iban, sentía su fría sudoración y, las cucharaditas de sopa de gallina negra no la reponían… Veía cosas en medio de la debilidad y, en la poca conciencia que le quedaba hizo llamar a su propio marido: “Fedo…” le dijo entre jadeos, “Cuida a mis hijitos. No me les pegues…. Ejeeee, ejeee… Búscales una buena madre”. El hombre que había puesto su oreja junto a los labios de la grave parturienta, replicó en medio de su incipiente ebriedad: “No mujer. No te vas. Esto lo arreglo con la muerte misma” y, mientras tomaba una fuerte bocanada de aguardiente, salió de la casa y, en su mula frontina cogió el camino de la quebrada mientras exclamaba a gritos: ¡Ñiiiiijaaaaaa! ¡Ñiiiiijaaaaaa! ¡Ñiiiiijaaaaaaaaaaa! No te la has de llevar! Ven carajo…! Que a punta de puñetes has de cambiar de parecer! Allí, en ese recodo de arena, cerca de par de piañas coronadas con sus respectivas cruces que recordaban a la muerte misma, la invocaba y la retaba a pelear…. La mula bufaba asustada, mientras el hombre con exasperación movía los brazos… Y le exigía se presente.
Su hijo, al verlo salir en tal estado de exasperación, dudó entre dejar a su madre en el estado en que se encontraba o seguir a su papacito del que no sabía que pretendía hacer. Se acercó a su madre y, en su gravedad, lo reconoció… “cuida a tus hermanitos, cuida a tus hermanitos”, mientras que él con un paño de tocuyo le limpiaba la sudoración que corría por sus sienes… Le dio un beso y decidió seguir a su padre… Era el atardecer. Corrió y aunque no sabía su paradero, había aprendido bien a seguir el rastro. Una leve polvareda como pista de la huida, apenas se notaba en la distancia, y decidió seguir los rastros de los cascos de la mula en el yucún del camino.
Después de correr por casi quince minutos, volvió a escuchar los ininteligibles gritos de su padre, el desacompasado golpeteo de los casos del bruto animal y sus relinchos asustados. Se escuchaban cada vez más cerca… Desde lo alto del barranco pudo reconocer a su padre que, con una mano sujetaba a la mula y con la otra, blandía su machete en sentido opuesto hablándole a un invisible contrincante… La tensión de su rostro era tanta que, parecía poseído por una fuerza irresistible y de desconocido origen. El machete terminó por los suelos, mientras la mula, bufando logró desasirse y escapar a todo galope…. “Solo tú y yo, y mano a mano, carajo”, gritaba el hombre mientras golpeaba el aire con fiereza. “No te llevas a mi Juana... Ésta noche, no….” Hacía como que descansaba y, mientras efectuaba movimientos defensivos con su brazo izquierdo, con el derecho sacó una pequeña botella de su cinto y se echó dos buenas bocanadas… El olor a alcohol se impregnó en el polvo que esa reyerta levantaba. “Niiiijaaaaaa” y volvía a manotear el vacío… regresaba sobre sí, luego de giros en los que su propio peso le llevaba de un lado a otro. No faltaban los improperios y las mentadas de madre… Como si la muerte tuviera una. De pronto, como que algo le golpeaba en la cara, se iba hacia atrás de tumbo en tumbo… cayó de espaldas y, de su boca salía una baba espesa, mientras que sus ojos desorbitados miraban lo que apenas podía ya distinguirse en la naciente noche…
El chiquillo, que lo había visto todo, se acercó con miedo, pero también con prontitud…. Lo despertaba con pequeños golpes en los pómulos… “Papá, mi mamá….” “Papacito, despierta”. Su desmayo duró poco… La respiración le volvió agitada, pero entre la ebriedad sufrida y el paroxismo provocado, pocas ganas tenía de levantarse. A poca distancia, la mula miraba asustada. Había huido, pero quien sabe porque razón, volvió. El chiquillo tranquilizó al animal, ayudó a su padre a levantarse, a sacudirse… “No llores Paquito… Tu mamá no va a morir… ahora, no” decía con voz babuceante, propia de borracho.
En las cercanía de la casa, oyó los llantos del recién nacido. Apuró el paso del cuadrúpedo  y en el pórtico, la partera le esperaba con buenas noticias: era un varoncito y, la Juana –aunque ahora débil- daba señales de recuperación. Se apeó y, aun con signos de ebriedad, abrazó a su mozo acompañante y espetó, mientras miraba a la misma obscuridad: “Cojuda querías llevarte a mi mujer”.
Desde aquella vez, ya habían pasado sus buenos años, quizá doce, quizá quince. Venía esa historia a los recuerdos de los que acompañaban el velorio. Acompañaban el frio cuerpo de un hombre que decía había peleado con la muerte hasta hacerla retroceder, aunque en esta vez no le fue suficiente. La muerte se lo había llevado a él. "A pesar de todo, era un buen hombre", concluyó su compadre Benancio.
Un sollozo rompió la solemnidad de la madrugada. 

viernes, 14 de junio de 2019

Primicias

El discípulo regresó después de 50 días. Era la fiesta de Shavuot y, la tradición mandaba peregrinaje a la ciudad santa de Jerusalén… Volvía temeroso. Confiaba que, otros –igual que él- también regresaran para la fiesta. Asentaba su confianza en la desasosegada esperanza del olvido de los hechos ocurridos. ¿Qué habría pasado con Pedro, con Santiago, con Bernabé y los demás? ¿Habría corrido la misma suerte que el Maestro? ¿La cómplice casta sacerdotal y las autoridades romanas habrían olvidado el asunto del mesías-rey? Con la presunción de que a cincuenta días de la muerte del maestro, crucificado en medio de dos ladrones, el asunto ya había pasado al olvido, pero aún tenía temor de las represalias en contra de sus seguidores. Al fin, ahora mismo, su interés en la ciudad tenía fines de piedad estricta: la celebración de la zemán matán Torateinu, la conmemoración de la entrega de la Torá al pueblo escogido, al pueblo de Israel.

Un sacerdote, desde lo más alto del altar, leyó las palabras del Libro del Devarim, allí se encontraba las palabras que Yavéh mandó a que el profeta Moisés escribiera en piedra: “Atiende y escucha, oh Israel, hoy has sido constituido pueblo deYavéh, tu Dios. Escucha y cumple las palabra y leyes que mando”, luego hizo un breve resumen y exégesis de los diez mitzvós o preceptos fundamentales, para finalmente recordarles que el juramento de Dios no sólo fue con aquellos primeros que juraron en el monte Sinai, sino “con todos, con los presentes y con los venideros”, con los hijos y mujeres, incluyendo a los extranjeros que moran entre aquellos, sin importar su condición ni oficio.

El hombre escuchaba con el corazón contrito y con los ojos atentos a cualquier movimiento que pudiera ser de peligro. Con el paso de los minutos pudo reconocer a otros que igual que él, - que se habían sentado a las orillas del lago de Galilea y habían acompañado al maestro en la cena del Pesaj, previa a su aprehensión, juicio y condena a muerte- se escondían entre el gentío. Estaban allí, perdidos en medio de la muchedumbre a la espera de que los acólitos del templo hagan el llamamiento para la entrega de las primicias: Si Yavéh en su juramento entrega sus preceptos, el pueblo en su juramento, entregaba sus primeros frutos. Una gavilla de trigo se acomodaba entre sus ropas, otros portaban harinas, algunos corderos de mediana edad. Las mujeres ofrecían aceite o recinas aromáticas. Los olores de los alimentos no hacían más que resaltar la vaciedad de sus tripas como producto del ayuno, a que como judío piadoso se obligaba, pero era siempre menos que la alegría de reconocer a varios de aquellos otros que se juntaban para escuchar al maestro Yeshua Ha'Mashiaj, el que les había ofrecido la instauración del reino de Dios. Un muchacho, se le acercó y muy quedamente le anunció: “a la puesta del sol, en la casa del aguatero”. Quiso seguirlo, pero prontamente se perdió entre la muchedumbre.

Se reunirían, pero no sabía adonde tenía que ir. La “casa del aguatero” no le decía nada, pero decidió seguir a otro de los suyos y esperó en las cercanías. Al acercamiento en el lugar cayó en la cuenta de que era la misma casa en la que se celebró la Pascua con el maestro. Las luces en el segundo piso y un par de siluetas de mujeres que iban de un lado a otro, le hacían saber que allí sería el encuentro. Poco a poco vio llegar a los discípulos más cercanos, a Levi ben Alfeo, Yosef Barnabás el levita, Simón Bar Yona, a los dos Santiago, a Miriam la madre del Maestro, a otras mujeres, pero también a extranjeros piadosos y devotos, de esos que suelen cumplir el precepto del Shabath. Se animó a entrar y, todos se saludaban con efusión. Aquellos que solían acompañar a Yoshúa, todos estaban allí. María Magdalena y Martha, la hermana de Lázaro, ayudaban a los recién llegados y los presentaba con los más antiguos. Era un espacio de algarabía… Juan, el menor, se le acercó con algo de comida y, se sentó a su lado: le contó de los extraños sucesos ocurridos en el primer día de la semana posterior a la muerte, le anunció que el Maestro estaba vivo, que había dado instrucciones antes de subir al cielo –del mismo modo a como Ēliyahū había sido elevado. La diferencia era vital: Elías necesitó un carro de fuego, Yoshua lo hizo por sus propios medios. 

Algunos devotos extranjeros escuchaban con atención el relato. El viento, sin embargo, rompía la efusión de los hablantes. El sonar las cortinas y el traquetear de un par de ventanas mal puestas… Cada quien contaba sus experiencias. Estaban animados. María Magdalena, muy cerca de él, también contó cómo es que ese primer día pudo tocar los pies del maestro y cómo es que reconoció su voz cuando dijo su nombre. Con los ojos acuosos, embriagados de alegría, volvía a relatar aquello que había visto esa mañana cuando se le ocurrió que había robado el cuerpo del Señor. Tomás, por su lado, daba fe de que estaba vivo, de haber tocado sus heridas y haber compartido con él un par de pescados fritos. Cleofás, el de Emaus, también contó que había caminado con él un largo trecho y que bendijo su comida de aquella forma tan especial que sólo él sabía hacer. Todos se animaban con las experiencias vividas y las hacían suyas. Las repetían como si hubieran estado en el mismo lugar de los hechos, algunos incluso se animaban a expresarlas en los idiomas de aquellos otros a los que reconocían como los “hermanos de la diáspora”.

Finalmente, Pedro –secundado por Santiago, el hermano de Yeshúa- alborozado, mandó a cerrar las ventanas, y con voz de trueno hizo un recuento breve de los últimos sucesos. Los prosélitos de justicia –aquellos extranjeros que se habían hecho judíos por la circuncisión- y que ya conocían el idioma de los judios, les contaban a sus coterráneos, en sus propios idiomas lo que Pedro narraba… Esa noche fue una fiesta: el júbilo les llenaba sus corazones. No sabía por qué, pero estaban seguros que empezaba una nueva aventura.

El discípulo ya no tenía miedo.

Yolanda

Esta mañana oí de modo distinto la «Yolanda» de Pablo Milanés… Ese olor a tulipanes en catorce de febrero, tenía, ahora, un sinsabor, un tuf...