jueves, 6 de septiembre de 2018

Complicidad

La campana, esa que nos hacía correr, ya había sonado. Los chiquillos que aún distaban de la escuela y, aquellos otros que ya estaban en ella apuraban el paso para evitar la anotación de tardanza. Al frente de cada salón, los chiquillos que pertenecían a cada grado formaban dos columnas para ingresar de uno en uno y acomodarse en esos viejos pupitres, testigos de tantas travesuras… “Eeyyy alumnooo” gritó la profesora. Le llamaba a atención a uno que había esperado justamente el último talán de la campana para correr hacía los baños… Los delegados de aula, peleaban con los suyos con el ánimo de alcanzar el orden de las columnas estudiantiles para lograr el ingreso ordenado las aulas.

El profesor ya había ingresado muy tempranamente, como solía hacerlo. Aprovechaba las primeras horas y la media hora previa a las campanadas para adelantar los textos en la pizarra de cemento, corregir exámenes o anotar las notas en el registro correspondiente. Sus bien plantados treinta y pico de años, las formas con las que imponía autoridad con los suyos y, probablemente su exquisito juego en la cancha de fulbito del mismo centro educativo no habían pasado desapercibidos para una recién llegada profesora que, por desconocer la localía, aprovechando la vecindad de los salones y probablemente hasta la coetaneidad se hicieron amigos… La necesidad de una tiza, papel o el lapicero de tinta con que anotar se convirtieron en pretextos para las visitas de uno para el otro en los salones mismos.

Aquella mañana discutían sobre la necesidad de estudiar ciencias sociales y religión, en razón al contexto social en el que nos encontrábamos. Aun recordaban el viejo texto “La educación del hombre nuevo” de Salazar Bondy y planteaban los problemas de sus propios alumnos, de aquellos que no tenían interés por estudiar, aquellos otros que teniéndolo se quedaban en dormidos a media mañana porque el agüita de anis había sido insuficiente tanto como el pan en la mesa de la casa. Afirmaba ella que, la educación no se limitaba solo a aprender a leer y escribir, a sumar y multiplicar; sino que era necesario que los niños conocieran su propio entorno: las actividades económicas del pueblo, de la organización de las instituciones locales, de la historia del pueblo, que conocieran a sus autoridades. Disconforme él, prefería anotar que eran muchos los cursos que imponía la Ley 23384. ¿De qué sirve, decía, saber las reglas del tránsito, para que sirven las pinturas de las calzadas si nuestras calles ni siquiera están pavimentadas? Mientras ella refutaba: “Al frente nuestro –y le señalaba con el dedo hacia la ventana- tenemos la carretera Panamericana que une casi a todos los países del Pacífico y ¿vas a decir que no es importante? Estas loco…” Era hora del recreo y hasta esa conversación era solo un pretexto para sonreír juntos, mirarse a la cara y acariciarse con los ojos… Esa mañana, aquél le recitó, luego de oir sus parlamentos en defensa de la nueva ley educativa: “el escote de tus argumentos se sonroja, palidece, pierde firmeza ante la silueta traslucida de tus contorneadas piernas” y mientras le decía, se le acercaba peligrosamente; mientras ella, temerosa, probablemente recatada, se ponía de pie anunciando que el recreo había terminado ya hacía varios minutos, mientras que con una sonrisa nerviosa se alejaba y, a viva voz pedía a los alumnos ingresen al aula… Se alejó para introducirse en su propio salón.

La mujer decidió no volver a ingresar al salón vecino… Aquello le había movido sensibles fibras de su corazón… Confirmaba aquello que sospechaba pero que no quería reconocer: ambos se gustaban, pero ella sentía –también en su corazón- que no podría amarlo como se merecía… Eso quería creer. Pero su voluntad fue poca y, algunos días después, luego de departir unas gaseosas y algunas galletas en los ambientes administrativos con ocasión del cumpleaños del director –que les hacía pases de torero-, le volvió sonreir y, pidió le explicara aquel verso, cómo es que es que contextualizaba en medio de una conversación en la que se discutía temas tan serios propios de la educación local… Claro. Era –como ya he ha anunciado- solo un pretexto, que el profe captó a la primera para invitarla al mismo ambiente y retomar la conversación allí donde se había quedado justamente, porque los argumentos de ella fueron escasos para hacer frente a aquel verso robado desde una historia de detectives y que se había acomodado para la ocasión. La invitó, otra vez, a la hora del recreo del último día de la semana… Los alumnos estarían dedicados a la educación física y, le pedirían al asistente de guardianía, se encargue de velar por ellos por sí ocurriera algún imprevisto. El día acordado llegó y no hicieron falta palabras, se comieron a besos sobre el pupitre del profesor, mientras los registros de notas y los exámenes estudiantiles se escondía en un “James Bond” negro, que se convirtió en mudo testigo de escenas amorosas, de las que los alumnos, días más tarde solo sospechaban…
 Imaginaban las ocurrencias del salón pero no se atrevían siquiera a asomarse… Así que, ingeniosamente, desde afuera cantaban, también en son de complicidad, una novedosa –para aquellos días- canción infantil mexicana, popularizadaen una película: “Que te pasa, chiquillo que te pasa / me dicen en la escuela y me preguntan en mi casa / Y hasta ahora lo supe de repente / cuando oí pasar la lista y ella no estuvo presente…” No había una mochila azul, ni tampoco es que se trataba de un amor desconocido y ausente; era solo una canción con la que animaban a su profesor a permanecer escondido… No importaba el motivo, interesaba -por encima de cualquier cosa- mantener el recreo extendido... más allá de las campanadas.



jueves, 9 de agosto de 2018

Herejía

Esa tarde conversábamos. Los parlantes nos hacían oír aquel viejo vals que canta al amor traicionado y por el que no se está dispuesto a perder la vida bohemia. Los Embajadores Criollos lo exponían con tal sentimiento que, el cevichito de caballa se veía mal acompañado de esa edulcorada jarra de chicha morada. “Joven, tráigase una helada… la más helada”. El vals fue repetido a solicitud de uno de los comensales, hasta que uno preguntó “¿y que significa vaya al diablo el perrito y la calandria?” No tenía sentido la expresión, o en todo caso, parecía una de desprecio, no común, poco usada o quizá ya en desuso… Se intentó darle un sentido al verso en medio de este canto adolorido ¿Qué puede importar un perro o un pajarito ante un corazón apretujado por el dolor del desamor?

En la mesa de al lado, también tres hombres conversaban. Hablaban de la cosecha de uvas, de lo bien posicionado que estaba el departamento en la producción de frutas, se hablaban del mango, de su buena aceptación en los mercados asiáticos, de la novedad en la siembra de frutales experimentales como el tamarindo… de los miles de dólares que se había invertido en extensiones de maracuyá con la esperanza de que la producción sea buena y aceptada en los mercados internacionales. También se hablaba de la comida, del buen pescado y de los ceviches variados que habían degustado esos hombres en estos desérticos territorios. La tonadita de su voz, anunciaba que no eran peruanos y, las ajaduras de sus rostros permitían anunciar que ya superaban la sexta decena de años, cuando menos un par de ellos. Dos abandonaron el lugar, con la promesa de volver prontamente. En realidad, salió uno raudamente en una camioneta, mientras que el otro, conversaba a través del móvil, en las afueras del local. Manoteaba en el aire. El tercero, oía la conversa ajena.

¿Y porque una calandría? ¿Alguna vez has visto alguna? ¿Aquí en Piura? Ninguno supo dar cuenta de conocer a ese pajarito del que, además, hay un muy viejo corrido mexicano que lo hace símbolo también del desamor, en el que representa a la mujer coqueta, de cascos flojos e ingrata de corazón. Bueno pues… allí, en el “China hereje”, clásico vals peruano, aparecía una desacompasada afirmación: “vaya al diablo el perrito y la calandria”. No había acuerdo…  Era una expresión perdida, que el autor se inventó solo para completar sus versos o a lo mejor fue una disimulada forma de mandar al tacho todo… quien sabe. Dice mi madre, que todo lo sabe, que las calandrias mexicanas son lo que nosotros llamamos “soñas”. Dice ella… que todo lo sabe.

El hombre, que quedó solo, levantó su vaso y le hizo un salud a dos de los vecinos y, al verse aceptado en el brindis, sin reparos tomó su cerveza y se acercó. Decía “me gusta su conversación… quizá pueda ayudar”, mientras con un ademán, pedía permiso para unirse a la mesa por el lado huérfano de ésta.  Se presentó y, advertimos que no estaba bebido. Saludó con un apretón de manos para cada uno de los nuestros y dio su nombre. Recuerdo su nacionalidad: Uruguayo. “Oigo que se preguntan por un vals que, en mis diez años por estas tierras también he escuchado. Me gusta la versión peruana, ah… es muy buena...” Y continuó: “se acompaña bien de un buen ceviche y de una buena cerveza… mejor todavía, si hay algo que recordar”. Reímos aceptando sus dichos, quizá con el ánimo de no desairarlo… con la intención de ser amables.

“Nos damos cuenta que Ud. se dedica a la agricultura” El hombre volvió la mirada con asombro. “Lo digo porque el sol piurano deja huellas y, ese cintillo en su frente nos advierte que Ud. usa sombrero de ala ancha, como de los Catacaos”. “Sombrero chalán” dijo él, corroborando. “Me dedico a sembrar frutales. Vivo de eso. Hace ya tiempo que vivo por acá. Mi familia, inicialmente, se dedicaba a la venta de carnes y vine con ese afán de importar carnes uruguayas por estas tierras. No me fue bien, pero igual sigo ligado a la tierra”. Cada uno, ante la afabilidad, se presentó, indicando sus nombres y respectivas dedicaciones laborales. “Presentados estamos… pero mi atrevimiento queda justificado en la música. El china hereje llamó mi atención. La cantaba desde muy pequeño en el rancho de mi abuelo”. Y ante nuestra expresión de asombro, precisó: “ah… pero no en tonada de vals… en una muy propia de nuestra tierra, aunque los argentinos, le han dado prestancia… habrá que reconocerlo”. Y continuó “Mi bisabuelo, era hermano del autor de la cancioncita, y mi abuelo –en las fiestas familiares, con un bandoneón, la cantaba, quizá extrañando a alguna mujer traicionera…”

Quedamos anonadados. Aprovechando, la presencia de los pocos comensales que quedaban y, también la llegada de sus compañeros, de quienes dijo, uno era su socio y, el otro su hijo, se animó a cantar el “China hereje” en la versión de tango, en su letra original… La cantó sólo un poquito y, anunció con el pecho inflado: “esa es la inspiración de un antecesor mio, Dn. Juan Pedro López. A su gloria esta versión, aunque la primigenia es de los años 20. Del 23 para ser precisos”… Aprendimos desde su propia narración, que la letra era medianamente distinta, que allí el perrito y la calandria eran el par de animalitos domésticos,  que vivían con la pareja, probablemente, en una casa de campo, y que luego de su partida, también extrañaban a la china, esa que se ganó por su desamor, el título de hereje. Ellos, el perrito y la calandría, finalmente, también, sufrirían el desamor del traicionado… como si fueran ellos los culpables.

Aprendimos, finalmente, ya con algunas cervezas más, que los amores traicioneros nunca dejaran de ser la inspiración para letras muy bien entonadas... Un brindis por la comida piurana, por los amores traicioneros y por las buenas cosechas, nos separó esa tarde. Ojalá se repitiera.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Búsqueda

Era la media noche y los pokemones se escondían en los parques. Hora de salir a buscarlos. “Pa… -dijo uno- vamos a salir al parque a buscar pokemones…” Se rió burlón y continuó: “Ya se que vas a decir que son huevadas… pero igual, vamos a ver cómo nos va en la búsqueda”. Con pocas posibilidades de negar la petición, la memoria prontamente, se remontó a treinta años atrás.

En el vano de la quebrada que corre por detrás de la capilla del barrio Nicaragua, allí se jugaba, a pata pelada un partidito de julbó entre un poco más de una docena de revoltosos. Se jugaba en apuestita de envoltorios de cigarros… cada cual, según la marca, variedad y precio, tenía su propia nominación numérica. Así, aquellos envoltorios de los que podías encontrarlos, a pedido, en cualquier kiosko o tienda, su nominación era baja, cinco, diez o veinte. Aquellos otros, en particular, acartonados, que alguna vez nuestros padres –aquellos que laboraban en las empresas petroleras- y que podían conseguirlos por la amistad con sus jefes extranjeros, alcanzaban valores de cincuenta, cien o doscientos.

El chiquillo tenía en sus manos un envoltorio distinto. En letras pequeñas por uno de los lados decía “Tabacalera Nacional. Envasado en Lima, Perú”, se anunciaba su nombre “Piel Canela”. Nunca había visto un envoltorio parecido, pero ahora tenía uno en los bolsillos. Lo mostró a los demás, y convinieron jugarlo como apuesta del segundo partido. Todos miraron el papel y, preguntaron por su origen pero también por su valía… nadie había visto alguna vez esa envoltura y, concedieron al dueño la posibilidad de asignarle un valor. Mil puntos… era un buen precio por tan extraña e ignota impresión cigarrera. Los del equipo contrario, miraron el papel, intentando no darle importante, con el ánimo de no reconocer el valor asignado… finalmente, el solo hecho de querer ganarlo, les motivó a poner “sobre la mesa” hasta lo que no tenían con la intención ser propietarios del mismo. Lo que se tenía, juntando todas las envolturas, alcanzaban solo hasta los ochocientos veinticinco puntos.

Con algo menos de doscientos puntos de diferencia, el segundo partido quedó suspendido con el compromiso de que los equipos quedaban así conformados y, a las cuatro de la tarde del día siguiente, se alcanzaría la totalidad de envolturas que sumando logren el valor de aquella. Mientras tanto, el más serio de todos sería el encargado de guardar las apuestas. Con Caliche -que así le decíamos- no había nada que temer. Lo que quedaba de la tarde, hasta los del bando contrario se dedicaron a buscar por todos lados envolturas que posibilitaran el precio requerido: Los Ducal, Salem, Camell, Marlboro, Inka, Winston, Commander, etc. se juntaron en el alma de aquellos chiquillos y se hicieron cómplices con el ánimo de hacerle frente a ese desconocido “Piel Canela”.

Llegó la tarde esperada. Los silbidos de llamada aparecieron en las fachadas de las casas. Alguno no llegó y tuvo que ser suplido… Las fuerzas de ambos equipos se equipararon, cada capitán verificó que la gente fuera la considerada suficiente como para ganar. Se jugó a tiempos. “treinta y treinta, con diez de descanso”. Así quedó pactado. Los “propietarios del billete valioso” -si es que vale la expresión-ganaban el “partidito” uno a cero, por lo que empezaron a lanzar la pelota lo más lejos que se pudiera, e intentaba que cayera en algún corral vecino. Eso aseguraría la victoria. Los del equipo contrario advirtieron la nefasta estrategia y ante el hecho, sentenciaron: “La vuelven a botar y, por cada minuto que se pierde en ir a recogerla, se extiende el tiempo de descuentos… avisados… tramposos de mmmm…” La respuesta no fue pacífica. “Calla, huevon… Qué culpa tenemos que el viento se lleve la pelota… tampoco es así… Así que no jodan, carajo… Uds. son malos no saben jugar”. Los ajos y las mieles, así como el recuerdo de las madrecitas, aparecieron. Iban y venían con recelo… Corría un minuto del descuento y, el empate apareció. La tranquilidad volvía para el bando perdedor; pero también la posibilidad de remontar el resultado con la intención de hacerse del tal “Piel Canela” que parecía el estandarte que había que robar.

Un tiempo adicional de juego, motivo un nuevo tiempo: “cinco y cinco, sin descanso”… El resultado final favoreció a los contrincantes; sin embargo, alguna mano negra hizo desaparecer el trofeo peleado… Los ánimos avivados dejaron de serlo y se convirtieron en una muy sería trifulca de dos bandos, luego de haber buscado por largas horas las envolturas necesarias para ganar, ahora ellos mismo se convertían en pokemones que se enfrentaban entre sí por un trofeo inexistente… y por sí hubiera que evitar algún rezago o huella de lo acontecido, esa tarde, casi al anochecer, en el campo de “julbito”, solo quedó una gran cantidad de lo que un par de horas antes eran preciados billetes… convertidos ahora en basura que el viento se llevaba… No había nada que hacer. Nunca se supo si el “Piel Canela” se libró de aquella furia. Jamás volvió aparecer.

Una semana después, los silbidos de la mancha evidenciaban el olvido de ese enfrentamiento campal y, buscaban al amigo para volver a jugar un partidito… otro que permitirá la paz al grupo… No había envolturas que buscar, tampoco pokemones escondidos… Ellos mismos, pokemones de otras lides, buscaban volver a ser amigos…

Auctoritas

Y un día conocí a un juez de paz, de una provincia serrana que decidió hacer inversiones. Prefirió no aburrirse en su oficina y una mañana tomo su mochila con un par de ropas y se fue siguiendo a su notificador. Prontamente advirtió que la carretera se acababa y que era necesario andar. Muy poco dado a los deportes, la tarea le costó esfuerzo...

Maldijo el momento en que se le ocurrió semejante idea pero ya se había echado a la tarea. En un par de días había caminado tanto que en el tercero, las pantorrillas no daban más... En dos días, solo había podido notificar a cinco demandados. Las casas, propias de la serranía, no estaban juntas unas de otras y para saber si era o no la indicada había que hacer otros esfuerzos y, si efectivamente no quería volver al día siguiente (como manda la ley procesal) era mejor ir hasta sus chacritas para entregar los documentos en la propia mano.

Decidió no decir quien era, así que se sujetó a las voluntades de las gentes. Probablemente la palidez de su rostro y el cansancio reflejado motivaba a la caridad de los "poblanos", que estaban dispuestas a compartir de sus pobrezas...

Dias después, en medio de las audiencias, los justiciables se admiraban de que el notificador haya sido el juez, que éste hubiera comido de sus olluquitos aderezados con presitas de carne seca, que hubiera tomado sus aguitas de pelo de choclo y que sin chistar hubiera aceptado sus panes resecos por el frío, de su trigo y otros granos... Les parecía mentira.

Esas sentencias, dicen los que vieron, casi que eran acuerdos entre las partes, porque no se fundaban en las retóricas abogadiles sino en el conocimiento de la realidad, de los modos vitales de los que tenía frente de si, de la vivencias de los justiciables.

Leí una sentencia de aquellas, era un brevisimo capítulo de sociología jurídica. La inversión había dado frutos prontamente: su autoridad se asentaba en el reconocimiento social de sus decisiones.

Buenas tardes.

Bautismo

"Primito, están sacando leche?” escribió la mujer en el wasap. Sin esperar respuesta continuó: “Me ha provocado natillas... Pa ver si este fin de semana me vendes unos diez litros de leche fresca”. El joven, respondió desde el otro lado: “No hay problema…. Pero con seguridad, que en estos días está cotizada y, no quiero quedar mal con nadie…”. Luego de unos minutos, el silencio wasapero se rompió con una expresión firma de contrato: “No, primo. Ya está escrito, yo llego este domingo pa preparar mis natillas… por favor quiero “leche mora”, “sin bautismo”, jijijiji”. El primo, concluyó: “Hecho”. Este domingo tendremos natillas. A esperar la sazón de la oferente.

Hace sesenta años: 4.30 de la madrugada, camino del tablazo que separa El Alto de Talara, el golpeteo de líquidos promovido por el andar de una piara de burros rompía los sonidos propios de la noche. Un hombre montado en un piajeno, apuraba a un par más que llevaba por delante… Era una carga preciada para las amas de casa. Una decena de mujeres, en las afueras del mercado, esperaban la leche de cabra que éste trasportaba. Los hombres que se iban al trabajo o los niños que irían al colegio, preferían tomarla tibia, esperando la natita que se forma en la superficie para comerla, sea que la robaran de un pellizcón, sea que la pusieran en medio de un pan… Pero tendrían que esperar, el arriero aún estaba a mitad de camino.

En inmediaciones del sector X-11, se asentaba una familia de cabreros. Un corral de durmientes y una casa de maderos –conseguidos desde los mismos castillos petroleros- acomodaban a más de un centenar de cabras y una familia dedicada su cuidado. Allí, un par de horas pasada la media noche, una mujer morena, acompañada de sus hijos, se dedicaban a sacar la leche y envasarla para su traslado al mercado talareño. Las familias de los obreros esperaban todos los días ese líquido esencial de los desayunos de la clase trabajadora… La distancia aproximada era unos 20 a 23 kilómetros, tres horas y algunos minutos eran necesarios para llegar de un lugar a otro… Era preciso, por tanto, empezar el viaje a las 3.15 de la madrugada a fin de llegar, si quiera, a las 6.30 a.m. Las mujeres, luego de recolectar sus raciones en sus respectivas viandas o jarras, tendrían que correr a sus fogones para cocer la leche y servirla prontamente, con el afán de que trabajadores y estudiantes, lleguen a sus centros de trabajo y escuelas, respectivamente, a las 8.00 de la mañana, sin tardanza que castigar.

Era la tarea de todos los días de aquel hombre bajito. Solía ir acompañado con uno de sus hijos, al que montaba al anca de su burro. Su compañía tenía la intención de mostrarle los caminos de la vida, el trajín de las ventas… Le ayudaría, primero, en el cuidado del trasporte: amarrar los burros en los corralones, luego de dejarlo acomodado en aquella esquina desde donde atendía a las caseras. Después de esa tarea, debía recibir el dinero y entregar los vueltos si fuera necesario… en el peor de los casos, correr con los tenderos vecinos para cambiar los billetes, por si fueran de alta nominación. En ese amanecer apareció una nueva clienta. Decía la mujer que la presentó, era la esposa del ingeniero, jefe de su esposo, que compraría siempre que el hombre le asegurase fuera limpia, pura, fresca… digamos, recién sacadita de la teta de la cabra. El hombre sonrió con el ánimo de superar, lo que –en el fondo- le parecía una desconfianza, un insulto escondido. Sonrió y le ofreció un “Ud. puede, si gusta, probarla ahora mismo… Lleve un litro y hiérvala. Si forma espuma al hervor, tenga por seguro que es pura como el resplandor del sol que va saliendo…” la expresión se acompañó con el señalamiento del horizonte por donde amenazaba la luz del Astro Rey. La acompañante le ofreció un recipiente y hombre despacho un litro que le donó a la mujer para la prueba. Un par de sonrisas despidieron al vendedor de aquellas clientas. No hubo, en esa mañana, nada más que anotar que sea de importancia. Las clientas habituales y, aquella otra recién llegada, se despidieron sucesivamente, deseándose –mutuamente- que el día sea bueno.

El amanecer del día siguiente sería distinto. El zangoloteo de la leche producido por el compás del andar de los pollinos, no solo rompía el silencio de la madrugada del viandante, actuaba sobre la naturaleza misma de la leche. Los seis contenedores se ajustaban al mismo movimiento y, en ese trajín la leche se sujetaba a un proceso químico de separación de las grasas naturales. Estas últimas se aglutinaban en pequeñas bolitas amarillentas, parecidas a minúsculas yemas de huevo, que se confundían con el blanco natural de la leche y que, flotaban por debajo de la superficie. Ni al vendedor ni a las caseras de todos los días, les había generado ninguna preocupación: de ordinario el líquido venía limpio: la ordeñadora –la mujer morena, acompañada de sus hijos- al tiempo de la recolección y en el momento del envasado la hacía pasar por una coladera muy fina, hecha de tocuyo, que la libraba de las impurezas. Así que las mujeres, conocedoras de la calidad, la recibían sin mayores reparos. El calor de fuego se encarga de disolver esas formas oleaginosas. Así había sido desde el primer día, nadie se había quejado de nada.

La nueva clienta estaba entre las primeras, tenía cara de preocupación y, casi que no conversaba con las otras… Recibió la leche y se dirigió al puesto policial para denunciar una supuesta contaminación, una alteración que no podía explicar. El policía acompaño a la mujer y, pudo advertir en los recipientes, que efectivamente en la superficie jugueteaban unas pequeñas bolitas amarillosas… El hombre explicó que el movimiento producía esas “grasitas” y hasta cogió una y se la echó en la boca. Las mujeres apuraban, pero el representante de la ley fue drástico: “La leche queda incautada y Ud. me acompaña a la comisaría”. El hombre sonrió apenado… perdió su venta y, los encargos para la comida del día no podrían satisfacerse… Decía que con el calor, esas grasitas desaparecen, así que pusieron la leche al sol… Siendo las once, estas persistían en su existencia y, el policía defraudado, tiró la leche a la calle y, mandó a calabozo al buen hombre: hasta la hora del almuerzo… No había en aquellos tiempos laboratorios ni nada que pudiera demostrar nada, así que, al día siguiente la naturaleza volvió a hacer su trabajo, y aunque no llegó la clienta, el policía volvió a incautar la leche… unas horas después, se volvió a perder en las afueras de la comisaría. Unos perros agradecieron la ignorancia del oficial.

Y llegó el tercer día ¿perdería nuevamente su preciado cargamento? Tendría que encontrarle una solución: evitar el tambaleo del camino se hacía imposible, pero sí que podía alterarse la consistencia del fluido lactoso y evitar los efectos del golpeteo. Así que, en esta oportunidad en cada recipiente se echó menos cantidad de la ordinaria para evitar que golpee con el techo del mismo, pero a la vez, se le agregó un poco de agua para evitar la viscosidad del producto. Las formas oleaginosas "desaparecieron" para gusto del gendarme y, desde esa fecha, se "bautizaba" la mercadería, se añadió un depósito más y algunas monedas se adicionaron en el bolsillo del lechero.

Claro… Aquellas mamás encargadas de los desayunos, prontamente advirtieron “el truquito” y, en vez de llevar una medida, se les adicionaba unas líneas más, en compensación por la canallada que originó una mujer que nunca más volvió a comprar un litro de leche. 

Mientras tanto, esperaré las natillas de mi prima.

jueves, 29 de marzo de 2018

Orígenes

Y en los comienzos hubo otra mujer. Aquella que, sin explicación, gozó del paraíso y; también, sin explicación, se aburrió prontamente de ese estado natural de complacencia y satisfacción sin par. Prefirió el desierto, las arenas del mar; las del mar rojo. Quizá Moisés pudo encontrársela en los días de errancia, a lo mejor fue quien le abrió los mares…

¿Tuvo Yahvé “obligación” de crear a dos mujeres? Lilith, dicen, se llamó la primera y fue creada en el mismo acto en el que Adán apareció, hecha del mismo barro. Era su igual, pero ¿qué pasó? ¿Por qué se fue? ¿No eran ciertos los deleites que pinta El Bosco en “El Jardín de las Delicias”? El Génesis, lleno de simbologías y mitos, expone dos actos de la creación humana. Las interpretaciones midráshicas sostienen que la existencia de ambos relatos no es descuido de hagiógrafo, sino que esconde una enseñanza oculta: la existencia de Lilith. La antecesora de Eva, esa -que desobediente- se mandó a mudar -para por su propia voluntad- padecer lo que el paraíso le ocultaba: la libertad.

Y es que Adán, autorizado para dominar el recién estrenado mundo, hacía y deshacía de éste con la complacencia de quien lo había creado. Esa primera noche, recibió la primera reclamación: “¿Y porque yo debo ir debajo si ambos somos de la misma naturaleza? ¡Hemos sido hechos del mismo barro!”. Nadie ha registrado qué vino después, pero lo más probable es que ese matrimonio natural no se consumara. Y, como en la ley judía, ella fue aborrecida. En realidad, pareciera que no. Ella, le dio la espalda al alborotado Adán y, sin mirarlo le restregó el conocido: “Me duele la cabeza. Buenas noches”. Al amanecer no estaba. La buscó por todos lados, la fue a mirar en las cataratas Tugela (en esos días tenían otro nombre), allí donde le gustaba gozar del agua en caída, pero no. Nunca la encontró.

Le pregunto al Hacedor del mundo y éste solo se encogió de hombros. En realidad, en la medianoche, cuando Dn. Adán roncaba, la doña, Doña Lilith, fue a quejarse con el Ceramista y, este le indicó, desde la premisa de que no hay mejor lugar para vivir que el paraíso, que tenía tantos derechos como deberes y que en todo caso gozara de lo mejor que pudiera encontrar… claro, con la advertencia de no comer de árbol que estaba en medio del extenso jardincito. “Me valen las manzanas… Aquí yo no me quedo”, exclamó mientras le daba la espalda. Unos ex aliados del alado custodio de las puertas del Cielo, la había convencido de que, en el sexo importaba poco la posición, que lo interesante era el disfrute mismo y que, de alcanzarlo, estaría en el mismo Cielo. No importaba tampoco la geografía, así daba igual si lo hacía en colchón confeccionado con plumas de ganso, o sí éste había sido hecho de nube o, si lo hacía en el “purito” suelo. Ella prefirió las arenas del desierto… ¡Quién sabe por qué! Esa fue su elección. Para ser preciso, se mandó a mudar para vivir en las arenas del Mar Muerto.

Adán, como queda dicho, ya no estaba. Ella se valió del insuflo divino y aprovechó esa parte espiritual de sí, para mantenerse en relación con los ángeles de la oscuridad. Ellos encubrieron sus apetencias impúdicas y le enseñaron aquello que Adán no quiso, con la contraoferta y garantía de la heredad. Los demonios, por su condición etérea, no podían reproducirse; ella por su carne, estaba llamada a la maternidad. De hecho, le resonaba aún en sus oídos, el conocido: “Creced y multiplicaos” originario. Todo en ella le llamaba a la parición.

Primera de los creados, había visto como Dios fue haciendo a los otros seres vivos y se aprendió las fórmulas. Sabia cuáles eran los ingredientes para lograr un alma y cuales para los cuadrúpedos y que se requería para los animales marinos y cuanto de qué para alcanzar otro que pudiera volar por los aires. Sabía mucho… ella lo sabía. Prontamente, gracias a esas recetas, furtivamente aprendidas, fue “perdiendo” su corporeidad y se demonizó, haciéndole incluso contrapeso al Señor de la oscuridad. Al punto que veía grave una difícil competencia en sus dominios: una mujer demonizada era más peligrosa que los ejércitos del Arcángel de la espada flamígera… Además, sus hijos, los pequeños demonios alumbrados (en su mayoría de femenino aspecto) estaban con ella. No pregunten cómo ni porqué.

En el otro extremo, Dios, a modo de flashback, la veía, con cierta regularidad, en algunos de los espacios de la esfera celeste. Eran aquellos asaltos que se permitía en los momentos del más lúbrico disfrute sexual. Así que, Dios también andaba preocupado. Una tarde, mientras delectaba de su propia creación, le asaltó una idea. Una idea-solución. Envió a tres ángeles, de esos de su “guardia personal” a fin de ofrecerle una oportunidad: “La de la vuelta a casa o…” Lilith no esperó la alternativa: Se declaró “disidente”. La maldición adquirió forma desde ese momento: “Todos sus concebidos verían el mundo, pero no la luz del sol. Morirían en cuanto las primeras claridades del día se hagan notar”. Una maldición de mayor gravedad que aquella de “parirás con dolor”. Le pareció una bajeza que se metieran con sus hijos, que al fin de cuentas no tenían vela en las decisiones de su madre; así que, decidió vengarse de su Hacedor visitando a los hijos de Eva en medio de la noche, introduciéndose en sus sueños, procurándoles inconscientes poluciones. ¿La intención? Impedir la cópula carnal, con el ánimo de evitar la generación de nuevos humanos. Y si se trata de recién nacidos, era mejor cuidarnos, no sea que repitiera en estos la carga de su propia maldición.

Aquellos que escucharon esta historia de los primeros hijos de Adán, a modo de amuletos ponen en las muñecas de los recién nacidos tres pequeños dijes con los nombres de los tres ángeles que realizaron el encargo. En las tradiciones de nuestra tierra, dicen que más efectivos son los huairuros, esos frijoles rojos, que le recuerdan el destierro por ella elegido… Sin embargo, no todo sería sombras. Anotó: “Por el amor que, alguna vez le tuve a Adán, los bebés, al octavo día, quedan librados".

No obstante, habrá que decir que aun cuando Lilith está condenada a no tener más hijos; aquellos otros, a los que no les alcanzó la maldición, aun se reproducen. Como dije: tienen apariencia de mujer.

Misterios

Solo dos breves pasajes de terceros dan cuenta de él. Sin embargo, ríos de tinta edulcorados -y otros furibundos- han dado lugar a libros y libros acerca de su vida. Los primeros escritos, a modo de cartas, se escribieron a treinta y hasta sesenta años de su muerte y su pretensión era dar a conocer lo que sus primeros apóstoles contaban de él. Siendo doce estos, había, cuando menos, doce versiones distintas de una misma historia y, sin contar aquellas que provenían de las mujeres que también le acompañaban y, de aquellos otros discípulos y amigos –que sin andar noche y día con él- tenían experiencias cercanas, trascendentes en sus vidas que merecían ser contadas, que merecían escribirse para que no se perdieran en la memoria esquiva de narrador y de aquellos otros que las escuchaban.
Es probable que Pedro narrase aquellas historias vividas con la misma vehemencia con la que había vivido con el maestro. Quizá en su memoria resaltaba aquella oportunidad, en la que el carpintero les sugirió lanzar las redes por algún lado del lago donde los mismos pescadores no lo hacían, y sacaron peces en tan grande cantidad que, sus pequeñas balsas apenas podían contener el peso; Santiago –que conocía a Jesús desde su infancia- se habría encargado de contar sus habilidades propias de la enseñanza familiar o alguna anécdota de su infancia, Mateo tendría una versión distinta: la del maestro dadivoso y compasivo, ingenioso en la administración de lo poco que tenían para comer y… así cada quien tenía su propia perspectiva de lo vivido. Y cada quien, de seguro, estaría interesado en resaltar lo que más le impresionó.
La escritura no era un asunto común entre tan desarrapados seguidores. De hecho, coinciden la mayoría de entendidos en decir que los apóstoles eran iletrados y vulgares. Mateo, el recaudador de impuestos, podría ser la excepción. Así que, las historias se trasmitían oralmente. Quizá alrededor del fuego, en medio de las noches… Mientras tanto los apóstoles envejecían y, los discípulos advertían que, escuchando a uno y escuchando a otro, las historias tenían matices distintos… quizá escuchando al mismo apóstol, se hacía posible que la historia sufriera mella por el solo hecho del trascurrir del tiempo. No es lo mismo contar una historia tan pronto ocurre, a que contarla tres años después, o a quince de su realización. Simplemente, no es lo mismo. Así que, decidieron escribirlas. A este tiempo los discípulos se habían multiplicado: se sumaban los primos, las mujeres de cada quien, las hermanas de éstas, los amigos de aquellos, aquellos otros que habían sido sanados… No solo eran, ya, artesanos y pescadores, también habría de aquellos que había estudiado la Torá con profusión, el estudiosito de la familia, alumnos de alguna escuela de fariseos o de aquellas otras que, ayudaban al entendimiento de las escrituras (y de éstas habían varias). Quizá los hijos y nietos de Nicodemo. Así se escribieron los evangelios, a la luz de la buena intención y siempre con el ánimo de ensalzar los dichos, enseñanzas y actividades de Jesús en su paso por la tierra. Eso importaba: sus enseñanzas… pero también hacer de éstas el reflejo de aquellos que los profetas “tiempo ha” anunciaban.
Pablo, aquel a quien se le ocurrió reinterpretar sus enseñanzas, hizo énfasis en aquella historia menos contada por dolorosa y, por la vergüenza que producía: sus padecimientos y su resurrección. Lo cogieron una noche, quizá superada las doce del reloj, y sus discípulos huyeron, se mandaron la mudar. Lo dejaron en “vistos” y; si no fuera porque algunas mujeres discípulas y, alguno que otro chismoso de la calle, le ayudaron en parte de sus padecimientos (ayudándole a cargar el madero, alcanzándole pocos de agua, limpiándole las heridas), quizá no habría llegado al Gólgota. Eran las escenas más duras: allí fue cuando uno de los suyos lo entregó a quienes no lo querían, los discípulos al ver la aprehensión lo abandonan: uno huye calato; Pedro, horas después, lo niega profesamente; prefieren intercambiarlo por un sedicioso, homicida y famoso en aquellos días… eran horas de vergüenza e ignominia, quizá pocos se atrevían a contar esta parte de la historia.
Es, quizá, la parte más misteriosa de la historia mundana del aquel hombre: muere asfixiado en una cruz que le desangraba y que le producía los más intensos dolores, y mientras agonizaba algunos sepulcros se abrieron y muchos santos varones volvieron a la vida, el cielo se oscureció repentinamente y hasta las cortinas del templo se rompieron… Unas mujeres, las de siempre, miraban desde lejos, un hombre notable de Arimatea se atreve a pedir su cuerpo para sepultarlo, las mismas mujeres, ahora no le preparan las comidas, sino que lo ungen con perfumes de sepultura. Tres días después, con el ánimo de renovar el rito, acuden a su sepulcro y no lo encuentran. La noticia, corrió entre ellos, los incrédulos discípulos –los más cercanos- se aproximaron y no encontraron nada, más que el sudario con el que había sido cubierto… Una mujer, María Magdalena, decía haber hablado con él en el huerto próximo a donde se ubicaba su sepulcro. Había resucitado.
De esas tantas cartas que contaban esta historia, los entendidos de los años siguientes, eligieron solo cuatro: los cuatro evangelios. Sin embargo, siendo tan notables aquellas circunstancias, extraña que solo dos escritores profanos escriban breves líneas sobre tal historia: uno para resaltar su condición de maestro y profeta escasamente notable entre los suyos (los judíos), que condenado a muerte “reaparece” en el tercer día, mientras que, el otro lo relaciona como el causante de las fechorías homicidas y circenses de un emperador romano. ¿Una vida tan espectacular –cuando menos en los días de término- mereció tan poca atención a los seculares?
La resurrección, piedra angular de la fe de los cristianos, no fue noticia en sus días, salvo para aquellos que expresamente le anunciaban sus querencias y afectos; empero, nadie duda de la historicidad de aquella vida, ahora notable. En estos días, en los de la Semana Santa, los que nos ubicamos en esta parte de la geografía terráquea celebramos esos tales misterios. Misterios arcanos e insondables.

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