viernes, 30 de enero de 2026

Compasión

Caminábamos esa tarde. Después de años, había encontrado un espacio en el que hablar de justicia, de derechos humanos, de leyes y de Constitución no era un ejercicio de verificación mecánica, sino una pregunta íntima y difícil: ¿sientes que haces bien las cosas? Ya no se trataba solo de comprobar el cumplimiento literal de la ley —“¿Ah… mataste? Bien, te corresponden tantos años de cárcel”—, sino de mirar el ordenamiento jurídico desde los ojos de la necesidad humana.
Conversaba con un abogado apurimeño que intentaba —con paciencia y algo de ironía— hacer que mi testa comprendiera que, en ciertos contextos, unos latigazos por las corvas, en medio de la comunidad reunida, podían resultar más eficaces que diez o veinte años de prisión. El parámetro de medición era otro. Intentaré ahora reproducir aquella conversación.
—Costeñito —me decía; había allí sarcasmo y algo más que compasión—. ¿Cómo se dice en la misa?
Lo miré con gesto de absurdo.
—¿Cómo se dice en la misa? —repitió, con una brevísima dosis de chanza—. Señor, ten piedad; Cristo, ten piedad; Señor, ten piedad.
Luego preguntó:
—¿Qué estás diciendo ahí?
—Le pido a Dios, al ser superior, su perdón —respondí, más por complacerlo que por convicción.
Entonces me explicó que ese perdón era, en realidad, una petición de reverencia. Hizo notar que esa misma forma de pedir perdón es la que propone un reo cuando está frente al fiscal o el juez que le impondrá una pena de cárcel. Se rio.
—O tú mismo —añadió—, frente al policía cuando te va a poner una multa.
—Pongo cara de perro reñido e intento justificarme —completé.
—Eso. Tal cual —concluyó.
En la misa de su pueblo, en las alturas de Apurímac, la expresión es distinta:
Taytaku khuyapayawayku; Cristo khuyapayawayku; Taytaku khuyapayawayku.
Yo seguía sin entender. Lo único que podía suponer era que taytaku guardaba relación con tayta, y lo asocié —desde mi prejuicio costeño— con el lenguaje carcelario: los taitas como líderes de pabellón, los fieros, los faites. Él no negó esas acepciones en el mundo penitenciario, pero hizo las precisiones necesarias.
Tayta equivale a “señor”, “padre”. Muchas veces se dice Tayta Dios. Recordé a mi abuelo, que en tiempos de crisis advertía: “Tayta Dios nos coja arrepentidos”.
Pero la clave estaba en la terminación -ku. Ese sufijo transforma el sentido y le añade una carga afectiva: Taytaku significa “mi papito”, “papito mío”.
El contenido de la expresión cambia radicalmente. Dios deja de ser una autoridad distante y se vuelve una presencia íntima. Esa cercanía se completa con kuyay: amar, proteger, querer con compasión. No se trata de una sola de esas acciones, sino de todas a la vez.
—Por eso los huaynos son tan sentidos —me dijo—. ¿Has oído el charango de Jaime Guardia o la guitarra de Raúl García Zarate? Por eso, esa música te estruja el corazón.
Los sufijos que conforman khuyapayawayku acentúan el carácter de la súplica compasiva: la necesidad del amor del padre a pesar de los defectos del hijo. Dicho de forma simple y literal, cuando en la misa se dice Taytaku khuyapayawayku, lo que realmente se expresa es: “Papito mío, mírame con compasión; no dejes de amarnos a pesar de lo que somos”.
Y se me estrujó el corazón.
Luego vino la lección de derecho vital. Ya no importaba tanto si se había cumplido estrictamente la literalidad de la ley; importaba que la ley cumpliera su finalidad. ¿El presupuesto asignado para la compra de medicamentos debe garantizar no solo la adquisición, sino tambien que la medicina llegue efectivamente a los pacientes? ¿Tiene sentido construir un puente donde no hay población que lo necesite?
Me lanzó otra imagen: si dos personas resultan heridas y una de ellas demora en sanar, ¿tiene lógica seguir aplicando ungüentos a la otra cuando su salud ya fue restablecida?
La reflexión final fue clara, sin solemnidad:
—No porque dos personas cometan el mismo delito corresponde aplicarles la misma pena. Es probable que una lo requiera; pero también es necesario advertir que, en algunos casos, antes que una sanción lo que se necesita son otras herramientas para lograr la rehabilitación. A veces basta con un trabajo digno. La oportunidad de demostrar talentos que cada quien lleva escondidos y que, muchas veces, ni siquiera sabe que posee.
La idea sigue siendo válida hoy. En la jurisprudencia contemporánea, el reo —una vez definida su culpabilidad— suele convertirse en un objeto imperturbable, descompuesto en circunstancias que, matematizadas en sumas y restas, permiten fijar una cifra traducida en años de carcelería.
Y sin perjuicio de ello, hay que reconocer que —en más ocasiones de las admisibles como excepción— los defensores no ayudan. La petición doble y contradictoria es frecuente: “Mi defendido es inocente; pero si usted lo encuentra culpable, póngale una pena pequeña”.
Si el procesado es culpable, corresponde trabajar para que la pena sea lo más benigna posible conforme a sus necesidades de resocialización. Y si es inocente, cabe preguntarse por qué presentarlo, siquiera retóricamente, como culpable.
Seguimos caminando un rato más. El sol ya se había inclinado y la conversación empezó a aflojar, como aflojan las cosas importantes cuando ya han dicho lo esencial. No hablamos más de penas ni de códigos. Tampoco de latigazos ni de cárceles. El tema se agotó solo.
Al despedirnos, me quedé pensando que quizá la justicia —esa que tanto defendemos en libros y tribunales— se nos ha vuelto sorda para ciertas palabras. No porque sean antiguas, sino porque son demasiado humanas. Compasión, por ejemplo. O padre. O comunidad.
Desde entonces, cada vez que escucho pedir perdón en un juzgado, no puedo evitar preguntarme si alguien está pidiendo absolución… o si, en el fondo, solo está diciendo lo mismo que en aquellas misas de Apurímac: papito mío, no me sueltes.
Y no sé —todavía— si nuestro derecho sabe escuchar eso.

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