“El público me pone nervioso…. Y si son periodistas, peor”. Así culminó la conversación entre el especialista de audio y el juez. Mediaba una sonrisa de ingenuidad, confundida con el ánimo cómplice de no contradecir. El secretario de audiencias desde su próxima experiencia de todos los días, alegaba que de ordinario los periodistas solían tener acceso a las audiencias, incluso en aquellas donde se ventilaba la libertad de algún indeseable. “¿Parece Dr. que el Código Procesal Penal en el título preliminar y en el art. 1, señalan que el juicio es público?” le indicó como argumento, pero fue desestimada la pretensión con un tajante “pero el director de la audiencia es el juez, por tanto, es preferible que no haya nadie en mi sala de audiencias”.
Los partidos de fútbol suelen ser un espectáculo de masas. El público y la hinchada son inevitables. ¿Quién no ha sufrido por el fútbol? En el 2005, los hinchas de los equipos colombianos Santa Fe y Millonarios habían hecho destrozos en los partidos previos, por lo que se sugirió una serie de medidas a los directivos de los respectivos clubes para evitar los hechos de violencia de sus propias hinchadas. El alcalde de la ciudad de Bogotá, un tal Eduardo Garzón, ante la violencia expuesta entre aficionados de uno y otro equipo anunció: "O los hinchas se calman o los calmamos". No hubo de otra: el partido se realizó a puerta cerrada, en medio de un “ensordecedor” silencio.
“Wetten, Das?” fue un programa de espectáculos alemán. Tres eran sus atractivos: la ausencia de cortes publicitarios, el segmento de cosas increíbles en el que personas realizaban actividades poco usuales. Alguna vez se presentó un granjero junto con varias de sus vacas, para reconocerlas –con los ojos vendados- a partir del sonido que producían sus quijadas al masticar manzanas y, el tercer espacio de interés era la presencia y actuación de algún famoso. Eran los primeros días de diciembre y, Samuel Kosh (de 23 años) intentó saltar sobre un automóvil en movimiento, pero el cálculo fue insuficiente y, se golpeó gravemente. El programa, en esa eventualidad, suspendió su trasmisión. El cantante que estaba programado para presentarse minutos después, canceló su presentación y pidió oraciones por la salud y vida del herido.
La autoridad administrativa decide realizar un censo a nivel nacional. Organiza la actividad con varios meses de anticipación y, se recomienda inamovilidad de las personas, con la precisión de permanecer en sus casas para evitar duplicidades u omisiones en la información censal. La programación de la actividad cívica se preveía su realización desde las 8.00 am hasta las 5.00 pm. La Iglesia, reconociendo el fin pretendido con la medida, ordena la suspensión de misas durante el horario en que se realizará la tarea encuestadora. También dispuso el cierre de las iglesias.
La publicidad del juicio oral es la regla general en el modelo procesal penal, como lo es en los partidos de fútbol, los programas de espectáculos y los rituales religiosos dominicales de la Iglesia católica. Empero, habrá que reconocer excepciones. Éstas deben tener siempre una explicación razonable y objetivamente aprehensible. Se atiende como fundamentos razonables: la violencia de masas, la sangre del excéntrico participante y la facilitación de la actividad ciudadana para la suspensión de publicidad en los actos antes señalados. Si es un asunto de ley, corresponde que esa excepción se encuentre anotada también en la ley.
El juicio oral, pese a que es público, según el art. 357 del Código Procesal Penal, solo podrá reservarse para salvar el pudor, la vida privada, la integridad física de alguno de los participantes o cuando se afecte gravemente el orden público o la seguridad nacional y, cualquier otra que se exponga en la misma norma procesal o en norma específica. Un asunto particular es la identidad de menores: el artículo 6 del Código de los Niños y Adolescentes señala expresamente que, cuando un menor interviene de algún modo en un delito, deberá mantenerse en reserva su identidad, lo que obliga a que, las audiencias se efectúen de forma privada. El Pacto de Derechos Civiles y Políticos, artículo 14, 1, señala que las sentencias en materia penal siempre serán públicas, salvo que se necesite preservar los intereses de menores de edad. En los procesos de querella, la norma precisa que la exclusión de la publicidad se limita al ámbito de la conciliación, señalándose que, en caso de que las partes no lleguen a ningún acuerdo, “continuará la audiencia en acto público”.
Si el juez no precisa el motivo de su decisión de juicio a puertas cerradas, entonces la decisión se justifica en su mero voluntarismo, en la simple facultad de poder hacerlo, en su arbitraria voluntad. No basta su nerviosismo como justificación. El nerviosismo tampoco podrá salvarse encubriéndolo bajo la pretendida opción de salvar “el honor de las partes”, cuando los actos en cuestión son acusaciones públicas de casi todos días.
Las cosas, como son.
miércoles, 14 de noviembre de 2018
viernes, 26 de octubre de 2018
ApariENCIAS
El domus públicae era su nueva morada. El recientemente adquirido cargo de sumo pontífice le daba derecho a poseerla. Era un edificio suntuoso. Es probable que superara los 507 pies por un lado y, en el otro extremo, los 135 pies; dígase que pudo tener aproximadamente unos seis mil metros cuadrados. Era su nueva vivienda. Las victorias militares, la diplomacia interna, las alianzas políticas y la fervorosa aclamación del pueblo de aquella vez que pronunció el laudatio funebris a la muerte de su tía Julia, le había permitido ser el más alto representante de la religión romana. Se ubicaba muy cerca de la casa de las vestales, en la Vía Sacra, una de las más importantes calles de la Roma de los últimos tiempos republicanos.
Corrían los últimos días de noviembre y las sacerdotisas dedicadas a la diosa Vesta ya habían acumulado lo suficiente para la fiesta de la Buena Diosa, la “Bona Dea”. Los animales para el sacrificio, los cantaros de vino, el agua purificada, las frutas secas de oriente, las hierbas aromáticas, se guardaban en los cellarium acondicionados sacramente, mientras que la sacerdotisa mayor, la Vestalium Maxima, ya había dispuesto lo necesario para que las pallas y los sufíbulos estén límpidos para el ritual. Las pallas eran esos tipos de chal que las matronas romanas solía llevar por encima de cualquier ropa. En el caso de las vestales, su color era el blanco, elaborado desde la primera lana de los ovinos criados para la ocasión. Se sujetaba a la altura del hombro con unas especies particulares de alfiles y, los sufíbulos eran las prendas de cabeza, también de lana, pero trabajadas de forma muy elaborada. Tanto que parecían sedas. Todo estaba debidamente acondicionado y preparado un día antes: los alimentos, bebidas, frutas, ornamentos, vestidos, encajes debían acondicionarse en la domus publicae del pretor. Correspondía a la matrona asegurar que, no hubiera en el lugar ningún varón o animal macho que pudiera corromper la sacralidad de los objetos y alimentos dedicados a la diosa.
Cayo Julio Cesar y la servidumbre masculina habían abandonado la edificación, desde hacía un par de días. Sólo se había quedado un par de núbiles, jóvenes varones, presuntamente vírgenes, que ayudarían a la sacerdotisa en el traslado de algún mueble u ornamento que ellas mismas, por su peso, no pudieran trasladar. Sin embargo, para el momento mismo de los actos sacros también tendrían que abandonar la casa, incluso antes de las oraciones de expurgación del edificio, previas al inicio del ritual. Aurelia, la matrona de más años y, por tanto de mayor jerarquía, en afán de pulcritud religiosa, había mandado a quitar el letrero que anunciaba “Caveat canem” (cuidado con el perro), en razón a que la palabra “perro” estaba escrito en masculino. Las oraciones de purificación y propiciatorias se habían expuesto en la secunda hora del día, cuando los rayos del sol ya alumbraban suficientemente y hacían inútiles a las antorchas. El resto del día la matrona, la sacerdotisa mayor y las vírgenes vestales se dedicarían, unas a las labores de cocina, otras a la oración y, un tercer grupo al cuidado de las fronteras la domus publicae, con el ánimo de alejar a los intrusos.
Era la noche del 04 de diciembre del año 64 a.C, y ya las mujeres patricias se daban cita para la festividad en la casa de la matrona Pompeya, esposa de Julio César y anfitriona de la celebración. Se había cuidado los mejores recibimientos para cada una de las allegadas. Había mucho que agradecerle a la diosa de la abundancia, de la fertilidad y de la salud; también había mucho que contar. Los tiempos ordinarios eran escasos para conversar de las hazañas de los esposos y de los hijos en la guerra, de los amoríos de las pubescentes, de las proposiciones para los matrimonios con las familias vecinas. Era también un tiempo para la negociación: las mujeres hablarían de política por encargo de sus maridos, concertarían los cargos públicos y cotorrearían de las relaciones clandestinas, de las amantes de sus maridos o de las que fueron abandonadas… Era una noche para la diosa, una noche para las mujeres… Una noche femenina.
Cada quien estaba adornada con sus mejores prendas y exponía en sus delicados pies sus más finas sandalias. Los inciensos notificaban el inicio del tiempo sagrado, la presencia de la sacerdotisa mayor, en la galería de columnas cercana a los jardines, así como el avivamiento del fuego sagrado anunciaba las preces introductorias del ritual. A pocos minutos de los preparativos iniciales, un grito desesperado rompió la sacralidad nocturna: “vir domo, vir domo, vir domo”, se escuchaba mientras unos pasos acelerados se acercaban… Las sacerdotisas había capturado a un hombre vestido de mujer, lo tenían sujeto por los brazos, e intentaban –pese a la oposición masculina- trasladarlo hacia el peristilo doméstico, que era el espacio donde se acomodaban las mujeres. La sacerdotisa mayor, dejó caer el rollo en el que se anotaba las oraciones y, corrió al encuentro de las vigías seguida del tumulto femenino. Le arrancó las prendas de mujer y con su propia palla, le quitó las pinturas de la cara para lograr su identificación; a la vez que, el hombre aprovechando el descuido de sus vigías escapaba por los pasillos y saltando las vallas de la casa. Era Publius Claudius Pulcher. Todas lo habían visto. Había logrado traspasar los muros y probablemente se escondió entre los varios habitáculos que conformaban la casa del pretor. Quizá en alguna de las bodegas en las que se guardaban los aparejos militares del “dominus”, quizá en algún pasillo subterráneo; empero su intromisión le ponía un epitafio al culto convocado: una casa profanada era indigna para los ceremoniales de la diosa buena, por lo que se declaró que el ritual ya no tendría ningún efecto… Las mujeres, de a pocos, se fueron retirando mientras las autoridades tomaban conocimiento del asunto.
Empezaba un nuevo escándalo social ¿Qué buscaba Claudio en la casa de Pompeya cuando no estaba su marido? El protocolo requería una nueva entronización del domus públicae, por lo que Julio César se negó a regresar al mismo hasta que el juicio contra el intruso defina su nueva condición. Las iniciadas y la sacerdotisa mayor, así como algunas las dignas señoras presentes en la festividad declararon en juicio pero no fue suficiente para lograr una condena; sin embargo en colectivo social seguían las preguntas de detrás: ¿Era Pompeya amante de Claudio o es que éste pretendía tan solo exponer su díscola conducta quebrantando las normas religiosas de la Roma republicana? ¿Le habían hecho "la marca con los dedos así” al gran Julio César?
El juicio contra Claudio terminó. Dicen los entendidos que su aristocrática familia -muy bien relacionada por los patricios que conformaban el jurado- amparada en arreglos políticos, ofertas de puestos públicos y aditamentos dinerarios consiguieron la declaración de inocencia; no obstante que, en el juicio las matronas y sacerdotisas declararon haberlo visto directamente a la cara. Las testigas también declararon no saber el motivo de la infiltración, y a pesar de eso, Pompeya nunca se libró de las suspicacias y de los dimes y diretes de la alta sociedad. Julio César decidió el divorcio y, en su favor argumentó: “Considero que los míos deben estar tan libres de sospecha como de culpa”, que es una forma refinada de anunciar lo que ahora decimos de modo popular: “la mujer del César no solo tiene que ser sino también parecer”.
Que tengan un buen día.
lunes, 15 de octubre de 2018
Anuncios
La madrugada perdió la calma con los ayes de un parto mal venido. La mujer rompía la tranquilidad del sueño de sus pequeños con quejidos que llevaban a su marido de un lugar a otro: de la cocina a cama y de la cama a los fogones. Le preparaba tizanas, la abrazaba y hasta le hablaba “con rigor” con el ánimo de forzarla a la tranquilidad... Tampoco tenía mucho más que ofrecer. Veía que, cuanto más se quejaba de dolor, mayores era los movimientos en su vientre…. La mujer sospechaba que eran dos y, así lo decía en sus lamentos.... “Están cruzados”, remataba.
A los llamados del padre, su hijo mayor, haciendo de su miedo, tripas-corazón, aperó rápidamente la mula frontina y, salió hincándole los ijares para acelerar el paso. No había en aquellos días ni telefonía ni nada que se le parezca… En el mejor de los casos, los silbidos –y hasta donde alcanzaran- eran la forma de comunicarse entre vecinos. De hecho, las casas se acomodaban en las faldas de los cerros y se distanciaban una de otras sin otro reparo que un silbido no pudiera salvar, pero nada más. Una noticia demoraba lo que tardara un viandante en llegar de un lugar a otro. En los más de los casos, el galope de un caballo acortaba los horarios. El muchacho corrió en la mula y al apuro del veloz taconeo, a casi una hora de su casa, los perros del lugar le ofrecieron sus ladridos. “Doña Epifania, Dña Epifania” gritaba a la distancia… El silencio de la noche trasmitía con nitidez sus llamados así como el galopante taconear de su mular. Cuando ya estaba próximo a la cerca de protección de la casa, la silueta de un hombre se dibujó debajo del quicio de la puerta principal… “¿Quién sos?” El muchacho, replicó anunciando su nombre, y para mayor referencia añadió: “Hijo de Dn. Pepe… el de Chicama…. Agitado continuó: “Disculpe la impertinencia… mi amá, está con dolores del parto y pide la asistencia de doña Epifania, por favor…”
Un “Ay, Madre de Señor, apiádate de tus criaturas…” en voz de mujer se escuchó de detrás de la puerta, mientras unos pasos se alejaban de ella… “Espérame muchacho….”. En aquellos días, en el segundo decenio del siglo XX, las mujeres se ataviaban con vestidos largos, de una sola pieza, de botones por el frente que iban desde la base de la garganta o el cuello hasta la altura de los tobillos, o se acomodaba extensiones de tela que permitían sujetar los encajes y telas al cuerpo de las damas. Los cierres o cremalleras aún no se inventaban o, de existir, no eran comunes por estas geografías. La mujer apuraba su propia vestimenta… El marido, corrió hacia el postigo y desató el caballo moro, su fiel compañero, y mientras lo aperaba, le iba diciendo… “Corre muchacho, corre con cuidado, que llevas a mi mujer en tu lomo, la urgencia amerita tus mejores pasos…” El de la mula, esperaba impaciente… “¿Cómo está la señora?” le preguntó el hombre para aliviar su intranquilidad… “No te desesperes… Que cuando Dios quiere, no hay quien se oponga y, de hecho por algo ha querido que ya estés aquí… Tu mamacita estará bien. Mi mujer ya ha tenido varios partos: tus hermanos menores y los hijos de tu hermana han nacido de ella".
Su intención traquilizadora se perdió ante los gritos de su propia mujer: “Deja de conversar caracho y dame una manito…. Apuuura hombre que el tiempo es oro…” El hombre corrió hacia el interior y, mientras la mujer metía en una talega hierbas para las infusiones y lavativas propias del parto, le pedía le alcance la “cajita” que estaba encima del armario y le ordenó, a la vez que le alcanzaba una bolsita de tocuyo: “Mete todos esos pañitos, en esta otra bolsa" y remató: "Son dos criaturas. Hay necesidad y apurancia…”. Mientras hablaba y hacía lo que hacía, calladamente, elevaba sus oraciones, encomendándose a la Madre de Dios, para que le ofreciera su sabiduría, la fuerza y el pulso necesario, la calma y la paciencia requeridas en la nueva tarea que se le encomendaba. La mujer, conocedora de su oficio, metía sus ornamentos e insumos en una pequeña alforja que la atravesó por su espalda… Logrado todo, corrió a la tranquera “Vamos Morito”, le dijo a su caballo y, mientras montaba en el noble animal, le anunció a su marido: “Regreso cuando pueda… y no se te ocurra salir detrás mio. Aún son las 2 de la madrugada yyyyy… la noche es peligrosa”. Al emprender la carrera, se le oyó decir: “Si una vida está por nacer, entonces la muerte ronda… ambas siempre andan juntas”.
En la distancia y, cuando los perros dejaron ya de ladrar, se escuchó el relincho del caballo moro, que ofrecía sus mejores y más largos galopes para romper la distancia que le separaba de la mujer a punto de parir. La madrugada estaba enterita.
A los llamados del padre, su hijo mayor, haciendo de su miedo, tripas-corazón, aperó rápidamente la mula frontina y, salió hincándole los ijares para acelerar el paso. No había en aquellos días ni telefonía ni nada que se le parezca… En el mejor de los casos, los silbidos –y hasta donde alcanzaran- eran la forma de comunicarse entre vecinos. De hecho, las casas se acomodaban en las faldas de los cerros y se distanciaban una de otras sin otro reparo que un silbido no pudiera salvar, pero nada más. Una noticia demoraba lo que tardara un viandante en llegar de un lugar a otro. En los más de los casos, el galope de un caballo acortaba los horarios. El muchacho corrió en la mula y al apuro del veloz taconeo, a casi una hora de su casa, los perros del lugar le ofrecieron sus ladridos. “Doña Epifania, Dña Epifania” gritaba a la distancia… El silencio de la noche trasmitía con nitidez sus llamados así como el galopante taconear de su mular. Cuando ya estaba próximo a la cerca de protección de la casa, la silueta de un hombre se dibujó debajo del quicio de la puerta principal… “¿Quién sos?” El muchacho, replicó anunciando su nombre, y para mayor referencia añadió: “Hijo de Dn. Pepe… el de Chicama…. Agitado continuó: “Disculpe la impertinencia… mi amá, está con dolores del parto y pide la asistencia de doña Epifania, por favor…”
Un “Ay, Madre de Señor, apiádate de tus criaturas…” en voz de mujer se escuchó de detrás de la puerta, mientras unos pasos se alejaban de ella… “Espérame muchacho….”. En aquellos días, en el segundo decenio del siglo XX, las mujeres se ataviaban con vestidos largos, de una sola pieza, de botones por el frente que iban desde la base de la garganta o el cuello hasta la altura de los tobillos, o se acomodaba extensiones de tela que permitían sujetar los encajes y telas al cuerpo de las damas. Los cierres o cremalleras aún no se inventaban o, de existir, no eran comunes por estas geografías. La mujer apuraba su propia vestimenta… El marido, corrió hacia el postigo y desató el caballo moro, su fiel compañero, y mientras lo aperaba, le iba diciendo… “Corre muchacho, corre con cuidado, que llevas a mi mujer en tu lomo, la urgencia amerita tus mejores pasos…” El de la mula, esperaba impaciente… “¿Cómo está la señora?” le preguntó el hombre para aliviar su intranquilidad… “No te desesperes… Que cuando Dios quiere, no hay quien se oponga y, de hecho por algo ha querido que ya estés aquí… Tu mamacita estará bien. Mi mujer ya ha tenido varios partos: tus hermanos menores y los hijos de tu hermana han nacido de ella".
Su intención traquilizadora se perdió ante los gritos de su propia mujer: “Deja de conversar caracho y dame una manito…. Apuuura hombre que el tiempo es oro…” El hombre corrió hacia el interior y, mientras la mujer metía en una talega hierbas para las infusiones y lavativas propias del parto, le pedía le alcance la “cajita” que estaba encima del armario y le ordenó, a la vez que le alcanzaba una bolsita de tocuyo: “Mete todos esos pañitos, en esta otra bolsa" y remató: "Son dos criaturas. Hay necesidad y apurancia…”. Mientras hablaba y hacía lo que hacía, calladamente, elevaba sus oraciones, encomendándose a la Madre de Dios, para que le ofreciera su sabiduría, la fuerza y el pulso necesario, la calma y la paciencia requeridas en la nueva tarea que se le encomendaba. La mujer, conocedora de su oficio, metía sus ornamentos e insumos en una pequeña alforja que la atravesó por su espalda… Logrado todo, corrió a la tranquera “Vamos Morito”, le dijo a su caballo y, mientras montaba en el noble animal, le anunció a su marido: “Regreso cuando pueda… y no se te ocurra salir detrás mio. Aún son las 2 de la madrugada yyyyy… la noche es peligrosa”. Al emprender la carrera, se le oyó decir: “Si una vida está por nacer, entonces la muerte ronda… ambas siempre andan juntas”.
En la distancia y, cuando los perros dejaron ya de ladrar, se escuchó el relincho del caballo moro, que ofrecía sus mejores y más largos galopes para romper la distancia que le separaba de la mujer a punto de parir. La madrugada estaba enterita.
lunes, 1 de octubre de 2018
Contumaz
Ticio Septimo tiene una acusación por violación sexual. Fue citado para su audiencia de juicio oral para el 20 de junio pasado. No se presentó: su abogado le habría advirtido que tenía las de perder, pues no sólo se ofrece la declaración (en cámara Gessel de la agraviada) sino también las anotaciones de anamnesis de la misma en las pericias médica y psicológica. Los informes mismos eran contundentes y, los peritos que las suscriben pocas veces se no se presentan en juicio. Añádase el video de la cámara de la municipalidad que permite ver como Ticio, aprovechando la soledad de la vía, jala a Clelia Marcela llevándola a rastras hacia la oscuridad… El abogado pareciera tener razón cuando le dice que hay muy poco que hacer.
El juez de la causa programó ocho horas para la audiencia de Ticio Séptimo; en las que se escucharían las alegaciones de las partes, la visualización del video de cámara Gessel, la declaración de los peritos, la lectura de documentales y la presentación de los testigos que ayudaron a Clelia la noche de los acontecimientos, además del médico que le prestó auxilio cuando ingresó inconsciente por emergencias del hospital de la localidad. A esas ocho horas, tendría que sumársele las tres horas, necesarias para la elaboración de la sentencia.
Ticio ante el temor de perder la libertad no se presentó en la fecha señalada. La no presentación del acusado motivó la pérdida de ese tiempo del juez y de los demás servidores judiciales. En realidad, se dedicó a otras actividades jurisdiccionales, que de ordinario son adicionales: intromisión de otras audiencias, atención de resolución en el sistema electrónico, quizá la de algún contumaz, etc. etc. En realidad el tiempo en un despacho judicial es muy valioso: la agenda de audiencias a este tiempo está copada hasta las siguientes ocho semanas.
Ticio Septimo fue aprehendido anoche y, su abogado solicita la realización del juicio de su representando en el plazo más breve y, dentro de las 48 horas siguientes “como manda la Constitución”. Si la agenda está completa hasta las siguientes ocho semanas y, en las siguientes 48 horas ya hay programadas audiencias en las que –en caso de no realizarse- se corre el riego de quebrar el juicio, lo que significa volver a empezar ¿Es justo que Ticio Séptimo pretenda que se le atienda rápido cuando en la oportunidad que se le ofreció prefirió huir? ¿Será justo, en comparación, que en la cola de los que esperan la venta del pan se atienda con preferencia a aquel que llegó tarde solo porque quiso dormir unos minutos adicionales?
La realización de un juicio penal no es tan simple como ponerse en una cola de espera del pan de la mañana. La audiencia del 20 junio (que el acusado desestimó) se programó con anticipación en atención a varios factores: a. La agenda jurisdiccional, b. El número de personas que se presentaría en el juicio, incluyendo testigos y peritos, c. La cantidad de documentos que se leerán en audiencia, d. los lugares a donde se dirigen las notificaciones (no es lo mismo notificar a un testigo que vive en el cercado de Piura a que a otro que domicilia en Rangrayo, Frias), e. El tiempo oportuno para que el acusado y el Ministerio Público organicen sus respectivas estrategias de defensa, etc., etc.
No es cierto que la Constitución mande que los contumaces deban ser atendidos dentro de las 48 horas. En realidad, la Constitución dispone que los detenidos en flagrancia sean puestos a disposición del juez dentro de ese tiempo. El asunto es que, Ticio Septimo no es un ciudadano detenido para que el juez defina su situación jurídica; sino que, ya tiene una situación jurídica específica: es un contumaz, un ciudadano en franca rebeldía contra el sistema de justicia; por tanto, deberá sujetarse a los reacomodos de agenda, a la necesidad de volver a notificar a los intervinientes, de asegurar la participación de los testigos. En ese sentido, es necesaria su atención, pero tampoco es que el juez tenga que dejar de dormir o que los otros justiciables tenga que sacrificarse para que el “niño bonito”, Ticio Septimo, sea atendido dentro de las 48 horas solo que tuvo la mala suerte de ser capturado.
No es lo mismo para el derecho, un ciudadano “aprehendido en flagrancia delictiva” a que, otro aprendido en condición de “contumaz”. Este último, de modo similar que el anterior, es sospechoso de haber cometido delito; pero a diferencia, el reproche que se le hace es mayor: no solo por ha expuesto su voluntad de indisciplina y rebeldía frente a la justicia sino también porque se tiene en su contra una acusación específica de hechos, pena y reparación civil.
Así como la justicia ha esperado la captura del acusado contumaz, ahora corresponde que él espere el tiempo prudente y necesario para preparar su enjuiciamiento: verificar agendas (incluyendo la del fiscal), apretar otras audiencias (con la probable queja de otros justiciables y abogados), notificar a los órganos de prueba, etc.
Caballero Ticio Séptimo: espera tu turno. Hay que buscarle espacio a tus nuevas ocho horas que definirán tu futuro... Ten un poco de paciencia. No se te pondrá al final de la cola (a dos meses de la agenda ya existente) pero tampoco pidas que se deje de atender al que ya estaba en la ventanilla misma.
El juez de la causa programó ocho horas para la audiencia de Ticio Séptimo; en las que se escucharían las alegaciones de las partes, la visualización del video de cámara Gessel, la declaración de los peritos, la lectura de documentales y la presentación de los testigos que ayudaron a Clelia la noche de los acontecimientos, además del médico que le prestó auxilio cuando ingresó inconsciente por emergencias del hospital de la localidad. A esas ocho horas, tendría que sumársele las tres horas, necesarias para la elaboración de la sentencia.
Ticio ante el temor de perder la libertad no se presentó en la fecha señalada. La no presentación del acusado motivó la pérdida de ese tiempo del juez y de los demás servidores judiciales. En realidad, se dedicó a otras actividades jurisdiccionales, que de ordinario son adicionales: intromisión de otras audiencias, atención de resolución en el sistema electrónico, quizá la de algún contumaz, etc. etc. En realidad el tiempo en un despacho judicial es muy valioso: la agenda de audiencias a este tiempo está copada hasta las siguientes ocho semanas.
Ticio Septimo fue aprehendido anoche y, su abogado solicita la realización del juicio de su representando en el plazo más breve y, dentro de las 48 horas siguientes “como manda la Constitución”. Si la agenda está completa hasta las siguientes ocho semanas y, en las siguientes 48 horas ya hay programadas audiencias en las que –en caso de no realizarse- se corre el riego de quebrar el juicio, lo que significa volver a empezar ¿Es justo que Ticio Séptimo pretenda que se le atienda rápido cuando en la oportunidad que se le ofreció prefirió huir? ¿Será justo, en comparación, que en la cola de los que esperan la venta del pan se atienda con preferencia a aquel que llegó tarde solo porque quiso dormir unos minutos adicionales?
La realización de un juicio penal no es tan simple como ponerse en una cola de espera del pan de la mañana. La audiencia del 20 junio (que el acusado desestimó) se programó con anticipación en atención a varios factores: a. La agenda jurisdiccional, b. El número de personas que se presentaría en el juicio, incluyendo testigos y peritos, c. La cantidad de documentos que se leerán en audiencia, d. los lugares a donde se dirigen las notificaciones (no es lo mismo notificar a un testigo que vive en el cercado de Piura a que a otro que domicilia en Rangrayo, Frias), e. El tiempo oportuno para que el acusado y el Ministerio Público organicen sus respectivas estrategias de defensa, etc., etc.
No es cierto que la Constitución mande que los contumaces deban ser atendidos dentro de las 48 horas. En realidad, la Constitución dispone que los detenidos en flagrancia sean puestos a disposición del juez dentro de ese tiempo. El asunto es que, Ticio Septimo no es un ciudadano detenido para que el juez defina su situación jurídica; sino que, ya tiene una situación jurídica específica: es un contumaz, un ciudadano en franca rebeldía contra el sistema de justicia; por tanto, deberá sujetarse a los reacomodos de agenda, a la necesidad de volver a notificar a los intervinientes, de asegurar la participación de los testigos. En ese sentido, es necesaria su atención, pero tampoco es que el juez tenga que dejar de dormir o que los otros justiciables tenga que sacrificarse para que el “niño bonito”, Ticio Septimo, sea atendido dentro de las 48 horas solo que tuvo la mala suerte de ser capturado.
No es lo mismo para el derecho, un ciudadano “aprehendido en flagrancia delictiva” a que, otro aprendido en condición de “contumaz”. Este último, de modo similar que el anterior, es sospechoso de haber cometido delito; pero a diferencia, el reproche que se le hace es mayor: no solo por ha expuesto su voluntad de indisciplina y rebeldía frente a la justicia sino también porque se tiene en su contra una acusación específica de hechos, pena y reparación civil.
Así como la justicia ha esperado la captura del acusado contumaz, ahora corresponde que él espere el tiempo prudente y necesario para preparar su enjuiciamiento: verificar agendas (incluyendo la del fiscal), apretar otras audiencias (con la probable queja de otros justiciables y abogados), notificar a los órganos de prueba, etc.
Caballero Ticio Séptimo: espera tu turno. Hay que buscarle espacio a tus nuevas ocho horas que definirán tu futuro... Ten un poco de paciencia. No se te pondrá al final de la cola (a dos meses de la agenda ya existente) pero tampoco pidas que se deje de atender al que ya estaba en la ventanilla misma.
jueves, 6 de septiembre de 2018
Complicidad
La campana, esa que nos hacía correr, ya había sonado. Los chiquillos que aún distaban de la escuela y, aquellos otros que ya estaban en ella apuraban el paso para evitar la anotación de tardanza. Al frente de cada salón, los chiquillos que pertenecían a cada grado formaban dos columnas para ingresar de uno en uno y acomodarse en esos viejos pupitres, testigos de tantas travesuras… “Eeyyy alumnooo” gritó la profesora. Le llamaba a atención a uno que había esperado justamente el último talán de la campana para correr hacía los baños… Los delegados de aula, peleaban con los suyos con el ánimo de alcanzar el orden de las columnas estudiantiles para lograr el ingreso ordenado las aulas.
El profesor ya había ingresado muy tempranamente, como solía hacerlo. Aprovechaba las primeras horas y la media hora previa a las campanadas para adelantar los textos en la pizarra de cemento, corregir exámenes o anotar las notas en el registro correspondiente. Sus bien plantados treinta y pico de años, las formas con las que imponía autoridad con los suyos y, probablemente su exquisito juego en la cancha de fulbito del mismo centro educativo no habían pasado desapercibidos para una recién llegada profesora que, por desconocer la localía, aprovechando la vecindad de los salones y probablemente hasta la coetaneidad se hicieron amigos… La necesidad de una tiza, papel o el lapicero de tinta con que anotar se convirtieron en pretextos para las visitas de uno para el otro en los salones mismos.
Aquella mañana discutían sobre la necesidad de estudiar ciencias sociales y religión, en razón al contexto social en el que nos encontrábamos. Aun recordaban el viejo texto “La educación del hombre nuevo” de Salazar Bondy y planteaban los problemas de sus propios alumnos, de aquellos que no tenían interés por estudiar, aquellos otros que teniéndolo se quedaban en dormidos a media mañana porque el agüita de anis había sido insuficiente tanto como el pan en la mesa de la casa. Afirmaba ella que, la educación no se limitaba solo a aprender a leer y escribir, a sumar y multiplicar; sino que era necesario que los niños conocieran su propio entorno: las actividades económicas del pueblo, de la organización de las instituciones locales, de la historia del pueblo, que conocieran a sus autoridades. Disconforme él, prefería anotar que eran muchos los cursos que imponía la Ley 23384. ¿De qué sirve, decía, saber las reglas del tránsito, para que sirven las pinturas de las calzadas si nuestras calles ni siquiera están pavimentadas? Mientras ella refutaba: “Al frente nuestro –y le señalaba con el dedo hacia la ventana- tenemos la carretera Panamericana que une casi a todos los países del Pacífico y ¿vas a decir que no es importante? Estas loco…” Era hora del recreo y hasta esa conversación era solo un pretexto para sonreír juntos, mirarse a la cara y acariciarse con los ojos… Esa mañana, aquél le recitó, luego de oir sus parlamentos en defensa de la nueva ley educativa: “el escote de tus argumentos se sonroja, palidece, pierde firmeza ante la silueta traslucida de tus contorneadas piernas” y mientras le decía, se le acercaba peligrosamente; mientras ella, temerosa, probablemente recatada, se ponía de pie anunciando que el recreo había terminado ya hacía varios minutos, mientras que con una sonrisa nerviosa se alejaba y, a viva voz pedía a los alumnos ingresen al aula… Se alejó para introducirse en su propio salón.
La mujer decidió no volver a ingresar al salón vecino… Aquello le había movido sensibles fibras de su corazón… Confirmaba aquello que sospechaba pero que no quería reconocer: ambos se gustaban, pero ella sentía –también en su corazón- que no podría amarlo como se merecía… Eso quería creer. Pero su voluntad fue poca y, algunos días después, luego de departir unas gaseosas y algunas galletas en los ambientes administrativos con ocasión del cumpleaños del director –que les hacía pases de torero-, le volvió sonreir y, pidió le explicara aquel verso, cómo es que es que contextualizaba en medio de una conversación en la que se discutía temas tan serios propios de la educación local… Claro. Era –como ya he ha anunciado- solo un pretexto, que el profe captó a la primera para invitarla al mismo ambiente y retomar la conversación allí donde se había quedado justamente, porque los argumentos de ella fueron escasos para hacer frente a aquel verso robado desde una historia de detectives y que se había acomodado para la ocasión. La invitó, otra vez, a la hora del recreo del último día de la semana… Los alumnos estarían dedicados a la educación física y, le pedirían al asistente de guardianía, se encargue de velar por ellos por sí ocurriera algún imprevisto. El día acordado llegó y no hicieron falta palabras, se comieron a besos sobre el pupitre del profesor, mientras los registros de notas y los exámenes estudiantiles se escondía en un “James Bond” negro, que se convirtió en mudo testigo de escenas amorosas, de las que los alumnos, días más tarde solo sospechaban…
Imaginaban las ocurrencias del salón pero no se atrevían siquiera a asomarse… Así que, ingeniosamente, desde afuera cantaban, también en son de complicidad, una novedosa –para aquellos días- canción infantil mexicana, popularizadaen una película: “Que te pasa, chiquillo que te pasa / me dicen en la escuela y me preguntan en mi casa / Y hasta ahora lo supe de repente / cuando oí pasar la lista y ella no estuvo presente…” No había una mochila azul, ni tampoco es que se trataba de un amor desconocido y ausente; era solo una canción con la que animaban a su profesor a permanecer escondido… No importaba el motivo, interesaba -por encima de cualquier cosa- mantener el recreo extendido... más allá de las campanadas.
jueves, 9 de agosto de 2018
Herejía
Esa tarde conversábamos. Los parlantes nos hacían oír aquel viejo vals que canta al amor traicionado y por el que no se está dispuesto a perder la vida bohemia. Los Embajadores Criollos lo exponían con tal sentimiento que, el cevichito de caballa se veía mal acompañado de esa edulcorada jarra de chicha morada. “Joven, tráigase una helada… la más helada”. El vals fue repetido a solicitud de uno de los comensales, hasta que uno preguntó “¿y que significa vaya al diablo el perrito y la calandria?” No tenía sentido la expresión, o en todo caso, parecía una de desprecio, no común, poco usada o quizá ya en desuso… Se intentó darle un sentido al verso en medio de este canto adolorido ¿Qué puede importar un perro o un pajarito ante un corazón apretujado por el dolor del desamor?
En la mesa de al lado, también tres hombres conversaban. Hablaban de la cosecha de uvas, de lo bien posicionado que estaba el departamento en la producción de frutas, se hablaban del mango, de su buena aceptación en los mercados asiáticos, de la novedad en la siembra de frutales experimentales como el tamarindo… de los miles de dólares que se había invertido en extensiones de maracuyá con la esperanza de que la producción sea buena y aceptada en los mercados internacionales. También se hablaba de la comida, del buen pescado y de los ceviches variados que habían degustado esos hombres en estos desérticos territorios. La tonadita de su voz, anunciaba que no eran peruanos y, las ajaduras de sus rostros permitían anunciar que ya superaban la sexta decena de años, cuando menos un par de ellos. Dos abandonaron el lugar, con la promesa de volver prontamente. En realidad, salió uno raudamente en una camioneta, mientras que el otro, conversaba a través del móvil, en las afueras del local. Manoteaba en el aire. El tercero, oía la conversa ajena.
¿Y porque una calandría? ¿Alguna vez has visto alguna? ¿Aquí en Piura? Ninguno supo dar cuenta de conocer a ese pajarito del que, además, hay un muy viejo corrido mexicano que lo hace símbolo también del desamor, en el que representa a la mujer coqueta, de cascos flojos e ingrata de corazón. Bueno pues… allí, en el “China hereje”, clásico vals peruano, aparecía una desacompasada afirmación: “vaya al diablo el perrito y la calandria”. No había acuerdo… Era una expresión perdida, que el autor se inventó solo para completar sus versos o a lo mejor fue una disimulada forma de mandar al tacho todo… quien sabe. Dice mi madre, que todo lo sabe, que las calandrias mexicanas son lo que nosotros llamamos “soñas”. Dice ella… que todo lo sabe.
El hombre, que quedó solo, levantó su vaso y le hizo un salud a dos de los vecinos y, al verse aceptado en el brindis, sin reparos tomó su cerveza y se acercó. Decía “me gusta su conversación… quizá pueda ayudar”, mientras con un ademán, pedía permiso para unirse a la mesa por el lado huérfano de ésta. Se presentó y, advertimos que no estaba bebido. Saludó con un apretón de manos para cada uno de los nuestros y dio su nombre. Recuerdo su nacionalidad: Uruguayo. “Oigo que se preguntan por un vals que, en mis diez años por estas tierras también he escuchado. Me gusta la versión peruana, ah… es muy buena...” Y continuó: “se acompaña bien de un buen ceviche y de una buena cerveza… mejor todavía, si hay algo que recordar”. Reímos aceptando sus dichos, quizá con el ánimo de no desairarlo… con la intención de ser amables.
“Nos damos cuenta que Ud. se dedica a la agricultura” El hombre volvió la mirada con asombro. “Lo digo porque el sol piurano deja huellas y, ese cintillo en su frente nos advierte que Ud. usa sombrero de ala ancha, como de los Catacaos”. “Sombrero chalán” dijo él, corroborando. “Me dedico a sembrar frutales. Vivo de eso. Hace ya tiempo que vivo por acá. Mi familia, inicialmente, se dedicaba a la venta de carnes y vine con ese afán de importar carnes uruguayas por estas tierras. No me fue bien, pero igual sigo ligado a la tierra”. Cada uno, ante la afabilidad, se presentó, indicando sus nombres y respectivas dedicaciones laborales. “Presentados estamos… pero mi atrevimiento queda justificado en la música. El china hereje llamó mi atención. La cantaba desde muy pequeño en el rancho de mi abuelo”. Y ante nuestra expresión de asombro, precisó: “ah… pero no en tonada de vals… en una muy propia de nuestra tierra, aunque los argentinos, le han dado prestancia… habrá que reconocerlo”. Y continuó “Mi bisabuelo, era hermano del autor de la cancioncita, y mi abuelo –en las fiestas familiares, con un bandoneón, la cantaba, quizá extrañando a alguna mujer traicionera…”
Quedamos anonadados. Aprovechando, la presencia de los pocos comensales que quedaban y, también la llegada de sus compañeros, de quienes dijo, uno era su socio y, el otro su hijo, se animó a cantar el “China hereje” en la versión de tango, en su letra original… La cantó sólo un poquito y, anunció con el pecho inflado: “esa es la inspiración de un antecesor mio, Dn. Juan Pedro López. A su gloria esta versión, aunque la primigenia es de los años 20. Del 23 para ser precisos”… Aprendimos desde su propia narración, que la letra era medianamente distinta, que allí el perrito y la calandria eran el par de animalitos domésticos, que vivían con la pareja, probablemente, en una casa de campo, y que luego de su partida, también extrañaban a la china, esa que se ganó por su desamor, el título de hereje. Ellos, el perrito y la calandría, finalmente, también, sufrirían el desamor del traicionado… como si fueran ellos los culpables.
Aprendimos, finalmente, ya con algunas cervezas más, que los amores traicioneros nunca dejaran de ser la inspiración para letras muy bien entonadas... Un brindis por la comida piurana, por los amores traicioneros y por las buenas cosechas, nos separó esa tarde. Ojalá se repitiera.
En la mesa de al lado, también tres hombres conversaban. Hablaban de la cosecha de uvas, de lo bien posicionado que estaba el departamento en la producción de frutas, se hablaban del mango, de su buena aceptación en los mercados asiáticos, de la novedad en la siembra de frutales experimentales como el tamarindo… de los miles de dólares que se había invertido en extensiones de maracuyá con la esperanza de que la producción sea buena y aceptada en los mercados internacionales. También se hablaba de la comida, del buen pescado y de los ceviches variados que habían degustado esos hombres en estos desérticos territorios. La tonadita de su voz, anunciaba que no eran peruanos y, las ajaduras de sus rostros permitían anunciar que ya superaban la sexta decena de años, cuando menos un par de ellos. Dos abandonaron el lugar, con la promesa de volver prontamente. En realidad, salió uno raudamente en una camioneta, mientras que el otro, conversaba a través del móvil, en las afueras del local. Manoteaba en el aire. El tercero, oía la conversa ajena.
¿Y porque una calandría? ¿Alguna vez has visto alguna? ¿Aquí en Piura? Ninguno supo dar cuenta de conocer a ese pajarito del que, además, hay un muy viejo corrido mexicano que lo hace símbolo también del desamor, en el que representa a la mujer coqueta, de cascos flojos e ingrata de corazón. Bueno pues… allí, en el “China hereje”, clásico vals peruano, aparecía una desacompasada afirmación: “vaya al diablo el perrito y la calandria”. No había acuerdo… Era una expresión perdida, que el autor se inventó solo para completar sus versos o a lo mejor fue una disimulada forma de mandar al tacho todo… quien sabe. Dice mi madre, que todo lo sabe, que las calandrias mexicanas son lo que nosotros llamamos “soñas”. Dice ella… que todo lo sabe.
El hombre, que quedó solo, levantó su vaso y le hizo un salud a dos de los vecinos y, al verse aceptado en el brindis, sin reparos tomó su cerveza y se acercó. Decía “me gusta su conversación… quizá pueda ayudar”, mientras con un ademán, pedía permiso para unirse a la mesa por el lado huérfano de ésta. Se presentó y, advertimos que no estaba bebido. Saludó con un apretón de manos para cada uno de los nuestros y dio su nombre. Recuerdo su nacionalidad: Uruguayo. “Oigo que se preguntan por un vals que, en mis diez años por estas tierras también he escuchado. Me gusta la versión peruana, ah… es muy buena...” Y continuó: “se acompaña bien de un buen ceviche y de una buena cerveza… mejor todavía, si hay algo que recordar”. Reímos aceptando sus dichos, quizá con el ánimo de no desairarlo… con la intención de ser amables.
“Nos damos cuenta que Ud. se dedica a la agricultura” El hombre volvió la mirada con asombro. “Lo digo porque el sol piurano deja huellas y, ese cintillo en su frente nos advierte que Ud. usa sombrero de ala ancha, como de los Catacaos”. “Sombrero chalán” dijo él, corroborando. “Me dedico a sembrar frutales. Vivo de eso. Hace ya tiempo que vivo por acá. Mi familia, inicialmente, se dedicaba a la venta de carnes y vine con ese afán de importar carnes uruguayas por estas tierras. No me fue bien, pero igual sigo ligado a la tierra”. Cada uno, ante la afabilidad, se presentó, indicando sus nombres y respectivas dedicaciones laborales. “Presentados estamos… pero mi atrevimiento queda justificado en la música. El china hereje llamó mi atención. La cantaba desde muy pequeño en el rancho de mi abuelo”. Y ante nuestra expresión de asombro, precisó: “ah… pero no en tonada de vals… en una muy propia de nuestra tierra, aunque los argentinos, le han dado prestancia… habrá que reconocerlo”. Y continuó “Mi bisabuelo, era hermano del autor de la cancioncita, y mi abuelo –en las fiestas familiares, con un bandoneón, la cantaba, quizá extrañando a alguna mujer traicionera…”
Quedamos anonadados. Aprovechando, la presencia de los pocos comensales que quedaban y, también la llegada de sus compañeros, de quienes dijo, uno era su socio y, el otro su hijo, se animó a cantar el “China hereje” en la versión de tango, en su letra original… La cantó sólo un poquito y, anunció con el pecho inflado: “esa es la inspiración de un antecesor mio, Dn. Juan Pedro López. A su gloria esta versión, aunque la primigenia es de los años 20. Del 23 para ser precisos”… Aprendimos desde su propia narración, que la letra era medianamente distinta, que allí el perrito y la calandria eran el par de animalitos domésticos, que vivían con la pareja, probablemente, en una casa de campo, y que luego de su partida, también extrañaban a la china, esa que se ganó por su desamor, el título de hereje. Ellos, el perrito y la calandría, finalmente, también, sufrirían el desamor del traicionado… como si fueran ellos los culpables.
Aprendimos, finalmente, ya con algunas cervezas más, que los amores traicioneros nunca dejaran de ser la inspiración para letras muy bien entonadas... Un brindis por la comida piurana, por los amores traicioneros y por las buenas cosechas, nos separó esa tarde. Ojalá se repitiera.
miércoles, 8 de agosto de 2018
Búsqueda
Era la media noche y los pokemones se escondían en los parques. Hora de salir a buscarlos. “Pa… -dijo uno- vamos a salir al parque a buscar pokemones…” Se rió burlón y continuó: “Ya se que vas a decir que son huevadas… pero igual, vamos a ver cómo nos va en la búsqueda”. Con pocas posibilidades de negar la petición, la memoria prontamente, se remontó a treinta años atrás.
En el vano de la quebrada que corre por detrás de la capilla del barrio Nicaragua, allí se jugaba, a pata pelada un partidito de julbó entre un poco más de una docena de revoltosos. Se jugaba en apuestita de envoltorios de cigarros… cada cual, según la marca, variedad y precio, tenía su propia nominación numérica. Así, aquellos envoltorios de los que podías encontrarlos, a pedido, en cualquier kiosko o tienda, su nominación era baja, cinco, diez o veinte. Aquellos otros, en particular, acartonados, que alguna vez nuestros padres –aquellos que laboraban en las empresas petroleras- y que podían conseguirlos por la amistad con sus jefes extranjeros, alcanzaban valores de cincuenta, cien o doscientos.
El chiquillo tenía en sus manos un envoltorio distinto. En letras pequeñas por uno de los lados decía “Tabacalera Nacional. Envasado en Lima, Perú”, se anunciaba su nombre “Piel Canela”. Nunca había visto un envoltorio parecido, pero ahora tenía uno en los bolsillos. Lo mostró a los demás, y convinieron jugarlo como apuesta del segundo partido. Todos miraron el papel y, preguntaron por su origen pero también por su valía… nadie había visto alguna vez esa envoltura y, concedieron al dueño la posibilidad de asignarle un valor. Mil puntos… era un buen precio por tan extraña e ignota impresión cigarrera. Los del equipo contrario, miraron el papel, intentando no darle importante, con el ánimo de no reconocer el valor asignado… finalmente, el solo hecho de querer ganarlo, les motivó a poner “sobre la mesa” hasta lo que no tenían con la intención ser propietarios del mismo. Lo que se tenía, juntando todas las envolturas, alcanzaban solo hasta los ochocientos veinticinco puntos.
Con algo menos de doscientos puntos de diferencia, el segundo partido quedó suspendido con el compromiso de que los equipos quedaban así conformados y, a las cuatro de la tarde del día siguiente, se alcanzaría la totalidad de envolturas que sumando logren el valor de aquella. Mientras tanto, el más serio de todos sería el encargado de guardar las apuestas. Con Caliche -que así le decíamos- no había nada que temer. Lo que quedaba de la tarde, hasta los del bando contrario se dedicaron a buscar por todos lados envolturas que posibilitaran el precio requerido: Los Ducal, Salem, Camell, Marlboro, Inka, Winston, Commander, etc. se juntaron en el alma de aquellos chiquillos y se hicieron cómplices con el ánimo de hacerle frente a ese desconocido “Piel Canela”.
Llegó la tarde esperada. Los silbidos de llamada aparecieron en las fachadas de las casas. Alguno no llegó y tuvo que ser suplido… Las fuerzas de ambos equipos se equipararon, cada capitán verificó que la gente fuera la considerada suficiente como para ganar. Se jugó a tiempos. “treinta y treinta, con diez de descanso”. Así quedó pactado. Los “propietarios del billete valioso” -si es que vale la expresión-ganaban el “partidito” uno a cero, por lo que empezaron a lanzar la pelota lo más lejos que se pudiera, e intentaba que cayera en algún corral vecino. Eso aseguraría la victoria. Los del equipo contrario advirtieron la nefasta estrategia y ante el hecho, sentenciaron: “La vuelven a botar y, por cada minuto que se pierde en ir a recogerla, se extiende el tiempo de descuentos… avisados… tramposos de mmmm…” La respuesta no fue pacífica. “Calla, huevon… Qué culpa tenemos que el viento se lleve la pelota… tampoco es así… Así que no jodan, carajo… Uds. son malos no saben jugar”. Los ajos y las mieles, así como el recuerdo de las madrecitas, aparecieron. Iban y venían con recelo… Corría un minuto del descuento y, el empate apareció. La tranquilidad volvía para el bando perdedor; pero también la posibilidad de remontar el resultado con la intención de hacerse del tal “Piel Canela” que parecía el estandarte que había que robar.
Un tiempo adicional de juego, motivo un nuevo tiempo: “cinco y cinco, sin descanso”… El resultado final favoreció a los contrincantes; sin embargo, alguna mano negra hizo desaparecer el trofeo peleado… Los ánimos avivados dejaron de serlo y se convirtieron en una muy sería trifulca de dos bandos, luego de haber buscado por largas horas las envolturas necesarias para ganar, ahora ellos mismo se convertían en pokemones que se enfrentaban entre sí por un trofeo inexistente… y por sí hubiera que evitar algún rezago o huella de lo acontecido, esa tarde, casi al anochecer, en el campo de “julbito”, solo quedó una gran cantidad de lo que un par de horas antes eran preciados billetes… convertidos ahora en basura que el viento se llevaba… No había nada que hacer. Nunca se supo si el “Piel Canela” se libró de aquella furia. Jamás volvió aparecer.
Una semana después, los silbidos de la mancha evidenciaban el olvido de ese enfrentamiento campal y, buscaban al amigo para volver a jugar un partidito… otro que permitirá la paz al grupo… No había envolturas que buscar, tampoco pokemones escondidos… Ellos mismos, pokemones de otras lides, buscaban volver a ser amigos…
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