Canelo llegó para quedarse. Era un caballo de media vida, gigante, noble, trotón, amigo y... el nombre derivaba de su color. Mi padre lo compró meses después de que mi abuelo tuviera su yegua blanca. Pocos sabíamos de sus antecedentes y sí que los tenía… El Benito Zapata, chiquillo como nosotros, nacido en el campo, sabía de quien fue su dueño. A nosotros, solo nos importaba tenerlo.
Había sido un caballo de carreras, de allí su porte y su nobleza. Bastaba con que oyera un enérgico “Yaaa” y salía picado, embalado, en línea recta. No importaba que no tuviera competencia. Solo corría, como el viento, como los vehículos de la Panamericana con los que decíamos competir… Corría para nuestro contento y alegría.
Era un caballo adulto y un par de veces volvió a las competencias bajo las riendas de mi hermano. Las apuestas no eran para él, pero nos entreteníamos con verlo volar, haciendo lo que sabía hacer: correr. Se quedaba muy intranquilo luego de correr y había que apaciguarlo… hablarle y acariciarle las crines. A mi abuelo no le gustaba. Prefería no montarlo porque era un caballo trotón y eso le incomodaba. Canelo no sabía de “paso”, no le salía el paso, lo perdía prontamente. Trotaba y, nosotros preferíamos galopar. En él aprendimos a correr, pero también a cómo tratar a un caballo. Con él, el Colorao decidió quedarse con ellos y por un tiempo –mientras no tenía mucho peso- se dedicó a cuidarlos, luego se fue a la capital a entrenarse en el Hipódromo de Monterrico… En aquellos días de incipiente mocedad, el Canelo y la yegua blanca eran los vehículos más veloces que nosotros mismos podíamos conducir. Y aquel se convirtió, además, en “la madrina” para el amansamiento de los potros que después llegaron. Con él, el Galeno aprendió a sujetarse a una rienda y a permitir que una persona lo montara… Luego hubo un par más de aprendices. Con el aprendimos, a punta de golpes, a montar caballos chúcaros… La quebrada Fernandez era el campo de doma.
El asunto de un caballo en la casa de gentes campesinas suponía, también, responsabilidades: buscarle alimento, agua, baño, etc. Eso era lo difícil… Vaya Ud. a saber cuánto costaba eso. Así que, hubo tiempos en que quedaba liberado: el monte era su mundo y, con otros caballos hacía manada… y podía que en semanas y hasta meses no lo viéramos. El abuelo nos enseñó a distinguir las huellas de sus cascos, así que cuando eran días de pastoreo, al ver pisadas de caballos intentábamos distinguir la suya para saber de su paradero… Su relincho era característico y, era la forma de hacernos saber que estaba cerca, que se escondía entre los chopes y los algarrobos.
Una mañana, al clarear el día apareció en la puerta del corral. La vecina nos avisó que, el caballo estaba allí. Relinchaba con desgano. Al abrir la puerta lo encontraron sudoroso, dio unos pasos y acomodó su cara junto a la del portero… le acomodaron sus crecidas crines y, le preguntaron –como si pudiera hablar- “¡¿Qué te pasó Canelo?! Estaba muy sudado e inquieto. Tras el saludo, entró, por si solo, a la parte amplia del corral y se quedó parado cerca de aquellos arbolitos que estaban detrás de la bodega de aperos… inmóvil con la cabeza gacha, con los ojos entrecerrados, con las orejas caídas… Le acercaron agua, comida… solo olía y bufaba sobre ella en señal de rechazo…
Mi abuelo se acercó y lo revisó con cuidado. No tenía heridas y, advirtió que estaba hinchado, y supuso que, a lo mejor, no podría orinar. El sudor era señal de su estado febril. El asunto es que minutos después orinó… No había veterinarios en esos días en Máncora… ni médicos. El animal seguía mojado de sudor. Mi padre se fue a Tumbes para que un veterinario, luego de escuchar los síntomas pueda adivinar un diagnóstico. Se dijo que podría ser estreñimiento, con grave retención de heces… había que medicarlo y, si era necesario hacerle lavativas rectales. Se hizo lo ordenado… o al menos se intentó.
¿Sabes que los caballos nunca se echan en el suelo? Bueno… es una falsa creencia, derivada del hecho de que los caballos suelen adormitarse mientras se sostienen en sus patas, pero de noche duermen aborregados o echados a lo largo, dependiendo de cuan cansados estén y de cuan seguros se sientan. Al Canelo nunca lo vimos echado. Salvo el tercer día de su llegada. Estaba allí, próximo al cerco de palos… tirado sobre el suelo, acomodado todo a un lado de su cuerpo, desde la cabeza hasta la cola y con las patas extendidas… La muerte le rondaba y nos prohibieron acercarnos… solo le hablábamos, a prudente distancia: “Párate Canelo… tu puedes…", "Caballito... tenemos que correr...” le decían. Unas lágrimas se corrieron por el rostro de mi mamá... “tú puedes…” Respiraba con dificultad… Bufaba e intentaba levantar su cabeza para mirar a quien le hablaba.
Unos minutos más tarde, su cuerpo se movía todo, como sacudido por un fuerte temblor involuntario, eran movimientos reflejos o quizá de resistencia… era la muerte que se apoderaba de su alma equina… Luego dejó de moverse, de bufar, de respirar… Corrimos hacia él… sus ojos se opacaron prontamente. Lloramos sobre su cuerpo inerte. Algunos, ganados por la tristeza, ni siquiera nos acercamos… Ese día fue de pena.
Si existe un cielo equino, allí está el Canelo, dirigiendo una manada...
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