miércoles, 14 de junio de 2017

Junio

Corría el último año de facultad y la preocupación era donde hacer las prácticas pre-profesionales para alcanzar prontamente el título profesional y materializar el “para que seas otro en la vida” de nuestros viejos. Había varias instituciones que ofrecían puestos para practicantes, pero no todos eran pretendidos por algunos. La pelea se concentraba entre los mejores por las instituciones que ofrecían estipendio a cambio de las horas de aprendizaje. En aquellos días, no había obligación legal de pagarlas, pero si necesidad de controlar los tiempos dedicados a esas tareas para asegurar los espacios dedicados a las clases universitarias y al estudio personal. Solo tres o cuatro eran de aquellas que permitían que a fin de mes puedas tener algunos soles en el bolsillo.

El lugar al que se pudo acceder se ubicaba frente a la plazuela que lleva por nombre el de un pintor muy reconocido. En aquellos días, las palomas anidadas en los campanarios de la iglesia, que daba cobijo a la institución receptora,  se  paseaban por la plaza muy de mañana buscando que comer. Éramos tres, llegamos y tímidamente tocamos las puertas. En la recepción, una avejentada mujer, de formas amables, casi forzadas, nos recibió ofreciéndonos ser atendidos prontamente. Luego de unos minutos, anunció: “Pasen jóvenes. En el salón del fondo, les esperan”. Se me asignó trabajar con una abogada, a quien, cuando menos, conocía de vista por ex alumna de la misma universidad. Nuestras primeras tareas fueron las de verificar que el papel estuviera listo en las impresoras, en aquellos días, de cinta, simulando ser máquinas de escribir. Más tarde se nos dio de tarea el “seguimiento de casos”, dígase ir al juzgado para verificar si se había cumplido con la notificación, si existía algún depósito judicial que cobrar, si ya se había expedido resolución para nuestros pedidos… Nuestra oficina era una de aquellas dedicadas al ejercicio del derecho en favor de las personas sin recursos, una especie de defensoría pública para personas pobres. De pobreza, en el más amplio sentido, y se prefería de decir “personas en estado de vulnerabilidad”, porque no sólo se trataba de defender a la viuda, al pobre y al huérfano conforme al significado semántico, sino que se asumía causas en las que, aún con recursos las personas se veían disminuidas por el solo hecho de pensar distinto,  de exponer sus ideas contra el gobierno de turno, lo que podía suponer acusaciones de terrorismo, defraudaciones tributarias,  incitación al desorden público.

Por esta vía nos fuimos acercando al ejercicio del poder desde donde imparte la justicia. La cosa no era fácil: el sólo acceso al expediente podía durar días, pues se perdían en los desordenados anaqueles y estantes judiciales, pero además, advertíamos que, como que lo aprendido en las aulas no era lo mismo que lo que se encontraba en ellos: en algunos expedientes, de un secretario específico, se anotaba en las declaraciones de los acusados el juramento de “decir verdad” sobre los hechos; alguna vez, el secretario llamó a la jueza para que obligue al imputado a contestar las preguntas cuando hacía ejercicio de su derecho a no declarar… Y no parecía extraño. Nuestro primer caso, estuvo relacionado con un habeas corpus en favor de un muchacho desaparecido, decían, en ejercicios militares; pero que según alguno de sus compañeros –sin decirlo a viva voz- había sido muerto por un capitán, a la llegada al cuartel, porque no quiso cumplir la orden de escupir un gargajo en el plato de un compañero.  También había quienes anunciaban que no había muerto y que estaba detenido en alguna de las celdas del centro militar, debidamente custodiado sin posibilidad de alimentos que no sea un mendrugo de pan y una vianda de agua.  Ya había pasado cinco meses, desde la última vez que fue visto vivo. Sus padres agotaron los recursos que su imaginación les permitía: hablaron con el comandante, con los capitanes, con los compañeros y no se sabía nada de su paradero. La prensa había dado cuenta hasta de las sospechas. Lamentábamos que la justicia fuera tan lerda, incluso con un habeas corpus, del que se dice es más rápido que el efecto de un par de cervezas,  y nos parecía inaudito que la jueza del caso pusiera tantos peros para programar una visita a las instalaciones del cuartel para verificar lo que se decía de la detención. Renegamos de los jueces y, era una promesa no trabajar en una institución estatal tan burocrática, tal malhadada. La justicia, nos parecía, solo era un remedo o una burda falsificación.

Seis años después, las cosas habían cambiado, las formas de gobierno de la institución encargada de la administración de justicia habían cambiado, el régimen autocrático de gobierno nacional había desaparecido, la marcha de los cuatro suyos era una historia de la que sentirse orgulloso, las levas –el reclutamiento forzoso de jóvenes- eran cosa del pasado, los movimientos cívicos tenían a punto una ley que prohibía la obligatoriedad del servicio militar, los periódicos chicha eran “periódico de ayer”, los vladivideos ya era noticia común en el internet… las cosas eran muy distintas… Ya no era practicante, me había integrado al grupo de abogados de la institución.

Era el mes de julio del año de inicio del segundo gobierno de García y, la autoridad máxima de nuestra institución, en frente de todos, se despedía, exhortando a cada quien a no desmayar en las ilusiones, a no renunciar a los anhelos personales, a no tumbarse de la escalera que nos lleve a nuestros sueños: “Los sueños personales no pueden depender de otros; menos, de aquellos que se imponen como obstáculos”, nos decía. Venía un nuevo jefe y, pedía –aunque no se entendiesen sus decisiones- se le obedezca con la libertad de los hijos de Dios. Ese mes de julio, las cosas cambiaron. Cambiaron en sentido opuesto a como habían cambiado las cosas en el país: las instituciones se había renovado, otras nuevas había aparecido –como la defensoría del pueblo por ejemplo- un nuevo modelo procesal punitivo se había instalado y progresivamente iba tomando rumbo en las distintas organizaciones territoriales. Nuevos vientos se advertían a lo lejos… En la institución, en cambio, las políticas cambiaron hacia el otro lado. El pobre, la viuda y el huérfano, nos parecía, quedaban sin significado, un significante huero, vacío. Había que salir a buscarlos en otra parte. Las cosas se hicieron laboralmente difíciles, los cooperantes cerraron sus proyectos, la vaciedad laboral llenaba los escritorios y los hostigamientos –mutuos- motivaron las salidas de los que, un par de años antes, nos despedimos del viejo de cabellos blancos.

Algunas semanas nos dedicamos a la defensa libre, mientras nuestras referencias personales fueron ofrecidas en algunas instituciones públicas, en particular aquellas con las que nos habíamos relacionado durante el tiempo anterior. Había pasado ya dos meses, casi que nos acomodábamos en el mercado de los abogados del ejercicio libre, y una voz del otro lado de la línea, nos indicó: “el Presidente desea hablar con Ud. será posible una entrevista para el día de mañana a 9.00 a.m. en su despacho”.  Le replicamos “Allí estaremos”.  Un hombre, de escasos cabellos, negros por la tintura que les acompañaba,  de bigotes, nos esperaba. Una amplia sonrisa, nos daba noticia de la nueva que nos esperaba.  Conversamos, brevemente de las motivaciones personales, del pasado inmediato, de una demanda –o de varias- laborales, de las nuevas políticas en mi antiguo centro laboral y las que él pretendía para su institución, hasta que finalmente indicó había un juzgado que no tenía juez y, era de materia penal y, se necesitaba nuevos aires en él, que se tuviera la intención de estar preparado para el nuevo modelo procesal que se pretendía en los próximos meses, de la necesidad de lidiar con los viejos cucos que, a veces no quieren irse… ¿Y cuando empiezo? –Ahora mismo, fue la respuesta.  “Umh… Déjeme pensarlo” y sonreí. Nos estrechamos la mano. A las 9.30 de ese día 14 de junio, luego de un juramento solitario, me lanzaba a nueva aventura… Hoy, nueve años después, inquieto por cuánto hay de bien procurado en el trabajo que realizamos, seguimos en ella.

Con la misma ilusión. Ahora renovada.

martes, 13 de junio de 2017

Tarea

Era un sábado, quien sabe de qué mes, quien sabe de qué año. La calle estaba desolada. De ordinario, era solitaria, pero ahora lo estaba más. La mujer tocó el timbre del edificio, y levantó la mirada para ver las volutas que adornaban el quicio de la puerta… Tanta era la soledad, que parecía no había nadie, aunque en realidad no era así. Había alguien que la esperaba. La pesada puerta se abrió con cierta lentitud, mientras dejaba ver a un hombre, de entrados años, con una sonrisa amable pero de gesto adusto. “Señora”, dijo, “su voz se oía inquieta”, mientras se apartaba para permitir el ingreso de aquella mujer. Afuera quedaban las paredes enlucidas con el color del cemento. Al frente un parquecito que empezaba a llenarse de gentes, mientras un parlante anunciaba misa de nueve de la mañana.

En el espacio de espera, parados en medio del salón, se dieron la mano a modo de saludo. “Vengo a poner mi renuncia”, le dijo sin requiebros la mujer a anciano, que parecía tener cierto don de mando y autoridad respecto de lo que le decían. El hombre la miró con sorpresa, acomodó los pocos cabellos canos con lo que cubría su calva, le empujo levemente del brazo y la invitó a ingresar al jardín interno, mientras salvaban una mampara de madera que daba hacia otro salón de pasadizo, desde donde se advertían un par de puertas, de probables oficinas. Tosió un poco y dijo, quitándole importancia a lo que le habían dicho: “Ve allí ese cuenco en la pared” Y sin dejar que contestara continuó: “Allí, siempre hay agua y también algunos granos de arroz. Esa soña que está allá ¿la ve?” dijo mientras señalaba con el índice derecho hacia un extremo del cuadrilátero por encima del muro que separaba el edificio de los vecinos, “esa soña baja, todos los días, a comer y a beber. Suele venir acompañada de pequeños gorrioncillos, con los que se pelea la comida. Siempre baja, me acompaña cuando hago mis oraciones de la mañana”. Pese a ese cuento, la mujer no perdía su cara de preocupación.

El hombre se sentó en una silla de estructura metálica y hecha de juncos de junto al rio. Algo vieja, muy limpia y con resistencia suficiente para soportar a quienes quisiera sentarse para un buen tiempo todavía. Invitó a la mujer a sentarse en otra similar, que había jalado desde el otro ángulo del jardín. Parecía que la mujer no tenía ánimos de conversar de otra cosa que no fuera aquello por lo que había pedido conferenciar. “Dígame señora. ¿Y Cuál es el motivo? Debe ser algo muy grave”. La mujer tomo la palabra y mientras discurría en argumentos, se tranquilizaba al exponerlos. El viejo las escuchaba con atención, mientras lanzaba hacia el jardín algunos arrocillos que portaba en una bolsa, que a su vez sacó del lado derecho de su guayabera… La mujer hablaba, como contándole una historia; de vez en cuando, poniendo la mano en una lado de la cara, el hombre le interrumpía para pedir alguna precisión de detalles de lo que se le decía. Un par de veces preguntó: “¿Eso ha hecho? ¿Está segura?”, concluía con un “jum”, mientras con su pie limpiaba el piso, o quizá lo acariciaba.

Casi al colofón del alegato, el hombre preguntó ¿Y cree Ud. que uno debe renunciar a sus ideales solo porque otra persona amparado en los mismos –si vale la expresión- y utilizando la misma organización, los traiciona? Tosió otra vez y prosiguió: “Señora Ud. está allí por algo. Dios quiere algo de Ud. al permitirle descubrir aquello que Ud. misma ha llamado… ¿Cómo dijo? Ah si: ‹canallada›. Haga Ud. lo que tenga que hacer para que el mal no prospere”. Se paró de su asiento, invitó con los ojos a hacer lo mismo a su interlocutora, y mientras caminaba hacia la puerta de salida de ese edificio, volvió, con voz parsimoniosa, para decirle: “No acepto su renuncia y, haga Ud. lo que deba hacer para que el Evangelio que tanto dice defender se cumpla” Y a modo de chanza le indicó: “¿No que Ud. venía de las canteras jesuíticas? Se sonrió con sorna. La mujer le refutó: “¿Parece que a Ud. no le preocupa lo que le he dicho”. El hombre puso cara de seriedad, y refutó con amabilidad: “Es grave, muy grave y me preocupa. Pero me preocupa más que Ud. quiera renunciar justamente para evitar hacerle frente a aquello que denuncia”. Le sonrió otra vez, le dio la mano, sobre las escaleras que dan a la calle, y le amonestó con severo cariño: “¿Que sería de Ud. si este hombre –le dijo mientras le mostraba un crucifijo que portaba sobre el pecho- hubiera decidido no hacer lo que hizo?” La mujer que había descargado su malestar, que pretendía evitarse otros mayores, que por la exposición de los hechos se había tranquilizado; ahora estaba más intranquila que antes, pero era una intranquilidad distinta: le habían mandado no renunciar a hacer el bien y, desorientada, volvió sobre sus pasos, se metió en la iglesia vecina y pidió al “Dueño de la mies” le ilumine.

Tres días después, cuando el sol ya se escondía, otra persona se sentaba con el mismo anciano. Éste le pidió le acompañara a rezar “vísperas”, le dio algunas indicaciones de cómo usar el salterio y al término del mismo, se veía obligado a confesar sus fechorías. Con ánimo de atenuación de sus propias culpas reconocía “no haber sido diligente” con el uso de los dineros para pagos de planillas, con los dineros propios de las actividades de la oficina y, ponía en manos de la máxima dirección, su renuncia. Le fue aceptada en el acto. Los dineros apropiados le fueron descontados de su liquidación de beneficios sociales.

Para evitar una denuncia penal, hasta olvidó que debía reclamar su constancia laboral. La tengo a la vista, y por ella, me evoca la memoria.

lunes, 13 de marzo de 2017

Aguas vienen

Piura está en emergencia. Las lluvias le están dando de alma. No la dejan respirar: todavía no termina de secarse el suelo y otro aguacero que le arrecia. Se han caído casas, sistemas eléctricos, el agua del río se ha metido por los desagües y ha terminado en medio de la ciudad… Ni los algarrobos han soportado tanto… en lo que va de los últimos cinco días, en la zona urbana se han caído, cuando menos quince y han causado dos muertes. Las redes sociales, que lo saben todo, nos anuncian “aniegos” en distintas zonas de la ciudad, de muros de contención próximos a romperse y de profecías que anuncian la muerte de los dirigentes de la ciudad, luego de enrostrarles la calamidad vivida.

No recuerdo que nadie haya anunciado este periodo lluvioso. Ninguna empresa meteorológica, ninguna universidad, ningún agorero huancabambino, la pudieron advertir. De hecho, a diciembre –hace tres meses- pedíamos a los apus de los cerros, a los espíritus del agua, al divino creador que nos enviara la lluvia y hasta se dedicaron ceremonias religiosas con ese propósito. En la parte baja del río, muchos agricultores perdieron sus cosechas y la policía se vio obligada a resguarda la poca agua que había en los canales para evitar que sea destinada a los sembríos de arroz u otros distintos del consumo humano directo. Unas semanas después el agua nos desborda. Y a diferencia de nuestra expectativa frente a la crisis hídrica de hace unas semanas, ahora estamos profundamente indignados. Las autoridades no han hecho nada desde el último fenómeno lluvioso porque la ciudad se volvió a inundar y reclamamos iracundos por los dineros que el año pasado se destinaron a obras de prevención.

¿Qué sentido tiene nuestra indignación? Nuestra conmiseración para con el caído es muestra de solidaridad. Bien por aquellos que, sacando de sus bolsillos ayudan a los que tienen menos o se han quedado sin nada, a los que cogieron una palana y se fueron río abajo para ayudar a sus vecinos llenando sacos de arena para enfrentarse al río loco, a los que dejaron de dormir por evitar, en medio de la lluvia que, las escorrentías no dañen las propiedades, públicas o privadas. Estamos en obligación de ayudar, solo por el hecho de pertenecer al género humano. Empero, nuestra indignación solo es muestra de hipocresía colectiva “¿Dónde están nuestras autoridades que solo sirven para robar?”, es una de las más repetidas expresiones de las redes sociales.

Pareciera que hubiéramos vivido ausentes durante el tiempo trascurrido entre uno y otro periodo lluvioso. Como si no hubiésemos elegido a las autoridades que tenemos, como si ésta tuviera la obligación de “rehacer” la ciudad, porque los anteriores la hicieron mal. La necesidad de tener un sistema de drenaje pluvial es de continuo pero solo nos acordamos de exigirla cuando el agua la tenemos en el cuello… Y esa es la hipocresía… creer, o pretender creer, que en Piura, luego de la lluvia nunca más volverá a llover y, los techos de nuestras casas para el siguiente año, se encontrarán como los dejamos la última vez. Y tal como así quedaron nuestros techos, así nuestra ciudad. Nos contentamos con que se resanen las pistas, pero no decimos nada respecto de los sistemas de evacuación de aguas. De hecho, el año pasado –para los que cruzamos los puentes todos los días- se pudo advertir que maquinarias elevaban “muros de tierra” para la contención en las orillas del rio y, a nadie le pareció extraño. Y así, se repitió la misma tarea en distintas quebradas de la jurisdicción; en algunos casos se realizaron empedrados pero que luego se debilitaron porque nosotros mismos, los piuranos, nos encargamos de llevarnoslas solo pensando en nuestro provecho personal. A muy pocos probablemente, se les ocurrió cuestionar dichas obras y, nadie dijo nada de cómo proteger los muros de las instituciones públicas, de los colegios, de los centros de salud, de las iglesias (porque también se construyen con dineros de El Estado), de las instituciones educativas; aunque de hecho, cada año, a éstas se le otorga dineros para su refacción que son administrados por la dirección del centro educativo y los padres de familia del mismo. (Todos los años, se tramitan procesos penales por mala administración de esos recursos).

Desde que Juan de Cadalzo, en 1588, fundara por cuarta vez esta ciudad, han trascurrido más de cuatrocientos años y, durante este tiempo, dicen Anne-Marie Hocquenghem y Luc Ortlieb en “Eventos el niño y lluvias anormales en la costa del Perú: siglos XVI-XIX”, se han realizado más de sesenta fenómenos lluviosos de intensidad que han merecido registro historiográfico y, en muchos de ellos, como ahora, los efectos han sido igual de calamitosos. De hecho, hacia 1728 el rio veleidoso se desbordó y se llevó parte de lo ahora es el Palacio Arzobispal en la calle Libertad y, en 1791 el desborde encontró desprevenidos a los curiosos que se encontraban sobre los muros de contención y varios murieron salvándose buen número de mujeres gracias al diseño de sus faldellines. Es interesante advertir, del Plano de la Ciudad de Piura de Martínez Compañón (siglo XVIII), que el espacio de la casa arzobispal colindaba con el rio mismo, lo que evidencia que hemos sido gravemente negligentes al asentarnos sobre lo que en otros tiempos era el lecho del rio y, ello expone que seguimos siéndolo pues, ahora mismo, padecemos las consecuencias de no mirar las experiencias del pasado… de no aprender de lo vivido.

Si el nivel del agua que corre por el cauce es más alto que la ciudad misma, ¿Cómo pretender que por algún lugar no se rompan los diques y el agua ingrese a la ciudad? No nos queda más que poner el pecho y enfrentarnos a la acumulada desidia nuestra de cada día y soportar con tesón lo que aún quedan de lluvias por caer. No tiremos piedras en el tejado de la autoridad administrativa, pongámoslas en los cauces de las aguas para que éstas no nos agrieten lo poco que nos queda de piuranidad.

Aguas vienen.

lunes, 2 de enero de 2017

Chilalo

Esa tarde la conversación versaba sobre los nidos de los pájaros, en particular de uno que estaba muy cerca de donde nos sentabamos. La formación del mismo es peculiar: todo hecho de arcilla y; contaban las dos mujeres mayores que nos acompañaban, que por dentro, el nido tiene un par de habitaciones, con la puerta alta para que las crías no se caigan del hogar pajaril. Los piuranos sí que sabemos de qué se trata: es la casa de los chilalos, esos pajaritos, relojes de la naturaleza, que con su canto señalan las horas de inicio y de término del día y, además, por su comportamiento se exponen como indicador certero de las lluvias veraniegas.

La mayor de las mujeres refirió el nombre de los citados pajarillos como el sobrenombre de una persona, de la que ella recordaba desde su inicial chiquititud, identificándolo como un médico naturista que vivía en las montañas. “Bueno”, le dijo a la otra, “probablemente no habías nacido, pero en aquella vez, yo tendría quizá seis años, ese médico le dio una receta muy simple a mi papi y con eso se curó. Ya tenía varios días en cama, muy malito, pero el señor, al que le decían “El chilalo”, le recomendó a mi mamá le hiciera un tecito que debía tomar dos veces por día y, en tres días consecutivos. Le dio unas ramitas –quien sabe de qué planta- que debía repartirlo en medidas iguales para cada toma, y le mandó que lo endulzara con azúcar blanca –y solo con azúcar blanca- y para disolverla tenía que darle vueltas con otra ramita que el mismo señor le entregó. Dos días después mi papi, ya estaba trabajando”.

Mientras comíamos nuestro primer almuerzo del primer día año que motivaba nuestra reunión, aletargado por el calor y, desubicado en el tiempo, se me ocurrió sugerir que el autor del seudónimo podría haber sido mi tio Emilio, uno de los más palomillas que conozco, pero no… “No. Para esos tiempos ni Emilio ni los que le sigue estaban, no habían nacido…”, sentenció la mayor. La otra replicó: “Yo no lo conocí , pero si sabía que algunas veces, mi papá fue a consultarle cosas cuando ya vivía en Lobitos… luego de vivir en El Cardo, se fue a Lobitos… allí le perdimos el rastro, pero nunca lo conocí” Y continúo contando de aquella vez en que ese hombre, que visitaba –guiado por el destino o por el Dios mismo- a una familia, encontró a una mujer con una hemorragia, que no tenía cuando detenerse… el hombre luego de escuchar los síntomas, y auscultar a la enferma pidió que le trajeran botellas de vino, vacías. Desacostumbrados a fiestas en aquel lugar, el mismo médico indicó que en la casa de “fulano”, una que se encontraba a casi una hora de camino, a mula, allí se había realizado una fiesta dos o tres días antes. Pidió que le llevaran todas las botellas que encontraran. Cumplida la tarea, el hombre, con la ayuda de los hijos de la mujer, empezó a raspar con la punta del cuchillo –y lo mismo harían su ocasionales ayudantes- los restos resecos de vino que se encontraban en las comisuras de boca de la botella y, lo mismo en las esquinas del fondo de la botella, aunque ahora utilizaría –para alcanzar el mismo- algún alambre, probablemente, aquellos que se utilizan en el campo para colgar la carne, enderezados para la finalidad. Al enjuague de esas botellas, le echó las raspaduras de los picos y, le dio a beber a la mujer: “En nombre de Dios, mujer. Esto será suficiente”. La mujer, contaba nuestra narradora, le hacía ascos a la bebida –probablemente por la agriedad o quizá porque había visto de donde provenía-, pero aquel insistió: “Vamos mujer, es de los sabores más feos, pero ten fe, aquí se acaba tu mal”. Unas horas después, la hemorragia había cesado.

El hombre a quien le decía “El chilalo”, no era uno cualquiera. Tampoco era médico. Era un vidente, un hombre particular. Los descreídos le llamarían “brujo”, los “estudiaus” preferirían nombrarlo “chamán”, pero para mi abuelo era un “curioso” y tenía un don particular: en sus sueños podía “ver cosas”. Contaba mi abuelo, el padre de aquellas dos a las que ahora escuchaba, que en una ocasión, un par de criaturas del señor, varón y mujer, se disponían a acudir a un velorio, pero entre que se aseaban y cambiaban de ropas, a la mujer se le antojó tener relaciones… se acercó por detrás y acarició a su marido, tomando con sus manos el objeto de sus deseos; empero, el marido más pensaba en que el difunto al que debían acompañar, probablemente, a ese tiempo, ya se encontraba de camino de su última morada, por lo que en sus pensamientos era necesario estar allí, “antes de que se pierda bajo la tierra”. Con el ánimo de entender el apuro, la mujer con algo de vergüenza se retiró para continuar con su propio cuidado; pero la vergüenza fue tanta que le empezaron unos dolores abdominales… bastante fuertes, parecidos a los de un chucaque.

“¿Tanto va a ser?”, dijo el descreído marido, mientras, minutos después, le alcanzaba una tacita de agüita de orégano a la sufriente… Luego de unos minutos, la mujer, sometida aún a los dolores, le decía al culpable de los mismos: “Que te hubiera costado, si ni se desgasta… se me viene la criatura”, mientras con una mano sobaba su abultado abdomen que mostraba un embarazo de probablemente cinco meses. Con la otra mano, intentaba sostenerlo desde la parte más baja… El Chilalo, aquel señor del que hablamos, en la “lejura” atravesaba el camino real y, fue advertido por una de las cuñadas del inmisericordioso y, con un sombrero le hacía indicaciones de aproximarse. Consultado este, mientras acomodaba a la adolorida mujer en su propia cama, sacó del lugar al marido, para que le diera su versión de los hechos… con ambas explicaciones, el citado, anunció: “Uno dispone, pero el dueño nuestras voluntades, tiene mejores designios para nosotros. Ninguno de los que estamos aquí llegará al entierro… Así que me echaré una cabeceadita”. Lo decía mientras abría una hamaca en la que se disponía a dormir. Cerró sus ojos… y en los interiores de la casa se escuchaban los gemidos de la adolorida mujer, que aún con todo, mantenía la atribución de culpabilidad en su marido… 

No habían pasado ni quince minutos y, hombre despertó… bostezaba. Salió de la casa y miraba, desde cierta distancia, el tejado de la misma. Miró entre los chiquillos curiosos del lugar y, escogió al más esmirriado. No tendría ni los doce cumplidos, lo subió a sus hombros y, le pidió que se trepara en el techo. Desde abajo, le preguntó ¿Qué hay en el techo? El chiquillo desconcertado, le dijo que no había nada. “¡Ay muchacho…” se aproximó, y con una vara de overal golpeó filo de una canaleta. “¿Qué hay aquí? Mira bien”, el chiquillo caminó tembloroso y recorrió con los ojos toda la onda y, le dijo: “Hay un poquito de agua de la lluvia de anoche”. Un momento después le alcanza un jarro de aluminio y una cuchara y le ordenaba “recoge toda la que puedas, no importa si tiene tierra”. 

Unos minutos después, el hombre le daba de beber de esa agüita, reposada, a la mujer de los dolores, reprochándole cariñosamente: “que tus antojos no sea tantos que pongan en riesgo a tu criatura. Nacerá… adelantadito, pero nacerá bien”, le decía a modo de despedida. Mientras montaba en su mula, le decía al agradecido marido, “En la noche paso por aquí para irnos a acompañar un rato a los deudos. Buenas tardes”. Decía mi abuelo, que mientras se alejaba, “se sonreía”. 

Unas semanas después, el mismo Manuel Hidalgo, verdadero nombre del apodado Chilalo, ayudaba a la mujer a bien parir. Las mujeres del almuerzo no recuerdan el segundo apellido… Si alguien sabe más de él, gustoso recibiré la información. Sus últimos recuerdos, afirman, es que se fue a vivir a Lobitos.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Condenado

Lo procesaban por varios delitos. Entre otros, por falsificación de documentos.  Era el momento de los alegatos finales y, su abogado defensor mantenía la posición de inocencia, basado en… una doctrina similar a aquella teologal que sostiene que la determinación del sexo de los ángeles viene definido por la proporcional combinación de helio e hidrógeno de que están hechos. El asunto era que, sobre el acusado pesaba la imputación de haber elaborado y utilizado una resolución judicial con sellos y nombres de funcionarios jurisdiccionales inexistentes, haber adulterado un título de propiedad predial, que supuestamente lo había emitido la municipalidad provincial del sector y, finalmente, haber falseado un documento de registros públicos en el que, se indicaba que el predio xyz, dejaba de ser un bien en copropiedad –con quien había sido su conviviente hasta hacía unos meses- para convertirse en una propiedad individual, en su favor personal… evidentemente.

El hombre, en su declaración porfiaba –convencido hasta los tuétanos- de que un par de hombres habían llegado a su casa en Chulucanas, provenientes de Lima, llevándole dichos documentos, los cuales habían tramitado a su solicitud, luego de que en una oportunidad, le fueran presentados por el Presidente de la Corte Superior de Piura, cuando circunstancialmente pudo hablar con éste, quejándose de lo mal que lo estaba tratando la justicia chulucanenses. El asunto es que hacía referencia a que había conversado con esos dos abogados, había convenido en pagarles cincuenta soles por sus servicios (en cada vez que conversaran) y, que desconocía sus nombres, recordando tan solo que tenían un fotocheck en el que aparecía el título “Ministerio de Justicia, Lima”. Por lo demás, en juicio, el Ministerio Público había presentado tres pericias distintas, que señalaban que los documentos eran fraguados, un informe de la misma Administración General de la Corte de Piura en la que se indicaba que los funcionarios que firmaban la resolución judicial no aparecían en los padrones de trabajadores de dicho Poder del Estado. También, la Municipalidad Provincial de Chulucanas alcanzó en el proceso, el original del título de propiedad predial y el expediente con el que Cofopri realizó dicho saneamiento. La Sunarp, por su lado descartaba la autoría del documento que se le achacaba con la sola evidencia de la burda falsificación: el logo no correspondía a la institución, el lenguaje utilizado era vulgar y poblano y, la impresión  y fecha no correspondía a las máquinas de la época en que supuestamente se había expedido el documento.

En otras palabras: la condena caía de madura. No obstante, el abogado en sus alegatos mantenía la posición de inocencia, alegando que su patrocinado había sido engañado por dos desconocidos. Siguiendo el mismo tenor, el imputado, en su defensa final, argumentó: “Soy inocente señor. Los dos abogados se han aprovechado de mi ignorancia y se han enriquecido con mi dinero, pido que se haga una investigación exhaustiva, para que me devuelvan los ciento cincuenta soles que les pague… y también la cajita de mangos que me pidieron en la segunda oportunidad”. En ese momento, el juez confirmó que la sentencia no sólo debía ser condenatoria sino también efectiva.

No nos alcanza la memoria para el nombre del bendito señor, pero sonaba a una cosa como “Huigenstein”, al menos, eso si nos parece ahora mismo. Y con parsimoniosa solemnidad, se le leyó: “...Y se le condena a tres años de pena privativa de libertad, que debe ejecutarse desde esta fecha en el penal de Río Seco”. Mientras el secretario leía, la cara del abogado palidecía y el imputado le cogía el brazo con el ánimo de acercársele y hacerle alguna pregunta. Sólo se oyó de boca del defensor: “Te vas preso, primo”. Y en ese instante, el hombre se fue desvaneciendo de a poquitos… le temblaba un brazo, luego el otro y, expedía gemidos guturales, mientras que su cuerpo se chorreaba desde la silla en la que estaba sentado. El juez, muerto de miedo, (era la primera vez que le ocurría una cosa así, en sus cortos cuatro meses en función), llamó urgentemente al médico legista y, este se presentó en menos de diez minutos. Durante ese periodo, el hombre desmayado fue bajado desde el segundo piso por una angosta escalera por uno de los secretarios, el abogado defensor y el propio juez. La mujer del acusado, gimoteaba, maldecía, pedía inmediatez para la atención médica.

El médico -con su paciente en el suelo- le puso el estetoscopio en el pecho y escuchaba con atención, levantó forzosamente el párpado y reviso las pupilas, le tomó la temperatura y verificó el pulso en varias partes del cuerpo… Pidió que le explicaran que había pasado. Sonrió con preocupación. Luego anunció, dirigiéndose al juez: “Señor juez, el señor está bien, sus signos vitales son normales, los latidos, la presión… todo está bien…” Se agachó sobre el cuerpo y puso su oído sobre su nariz –supongo con el ánimo de oír su respiración-, le masajeo los brazos y, luego por ambos lados del tórax le pellizcó con fuerza, para verificar su reacción.  El hombre mantenía los ojos cerrados y el sonido gutural de su garganta… “No entiendo por qué no despierta. Llevémoslo al hospital”, dijo, e hizo una llamada… “No hay camas, pero es un asunto de emergencia…” sentenció. “Alcánceme mi maletín”, le pidió a uno de los curiosos y con cierto apuro, desalojó la sala, quedándose cuatro o cinco personas, entre el juez, el secretario y el abogado defensor.  El vigilante tuvo que sacar  a rastras a la compañera del desmayado. “Tendremos que cortar la vena aorta a la altura del corazón, para ver qué pasa…  Así, que tenemos que abrirle el corazón. Les ruego, le cojan los brazos y las piernas con fuerza. No tenemos de otra. No hay camas en el hospital... Lo lamento, pero sus camisas se van a manchar de sangre”.

“A la voz de tres, empezamos”, díjo. Todavía no decía “dos”, y el hombre “despertó” azorado y pegó un brinco: “Señor juez no quiero ir preso, por favor… tampoco quiero que me corten el corazón… Por favor... hágalo por mis hijitos”.

Esa mañana no hubo más audiencias. Había necesidad de llevar al sentenciado al penal de Rio Seco, no sea que se muriera de verdad.

martes, 27 de diciembre de 2016

Fugitivo

“¿Cuáles son tus sueños?” Apenas caminaba el viejo y, mientras en una bandeja de aluminio ponía un poco de yucas de monte, con la que pretendía darle de comer a su burro, lanzó esa pregunta al aire: “¿Qué quieres hacer de tu vida?"

Era un hombre de campo y conocía mucho de la vida. Prontamente, quizá a los diez, quedó huérfano de madre y, a duras penas aprendió a leer y a escribir. Contaba que la maestra lo castigaba sin razón: lo obligaba a entrelazar los pies por entre los tabiques travezaños de las patas de la silla, manteniéndolo incomodo por largos tiempos dentro de la jornada estudiantil.  No se trataba de una escuela oficial, sino que, aquella se ganaba algunos reales enseñando lo poco que sabía a los varios muchachitos del lugar. Apenas duró unas pocas semanas en el tormento, pero le fue suficiente, incluso para las operaciones básicas.  Luego de algún tiempo, advirtió que el resquemor se debía a cuestiones de amores de adultos, en los que, a pesar de ser ajeno, le tocó pagar con sus propios dolores. Y de dolores y alegrías había tejido su vida. Su vejez, aunque dura, le permitía felicidad. Ahora, preocupación.

Esa mañana advirtió, con seguridad, que alguien había dormido en “la bodega”. En realidad, el día anterior, el hallazgo de una colilla de cigarro, le hizo parecer que "alguien" había estado allí, pero no le tomó asunto. Ahora, tenía la certeza de que los aperos de sus burros habían sido movidos. Un rastro, de entrada y salida, lo conducían hacia la quebrada. Revisó las cosas de mayor valor, pero todo estaba en orden. Las huellas no le parecían conocidas… Oteó el monte, aperó su burro mohíno y se fue siguiendo el rastro. Mientras su mirada recorría el suelo en busca de otros indicios, pensaba ¿Porque los perros no han ladrado? ¡Ni las pavas han hecho alboroto! Las huellas se perdían en la gruesa arena de la quebrada, pero indicaban que el hombre venía desde el centro poblado vecino. A su regreso, cortó un par de puntales de algarrobo, que los dejó en la puerta del corral de cabras. Al muchachito que salió a su encuentro  para pregonarle el desayuno, les anunció: “Esta tarde cambiamos los palos de la reja grande. Tú haces los huecos y yo me encargo de encuadrar la puerta”. 

“Buenos días mujer” dijo, mientras se sacaba el sombrero y se sentaba en esa silla oscura que le daba espacio junto a la ventana de la cocina. El sol le daba en un lado de cuerpo y, su café con leche, todavía tibio, estaba listo para ser endulzado. Cogió una cucharita y, desde una azucarera, de plástico rojo, sacó dos medidas de azúcar, y las puso en su pocillo. Le dio vuelta al líquido y luego le dio un sorbo: “Que rico, carajo”. "¿De donde vienes?", preguntó la avejentada mujer. No quiso dar detalles y, se remitió al hecho de la necesidad de cambiar el par de puntales que daban sostén a la reja del corralón, y así como quien no quiere la cosa, le retrucó en modo de pregunta: “La noche ha estado tranquila mujer… ¿los perros no han ladrado, verdad?”. Sin mayores aspavientos, la mujer refirió: “me he quedado en vela, no he podido dormir… No ha habido nada extraño”. Minutos más tarde, luego de dar de beber a las cabras, se alejaba por el camino de la quebrada…. Su silbido, fuuiiiiiiii-fuiuuuuu, se perdía en la distancia.

La soledad de campo, su solitario quehacer, el silencio que se acurruca debajo de los arboles no le impedían pensar en su desconocido inquilino nocturno. Había pasado el medio día y, mientras en los arenales de la playa escarbaba en busca de yucas de monte para el alimento vespertino de sus cuadrúpedos, sus pensamientos bullían en medio de posibles respuestas. Luego de un rato, del lado derecho de la alforja sacó un pequeño cuaderno y se sentó debajo de  un overal. Allí tenía anotadas las fechas de las últimas pariciones, los pesos y precios de las cabras de beneficio vendidas en los últimos meses, las deudas pendientes, -de cobrar o de pagar-, algunas de aquellas cosas que anotaba para no olvidarlas y que aún no tenían fecha de realización. En una página media del cuaderno, había dibujado las marcas del rastro que esa mañana había seguido. Miró el garabato buscando una explicación. Era una conformación de rombos, en cuya parte central se dibujaba un círculo partido por la mitad… eran zapatillas. Incluso con una pita, -la que solía andar en uno de sus bolsillos- le había tomado la medida a la huella misma y a la distancia entre una y otra: era quizá un hombre mozo, muchachón probablemente. Hecho que dedujo del largo tranco que evidenciaba su caminar, además de su altura, que debía superar el metro setenta, por la medida de su zapato.  ¿Quién puede ser este cristiano? Solo ha dormido y quizá fumó un cigarro, por el pucho que encontró, otra vez, muy cerca del corral de cabras. Un calendario de bolsillo se le había quedado olvidado, o a lo mejor se le cayó, al esquivo y fugaz inquilino. Se anotaba, en letras grandes “Juguería Mi Juanita” y, en otras más pequeñas: “Ofrece a su distinguida clientela jugos, sanguches y aperitivos” Remataba: “Los esperamos en nuestro puesto Nro 16-B, Mercado Modelo, Talara. Feliz año 1984”. El Chifón, ni siquiera se ha inmutado. No ha ladrado… El perro, muy cerca de él, presintiendo sus pensamientos, acariciaba su pelaje rozándose con la espalda a su dueño, y golpeaba con su cola el brazo derecho de éste, en busca de un cariño. “Carajo, perro… si pudieras hablar… ¿Quién es?” Le preguntó al animal, como si éste pudiera responderle.

Empezaba a atardecer. No tenía nombres, ni siquiera un sospechoso. Hizo recuento de los suyos, de sus hijos, de sus nietos, de los amigos de sus nietos, de los que vivían cerca de él, de sus vecinos, pero ninguno “era aparente” para la posible descripción alcanzada. Luego de advertir que el sujeto conocía bien el lugar, puesto que había ingresado a la bodega directamente, sin mayores búsquedas de posibles espacios donde dormir, varias preguntas le asaltaban. Lo que mejor podía deducir fue que era un fugitivo, puesto que ningún “buen cristiano” llega muy de noche y se va de madrugada, sin siquiera saludar a los dueños de casa.  ¿A que le teme? ¿Por qué huye? ¿No será que ha matado a alguien y la policía los busca? ¿Será que necesita de nuestra ayuda?

“Nadie está libre de nada”, se decía para sí, mientras desaperaba a su bestia. “Ni de cometer pecado ni de delito alguno… Nadie”. Si aquel -su inquilino furtivo- era todavía mozo, tendría oportunidades mejores que alcanzar, pero correspondía a su propia libertad elegir las adecuadas, acompañado de una mano que le guíe. “Las puertas siempre están abiertas”, siempre que se responda a las preguntas convenientes: “¿Cuáles son tus sueños? ¿Qué quieres hacer de tu vida?”. Para una respuesta firme, era necesario, tenerlo a cara a cara y escudriñar su voluntad. De esa noche no pasaría.  

Importaba  no solo su nombre, importaba también la oportunidad.


martes, 1 de noviembre de 2016

Cadenas

"Solo veré llamas en mi vida sempiterna… solo llamas!" La angustia le desbordaba el alma. Caminaba sin ton ni son por los jardines del psiquiátrico… “Solo el infierno merezco. El demonio será mi compañía. El infierno está desierto”. Caminaba sin ton ni son.

Julio, educado por su abuela, una beata de mantilla dominical como pocas quedan ya, padecía una enfermedad mental adquirida en los pocos años vividos. Apenas llegaba al par de docenas de años. La estricta rigidez de su formación contribuía gravemente a su estado. Su abuela le contaba, a la hora de dormir, aquellas historias de mártires y victimas que padeciendo los más inenarrables dolores en sus carnes, preferían éstos a que los padecimientos eternos en una caldera de inmundicias ahogándose en un dantesco infierno. Su alma valía más que las pesadillas que nunca denunció como consecuencia de tantas horrendas historias de supuestos martirios en nombre de la sangre de su sacratísimo Redentor.

Entre esos cuentos y las tareas escolares se hallaban las clases de música. Su abuela juraba que un día su nieto cantaría, a una sola voz, en el coro de la Catedral de la ciudad… que sería llamado para edulcorar las pompas sacramentales de los matrimonios de los hijos de las familias notables de la región. Esperaba la mujer que, por la gracia de la voz de su nieto, ofrendado desde la pila bautismal al Señor de los Milagros, ella ganaría indulgencias suficientes para ingresar al reino celestial, pero mientras que su vida dure en este valle de lágrimas, le habría de permitir relacionarse con aquellas gentes a las que miraba con envidia por su posición social, pero sobre todo, en mérito a su condición económica, que les había permitido –a aquellos- viajar por donde mejor les placía, mientras ella, sin merecerlo, sufría penurias derivadas de pronta viudedad. Por esos malos pensamientos, cada día flagelaba su cuerpo con muy poca comida y, lo castigaba por las noches imponiéndose baños de agua helada, con los que además, apagaba los calores de su todavía formada silueta, a la que le negaba los placeres de la sensibilidad.

Ese sábado, Julio –como en las oportunidades anteriores- llegó muy temprano a la iglesia. Sólo un par de mujeres rezaban en la primera banca. Otras gentes, entre sacristanes y acólitos caminaban por los pasillos de la nave principal llevando y trayendo ornamentos y vestiduras sagradas. Lo hacían sin mayor reparo, salvo el del mismo Julio, que le parecían actitudes de poco respeto a lo que dichos ojetos representaban. Prontamente sus pensamientos se despreocuparon de las tareas ajenas. En su pequeño breviario de oraciones púsole atención a una frase sacada del Eclesiastés: “Y apliqué mi corazón a conocer la sabiduría y a conocer la locura y la insensatez; me di cuenta de que esto también es correr tras el viento. Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor”. Y prefirió no saber que significaba justamente para evitarse aflicciones desconocidas… era mejor no saber.

Su abuela había dibujado en el alma del muchacho un rigorismo de conciencia, logrado a partir de los padecimientos de quienes traicionaban la fe. De hecho, el primero de los condenados y el más atormentado de todos era Judas, ese que comió y bebió con Jesús, que prefirió el gozo alcanzado por 30 monedas a que la gracia de las palabras del Maestro que bien podían permitir solaz tranquilidad; la del ladrón malo; pero por sobre ellos, la de aquellos que pudiendo alcanzar la amistad con Cristo, prefirieron confiar en su conocimiento. Lutero, Nietzche, Marx, Enrique VIII, eran los nombres de quienes ya se sabía su condena… Eran la encarnación de los enemigos de cristiano: mundo, demonio y carne.

En busca de un alivio a sus atormentados pensamientos, Julio se fijó en un pequeño fajo de cuartillas que se escondían en la pequeña esquina de su asiento. Cogió una de ellas y leyó: “Profecía de Fátima” y, a continuación se anuncia un extraño suceso: “Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” Le dio mucho miedo y, prefirió no seguir leyendo, justamente para el dolor que produce el conocimiento. No obstante, sus ojos se fijaron en unas letras en negrita de la parte final, en la que se ordenaba rezar cinco rosarios cada día por un lapso de quince días, además de imprimir quinientas copias del manuscrito y dejarlo en espacios públicos para el compromiso de los demás.

"¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!" Eran las palabras que su abuela le repetía cada que le quitaba el postre a mitad de su disfrute. “Veo que lo gozas sin reparo. Es hora de ofrecer este pequeño sacrificio por las benditas almas de purgatorio” le decía mientras que lanzaba al tacho de basura lo que aún quedaba por comer y, luego de ello le llenaba el alma de oraciones. Y mientras las rezaba, pensaba en aquella otra que sin ser tan grave, igual le martirizaba: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte”. Prefería que su abuela no se entere que intentaba no temerle al infierno y que prefería dibujarse a sí mismo un dios capaz de conmiserarse con la humanidad, un dios que tenga capacidad de juzgar los actos de los hombres, amándolos antes a ellos. Un dios amante a que justiciero.

El incumplimiento del rezo de los misterios del rosario cada día y la desatención a la escondida contribución a la cadena oracional anunciaba graves desgracias como las ocurridas al presidente del Brasil que al descuidarlo tuvo que, días después, padecer la muerte de su hijo o la de aquella mujer que por no cumplir con el encargo murió ahogándose en su propia sangre en un accidente de tránsito o, la de un tal Ezequiel Cortes que por considerarlo una broma perdió su trabajo y su casa a los trece días de la inobservancia del mandamiento.

Le parecía absurda la tarea y, a lo mucho le dedicaría las oraciones del rosario, pero también le daba miedo se cumplieran las amenazas. Nunca realizó las impresiones porque le avergonzaba la idea de que lo vieran en tan impertinente labor, pero su alma, escrupulosa en demasía, le generó una psicosis con delirio religioso en el que de ordinario su desestructurado pensamiento le hacía visionar escenas celestiales en las que se encontraba ausente o, de aquellas otras de total y constante sufrimiento en una hoguera alimentada por cuartillas de papel en las que se anunciaba una cadena oracional. Siempre, siempre, siempre, terminaba, perdiéndose entre el fuego, las palabras ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!

Los médicos anuncian una muy lenta recuperación puesto que, advierten, las medicinas no podrán hacer en poco tiempo lo que el rigorismo realizó en casi dos décadas de existencia… Ya ha ganado peso y, come algo más que el par de papitas sancochadas a las que se había acostumbrado su penitente estómago.

A veces pienso que Julio se perdió de místico. En realidad solo estaba loco.


Recomendamos Herejía



Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...