Si algún día visitas España, detente en Córdoba. Recorre el complejo arquitectónico de Medina Azahara. Cuenta la leyenda que Abderramán, enamorado de una joven esclava, le prometió construir una ciudad solo para ella, en las afueras de la vieja Córdoba. Pero eso es solo una leyenda. Es más probable que la edificación de la ciudad respondiera a una necesidad política: una expresión arquitectónica fundacional del nuevo califato. Su construcción, iniciada hacia la década de 940, obedecía a fines funcionales de la nueva organización estatal. Los que saben más afirman —con pesar— que, hacia los años setenta del segundo milenio, la ciudad ya yacía en ruinas: la vegetación silvestre trepaba por sus muros, y los murales habían perdido su esplendor. Dicen que las lagartijas se perdían entre las piedras caídas que, en otro tiempo, formaron parte de una construcción magnífica.
Lo que viene a cuento ahora es que, si bien Abderramán se consideraba musulmán, desde la perspectiva racial era —como diríamos hoy— un mestizo. Por parte de padre pertenecía a la dinastía árabe de la tribu Quraysh —la misma del profeta Mahoma, según se dice—, mientras que su madre era una concubina de origen vasco. Aquellos que se dedican a medir proporciones en las formas del mestizaje aseguran que el linaje árabe apenas alcanzaba una cuarta parte de su herencia, pues una de sus bisabuelas paternas también era hispano-goda. Las descripciones prosopográficas lo retratan de estatura baja —al punto que prefería estar siempre montado a caballo—, de piel blanca, cabello rubio rojizo y ojos azul oscuro. Sus biógrafos y servidores personales afirman que se teñía cada día la barba de un negro azabache, con el afán de parecer más árabe que vasco. Su nombre, por si vale de algo, significa “el siervo de Alá, el Misericordioso”.
Quienes vivieron más allá de su corte y de su harén cuentan que fue un gran estratega militar, pero también un hombre de muy mal genio, capaz de estallar si se le miraba mal. El adagio “para mis amigos, todo; para mis enemigos, la ley” resulta una frase tibia frente a su carácter. Su humor era tan cambiante como los efectos del vino en la corteza cerebral de quien lo bebe con destemplanza. En su diario, hacia el final de sus días, escribió: “Y en todo este tiempo, he contado los días de pura y genuina felicidad que he vivido: montan un total de catorce… No cifréis, por tanto, vuestras esperanzas en las cosas de este mundo”. Parece que bebía de la infelicidad, y que su crueldad le llenaba el alma más que cualquier virtud.
De entre sus actos, rescato tres. En el año 920, atacó las cortes de León y Pamplona. Tras la batalla de Valdejunquera, entre los prisioneros se encontraba un joven llamado Pelayo. Su cautiverio duró cuatro años y terminó con su muerte bajo tortura, ordenada como castigo por su doble negativa: no quiso convertirse al islam ni someterse a la sodomización exigida por su captor. Su belleza era tal… Dejémoslo allí. Dicen que la frustración de Abderramán por no alcanzar sus fines le provocó una cólera tan grave que solo se calmó cuando mandó arrojar el cuerpo descuartizado del muchacho al río Guadalquivir.
En el año 939, tras la grave derrota en Simancas —batalla en la que casi pierde la vida al despeñarse por las montañas del actual Fresno Alhándiga, en Salamanca—, Abderramán regresó a Córdoba. Reunido con sus generales, su guardia personal y sus hombres de confianza, mandó izar treinta cruces y crucificar en ellas a treinta altos mandos militares, acusándolos de traición. Alegaba que, durante la batalla, algunos intentaron abandonarlo a su suerte. Más de uno quiso replicar la decisión; otros la reprocharon con insultos, llamándolo malagradecido. Para silenciar las voces disidentes, ordenó cortar la lengua y la boca a varios, de modo que murieran crucificados, desangrados o ahogados en sus propios fluidos. Lo que más le dolía al califa era haber perdido un pabellón auricular por el descuido de sus defensores.
La tercera historia ya la he contado antes. Se refiere al trato dado al cadáver de Omar Ibn Hafsún, un musulmán renegado que se rebeló durante años en las montañas de Málaga. A su muerte, sus hijos continuaron la resistencia, pero fueron vencidos. Abderramán quiso ir personalmente al lugar donde se había gestado la rebelión. Llevó consigo a los hijos capturados y mandó exhumar el cadáver de Omar. Dijo que quería asegurarse de que estuviera muerto, pero su verdadera intención era verificar si se había convertido al cristianismo. Los entierros cristianos y musulmanes difieren: los primeros entierran a sus muertos en decúbito dorsal, con los brazos sobre el pecho; los segundos, en decúbito lateral derecho, con la mirada hacia La Meca. Al advertir la traición religiosa, llevó el cuerpo en descomposición a Córdoba, junto con los hijos prisioneros, y los crucificó a la entrada de la ciudad como castigo por su apostasía. Algo similar hizo con Argentea, hija del rebelde, a quien degolló por traicionar el islam.
Como puedes ver, incluso en la muerte se puede ser cruel, aunque tu nombre diga otra cosa. Las apariencias, ya lo sabes, no siempre coinciden con la verdad.
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