sábado, 16 de diciembre de 2017

¿Culpable?

El acusado padecía su juicio con estoicismo. Sabía que era necesario callar. El profesional que asumía su defensa le recomendó exponer su versión de los hechos, pero él prefirió callar. La mujer fue llamada al estrado. Ingresó por una puerta lateral y se acomodó en el espacio reservado a los testigos. Él la miró con cierta ansiedad desde que se advirtió sus pies por la puerta de ingreso y no dejó de mirarla hasta que se hubo acomodado; ella, por su parte, puso su mirada al frente y, en ningún momento lo miró. Ni siquiera cuando uno de los jueces, antes de empezar el interrogatorio, le preguntó si estaba cómoda en el lugar. Aunque quizá, sin mirarlo directamente, puso atención en el umbral de su vista y, lo vio, resistiéndose a las ganas de volver la cara.

Los hechos que el fiscal anunció al inicio del juicio venían bien como violación sexual, agravada por el uso de arma punzo cortante. El acusado había tomado por asalto a la mujer en alguna de las calles de la ciudad, y amenazándola con un cuchillo, había simulado amistad, para obligarla a caminar junto con él por algunos minutos y, luego ingresarla a un hotel –uno de los varios que había por el lugar recorrido- espacio en el que dio rienda a sus instintos elementales. Con la intención de no despertar sospechas en el despachador de habitaciones, pidió un par de gaseosas y dos empanadas, para lo que se le entregó además un par de tenedores y dos cuchillos pequeños. La visita había alcanzado un poco más de una hora, o quizá, siendo generosos con el tiempo, la estadía en el cuarto de hotel, logró la hora y media, pero no más. Luego de haber dado rienda a sus depravaciones, el hombre, ahora ya con tres cuchillos, le daba indicaciones de salir de la forma más serena posible y, que en caso de gritar, estaba dispuesto a hundirle el cuchillo en la espalda, pues “ya tenía un ingreso en el penal y conocía ese mundo”. Le indicó que se adelantara brevemente y, en medio de las gentes, él se esfumaría. El asunto era que, le aseguraba que no lo volvería a ver más, nunca más. El fiscal enfatizó el hecho de que esto último no se logró, porque al salir del hotel, la mujer vio una cara conocida y, superando el miedo a las cuchilladas, corrió a los brazos del transeúnte pidiéndole ayuda y anunciándole la violación padecida. Este, por designios divinos, era su propio marido. 

El acusado fue aprendido fácilmente y, con la ayuda del serenazgo conducido a la comisaría del sector. Lo acusaban –ya sabemos- de violación. Conocedor de dichos trámites, le dijo al fiscal y al interrogador que guardaría silencio. Apenas les regaló una sonrisita, de esas cínicas y propia de los desvergonzados. El fiscal, inmediatamente puso a buen recaudo a la agraviada y, evitó contacto –incluso visual- con el facineroso para evitar su revictimización. Prontamente, biología forense alcanzó los resultados: había líquidos seminales del acusado en la victima y viceversa y, el médico de la Unidad de Medicina Legal, había encontrado un par de hematomas en las zonas próximas a la cavidad vaginal, compatibles con “hecho de violencia”; la mujer por su lado, desde las declaraciones preliminares, había sido muy congruente en el relato, en decir que no lo conocía, en anunciar que fue amenazada con un cuchillo, aunque no puede precisar sus características porque nunca lo vio, pero sintió la punzada puesto que lo escondía debajo de su polera. De hecho, no podía ser de otro modo ¿Cómo obligarla a caminar, cuando menos, una cuadra desde el momento en que la aborda hasta que ingresa al hotel? Se hacía necesaria la navaja o un cuchillo de la que la víctima daba fe por el hincón sentido.

La mujer volvió a declarar y reafirmaba la violación. Hizo detalle, en que no le decía nada al momento de tomar la habitación y, que se comió parte de la empanada, por temor a ser lesionada, además de narrar como es que, asquerosamente, fue penetrada sin su consentimiento. Habían sido los momentos más infelices de su vida… Su relato fue desgarrador. El mismo acusado, se sentía mal de tanto dolor, tan mal que pidió, a través de su abogado, salir de la sala. Quizá, ese gesto le contribuya para alcanzar la benevolencia judicial… quizá. Luego de ese relato, apareció el médico legista y el biólogo forense. El administrador del hotel lamentó no haber entregado los videos de sus cámaras de vigilancia y, justificó su omisión precisando que no supo del asunto sino hasta diez días después, cuando le llegó una solicitud del fiscal pidiéndole los videos del día de los hechos. El tema es que su sistema de grabación apenas alcanza los siete días y, que luego de ello los videos se borran automáticamente. Al revisar sus videos, ya se había perdido lo grabado para el día de los hechos. En todo caso, relataría lo que se acordaba del asunto: No había visto nunca antes a la pareja, por lo menos eso le parecía. En realidad, el abogado de la defensa le preguntó si antes había visto al acusado o a la agraviada. Y se vio obligado a decir, que no recordaba haberlos visto antes, y precisó “son tantas las parejas que llegan, que uno se olvida de las caras prontamente. De hecho, nuestra tarea, como parte del negocio, es también olvidar” y le regaló una sonrisa fingida y cómplice a la platea. Sostuvo que, muchas parejas piden cosas para comer: galletas, sanguches, piqueitos, incluso piden les compren hamburguesas en la tienda vecina. En el caso, le pareció extraño que pidieran cubiertos para comer la empanada. Eso incluyó los cuchillos. Los mismos fueron devueltos al salir.

El acusado ya tenía 9 meses y 25 días de privación de libertad. Y siempre guardó silencio. En las sucesivas diligencias, y desde la denuncia primigenia, el abogado de la agraviada siempre había sido agrio con él. Le lanzaba indirectas y lo insultaba sinuosamente. El marido de la mujer había participado en algunas de las actuaciones investigatorias; por ejemplo, en la reconstrucción de los hechos y la vez en que le tomaron por segunda vez muestras biológicas para asegurar la identidad del ADN. En el juicio oral, siempre había estado presente: se sentaba en el extremo más alejado de la última banca. Era la cuarta fecha y, el director de debates, anunció que en la siguiente escucharía los argumentos finales de los abogados y, que allí mismo dictarían –cuando menos- el fallo. Así, llegó la audiencia final.

El acusado, luego de las presentaciones de rigor, pidió levantar su silencio y, precisó: “Antes de que hablen los abogados quiero hablar yo, porque estoy dispuesto para las preguntas de todos”. Relató que conocía a la mujer desde unos siete meses antes de la ocurrencia, que era la séptima u octava vez que tenía encuentros sexuales con ella y, era la segunda que visitaba el mismo hotel. Negó haber tenido un cuchillo y, de hecho, en las actas policiales no se indicaba habérsele encontrado ninguno: el registro personal solo anotaba una billetera con documentos personales y cien soles en cuatro billetes: uno de cincuenta y los restantes en papel de menor nominación. En el monedero: una estampita de Rosa de Lima y un botón de camisa. En uno de los bolsillos, el jaboncito que suelen reservar las habitaciones de los hoteles. Dijo que en el círculo familiar muy íntimo, dígase sus hermanas mayores, a la agraviada le llamaba “Camila” aunque su nombre era “Carmen Lila” y, que el hipocorístico se debía a que en su infantitud la misma no podía pronunciar su nombre completo y, ella misma decía llamarse “Camila”. Ese nombre, estaba reservado solo para sus familiares muy cercanos, que sabían de esa historia infantil.
La información era irrelevante. No había como contrastarla. Los jueces sonrieron. Y continuó: “Nos conocimos porque ella trabaja en tal lugar y al menos una vez o dos, a la semana, pide al snack de al frente (donde yo trabajo) le envíen, a media mañana, jugo de melón y pan con palta. Yo me encargaba de prepararle y llevarle el pedido”. Dio detalles de la primera salida. Uno de los jueces, aburrido, intentó cortarlo, pero él refutó, con cierta hidalguía: “es mi derecho narrar los hechos y eso hago. Permítame contar mi versión”. Dio otros detalles que no vienen a cuento y, luego dijo: “Veo en sus caras que no me creen, pero es la verdad”, y anunció que en nombre de la caballerosidad guardó silencio, porque no le parecía bien dar los detalles que ahora ofrece, y su pérdida de libertad no suponía la pérdida de la esperanza de una retractación y explicó “si salí de la sala cuando Camila contaba los detalles de la violación, fue porque no quería que me vieran llorar. La decepción me embargaba y su cinismo desbordaba cualquier credibilidad posible y, siendo que la mía ahora está en juego, incluso mi libertad, solicito me confronten con el señor que está en el último asiento. Carmen, cuando está en la cumbre de la excitación, le gusta decir: “no la saques porque te mató”, e inmediatamente, imitó sus gemidos de placer. El hombre de atrás, se levantó, y a media voz pero con suficiente intensidad para ser escuchado, dijo: “Lo sabía. Lo sospeché desde el principio… es una puta. Maldita la hora que la conocí”. Dio media vuelta y se fue de la sala.

El relato se extendió más de lo debido. Mañana dictarán sentencia.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Día

Las cabras salieron presurosas. El sol ya brillaba, pleno y a todo dar, en el oriente. Una cabra colorada, cabecilla, tomó delantera y cogió el camino hacia la quebrada. Iba presurosa, como todos los días. En pocos minutos, sin importar nada, el hato pasó por detrás de la abandonada ladrillera de los Zapata y, enfiló por el camino que corría detrás de la “granja” de Pedro Lama. Unas cabras, recientemente paridas, retrasaban la caminata: balaban con el sentimiento propio de las madres, se paraban y volvía sus cabezas hacia el corral que minutos antes habían dejado. Sus lamentos eran eco de otros balidos, que en la distancia perdían intensidad: eran los críos que se quedaban en el corral y que, por su pequeñez, no estaban preparados para caminatas largas propias del pastoreo. Los recién nacidos, en caso de exponerse al sol extenuante, prontamente se cansaban y se convertían en pérdida. no solo de sí mismos sino también de la madre, que por acompañar a su cría, estaba dispuesta a no regresar al corral.

Un par de pastores pequeños se habían adelantado. Entre la “granja” de Pedro Lama y las ladrilleras de los Cobeñas, habían plantas –o rebrotes- de “borrachera”. Una planta rastrera y también tóxica, a los que los mayores les atribuían la pérdida de los animales. Los chivos que la comían en pocos días perdían fuerza motora, el cuello se les torcía y hasta perdía control de las mandíbulas, lo que –en condiciones graves- les impedía rumiar y, exigían el sacrificio del animal. Allí, en ese espacio, los dos más pequeños, encomendados al cuidado de las cabras, encandilados por la belleza de las flores que producían, acampanadas, blancas y lilas, empezaron a recoger algunas de ellas. Dizque, para regalárselas a su abuela. En cuanto hubo pasado el rebaño, se juntaron los cinco en los tres burros en que se conducían. El viejo al ver en la alforja las flores, preguntó ¿Y qué es eso? Sin dar pie a la respuesta, continuó: “Bota eso, carajo. ¿Que no estoy diciendo que son venenosas? Bota, bota, bota…” Repitió para no dar lugar a las dudas. Y remató, ya con menguado tono de voz: “¿O quieres morirte? Cojudo... jum”

Los arenales, desbordados detrás de un extenso potrero, hacía difícil la caminata. Los animales, no obstante no se amilanaban. La sed o, quizá el olor del agua, les llevaba a la quebrada y, luego de andar por en medio del largo callejón en los potreros de algunos vecinos, los otros dos pastores se adelantaron. La intención era distinta: dar de beber al piajeno que les llevaba y y tan pronto, continuar el camino hacia la casa, distante desde el abrevadero, a un kilómetro, aproximadamente. La finalidad, era dejar algún recado, pero por encima de ello, recoger los fiambres que la abuela y que las madres de cada quien, preparaban para la media mañana y los almuerzos; o lo que hubiere para apaciguar el hambre que el campo despierta.

Las cabras se allegaban a la corriente de agua y, cada cual se acomodaba del mejor modo para calmar su sed. Los perros, jugueteaban con la hierba, mientras los burros con la paciencia, propia de ellos, esperaban que los pastores los acerquen, les suelten las riendas para también beber. En ese espacio, los animales, se tomaban un breve descanso. Muy breve, en realidad. También forzado, para el regreso de los pastores que se perdían en la distancia con destino a la casa. Quizá una media hora y, el horizonte se distinguía a los enviados, por lo que el ganado era reconducido hacía el desembocadero de la quebrada para bordear los cercos de las propiedades de otros y, alcanzar el campo libre, los arenales con sus faiques, vichayos, algarrobos, yucas de monte y otros arbustos. Aquí, el rebaño se esparcía libremente y libremente se conducía por donde los mejores pastos les permitan saciar su hambre. Los pastores ya no los arreaban ni les apuraban. Se limitaban a señalar los límites, amplios y generosos por dónde comer. El viejo, daba instrucciones. Al final, mientras miraba su reloj de agujas que escondía en la relojera de su pantalón, dijo: “A las 11.00 u 11.30 nos encontramos en El Mirador. No se olviden de llenar sus alforjas con algarrobas”. Con besos al viento y desviando el andar de su burro se alejó.

En el citado mirador había un árbol, maltratado por los vientos venidos del mar, pero destacaba por su utilidad. Sus ramas se había acondicionado para que los pastores puedan subirse en ellas y descansar. También cumplía su finalidad: ubicado en una duna muy alta permitía otear los campos y verificar por donde se conducía el rebaño. No hubo fiambre esa vez. Un poco de café con leche, para cada quien, se convirtió en el combustible para remitirlos a la búsqueda de yucas de campo. Escarbarlas en la arena caliente y con el sol en su esplendor o conducía a la flojera y a maldecir el momento o, como ahora, cuando eran muchos los pastorcitos, a inventarse competencias en la que encontrar alguna de regular tamaño o lograrla sin que se rompa se convertía en el aliciente para superar cualquier dificultad. En algunos casos hasta se ponía en juego parte de los almuerzos o como castigo no beber agua sino hasta la vuelta a los corrales.

Con los tiempos logrados, con el sol en aumento y con el hambre en el filo de las tripas, los hombres se condujeron por en medio de los arenales apurando al ganado, sacándolos de sus comodidades para reconducirlos a nuevos espacios. Las recomendaciones no eran pocas, “Estense atentos a la chivona carate, y ténganle cuidado, no sea que se quede”. Se hacía referencia a una cabra lerda, que de ordinaria se perdía de la manada y, obligaba a su búsqueda fuera de los horarios. A veces, su rezago la confundía y había que buscarla en los rebaños de otras familias. Así, entre silbidos y gritos, el camino se acortaba y, sin ya tenerlo en cuenta, se llegaba a “los tanques”, que eran un par de cisternas abandonadas en un lugar específico, en que además ya no había dunas y se estaba muy cerca al cuartucho que se adosaba a los corrales. Allí, los algarrobos, más altos y cuidados, posibilitaban sombra y frescor, para todos: hombres, burros y cabras. Y mientras los primeros aprovecharían para alimentarse; los otros descansarían. Era la hora de sestear.

El árbol del frente de la vieja cabaña, nos daba sombra. El sol seguía reluciente, pero no superaba la alegría de estar sentados para darle trámite a lo que hubiera en las viandas y garrafas. El viejo se había adelantado unos minutos a nuestra llegada: nos esperaba una jarra de café, algo caliente, pero que venía bien para aliviar las tripas. Lo enfriaba lanzándolo desde un pocillo a otro y, mientras cada quien hacía lo necesario para almorzar, también nos disponíamos para oir una nueva historia, una de aquellas que contaba el abuelo y, que se renovaba cada vez, con los olvidos que el trascurso de tiempo imponía o con vivencias nuevas que le daban un aspecto renovado. No importaba ya cuando ocurrió, importaba que él nos la contara, que si venía de su boca, no había porque dudar de su autenticidad. En ese momento, el tiempo se detenía y, mientras tomábamos a pico de botella nuestros refrescos y compartíamos las yucas, el pescado o el arroz blanco, nos encandilábamos con esas historias que ahora extraño.

Buenas noches.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Satisfacciones

Un claxón sonó a media mañana. Una voz le acompañaba: “Mangooos, melooones, sandíaaas”. Y el claxon volvía a sonar. Era el frutero. El frutero y su transportista. Una datsun crema, destartalada, de barandas despintadas era la tienda andante de los sábados por la mañana. Su claxon no se cansaba de acompañar la voz anunciante de frutas… recorría unos metros y se detenía para esperar a las posibles clientas. Su público era las mujeres, las encargadas de dar de comer a los chiquillos que ante el anuncio de las frutas de temporada, se convertían en pedigueños pájaros fruteros, dispuestos, incluso a robarse algún mango por entre las rendijas de las barandas y los tripleys que sostenía los olorosos frutos en venta. 

Los centavos encontrados en alguna de las cómodas eran insuficientes para comprar alguna fruta… “Tio, tio, un manguito y le ayudo a gritar… ya pe tío”, era lo que se podía distinguir entre las parlanchinas voces, de varios de los potenciales pillos… Se requería una vista atenta y una mano ligera para espantar alguna manita furtiva que pudiera lanzarse por alguna fruta… En un lado, un costalillo -¿cómo dicen ahora?- de polietileno "arrejuntaba" la fruta de descarte, la comida de los chanchos… Sandías magulladas o rotas, mangos parasitados, melones remaduros encontraban allí un espacio donde acomodarse… “Tío, le cambio el saquito. Ud. diga: no se ve bien allí”. El hombre no parecía interesarle la propuesta. Seguía gritando y anunciado la mercadería… “Sandías dulces… sandías pa la calor. Venga casera… hay de todo precio”. La datsun se detuvo justo al costado de una canchita de arena. Los pataenelsuelo futboleros, se olvidaron de la redonda y se acercaron a chismear… “Hablen, apuesta una sandía. Quedan tres minutos”. Otro replicó en contrapropuesta: “Gol gana”. 

“No se vaya Dn Chicato”, reclamó un tercero. El conductor celebró el atrevimiento con un “apuren pues carajo… que no tengo todo el día”. Dos minutos después, cuando ya un par de mujeres se alejaban con las frutas pal refresco del medio día, la camioneta se echó a andar… “Ya peeee… falta poquitooo”! Con su risa característica les contestó: “Hay harto mango. En una hora estoy de vuelta”. Y luego de hacer sonar su claxón “media hora más de juego y, de allí se ponen a limpiar en ese lado…” les dijo, mientras señalaba con el índice un extremo del pampón donde se distinguían bolsas plásticas, papeles, deshechos de casa, arbustos mal cortados, etc. Un ruido de algarabía se encendió raudamente… Discutían como si la vida se les fuera en una pelota: “Empecemos de nuevo… de nuevo, de nuevo”, otros reclamaban la contabilidad de nuevos tiempos para el partido pero sin olvidar los goles que ya se habían alcanzado, un tercero hablaba de recomponer los equipos porque un par ya se habían ido… En fin, la discusión no tenía cuando parar… diez minutos sin llegar a acuerdos. Al fin, alguien dijo algo sensato: “mejor limpiamos primero, nos comemos los melones y luego jugamos hasta cuando querramos…”. Quien sabe de donde aparecieron un par de rastrillos, machetes y palanas. 

Con un poco más de una hora, la bocina de la camioneta se oía a la distancia… Cuando llegó por ese lado, la limpieza casi que terminaba: se veía distinto el paisaje, no habían envolturas, ni papeles, ni latas viejas ni plásticos de deshecho… Nada. El hombre se bajó de la camioneta. Llamó a uno de modo arbitrario: “allí hay medio ciento de mangos”. Los otros no necesitaron llamado… Se arremolinaron otra vez. El hombre, sostuvo la bolsa con firmeza: “Solo falta que metan la basura en los sacos. Tienen tres minutos”. En menos de ese tiempo, se reafirmó el nuevo paisaje. El sudor de los chiquillos era nada con la satisfacción que ellos mismo sentían, de ver que los alrededores de su pampón tenían otra cara… El vendedor, se sumó: “Se ve bien… los voy a contratar pa que me limpien la chacra…” Y sonrió socarronamente.

Un saquillo viejo contenía algo más de medio ciento de mangos. Los revisaron. Tenían algunos quiñes, pero igual era rescatables y, sobretodo, comestibles. El prurito de no ensuciar lo recientemente limpiado, los condujo a la quebrada. Caminaron algo de diez minutos y, encontrar la breve acequia en que se había convertido la quebrada Fernández. Se lavaron así mismos, se acomodaron debajo de un árbol y comieron los mangos, hasta la hartura… Luego de algunos minutos, en medio del arenal, en una playa de la misma quebrada, se instalaron un par de palos por lado, unos que se había cortado de un matorral de pájaros bobos próximo, y empezaron una nueva contienda… Los mangos les habían reconstituido suficientemente para otro partidito. Uno que no le hiciera remilgos al sol y que cubra el tiempo que faltaba para la hora del almuerzo.

Buenas tardes.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Control parlamentario y autonomía institucional

El pasado lunes 06 de noviembre, el parlamentario Daniel Salaverry Villa hace denuncia constitucional contra el Fiscal de la Nación Pablo Wilfredo Sánchez Velarde y, solicita que el Congreso lo destituya e inhabilite por “omisión funcional en la lucha contra la corrupción” y precisa que se ha vulnerado la independencia e imparcialidad y tutela de la recta administración justicia (art. 139 y 159 de la Constitución) y los principios constitucionales de la buena administración y proscripción de la corrupción (art. 39 de la Constitución).

Los fundamentos sobre la que se sostiene la acusación se materializan en a) encuestas de opinión sobre el caso Lava Jato, b) declaraciones de congresistas sobre el mismo tema, c) las declaraciones de una de las partes procesales (representantes del Poder Ejecutivo interviniente como procurador), d) el tratamiento diferenciado respecto de la ausencia de denuncia contra los representantes de Graña y Montero y el hecho de denuncia inmediata del ex presidente Alejandro Toledo. Incluso, se evalúa la participación de la citada empresa en la realización delictiva, comparando su actuación con la empresa ODEBRECHT. 

La justificación jurídica se relaciona con el denominado juicio político que posibilita que el Congreso de la República pueda sancionar a determinados mandatarios y representantes institucionales por “infracción a la Constitución”. El Tribunal Constitucional ha precisado, en interpretación del art. 100 de la Constitución que se trata de “faltas políticas” que por su trascendencia ponen en riesgo el desenvolvimiento del aparato estatal, siempre que la acción u omisión atribuida le sea imputable en atención “al cargo que se ostenta”. Se parte del hecho de que, en primer término, el acusado es el primer representante del Ministerio Público y, como tal, su autoridad se extiende a todos los funcionarios y servidores adscritos a dicha institución. En segundo lugar, se advierte la ausencia de denuncia contra los directivos de Graña y Montero, dígase las personas de José Graña Miro Quezada, Hernando Graña Acuña y Mario Alvarado Pflucker, y finalmente, se deduce que, “no ha realizado ninguna acción para remediar” tales omisiones, lo que materializa la desatención del deber funcional constitucional de asegurar la independencia e imparcialidad del Ministerio Público en el aseguramiento de los intereses públicos tutelados por el derecho y la recta administración de justicia. Adicionalmente, se afecta el deber constitucional de “buena administración” en la medida en que la omisión denunciada impide la transparencia con que han de actuar los funcionarios públicos en el buen servicio a la Nación y en la lucha contra la corrupción. Hasta aquí el resumen de las 25 páginas que contienen la denuncia constitucional contra el magistrado Pablo Sánchez Velarde.

La tarea principal del Ministerio Público es la de conducir la persecución del delito y ejercitar la acción penal en defensa de los intereses públicos. Tampoco se puede negar la autonomía institucional como rezan los arts. 158 y 159 de la Constitución. El asunto es ¿compete al Fiscal de la Nación subsanar las omisiones de los fiscales cuando éstos están en falta? El Fiscal de la Nación, según la Ley Orgánica del Ministerio Público (LOMP) es un órgano del Ministerio Público, sin embargo el ejercicio de sus funciones se materializan a través de la Junta de Fiscales Supremos. Sus funciones, por tanto son representativas, como expone el art. 64 de su LOMP, y atributivas, conforme a las reconocidas en los arts. 66 y 80 A y 80 B relacionadas con la posibilidad de demandar ante el Tribunal Constitucional, denunciar a los altos funcionarios por delitos advertidos en el juicio político, ejercer iniciativa legislativa, designar equipos fiscales para casos complejos y fiscales especializados para delitos específicos. Tareas, que hay que decir, las efectúa conjuntamente con la Junta de Fiscales Supremos, pero del tenor de ellas no se deriva el hecho de que sea también su deber el de subsanar las omisiones que puedan advertirse del ejercicio ministerial de aquellos. 

En realidad, debe reconocerse que el art. 5, de la LOMP señala que los fiscales –cualquiera fuera el lugar donde ejercen función- actúan independientemente en el ejercicio de sus atribuciones, las que ejercen con “propio criterio y en la forma que estimen más arreglada a los fines de su institución”. El deber de fidelidad es a favor de “los lineamientos y los criterios institucionales para el logro de sus objetivos, emitidos por el órgano competente” como reza el art. IX de la Ley 30483, Ley de la Carrera Fiscal (LCF), al punto que su independencia y autonomía solo tienen como límite la Constitución y la ley. Si, remitiéndonos a aquella, se reconoce “la proscripción a de avocarse a las causas pendientes”, la pregunta es ¿A cuento de que podría interferir el Fiscal de la Nación en la estrategia y actividad ministerial de un fiscal? Imaginemos que, el Fiscal de la Nación deba “orientar” a cada fiscal en cada caso que le toca atender.

Debe sumarse el hecho de que es verdad –también- la proscripción de la arbitrariedad y, si como dice la denuncia constitucional que se ha dado trato distinto a unos (el presidente Alejandro Toledo) y a otros (los directivos de la empresa Graña y Montero), entonces, la pregunta es ¿Dónde está los otros intervinientes en el proceso? En un proceso de investigación penal no sólo participan los abogados de las partes, también media un procurador que en representación del Estado interviene procesalmente ¿es que ha acaso éste no ha advertido la deficiencia? Y si la advirtió ¿solicitó alguna pretensión y/o ha presentado el recurso de queja para controlar la supuesta ausencia de objetividad denunciada? La denuncia constitucional no dice nada acerca de este control inmediato que se encuentra debidamente regulado por las normas de procesales e institucionales.

¿Cómo pretender responsabilidad político-funcional del funcionario del más alto rango si previamente no se verifica si se ha cumplido con las exigencias normativas de control procesal? Esto evidencia que el asunto no es tanto de preocupación por la lucha contra la corrupción si no que, ésta es efectivamente una de naturaleza política. A la usanza nuestra, a la de nuestro parlamento de estos días.

Publicado en Semana, revista de diario El Tiempo, 12 de noviembre de 2017.

viernes, 27 de octubre de 2017

Trelles

¿Alguien recuerda al profe Trelles? Hay razones para no recordarlo. La primera, el tiempo transcurrido; la segunda, el hecho de habernos ofrecido solo dos o tres clases; la tercera, las limitaciones de nuestra memoria.

Eran los primeros días del año escolar de 1985 y, ingresábamos a un espacio nuevo, el de la secundaria, allí donde nos habían recomendado con rigor mayor esfuerzo por el asunto de la polidocencia. Conocíamos en esos días y, de a pocos, a los que nos enseñarían alguna materia a lo largo de la secundaria: los hermanos Pedro y Benito López, dados a materias opuestas: matemática y lengua, respectivamente; Gustavo López y Dñ. Olda Olaya de Gallo en sus clases de historia, Benjamín Medina estrenándose como docente en las clases de religión; Víctor Hidalgo López, cuyas sesiones de psicología eran un espectáculo, Dña Bertha Céspedes y el “Negro” Martínez nos enseñaron algunas cosas de la gramática de la lengua de Shakespeare, “Margarito” era el encargado de la formación física y la Sra. Herlinda Herrera asumía la materia de educación laboral. La buenamoza Emérita Marchan bienhadada al dictado de frases cortas y al análisis literario de obras universales, “Bimbo” era el especialista en las fórmulas químicas y físicas, Armando Peña y los cursos de educación cívica.

Ese año, nos recibió en ese salón del lado suroeste el “profe” de Educación para el arte. En la primera clase, luego de las presentaciones de rigor, indicó que necesitaría algunas cosas para aprender a pintar, si así lo queríamos. Probablemente, explicaría el asunto desde la perspectiva de las escasas economías familiares, por lo que, la petición de implementos se efectuaría conforme avanzaramos en el curso y cumpliéramos con los objetivos trazados. Pidió por adelantado cartulinas, simples o dúplex, para con ella formar nuestros primeros “lienzos” y algún pincel. Quien no tuviera para comprarlos, podía elaborarlos –dijo- con sus propios cabellos. Claro, creo era una broma. Un par de clases más: una de tonalidades de color y, la otra destinada lograr parte de un bodegón en grises, y se fue del colegio. Se despidió indicando que había logrado su cambio a otra institución educativa.

Para esos días, el asunto nos fue desapercibido y han trascurrido treinta y dos años. ¿Quién podría recordar a alguien con quien solo ha tenido muy breve contacto? Dicen, los especializados en la psicología del testimonio que, el contacto con una persona desconocida de muy escaso tiempo es también insuficiente para un reconocimiento posterior y, por ello se postula que los reconocimientos en rueda de personas son insuficientes para atribuir alguna acción. Eramos chiquillos y, nuestra mejor pretensión era la de no tener clases o que si éstas eran irremediables, que fueran de educación física. No importaba quien fuera el profesor: el anuncio de alguna enfermedad del docente, aunque suene duro, nos llenaba de alegría, pues era siempre mejor no tener clases. Y si se iba para no volver, mejor todavía.

Hace unas horas, un hombre moreno, de cabellos lacios, flaco, entrado en años hacía cola en una entidad bancaria. Iba adelante. En el zigzag de la cola pude advertirlo y al tenerlo cara a cara le pregunté: ¿Es Ud. el profesor Trelles? Sí, me dijo, con cara de desconcierto… ¿y Ud.? Fui su alumno en el año 85, en Máncora. Se quedó pensando… Quizá del 84. El 85 ya no estuve en el Alberto Pallete. Le repliqué: “Estuvo un mes o algo más?” y luego, de pensar un poco, contestó: “Es verdad, tienes razón”. Nos sonreímos. El breve espacio del zigzag, nos invitó a despedirnos. Un fuerte apretón de manos y, un generoso “gracias”, nos despidió.

Él nunca recordará mi nombre, ni mis orejas grandes, ni ninguna de mis otras características personales y, yo, ahora, aún sigo preguntándome como es que mi memoria se devolvió en el tiempo, retornó treinta y dos años atrás para rememorar aquella vez que me dijo: “Con un lápiz de carbón, Ud. puede hace cosas interesantes. El trazo hay que perfeccionarlo. Ud. puede mejorar los detalles”. Nunca me ha interesado ni el dibujo ni la pintura, pero quizá la dedicación que le puso a sus últimas clases se convirtió en el condimento indispensable para que se guarde en mi memoria esa breve escena ocurrida debajo de un techo de eternit de onda corta, en un salón de clase, en cuyo extremo faltaba parte de la cubierta y, permitía que, al medio día, el calor se hiciera sentir.

No obstante, siendo la memoria extraña y también esquiva, no alcanza para su nombre completo. ¿Alguien recuerda al profe Trelles?

lunes, 11 de septiembre de 2017

Motos, ley y conmoción social

El Ministro del Interior ha hecho referencia a la necesidad de enfrentar a la inseguridad ciudadana, anunciando una posible propuesta legislativa donde se prohíba la conducción de dos personas varones en una misma motocicleta, pues es el trasporte de los asaltantes. Hizo hincapié en que no habría afectación al ámbito familiar porque la restricción no alcanza aquellos varones que aseguren parentesco. La propuesta se desliza en atención al atentado en el Jr. La Unión, Lima, donde hubo un muerto y cuatro heridos.

Es interesante el asunto, porque sí mañana un desquiciado mata a su mujer y hiere a sus hijos con un cuchillo de cocina, con un video que llene los ojos de la colectividad, lo más probable es que se prohíba la venta de cuchillos, por el solo hecho de que un sujeto hizo mal uso de un instrumento que se usa no solo en la cocina, también en los comercios de carne y de pescado. Evidentemente, no habría problemas si es que la persona que quiera comprar el dichoso cuchillo, firma una declaración jurada indicando que no utilizará el bien para fines mortales, menos contra sus familiares.

En realidad, no parece evidente la necedad. En las redes sociales, el asunto tienen quienes los defiendan: “Vivo en el Callao y he sido testigo de varios asaltos donde los delincuentes huyen en motos de alta velocidad”, mientras que otro decía: “Si. Es mejor limitar el uso de motocicletas porque así se les hace más difícil, aunque luego los jueces se encargan de liberarlos”. Definitivamente el miedo nos ha paralizado. No nos deja pensar con claridad. Es indicio de ese miedo la misma propuesta del ministro. La efectúa tan pronto vio las escenas televisadas de cómo se realizó el asalto y, efectivamente, se ve que uno de los asaltante se traslada en una moto. ¿Se puede legislar desde el miedo?

En el 2004, la Municipalidad de Piura, en la O.M 033-2004 decía que el trasporte público en motocicletas era ilegal, pero que pese a la prohibición, la ciudadanía mantenía el uso de dichos vehículos, por lo que se estableció fuertes multas, la retención de la licencia de conducir y el internamiento vehicular para quienes ofrecían el servicio. La medida no dio resultado: las gentes sin otros medios laborales sostienen la economía familiar mediante este servicio, que aunque irregular, tiene aceptación en la colectividad.

Al advertirse en el año 2007, que la ordenanza municipal citada era infructífera, se dictó una nueva: O.M 012-2007, que luego fue modificada por la O.M 11-00 de noviembre de 2012 con la que se pretendía enfrenar a la delincuencia motorizada, precisándose la prohibición de ingreso al centro de la ciudad, salvo por razones de trabajo, estudio o habitación. La prohibición del transporte público se mantiene desde el 2004, pero la O.M 183-00 de 26 de agosto de 2015, anuncia que “el desplazamiento de dos personas a bordo de un vehículo de dos ruedas si está reconocido en nuestra legislación” por lo que el ingreso al anillo cívico solo se efectuará “con un acompañante y debe ser un familiar directo debidamente acreditado con el dni”.

Tal parece que Piura se adelantó y entonces será necesario evaluar esta experiencia piurana para verificar la necesidad de la medida y la proporcionalidad de la pretensión ministerial, partiendo de las ocurrencias sociales: a) A pesar de la ilegalidad, los piuranos continúan usando el servicio de transporte lineal en la forma de taxi, b) Un número de piuranos tienen sus motocicletas personales para el transporte personal y familiar, c) Algunas gentes utilizan las motocicletas para realizar asaltos a otras personas, d) en las calles del centro de Piura se conducen motociclistas, con dos cascos, que ofrecen el servicio de taxi sin mayores reticencias, d) los operativos municipales y policiales son ineficaces ante la aceptación social de servicio de taxi en motocicleta.

De la conjugación de esas proposiciones, se deriva una primera pregunta: ¿Por qué las citadas ordenanzas municipales han sido ineficaces? Sería interesante tener una fotografía de las calles de Piura y se podrá advertir que los espacios donde se ubica un edificio público está adornado, a pocos metros, de cantidades considerables de motos, estacionadas en zonas rígidas. Los policías conducen el tránsito muy cerca, pero no se inmutan. Son ejemplos: la calle Libertad a la altura de la RENIEC y la Av. Loreto en toda su extensión. La Policía Nacional del Perú advertirá que no es suficiente con sancionar al motociclista cuando la demanda por el servicio rebasa toda expectativa en la que los piuranos prefieren el riesgo de conducirse en un vehículo que no garantiza seguridad, conforme a los estándares que se exige al transporte público.

Según el Plan Provincial de Seguridad Ciudadana 2016, en el año 2015 se realizaron 3800 delitos relacionados con hurtos y robos (incluye todas las modalidades posibles) y, aunque no se hace detalle de las veces del uso de las motocicletas como instrumento de huida, imaginemos que en la mitad de esos delitos se utiliza dicho instrumentos, entonces tenemos que 1900 veces hay una moto y, presumiendo que los asaltantes repiten sus conductas, en realidad tendremos que, probamente, solo 1000 motos se dedican a actividades ilícitas. Si se sabe que en Piura, según el INEI, al 2012, habían 42 000 vehículos menores entonces la intención es legislar para afectar a la totalidad del parque automotriz menor a sabiendas que solo el 2.5% está involucrado en actividades non sanctas. ¿Será que debemos pensar con seriedad nuestras estrategias de abordaje a la delincuencia? ¿O pretendemos una ley –ahora de alcance general- destinada a su desatención por la ineficacia de su pretensión? Es como querer quemar la cocina por no poder atrapar al ratón.

Lo único visible del tema es que el Ministro del Interior se ha quedado sin estrategias frente a la delincuencia, pero también se advierte, que no siempre la ley es la solución a los problemas sociales.


Publicado en SEMANA, suplemento dominical de diario El Tiempo, 10 de septiembre de 2017.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Plazos de la investigación preparatoria

Sujetarse a un proceso judicial, para un ciudadano ordinario, puede ser la peor de las pesadillas. De allí nace ese viejo dicho popular: “más vale un mal acuerdo a que un buen juicio”. Si el proceso es de naturaleza penal, la situación se complica: nadie está interesado en someterse a un proceso donde se pone en riesgo no sólo la libertad sino también la honra y el patrimonio. Añadámosle también, el tiempo. Un proceso judicial puede durar, en teoría, el tiempo que se tiene previsto como pena máxima multiplicado por tres.

El art. 83 del Código Penal señala que la opción de persecución penal prescribe “cuando el tiempo trascurrido sobrepasa en una mitad al plazo ordinario de prescripción”, y una interpretación jurisprudencial del art. 339 del Código Procesal penal sostiene que la suspensión de la prescripción “no podrá prolongarse más allá de un tiempo acumulado equivalente al plazo ordinario de prescripción más una mitad de dicho plazo”, que en buen romance significa que, entre la acumulación del tiempo de la prescripción misma y la suspensión de la prescripción se puede alcanzar el triple de la pena máxima. El homicidio simple tiene una pena máxima de 20 años. Entonces la prescripción, conforme al 83 citado, será a los 20 años (plazo ordinario) a los que se suma “la mitad del plazo ordinario”: 10 años, es decir, a los 30 años. Si añadimos la posibilidad de la suspensión de la prescripción, que se sujeta a la misma regla, entonces, el delito de homicidio deja de ser perseguible a los 60 años, contados desde su realización. En teoría.

Contra dicha posibilidad se erige el derecho convencional “a ser procesado dentro de un plazo razonable”, sobre el que la jurisprudencia de la Corte IDH y el TEDH ya han precisado cuáles son sus exigencias mínimas, señalándose como contorno genérico el hecho de que en el proceso penal los tiempos no se contabilizan cronológicamente, sino que es necesario atender otros indicadores: la complejidad del proceso, el comportamiento procesal del acusado y la diligencia de los órganos estatales, para evaluar si se ha afectado el derecho al plazo razonable. En cristiano: un proceso penal tiene una fecha de inicio, pero no una de término definida desde el calendario gregoriano; lo que posibilita que los procesos, aun cuando se tratara de la misma materia, unos suelen demorar más que otros para tener una sentencia definitiva. A esto, en el derecho se le llama la teoría del “no plazo”.

Empero, ello no es estorbo para que determinadas instituciones procesales puedan tener límites temporales o plazos específicos. ¿Qué ocurriría por ejemplo si la posibilidad de apelar no tuviera plazo, o si la prisión preventiva se sujetara a la indefinición de “lo razonable”? Ningún fiscal permitiría que el acusado impugne la sentencia por fuera del plazo establecido en el art. 414 del Código Procesal Penal, argumentando que “como la sentencia es muy extensa y recién el abogado ha asumido el caso” entonces debe adicionársele uno o dos días más para la admisión de la impugnación planteada. El juez tampoco lo admitiría.

Lo mismo ha de ocurrir con los plazos de la investigación preparatoria señalados en el art. 342 del Código Procesal Penal: llegado al término del plazo, no sólo ha concluido la investigación preparatoria, sino que además supone “la caducidad de lo que se pudo o debió hacer” como reza el art. 144 de la norma procesal. La prórroga –cuando la ley la ha establecido como posibilidad- deberá efectuarse antes de que le alcance la caducidad, en mérito a asegurar la continuidad entre el plazo que llega a su término y el plazo de prórroga. Ha de reconocerse que, las reglas para la aplicación de la extensión del plazo de la investigación preparatoria no precisan que la pretensión ampliatoria deba efectuarse antes del término del primer periodo; empero ello no puede ser justificación para que el Ministerio Público lo solicite cuando ya no tiene plazo de investigación, en aplicación extensiva de las reglas aplicables a la prórroga de la prisión preventiva y al imperativo del art. VII del Título Preliminar que señala que la ley procesal que “limite un poder conferido a las partes o establezca sanciones procesales será interpretada restrictivamente”. La regulación de la prórroga de la prisión preventiva establece, que la prolongación de la medida, “el fiscal debe solicitarla (…) antes de su vencimiento”. La misma regla para la prórroga de los plazos de la investigación preparatoria. 

Quienes sostienen la posibilidad de la prórroga por fuera del plazo argumentan que la casación 54-2009 La Libertad que el incumplimiento del plazo no supone sanción procesal alguna, sino que solo advierte una responsabilidad disciplinaria; empero a diferencia de la situación evaluada por la judicatura en dicha oportunidad, no se pretende generar una nueva causal de sobreseimiento, sino que, en cumplimiento del art. 343 inc 2 de la norma adjetiva, al vencimiento del plazo, el fiscal atienda la finalización de la investigación preparatoria y, decida o requerir el sobreseimiento o exponer acusación.

Una interpretación distinta, agregando plazos no reconocidos normativamente, es pretender aplicar los criterios de la teoría del no plazo, allí donde, justamente, el legislador ha querido que los tiempos se computen cronológicamente, conforme a las indicaciones del art. 143 del Código Procesal Penal. El asunto es simple.

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