sábado, 18 de julio de 2015

Preso

Apenas unos rayos de luna atravesaban la floresta del macupillo. Era el escondite perfecto y, perfecta eternidad era los diez minutos primeros de las diez de la noche, en que ambos se encontraban. El macupillo era el escondite de los hijos de ella, de los hijos y de los amiguitos de sus hijos. Entre sus ramas había baldes, tapas de ollas, carritos de madera y otras chucherías infantiles… Ese mundo se apagaba a las cinco de la tarde. Los niños volvían a sus casas a las tareas domésticas y escolares. Florecía nuevamente, cada miércoles después de la  hora 22, en medio de la obscuridad, por a través del cri-cri de los grillos y del chirrido de otros insectos nocturnos… Estos no existían en la hora de los amantes.

“Abrázame apasionadamente con tus brazos fuertes” le dijo la mujer a su mudo acompañante. El hombre, casi de rodillas, en la misma posición en que ella estaba, cogió su cuello con ambas manos y la besó delicadamente. Y mientras un beso húmedo recorría su garganta, le susurró: “Un día de estos, te vendrás conmigo”. Ella no contestó, cogió su mano y con el brazo de su amante rodeo su propia cintura, invitándolo a aprisionarla. Casi como un lamento calladamente anunció: “siempre seré tu prisionera”. El sonrió. Solo confirmó lo que sabía.

Un par de hombres pasaban cerca de allí. Uno de ellos, con oído de tísico, oyó los requiebres y paró en seco su andar. El otro imitó su actuar. Se acercó sigiloso y alumbró con su linterna la cara de los amantes cuasi desnudos. “Le diré a tu marido, Maruja”, amenazó y siguió su camino. Ella reconoció la voz, pero no dijo nada. Se puso su ropa y regresó a su casa. El vecino que le acompañaba, solo sonrió y pensó con el corazón: “Ahora viene mi venganza… Ella se encargará de todo. Te arrepentirás de haber metido tu linterna donde no debías”. Se despidieron bastante preocupados y, mientras un beso con mordida alcanzaba la comisura de los labios de la mujer, solo le dijo: “Será mejor no vernos por un tiempo”. Ella replicó: “Si. Es lo mejor”.

La mujer cubrió los cuerpos dormidos de sus hijos y se echó junto a su marido… le dio un beso de buenas noches y, mientras se acurrucaba rumiaba como evitarse el problemón. Dos minutos después, salía de su cama. Un ruido extraño en el corral le preocupó… “Espera Toño, creo que la puerta de corral de las palomas se ha quedado abierta… no sea que el gato haga daño”. Salió de la habitación y, media hora después regresó llorosa, agitada, con las ropas medio arrancadas… “Toñooo… donde has estado…” El hombre medio adormitado… se le levantó y al ver su mujer en ese estado gritó, mientras se tiraba de la cama: “¿Qué pasó?” Minutos después, una denuncia por agresión sexual se anotaba en los cuadernos policiales… “Mientras forcejeaba con él pode tocar una zona aspera de su cuerpo… medio rugosa y peluda, como un lunar. No podría decir quien fue. No se veía”, se leía por alguna de las líneas de las tres páginas que contenían la lamentosa declaración de la mujer. El médico del lugar, en ausencia de un forense, dejó constancia en su certificado médico, que la mujer presentaba dos equimosis en cada brazos y un moretón en la parte interna del muslo izquierdo. También dejó constancia de su melena enterrada y su lábil estado emocional. También se indicó en el documento que, “por pudor, propio de las víctimas de este tipo de agresiones, no se le hizo el correspondiente hisopado vaginal”.

Un año después, el ocasional testigo de la escena amatoria de los furtivos amantes, esos que aprovechaban del escondrijo de los niños para sentir mutuamente sus pieles,  se sentaba en el banquillo de los acusados, bajo la imputación de violación sexual agravada. Un certificado médico legal señalaba que, presentaba a la altura del abdomen un lunar de particulares características: El, en su declaración judicial, anunció lo que sus ojos vieron a la luz de su linterna en la breve fracción de su alumbrado: “Maruja estaba con un hombre medio arrodillados, abrazados uno del otro, pero solo pudo reconocerle a ella, por que justamente, la luz le dio en la cara”. Del hombre sólo pudo decir, que parecía más joven que ella, que era de cabello lacio y que “no regresó a mirar cuando lo alumbró” y que apenas sólo dijo “puta madre”, cuando los descubrió. El final de su declaración judicial, lloroso dijo: “Maldita la hora en la que me acerqué a ese macupillo”. Dijo que iba acompañado de su amigo quien pudiera ser testigo parcial de lo que vio, pero éste nunca se presentó en la audiencia.

Maruja casi que pidió permiso medio llorosa para declarar que fue vejada en ese lugar, lanzada por un hombre contra el suelo, sin poder reconocerlo físicamente, porque en la obscuridad no se veía nada y solo escuchaba su voz: “Ahora te voy a poner a gozar, negra” y otras groserías, que “solo de pensarlas me hacen agua los ojos” dijo. El fiscal preguntó y ella, casi no queriendo, volvió a mencionar el lunar rugoso. No hubo más. Se leyeron los certificados médicos. El penal de Rio Seco pronto tuvo un nuevo inquilino, enviado por seis años… “Maldita la hora en la que me acerqué a ese macupillo”, volvió a enunciar el acusado, al momento en que traspasaba el quicio del portón negro que, socarronamente, les anuncia a los transeúntes: “Bienvenidos” con letras verdes y sombreados rojos.

Un año y medio después, la Maruja vuelve a encontrarse con su amante, cada miércoles a las diez de la noche, por diez minutos a la luz de la luna bajo ese mismo macupillo… Debe tener más cuidado. Sus hijos han crecido y puede que tenga problemas. Esta noche, la primera después de esa larga ausencia, en medio de la noche obscura, calladamente le dice: “Abrázame apasionadamente con tus brazos fuertes… hazme gemir como sólo tú sabes… haz que me estremezca de placer”.

Calavera

Miraba hacia el techo. Miraba entre las ondas del eternit la respuesta a la pregunta formulada por el Rubio: “¿Cuáles son los restos humanos más antiguos del Perú?”  Una breve pausa… “Lo hemos estudiado antes de ayer”, anunció en forma de amenaza. En la pizarra verde, aun se podía advertir los rezagos de lo que pretendía ser una cueva, con la que se había ilustrado la lección. Claro él no dibujaba nada, salvo las letras del abecedario que se conjugaban entre sí y de varios colores para resaltar las ideas principales, que se anotaban débilmente en el cemento verde de una de las paredes del salón… Los otros párvulos miraban temerosos ante el riesgo de ser llamados para cualquier pregunta que pudiera ocurrírsele al profe.

Al inicio del año, además, de alguna de las tablas de multiplicar que se anotaba en uno de los extremos, se dibujaba sobre líneas horizontales un utópico horario que nunca se cumplía. Se anunciaba las horas de matemáticas, lenguaje, ciencias sociales, ciencias naturales,  religión y educación física. Nunca se cumplía. El profe hacía clases según sus particulares evaluaciones. Si tenía problemas con los números prefería insistir con éstos a costa de sacrificar las ciencias sociales o la religión y, si se trataba de reforzar el uso de las mayúsculas, la aplicación de las tildes y la distinción entre la coma y el punto y coma, la hora de religión pagaba pato… El bullicio solo tenía carta libre en la hora de educación física de los viernes… Unos 10 o 15 minutos de ejercicios contra el resto de tiempo detrás de una pelota o evitándola si se trataba de impedir un gol del equipo contrario… pero ese día no hubo pelota, ni shorts, ni nada… hubo palos…

¿Cómo se llamó el enviado por el ejército chileno para entrevistarse con Francisco Bolognesi en el morro de Arica? Juana La Loca, que así le llamábamos al más inquieto de todos, miraba con miedo la mano del profe que se apoyaba en el borde de relieve inferior de la pizarra…. Si allí donde se acomodan las tizas y la mota… también.  “Ya…-como ofreciendo una fácil oportunidad- dime el nombre de un héroe de la batalla de Arica”, retrucó el profesor al temeroso silencio del alumno… “¿Grau?” Dijo con temor. El profe abrió sus ojos achinados y con el puño hizo un gesto de amenaza y casi con impaciencia le dijo: “párate en la esquina. Coge tu cuaderno y repasa”. Miró su registro, leyó los nombres y miraba notas. Volvió con un nombre y, el chiquillo avanzaba lentamente desde los últimos asientos del salón para pararse frente a la pizarra. El profe de espaldas a todos y mientras escribía una ecuación, le dijo “hallar el valor de x. Fácil”.  Le entregó la tiza al chiquillo, mientras este miraba el ejercicio plasmado… No había mucho, pero lo poco, parecía difícil…. “rápido”, remató.  Volvió a su registro y llamó al siguiente candidato… mientras levantando la mano de presente, el profe sin mirarlo le preguntó “¿La Covadonga era un navío peruano o chileno?” Un breve bullicio entre los preguntados anunciaban que la respuesta era “facilita”… “Silencio…. Ya viene su turno, Olivos”.

Así, esa tarde preguntó desde los estados de la materia, los modos de reproducción de los peces, el ciclo del agua, las parábolas de Jesús, ejemplos de palabras esdrújulas, la diferencia entre el verbo y el sustantivo, la función de los artículos y hasta de qué color era el caballo blanco de Alfonso Ugarte… Hubo tiempo para preguntar quién fue la esposa de Túpac Amaru y donde se hallaban las ruinas de Sacsayhuamán, enunciar la frase completa de San Martín cuando proclamaba la independencia y los motivos que originaron los colores de nuestra bandera. Hubo pocas respuestas acertadas, y el grupito de los parados, con sus cuadernos de borrador en mano, repasaban en la esquina próxima a la puerta… El hombre estaba colorado de ira, de rabia,  de impotencia contenida bajo sus resaltadas venas de la garganta… Gritoneaba a cada quien. Elogiaba a los que respondían y los mandaba a sus respectivos asientos… “Ya ven… este muchacho todo es azul…” decía mientras se traquilizaba brevemente.  “Y con Uds. ¿qué hago con Uds?”, dijo mientras nos miraba. Alguno se atrevió, valientemente, a decir: “pa mañana profesor”. Volvió su rostro: “Queeee…. Para hoy lo que es de hoy. Han tenido buen rato para repasar. Dejen sus cuadernos en el suelo”.

Fue llamando uno a uno… El primero de todos pudo saber lo que era la paciencia y también aprender que los conceptos, aun a fuerza, entran. Aún no olvida que, el hombre de Lauricocha representa una de las más antiguas formas de socialización humana en nuestro suelo patrio. No fue fácil, antes de ésta hubo otras preguntas que la adornaron referidas a las pinturas rupestres de Toquepala y los restos humanos hallados en cuevas de la sierra sureña. El hombre, cogió un paralelepípedo de madera que se acomodaba junto a las tizas de la pizarra y enrojeció nuestras palmas de las manos: fueron cuatro tabletazos, que nos hicieron recordar que lo que Ricardo Palma contaba en una de sus tantas tradiciones no requería de un Chávez de la Rosa, sino de un profe enfundado detrás de unos lentes gruesos, mostrando en el antebrazo un águila con las extendidas, que parecía volar mientras dejaba caer desde lo más alto en las enrojecidas manos de sus pupilos y con la mayor fuerza posible, ese madero que apodábamos “La Calavera”. Una camisa manga larga, arremangada para “la facilidad”, unos pantalones acampanados imponían autoridad y, enmendaba con violencia, en los pequeños las anomalías que de grandes pudieran ser muy difíciles de enmendar.

Su rojez cada vez era mayor… no podía ser mayor. Uno que otro respondió alguna pregunta y se libró buenamente de La Calavera. Chavaná pegó su alaridos como otras tantas veces, Juana La Loca brincó de un extremo a otro, Guerrerito, como buen estoico, bufó su dolor y miró con rabia amenazadora al profesor… Un “¿quieres más?” lo volvía a su realidad…  Esa tarde, nuestras manos fueron testigos adoloridos de un duro aprendizaje.

Esa tarde aprendimos, que el éxito en la vida es de los que están preparados para pleitearla. 

Alfil

¿Sabes de ajedrez? ¿Has visto guerrear a un alfil en medio del cuadricular conflicto? Nunca he jugado ajedrez, pero me gusta esa figura. Dicen que juega en diagonal y no puede saltar por sobre ninguna pieza. Las vence a todas tomando su lugar.
En el ajedrez del incipiente medioevo, la partida representa una batalla, por eso los personajes que pleitean son siempre guerreros: el rey, comandante general del ejército; la dama, que en aquellos días era el mantri o consejero real; mientras que, el alfil representa a un soldado de mando medio; que a su vez ofrece protección a los peones o soldados rasos.  Una visión romántica del medioevo intermedio, convirtió al “consejero real”, en “La Dama”. El rey no pleitea por nada: pleiteaba por su dama, aunque en el tablero, ésta siempre le ofrece la mayor protección posible… como en la vida de todos los días.
El alfil, pieza de gozne entre el mundo real y el de los plebeyos; miraba con aspiración, en sus días iniciales, la posición del consejero real; empero cuando éste le dio su sitio a la dama real, entonces, la miraba con deseo… envidiaba al rey.  Aprendió a recorrer el tablero, blandiendo su espada, ofreciendo protección a sus subordinados; pero a la vez, pretendiendo que ella se fijara en él… deseando olvide el turbante rematado en cruz y, piense en los colmillos de elefante que lo distinguían…
Las guerras dejaron el campo de batalla y se hicieron incruentas, aunque no por eso, dejaron de ser duras. La diplomacia y el derecho se convirtieron en el nuevo campo de batalla. No se requería de todos los combatientes en el momento de luchar, pero sí que cada quien efectuará tarea en el espacio oportuno y en el tiempo adecuado… aunque estos no siempre fueran sucesivos. De hecho, el proceso jurídico es siempre una batalla, dos contendores con aspiraciones contrapuestas, muchos colaboradores, incluso con sus respectivas pretensiones. Es más, en algunas ocasiones, el rey es desplazado por alguna otra figura como protagonista principal.
La dama estaba en riesgo y batallaba sin cesar por la pretensión de no ser reemplazada por la nada. La idea era no morir y, en la peor de las circunstancias, pleitear en la mejor de las batallas y morir a sabiendas de que se dejó la piel por evitarlo. Esa mañana no llegó a la reunión pactada y un par de días después, herida, merodeo la Sala de los Pares, sin aproximarse. Sus iguales todos, sin saber murmuraban: pleitea por ella misma, sin anunciar nada. Alguno se aproximó para preguntar por su ausencia. Su mudez no ayudaba. Hubo quienes, conocida la noticia, regalaron sentidos cortejos y ocurridos consejos para el mejor pleitear… Los mensajes y los mensajeros –y cualquier otro instrumento que permitiera la transmisión de aquellos- se convirtieron también en piezas incondicionales de ese ajedrez: valía la jurisprudencia, algún antecedente, la revisión de los hechos, otra revisión para buscar resquicios, hubo que escribir pliegos de argumentaciones y conversar con otros entendidos en este tipo de problemas... Esta vez, miró a quien estuvo en la disposición de jugar de alfil, a otro igual que ella, pero que reconociendo su integridad, se disponía a tomar el puesto de jugar en diagonal, de recorrer el tablero en dicha posición. Había revisar la táctica empleada hasta ese momento y que reestructurar la estrategia a partir de nuevos objetivos. Los alfílicos pensamientos e ideas eran de ella, y ella se convirtió en idílica Dulcinea.
¿Dulcinea? ¿Es que los cuentos de caballería también sirven? ¿Qué hace aquí el Quijote de la Mancha discurriendo en sus disparatados recuerdos? Pues no tiene poco que hacer. De hecho, la pelea era quijotesca... El contrincante, una especie de molino de viento, al que muchos, de la misma laya le deben la muerte, esa que equivale al abandono de la función dentro del juego ajedrecístico, por cosas mayores o a veces, hasta sinrazón… solo bastaba que el Consejo de Guerra, requiriera a alguno que debiera morir, con razones de fundamento o, a veces, por el puro instinto de matar, por purito hecho del sádico disfrute en el morir del otro, aun cuando fuera evidente la falacia de la causa. Dulcinea era, pues, ella, la que se ponía en riesgo… Al alfil solo le bastaba saber su voluntad y verificar si tenía argumento. Entonces, ahora, era La Dama «virtuosa, emperatriz de La Mancha, de sin par y sin igual belleza», como describía Cervantes a la “Dulce Ana”, aquella que inspirara el nombre ficticio de Aldonza Lorenzo. Esa misma descripción hacía el Alfil de La Dama a quien servía.
Negado para los discursos, usaba el lenguaje de otros para decir aquello, que por sus mismas fuerzas no podía. Ella parecía saberlo. En los momentos difíciles así parecía expresarlo. O ¿quién sabe? Quizá el alfil expone razones que no tiene y pretende objetivos para los que su vida no alcanza. La Dama sigue perteneciendo al mundo del idilio, aquel donde Dulcinea del Toboso es real y el Quijote, un sujeto soñador de pretensiones vanas. En el mundo de los hechos, ese que importa al derecho,  ella sigue siendo La Dama y, el Alfil ha guardado su espada. Su pluma está escondida y su argumento olvidado, se encuentra a la espera de oportunidades en las que deba exponer razones que justifiquen su desempeño en el complicado y trebejista tablero del proceso.
El tablero es el mismo, la dama siempre tiene a un rey que la proteja, el alfil solo es una pieza valiosa en los diagonales, las torres que sostienen la muralla se sustentan en el derecho mismo que sostiene a la pretensión y al tablero mismo, pero el resultado de este juego, aún es incierto, sigue siendo un misterio… como misteriosas son las palpitaciones que impulsan este cuento que no sé, “a cuento de qué, viene”.

Nunca he jugado ajedrez.

Esperanza

Resultó un tantito forajido. Quiso salir antes y hubo consecuencias. Apenas tenía muy pocos años, quizá dos o, a lo mejor tres. Un cuerpecito bastante debilucho permitía que los males ingresaran pronto y le afectaran. Algunas mujeres viejas, paridas y con experiencias en prole, no le auguraban esperanza alguna… respiraba con dificultad, comía casi nada y el calor corporal había aumentado. El médico le había recetado las medicinas necesarias pero no hacían efecto y, lo que magramente se lograba, con el transcurso de las horas se perdía… quizá habría que abrirle la puerta a la resignación… que la palidez de sus ojos le impidan mayores sufrimientos.
La mujer cogió a niño entre sus brazos y, lo escondió entre su pecho de la muerte. Abrió la puerta y, en lo que terminaba la madrugada, se echó a caminar, implorando al cielo con el corazón estrujado, mojando con sus lágrimas parte de su vestido. Anduvo por el camino de la quebrada, quebrada arriba, con el paso apurado, quizá unos cuatro kilómetros, quizá menos, quizá más.  Llegó con las primeras luces del alba… un perro le acompañaba. Los del lugar, al ver a los desconocidos ladraban. No había necesidad de nada. El humo del fogón y el olor del café se sentía a metros de la casa… tocó la puerta, mientras que la dueña de la casa le abría advertida por el ladrido de  los escuálidos perros. “¿Mi padrino?” preguntó sin saludar y evidenciando su angustia. La visitada, advirtió el riesgo y le pidió que espere mientras la invitaba con el gesto a pasar a su sala. “Pedrooo”, gritó… “Apura Pedro… el muchachito…” Un hombre, ya entrado en años, apareció detrás de la cortina de tela, con cara de durmiente y a la vez de preocupación. Se ponía, mientras tanto, una camisa.  La mujer, mostró al niño… “Mi hijo…  mi hijo está mal”, dijo la mujer como saludo…
 Pedro Tomás, era un curandero, viejo, de confianza, de cabecera. Lanzaba los naipes sobre la mesa, miraba en sus botellas las hierbas encurtidas en aceites aromatizados y salazonados en  sus propias savias. Era su padrino de bautizo, amigo de su padre, de mutua confianza, agorero de noticias buenas y seguro efectivo de las malas vibras de los envidiosos. Había librado de enfermedades a casi todos los suyos… Había acertado, incluso cuando la ciencia médica no ofrecía remedio alguno. Quizá esta sería una nueva oportunidad…  En otros tiempos, curó a su compadre de unos dolores de articulaciones que le impedía caminar con tranquilidad, le anunció que perdería la vista con mayor gravedad que la que ocurre con el común de los mortales. Un plato de comida ofrecido en un funeral, estaba preparado para causarle males personales, en sus hijos en sus bienes, en sus animales… Esa pérdida de visión progresiva había sido provocada por ese embrujo. “Lo que se come, ingresa en el cuerpo, en las venas y es muy difícil de evitar sus consecuencias. No coma lo que le ofrezcan fuera de su casa… Si insisten, llévelo. Ni siquiera se lo dé a sus perros. Haga un hueco en el corral y entiérrelo. Le hecha un poco de sal. Tenga cuidado con lo que come”. Así le recomendó en aquella oportunidad y, de eso ya habían pasado muchos años.  
“Ay muchacha… no tenías que traerlo…” le dijo a la mujer como respuesta a su lamento. Ésta intentaba no sollozar. El hombre le reprochó con cariño, se metió en un pequeño cuartito, se quedó en silencio unos minutos, quizá rezaba. Le pidió que ingrese. Sobre el escritorio de madera había un crucifijo, una imagen de la virgen María y otra de San Antonio. Los tocó y cogió el mazo de naipes que se acomodaba en una de las esquinas, barajó mientras decía unas palabras en voz muy bajita y, finalmente, le pidió a la mujer separara en dos el grupo de naipes. Los lanzó a la mesa unos tras otros, mientras formaba una figura que parecía una cruz… Su cara exponía gestos de angustia, se sumaba a la que ya tenía por ver a su ahijada en tan mal estado. Quien sabe que veía en las figuras que adornaban cada carta… finalmente sonrió. “No te preocupes mujer…” Cogió una carta, la última lanzada y la mostró: Era un varón emperifollado en ropas elegantes. “Este es el rey, el más importante de la baraja. Le ha vencido a la muerte”, le dijo mientras mostraba una segunda carta, que ya había sido lanzada con anticipación. Tenía como ilustración un personaje oscuro, escondido detrás de una túnica y de la que solo se veía una huesosa mano que sostenía una guadaña. “Tu hijo va a vivir. No te preocupes”.  Volvió a recoger las cartas y las lanzó por segunda vez. Mientras hacía eso le preguntó: “Cuéntame cómo fue tu embarazo”. La mujer le dio detalles y, luego, le volvió a decir en forma de interrogación ¿Y porque se quedó en el hospital la criatura?”. La mujer explicó que se complicó el embarazo y se adelantó el parto en dos meses… “Allí está el asunto”, replicó… “Esto te pasa por apurado”, anunció mientras miraba con cariño al menor que, se acurrucaba en los brazos de su madre.
 “Sus problemas respiratorios vienen porque al nacer sin el tiempo de ley, los pulmones no se terminaron de madurar. Habrá que completar con plantas medicinales lo que la naturaleza no hizo. Tenemos que reforzar esos pulmoncitos”. El hombre, tenía también libros de medicina, sabía cosas de anatomía humana y, cuando algo no le convencía o cogía sus libros de medicinas naturales, o de bajaras o un vademécum de terminología médica. Leyó, en esta vez, algunas páginas de los tres tipos de libros, lanzó por tercera vez las cartas y luego, cogió un lapicero, arrancó una hoja de una libreta anillada y, escribió una receta.   Había que, juntar varios ingredientes, entre otros: verdolaguilla –que crece en las orillas húmedas de las quebradas, alcanfor, miel de abeja, zumo de cascara de limón y otros vegetales, con los que había que lograr un extracto líquido que debía dárselo a tomar –por muy mal sabor que tuviera- dos veces al día por un año entero. Si se quisiera mejorar con mayor rapidez, habría que poner dos gotas en cada fosa nasal, tres veces por semana. Anunció, que esta última tarea sería dolorosa, porque la acidez del remedio hiere las mucosas nasales y produce harto dolor… “Si quieres a tu hijo, tendrás que hacerlo”. 
Sobre el regazo de la madre, descubrió al niño, lo revisó cuidadosamente… miró un lunar extraño que tenía en el cuello y, dijo mirando a la mujer: “Ese es de tu familia. Lo conozco bien”, mientras sonreía complacido. Le habló mimosamente a la criatura, estrujó su cuerpecito con delicadeza, lo masajeo mientras hacía calladas oraciones y, más luego lo santiguó con una bolita de papel de periódico. El terminar sus oraciones, extendió el papel y leyó sus ajaduras… “No hay nada. Haz el remedio y empieza a darle a partir de mañana. Mientras tanto, continúa con las medicinas del doctor, que aunque no parezca ya están  haciendo efecto. Ahora mismo, no hay fiebre. Aquí no hay maldad. Es una cosa de la naturaleza, de Dios. Ten paciencia”. 
Salió de la pequeña estancia y regresó con un pocillo de café y un par de panes, acompañados de un huevo criollo sancochado y se lo ofreció a la mujer. El alma le había vuelto al cuerpo y, comió lo ofrecido y por el mismo camino andado, regresó a su casa… con nuevo semblante, con otros ánimos.

Maderas

El chiquillo llegó por mi casa. Era, más o menos, de mi edad y portaba un contenedor de tecnopor en el que guardaba los marcianos de la venta. El sol de mediodía alumbraba como sabe hacerlo en este terruño muy próximo al Ecuador. Debía ser tiempo de vacaciones o quizá un domingo.  La puerta de la sala estaba abierta de par en par, al igual que la ventana de la casa de madera de los abuelos.  Tocó la puerta y luego se anunció con el “a veeeer” muy nuestro, muy de los piuranos…

A esas horas no eran ordinarias las visitas y, en todo caso, los vecinos que pudieren llegar lo hacían por el postigo, que era el espacio en el que habitualmente hacíamos nuestra vida ordinaria. Insistió con el “a veeeerrr” y, finalmente salimos a la sala, dos o tres mujeres y este pechito… El chiquillo anunció la venta de bolos. Así le llamábamos los mancoreños a lo que en otros lugares les denominan “bodoques”, “marcianos”, “chalacas”, “chups”...  Alguna de las convidadas, antes que preguntar por los sabores, lo inquirió ¿Tú quién eres? ¿No vives por aquí? El chiquillo contestó, aunque no recuerdo qué, pero mi madre aprovechó el asunto para darme una clase de buenos modales y, con la que –además- le subía la autoestima al ocasional vendedor:  “Ya ves, este niño le ayuda a su mamá… además de las tareas escolares se da tiempo para colaborar en la economía familiar y, seguramente su cuarto está ordenado: la cama hecha, los zapatos en su lugar, la ropa sucia en el bote correspondiente y, ya habrá hecho las tareas y, bla, bla, bla…” En ese rato odié a ese chiquillo.

Mi madre lo reconoció en cuanto lo vió y también yo sabía quién era. En el único colegio primario de mi pueblo, todos los chiquillos nos conocíamos, aunque sea de nombre y de cara. No éramos amigos, pero sabía cuál era su salón y quien su profesor. Su salón de clase era el primero de la entrada tomando la vereda del lado izquierdo, su profesor era un moreno, flacucho y medio vozarrón, fanático del fulbito y de su "monark" que lo llevaba a todos lados. De allí lo conocía y no era del barrio… De hecho, para llegar hasta mi casa, con una caja de bodoques a cuestas y al mediodía, significaba que había recorrido algo más de kilómetro y medio de soledad, de un camino de tierra en que las casas se hallaban distanciadas unas de otras y, si por cada una de ellas, había tenido que esperar en la puerta y sujetarse al interrogatorio de vecinas “chismocientas”, entonces debió salir de su casa, cuando menos a las diez de la mañana.  Una de mis tías, le alcanzó una vianda de agua, la que se tomó con avidez, mientras que le anotaba con cierta severidad: “no te vayas a comer los bolos porque si no…. Juummm, se olvidan de la buena venta y te cae…”  El chiquillo sonrió con timidez.

¿Y cómo va la venta?, le volvieron a preguntar. Quedaban pocos hielos edulcorados en el contenedor. Quizá solo unos doce o quince. Le compraron tres y se los comieron entre ellas… “Estas agripado. Te hace mal”, me dijeron como mejor justificación para no invitarme. Le recomendaron al ocasional vendedor regresara a su casa, “porque ya estaba muy lejos de ella”, pero este anunció: “No. Voy  a donde mis abuelos y  luego me regreso”.  La casa de sus abuelos también era de maderos, como la de los míos: de durmientes que hacían de pilares y sobre los que se encajaban tablones lograban las paredes limitantes con los vecinos  y las divisorias internas de la casa. La diferencia es que la casa de sus abuelos se parecía mucho a las que había en El Alto, suponían la construcción de un tabladillo con una escalera de acceso, que permitía que las casas tuvieran pisos de madera que sonaban como un cajón de resonancia o crujían según el “sabor” de la madera o la corporeidad del andante. La nuestra no tenía ese tabladillo, el piso era de cemento y no producía esos requiebros de sonidos.  

Conocía la casa de sus abuelos y  conocía a sus abuelos. Un par de viejecitos que solían pasar las tardes sentados en sus perezosas o en alguna silla de madera, cada cual al lado de su puerta mirando a los chiquillos –y entre ellos, a alguno de sus nietos- que jugaban frente a ella. No eran de muchos amigos, pero algunas veces cuando mi madre volvía de las chacras de la quebrada Fernández, se quedaba en su corredor para  saludarlos; en otras acudía a ellos para que santiguaran a alguno de los churres de la casa, sea porque los “ojeaban” , sea porque presentaban malestar de cuerpo. Esas eran las ocasiones en las que podía subirme a su pequeña terraza  o entrar en la sala de esa casa de maderos para caminar sobre su piso y sentir el crujir de sus durmientes o el taconeo de sus tablas… No había como esconderse, el piso de madera era siempre el anunciante anticipado de aquel que por él pasaba.

De esas casas de madera, solo había tres en mi pueblo. Cuando menos dos yo recuerdo. Las demás se confeccionaba de ladrillos, pero en su mayoría, con puntales y horcones del algarrobo, chalica de hualtaco sostenidas en tiras de caña de Guayaquil y  se enlucían con arcilla adimentada con hojarasca de algarrobo. Esas dos casas, era distintas, se construyeron con tablones y durmientes, de esos aquellos que las empresas de Talara montaban los castillos petroleros del tablazo talareño y, que recalaron en la caleta mancoreña a la mitad del siglo XX. Ya no queda nada de esas casas y el chiquillo ya no vende marcianos. La tercera fue un edificio público que se adosaba a la orilla del mar, en la ensenada aquella donde ahora aparece un bulevar. De esa construcción las lluvias del 83 no dejaron huella.


 Ah no… también viene a mi memoria una uarta construcción... aún se mantiene viva frente a la iglesia Virgen del Carmen de la ciudad. Quizá sea más antigua que las mencionadas… solo quizá.

Reencuentro

Hace 21 años ingresamos a la Universidad de Piura y egresamos de ella hace 16. Ingresamos el 04 de febrero de 1994 y nos fuimos de ella en el 99. No podría precisarles la fecha, porque quizá nunca nos fuimos. En realidad, seguimos siendo parte ella, con ella nos quedamos y a ella exponemos cuando actuamos.

Mientras aprendíamos a ser abogados y jugábamos a serlo en los exámenes orales, nos hicimos amigos. En el camino se sumaron algunos de los que aprendimos por su experiencia: ellos conocían los puntos flacos de los profes, nos prestaron las separatas y hasta los exámenes anteriores con el ánimo de superar los escollos. Otros, prefirieron repetir la experiencia y, sin embargo, no dejamos de ser amigos: nos dábamos ánimos para no sucumbir ante las dificultades. Éstas, no siempre eran académicas; para muchos, el asunto era mantenerse al día con las pensiones… Un respiro para nosotros, aquel día en que, sentados frente al proscenio esperábamos nuestros nombres en la lista de egresados. Un respiro y orgullo para nuestros papás, tíos, hermanos, amigos.

Egresamos. La vida profesional nos ha llevado por distintos rumbos: algunos por el viejo mundo han recalado, alguno prefirió nos separara el Océano Pacífico, buen número se fue a la capital. De unos cuantos no se sabe nada. Un par de compañeros se nos adelantaron… Embriagados del éxito nos hemos olvidado de nosotros mismos, de aquellos con los que empezamos este andar. Hemos sido ingratos con nosotros mismos, nos hemos olvidado que un día fuimos aprendices y que compartíamos las separatas, que nos peleábamos por algún libro escaso de la biblioteca, que nos decíamos calladamente las respuestas ante las espaldas del que cuidaba las prácticas. Nos hemos acostumbrado a las luces de neón de nuestros despachos, estudios, oficinas, instituciones, etc.

Nos hemos olvidado, probablemente, hasta de nuestros rostros o quizá aún tenemos la confianza de que la lozanía de aquella foto, clásica nuestra, en la que aparecemos muy desordenados en las puertas de la ermita con ocasión de la ceremonia de grado, nos mantiene en el mismo estado. En realidad, hemos crecido profesionalmente y hemos ganado experiencia con los años. En este tiempo también hemos crecido hacia los costados o quizá hemos perdido pelo. Quizá cambió de color: sea porque la naturaleza manda o porque nos rebelamos contra ella. Casi llegando a las cuatro décadas, ya no sólo somos nosotros: tenemos nuestras propias familias, parejas, hijos, obligaciones, deudas, nuevos amigos, nuevos compadres. Nos hemos dedicados a ellos. Y está bien: la vida es para vivirla gozosamente; pero que ese gozo y esas obligaciones no nos impidan recordarnos a nosotros mismos y a aquellos con los que empezamos este camino.

En estos 16 años ¿Cuantas veces nos hemos reunido? Quizá tres, a lo mejor cinco. Las veces en que Dñ. Viorica, la eterna delegada, la dueña del cuaderno con el que estudiábamos, ha pretendido convocarnos, su intención ha sido vana. No le hemos hecho caso.... Siempre tendremos pretextos: que la fecha es incomoda, que mi viaje a Cancún ya estaba programado, que mi mujer se molesta, que tengo cita médica... Siempre habrá un pretexto, incluso una justificación, pero no olvidemos que siempre es bueno hacer un alto en el camino, para volver la mirada y contemplar lo andado. Si lo hacemos con los amigos de toda la vida, mejor todavía.

Agradecido por lo alcanzado en este tiempo y con el ánimo de vernos es que, con la anuencia de nuestra delegada, convocamos a la V promoción de la Facultad de Derecho de la Universidad de Piura, para comernos un ceviche, una ronda criolla y tomarnos unas chelas mientras que recordamos nuestras anécdotas, exponemos nuestras vivencias y hacemos recuento de las arrugas que nos hemos ganado a pulso. La cita es para el 27 de junio a la 1.00 p.m. en el local Sol y Arena (ubicado en la carretera a Los Ejidos). No hay cuota mínima, ni obligación dineraria anticipada... Solo reencontremos y riámonos de cuan avejentados estamos.

Reunámonos ahora. Ahora que aún por nuestros medios podemos desplazarnos, en la posibilidad de que por nosotros mismos decidimos. Estamos todos invitados. Están invitadas sus familias, sí así lo consideran conveniente. Sera un gusto conocernos.

RÓDOPE

¿Has escuchado en tus tiempos infantiles la historia de Ródope? ¿Que no…? ¿Estás seguro? Por el contrario yo puedo apostarte que se la contaste a tus hijos. La oíste de tus padres y ahora, aquellos se la cuentan a tus nietos. Si… Es una historia de cuentos de hadas, de memorias de chiquititud.  Es la historia de… Bueno, Ródope  es el nombre verdadero de la heroína.

Cuenta el historiador griego Herodoto que, la muchacha era una esclava de un tal Jadmon de Samos y, de la que, por su belleza, otro hombre compró su libertad cuando su primer propietario andaba por tierras egipcias y aprovechándose de la belleza de su esclava la dedicaba a la prostitución en medio de las altas clases sociales. Caraxes, hijo de Escamandrónimo y hermano de la poetisa Safo, la compró por muy alto precio y le permitió la libertad. Aquella –libre de costumbres y poco entrenada a otras tareas- se dedicó a aquellos menesteres que en sus días previos le permitía a su dueño buenas cantidades de dinero. Ahora el dinero era para ella misma. Su belleza y sus libertinos usos corporales le garantizaron buenos caudales.

En la versión egipcia de la historia, la tal Ródope era una esclava, al igual que otras, las que aprovechándose de su número, obligaban a aquella a realizar mayores trabajos con el ánimo de castigarla por su beldad. Un día de tantos, cuando se hallaba en el río Nilo, mientras que lavaba ropas, uno de sus zapatos, que eran muy pequeños, fue robado por un halcón de caza de propiedad del faraón Amosis I. El ave de rapiña dejó caer el zapatito muy cerca de su amo y esté interpretó el asunto como un mensaje de Horus que le pedía ubique a su propietaria para desposarla. El zapato, aun cuando era de muy poca calidad, era gracioso, diminuto y consideró la autoridad que pocas mujeres podría tener tan delicado pie.

Dicen los faranduleros de aquellos días, los cronistas faraónicos y hasta los menos entendidos en menesteres cortesanos que, el gran fulano –embelesado con la prenda- recorrió en la barcaza real el largo y ancho de rio sagrado. Ubicó a algunas mujeres esclavas y compañeras de la dueña que lo reconocieron al instante e intentando ser sus dueñas no pudieran comprobarlo por los uñeros, callos y demás abscesos pedios. La dueña de aquel zapatito, por temor a sus compañeras, se escondió entre los juncos de la ribera pluvial pero fue descubierta. El faraón, advirtió el miedo de su rostro, por lo que, casi inadvertidamente quitó su neme de la cabeza, esa especie de tocado mitral que le acompañaba en las ocasiones especiales, levantó un poco el shendyt –la falda larga que cubría sus piernas y las cicatrices de la guerra- puso sus pies sobre la arena mojada del rio y, mandó a traer a la mujer que se escondía entre la vegetación natural.  No se equivocó en su obsesión: Era una mujer muy hermosa, distinta a las demás, el rosáceo de sus mejillas era equivalente al sonido de su nombre. Quedó encantado de su humildad y, la llevó consigo. El dueño de la esclava no pidió nada a cambio. Le satisfacía que una de sus siervas se convirtiera en esclava real. El hombre, en realidad la desposó y, su actuación como esposa real motivó la construcción de la Pirámide de Micerinos; tal como nos lo cuenta Plinio el Viejo (y también Claudio Eliano). Herodoto niega expresamente esa  historia.  

Como podemos advertir, tenemos dos versiones distintas, cada cual de cada distinguido historiador. El primero griego y contemporáneo de Pericles; el segundo romano y militar de Vespasiano. Entre uno y otro hay,  cuando menos, cuatrocientos años de diferencia y, lo más probable es que ninguno diga la verdad sin pretensión de ocultarla. Pues miremos más allá: En la historia de los fetiches sexuales… Si. En ésta… en la historia de los gustos sexuales de las personas,  se reconoce que la podolatría es el placer erótico de algunos hombres por los pies chiquititos de las damas, y que tiene su origen en la leyenda del zapatito perdido, aunque esta vez, proveniente de lejanas tierras como la China. Cuentan los curiosos que, todo empezó cuando nació la emperatriz Taki, pues los médicos advirtieron una malformación podálica que no puedo ser salvada. Su padre preocupado por ella misma y por su futuro, tomó por costumbre deformar los pies de la servidumbre femenina, motivando, con vendajes, la reducción de su crecimiento, circunstancia tortuosa que a muchos varones les causó gracia en lo logrado, dado que podía encontrar mujeres de pies muy menuditos, generando así una corriente de moda en la que, la mujer era más agraciada cuanto más pequeño fuera su pie. Los museos muestran que estos zapatitos de dama llegaban medir solo hasta quince centímetros. Ese gusto social prontamente llegó a Europa a modo de leyenda, y las versiones de La Cenicienta de Giambaptista Basile (1575-1632), Charles Perrault (1628-1703) y de los hermanos Grimm (1785-1863) no serían otra cosa que propaganda de una moda femenina que se metía por entre la literatura en los espacios cortesanos, aristocráticos y de los grandes mercaderes europeos de aquellos días. 

Ahora pues… cuando cantamos ese verso muy peruano que reza “Donde se duerme tus ojos chinitos, cariño bonito por donde andarás, siento que vienen tus pies chiquititos, cariño bonito cuando volverás” ¿le cantamos a alguna Cenicienta de nuestra vida? ¿o es que la emperatriz Taki anduvo por estas tierras? ¿Quizá el autor conoció a una Ródope encantada? Esta noche podrás contar nuevamente el cuento y poner algunos nombres que la historia recoge.


Que siga la jarana dominguera.

Visiones

"¿Crees en las cosas de más allá de esta vida?", preguntó... Y la interrogante se vestía de gravedad. "¿Crees?", repitió...